Mi marido no es un hombre amable y, con él, yo no soy una buena persona.

A veces me despierto en mitad de la noche y él, Caleb, está arrodillado sobre mí, acariciando mi cuello con los dedos. Junto mis manos con las suyas, de piel áspera, con los nudillos hinchados. Aprieto.

Llevo abundante delineador de ojos y carmín oscuro porque mi marido dijo una vez que quiere verme siempre como la noche que nos conocimos, en un bar, yo borracha y empanada, buscando bulla antes de que ella nos encontrara a nosotros. No puede soportar verme de cualquier otra manera, me dijo. Y no fue porque estuviera nostálgico.

Sufro por el día en que me deje, desgarrada en nuestra cama, esperando a que vuelva y me recomponga otra vez.

Mi marido tiene un gemelo idéntico, Jacob. A veces se intercambian los roles durante varios días seguidos. Se piensan que no me doy cuenta. Soy la clase de mujer a la que no le importa consentir el engaño.

Mis maridos tienen un padre que no era ni un buen padre ni un hombre cariñoso. Cuando murió, por un tiro en la cabeza de una mujer a la que una vez pegó demasiado, Jacob y Caleb, entonces quinceañeros, le perdonaron inmediatamente los pecados a su padre: la bebida, sus carnosos puños contra sus jóvenes cuerpos, su forma de desembarazarlos de su madre. A cada año que pasaba, los hermanos reescribieron su pasado hasta acabar beatificando la memoria de su padre. Ambos tenían un tatuaje con su retrato en la espalda. La tinta, me contó Caleb en nuestra primera cita, estaba mezclada con las cenizas de su padre para que siempre estuviera con ellos.

Es prácticamente imposible distinguir a Caleb de Jacob. Tienen el mismo físico, el mismo corte de pelo, los mismos gestos. Ninguno de los dos ronca. Los dos son zurdos. Tienen el cabello oscuro, ojos azules, rostros afilados, pómulos prominentes. Mis maridos trabajan juntos en el despacho de arquitectos que fundaron, de modo que, bien sea Caleb, bien Jacob quien viene a casa, tienen la misma historia que contarme sobre su jornada. Me casé con Caleb, pero prefiero la compañía de Jacob. Cuando hacemos el amor, sus caricias desprenden una dolorosa bondad. Sé que nunca me dejará hecha pedazos.

Jacob tiene novia, Cassie, que en realidad es la novia de Caleb. Ella no es consciente de la diferencia. Estamos los cuatro cenando. Jacob, que finge ser Caleb, y yo estamos cogidos de la mano. Caleb, que finge ser Jacob, y Cassie están cogidos de la mano. Hay una luz en sus ojos que no está presente cuando es a mí a quien mira. Mis maridos terminan las frases del otro, entreteniéndonos a Cassie y a mí con historias de algún cliente especialmente difícil. Jacob pide otra botella de vino y seguimos bebiendo y hablando y fingiendo normalidad. Su brazo me pesa sobre el hombro; cada poco, se inclina y me roza con sus húmedos labios el punto del cuello que hace que se me arquee la espalda bruscamente. Luego le sonríe a su hermano y su hermano le sonríe a él. Esto sucede cuando están en su plenitud; cuando están juntos, compartiendo el mismo instante. Ellos encuentran seguridad en el otro.

 

Cassie es estudiante de posgrado en Museología. Caleb me lo contó en la cama después de que ella y Jacob empezaran a salir juntos. Me contó los planes de Cassie de comisariar exposiciones de arte moderno, de su estética única, de que cree que es la chica ideal para Jacob, pero en realidad me está diciendo que es la chica ideal para él. Tendida junto a Jacob, dejo que hable, trazando la imagen de su padre con mis uñas. Le dije que me alegraba por Jacob, pero en realidad me alegraba por él.

Cuando llega la hora de pagar la cuenta, Cassie y yo vamos al cuarto de baño y nos miramos mutuamente en el espejo mientras nos retocamos el pintalabios. «Debe de ser duro estar casada con un gemelo», dice. Empiezo a pensar que puede ser más lista de lo que creía. Le digo: «Es como estar casada con dos hombres».

Jacob me lleva a casa mientras Caleb lleva a Cassie a casa de Jacob, que está cinco viviendas más abajo de la nuestra en la misma calle. En mitad de la noche intercambiarán sus sitios y yo lo sabré, porque Caleb olerá a otra mujer. Cassie no se percatará, porque es la clase de mujer que no presta atención a los detalles, o que decide no prestársela. En el trayecto de vuelta a casa, toco los nudillos de Jacob y las diminutas cicatrices de sus dedos, todas de cuando estudiaba arquitectura y hacía modelos en miniatura de grandiosas ideas con cuchillas afiladas. Le digo lo mucho que deseo que todas las noches sean como esta. Asiente y me dice: «Vamos a dar una vuelta». Me arrellano en mi asiento y me quito los zapatos de tacón con los pies. Jacob me lleva a una obra en la que está trabajando y subimos al último piso en el ascensor del edificio en construcción. Me estrecha con fuerza entre sus brazos mientras el montacargas sube lentamente con un chirrido. Todavía no han puesto el techo de la última planta y cuando salimos del ascensor nos desorienta la visión de la ciudad que se extiende en derredor, sin nada que impida que nos caigamos al vacío.

