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DURANTE más de ciento cincuenta años la familia Schroll había estado instalada en Tanbendorf, siendo generalmente respetada por sus conocimientos y sus refinados modales por encima de lo habitual en su condición. Su actual representante, el baile Elias Schroll, había sido muy aficionado a la literatura en su juventud, pero en los últimos años, por amor a su patria, había regresado a su ciudad natal, donde gozaba de gran crédito y estima.

Durante todo aquel período de ciento cincuenta años la tradición únicamente había consignado a un Schroll que poseyera una dudosa reputación: según afirmaban muchos, había tenido tratos con el demonio. Es cierto que todavía se conservaba en la casa un escritorio colocado contra la pared, que contenía misteriosos manuscritos a él atribuidos, y cuya fecha de construcción, 1630, tallada en el frente, concordaba con su época. Durante cinco generaciones, la llave de ese escritorio había sido transmitida fielmente al hijo mayor, con el solemne encargo de que tuviera el cuidado de que nadie más fuera puesto al corriente de su contenido. Se habían tomado todas las precauciones a fin de protegerlo contra los accidentes o los descuidos: la cerradura era tan complicada que, incluso con la llave adecuada, no podía abrirse sin seguir unas instrucciones especiales; y para mayor seguridad todavía, el actual propietario había añadido un candado primorosamente ejecutado que ofrecía un obstáculo suficiente antes de abordar la cerradura principal.

La curiosidad de toda la familia se centró en vano en ese escritorio. Nadie había conseguido descubrir siquiera parcialmente su contenido a excepción de Rudolph, el único hijo del baile. Él lo había conseguido: al menos estaba convencido de que el viejo infolio de cantos dorados y encuadernado en terciopelo negro, que un día había sorprendido a su padre leyendo con ansia, pertenecía al misterioso escritorio; ya que, aunque la puerta no estaba abierta, se encontraba desbloqueada y Elias se había apresurado a cerrar el libro con gran nerviosismo, al mismo tiempo que ordenaba a su hijo que saliera de la habitación en un tono de voz muy poco amable. Este incidente ocurrió cuando Rudolph tendría unos doce años.

Desde entonces el joven había sufrido dos grandes pérdidas con las muertes de su excelente madre y una hermana a la que quería tiernamente. También su padre había padecido intensamente estas aflicciones, resintiéndose tanto su salud como sus ánimos. Cada día se volvía más irritable y sin sentido del humor, y cuando Rudolph abandonó finalmente la escuela y regresó al hogar a los dieciocho años, le sobresaltó encontrarle enormemente alterado, lo mismo física que mentalmente. Había adelgazado y parecía estar consumido por algún conflicto interno. En su opinión, se encontraba, sin duda alguna, al borde de la tumba, por lo que se dedicó incesantemente a poner en orden sus asuntos y a informar a su sucesor de todas las disposiciones en relación a sus propios intereses. Una tarde, Rudolph llegó súbitamente de una casa vecina y, al pasar delante del escritorio, encontró la puerta abierta de par en par y el interior obviamente vacío. Al volver la cabeza, observó a su padre de pie ante la chimenea en donde ardía un gran fuego, en medio del cual se consumía el viejo libro negro.

Elias suplicó formalmente a su hijo que se retirara, pero Rudolph no pudo dominarse y exclamó:

—Sospecho, señor, que ése es el libro que estaba en el escritorio.

Su padre asintió con visible confusión.

—Bueno, en ese caso, permitidme deciros que me sorprende enormemente que tratéis así a una reliquia familiar que durante más de un siglo ha sido transmitida siempre al hijo mayor.

—Tenéis razón, hijo mío —dijo el padre, tomándole de la mano cariñosamente—. En parte tenéis razón; no existe justificación posible, lo admito; yo mismo he sentido muchos escrúpulos acerca del rumbo que he tomado. Sin embargo, me siento enteramente feliz de haber destruido ese condenado libro. El que lo escribió jamás prosperó; todas las tradiciones están de acuerdo en eso. En tal caso, ¿por qué dejar a los descendientes un desdichado legado de enigmas impíos?

Esta excusa no satisfizo, sin embargo, a Rudolph. Éste sostenía que su padre había atentado contra sus derechos de sucesión, y razonaba tan bien que el propio Elias empezó a comprender que la queja de su hijo no era del todo infundada. Durante todo el día siguiente se comportaron amablemente el uno con el otro, aunque con cierta frialdad. Por la noche, Elias no pudo soportar más y dijo:

—Querido Rudolph, hemos vivido mucho tiempo juntos en perfecta armonía y cordialidad; no empecemos a ponernos malas caras en los pocos días que me quedan de vida.

Rudolph apretó la mano que le ofrecía su padre con filial entusiasmo, y éste continuó diciendo:

—Ahora me propongo comunicaros de viva voz el contenido del libro que he destruido. Lo haré de buena fe y sin reservas, a menos que vos mismo estéis convencido de que debéis renunciar a vuestros derechos a esa información.

Elias vaciló, congratulándose de que su hijo, al parecer, renunciara a sus derechos. Pero en eso se equivocaba. Rudolph anhelaba demasiado esa revelación, por lo que urgió firmemente a su padre a que prosiguiera.

Elias titubeó de nuevo y miró a su hijo con profundo amor y lástima, como suplicándole que mudara de opinión y renunciara a su pretensión. Pero, comprendiendo por fin que esto era obviamente imposible, siguió hablando:

—El libro se refiere principalmente a vos; os señala como el último de nuestra estirpe. ¿Palidecéis? ¿No habría sido mejor, sin duda, que hubierais decidido no preocuparos más del asunto?

—No —dijo Rudolph, recobrando su sangre fría—. No, pues todavía queda por ver si la profecía es cierta.

—Lo es; no os quepa la menor duda.

—¿Y es eso lo único que el libro dice respecto a mí?

—No, no es eso lo único; hay algo más. Pero tal vez os riáis al oírlo; en estos tiempos nadie cree ya en semejantes historias. De cualquier manera, sea como fuere, el libro continúa diciendo, clara y rotundamente, que el Maligno (¡el Cielo nos proteja!) os hará una oferta encaminada sobre todo a vuestro provecho material.

Rudolph se rió abiertamente y replicó que, a juzgar por el aspecto solemne del libro, hubiera esperado encontrar un contenido más serio.

—Bien, bien, hijo mío —dijo el anciano—, reconozco que no estoy dispuesto a confiar demasiado en esas historias de contratos con el diablo. Pero no debemos reírnos de ellas, sean verdaderas o falsas. En cualquier caso, es suficiente para mí que me convenzáis de que poseéis tanta piedad natural que rechazaréis cualquier fortuna material que podáis conseguir mediante procedimientos impíos.

Elias pareció detenerse al llegar a este punto, pero Rudolph dijo:

—Deseo saber una cosa más: ¿cuál es la naturaleza de esa excelente fortuna que me van a ofrecer? ¿Dice el libro si la aceptaré o no?

—Acerca de la naturaleza de esa excelente fortuna, el escritor no ofrece ninguna explicación; lo único que dice es que, usándola con discreción, podéis convertiros en un hombre importante. En cuanto a la pregunta de si la aceptaréis (¡Dios os guarde, hijo mío, de tan criminal idea!) nada en absoluto se dice. Mejor dicho, parece incluso como si ese tratante en magia negra hubiera sido sorprendido por la muerte al llegar a aquel punto, pues se había detenido a mitad de palabra. ¡Que el Señor se apiade de su alma!

