Seleccionar página

El Creador estaba sentado en su trono, pensando. A sus espaldas se extendía el ilimitado continente del cielo, impregnado en un glorioso resplandor de luz y color; y ante Él se elevaba, como un muro, la negra noche del Espacio. Su poderosa mole se alzaba hacia el cenit robusta como una montaña coronada por su divina cabeza, que relucía como un sol distante. A sus pies se erguían tres personajes colosales, disminuidos por contraste casi hasta la extinción; eran los arcángeles, cuyas cabezas le llegaban a la altura del tobillo.

Cuando el Creador terminó de pensar, dijo:

—He pensado. ¡Mirad!

Levantó la mano y de ella surgió un chorro de fuego pulverizado, un millón de soles fabulosos que hendieron y surcaron la oscuridad, alejándose y alejándose, menguando en tamaño y brillo al penetrar los distantes confines del Espacio, hasta convertirse en minúsculos diamantes refulgiendo bajo la inmensa bóveda del universo.

Al cabo de una hora, el Gran Consejo se disolvió.

 

Impresionados y pensativos, los miembros se alejaron de la Presencia y se retiraron a un lugar privado para poder hablar con libertad. Ninguno de los tres parecía dispuesto a iniciar la conversación, prefiriendo que lo hiciera algún otro. Todos deseaban ardientemente discutir el gran acontecimiento, pero no deseaban comprometerse hasta saber cómo lo valoraban los demás. Así que hubo un cruce de palabras vagas y titubeantes sobre temas sin importancia; y aquello se prolongó tediosamente sin llegar a ninguna parte, hasta que finalmente el arcángel Satán se armó de valor —cosa de la que estaba sobradamente aprovisionado— y rompió el hielo.

—Señores, sabemos de lo que hemos venido a hablar —dijo—, así que más nos vale dejar de buscar pretextos y empezar de una vez. Si el Consejo está de acuerdo…

—¡Lo está, lo está! —dijeron Gabriel y Miguel, interrumpiendo agradecidos.

—Muy bien, entonces; procedamos. Hemos presenciado algo extraordinario; en esto estamos necesariamente de acuerdo. En cuanto al valor que pueda tener, si es que lo tiene, no es asunto que nos concierna personalmente. Podemos tener cuantas opiniones queramos sobre ello, pero sin ir más allá. No tenemos voto. Creo que el Espacio estaba bien como estaba, y además resultaba útil. Era un lugar frío y oscuro, perfecto para descansar del Cielo, con su clima delicado y sus fatigosos esplendores. Pero estos son detalles sin demasiada importancia. La novedad, la colosal novedad, ¿cuál es, señores?

—¡La invención e introducción de una ley automática, que no precisa supervisión ni regulación, para gobernar esas miríadas de soles y mundos que giran y avanzan a toda velocidad!

—¡Eso es! —dijo Satán—. Admitiréis que se trata de una idea fabulosa. Nada que se le parezca había surgido hasta ahora de la Suprema Inteligencia. ¡Toda una Ley! ¡Una ley automática, exacta e invariable que no requiere vigilancia, corrección ni reajuste alguno en toda la eternidad del tiempo! ¡Nos ha dicho que esos incontables cuerpos enormes surcarán las oquedades del Espacio a una velocidad inimaginable por los siglos de los siglos, trazando órbitas formidables, pero sin chocar jamás y con períodos orbitales que en dos mil años no se prolongarán ni acortarán más de la centésima parte de un segundo! ¡Ese es el nuevo milagro, el mayor de todos! ¡La Ley Automática! Le ha dado como nombre la Ley de la Naturaleza, pero ha dicho que la Ley Natural es la Ley de Dios. Es decir, que son dos nombres intercambiables para una sola y única cosa.

—Sí —dijo Miguel—. Y ha dicho que va a imponer esa Ley Natural o de Dios en todos sus dominios y que su autoridad será suprema e inviolable.

—También ha dicho que con el tiempo creará animales —intervino Gabriel—. Y los pondrá asimismo bajo la autoridad de dicha ley.

—Sí —dijo Satán—. Le he oído decirlo, pero no lo entiendo. ¿Qué son los animales, Gabriel?

—Ay, ¿cómo quieres que lo sepa yo? ¿Cómo vamos a saberlo cualquiera de nosotros? Es un mundo nuevo.

 

Pasa un intervalo de tres siglos en tiempo celestial, equivalente a cien millones de años en tiempo terrenal. Entra un Ángel Mensajero.

 

—Señores, está creando los animales. ¿Les complacería venir a verlo?

Fueron, vieron y se quedaron perplejos. Verdaderamente perplejos. El Creador, al darse cuenta, les dijo:

—Preguntad. Yo os responderé.

—Oh Divino —dijo Satán en tono respetuoso—. ¿Para qué sirven?

—Son un experimento en Moral y Conducta. Observadlos y os instruiréis.

Había miles de ellos. Mostraban una enorme actividad. Estaban ocupados, muy ocupados, sobre todo en perseguirse unos a otros.

Tras examinar a uno de ellos con un poderoso microscopio, Satán comentó:

—Esta bestia tan grande está matando a los animales más débiles, oh Divino.

—El tigre, sí. La ley de su naturaleza es la ferocidad. La ley de su naturaleza es la Ley de Dios. No puede desobedecerla.

—Entonces, ¿al obedecerla no comete ofensa alguna, oh Divino?

—No. Es inocente.

—Esta otra criatura de aquí es tímida, oh Divino, y sufre la muerte sin resistirse.

—El conejo, sí. No posee valor. Es la ley de su naturaleza, la Ley de Dios. Debe obedecerla.

—Entonces, ¿no se le puede pedir honorablemente que oponga resistencia a su naturaleza, oh Divino?

—No. A ninguna criatura se le puede requerir honorablemente que se enfrente a la ley de su naturaleza, la Ley de Dios.

Al cabo de un buen rato y tras responder muchas preguntas, Satán dijo:

—La araña mata a la mosca y se la come. El pájaro mata a la araña y se la come. El gato montés mata al ganso. El… En fin, todos se matan entre sí. Es asesinato, una y otra vez. Estamos ante incontables multitudes de criaturas y todas matan, matan, matan. Todas son asesinas. ¿Y no se las puede culpar, oh Divino?

—No se las puede culpar. Es la ley de su naturaleza. Y la ley de la naturaleza es siempre la Ley de Dios. Ahora, observad, ¡mirad! Una nueva criatura, la obra maestra… ¡el Humano!

Entonces llegó una manada de hombres, mujeres y niños en tropel, millones de ellos.

—¿Qué vas a hacer con ellos, oh Divino?

—Daré a cada individuo, con grados y matices, las diversas Cualidades Morales distribuidas con una sola característica distintiva entre el mundo animal: valor, cobardía, ferocidad, mansedumbre, hermosura, justicia, astucia, alevosía, magnanimidad, crueldad, malicia, lujuria, misericordia, piedad, pureza, egoísmo, amabilidad, honor, amor, odio, vileza, nobleza, lealtad, falsedad, veracidad, deshonestidad… Cada ser humano estará dotado de todas esas Cualidades, y constituirán su naturaleza. En unos las propiedades buenas y elevadas anularán a las malas y esos se llamarán humanos buenos; en otros predominarán las propiedades malas, y esos se llamarán humanos malos. Ahora, observad. ¡Ved cómo desaparecen!

—¿Dónde han ido a parar, oh Divino?

—A la Tierra, ellos y todos sus compañeros los animales.

—¿Qué es la Tierra?

—Un pequeño globo que creé hace dos eternidades y media. Lo visteis, pero no os fijasteis bien, pues estaba incluido en la explosión de mundos y soles que salieron disparados de mi mano. El humano es un experimento y los demás animales también lo son. El tiempo dirá si han merecido la pena. La demostración ha terminado. Os podéis retirar, señores.

 

Pasaron varios días. Esto supone un largo periodo de (nuestro) tiempo, ya que en el cielo un día dura mil años.

Satán había estado haciendo elogiosos comentarios sobre las admirables obras del Creador, comentarios que, entre líneas, eran sarcasmos. Creía estar hablando en confianza con sus buenos amigos, los otros arcángeles, pero le habían oído unos ángeles comunes, que informaron de ello a la Sede Central.

Al saberse se le condenó al destierro durante un día, es decir, un día celestial. Era un castigo al que estaba acostumbrado, debido a que tenía la lengua algo floja. A falta de otro lugar, siempre le deportaban al Espacio, donde se dedicaba a revolotear tediosamente por la noche eterna, en la que hacía un frío ártico. Pero en esta ocasión se le ocurrió seguir avanzando en busca de la tierra, para ver cómo iba el experimento de la Raza Humana.

Pasado un tiempo escribió a casa para desahogarse en privado con san Miguel y san Gabriel.

 

* * *

 

LAS CARTAS DE SATÁN

 

CARTA 1

ESTE ES UN LUGAR EXTRAÑO, un lugar extraordinario e interesante. En casa no hay nada que se le parezca. Las personas están todas locas y los demás animales también. La Tierra está loca, como la mismísima Naturaleza, que también lo está. El Humano es una curiosidad maravillosa. En el mejor de los casos, es una especie de ángel de grado inferior bañado en níquel; en el peor de los casos, es un ser inefable, inimaginable. Pero desde el principio hasta el final y siempre, es un sarcasmo. Sin embargo, ingenuamente y con toda sinceridad, se llama a sí mismo, «la obra más noble de Dios». Esto que os digo es verdad. Y no es una idea nueva en él; sino que la repite desde tiempos inmemoriales, tanto que ha acabado por creérsela, sin que nadie en toda su raza sea capaz de reírse de ella.

Es más, si me permitís alargarme un poco, el humano se considera el animal preferido del Creador. Está convencido de que el Creador no sólo está orgulloso de él, sino que le quiere, que tiene pasión por él y que se pasa las noches en vela, rendido de admiración, sí, vigilándolo y manteniéndolo fuera de peligro. Cuando reza, está convencido de que el Creador le escucha. ¿No es una idea pintoresca? Llena sus oraciones de halagos torpes, burdos y floridos, persuadido de que el Creador se sienta y ronronea de placer al oír tales extravagancias. No pasa un día sin que rece para pedir socorro, favores y protección, siempre con optimismo y confianza, aunque ninguno de sus ruegos haya recibido respuesta jamás. La afrenta diaria, la derrota constante, no le desaniman, pues sigue rezando como si nada. Hay algo casi hermoso en esta perseverancia. Pero permitidme que me exceda algo más. ¡El humano cree que va a ir al cielo!

Al fin y al cabo, tiene unos maestros asalariados que se lo dicen. Como le dicen que hay un infierno de hogueras eternas al que irá si no cumple los Mandamientos. ¿Y qué son los Mandamientos? Pues toda una curiosidad. Ya os hablaré de ellos más adelante.

 

CARTA 2

«NADA OS HE DICHO SOBRE EL HUMANO QUE NO SEA VERDAD». Os ruego que me perdonéis si repito ese comentario aquí y allá en estas cartas. Quiero que os toméis en serio todo esto que os cuento y creo que si vosotros estuvierais en mi lugar y yo en el vuestro, necesitaría ese recordatorio de cuando en cuando para evitar que flaqueara mi credulidad.

Lo cierto es que todo lo relativo al ser humano le resulta extraño a un inmortal. No ve nada como lo vemos nosotros. Su sentido de la proporción es muy distinto del nuestro y su escala de valores es tan diferente en todo, que pese a nuestra gran capacidad intelectual, no es probable que ni el más dotado de nosotros consiga comprenderla jamás.

Por ejemplo, he aquí una muestra: el humano ha imaginado un Cielo, pero privándolo de la delicia suprema, el éxtasis que ocupa el primer lugar en el corazón de todos los individuos de su raza —y de la nuestra—: ¡la relación sexual!

Es como si a un ser moribundo y perdido en un desierto calcinado se le presentara un salvador diciendo que le iba a conceder todos sus deseos salvo uno, ¡y eligiera quedarse sin agua!

Su cielo es como él mismo: extraño, interesante, asombroso, grotesco. Os doy mi palabra, no hay en ese lugar ni una sola característica que el humano valore realmente. Consiste —absoluta y totalmente— en diversiones que, importándole poco menos que nada aquí en la Tierra, cree que le gustarán en el Cielo. ¿No es curioso? ¿No es interesante? No penséis que exagero, pues no es así. Os voy a dar más detalles.

La mayoría de los humanos no canta, pues en general no saben cantar ni están dispuestos a quedarse donde haya otros cantando, si esto se prolonga más de dos horas. Tomad buena nota de ello.

Sólo unos dos humanos de cada cien son capaces de tocar un instrumento musical, y apenas unos cuatro de cada cien tienen deseo alguno de aprender a hacerlo. Que os quede claro.

Muchos humanos rezan, pero a pocos les gusta hacerlo. Algunos rezan largo y tendido, mientras el resto toma el camino más corto.

Más humanos van a misa de los que quieren ir.

Para cuarenta y nueve de cada cincuenta humanos, el domingo es un aburrimiento verdaderamente tremendo.

De todos los humanos que van a misa el domingo, dos tercios se hartan cuando el sermón está a medio acabar y el resto antes de que acabe.

El momento más feliz para todos ellos es cuando el predicador alza las manos para dar la bendición. Se escucha entonces un murmullo de alivio que recorre la iglesia, cargado de la más sincera gratitud.

Toda nación desprecia al resto de las naciones.

Toda nación tiene antipatía a las otras naciones.

Todas las naciones blancas sienten aversión por las naciones de color, sea cual sea este, y las oprimen cuando pueden.

Los humanos blancos no se asocian con los humanos negros, ni se casan con ellos.

Les tienen prohibido entrar en sus colegios e iglesias.

El mundo entero odia a los humanos judíos y sólo los tolera si son ricos.

Os ruego que toméis buena nota de todos estos detalles.

Más aún. Los humanos que están en sus cabales odian el ruido.

Todos, cuerdos o dementes, quieren tener variedad en su vida. La monotonía les hastía rápidamente.