Me aferró a Jacob para estabilizarme y luego me río y lo atraigo hacia un vals lento, con la mirada puesta en el cielo nocturno. Cuando paramos, como el mundo sigue girando, caemos sobre el suelo de cemento y nos sentamos con las rodillas replegadas contra el pecho. Lo que quiero decirle es que sé quién es y que lo prefiero a él, que lo habría elegido a él para siempre, pero también sé que su primer amor es su hermano, y por eso no digo nada. Me quito el jersey, me desprendo de la falda y me echo en el frío suelo, granuloso por la tierra y el serrín. Atraigo a Jacob y suspiro cuando se tumba encima de mí. Nos besamos, dulcemente, y él cierra los ojos y me sopla en el cuello, por los hombros. Entonces le arranco la camisa y lo aprieto contra mí, abriéndome a él como le gusta. Le digo la única verdad posible: «Te quiero».

Cuando Caleb bebe en exceso, y el exceso es cualquier cosa más que un trago, olvida la nueva historia que su hermano y él han hilvanado a partir de los recuerdos de su padre. Después de intercambiarse con Jacob, Caleb se arrastra hasta la cama apestando a vino y tabaco. Me ladra que me despierte. Me cubro la cabeza con las sábanas, porque estoy pensando en Jacob y en la libertad de los edificios altos, y cayendo entre las estrellas mientras el marido al que más quiero se mueve encima y dentro de mí. Caleb aparta las sábanas y enciende las luces. Me siento en la cama, temblando, a solas con el marido que menos quiero.

Caleb empieza a contarme una historia sobre él y su hermano, sentados en el asiento trasero del Cadillac de su padre mientras al viejo se la estaba mamando una mujer que no era su madre; su padre hizo que esta mujer se la mamase a sus hijos también. Mientras me cuenta la historia, su voz se vuelve más tosca. Sus rasgos se vuelven menos reconocibles. Caleb me agarra de la cintura, me monta a horcajadas y me abofetea. «Ni se te ocurra hacer algo así en tu vida», dice. «No seas una puta zorra.» Luego me pone boca abajo y me planta su desagradable mano en el cráneo, aplastándome contra la cama, tratándome como la zorra que no quiere que sea. Pienso en la polla de Caleb, embadurnada con la simiente de Jacob. Pienso en lo mucho que odio y, por lo tanto, amo al marido con el que estoy porque me da pena, y quizás yo también me doy pena. Me corro inmoderadamente. Caleb se queda dormido tumbado encima de mí. Su cuerpo es pesado y está húmedo, su olor no es familiar.

Por la mañana, Caleb y yo evitamos mirarnos a los ojos. Se ducha y hace como que va al trabajo, pero va a casa de su hermano y me envía a Jacob. Estoy en el tocador, procurando maquillar el furioso cardenal cada vez más violáceo que se me extiende por la cara. Jacob se detiene en la entrada y sonríe con tanta amabilidad que me entran náuseas. «¿Qué haces?», pregunta. Entonces repara en el arco de venitas rotas que tengo debajo del ojo. Sus manos se cierran en puños prietos mientras se me acerca. Mientras me imprime suaves besos en las comisuras de la herida, la cara empieza a dolerme más profundamente que la víspera bajo el puño de Caleb. «Lo siento mucho», dice Jacob, cargando con el peso de los pecados de su hermano.

Cuando tengo dos faltas seguidas, es Jacob quien me encuentra en el cuarto de baño, sentada en el borde de la bañera, envuelta en una toalla, con el test de embarazo en la mano. Cae a mis rodillas y me abraza los muslos con las manos. Sonríe, me abre la toalla, dejándome desnuda, y apoya la cara en mis pechos. Surco sus cabellos con los dedos, masajeándole suavemente el cuero cabelludo. Nos imagino a los dos haciendo una maleta pequeña, comprando un coche barato, conduciendo al oeste por la 1-80 hasta llegar a un lugar mejor. Digo: «¿Crees que tu hermano se pondrá contento?». Él responde: «Me importa un comino lo que piense mi hermano». Durante un rato, me permito creerle.

Estoy embarazada de seis meses cuando Caleb me acompaña a una visita al médico. Se siente malhumorado, casi indiferente; ha venido conmigo solo porque Jacob tenía una reunión ineludible. Estos últimos días veo a Caleb sobre todo bien entrada la noche, cuando vuelve con sigilo a su propia casa, cuando está furioso y necesita algo que solo yo puedo darle. Se sienta en la silla de los brazos de plástico duro que hay junto a la camilla, cruzando los brazos firmemente sobre el pecho. Mientras la doctora desliza el lápiz de la ecografía por mi bajo vientre, gira un botón de la máquina. «¿Lo oye?», pregunta. La habitación está en silencio salvo por el aleteo idéntico de dos corazones latiendo.

© Roxane Gay: The Mark of Cain (La marca de Caín). Publicado en Difficult Women, 2017. Traducción de María Enguix Tercero.