Por poca fe que Rudolph tuviera en las posibilidades de semejante propuesta, no obstante le inquietaba visiblemente el comunicado de su padre, el cual le dijo:

—¿No habría sido mejor que hubieseis dejado que el misterio fuera sepultado conmigo en la tumba?

—No —respondió Rudolph, aunque su inquieta mirada y su semblante agitado demostraban manifiestamente la exactitud de la preocupación de su padre.

La profunda impresión que produjo en la mente de Rudolph esta conversación —la última que tuvo con su padre— se agudizó todavía más a causa del grave suceso que vino a continuación. A mediados de aquella noche le despertaron súbitamente para que acudiera junto a la cabecera de su padre, el cual agonizaba y le llamaba urgentemente.

—¡Hijo mío! —exclamó con una angustiosa expresión de amargura. Luego extendió ambos brazos hacia él en señal de súplica, y con la angustia del esfuerzo expiró.

La ligereza propia de los espíritus juveniles dispersó pronto la melancolía que al principio se cernió sobre Rudolph. Rodeado de joviales compañeros en la universidad que ahora visitaba, no encontraba acomodo en su pecho para el pesar o la preocupación: su mayor aflicción era la negativa de su tutor a acceder algunas veces a sus demasiado frecuentes y molestas solicitudes de dinero.

Después de residir un año en la universidad, Rudolph se vio envuelto en algunas irregularidades juveniles, en compañía de otros tres, que le reportaron la expulsión. En aquel preciso momento acababa de estallar la Guerra de los Siete Años: dos de sus compañeros, llamados Theiler y Werl, se alistaron en el ejército junto con Rudolph, este último en contra de la voluntad de una joven a la que estaba prometido. No obstante, Charlotte, que así se llamaba, se resignó a este plan cuando vio que sus objeciones de nada servían contra la resolución de Rudolph, y dejó que su amante le describiera con los más lisonjeros colores su propio regreso a sus brazos vistiendo el uniforme de oficial. Pues era tan evidente para él que su notable valor le haría conquistar el rango de teniente en la primera campaña como que no podía caer en el campo de batalla.

Los tres amigos tuvieron la suerte de ser asignados a la misma compañía. Mas en la primera batalla Werl y Theiler cayeron sin vida junto a Rudolph, el primero a causa de una bala de mosquete que le atravesó el corazón y el otro de un cañonazo que le arrancó la cabeza.

Poco después de este suceso, Rudolph regresó a casa. Mas ¿cómo? No con las brillantes condecoraciones de un oficial distinguido, como él esperaba inocentemente, sino como prisionero bajo estrecha vigilancia: en un arrebato de cólera juvenil había sido culpable de insubordinación y rebeldía, en compañía de otros dos.

El consejo de guerra les sentenció a muerte. Los jueces, sin embargo, quedaron tan favorablemente impresionados por su buena conducta durante el confinamiento que, a no dudar, hubieran recomendado incondicionalmente el perdón real, de no ser porque se consideraba necesario dar un escarmiento. No obstante, la sentencia fue mitigada y solamente se iba a fusilar a uno de los tres. Pero ¿a cuál de ellos? Este punto quedaba pendiente hasta el mismo día de la ejecución, en que se decidiría a los dados.

Conforme se acercaba el fatídico día, una oleada de irascible aflicción asaltó a los tres prisioneros. A uno de ellos le inquietaba el llanto de su padre; al segundo, la deplorable situación en la que quedarían su esposa enferma y sus dos hijos. El tercero, que era Rudolph, en el caso de ser el elegido de la suerte, sería emplazado a abandonar no sólo la vida sino también a una joven y radiante prometida, más próxima a su corazón que cualquier otra persona en el mundo.

—¡Ah! —dijo la víspera del día de la decisión final—. ¡Ah! ¡Si al menos pudiera asegurarme un lance favorable de los dados!

Y apenas formulado este deseo, su camarada Werl, a quien había visto caer a su lado en el campo de batalla, entró en su celda.

—Supongo, hermano Schroll, que no esperabais verme.

—No, realmente no lo esperaba —exclamó Rudolph, consternado; pues, de hecho, al día siguiente de la batalla había visto con sus propios ojos a este mismo Werl enterrado en la tumba.

—Sí, sí, es bastante extraño, lo admito; pero hay pocos cirujanos como el de nuestro regimiento. Me ha desenterrado y me ha reanimado, os lo aseguro. Podría pensarse que es un prestidigitador. En realidad, puede hacer muchas cosas que desafío a cualquiera a que las explique; a decir verdad, estoy convencido de que puede realizar imposibles.

—Bueno, por mí dejémosle. Con todo su arte bien poco podría hacer por mí.

—¿Quién sabe, hermano? ¿Quién sabe? En estos momentos se encuentra en la ciudad, y por nuestra vieja amistad le he hablado de vos: me ha prometido un lance afortunado con los dados que os librará de cualquier peligro.

—¡Ay! —dijo el descorazonado Rudolph—, incluso eso me sería muy poco útil.

—¡Vaya! ¿Cómo es eso? —preguntó el otro.

—Porque aunque existieran esos dados (cosa que pongo en duda), jamás me permitiría desviar, mediante la magia negra, la mala suerte a mí destinada hacia la cabeza de alguno de mis camaradas.

—Supongo que eso es lo que llamáis nobleza. Pero disculpadme si considero que en tales casos vuestro primer deber es para con vos mismo.

—Sí, pero tened en cuenta que uno de mis camaradas tiene un anciano padre que mantener y el otro una mujer enferma con dos niños.

—Schroll, Schroll, si os oyera vuestra joven prometida, tengo la impresión de que no se sentiría demasiado halagada. ¿Merece la pobre Charlotte que no dediquéis ni un solo pensamiento a ella ni a su destino? Una joven y adorable criatura, que cifra toda su felicidad en vos, merece (creo yo) vuestra consideración mucho más que un viejo chocho con un pie en la tumba, o que una mujer y dos niños que nada tienen que ver con vos. ¡Ah, cuánto podéis hacer con vuestra Charlotte en el curso de una larga vida! Así pues, ¿habéis resuelto verdaderamente rechazar el camino que os señalo? ¡Cuidado, Schroll! Si desdeñáis mi ofrecimiento y ocurre que os cae en suerte ser la víctima, tened cuidado con los pensamientos de una joven prometida a la que habéis traicionado, tened cuidado, os digo, de que estos pensamientos no se sumen a la amargura de la muerte cuando vayáis a arrodillaros en la duna. No obstante, os lo he advertido, y he descargado mi conciencia. Cuidaos de eso y ¡adiós!

—Quedaos, hermano; una o dos palabras más —dijo Rudolph, poderosamente impresionado por el último discurso y la imagen de felicidad doméstica ante él expuesta, de la que a menudo se había burlado mentalmente, bien fuera solo o en compañía de Charlotte—. Quedaos un momento. No niego, sin duda, desear la vida, si me fuera posible aceptarla como un don celestial, lo cual no es imposible. Lo que no quiero es tener sobre mi conciencia la responsabilidad de ser el causante de la desgracia de otros. No obstante, si el hombre del que habláis lo sabe, tendría mucho gusto en que le preguntárais cuál de los tres será el elegido por la suerte para morir. Esperad, no le preguntéis nada —dijo Rudolph, suspirando profundamente.