Cada humano, según el equipamiento mental que le haya tocado en el reparto, ejercita el intelecto a todas horas, constantemente, práctica que constituye una parte enorme, apreciada y esencial en su vida. Desde los intelectos inferiores hasta los más dotados, todos poseen alguna destreza que les da un enorme placer probar, demostrar y perfeccionar. El pillo que supera a su compañero en los juegos se aplica a ellos con tanta diligencia y entusiasmo como el escultor, el pintor, el pianista, el matemático y demás. Ninguno de ellos podría ser feliz si se pusiera en entredicho su talento.

Pues bien, ahí tenéis los hechos. Ahora sabéis de qué disfruta la raza humana y de qué no. Curiosamente, sus gentes han inventado un Cielo sacado de la nada. ¿A que no adivináis cómo es? Ni en mil quinientas eternidades seríais capaces de averiguarlo. La mente mejor dotada que conozcáis, o al menos que conozca yo, no lo conseguiría ni en cincuenta millones de eones. Pues bien, os contaré cómo es.

 

1) En primer lugar, fijad vuestra atención en el hecho extraordinario con que comencé. Es decir, que el ser humano, igual que nosotros, los inmortales, sitúa la relación sexual muy por encima del resto de los placeres, ¡pero la ha dejado fuera del Cielo! La sola idea del sexo le excita; la oportunidad de practicarlo le enloquece. En semejante estado es capaz de arriesgar la vida, el honor, todo —hasta ese Cielo suyo tan peculiar— para aprovechar la ocasión de alcanzar el clímax. Desde la juventud hasta la mediana edad, hombres y mujeres aprecian la cópula por encima de todos los demás placeres juntos, pero sucede lo que os vengo diciendo: no lo han incluido en el Cielo, donde la oración ocupa su lugar.

Sin embargo, pese a la importancia que le conceden, es tan pobre como el resto de los llamados «placeres». En el mejor y más prolongado de los casos, el acto es tan breve que no os lo podéis ni imaginar, como inmortales que sois, claro está. En cuanto a la repetición, el acto humano es muy limitado. ¡Ay, cuán por debajo queda del concepto inmortal! Nosotros, que lo prolongamos durante siglos con todos sus supremos placeres intactos, jamás podremos entender ni compadecer adecuadamente la terrible pobreza de estas gentes respecto a un valioso don que, tal como nosotros lo disfrutamos, convierte el resto de las posesiones en algo tan trivial que ni merece un inventario.

 

2) En el Cielo humano, ¡todo el mundo canta! Quien no cantaba en la Tierra, canta allí. Quien era incapaz de cantar en la Tierra, sabe hacerlo allí. Este canto universal no es corto o esporádico, ni se ve aliviado por intervalos de silencio, sino que sigue todo el día, y todos los días, durante doce horas seguidas. Y todos se quedan a oírlo, mientras que en la Tierra el sitio correspondiente se habría vaciado en dos horas. En el Cielo sólo se cantan himnos. Mejor dicho, un solo himno. Las palabras son siempre las mismas, en número sólo son una docena; no hay rima, no hay poesía: «¡Aleluya, aleluya, aleluya, Dios Señor del Cielo! ¡Hurra, hurra, hurra! ¡Sí! ¡Bum! ¡Aaaah!».

 

3) A todas estas, cada uno tiene su arpa —¡los millones y millones de humanos que son!—, aunque cuando estaban en la Tierra ni veinte de cada mil sabían tocar un instrumento, ni tenían el menor interés en aprender.

Imaginaos el estruendo de un huracán ensordecedor. ¡Millones y millones de voces gritando juntas! ¡Millones y millones de arpas rechinando los dientes a la vez! Decidme: ¿No es siniestro, tremebundo y espantoso?

Pues resulta que es un acto de alabanza. ¡Un elogio, un halago, una adulación! ¿Os preguntáis quién estará dispuesto a soportar este extraño halago, este elogio enajenado? ¿Y quién no sólo lo soporta, sino que lo aprecia, lo disfruta, lo pide, lo exige? Pues contened la respiración.

¡Es Dios! El Dios de esta raza, quiero decir. Sentado en su trono, con su corte de veinticuatro ancianos y demás dignatarios, pasea la mirada sobre sus millones y millones de apasionados fieles, esboza una tierna sonrisa y asiente satisfecho en dirección al norte, al este y al sur. El espectáculo más pintoresco y tontorrón que haya podido imaginarse jamás, creo yo.

Huelga decir que el inventor de los cielos no tuvo la idea por su cuenta, sino que la copió de las ceremonias de oropel de una de esas pobres soberanías perdidas por las plantaciones del Oriente.

Como decíamos, todas las personas cuerdas de raza blanca odian el ruido. Sin embargo, han aceptado tranquilamente un cielo semejante sin pararse un minuto a pensar, reflexionar ni examinar el asunto. Además, ¡están deseando llegar! Ancianos canosos y profundamente devotos dedican una gran parte de su tiempo a soñar con el momento en que abandonen las preocupaciones de esta vida para entrar en la felicidad de aquel lugar. Pero se ve claramente lo irreal que les parece y lo poco que les preocupa como hecho verídico, pues no se preparan ni hacen prácticas para el gran cambio que se les avecina: jamás se ve a ninguno de ellos con un arpa, ni se les oye cantar.

Como habéis visto, el insólito espectáculo que os he descrito es un acto de alabanza. Es decir, alabanza mediante himno y postración. Sustituye a la susodicha «misa». Lo curioso es que en la Tierra estas gentes son incapaces de soportar una misa muy larga. El límite es de una hora y cuarto y lo han dejado en una sola vez a la semana: el domingo. En resumen, un día de cada siete y que no esperan con demasiada anticipación. Pues bien, pensad en lo que les ofrece el cielo. ¡Una misa eterna y un domingo interminable! Pese a lo mucho que les hastía esta breve devoción semanal, están deseando que les llegue el domingo eterno. Es más, sueñan con ello y hablan de ello, porque quieren creer que van a disfrutarlo. Con toda la simpleza de su corazón, ¡se quieren convencer de que van a ser felices!

Esto es porque no piensan; sólo quieren creer. Pero son incapaces de pensar. De cada diez mil humanos no hay ni dos que tengan algo de cerebro. Y en cuanto a imaginación se refiere, ¡fijaos en su Cielo! Lo aceptan, lo aprueban, lo admiran. Eso os dará su medida intelectual.

 

4) El inventor del Cielo humano mete allí, en el mismo revoltijo, a todos los países del mundo. Todos en absoluta igualdad, sin que ninguno destaque sobre los demás. Tienen que ser «hermanos», es decir, mezclarse, rezar, tocar el arpa, cantar los aleluyas juntos —blancos, negros, judíos— todos sin distinción. Aquí en la Tierra todos los países se odian y el mundo entero odia al judío. Pero todo humano piadoso adora ese Cielo y quiere entrar en él. Lo desea de verdad. Y cuando entra en un éxtasis místico quiere creer que si estuviera en el Cielo amaría al populacho con todo su corazón. ¡Allí todo serían abrazos, abrazos y más abrazos!

¡Qué maravilla de criatura! ¿Quién la habrá inventado?

 

5) Cada humano de la Tierra posee algo de inteligencia en mayor o menor grado, pero, tenga el cerebro que tenga, está orgulloso de tenerlo. Y todo humano saca pecho cuando se le nombra a los majestuosos jefes intelectuales de su raza, cuyas espléndidas hazañas adora oír contar. Como tienen la misma sangre, al honrarse a sí mismos le han honrado a él. «¡Mirad de lo que es capaz la mente del humano!», exclama. Entonces recita la lista de los humanos ilustres de todos los tiempos, repasando las literaturas imperecederas que han dado al mundo, los ingenios mecánicos que han inventado, las glorias con las que han ornado la ciencia y el arte. Ante ellos se descubre como ante los mismísimos monarcas, rindiéndoles el más profundo homenaje, el más sincero que puede dar su jubiloso corazón, exaltando así el intelecto sobre todas las cosas del mundo, entronizándolo bajo la bóveda de los cielos en una supremacía inalcanzable. ¡Y entonces se inventa un cielo que no tiene ni un ápice de intelectualidad por ninguna parte!

¿No os parece extraño, curioso, desconcertante? Pues es tal y como os digo, por increíble que parezca. Este humano, un sincero adorador del intelecto pródigo en premiar sus poderosos servicios aquí en la Tierra, ha inventado una Religión y un Cielo que no rinden el menor homenaje al intelecto, desprovisto de toda distinción o grandeza. De hecho, ni siquiera lo mencionan.

A estas alturas habréis notado que el Cielo está pensado y construido con un plan muy concreto, de tal modo que contiene en escrupuloso detalle todas y cada una de las cosas imaginables que le resultan repugnantes al ser humano ¡y ni una sola de las que le gustan!

Pues bien, cuanto más avancemos más aparente será este hecho tan curioso.

Tomad buena nota: en el Cielo humano no se ejercita la inteligencia, ni hay nada en lo que poder emplearla. Allí un intelecto corriente se pudriría en un año. Acabaría podrido y apestoso. Podrido y apestoso, es decir, bendito. Al fin sería un cerebro sagrado, pues sólo lo sagrado puede resistir las alegrías de semejante enajenación.

 

CARTA 3

YA OS HABRÉIS DADO CUENTA de que el ser humano es un curioso espécimen. Desde tiempos inmemoriales ha tenido cientos y cientos de religiones (que va usando y descartando). Hoy día también tiene cientos y cientos de religiones y todos los años estrena no menos de tres nuevas. Esta cifra podría aumentarse y seguiría siendo correcta.

Una de sus religiones principales es la llamada cristiana. Un esbozo de ella os interesará. Está explicada en detalle en un libro de dos millones de palabras, llamado el Antiguo y Nuevo Testamento. También tiene otro nombre: la Palabra de Dios. Pues un cristiano cree que cada palabra del libro fue dictada por Dios, el mismo Dios del que os vengo hablando.

El libro está lleno de interés. Tiene poemas elevados, fábulas ingeniosas, pasajes de historia sangrienta, algún que otro principio moral, una enorme profusión de obscenidades y más de mil mentiras.

La mayor parte de esta Biblia está construida con fragmentos de otros libros sagrados que cayeron en desuso. Por tanto, es tan poco original como cabría esperar. Los tres o cuatro acontecimientos formidables e impresionantes que contiene vienen todos de las Biblias anteriores. Sus mejores preceptos y normas de conducta proceden también de esas Biblias. En esta sólo hay dos cosas nuevas: el Infierno, para empezar, y ese Cielo tan singular del que ya os he hablado.

 

¿Qué hacer ante esto? Si pensamos, como estas gentes, que su Dios fue capaz de inventar semejantes crueldades, lo calumniamos. Pero si creemos que estas gentes lo han inventado todo por su cuenta, entonces los calumniados son ellos. Sea como fuere, se trata de un dilema desagradable, pues ninguno de los dos bandos nos ha hecho daño alguno.

En pos de la tranquilidad, optemos por uno de los dos. Unamos fuerzas con las gentes y carguémosle a él con todo el lastre del Cielo, el Infierno, la Biblia y demás. No parece correcto ni justo, pero viendo ese cielo tan angustiosamente lleno de todo cuanto repugna a un ser humano, ¿cómo vamos a creer que lo ha inventado un ser humano? Y cuando os hable del infierno os abrumaré tanto que probablemente me digáis: «No, un humano jamás imaginaría un lugar semejante, ni para sí mismo ni para nadie. Es sencillamente incapaz».

Esa inocente Biblia explica cómo fue la Creación. ¿De qué? ¿Del Universo? Pues sí, del Universo… ¡En seis días!

Lo hizo Dios, aunque no lo llamó Universo. Ese es el nombre moderno. Dios se dedicó por completo a este mundo de aquí. Lo construyó en cinco días, ¿y cómo lo acabó? ¡Resulta que tardó un sólo día en hacer veinte millones de soles y ochenta millones de planetas!

¿Y para qué servían, según él? Pues para dar luz a su pequeño mundo de juguete. Esa era toda su justificación; no tenía otra. Uno de los veinte millones de soles (el más pequeño) lo iluminaría durante el día y el resto era para ayudar a una de las incontables lunas del universo a modificar la oscuridad de sus noches.

Pensaba sin duda que sus cielos recién hechos aparecerían colmados de los diamantes de sus miríadas de estrellas cegadoras desde el mismo instante en que el sol del primer día se hundiera bajo el horizonte. Lo cierto es que no titiló una sola estrella en esa bóveda negra hasta tres años y medio después de ultimarse las formidables obras de aquella semana memorable.* Entonces apareció una estrella sola y abandonada que empezó a brillar de pronto. Tres años después apareció otra. Las dos lucieron juntas durante más de cuatro años antes de que se les uniera una tercera. Al cabo de los cien primeros años no llegaban a veinticinco las estrellas que parpadeaban en la inmensidad de aquellos lóbregos cielos. Y mil años después aún no se veían las suficientes estrellas como para considerarlas un espectáculo. Un millón de años después, apenas la mitad del elenco actual penetraba con su luz los confines telescópicos, y las demás tardaron otro medio millón de años en seguir la corriente, como se suele decir. Al no existir entonces el telescopio su advenimiento pasó inadvertido.

 

El astrónomo cristiano lleva unos trescientos años sabiendo que no fue su Deidad quien hizo las estrellas durante esos seis días tan tremebundos, pero el científico cristiano no abunda en esos detalles. Como tampoco lo hace el cura de su parroquia.

En su libro, Dios hace elocuentes alabanzas de sus portentosas obras, bautizándolas con los nombres más grandes que pueda hallar, mostrando así su firme y cabal admiración por las magnitudes. Sin embargo, creó millones de soles prodigiosos para iluminar este orbe tan pequeñajo, en lugar de hacer que el diminuto sol de este planeta les rindiera pleitesía a ellos. El caso es que en su libro Dios menciona a Arturo, del que os acordaréis seguramente, porque estuvimos allí en una ocasión. ¡Es una de las lamparillas que iluminan la Tierra de noche! Pues ese globo gigante es cincuenta veces mayor que el sol de este planeta, así que sería como comparar una catedral con un melón.

No obstante, en clase de religión aún enseñan a los niños que Arturo se creó para ayudar a iluminar la Tierra esta, cosa que el niño cree y sigue dando por buena con los años, aun sabiendo que muy probablemente no sea así.

 

Según el Libro y sus siervos, el Universo tiene apenas seis mil años de antigüedad. Ha sido en los últimos cien años cuando unos humanos de mente estudiosa y despierta han descubierto que la cifra se acerca más a los cien millones de años.

Pero en esos Seis Días tan célebres, su Dios creó al ser humano y a todos los demás animales.

 

Hizo un hombre y una mujer y los metió en un agradable jardín con las demás criaturas. Allí vivieron todos juntos en paz y armonía y rebosantes de juventud, pero sólo durante un tiempo, hasta que llegaron los problemas. Dios había dicho al hombre y la mujer que no debían comer el fruto de un determinado árbol. Y añadió un comentario de lo más extraño: dijo que si lo comían, morirían con toda seguridad. Era extraño por la sencilla razón de que, al no haber visto jamás un caso de muerte, era imposible que supieran a qué se refería Dios. Ni Él ni ningún otro dios habrían podido hacer entender a aquellos niños ignorantes de qué se trataba sin ofrecerles una muestra de la susodicha muerte. La palabra en sí no tenía significado alguno para ellos, como tampoco la tendría para un niño de pocos días de edad.

Poco después de aquello una serpiente esperó a que estuvieran solos y se acercó andando en posición vertical, como tenían por costumbre las serpientes en aquellos tiempos. La serpiente les dijo que el fruto prohibido haría rebosar de sabiduría sus mentes huecas. Así que lo probaron, cosa bastante natural, pues el ser humano lleva en su naturaleza el ansia de saber, pese a que el sacerdote, como ese Dios a quien imita y representa, se ha dedicado desde el principio a impedirle saber nada que pueda serle útil.

Adán y Eva comieron el fruto prohibido y de pronto una gran luz les inundó la mente. Acababan de adquirir la sabiduría. ¿Y qué sabiduría era esa? ¿Una sabiduría útil? No, sencillamente el conocimiento de que había una cosa llamada el Bien y otra cosa llamada el Mal, algo que podía hacerse con bastante facilidad. Hasta entonces no sabían hacerlo. Por tanto, todos sus actos anteriores habían sido inmaculados, libres de toda ofensa o culpa.

Pero ahora eran capaces de hacer el mal y de sufrir por ello. Habían adquirido lo que la Iglesia considera un bien de incalculable valor, el Sentido de la Moral, que no sólo diferencia al humano de la bestia sino que lo pone por encima de ella. A decir verdad, sería más adecuado considerarlo inferior a la bestia, pues siempre es culpable de sus malos pensamientos mientras que la bestia tiene una mente limpia e inocente. Es como apreciar más un reloj que funciona mal que uno que funciona bien.

La Iglesia aún valora el Sentido de la Moral como el don más noble del ser humano, aunque sabe que Dios lo tenía claramente en baja estima y había hecho todo cuanto estaba en su torpe mano para evitar que sus alegres Niños del Jardín lo adquiriesen.

Pues bien, Adán y Eva ya sabían lo que era el mal y cómo hacerlo. Habían aprendido a hacer varios tipos de cosas malas entre las que destacaba principalmente una: la que Dios tenía en la cabeza en primer lugar. Se trataba del arte y el misterio de las relaciones sexuales. Para ellos fue un descubrimiento maravilloso. ¡Dejaron de estar ociosos para dedicarle toda su atención, pobres seres jóvenes y exultantes!

En medio de una de estas celebraciones oyeron a Dios pasear por el Jardín, como era su costumbre por las tardes, y les entró el miedo. ¿Por qué? Porque estaban desnudos. Acababan de darse cuenta. Hasta entonces era algo que no les había importado, ni a Dios tampoco.

Fue en ese momento memorable cuando nació la Vanidad, que algunas personas empezaron valorar desde ese instante, aunque es evidente que les costaría explicar por qué.

Adán y Eva vinieron desnudos al mundo y sin pudor, desnudos y con la mente pura; y ningún descendiente suyo ha sido distinto. Todos han llegado desnudos, sin pudor y con la mente limpia. De igual modo, venían dotados de Modestia. Pero no les ha quedado más remedio que adquirir la Vanidad y los Malos Pensamientos. Así son las cosas. El deber de toda madre cristiana es ensuciar la mente de su hijo, cosa que ella tiene bien presente. Su retoño crece, se hace misionero y sale en pos del salvaje inocente y del japonés civilizado para poder ensuciarles a ambos la mente. A partir de entonces adquieren la Vanidad, empiezan a cubrirse el cuerpo, y dejan de bañarse juntos.

La convención mal llamada Modestia no tiene un modelo ni lo puede tener, pues se opone a la Naturaleza y la Razón. Al ser artificial, está sujeta al capricho, al antojo enfermizo de cualquiera. En la India, la mujer elegante se cubre el rostro y el pecho, y lleva desnudas las piernas de cintura para abajo, mientras que la europea elegante se cubre las piernas y expone el rostro y el pecho. En las tierras pobladas por salvajes inocentes, la europea elegante pronto se acostumbra a ver al nativo adulto completamente desnudo y deja de sentirse ofendida. En el siglo XVIII, un conde y una condesa franceses, ambos personas refinadas pero sin ningún parentesco en común, naufragaron en una isla desierta. Ambos vestían ropa de cama y tardaron poco en quedar desnudos. Durante una semana pasaron vergüenza. Después, la desnudez dejó de preocuparles y pronto dejaron de pensar en ella.

Vosotros nunca habéis visto a una persona vestida. Pues bien, no os habéis perdido nada.

Continuemos con las curiosidades bíblicas. Naturalmente pensaréis que la amenaza de castigar a Adán y Eva por desobedecer no se llevó a cabo, puesto que no eran los autores de sí mismos ni de sus impulsos o flaquezas naturales. Por lo tanto, no estaban sujetos a las órdenes de nadie ni eran responsables ante nadie de sus actos. Pues os sorprenderá saber que la amenaza divina se llevó a cabo. Adán y Eva recibieron su anunciado castigo, crimen que incluso hoy en día tiene sus apologistas. La condena a muerte se cumplió.

Como veis, el único responsable de la ofensa de la pareja quedó libre de culpa. Es más, fue el verdugo de los inocentes.

En vuestro reino y el mío, tendríamos el privilegio de poder reírnos de semejante moral, pero aquí sería una crueldad. Muchas de estas gentes están dotadas de una facultad racional, pero nadie la usa en materia religiosa.

Las mentes más preclaras os dirán que cuando un humano engendra un hijo tiene la obligación moral de tratarle con cariño, protegerlo del peligro, cuidarlo cuando esté enfermo, vestirlo, alimentarlo, soportar su desobediencia, no ponerle la mano encima salvo con amabilidad y por su propio bien; y jamás, en ningún caso, infligirle una crueldad injusta. De sol a sol el trato que da Dios a sus hijos terrenales es todo lo contrario, pero esas mentes tan ilustres justifican calurosamente sus crímenes, los perdonan, los excusan y se niegan indignados a considerarlos crímenes siquiera, ya que es él quien los ha cometido. Nuestro país —el vuestro y el mío— es interesante, pero ni la mitad de interesante que la mente humana.

Pues bien, primero Dios desterró a Adán y Eva del Jardín, y luego los asesinó. Y todo por desobedecer una orden que no tenía ningún derecho a dar. Pero no se detuvo ahí, como ya veréis. Dios tiene un código moral para sí mismo y otro muy distinto para sus hijos, a quienes exige tratar con justicia e indulgencia a los delincuentes y perdonarlos setenta veces siete. Sin embargo, él no trata con justicia ni indulgencia a nadie ni perdonó a esa primera pareja de jóvenes ignorantes y atolondrados ese tropezón tan nimio. Les podría haber dicho: «Quedáis en libertad esta vez. Os voy a dar otra oportunidad». ¡Pues no! Prefirió castigar a los hijos de la pareja por los siglos de los siglos y hasta el fin de los tiempos, por un pequeño fallo que cometieron otros antes de haber nacido ellos. Y todavía sigue castigándolos. ¿Con poca severidad? No, de una manera atroz.

Tal vez supongáis que un Ser no recibirá muchos elogios. Siento tener que desengañaros. El mundo le llama el Siempre-Justo, el Siempre-Honrado, el Siempre-Bueno, el Siempre-Misericordioso, el Siempre-Indulgente, el Siempre-Veraz, el Siempre-Amoroso y el Principio Eterno de la Moral. Estos sarcasmos se repiten a diario en el mundo entero. Pero no son sarcasmos conscientes, no. Se dicen en serio y sin un atisbo de sonrisa.

 

CARTA 4

COMO ÍBAMOS DICIENDO, la Primera Pareja salió del Jardín lastrada con una maldición eterna. Habían perdido todos los placeres que poseían antes de «la Caída», pero podían considerarse ricos, pues habían ganado una capacidad que valía lo que todas las demás juntas: conocían el Arte Supremo.

Lo practicaban diligentemente, lo que les llenaba de dicha. La Deidad les había ordenado que lo practicaran y esta vez obedecieron. Menos mal que no estaba prohibido, ya que lo hubieran practicado de todas formas, aunque mil deidades lo prohibieran.

Pronto llegaron los resultados, que recibieron los nombres de Caín y Abel. Y cuando vinieron las hermanas, supieron tratarlas adecuadamente. Así que hubo más resultados. Es decir, que Caín y Abel engendraron unos sobrinos y unas sobrinas. Los susodichos, a su vez, engendraron unos primos segundos. Llegó un momento en que la clasificación de la parentela empezó a resultar difícil, por lo que se abandonó todo intento de mantenerla.

La agradable labor de poblar el mundo se prolongó con enorme eficacia generación tras generación. En aquellos días felices ambos sexos aún eran duchos en el Arte Supremo, aunque en justicia ya deberían llevar unos ochocientos años muertos. Era manifiesto que el sexo más dulce, querido y bello de los dos estaba en su mejor momento, pues lograba atraer incluso a los dioses. Sí, los dioses auténticos bajaban de los cielos y pasaban momentos maravillosos con aquellas calenturientas jóvenes en flor. Al menos eso dice la Biblia.

Con la ayuda de estos extranjeros que venían de visita la población creció y creció, hasta cifrarse en varios millones de individuos. Pero la Deidad se llevó un buen disgusto. La moral de aquellas gentes no le convencía, aunque en muchos aspectos no fuera mejor que la suya propia. De hecho, era una imitación poco halagüeña. Como eran todos muy malos y no había manera de reformarlos, Dios tomó la sabia decisión de eliminarlos. Es la única idea verdaderamente iluminada y superior que le atribuye la Biblia, que le habría dado la fama eterna de haber sido capaz de llevarla a cabo. Pero Dios siempre fue un ser inestable —excepto cuando se hacía propaganda— y sus firmes intenciones quedaron olvidadas. El caso es que estaba orgulloso del ser humano, que era su mejor invención, y su animal preferido después de la mosca. Al no sentirse capaz de perderlo de golpe, optó por salvar una muestra humana y ahogar al resto de la especie.

Hacer algo así era típico suyo. Era él quien había creado a todas esas gentes infames, así que era absolutamente responsable de su conducta. Ninguno de ellos merecía la muerte, pero parecía obvio que exterminarlos era una buena política, sobre todo porque el máximo crimen había sido crearlos, y dejarles seguir multiplicándose no podía si no empeorar las cosas. Pero tampoco podía haber justicia ni favoritismo alguno. Debía ahogarlos a todos, o a ninguno.

Pues no, no lo iba a hacer así. Salvaría a media docena y volvería a poner la especie a prueba. No contempló la posibilidad de que la raza se echara a perder de nuevo, pues sólo es el Esclarecido cuando se hace propaganda a sí mismo.

Tras apartar a Noé y su familia, lo organizó todo para exterminar al resto. Proyectó un Arca y Noé la construyó. Ninguno de los dos había construido un arca jamás, ni sabían nada de arcas. Era de esperar que ocurriese algo fuera de lo común.

Y así fue. Noé era un granjero que sabía cuáles eran los materiales adecuados para hacer el Arca, pero era verdaderamente incapaz de determinar si tendría el tamaño adecuado o no (tal como sucedió), por lo que evitó pronunciarse al respecto. La Deidad tampoco sabía que el Arca no daba la talla, pero se arriesgó y tomó mal las medidas. Al final la nave se quedó pequeña para el cometido encomendado, y aún hoy el mundo entero se resiente de ello.

Al construir el Arca, Noé lo hizo lo mejor que supo, pero se saltó la mayoría de los elementos esenciales. Aquello no tenía timón, ni velas, ni brújulas, ni bombas de achique, ni cartas de navegación, ni sondas, ni anclas, ni cuaderno de bitácora, ni luz, ni ventilación. Y en cuanto a la zona de pasajeros —que era lo fundamental—, más vale no sacar el asunto a colación. Dado que iban a pasar once meses en el mar, necesitaban agua potable como para llenar dos arcas, pero no se proporcionó ningún barco adicional. Era evidente que no podían depender del agua que consiguieran por el camino, pues la mitad sería agua salada que no beben los humanos ni los animales terrestres.

A todo esto, no sólo se iba a salvar una muestra humana, sino varias muestras profesionales de los demás animales. Os recuerdo que cuando Adán probó la manzana en el Jardín y aprendió a crecer y multiplicarse, el resto de los animales también aprendieron el Arte al vérselo hacer a él. Aquello demuestra la astucia y habilidad que adornan a estas bestias, pues sacaron el mayor provecho a la manzana sin probarla ni verse afectados por el desastroso Sentido de la Moral, fuente de todas las inmoralidades.