—Ya se lo he preguntado —fue la contestación.

—¡Ah! ¿Lo habéis hecho? ¿Habéis venido acaso a aconsejarme al conocer la respuesta?

Una lívida palidez que era como un anticipo de la muerte se extendió por el radiante rostro de Rudolph y espesas gotas de sudor se deslizaron por su frente.

—Me voy —exclamó el otro con una sonrisa burlona—. Tardáis mucho en decidiros. Tal vez os vea y os reconozca en el lugar de la ejecución; en ese caso, llevaré conmigo los dados, e incluso entonces no será demasiado tarde para que me hagáis una seña. Pero, os lo advierto, no puedo prometeros mi presencia.

Rudolph levantó la cabeza, que durante los últimos instantes de su alteración había cubierto con las palmas de las manos, dispuesto a ofrecer alguna respuesta. Pero su consejero se había ido ya. Se alegraba y al mismo tiempo lo sentía. Cuanto más pensaba en el hombre y en su aspecto, tanto menos creía en su parecido con el amigo a quien había dejado sepultado en el campo de batalla. Este amigo había sido la imagen misma de la cordialidad afectuosa, disposición de ánimo del todo ausente en su actual consejero. ¡No! El tono desdeñoso e insultante con que había tratado al desgraciado prisionero y la forma poco amable en que le había abandonado, convencieron a Schroll de que su consejero y Werl debían ser dos personas distintas.

En ese preciso momento, como en un estallido de luz, se le ocurrió pensar en el libro negro consumido por el fuego y en su ominoso contenido. ¡Un lance afortunado de los dados! Sí, ésa era, pues, la forma en que se había presentado el tentador; y advirtió, sinceramente contento, que no había hecho caso de sus sugerencias.

Pero su estado de ánimo cambió rápidamente cuando su joven prometida entró en la celda poco después, sollozando, y le echó los brazos al cuello. Rudolph le contó la propuesta que le habían hecho y a ella le sorprendió que no hubiera aceptado inmediatamente.

Con el corazón traspasado de dolor, Rudolph objetó que, aunque se viera forzado a abandonarla, una criatura tan encantadora y adorable como ella no podía dejar de tener un destino venturoso. Pero ella protestó vehementemente que sólo él y nadie más podía gozar de su amor.

El sacerdote, que visitó al prisionero inmediatamente después de la partida de su prometida, devolvió un poco la calma a su mente, que la presencia de la joven había alterado.

—¡Bienaventurados los que mueren en el Señor! —dijo el canoso eclesiástico con tanto ardor y devoción que estas simples palabras produjeron el efecto apropiado en la mente del prisionero.

La mañana que siguió a esta agitada noche, la mañana del día fatal, los tres reos se encontraron por vez primera desde su arresto. Su destino común y la larga separación entre ellos contribuyeron a estrechar todavía más los lazos de amistad que antes les habían unido en el campo de batalla. Cada uno de ellos demostraba aborrecer vivamente el desdichado requisito mediante el cual cualquier lance de los dados que respetase su vida conllevaría la muerte de alguno de sus camaradas. Aunque todos ellos tenían numerosos amigos, no obstante la hermandad que habían puesto a prueba en el fragor de la batalla triunfó en este momento sobre cualquier otra consideración. Cada uno de ellos prefería la muerte antes que librarse de ella a expensas de alguno de sus camaradas.

El respetable sacerdote, que gozaba de la entera confianza de los tres, les sorprendió manifestando en voz alta tan heroica determinación. Sacudiendo la cabeza, advirtió la preocupación que cada uno de ellos sentía por aquellos que habían merecido su atención mientras vivían, los cuales les obligaban a vivir lo más posible.

—¡Confiad en Dios! —dijo—. ¡Resignaos a Él! Él será el único responsable del fallo final; no penséis en atribuir esta facultad a vos mismo o a Sus inanimados instrumentos: los dados. Sólo Él, que ha numerado todos los pelos de vuestra cabeza y sin cuyo permiso ningún gorrión cae al suelo, sólo Él sabe qué es lo mejor para vos.

Los prisioneros asintieron estrechando su mano, abrazándose unos a otros y recibiendo el santo sacramento con la mejor disposición de ánimo. Después de esta ceremonia desayunaron juntos, tan resignados, o mejor dicho, tan gozosos como si la triste y sangrienta mañana que se presentaba ante ellos anunciara alguna alegre festividad.

Sin embargo, cuando se formó el desfile desde la puerta exterior, y a los queridos amigos se les permitió pronunciar sus últimas despedidas, se tambaleó de nuevo la firmeza de sus ánimos bajo el peso de tan triste destino.

—¡Rudolph! —susurró su desesperada prometida en medio del silencio—. ¡Rudolph! ¿Por qué rechazáis la ayuda que os han ofrecido?

Él la conjuró a que no aumentara la amargura de la despedida; y ella, a su vez, le conjuró a él, un poco antes de que se ordenara iniciar la marcha, a que hiciera una seña al desconocido que se había ofrecido a liberarle, si es que podía divisarle entre la multitud.

Las calles y las ventanas estaban repletas de espectadores. Cada uno de los reos, acompañado en sus oraciones por el sacerdote, procuraba en vano librarse de la idea de que tal vez sería él el que no regresaría. La mansión del padre de su prometida le recordó a Schroll la felicidad que perdería para siempre si daba crédito a las palabras de su monitor del día anterior; una extraordinaria palidez le embargó. El sacerdote, que estaba al tanto de las circunstancias de su caso, y por tanto adivinaba el motivo de su repentina agitación, le tomó del brazo y le dijo, con voz potente, que quien confiara en Dios ciertamente vería cumplidas sus justas esperanzas… en este mundo, si era voluntad de Dios, y si no, en otro todavía mejor.

Estas palabras eran un consuelo, pero su efecto duró solamente unos segundos. Más allá de la puerta de la ciudad sus ojos se cruzaron con la duna ya levantada: un espectáculo que renovó sus primitivas esperanzas y temores. Echó una mirada apresurada a su alrededor, pero en ninguna parte podía ver a su visitante de la noche pasada.

Cada vez se aproximaba más el momento de la decisión. Había empezado. Uno de los tres había movido ya el cubilete y tirado el dado: había sacado un seis. El lance fue registrado en medio del solemne silencio de la multitud. Los presentes le miraron con mudas congratulaciones en los ojos, pues tanto este hombre como Rudolph eran objeto de la compasión general: uno, por ser padre y marido; Rudolph, por ser el más joven y el más guapo, y porque se había divulgado su superior educación y conocimientos.

Rudolph era el más joven por partida doble: el más joven en años y el más joven en el servicio; por ambas razones iba a tirar los dados en último lugar. Puede suponerse, por consiguiente, cómo temblaron todos los presentes por el pobre delincuente cuando el segundo de sus camaradas sacó también un seis.

Con el ánimo abatido, Rudolph miró fijamente al desfavorable dado. Entonces, por segunda vez, echó una horrenda mirada a su alrededor, tan desesperada que un violento estremecimiento de condolencia agitó a los espectadores.

—¡No hay ningún liberador —pensó Rudolph— que pueda verme ni oírme! Y si lo hubiera, sería demasiado tarde, pues ya no es posible cambiar el dado.