 

CARTA 5

NOÉ EMPEZÓ A REUNIR ANIMALES. En el Arca habría una pareja de todas y cada una de las criaturas capaces de caminar, reptar, nadar o volar en el mundo de la naturaleza irracional. No podemos saber cuánto tardó en reunir las fierecillas ni cuánto le costó, pues esos detalles no constan en el relato. Cuando el cónsul Símaco se puso a hacer los preparativos para presentar a su hijo en sociedad en la Roma imperial, mandó emisarios a Asia, África y el mundo entero, en busca de bestias para el circo. Tardaron tres años en conseguir los animales y llevarlos a Roma. Como comprenderéis, estamos hablando sólo de cuadrúpedos y caimanes —no había pájaros, serpientes, ranas, gusanos, piojos, ratas, pulgas, garrapatas, orugas, arañas, moscas ni mosquitos—, sino unos simples cuadrúpedos y unos cuantos caimanes; y de los cuadrúpedos, únicamente los predadores. Sin embargo, ocurrió tal y como os he dicho: tardaron tres años en reunirlos y el importe de los animales, transportes y sueldos ascendió a 4 500 000 dólares. ¿Cuántos animales serían? No lo sabemos. En todo caso menos de cinco mil, que fue la mayor cantidad reunida jamás para uno de aquellos espectáculos romanos, aunque fue Tito, no Símaco, el responsable.

 

Pues aquello era un simple circo para niños comparado con el contrato de Noé. De pájaros, bestias y criaturas de agua dulce, por ejemplo, tuvo que recoger 146 000 especies; y de insectos por encima de los dos millones.

Hay miles y miles de bichos muy difíciles de cazar, y si Noé no se hubiera hartado y dimitido seguro que seguiría en ello, según se dice en el Levítico. Con esto no quiero decir que abandonara la tarea. No, no fue eso lo que hizo. Reunió todas las criaturas para las que sabía que tenía sitio y entonces paró.

De haber conocido los requisitos desde el principio, habría sabido que lo que necesitaba era toda una flota de Arcas. Pero ni se imaginaba cuántos tipos de criaturas podía haber, como tampoco lo sabía su Gran Jefe. Por eso no llevaba el canguro, ni la zarigüeya, ni el monstruo de Gila, ni el ornitorrinco, como también le faltaba toda una multitud de bendiciones indispensables que el bondadoso Creador había proporcionado al humano, pero que había olvidado suministrar en una parte del mundo que nunca había visto y cuyos asuntos no conocía. Por eso a los tripulantes del Arca les faltó un pelo para ahogarse.

Si lograron salvarse fue por causas ajenas a su voluntad. No había suficiente agua para inundarlo todo. Sólo llegó a inundarse una pequeña parte del globo. Por aquel entonces el resto del mundo no se conocía y se consideraba inexistente.

Pero lo que realmente decidió a Noé a parar de una vez al considerar que ya tenía las suficientes especies para cumplir con sus objetivos profesionales y dejar que las demás se extinguieran, fue un incidente sucedido durante los últimos días. De pronto apareció un desconocido que estaba nervioso y traía noticias de lo más preocupantes. Decía que había estado acampado entre unos montes y unos valles, a unos novecientos kilómetros de allí, donde había visto algo extraordinario. Al asomarse a un precipicio que se alzaba sobre una inmensa cañada, había visto un tropel de animales extraños que avanzaban como una marea negra y alborotada. Al rato las criaturas pasaron a su lado peleando, luchando, pataleando, gritando, relinchando… ¡Un espantoso tumulto de carne animal! Perezosos del tamaño de un elefante, ranas grandes como vacas, un megaterio con su harén, todos tan enormes que costaba creerlo. Saurios, saurios y más saurios, grupo tras grupo, familia tras familia, especie tras especie, todos de treinta metros de longitud, diez metros de altura y el doble de salvajes. Uno de ellos dio tal golpe con la cola a un pobre incauto toro de Durham que lo hizo volar cien metros por los aires y al caer a los pies del hombre exhaló su último suspiro. El desconocido les contó que todos esos animales tan asombrosos habían oído hablar del Arca y venían en su busca. Querían salvarse del diluvio. Y no venían en parejas; venían en manada. No sabían que los pasajeros estaban restringidos a parejas, según decía el hombre, pero es que además les importaban un bledo las normas. Tenían claro que iban a zarpar en ese Arca y, de no ser así pedirían explicaciones. El hombre calculaba que en el Arca no iban a caber ni la mitad de los animales. Encima venían con hambre y se iban a comer todo lo que pudieran, incluidas la familia y la colección de animales.

Todos estos hechos se excluyeron del relato bíblico. No hay ni rastro de ellos. Se corre un tupido velo sobre todo este asunto. Ni siquiera se mencionan los nombres de aquellas criaturas gigantes. Como veréis esto demuestra que cuando alguien se salta una cláusula en un contrato, procura taparlo por todos los medios, en la Biblia o donde sea. Esos poderosos animales tendrían hoy un valor inestimable para el ser humano, con lo aparatoso y caro que es el transporte, pero se ha quedado sin ellos. Menudo desperdicio por culpa de Noé. Se ahogaron todos. Algunos hace ocho millones de años, nada menos.

En fin, que cuando el desconocido aquel terminó de contar su historia, Noé se dio cuenta de que más le valía marcharse antes de que llegaran los monstruos. Habría zarpado al instante, pero los tapiceros y decoradores estaban dando los últimos retoques al aposento de la mosca, lo que le hizo perder ese día entero. Y otro día más se perdió en subir a bordo a las moscas, de las que había sesenta y ocho mil millones, aunque la Deidad seguía temiendo que no fueran suficientes. Y aún otro día más se perdió en almacenar cuarenta toneladas de porquería selecta para alimentar a las moscas.

Entonces, por fin, Noé levó anclas. Justo a tiempo, porque estaba el Arca desapareciendo tras el horizonte cuando llegaron los monstruos y añadieron sus lamentos a los de la multitud de llorosos padres y madres y niños asustados que se agarraban a las rocas bañadas por el mar, empapados por la lluvia, alzando sus ruegos al Ser Siempre-Justo, Siempre-Indulgente y Siempre-Piadoso que no había respondido a una plegaría desde que la arena, grano a grano, formó los acantilados donde estaban y que seguiría sin responder cuando el tiempo convirtiera la roca en arena una vez más.

 

CARTA 6

EL TERCER DÍA, bien entrada la mañana, descubrieron que se habían dejado olvidada una mosca. El viaje de vuelta fue largo y penoso, por no llevar cartas de navegación ni brújula, y por el aspecto tan cambiado que tenían todas las costas, pues el agua subía sin parar y había sumergido los lugares más bajos, dando a los más elevados una apariencia desconocida. Pero tras dieciséis días de búsqueda seria y voluntariosa, la mosca fue hallada por fin y recibida a bordo con himnos de alabanza y gratitud por parte de la Familia, alzada en pie y con la cabeza descubierta en señal de reverencia hacia su origen divino. Exhausta y alicaída, la mosca había sufrido las inclemencias del tiempo, pero por lo demás estaba en buen estado. Muchos eran los humanos que habían muerto con sus familias enteras en las cumbres baldías de los montes, pero al afortunado bicho no le había faltado el alimento, que los profusos cadáveres le proporcionaban en abundante y apestosa podredumbre. Así fue como el insecto sagrado salvó la vida providencialmente.

Sí, providencialmente. Esa es la palabra. Pues no se habían dejado la mosca olvidada por accidente. No, había intervenido la divina mano de la Providencia. Las casualidades no existen. Todo lo que sucede, sucede por algún motivo. Las cosas están dispuestas desde el principio de los tiempos, predestinadas desde el principio de los tiempos. Desde el alba de la Creación el Señor había establecido que Noé, alarmado y confuso ante la invasión del prodigioso ejército de fósiles, se haría a la mar antes de tiempo, desprovisto de cierta enfermedad inestimable. Llevaría consigo todas las demás enfermedades, que podría distribuir entre las nuevas razas humanas según fueran apareciendo en el mundo, pero le faltaría una de las mejores: la fiebre tifoidea. Dicha afección, si las circunstancias son especialmente favorables, es capaz de destrozar absolutamente a un paciente sin matarlo, permitiéndole abandonar el lecho con una larga vida por delante, pero sordo, mudo, ciego, lisiado y cretino. La mosca es su principal medio de propagación, por ser más competente y calamitosa que todos los demás distribuidores de la temida plaga juntos. Así que esta mosca, predestinada desde el principio de los tiempos, quedó olvidada para dejarla buscarse un cadáver con tifus cuya podredumbre le sirviera para comer y para untarse las patas con los gérmenes que debía transmitir al mundo repoblado en exclusiva. A partir de esa mosca y hasta hoy, miles de millones de camas se llenan de enfermos, miles de millones de cuerpos destrozados trompican por la tierra y miles de millones de cementerios cobijan a los muertos correspondientes.

Resulta verdaderamente difícil comprender la mentalidad del Dios de la Biblia, al estar su confusión tan llena de contradicciones, inestabilidades desvaídas y firmezas férreas; infantiles dogmas abstractos basados en palabras y endemoniados dogmas concretos basados en hechos; y amabilidades fugaces relegadas ante las maldades permanentes.

Sin embargo, cuando tras mucho análisis se descubre la clave de la mentalidad de Dios, sí se consigue una especie de entendimiento. Con la franqueza más pintoresca, juvenil y sorprendente, él mismo nos proporciona esa clave. ¡Es una cuestión de celos!

Ya imagino que esto os habrá cortado la respiración. Sabéis —pues os lo explicaba en una carta anterior— que los seres humanos juzgan los celos como una clara debilidad, un rasgo propio de gentes de corto entendimiento, pero del que se avergüenzan hasta las mentes más limitadas, que al ser acusadas de su posesión mentirán para negarla y se ofenderán, considerando la acusación como un insulto.

Celos. No lo olvidéis; tenedlo presente. Esa es la clave. Con ella llegareis a comprender parcialmente a Dios conforme vayamos avanzando; sin ella nadie podría comprenderle. Como os decía, es él mismo quien nos proporciona esta traicionera clave para que todos la veamos. Con la mayor ingenuidad y sin un atisbo de vergüenza proclama abiertamente: «Yo, Dios tu Señor, soy un Dios celoso».

De hecho, es una forma de decir: «Yo, Dios tu Señor, soy un Dios limitado; un Dios pequeño y obseso de las pequeñeces».

Sus divinas palabras eran un aviso: no soportaba la idea de compartir con algún otro dios los elogios dominicales de la pequeña y cómica raza humana. Los quería todos para sí. Le parecía estar acaparando riquezas, como un zulú contando calderilla de hojalata.

Pero esperad, que no he sido justo. Lo estoy desdibujando. Los prejuicios me hacer decir cosas que no son ciertas. No llegó a decir que quisiera quedarse con todas las adulaciones ni tampoco que no estuviera dispuesto a compartirlas con sus compañeros los otros dioses. Lo que dijo realmente fue: «No pondrás otros dioses por delante de mí»[1].

Es algo completamente distinto, que nos ofrece una perspectiva mucho más halagüeña, lo confieso. Al fin y al cabo en aquellos tiempos había una abundancia de dioses, los bosques estaban abarrotados, como se suele decir y él lo único que quería era estar a la misma altura que los demás, no por encima, pero tampoco por debajo de ninguno de ellos. Les permitía fertilizar a las vírgenes terrenales, pero no en condiciones mejores que las suyas. Quería que le trataran de igual a igual. Insistía en ello con un lenguaje bien claro. No quería que hubiera ningún dios antes que él. Podían desfilar todos a su lado sin que ninguno llegara a encabezar la procesión, derecho que él tampoco se arrogaba.

¿Y creéis que logró mantener esa resolución recta y encomiable? Pues no. Era capaz de defender una postura equivocada durante toda la vida, pero no lograba atenerse a una correcta ni un mes entero. Al final acabó abandonando esta teoría y con la mayor tranquilidad se proclamó Dios único de todo el universo.

Ya os digo que la clave son los celos. A lo largo de toda su historia están presentes sin recato alguno. Son la sangre y los huesos de su naturaleza, la base de su carácter. ¡Cualquier pequeñez que le haga aflorar los celos basta para hacerle perder la compostura y embotarle el entendimiento! Pero nada azuza esta tendencia tan firme y exageradamente como la sospecha de una inminente competición con el Consorcio de los Dioses. El temor de que Adán y Eva al comer el fruto del Árbol del Conocimiento pudieran ser «como dioses»[2] inflamó tanto sus celos que le afectó al raciocinio, impidiéndole ser justo con esas pobres criaturas ni librar de su crueldad a la inocente prole de la pareja.

A día de hoy su entendimiento aún no se ha recuperado de ese sobresalto. Poseído desde entonces por una salvaje sed de venganza, casi ha asolado su ingenio innato al dedicarlo a inventar dolores, miserias, humillaciones y angustias con las que amargar las breves vidas de los descendientes de Adán. ¡Mirad las enfermedades que ha ideado para ellos! Son tan profusas que no hay libro donde quepan todas. Y cada una de ellas es una trampa pensada para una víctima inocente.

El ser humano es una máquina. Una máquina automática hecha de miles de complejos y delicados mecanismos que desempeñan sus armónicas funciones a la perfección, según unas leyes ideadas para su gobierno y sobre las que él mismo no tiene autoridad, dominio, ni control. Para cada uno de estos miles de mecanismos, el Creador ha ideado un enemigo cuya función es hostigar, fastidiar, perseguir, dañar y afligir con dolorosos suplicios hasta la destrucción final. En su empeño no ha pasado por alto ni uno solo de ellos.

Desde la cuna hasta la sepultura, estos enemigos están siempre dispuestos. No descansan jamás, ni de día ni de noche. Son un ejército organizado, una tropa de acoso y asalto, una fuerza siempre alerta, vigilante, ansiosa e implacable, que jamás cede ni da tregua.

La soldadesca se organiza en pelotones, compañías, batallones, regimientos, brigadas, divisiones y cuerpos, pero en ocasiones se reagrupa para descargar toda su furia sobre la humanidad. Así es el Gran Ejército del Creador, su Comandante en Jefe. En el campo de batalla blande al sol unos pendones con sus truculentos emblemas: Desastre, Enfermedad…

¡La enfermedad! He aquí la fuerza central, diligente y devastadora que ataca al humano apenas nace, suministrándole un sinfín de dolencias: garrotillo, sarampión, paperas, problemas intestinales, dolor de dientes, escarlatina y demás especialidades infantiles. Cuando el niño atormentado alcanza la juventud le provee de las especialidades propias de esa etapa de la vida. Y el acecho continúa al pasar de la juventud a la madurez, de la madurez a la vejez, de la vejez a la tumba.

Con todo lo que sabéis, ¿a que no sois capaces de averiguar el cariñoso mote que da el humano a su feroz Comandante en Jefe? Os voy a echar una mano, pero no os riáis. ¡Nuestro Padre Celestial![3]

Curioso mecanismo el de la mente humana… El cristiano empieza con una firme proposición, tan rotunda e inflexible como poco comprometida: Dios es omnisciente y todopoderoso.

Sentada esta premisa, nada puede ocurrir sin que él lo sepa de antemano, pues nada sucede sin su permiso y nada se cumple si él decide impedirlo.

Es bastante categórico, ¿no? Al fin y al cabo, hace al Creador claramente responsable de todo cuanto ocurre, ¿o no?

El cristiano así lo concede en la mencionada frase. Y parece concederlo con todo su sentimiento y entusiasmo.

Pues bien, tras hacer responsable al Creador de todos los padecimientos, enfermedades y miserias que os he contado, que él mismo podía haber evitado tranquilamente, ¡el avispado cristiano le da el ñoño nombre de Padre Nuestro!

Sucede tal y como os digo. Dota al Creador de todos los rasgos que caracterizan a un desalmado, ¡y luego llega a la conclusión de que un desalmado y un padre son lo mismo! En cambio siempre negará que un lunático malévolo y el director de un colegio religioso sean esencialmente lo mismo. ¿Qué os parece la mente humana? Es decir, en caso de que aún creáis que existe la mente humana.

 

CARTA 7

NOÉ Y SU FAMILIA SE SALVARON, si es que eso puede considerarse una ventaja. Pongo en duda que lo sea, porque en la Tierra no existe ninguna persona inteligente de sesenta años que consienta en volver a vivir su vida. Ni la suya, ni la de nadie. La Familia se salvó, sí, pero sus integrantes no estaban muy a gusto, la verdad, todos plagados de microbios. Hasta las cejas estaban. Sí, gordos, obesos, hinchados como globos de tantos microbios como tenían.

Por desagradable que fuera la situación, no se podía evitar, porque había que conservar suficientes microbios para abastecer de enfermedades desoladoras a las futuras razas humanas y a bordo sólo iban ocho personas que pudieran hacer las veces de hotel. Los microbios eran con mucho la parte más importante del cargamento del Arca, la que más preocupaba al Creador y con la que más encariñado estaba. Tenían que estar todos bien alimentados y adecuadamente acomodados. A bordo del Arca había gérmenes del tifus, gérmenes del cólera, gérmenes de la hidrofobia, gérmenes del tétanos, gérmenes de la tisis, gérmenes de la peste negra y varios centenares de gérmenes aristócratas, creaciones especialmente preciosas, áureos portadores del amor de Dios por el género humano, dádivas sagradas del amoroso Padre a sus hijos; todos ellos, por supuesto, suntuosamente alojados y lujosamente atendidos, es decir, albergados en los lugares más apetecibles que pudieran ofrecer las entrañas de la Familia: los pulmones, el corazón, el cerebro, los riñones, la sangre, las vísceras. Especialmente en las vísceras. El intestino grueso era uno de sus lugares preferidos. Allí se reunían incontables miles de millones de ellos. Allí trabajaban, comían, pataleaban, cantaban himnos de alabanza y agradecimiento. En el silencio de la noche se oía su leve rumor. El intestino grueso era, realmente, su séptimo cielo. Lo abarrotaban hasta apelmazarlo, volviéndolo rígido como una tubería de gas. Esto les llenaba de orgullo. En su himno principal lo mencionaban con gratitud:

Estreñimiento, oh estreñimiento,
tu alegre sonido proclamo.
Y la más remota entraña humana
loará el nombre de su Amo.

Las incomodidades propias del Arca eran muchas y variadas. La Familia tenía que vivir en presencia de los multitudinarios animales, respirar sus espantosos hedores y ensordecerse día y noche con el bullicio atronador de sus rugidos y chillidos. Aparte de estas molestias intolerables, aquel era un lugar especialmente inadecuado para las damas, pues no podían mirar en ninguna dirección sin ver a varios miles de criaturas dedicadas a crecer y multiplicarse. Por no hablar de las moscas, que revoloteaban por todas partes, persiguiendo a la Familia de sol a sol. Eran las primeras criaturas que se levantaban por la mañana y las últimas en dormirse al caer la noche. Pero al ser sagradas estaba vedado matarlas o herirlas. No sólo tenían un origen divino sino que eran los bichos preferidos del Creador, los más mimados.

Con el tiempo las demás criaturas se fueron desperdigando aquí y allá hasta poblar toda la Tierra: los tigres a la India, los leones y elefantes al desierto yermo y los sitios recónditos de la selva, los pájaros a los inconmensurables páramos, los insectos a uno u otro clima dependiendo de su naturaleza y condición. Pero y la mosca, ¿qué? Es una criatura sin nacionalidad que hace de todo lugar su provincia, de todo clima su hogar y de todo ser vivo su presa. Vaya donde vaya, lleva por el mundo su plaga infernal.

Ante el ser humano se presenta como embajador divino, ministro plenipotenciario y enviado especial del Creador. Le plaga en la cuna, arracimándose sobre sus párpados acuosos. Zumba, muerde y atosiga al niño, robándole el sueño y a su agotada madre las fuerzas en esas largas vigilias que dedica a proteger a su hijo de las persecuciones de este latoso insecto. La mosca acosa al humano enfermo en casa, en el hospital y en su lecho de muerte hasta el último suspiro. Durante la comida también le agobia, pero antes se ha buscado varios pacientes con enfermedades aborrecibles y mortales para vadear en sus llagas y untarse las patas en un millón de gérmenes mortíferos. Entonces llega a la mesa de este hombre sano y sin dudarlo unta con todo ello la mantequilla y vacía sobre sus tortas de harina el cargamento de gérmenes tifoideos y excrementos que almacena en el intestino. La mosca común destruye más cuerpos y aniquila más vidas que toda la multitud restante de mensajeros del dolor y agentes de la muerte.

Sem estaba plagado de anquilostomas. Es impresionante el estudio minucioso y completo que el Creador dedica a la insigne labor de hacer miserable a un ser humano. Ya he dicho que había ideado un agente destructor específico para todos y cada uno de los detalles de la estructura corporal, sin olvidar ni uno solo. Pues es cierto. Muchas personas pobres tienen que ir descalzas porque no pueden pagarse unos zapatos. El Creador vio ahí una buena oportunidad. Comentaré, de pasada, que siempre tiene puesta la mirada en los pobres. Nueve décimas partes de su catálogo de enfermedades van dirigidas a los pobres y todas dan en el clavo. A los ricos sólo les llegan las sobras. No vayáis a sospechar que hablo sin conocimiento de causa, pues no es así: la gran mayoría de las dolencias inventadas por el Creador están especialmente diseñadas para hostigar a los pobres. Esto se vislumbra en el hecho de que entre los nombres que da el clero al Creador uno de los más halagüeños y populares sea el de «Amigo de los Pobres». No hay circunstancia alguna en que el clero dedique al Creador un halago que se asemeje un ápice a la verdad. El enemigo más implacable y obstinado del género humano es su Padre Celestial. El único amigo verdadero del pobre es su prójimo, que le compadece, se apiada de él y lo demuestra con grandes esfuerzos por aliviar sus penas. Pero en todos los casos es su Padre Celestial quien se apunta el tanto.

Lo mismo ocurre con las enfermedades. Si la ciencia logra exterminar una enfermedad creada por Dios, es Dios quien se apunta el tanto ¡y desde todos los púlpitos se le dedican alabanzas propagandistas llamando la atención sobre su bondad! Sí, es Él quien lo ha conseguido. Quizá haya esperado mil años para hacerlo, pero eso no es nada. El clero dice que se lo había estado pensando durante todo ese tiempo. Cuando unos humanos desesperados se alzan contra una tiranía de siglos y liberan a una nación, lo primero que hace el clero feliz es anunciarlo como una obra de Dios, y rogar a la gente que se arrodille y deje fluir su agradecimiento hacia Él. Y en su parroquia cada cura exclama alborozado: «Que los tiranos sepan que el Ojo que nunca duerme los vigila y recuerden que Dios, Nuestro Señor, no será siempre paciente, sino que dará rienda suelta a su ira un buen día».

Olvidan mencionar que es el más lento del universo; que a su querido Ojo que nunca duerme más le valdría reposar, porque tarda un siglo en ver lo que cualquier otro ojo vería en una semana. Y en toda la historia no existe un solo caso en que un acto noble se le haya ocurrido a él primero, sino que siempre ha caído en la cuenta justo después de que otra persona lo hubiera pensado y hecho. Entonces llega él y se adjudica la ganancia.

Pues bien, hace seis mil años Sem estaba plagado de anquilostomas que al tener un tamaño microscópico eran imperceptibles para un ojo sin ayuda externa. Todos los transmisores de enfermedades especialmente mortíferas ideados por el Creador son invisibles. La idea es ingeniosa. Durante miles de años fue precisamente eso lo que impidió al hombre llegar a la raíz de sus males y malogró sus intentos de domeñarlos. Ha sido muy recientemente cuando la ciencia ha logrado destapar algunas de estas traiciones.

El último de estos benditos triunfos científicos es el descubrimiento y la identificación del asesino emboscado que recibe el nombre de anquilostoma. Su víctima preferida es el pobre que camina descalzo. Lo espera agazapado entre las arenas de las regiones cálidas y se abre camino entrándole por los pies desprotegidos.

El anquilostoma lo descubrió hace dos o tres años un médico que ya llevaba tiempo estudiando pacientemente a sus víctimas. La enfermedad producida por el anquilostoma ya había hecho sus viles estragos en la Tierra, aquí y allá, desde que Sem llegó al monte Ararat, pero jamás se había llegado siquiera a sospechar que fuera una enfermedad. A quienes la padecían se les despreciaba por vagos que eran objeto de burlas en vez de despertar compasión. El anquilostoma es un invento particularmente rastrero y malintencionado que lleva años haciendo su labor subrepticia sin molestia alguna, pero al fin la van a exterminar el mencionado médico y sus ayudantes.

Pues resulta que es cosa de Dios. Estaba pensándoselo y ha tardado seis mil años en llegar a una decisión. La idea de exterminar el anquilostoma era suya. Justo iba a hacerlo antes de que lo hiciera el doctor Charles Wardell Stiles[4]. Pero llega a tiempo de apuntarse el tanto. Como siempre.

Va a costar un millón de dólares. Lo más probable es que Dios estuviera a punto de donar esa cifra cuando, una vez más, se le adelantó un humano. En este caso se trata del señor Rockefeller[5]. Él pone el millón, pero el mérito se le atribuye a otro, como siempre. Los periódicos de esta mañana nos hablan de los tejemanejes del anquilostoma:

En ocasiones el parásito del anquilostoma reduce tanto la vitalidad de los afectados que retrasa su desarrollo físico y mental, los hace susceptibles de contraer otras enfermedades, disminuye su capacidad laboral y en las regiones donde la enfermedad es más común multiplica la tasa de mortandad por tisis, neumonía, fiebre tifoidea y malaria. Se ha demostrado que el mermado rendimiento de ciertas poblaciones, atribuido durante años a la malaria y el clima, y con graves consecuencias económicas en algunas regiones, se debe en realidad a este parásito. La enfermedad no está en absoluto relegada a una sola clase social. Su cuota de sufrimiento y muerte se la cobra tanto entre los más inteligentes y ricos como entre los menos afortunados. Calculando por lo bajo, dos millones de nuestros ciudadanos se ven afectados por este parásito. La enfermedad ataca con más virulencia a los niños de edad escolar que a las personas adultas.

Por grave y extendida que sea la infección, sin embargo, las perspectivas son de lo más halagüeñas. La enfermedad es fácil de reconocer, se cura con rapidez si el tratamiento es el adecuado y puede prevenirse con unas sencillas precauciones sanitarias.

Y con la ayuda de Dios, claro está.

Como os podéis imaginar, los niños pobres están vigilados por el Ojo que nunca duerme. Esa desdicha los ha acompañado siempre. Ni ellos ni «los pobres del Señor» —apodo sarcástico donde los haya— han logrado quitarse al Ojo de encima jamás.

Así es. Los pobres, los humildes, los ignorantes… Son ellos a quienes dedica toda su atención. Tomemos como ejemplo la «enfermedad del sueño» en África. Esta cruel atrocidad se ceba con una raza de negros ignorantes e inofensivos a quienes Dios ha llevado a un paraje perdido pero sin apartar de ellos su Ojo paterno, ese que nunca duerme si surge una oportunidad de hacer sufrir a alguien. Lo de estas gentes lo tenía organizado antes del Diluvio. El agente elegido era una mosca, esta vez emparentada con la temible tse-tsé que gobierna la región africana del río Zambeze. La mosca tse-tsé está especializada en exterminar ganado bovino y equino con su picadura letal, por lo que su entorno es inhabitable para el humano. Pues bien, la pavorosa pariente de la tse-tsé deposita un microbio que produce la enfermedad del sueño. Cam, infestado durante su travesía marítima, descargó sus microbios en África, produciendo una epidemia que no se atenuaría hasta seis mil años más tarde, cuando la ciencia ahondó en el misterio y descubrió la causa de la enfermedad. Ahora las naciones piadosas alaban a Dios por acudir a socorrer a los pobres negros. El clero dice que las gracias hay que dárselas a Él. Hay que reconocer que es un Ser curioso. Comete un crimen terrible que prolonga durante seis mil años ininterrumpidamente y se cree con derecho a recibir loas por sugerir a un humano que modifique sus estragos. Pero esa paciencia que se le adjudica debe de ser cierta, pues de lo contrario habría hundido al clero en la miseria hace años por esos halagos tan espantosos que le dedica desde sus púlpitos.