Diciendo esto, cogió el fatal dado, que su mano apretó convulsivamente, y antes de tirarlo se dio cuenta de que se había partido en dos.

Durante el estremecimiento general de asombro que siguió a este extraño accidente, Rudolph miró otra vez en torno suyo. Un repentino sobresalto y una súbita alegría recorrieron su semblante. Cerca de él, vestido de buhonero, estaba Theiler, el camarada cuya cabeza había arrancado una bala de cañón en el campo de batalla, aunque no presentaba ninguna herida. Rudolph le hizo una seña con el ojo, pues, dado que ahora tenía claro con quién estaba tratando, la espantosa prueba que le esperaba apabullaba sus mejores propósitos.

La delegación militar estaba algo confusa. Como no se había previsto un accidente tan extraño, no tenían a mano un segundo dado. Estaban ya a punto de despachar un mensajero a buscar uno, cuando el buhonero se presentó con el ofrecimiento de suplir la pérdida. El auditor examinó el nuevo dado y se lo entregó al desdichado Rudolph. Éste lo arrojó sobre el tambor y de nuevo salió un seis. El asombro fue general; nada estaba decidido; debían repetirse los lances. Así lo hicieron y Weber, el marido de la mujer enferma y padre de dos niños medio desnudos, realizó el lance más bajo.

Inmediatamente se oyó la voz del oficial ordenando a sus hombres que ocuparan sus puestos. Weber, por su parte, se demoró un poco. El abrumador perjuicio infligido a su esposa y a los niños por culpa suya superaba todas sus previsiones. Estrechó rápidamente las manos de sus dos camaradas, ocupó su lugar ágilmente, y se arrodilló. Se oyó una voz de mando ordenando: «Abajo los mosquetes»; al instante, el hombre arrojó el fatal pañuelo con el ademán del que solicita alguna imprevisible merced, y en un abrir y cerrar de ojos, dieciséis balas aliviaron el corazón del pobre amotinado de su inmensurable carga de angustia.

Rudolph no prestó oídos a las felicitaciones con que les dieron la bienvenida a su regreso a la ciudad. Incluso las caricias de Charlotte difícilmente podían proporcionar algún placer al hombre que creía haber sacrificado a su camarada en connivencia con un demonio.

Las importunidades de Charlotte prevalecieron por encima de todas las objeciones que la arrogancia de su anciano padre insinuó en contra de un yerno que había sido condenado a la pena capital. El matrimonio se celebró, pero en el banquete nupcial, en medio del alboroto festivo, las partes directamente interesadas no estuvieron contentas o tranquilas. Poco después falleció el suegro y su muerte colocó a la joven pareja en una posición de independencia total. Sin embargo, tanto la fortuna de Charlotte como el resto de lo que Rudolph había heredado de su padre, se los tragó rápidamente su ocioso y lujoso tren de vida. Rudolph empezó a maltratar a su esposa. Huyendo de su propia conciencia, se lanzó a toda clase de actividades disolutas; y lo más extraordinario fue que, de manifestar el más violento aborrecimiento por todo aquello que pudiera recordarle el afortunado lance del dado, poco a poco llegó a sentir tan incontrolable pasión por jugar a los dados que pasaba todo el tiempo en compañía de aquellos con los que podía sacar provecho a esta pasión. Era imposible encontrar a alguien que le prestara un chelín. La viuda enferma de Weber y sus dos niños, que Rudolph había mantenido hasta entonces, perdieron su hogar y su sustento, y en poco tiempo el mismo destino se abatió sobre él, su esposa y su hijo.

Demasiado poco habituado al trabajo como para tener alguna posibilidad de mejorar por ese camino, un día recordó que el Instituto Médico acostumbraba a pagar una cantidad a los pobres a cambio de la entrega de sus cuerpos en el momento de fallecer. Rudolph se dirigió a este establecimiento y los estragos que la vida disoluta había ocasionado en su aspecto personal y en su salud indujeron a los responsables a prestar oído a su petición de muy buena gana.

Mas el dinero así obtenido, destinado al sustento de su esposa y de su famélico hijo, lo despilfarró en la mesa de juego. Cuando el último dólar se esfumó, Schroll mordió uno de los dados furiosamente. En ese mismo momento oyó que le susurraban al oído estas palabras: «Tranquilo, hermano, tranquilo; no todos los dados se parten en dos como el de la duna». Rudolph miró a su alrededor con gran nerviosismo, pero no encontró indicios de nadie que pudiera haberle susurrado las palabras.

Profiriendo espantosas imprecaciones contra sí mismo y contra los que habían jugado con él, abandonó la casa de juegos y se dirigió a la miserable buhardilla donde su esposa y su hijo esperaban su regreso y su ayuda. Sin embargo, una vez allí, las pobres criaturas, atormentadas por el hambre y el frío, le apremiaron tan importunamente, que no le quedó otro camino para librarse de la miseria que escapar de aquel lugar. Mas ¿adónde podía ir a esas horas de la noche, dado que su pobreza absoluta era conocida en todas las cervecerías?

Vagando sin saber adónde ir, llegó finalmente a un camposanto. La luna relucía solemnemente a través de las nubes en calma. Rudolph se estremeció con sólo pensar en su propia existencia. Pasó por encima de las moradas de los difuntos y entró en un panteón para ponerse a cubierto de las ráfagas de viento glacial, que ahora empezaba a soplar con más fuerza que antes. La luna iluminaba de lleno la leyenda dorada inscrita en la pared: «Bienaventurados los que mueren en el Señor».

Schroll cogió una pala que estaba clavada en el suelo y golpeó furiosamente con ella las letras doradas de la inscripción; mas éstas parecían indestructibles. Cuando se disponía a atacarlas con un azadón, una mano le tocó de repente en el hombro diciéndole: «Tranquilo, camarada; todas vuestras penas van a desaparecer». Schroll profirió una estrepitosa exclamación de horror, pues en esas palabras había reconocido la voz de Weber, con el que se topó al volverse.

—¿Qué os sucede? —preguntó Rudolph—. ¿A qué habéis venido?

—A consolaros —replicó el personaje, que ahora adoptó repentinamente la figura y la voz del buhonero con quien Schroll estaba en deuda por el afortunado dado—. Me habéis olvidado y por eso habéis caído en el infortunio. Levantad la mirada y saludad a vuestro necesitado amigo que únicamente viene a haceros feliz de nuevo.

—Si ése es vuestro propósito, ¿por qué os presentáis con ese aspecto ante el cual tengo más motivos para estremecerme que ante cualquier otro?

—Porque no debo conceder a ningún hombre el auxilio de mi conversación con demasiadas facilidades. Antes de que mi dado pudiera cambiar vuestra suerte, estaba obligado a proporcionaros ciertas indicaciones a fin de que supierais con quién estabais tratando.

—¿Con quién estoy tratando, pues? —gritó Schroll, abriendo desmesuradamente los ojos y con el pelo de punta.

—Lo sabíais entonces y lo sabéis ahora —dijo el buhonero, riéndose y golpeándole ligeramente en el hombro—. Mas ¿qué es lo que deseáis?

Schroll forcejeó en su interior, mas, superado por su desolada situación, dijo inmediatamente:

—Dados. Me gustaría tener unos dados que me hicieran ganar siempre que quisiera.