En cuanto a la enfermedad del sueño, también llamada el «letargo del negro», la ciencia opina lo siguiente:

La enfermedad se caracteriza por periodos de sueño a intervalos recurrentes. Puede durar desde cuatro meses hasta cuatro años y siempre es mortal. Los primeros síntomas que son languidez, debilidad, fatiga y aturdimiento. La víctima tiene los párpados hinchados y presenta una erupción cutánea. Se queda dormido en mitad de las conversaciones y mientras come o trabaja. Al progresar la enfermedad el paciente se alimenta con dificultad y adquiere un aspecto demacrado. La falta de nutrición y la aparición de llagas ulcerosas dan paso a las convulsiones previas a la muerte. Durante la dolencia algunos pacientes pierden la cordura.

Recordemos que es el Padre Celestial de la Iglesia y sus gentes quien inventó la mosca para enviarla a infligir un largo periodo cargado de dolor, tristeza, sufrimiento y decrepitud física y mental a un pobre salvaje que no ha hecho daño alguno al Gran Criminal. Todos los humanos del mundo se apiadan del pobre sufridor negro y todos le curarían si pudieran. Para hallar al único ser que no se compadece de él hay que ir al Cielo. Para hallar al ser que puede curarle, pero sin intención alguna de hacerlo, hay que ir al mismo lugar. Allí está el único Padre capaz de afligir a un hijo suyo con esta cruel enfermedad. Es el único que hay. Ni todas las eternidades juntas podrán volver a producir otro. ¿Os gustan los reproches poéticos furibundos y acalorados? Aquí tenéis uno, recién salido del corazón ardiente de un esclavo:

¡Del humano con el humano es tal la inhumanidad,
que a muchos miles hace llorar!

Os voy a contar una historia simpática con un toque de patetismo. Un hombre se convierte y pregunta al cura qué puede hacer para ser digno de su nuevo estado. El cura le dice: «Imita a nuestro Padre Celestial, aprende a ser como Él». Entonces el hombre pone todo su tesón y diligencia en estudiarse la Biblia a fondo, reza pidiendo consejos celestiales y comienza sus imitaciones del modelo divino. A su esposa le pone una trampa para hacerla caer por las escaleras, logrando que se rompa la espalda y quede paralítica de por vida. A su hermano le traiciona entregándole a un estafador que le roba cuanto tiene, por lo que acaba su vida en un asilo. A uno de sus hijos le inocula el parásito del anquilostoma, a otro la enfermedad del sueño y a otro la gonorrea. A una hija la hace enfermar de escarlatina y llegar a la juventud sorda, muda y ciega, estado en que queda para el resto de sus días. Y tras ayudar a un rufián a seducir a la hija que le quedaba, le cierra la puerta de su casa y ella muere en un burdel maldiciéndole. Entonces se presenta en la iglesia y el cura le dice que esa no es forma de imitar a su Padre Celestial. El converso le pregunta en qué ha fallado, pero el cura cambia de tema y le pregunta qué tal tiempo hace en su pueblo.

 

CARTA 8

EL HUMANO ES SIN DUDA EL IDIOTA MÁS INTERESANTE QUE EXISTE. Y también el más excéntrico. Todas sus leyes escritas, tanto en su Biblia como fuera de ella, tienen el mismo motivo o intención: limitar o anular una ley de Dios.

A partir de un hecho simple es casi incapaz de obtener algo que no sea un significado incorrecto. No lo puede evitar. Así funciona la confusión que él denomina su mente. Veamos qué cosas da por buenas y cuán curiosas son las conclusiones que extrae de ellas.

Por ejemplo, acepta que Dios hizo al humano. Pero lo hizo sin contar con su deseo ni su aprobación.

Parece claro e indiscutible que esto convierte a Dios en el único responsable de todos los actos humanos. Pues bien, esto en cambio lo niega.

Acepta que Dios hizo a los ángeles perfectos, sin mácula, inmunes al dolor y la muerte, y que si hubiera querido podía haber sido igualmente amable con el ser humano, pero niega que tuviera ninguna obligación moral de hacerlo.

Acepta que el hombre no tiene ningún derecho moral a engendrar un hijo para después afligirlo con crueldades injustas, enfermedades dolorosas o la mismísima muerte, pero se niega a limitar los privilegios similares que tiene Dios con los hijos creados a su imagen y semejanza.

La Biblia y las leyes humanas prohíben el asesinato, el adulterio, la fornicación, la mentira, la traición, el robo, el abuso y demás crímenes, pero argumentan que a Dios no le afectan estas leyes y tiene derecho a romperlas cuando quiera.

Acepta que Dios da a cada humano una disposición natural con un carácter que tiene desde que nace. Mantiene que el hombre no puede, de ninguna de las maneras, cambiar este carácter, sino que debe permanecer siempre bajo su dominio. Pero si un humano vive abrumado por unas pasiones tremendas y otro carece de ellas, es justo y cabal castigar al primero por sus fechorías y recompensar al otro por haberse abstenido de cometerlas.

 

Dicho esto, consideremos las siguientes curiosidades:

NATURALEZA O CARÁCTER

Tomemos dos casos extremos como puedan ser la cabra y la tortuga.

Ninguna de estas dos criaturas es responsable de su naturaleza, sino que nace con ella, como el humano, y no puede cambiarla, igual que le ocurre al humano.

La naturaleza es la Ley de Dios escrita en el corazón de cada criatura por el propio Dios, por lo que debe ser y será obedecida pese a toda prohibición o impedimento, sea cual fuere su procedencia.

Pues bien, la lujuria es el rasgo principal de la naturaleza de la cabra, la Ley Divina implantada en su corazón que debe obedecer y obedecerá de sol a sol en época de apareamiento, sin detenerse a comer ni beber. Si la Biblia dijera a la cabra: «No fornicarás, no cometerás adulterio», hasta el humano —el mentecato del humano— reconocería lo absurdo de la prohibición, consintiendo en no castigar a la cabra por obedecer la Ley de su Creador. Sin embargo, considera justo y adecuado que los seres humanos deban someterse a la prohibición. Todos. Por igual.

Huelga decir que esto es una majadería ya que, por naturaleza, que es la verdadera Ley de Dios, muchos humanos son cabras que no pueden evitar cometer adulterio en cuanto surge la oportunidad. Sin embargo hay numerosos humanos cuya naturaleza les permite mantenerse intactos y dejar pasar una oportunidad si la otra persona carece de atractivo. Pero la Biblia no permite el adulterio en ningún caso, tanto si una persona es capaz de contenerse como si no. El Libro de Dios no concede distinción alguna entre una cabra y una tortuga. Es decir, entre la cabra nerviosa y sensible que tiene que practicar el adulterio todos los días porque si no se marchita y muere, y la tranquila tortuga puritana y fría que se da un capricho sólo una vez cada dos años, se queda dormida a la mitad y no vuelve a despertarse en sesenta días. Una señora cabra puede sufrir un ataque malintencionado, incluso en domingo, si hay un macho cabrío a cinco kilómetros a sotavento y el único obstáculo que media entre ambos es una valla de cuatro metros de altura. En cambio el señor tortuga y la señora tortuga jamás estarán tan hambrientos de los solemnes placeres de la fornicación como para profanar el domingo para obtenerlos. Pero, según el curioso razonamiento humano, la cabra merece un castigo y la tortuga un halago.

«No fornicarás» es un mandamiento que no hace distinción entre los siguientes seres humanos, pues todos ellos deben obedecerlo:

RECIÉN NACIDOS
NIÑOS DE CUNA
COLEGIALES
JÓVENES Y DONCELLAS
ADULTOS JÓVENES
ADULTOS MAYORES
HOMBRES Y MUJERES DE 40
DE 50
DE 60
DE 70
DE 80
DE 90
DE 100

El mandato no distribuye su carga igualmente, pues sería imposible.

En el caso de los tres grupos infantiles es menos severo.

En cambio es estricto —muy estricto, estrictísimo, cruelmente estricto— con los tres grupos siguientes.

Con los tres últimos grupos es felizmente clemente.

Y llegada una edad en que el mandamiento ya ha hecho todos los estragos posibles, más valdría dejarlo fuera de servicio. Pero con una imbecilidad ya casi cómica se aplica a los cuatro grupos siguientes, que también caen bajo su yugo brutal. ¡Pobres vejestorios, si no podrían desobedecer aunque lo intentaran! Y al abstenerse santamente de cometer adulterio unos con otros, ¡creen merecer alabanzas por ello! Lo cual es una majadería, porque hasta la Biblia sabe perfectamente que si el hombre más viejo de todos pudiera recuperar durante una hora su vigor perdido enviaría el mandamiento lo más lejos posible y deshonraría a la primera mujer con la que se cruzara, aunque se tratara de una absoluta desconocida.

Cuanto os digo es cierto. Todos los preceptos de la Biblia y todas las normas humanas pretenden anular alguna ley de Dios, es decir, una ley natural inalterable e indestructible. El Dios de estas gentes les ha demostrado millones de veces que no respeta ninguno de los preceptos de la Biblia. Él mismo los quiebra todos, incluso el adulterio.

La Ley de Dios, claramente explicada en el apartado sobre la creación de la mujer, es esta: No tendrás límite alguno en la relación sexual que mantengas con el otro sexo durante toda tu vida.

La Ley de Dios, claramente explicada en el apartado sobre la creación del hombre, es esta: Durante toda tu vida tendrás límites y restricciones sexuales inflexibles.

Desde la adolescencia hasta que muere de vieja la mujer está lista para la acción y es competente durante veintisiete días al mes (en ausencia de embarazo). Tan competente como una palmatoria para recibir una vela. Competente todos los días, competente todas las noches. Además, ella quiere esa vela. Suspira por ella con deseo y anhelo, tal como le ordena por naturaleza la Ley de Dios.

Pero el hombre sólo es competente durante un periodo breve y en la medida aplicable a esta palabra en el caso concreto de su sexo. Es competente desde los dieciséis o diecisiete años en adelante, durante unos treinta y cinco años. A partir de los cincuenta su actuación es de mala calidad, los intervalos son amplios y sus satisfacciones no son de gran valor para ninguno de los dos bandos. Entretanto, su señora bisabuela está como nueva, pues la maquinaria le funciona sin problema alguno. Mientras ella tiene la palmatoria tan firme como siempre, la vela de él estará cada vez más fofa y debilitada por el paso del tiempo hasta el día en que no logre mantenerse en pie y quede tristemente en reposo, aguardando una bendita resurrección que no llegará jamás.

En cuanto a la mujer, la hechura de su maquinaria le exige estar fuera de servicio tres días al mes y durante una parte del embarazo. Para ella son momentos de incomodidad y a menudo de sufrimiento. En acertada y justa compensación, tiene el noble privilegio del adulterio ilimitado todos los demás días de su vida.

Así es la Ley de Dios tal como nos revela el mecanismo de la mujer. ¿Y qué sucede con su noble privilegio? ¿Lo disfruta ella libremente? No. En ningún lugar del mundo. Vaya donde vaya se ve privada de él. ¿Quién lo hace? Su prójimo. Es decir, las leyes humanas (suponiendo que la Biblia sea realmente la Palabra de Dios).

Os voy a dar una muestra de la «capacidad de raciocinio», que así se llama el invento. Pongamos que un hombre observa una serie de hechos. Por ejemplo, que jamás en la vida va a ser capaz de satisfacer a una sola mujer. Y que, entretanto, toda mujer será siempre capaz de extenuar, abatir y anular las primeras diez máquinas masculinas que se metan en la cama con ella[6]. Una vez reunidos esos datos, tan sorprendentes como esclarecedores, el humano saca esta conclusión verdaderamente extraordinaria: El Creador ha ideado a la mujer para restringirla a un solo hombre.

Entonces convierte esta singular conclusión en ley y sanseacabó.

Además, lo hace sin consultar a la mujer, aunque ella se juegue mil veces más que él en este asunto. La actividad procreadora del hombre se limita a un promedio de cien actuaciones al año durante cincuenta años, mientras que la mujer puede llegar a tres mil actuaciones anuales en el mismo periodo de tiempo, prolongándose durante todos los años que ella le sobreviva. Digamos que la cuota vitalicia de él consiste en cinco mil refrigerios mientras que la de ella asciende a ciento cincuenta mil. Pero en vez de permitir hacer una ley justa y honrada a quien le va tantísimo en ello, ¡va y hace la ley este Cerdo Inconmensurable que no se juega nada digno de consideración!

De momento, sabíais gracias a mis enseñanzas que el hombre es tonto. Pues ahora sabéis también que la mujer es tonta de remate.

Veamos. Si a vosotros —o a otros seres verdaderamente inteligentes— os tocara repartir la justicia y la igualdad entre hombre y mujer, daríais al hombre la quincuagésima parte de una mujer y a la mujer un harén entero. ¿Sí o no? Claro que sí, necesariamente. Pues os prometo que esta criatura de la vela decrépita lo ha organizado exactamente al revés. Salomón, uno de los favoritos de la Deidad, tenía un gabinete de copulación compuesto de setecientas esposas y trescientas concubinas. Ni aunque le fuera la vida en ello habría podido tener satisfechas a un par siquiera de esas jóvenes criaturas, aun con la ayuda de quince especialistas. Irremediablemente, casi mil mujeres pasaron años y años de insatisfacción. Imaginad a un hombre lo bastante despiadado como para contemplar a diario tanto sufrimiento y no hacer nada para mitigarlo. Pues sin motivo alguno añadió una dolorosa punzada a aquel triste padecimiento, dado que tenía siempre por allí a unos robustos vigilantes con cuyas espléndidas formas masculinas se les hacía la boca agua a las pobres damiselas, pero que por desgracia se hallaban desprovistos de nada con que poder solazar a una palmatoria, pues los susodichos caballeros eran eunucos. Por si no lo sabéis, un eunuco es una persona a quien le han apagado la vela. Con refinamiento[7].

Conforme sigamos avanzando, de vez en cuando tomaré un precepto bíblico y os demostraré que, como todos, viola alguna ley de Dios. A partir de entonces es cuando se incluye en los códigos de leyes de los países humanos, donde continúa sus desafueros. Pero todo esto ya vendrá; no hay prisa.