—Muy bien. Pero, ante todo, alejaos del resplandor de esa inscripción dorada en la pared, que nada tiene que ver con vos. Aquí tenéis los dados; no permitáis jamás que pasen a otras manos, pues eso os traería muchos problemas. Si me necesitáis, encended un fuego cuando suene la última campanada de la medianoche, arrojad a él los dados y soltad una estruendosa carcajada. Se resquebrajarán una o dos veces y a continuación se partirán. Entonces tratad de cogerlos de entre las llamas; mas no dejéis que pase mucho tiempo o estaréis perdido. Y no permitáis que os desanimen las visiones que me veo obligado a enviar por adelantado cada vez que aparezco. Finalmente, evitad elegir un día festivo para esta operación y tened cuidado con la bendición del sacerdote. Ahora coged los dados.

Schroll cogió los dados con una mano, mientras con la otra se tapaba los ojos. Cuando volvió a mirar, se encontraba otra vez solo.

A continuación abandonó el campo de enterramiento y volvió lo más rápidamente posible a la casa de juegos, donde todavía era visible la luz de las velas. Mas encontró las mayores dificultades para obtener de un «amigo» dinero suficiente que le permitiera hacer la apuesta más baja que autorizaban las reglas del juego. Le fue bastante más fácil persuadir a sus compañeros a que utilizaran los dados que llevaba él consigo. No veían en ellos posibilidad alguna de engaño sino solamente una vulgar superstición, ya que tanto ellos como Schroll podían beneficiarse igualmente de la presunta buena suerte asociada a los dados. Mas lo propio del hechizo era que únicamente el poseedor de los dados podía disfrutar de sus poderes sobrenaturales; y por lo tanto resultó que por la mañana Schroll, embriagado con el dinero de todos los presentes, volvió dando tumbos al hogar, a la buhardilla donde su familia yacía medio congelada y famélica.

De inmediato mejoró su situación aparente. El dinero ganado por Schroll no sólo alcanzó para cubrir sus necesidades inmediatas y más urgentes, sino también para comprar un piso exterior, y aún sobró una cantidad suficiente para hacer una apuesta bastante considerable.

Con esa cantidad, y mejor ataviado, Rudolph acudió a una casa de juegos más elegante y volvió a casa por la noche cargado de oro.

Luego puso él mismo un establecimiento de juegos, y en unas pocas semanas fue tanta la mejora aparente de su familia que la policía empezó a vigilarle estrechamente.

Esta situación le indujo a abandonar la ciudad y a cambiar de residencia continuamente. Además de otras ciudades, frecuentó los diferentes balnearios alemanes. Mas, pese a que sus dados mantenían perseverantemente su suerte, nunca más volvió a acumular dinero. Lo despilfarró todo con la vida disoluta que mantuvieron tanto él como su familia.

Finalmente, en el balneario de…, el asunto empezó a tomar un desafortunado cariz. Una profunda pasión por una joven y bella dama, a la que Rudolph había abordado en vano en bailes, conciertos e incluso en la iglesia, le hizo perder repentinamente el juicio y el rumbo. Una noche, cuando Schroll (que ahora se hacía llamar capitán Von Schrollshausen) esperaba un lance maestro de sus dados, tal vez con el propósito de conquistar a la dama mediante un desbordante despliegue de riqueza y esplendor, de repente aquellos perdieron su virtud y le fallaron sin avisar. Hasta entonces únicamente habían perdido cuando él quiso que perdieran. Mas, en esta ocasión, fallaron en un momento tan crucial que no solamente perdió todo su dinero, sino también una gran suma que había tomado a préstamo.

Echando espumarajos de cólera, Rudolph regresó a casa y preguntó violentamente por su esposa, comprobando que había salido. Examinó con cuidado los dados y le pareció que no eran los suyos. Una intensa sospecha se apoderó de él. Madame Von Schrollshausen tenía su propio círculo de juegos lo mismo que él. Sin revelar su origen, él le había mostrado ocasionalmente algunas de las prerrogativas atribuidas a sus dados, por lo que ella le había instado ardorosamente a que le dejara usarlos una sola noche. Es cierto que él nunca se separaba de los dados ni siquiera para acostarse. Pero también era posible que ella se los hubiera cambiado mientras dormía. Cuanto más le daba vueltas a esa sospecha, más se fortalecía ésta. De ser apenas posible, se convirtió en probable, y esta probabilidad acabó pareciendo una certeza. Esta certeza fue confirmada plenamente cuando su esposa regresó a casa de un humor excelente y le anunció que esa noche la buena suerte la había colmado. En prueba de ello, arrojó sobre la mesa una considerable cantidad de monedas de oro.

—Ahora —añadió risueña— ya no me importan más vuestros dados; mejor aún, a decir verdad no los cambiaría por los míos.

Confirmadas sus sospechas, Rudolph le pidió los dados cuya propiedad ella le había hurtado. Ella rió y se negó. Él insistió con mayor vehemencia; ella replicó con ardor. Ambas partes se irritaron y, finalmente, en el colmo de su ira, Rudolph agarró un cuchillo y la apuñaló, atravesándole el corazón. Ella profirió un sollozo, se convulsionó por un momento y expiró.

—¡Maldita casualidad! —exclamó él cuando, al examinarlos, comprobó que los dados que ella llevaba en la bolsa no eran los que él creía haber perdido.

Nadie a excepción de Rudolph presenció el asesinato; el niño dormía tranquilo. Pero, accidentalmente, llegó a conocimiento del casero, el cual estaba dispuesto a hacerlo público por la mañana. Rudolph logró, sin embargo, comprar su silencio con suculentas ofertas: se comprometió en esencia a ceder al casero una gran suma de dinero y a casarse con su hija, con la que había mantenido durante bastante tiempo un enredo amoroso clandestino. Conforme a este acuerdo, se notificó públicamente que madame Von Schrollshausen había muerto de un súbito ataque de hipocondría, afección a la que era propensa desde hacía mucho tiempo. Indudablemente hubo quien optó por mostrarse escéptico acerca del asunto, pero nadie estaba interesado lo suficiente en la persona asesinada como para solicitar una investigación legal.

Un hecho que trastornó entonces a Rudolph bastante más que el asesinato de su otrora querida esposa fue la plena confirmación, basada en nuevas experiencias, de que sus dados habían perdido su poder. Pues había estado perdiendo dos días seguidos hasta tal punto que tuvo que huir una noche de niebla. Su niño, al que cada día quería más, se vio obligado a permanecer con su anfitrión, en garantía de su regreso y del cumplimiento de sus promesas.

Rudolph no habría huido de haber tenido la posibilidad de apelar inmediatamente a su enigmático consejero. Pero, a causa de la gran festividad de Pentecostés, que se celebraba al día siguiente, tuvo que retrasar necesariamente la llamada por algún tiempo. Quedándose, no habría tenido más remedio que inventarse varios pretextos para justificar la demora, a fin de mantener su reputación ante sus acreedores; en tanto que, cuando regresara con una cantidad de dinero suficiente para pagar sus deudas, todas las sospechas serían inmediatamente acalladas.

En la metrópoli de un territorio adyacente, al que acudía tan a menudo que tenía reservado alojamiento permanente, pasó el domingo de Pentecostés impacientemente y decidió que la noche siguiente llamaría a su consejero y conversaría con él. Sin embargo, estaba tan impaciente por no retrasarse que no sintió la menor ansiedad mientras se aproximaba la medianoche. Aunque se encontraba completamente solo en sus aposentos y había dejado a su sirviente en el balneario, mucho antes de la medianoche creyó oír pasos y susurros a su alrededor. La resolución que estaba meditando, que hasta entonces había considerado con indiferencia, acabó por mostrar un aspecto monstruoso. Por otra parte, recordó que a su malvado consejero le había parecido necesario exhortarle a tener valor, y el suyo en aquellos momentos le parecía vacilante.

Sin embargo, no tenía elección. Tal como estaba acordado, por tanto, con la última campanada de las doce, prendió fuego a la madera que tenía cortada y apilada junto al hogar y arrojó los dados a las llamas, a la par que soltaba una estrepitosa carcajada que resonó espantosamente por el desierto vestíbulo y la escalera. Desconcertado y medio sofocado por el humo que acompañaba a las estruendosas llamas, permaneció quieto algunos minutos, cuando de repente todos los objetos circundantes parecieron cambiar y se encontró transportado a la casa de su padre. Este yacía en su lecho de muerte tal y como le había visto por última vez. Tenía en sus labios la misma expresión de súplica y angustia con la que entonces había procurado dirigirse a él. Una vez más extendió los brazos hacia su hijo en señal de piedad y cariño; y una vez más pareció expirar en el acto.

Esta imagen, que hizo surgir en la memoria de Schroll y reavivó con la intensidad de una atroz tortura sus honorables planes y perspectivas en aquel inocente período de su vida, le agitó profundamente. En ese momento los dados se partieron por vez primera y Schroll volvió el rostro hacia las llamas. Por segunda vez el humo sofocó el fuego, revelando una segunda visión. Se vio a sí mismo sentado en su celda el día de la escena en la duna. El sacerdote estaba con él. Por la expresión de su semblante, parecía estar diciendo precisamente: «Bienaventurados los que mueren en el Señor».

Rudolph recordó el estado en que se encontraba entonces, las esperanzas que en él había suscitado el sacerdote, y la sensación que tenía en aquel momento de que todavía le era posible la reconciliación con su padre, o al menos hacerse digno de ella mediante un profundo arrepentimiento. La siguiente fractura de los dados alteró la escena… aunque la sustituyó por otra, de ninguna manera más consoladora. Ahora contemplaba una guarida de ladrones en la que la desventurada viuda de Weber maldecía a sus hijos, los cuales, privados de ayuda, consejo y protección, habían elegido el camino del mal. Al fondo aparecía el sangriento padre de aquellos niños echados a perder, con una mano extendida hacia Schroll en un gesto amenazante y la otra elevada al cielo en señal de acusación contra él.

A la tercera escisión de los dados, surgió a través del humo la figura de su esposa asesinada, que parecía perseguirle de una esquina a otra de la habitación, hasta que finalmente se acercó y tomó asiento junto al fuego; a su lado, como Rudolph pudo observar con horror, su padre ya enterrado y el desdichado Weber se habían desperezado y cuchicheaban y gemían terroríficamente, produciéndole una gran excitación nerviosa.

Después de prolongadas y horrorosas visiones, Rudolph notó que las llamas se debilitaban cada vez más. Se acercó a ellas. Las figuras que se encontraban a su alrededor levantaron sus manos en actitud amenazante. Un momento después se le habría acabado irremisiblemente el tiempo y Rudolph, como había sostenido su falso amigo, ¡estaría perdido! Con el valor propio de la desesperación se precipitó por entre las amenazadoras figuras e intentó coger los incandescentes dados que, nada más tocarlos, se hicieron pedazos con un ruido espantoso, ante el cual las apariciones desaparecieron en masa.

El malvado consejero apareció en esta ocasión vestido de sepulturero y le preguntó con un resoplido:

—¿Qué queréis de mí?

—Recordaros vuestra promesa —respondió Schroll, retrocediendo con temor—. Vuestros dados han perdido su poder.

—¿Por culpa de quién?

Rudolph calló y se tapó los ojos para librarse de las fulminantes miradas del diabólico ser que le contemplaba.

—Vuestros descabellados deseos os indujeron a perseguir a la hermosa doncella hasta la iglesia. Olvidásteis mis palabras: la bendición, contra la que os previne, privó a los dados de su poder; En el futuro, cumplid mejor mis instrucciones.

Dicho esto desapareció, y Schroll encontró tres nuevos dados en el hogar.

Después de semejantes escenas, no era cuestión de pensar en dormir y Rudolph decidió poner a prueba los dados, a ser posible esa misma noche. El baile del hotel de enfrente, al cual había sido invitado, y del que todavía se oían los pasos de los bailarines, parecía ofrecer una ocasión favorable. Acudió allí un poco preocupado, temiendo que algunos de los ruidos procedentes de sus aposentos hubieran llegado a las casas de enfrente. Le alegró comprobar que su miedo era infundado. Todo parecía favorable a sus intereses: cuando preguntó con fingida despreocupación por la gran explosión que había tenido lugar hacia la medianoche, nadie admitió haberla oído.

Los dados que había tenido la suerte de encontrar respondían a sus previsiones. En seguida encontró una partida y, al despuntar el nuevo día, había tenido tanta suerte que pudo regresar al balneario a rescatar a su hijo y cumplir con su palabra.

En el balneario conoció a tantas personas como pérdidas había soportado recientemente. Como estaba considerado uno de los caballeros más ricos del lugar, todos aquellos que tenían planes respecto a él a consecuencia de su supuesta riqueza, perdieron de buena gana su dinero en provecho de él para apoyar su propio ardid, de manera que en un solo mes ganó considerables sumas que le convirtieron en un hombre rico. Amparado en esa reputación y en su viudez, sin duda podría haber tenido ahora más éxito con la joven dama a la que anteriormente había aspirado, ya que a su padre sólo le interesaban los bienes y hubiera pasado por lo alto la moralidad y esa clase de respetabilidad en cualquier candidato a la mano de su hija. Sin embargo, pese a sus generosas ofertas de dinero, Rudolph no pudo librarse del contrato que le ligaba a la hija de su casero, mujer de muy mala reputación. De hecho, se casó con ella seis meses después de la muerte de su primera esposa.

Debido a la ilimitada profusión de dinero con la que su segunda esposa trató de lavar las manchas que empañaban su honor, Rudolph malgastó rápidamente su recién adquirida fortuna. Ardía en deseos de apartarse de ella. Sin embargo, nunca se atrevió a expresárselos por segunda vez a su suegro, pues en la única ocasión en que insinuó semejante intención, aquél había prorrumpido inmediatamente en las más espantosas amenazas. El asesinato de su primera esposa le encadenaba a su segunda. El niño que le había dejado su primera esposa, pese a parecerse mucho a ella tanto en sus rasgos físicos como en su mal carácter, era su único consuelo, si es que su melancólica y perturbada mente le permitía experimentar algún tipo de consuelo.