 

CARTA 9

EL ARCA CONTINUÓ SU VIAJE A LA DERIVA por aquí, allá y acullá, sin rumbo ni control, a merced de súbitos vendavales y mareas traicioneras. ¡Ay, la lluvia, la lluvia, la lluvia! Seguía cayendo, jarreando, empapando, diluviando. Nadie había visto nada semejante jamás. Algunos habían oído hablar de cuarenta y cinco centímetros al día, pero eso no era nada. Ahora caían trescientos cincuenta centímetros al día. ¡Tres metros! A este ritmo increíble llovió durante cuarenta días y cuarenta noches y todos los montes de ciento treinta metros de altura quedaron sumergidos bajo las aguas. Entonces, como si se hubieran secado los cielos y hasta los mismísimos ángeles, se acabó lo que se daba.

Como Diluvio Universal, fue poca cosa, pero ya había habido montones de Diluvios Universales, como atestiguan las Biblias de todos los países, y este había sido tan bueno como el mejor.

Por fin el Arca tomó velocidad y arribó a la cima del monte Ararat, que se erguía a más de cinco mil metros sobre un valle. Y su animado cargamento desembarcó y bajó por la montaña.

Noé plantó un viñedo, bebió el vino y se sintió colmado.

Este humano había sido seleccionado entre todos los pueblos porque era el mejor espécimen que había. Su cometido era iniciar la raza humana sobre una nueva premisa. Y esa, precisamente, era la nueva premisa. Pero no parecía muy prometedora. Seguir adelante con el experimento era correr un riesgo tan enorme como insensato. Había llegado el momento de hacer con estas gentes lo que tan juiciosamente se había hecho con las demás: ahogarlas. Cualquiera, menos el Creador, se habría dado cuenta. Pero él no supo verlo. Mejor dicho, no se sabe si lo vio.

En todo caso se cuenta que Él ya sabía desde el principio de los tiempos todo lo que iba a pasar en el mundo. De ser esto cierto tendría previsto que Adán y Eva probaran la manzana, que su descendencia fuera insufrible y hubiera que ahogarla, que la descendencia de Noé también resultara insufrible y que, tras abandonar su trono en el cielo, él acabaría bajando al mundo y se dejaría crucificar para salvar una vez más a la agotadora raza humana. ¿A toda ella? ¡No! ¿A una parte? Sí. ¿A cuál? Pues durante cientos y cientos de generaciones mil millones morirían y hallarían la perdición en cada generación, salvo unos diez mil que se librarían. Esos diez mil pertenecerían a la pequeña comunidad de cristianos y sólo uno entre cada cien tendría alguna posibilidad de salvarse dentro de ese grupo reducido. Pero sólo tendrían esa suerte los católicos —con un cura dispuesto a aderezarles el alma al dar el último suspiro— y algún que otro presbiteriano. Ningún otro se salvaría. Todos los demás, condenados. Millones de ellos.

¿Estáis dispuestos a aceptar que él supiera todo esto de antemano? El clero lo da por hecho. Es decir, nos asegura que en materia intelectual la Deidad es el Gran Pobre del Universo y que el listón de la moralidad y el temperamento lo tiene muy bajo, al mismo nivel que David.

 

CARTA 10

LOS DOS TESTAMENTOS BÍBLICOS SON INTERESANTES, cada uno a su manera. El Antiguo nos presenta un retrato del Dios de estas gentes tal y como era antes de hacerse religioso y el otro nos lo retrata a partir de entonces. El Antiguo Testamento se interesa ante todo por la sangre y la sensualidad. El Nuevo, por la salvación. La Salvación por el Fuego.

La primera vez que la Deidad bajó a la Tierra trajo consigo la vida y la muerte. Cuando vino por segunda vez trajo el mismísimo Infierno.

Si la vida no era un don valioso, la muerte en cambio sí lo era. La vida era un delirio febril de alegrías amargadas por la tristeza y placeres envenenados por el dolor. Más que un sueño era un turbulento ensueño de gozos espasmódicos y fugaces, éxtasis triunfales y exultaciones felices entremezcladas con interminables desdichas, padecimientos, amenazas, horrores, desengaños, fracasos, afrentas y angustias, es decir, la mayor maldición imaginable por el ingenio divino. Pero la muerte, ¡ay!, la muerte era dulce, apacible y cordial. La muerte aliviaba los espíritus lacerados y corazones rotos con el reposo y el olvido. La muerte era la gran aliada del humano. Cuando una persona se sentía incapaz de seguir soportando la vida, llegaba la muerte como una liberación.

Pero con el tiempo la Deidad decidió que se había equivocado con la muerte, porque se le estaba quedando corta. Es decir, que como agente no bastaba porque aun siendo admirable a la hora de atormentar al superviviente, permitía al muerto propiamente dicho refugiarse de toda persecución una vez enterrado en la bendita tumba. Esto no era satisfactorio. Había que idear una forma de perseguir a los muertos más allá de la tumba.

La Deidad rumió este asunto durante cuatro mil infructuosos años, pero en cuanto llegó a la Tierra y se hizo cristiano se le aclaró la mente y supo lo que debía hacer. Primero inventó el Infierno y luego lo anunció.

La verdad es que resulta curioso. Todos tienen la creencia de que mientras estuvo en el cielo, Dios fue severo, injusto, resentido, celoso y cruel, pero que al bajar a la tierra y tomar el nombre de Jesucristo se convirtió en lo contrario de lo que había sido, es decir, se volvió amable, cordial, misericordioso y paciente. Su carácter cruel desapareció y en su lugar brotó el intenso amor que sentía por sus pobres hijos humanos. ¡Pero fue siendo Jesucristo cuando concibió el Infierno y lo anunció!

Es decir, que como humilde y piadoso Salvador fue miles de millones de veces más cruel de lo que había sido en el Antiguo Testamento. ¡Ay, era incomparablemente más atroz que en sus peores momentos de los viejos tiempos!

¿Humilde y piadoso? Más adelante examinaremos este sarcasmo popular a la luz de ese infierno que Él mismo inventó.

 

Si bien es cierto que Jesús se merece la palma de la maldad como inventor del Infierno, conviene recordar que ya era poco propicio para las funciones divinas incluso antes de hacerse cristiano. No parece que contemplara jamás la posibilidad de culparse a sí mismo cuando un hombre se echaba a perder, pues el hombre estaría actuando conforme a la naturaleza que le hubiera infligido el capricho divino. No, en vez de culparse a sí mismo, castigaba al hombre. El castigo solía superar a la ofensa y frecuentemente no escarmentaba a quien hubiera cometido la fechoría, sino a otro humano importante, el cabecilla de una comunidad. Ved este ejemplo:

Y moraba en aquel tiempo Israel en Setim y fornicó el pueblo con las hijas de Moab.
Dijo el Señor a Moisés: «Toma a todos los caudillos del pueblo y cuélgalos en el patíbulo bajo el sol, para que se aparte mi saña de Israel».

¿Lo consideráis justo? No parece que los «caudillos del pueblo» tomaran parte en el adulterio, pero es a ellos a quien se ahorca en vez de al «pueblo».

Si el castigo se consideró justo y necesario entonces, también debería ser justo y necesario hoy, pues el clero mantiene que la justicia divina es eterna e inmutable y también que Dios es el principio eterno e inmutable de la moral humana. Pues bien, entonces debemos creer que si el pueblo de Nueva York obligara a prostituirse a las hijas de Nueva Jersey, sería justo y necesario instalar un cadalso delante del ayuntamiento y ahorcar al alcalde, al alguacil, a los jueces y al arzobispo, aunque no hayan participado en ello. A mí, sinceramente, no me parece bien.

Por otra parte, podéis estar bien seguros de que jamás sucedería algo así. Estas gentes no lo permitirían. Son mejores que su Biblia. Aquí no pasaría nada de nada, salvo algún que otro pleito por daños si no se lograra encubrir el caso. Ni siquiera en el sur del país serían capaces de atentar contra gentes ajenas a la tropelía. Provistos de una soga, saldrían en busca de los responsables y en caso de no encontrarlos ahorcarían a un negro.

Las cosas han mejorado mucho desde los tiempos del Todopoderoso, diga lo que diga el clero.

¿Queréis examinar más a fondo la naturaleza, la moral y la conducta de la Deidad? ¿Y recordareis que en clase de religión se encomia a los niños a amar, honrar y alabar al Todopoderoso, tomándole como modelo para intentar parecerse a Él todo lo que puedan? Pues leed:

1 Y habló el Señor a Moisés, diciendo:
2 Venga primero a los hijos de Israel de los madianitas y después serás recogido a tu pueblo.
7 Y habiendo combatido a los madianitas y vencido, mataron a todos los varones.
8 Y a sus reyes: Eví, Recem, Sur, Hur y Rebe, cinco príncipes de la nación; y mataron también a cuchillo a Balam, hijo de Beor.
9 Y tomaron sus mujeres y sus hijos y todos los ganados y todos los muebles: saquearon cuanto pudieron alcanzar.
10 Tanto las ciudades como las aldehuelas y castillos las consumió la llama.
11 Y llevaron el botín y todo cuanto habían tomado tanto de hombres como de bestias.
12 Y lo trajeron a Moisés y a Eleazar el Sacerdote y a toda la multitud de los hijos de Israel. Y llevaron los demás utensilios al campamento en las campiñas de Moab, junto al Jordán, enfrente de Jericó.
13 Y salieron a recibirlos fuera del campamento Moisés y el Sacerdote Eleazar y todos los príncipes de la sinagoga.
14 Y se enojó Moisés contra los Príncipes del ejército, Tribunos y Centuriones que habían venido de la guerra.
15 Dijo: ¿Por qué habéis reservado las mujeres?
16 ¿No son ellas las que por sugestión de Balam engañaron a los hijos de Israel y os hicieron prevaricar contra el Señor por el pecado de Fogor, por cuya causa fue también herido el pueblo?
17 Matad pues a todos cuantos varones hubiere y aun también a los niños; y degollad a las mujeres que en coito conocieron a hombres;
18 Mas reservaos sólo a las muchachas y todas las doncellas.
19 Y permaneced fuera del campamento siete días. Quien hubiere muerto a hombre o tocado al que fue muerto, se purificará el día tercero y el séptimo.
20 Y todo el botín, ya fuere vestido o vasija y alguna cosa de pieles o de pelos de cabra, o de madera que pueda tener uso, será purificada.
21 Eleazar el Sacerdote habló también de esta manera a los hombres del ejército que habían peleado: Este es el precepto de la ley que mandó el Señor a Moisés…
25 Dijo también el Señor a Moisés:
26 Haced un inventario de las cosas que han sido apresadas, desde el hombre hasta la bestia, tú y Eleazar el Sacerdote y los Príncipes del pueblo:
27 Y dividirás por partes iguales el botín entre aquellos que pelearon y salieron a la guerra y entre toda la multitud restante.
28 Y separarás una parte para el Señor de aquellos que pelearon y se hallaron en la batalla…
31 Y lo hicieron Moisés y Eleazar, como lo había mandado el Señor.
32 Fue pues el botín que había tomado el ejército: de ovejas, seiscientas setenta y cinco mil,
33 De bueyes, setenta y dos mil,
34 De asnos, sesenta y un mil;
35 Personas de sexo femenino que no habían conocido varones, treinta y dos mil…
40 De las dieciséis mil almas de hombre, tocaron para porción del Señor treinta y dos almas;
41 Y entregó Moisés el número de las primicias del Señor a Eleazar el Sacerdote, como le había sido mandado…
47 Tomó Moisés una cabeza por cada cincuenta y la dio a los Levitas que estaban de centinela en el tabernáculo del Señor, como lo había mandado el Señor.
10 Si alguna vez te acercares a una ciudad, primeramente le ofrecerás la paz.
13 Y cuando el Señor Dios tuyo la entregare en tu mano, pasarás al filo de espada todos los varones que hay en ella;
14 Mas no a las mujeres, ni a los niños y las bestias y las otras cosas que hubiere en la ciudad. Repartirás entre el ejército todo el botín y comerás de los despojos de tus enemigos que el Señor Dios tuyo te diere.
15 De este modo tratarás a todas las ciudades que están muy lejos de ti, que no son de aquellas ciudades que has de recibir en posesión.
16 Mas en cuanto a las ciudades que te serán dadas, a ninguno absolutamente dejarás con vida[8].

 

La Ley bíblica dice: «No matarás».

La Ley de Dios, impresa en el corazón del hombre desde su nacimiento, dice: «Matarás».

El capítulo que he citado os demuestra que el precepto bíblico fracasa una vez más al no poder obviar la más poderosa Ley de la naturaleza.

De acuerdo con la creencia de estas gentes fue el propio Dios quien dijo: «No matarás».

Entonces está claro que es incapaz de cumplir sus propios mandamientos.

Fue Él quien mandó matar a todas esas gentes, a todos los varones.

Habían ofendido a la Deidad de alguna forma. Y la ofensa sabemos a ojos cerrados cuál fue. Es decir, sabemos que sería una nadería, una pequeñez a la que nadie salvo un dios daría importancia alguna. Es más que probable que uno de los madianitas estuviera imitando la conducta de un tal Onán, que recibió la orden de «entrar a la mujer de su hermano», cosa que hizo, pero en lugar de terminar, «se derramó en tierra». Por eso mató el Señor a Onán, porque el Señor nunca ha tolerado la falta de delicadeza. Así que mató a Onán y a día de hoy el mundo cristiano no entiende por qué se conformó sólo con Onán en lugar de matar a todos los habitantes que hubiera en unos quinientos kilómetros a la redonda, que eran inocentes de ofensa alguna y, por tanto, precisamente los que Dios solía matar. No en vano fue siempre esa su idea de un trato justo. De haber tenido un lema, habría sido: «No dejar escapar a ninguna persona inocente». Recordad lo que hizo en tiempos del Diluvio. Había muchos, muchísimos niños diminutos que no le habían hecho nunca nada. Pero Él sabía que los parientes de los niños sí eran culpables, y eso le bastó. Sin inmutarse vio subir las aguas hasta anegar los temblorosos labios infantiles, vio el terror que asomaba a sus ojillos, vio los rostros angustiados de unas madres cuyas súplicas habrían ablandado cualquier corazón menos el suyo, pero Él seguía empeñado en castigar a los inocentes, así que tuvo que ahogar a aquellos pobres chiquillos.