A fin de proteger a este niño de la maligna influencia de los numerosos malos ejemplos que le rodeaban, se había puesto de acuerdo con un hombre de notable talento para que supervisara su educación dentro de su propia familia. Pero todo se frustró. Madame Von Schrollshausen, cuyo afán de magnificencia y pompa la inducía ávidamente a acogerse a cualquier pretexto para organizar una fête, había invitado a un grupo de amigos la noche anterior a la proyectada partida del muchacho. El tiempo que no se empleó en el comedor, lo pasaron en la mesa de juego, dedicados a los dados, de cuyos extraordinarios poderes se estaba aprovechando Rudolph en esos momentos con más celo que de costumbre, habiendo invertido todo el dinero de que disponía en la compra de una finca. Uno de los invitados, disgustado por haber perdido considerables sumas de dinero en una racha ininterrumpida de mala suerte, echó los dados sobre la mesa con tanta fuerza que uno de ellos cayó. Los sirvientes lo buscaron por el suelo y el niño también se agachó en su busca. Al no encontrarlo se levantó y, al hacerlo, perdió el equilibrio y cayó con tanta violencia contra el borde de la estufa que falleció a las pocas horas como consecuencia de la herida sufrida en la cabeza.

El accidente causó una fortísima impresión en el padre. Éste resumió toda su vida desde la primera vez que probó los dados: ellos habían sido los causantes de todos sus infortunios. Más ¿de qué manera podía librarse él de su maldita influencia? Meditando esa cuestión, presa de la más honda congoja, al anochecer Schroll vagó sin rumbo fijo y se paseó por la ciudad. Al llegar a un puente solitario en las afueras, miró hacia abajo desde las almenas a las oscuras profundidades de las aguas, que parecían contemplarle con simpatía e intensa fascinación.

—¡Así sea pues! —exclamó, saltando por encima del pretil. Mas en lugar de encontrar su tumba en las aguas, se sintió agarrado enérgicamente por un hombre, al cual reconoció por su desdeñosa risa como su malvado consejero.

—No, no, mi viejo amigo —dijo, mientras le llevaba a la orilla—. A todo aquél que entabla una relación conmigo yo le libro de la muerte, incluso a su pesar.

Medio enloquecido por la desesperación, a la mañana siguiente Schroll abandonó silenciosamente la ciudad con una pistola cargada. Por todas partes sonreía la primavera: flores primaverales, brisa primaveral y ruiseñores[1]. Estaban en todas partes, pero no para él o para su deleite. Un grupo de vendedores ambulantes, que iban de camino a una feria vecina, pasó por delante de él. Uno de ellos, al observar compasivamente su semblante descompuesto, se le acercó y le preguntó en tono simpático qué le ocurría. Schroll oyó claramente decir a otros dos transeúntes: «A fe mía que no me gustaría caminar a solas con un tipo tan mal encarado».

Rudolph lanzó una furiosa mirada a los hombres y de un empujón se libró de su compasivo compañero, dirigiéndose hacia un solitario sendero en el bosque. En el primer lugar apartado que encontró disparó la pistola, y he aquí que el hombre que le había hablado con tanta gentileza yacía a sus pies ensangrentado mientras que él no presentaba ninguna herida. En ese preciso momento, mientras contemplaba semiinconscientemente el rostro del hombre asesinado, sintió que le agarraban por detrás. Le parecía estar ya en manos del verdugo público. Sin embargo, cuando se dio la vuelta, apenas sabía si alegrarse o afligirse al ver a su perverso sugestionador vestido de sepulturero.

—Amigo —dijo el sepulturero—, si no podéis conformaros con esperar a la muerte hasta que yo os la envíe, me veré obligado a acabar por arrastraros a aquello de lo que empecé por salvaros: una ejecución pública. Al menos no penséis así, o de lo contrario libraos de mí. Después de la muerte, ciertamente volveréis a ser mío.

—¿Quién ha sido entonces —dijo el desgraciado Rudolph— el asesino de ese pobre viajante?

—¿Quién? ¡Vaya! ¿Quién sino vos mismo? ¿Acaso no fuisteis vos el que disparó la pistola?

—Sí, pero contra mi propia cabeza.

El demonio se rió de tal forma que a Schroll se le puso la carne de gallina.

—Entended esto, amigo: aquellos cuyos destinos están en mis manos no pueden adelantarlo por su propia mediación. Por el momento, retiraos si queréis libraros del cadalso. Para complaceros una vez más, arrojaré un velo sobre este asesinato.

Inmediatamente después el sepulturero se puso a cavar una tumba para el cadáver, mientras Schroll se alejaba de allí, más por escapar de la espantosa presencia que estaba soportando que por eludir el castigo.

Al ver casualmente a un prisionero arrestado en la prisión militar, los pensamientos de Schroll retrocedieron a su propio confinamiento. «¡Cuánto mejor —pensó— hubiera sido para mí mismo y para Charlotte que me hubiera negado entonces a comprar mi vida en semejantes términos y hubiera hecho caso del consejo de mi buen asesor espiritual!»

Súbitamente se le ocurrió otro pensamiento: iría a buscar al sacerdote y le revelaría su desdichada historia y situación. A su esposa le contó que unos negocios privados exigían su presencia durante unos cuantos días en la ciudad de… Mas no pudo convencerla de que desistiera de acompañarle.

Durante el viaje su principal preocupación era que el sacerdote, ya entrado en años en la memorable escena de la duna, estuviera muerto. Pero nada más entrar en la ciudad le vio caminando por la calle e inmediatamente se sintió más tranquilo de lo que lo había estado en años. El venerable aspecto del anciano le confirmó todavía más en su propósito de revelarle por completo su vida anterior. Únicamente creyó oportuno ocultarle el asesinato de su primera esposa, ya que el hecho, pese a la penitencia que había hecho, era imposible de reparar.

Durante mucho tiempo el piadoso sacerdote se negó a creer en el relato de Schroll. Mas, convencido finalmente de que se trataba de un espíritu herido y no de una mente trastornada, se esforzó en ofrecer todo el consuelo religioso que su carácter filantrópico y su extensa experiencia le aconsejaban como probablemente eficaz. Ocho días de conversación con el sacerdote devolvieron a Schroll las esperanzas en un futuro menos desdichado. Mas el buen hombre le advirtió al despedirse que se alejara de todo lo que, de alguna manera, pudiera contribuir a mantener su impía relación.

Schroll era consciente de que los dados estaban incluidos en esas instrucciones, por lo que decidió firmemente que la primera medida a tomar a su regreso al hogar sería ocultar esos malditos utensilios en un lugar inaccesible, de manera que no pudieran causar perjuicio alguno a su poseedor. Al entrar en la hostería, se encontró con su esposa, que estaba muy animada y se reía pródigamente. Rudolph le preguntó la causa.

—No —dijo ella—. Vos os negasteis a comunicarme vuestros motivos para venir aquí, así como la índole de vuestros asuntos durante la semana pasada. Yo también me reservaré mis misterios. Lo de dejarme sola en una posada es una especie de cortesía que el matrimonio suele traer consigo. Mas eso de que hayáis viajado hasta aquí con el único propósito de malgastar vuestro tiempo en compañía de un tedioso anciano, permitidme deciros que es un capricho que no parece adecuado al dinero que costará.

—¿Quién os ha contado que he pasado todo el tiempo con un anciano cura? —dijo el asombrado Schroll.

—¿Que quién me lo ha contado? ¡Vaya!, dadme vos a conocer qué asunto os lleváis entre manos con el sacerdote y yo a mi vez os haré saber quién fue el que me lo contó. Sin embargo, os puedo asegurar plenamente que el caballero que me informó es mil veces más apuesto y más interesante que ese viejo chocho que se encuentra al borde de la tumba.