Recordareis que en el caso de la descendencia de Adán había miles de millones humanos inocentes, pues ni uno solo de ellos participó en aquel primer desliz, pero la Deidad se lo sigue achacando hasta el día de hoy. Nadie se libra salvo si se declara culpable. No hay mentirijilla que valga.

Algún madianita debió de repetir el acto de Onán, haciendo caer a su pueblo en la más absoluta desgracia. Y si no fue esa la falta de delicadeza que hizo enfurecer a la Deidad, entonces ya sé lo que pasó: algún madianita debió de mear en una pared. Estoy seguro de ello, porque es una de esas groserías que el Manual de la Divina Cortesía no ha tolerado nunca. Una persona puede mear en un árbol, encima de su madre o en los pantalones, y no pasa nada, pero que no se le ocurra mear en una pared, porque eso es pasarse mucho de la raya. El origen del prejuicio divino contra ese minúsculo delito no consta, pero sabemos que era un prejuicio muy fuerte, tanto que la Deidad sólo se apaciguaba con una masacre al por mayor de los habitantes de la región donde estuviera la pared mancillada.

Tomemos el caso de Jeroboam. «Y de la casa de Jeroboam destruiré al que mea a la pared»[9]. Y así fue. Pero no sólo al hombre que lo había hecho, sino a todos sus parientes.

Lo mismo ocurrió en la casa de Basa: todos fueron exterminados, familiares, amigos, todos, sin quedar ni uno que «mease a la pared».

La historia de Jeroboam es un buen ejemplo de la costumbre de la Deidad de no limitar sus castigos a los culpables, y de incluir siempre a los inocentes. En este caso se eliminaron todos los «residuos» de esa desgraciada casa, «como suele barrerse el estiércol hasta no dejar rastro». Aquí se incluyen las mujeres, doncellas y niñas, todas ellas inocentes, pues no habrían podido mear en una pared. Las personas de su sexo no pueden. Sólo los miembros del otro sexo son capaces de semejante hazaña.

Curioso prejuicio este. Y aún existe. Las familias de religión protestante siguen teniendo la Biblia a mano en casa, para que los hijos la estudien. Una de las primeras cosas que aprenden las niñas y niños pequeños es a ser justos y puros, y a no mear en la pared. Estos son los pasajes que estudian más a fondo, junto con los que incitan a la masturbación. Estos últimos los buscan y los estudian en privado. No existe ningún niño protestante que no se masturbe. Este arte es uno de los primeros provechos que le otorga su religión. También es uno de los primeros que esta religión concede a las niñas.

La Biblia tiene una ventaja por encima de todos los demás libros que enseñan refinamiento y buena educación, y es que el niño la tiene a mano. Así cala hondo en su mente a la edad más susceptible y propensa, mientras que al resto de los libros le toca esperar.

Llevarás una estaca en el cinto. Y después que hayas depuesto, cavarás alrededor y cubrirás con la tierra que sacaste aquello de que te has aliviado.

Esta norma se inventó en aquel entonces porque «el Señor, tu Dios, anda en medio de tu campamento».

Probablemente no merezca la pena intentar averiguar a ciencia cierta por qué exterminaron a los madianitas. Sólo podemos estar seguros de que no se trataría de una gran ofensa, cosa que nos demuestran los casos de Adán, el Diluvio y los mancilladores de la pared. Tal vez algún madianita se dejara la estaca en casa, desencadenando el desastre. Pero eso es lo de menos. Lo fundamental es el desastre en sí mismo, y las variadas moralinas que ofrezca para la instrucción y mejoramiento del cristiano de hoy.

Dios escribió en las tablas de piedra: «No matarás» y también «No fornicarás».

Pablo, mensajero de la voz sagrada, aconsejó incluso abstenerse totalmente de las relaciones sexuales. Toda una transformación de la perspectiva divina respecto de los tiempos en que sucedió el incidente de los madianitas.

 

CARTA 11

TODA ÉPOCA DE LA HISTORIA HUMANA ESTÁ TEÑIDA DE SANGRE, atormentada por el odio y salpicada de crueldad, rasgos que desde los tiempos bíblicos no han conocido límite alguno. Incluso la Iglesia, que de ayer a hoy ha derramado más sangre inocente que todas las guerras políticas juntas, tiene un límite. O algo semejante a un límite. Pero recordad que cuando el Señor Dios de los Cielos y la Tierra, el adorado Padre de los Humanos, va a la guerra, no hay límite alguno. Aquel a quien llaman la Fuente de la Piedad carece absolutamente de piedad. ¡Lo suyo es matar, matar, matar! Matar a todo hombre, bestia, joven o niño. Y también a toda mujer o niña, salvo la que no haya sido desflorada.

No hay distingos entre el humano inocente y el culpable. Inocentes eran los recién nacidos, las bestias, muchos de los hombres, muchas de las mujeres, muchos de los niños, muchas de las niñas. Todos inocentes que, sin embargo, tuvieron que sufrir junto a los culpables. Lo que el Padre demente exigía era sangre y dolor. Poco le importaba quién se lo proporcionara.

El peor castigo de todos se lo llevaron unas personas que de ninguna manera pudieron merecer tan terrible destino: las 32 000 vírgenes. Para cerciorarse de que aún tenían el himen intacto les examinaron las partes pudendas. Tras someterlas a esta humillación las sacaron de casa para venderlas como esclavas, condenándolas a la esclavitud peor y más vergonzosa: la prostitución. Es decir, esa esclavitud del lecho que provoca la lujuria para satisfacerla con el propio cuerpo; esa esclavitud asequible a cualquier comprador, desde un caballero hasta un rufián tosco y sórdido.

Sí, fue el Padre quien infligió tan cruel e inmerecido castigo a esas desconsoladas y abandonadas vírgenes a cuyos padres y familiares había matado ante sus propios ojos. Y ellas, entretanto, ¿le rezarían rogándole que se apiadara y las salvara? Sin duda alguna.

Pero las vírgenes se consideraban «botín», pillaje, saqueo. Él quería su parte y la consiguió. ¿De qué le servían a él las vírgenes? Seguid leyendo y lo sabréis.

Los sacerdotes de Dios también se quedaron con un lote de vírgenes. ¿Y a los sacerdotes, de qué les servían las vírgenes? La historia privada de la confesión católica os respondería a esa pregunta. A lo largo de toda la historia de la Iglesia, el gran divertimento del clero ha sido la seducción. El padre apóstata Jacinto Loyson testifica que de un centenar de sacerdotes a quienes confesó, noventa y nueve habían usado con éxito el confesionario para seducir a mujeres casadas y solteras jóvenes. Un sacerdote reveló que de las novecientas mujeres adultas y jóvenes a quienes había confesado a lo largo de su vida, ninguna se había librado de su lujurioso tacto, excepto las ancianas y las feas. La lista oficial de preguntas que hace todo sacerdote excitará, en un número aplastante de casos, a cualquier mujer que no sea paralítica.

En toda la historia humana anterior y posterior a la civilización no hay ningún suceso tan rotundo, despiadado e implacable como la campaña del Padre de la Misericordia contra los madianitas. La versión oficial no aporta hechos concretos, episodios ni pequeños detalles. La información siempre versa sobre grandes multitudes: todas las vírgenes, todos los hombres, todos los niños, todas las «criaturas que respiran», todas las casas, todas las ciudades. Apenas nos da la descripción general de unas ciudades calcinadas y desoladas, una catástrofe que se extiende por aquí, allá y acullá, tan lejos como llega la vista. Al leerlo nuestra imaginación aporta una lúgubre quietud, un silencio espeluznante, el silencio de la muerte. Pero parece obvio que sucederían muchas cosas. ¿Cómo podemos saber cuáles fueron?

Debemos acudir a la historia más reciente, es decir, la historia del indio norteamericano. El indio ha duplicado la labor de Dios y con el mismo fervor. En 1862 los indios de Minnesota, grandemente ofendidos y traicionados por el gobierno de los Estados Unidos, se alzaron contra los colonos blancos y los masacraron. Es decir, mataban a toda persona que les caía entre manos, sin distingos de sexo ni edad. Prestad atención a este suceso:

Doce indios entraron en una granja al amanecer y capturaron a la familia, que consistía en el granjero, su mujer y cuatro hijas, la menor de catorce años y la mayor de dieciocho. A los padres los crucificaron, es decir, los colocaron desnudos contra el muro del salón y les clavaron las manos a la pared. Luego desnudaron a las hijas, las tumbaron en el suelo delante de sus padres y las violaron repetidamente. Después crucificaron a las niñas en la pared opuesta a la de sus padres y les cortaron la nariz y el pecho. Además… Pero no voy a entrar en detalles. Todo tiene un límite. Hay humillaciones tan atroces que la pluma se niega en redondo a escribirlas. Os diré que cuando acudieron a rescatarlos dos días después, sólo un miembro de la pobre familia crucificada —el padre— seguía vivo.

Pues bien, ya conocéis un episodio de la masacre de Minnesota. Os podría contar otros cincuenta casos que abarcan todas las variedades de crueldad inventadas por el atroz talento humano.

Y ahora ya sabéis, por estas inequívocas verdades, lo que sucedió bajo la dirección personal del Padre de las Misericordias en su campaña contra los madianitas. La campaña de Minnesota fue un simple duplicado del ataque a los madianitas. Nada ocurrió en un caso que no hubiera ocurrido en el otro.

Bueno, tal vez eso no sea del todo cierto. El indio fue más compasivo que el Padre de las Misericordias. No vendió a las vírgenes como esclavas para saciar de por vida la lujuria de los siniestros verdugos de sus familias. El indio las violaba, pero les acortaba piadosamente el sufrimiento con el impagable regalo de la muerte. Quemaba casas, pero no todas. Robaba animales inocentes, pero no les quitaba la vida.

¿Puede esperarse que este Dios sin conciencia, este insolvente moral, sea un maestro de la moralidad, la bondad, la sumisión, la rectitud y la pureza? Parece una extravagancia imposible, pero escuchadle. Estas son palabras suyas:

Bienaventurados los pobres de espíritu,
porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados los humildes,
porque ellos poseerán la tierra.
Bienaventurados los que lloran,
porque ellos hallarán consuelo.
Bienaventurados los que han hambre y sed de justicia,
porque ellos serán hartos.
Bienaventurados los misericordiosos,
porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los de limpio corazón,
porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los pacíficos,
porque hijos de Dios serán llamados.
Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados sois cuando os maldijeren y os persiguieren y dijeren todo mal contra vosotros mintiendo por mi causa.

Los labios que pronunciaron estos enormes sarcasmos, estas hipocresías gigantescas, son los mismos que ordenaron la masacre indiscriminada de los hombres, las mujeres, los niños y el ganado del pueblo madianita. La destrucción indiscriminada de casas y ciudades. La perdición indiscriminada de unas vírgenes convertidas a la esclavitud más perversa e inenarrable. Es el mismo ser que infligió a los madianitas las diabólicas crueldades que repetirían los indios, hasta el último detalle, en Minnesota dieciocho siglos después. El episodio de los madianitas le llenó de alegría. El de Minnesota también, o lo habría impedido.

Las Bienaventuranzas y los capítulos citados del Libro de los Números y el Deuteronomio deberían leerse siempre juntos en misa. Así los fieles se harían una idea cabal de cómo es Nuestro Padre Celestial. Pero no sé de ningún cura que haya hecho algo así jamás.


[1] Los fragmentos de la Biblia que Twain cita textualmente pertenecen a la Versión autorizada, llamada Biblia del rey Jacobo (brj), que se publicó en Inglaterra en 1611 y fue la versión oficial inglesa durante tres siglos, ya que no se revisó hasta 1901. Para esta traducción se ha empleado la primera versión católica completa en castellano, de Felipe Scio de Miguel, Londres, 1825, cuyo lenguaje y contenido son muy similares a la brj, pero las referencias y nombres bíblicos más conocidos se han actualizado para hacerlos más asequibles. (Todas las notas, salvo que se indique lo contrario, son de la traductora).

[2] Esta expresión aparece en la Biblia, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, sobre todo el Evangelio de San Mateo.

[3] Génesis 3, 5.

[4] El doctor Charles Wardell Stiles (1867-1941) hizo una importantísima labor contra la propagación de los anquilostomas en el sur de Estados Unidos, pese a que, como dice Twain, no recibió el reconocimiento que se merecía.

[5] El magnate estadounidense John D. Rockefeller se dedicó, desde 1890 hasta 1937 casi exclusivamente a actividades filantrópicas. En 1909 creó la Rockefeller Sanitary Commission, que desde su fundación hasta 1927 logró la erradicación de los anquilostomas en el sur de Estados Unidos.

[6] En 1866 murió en las islas Sándwich una princesa real algo rolliza. A su entierro asistieron, con los máximos honores, treinta y seis nativos espléndidamente formados. En un canto que celebraba los diversos méritos, logros y talentos de la princesa muerta se explicaba que los treinta y seis sementales formaban su harén, que la orgullosa princesa había alardeado de tenerlos a todos ocupados y que en varias ocasiones alguno de ellos tuvo que hacer horas extraordinarias. (Nota del autor).

[7] Pretendo publicar estas cartas aquí, en la Tierra, antes de volver a casa. Quiero sacar dos ediciones. Una sin enmendar para los lectores de la Biblia y sus hijos. La otra, expurgada, será para personas de cierta erudición. (Nota del autor).

[8] La primera parte del texto bíblico que recoge Twain corresponde al capítulo 31 de Números, que describe la guerra contra los madianitas. La segunda parte al capítulo 20 del Deuteronomio.

[9] En las ediciones modernas de la Biblia, tanto inglesas como españolas, se han eliminado las referencias a este «prejuicio divino». Cfr. Reyes I, 14, 10 y Reyes I, 16, 11.

© Mark Twain: Letters from the Earth (Las cartas de Satán desde la Tierra), 1962. Traducción de Gabriela Bustelo.