Todos los esfuerzos de madame Von Schrollshausen por incitar la curiosidad de su marido resultaron inútiles para sonsacarle su secreto. Al día siguiente, de vuelta a casa, lo intentó de nuevo. Mas él rechazó con firmeza todos esos intentos. Una prueba más dura para esa firmeza le estaba reservada en las copiosas facturas que su mujer le presentó a su llegada a casa. Sus gastos en joyas y vestidos habían sido tan abundantes que a Schroll no le quedaba más remedio que vender sin demora la finca que había adquirido recientemente. Su declaración en ese sentido fue muy mal acogida por su esposa.

—¿Vender la finca? —dijo—. ¿Vender el único recurso con el que contaré cuando vos estéis muerto? ¿Por qué razón, me gustaría saberlo, si con un poco de la habitual buena suerte de vuestros dados podríais saldar estas fruslerías? Después de todo no tiene importancia que las facturas sean pagadas hoy o mañana.

Schroll declaró con firmeza que tenía la intención de no volver a jugar nunca más.

—¡No volver a jugar! —exclamó su esposa—. ¡Bah! ¡Haréis que me ruborice! Así pues, ¿es cierto, como se ha dicho, que los escrúpulos de conciencia os han conducido hasta el anciano sacerdote, y que él os ha impuesto como penitencia que os abstengáis del juego? Me lo habían contado, mas yo me negaba a creerlo, ya que en vuestras circunstancias me parecía algo demasiado insensato e irracional.

—¡Querida muchacha! —dijo Schroll—. Considerad…

—¡Considerar! ¿De qué sirve considerar? ¿Qué es lo que hay que considerar? —interrumpió madame Von Schrollshausen. Y, acordándose del alegre caballero que había conocido en la posada, por vez primera le propuso ella misma la separación.

—Muy bien —dijo el marido—, estoy de acuerdo.

—Yo también —dijo su suegro, que se había reunido con ellos en ese momento—. Mas prestad atención: antes que nada me debéis pagar una cantidad suficiente de dinero para el encomiable sustento de mi hija, de otro modo…

En eso llevó aparte a Schroll, y su antigua amenaza de revelar el asesinato desanimó tanto a éste que finalmente aceptó desesperado sus condiciones.

Por tanto, una vez más tenía que poner a prueba los dados, aunque únicamente con el objeto de consumar la separación. Una vez conseguida ésta, Schroll estaba decidido a ganarse la vida de cualquier otra forma, incluso de peón. Finalmente reunió la suma estipulada, a excepción de unos pocos centenares de dólares, y buscó algún pozo en desuso para arrojar a él los dados y luego rellenarlo; pues le parecía que ni siquiera un río era un escondite lo suficientemente seguro para semejante fuente de desgracias.

Esa misma noche —una noche que Schroll aguardaba con profunda ansiedad—, cuando iba a obtener el dinero correspondiente a los últimos pagos pendientes que le exigía su suegro, se encontraba extraordinariamente deprimido. Le preocupaba sobre todo el semblante de un forastero que durante varios días seguidos había perdido sumas considerables. El hombre se hacía llamar Stutz, pero tenía un sorprendente parecido con su antiguo camarada Weber, el que había sido ejecutado en la duna, y realmente sólo se diferenciaba de él en que era mucho más joven. Apenas tuvo tiempo de recuperarse del sobresalto que le ocasionó este espectáculo cuando tuvo lugar otro.

A eso de la medianoche otro hombre, a quien nadie conocía, se acercó a la mesa e interrumpió el juego refiriendo un suceso que, según él, acababa de ocurrir. Cierto hombre, dijo, había hecho un pacto con otra persona a quien llaman el Maligno (¿cómo le llamaríais vos?), y mediante ese pacto había conseguido una racha ininterrumpida de buena suerte en el juego.

—Bien, señor —prosiguió—, aunque no os lo creáis, el otro empezó a arrepentirse de ese pacto; el caballero quería desertar, señor. Lo primero de todo, decidió reunir en secreto una cierta cantidad de dinero. ¡Ah, pobre idiota!, poco sabía con quién estaba tratando. El Maligno, como prefieren llamarle, no es de los que se dejan engañar de esa manera. No, no, mi buen amigo. Comprendí a tiempo —quiero decir que el Maligno comprendió— lo que estaba ocurriendo; y puso a buen recaudo al estafador cuando imaginó que estaba a punto de embolsarse los últimos pagos atrasados de la suma debida.

Ante lo que consideraban una graciosa ficción, el grupo comenzó a reírse tan estrepitosamente que atrajo la atención de madame Von Schrollshausen en la habitación contigua. Le repitieron la historia y quedó encantada con ella, pues reconoció en el relator al alegre caballero que había conocido en la posada. Todos volvieron a reírse, a excepción de dos personas: Stutz y Schroll. El primero había perdido de nuevo todo el dinero que llevaba en la bolsa; y el segundo estaba tan desconcertado por la historia que no pudo evitar el mirar fijamente al forastero, que estaba pendiente de él. Su consternación aumentó cuando se dio cuenta de que el semblante del forastero parecía alterarse a cada momento, y que nada permanecía inmutable en él a excepción de la fría expresión de insensible desdén con la que perseverantemente le miraba.

Finalmente, no pudo soportarlo más y, cuando Stutz volvió a perder una apuesta, advirtió que era demasiado tarde; que el señor Stutz tenía una racha demasiado larga de mala suerte; y que por ese motivo debía aplazar el seguir jugando para otro día. E inmediatamente después se metió los dados en el bolsillo.

—¡Alto! —dijo el desconocido caballero. Y Schroll enmudeció de terror, pues sabía demasiado bien a quién pertenecían aquellos ojos inflamados y aquel espantoso tono de voz.

—¡Alto! Ya me parecía a mí —dijo el desconocido— qué los dados estaban cargados.

Y diciendo esto pidió un martillo y partió uno de ellos.

—¡Veamos! —le dijo a Stutz, ofreciéndole el dado partido, que en verdad parecía cargado con plomo.

—¡Alto, vil impostor! —exclamó el joven, mientras Schroll, presa de la mayor confusión, se disponía a abandonar la habitación; y le arrojó los dados, alcanzándole con uno de ellos en el ojo derecho.

El tumulto aumentó. Llegó la policía y prendió a Stutz, mientras la herida de Schroll tomaba un aspecto peligroso.

Al día siguiente Schroll tenía una fiebre muy alta. Preguntaba reiteradamente por Stutz. Pero éste había sido encerrado en una prisión cercana, al descubrirse que viajaba con falsas credenciales. Inmediatamente confesó ser uno de los hijos del rebelde Weber; que su madre enferma había muerto poco después de la ejecución de su padre, y que tanto él como su hermano, privados de tutores y de cualquier tipo de ayuda, habían tomado un camino equivocado.

Al oír esa declaración, Schroll empeoró rápidamente y reveló a un joven sacerdote su desgraciada historia. A eso de la medianoche mandó llamar otra vez al sacerdote a toda prisa. Al verle, Schroll extendió los brazos horrorizado, rechazando su presencia. Mas antes de que fueran cumplidas sus peticiones, el desdichado expiró en medio de grandes convulsiones.

Por el horror manifestado por Schroll al ver al joven sacerdote, y por el asombro de éste al llegar y comprobar que ya había estado en el cuarto del enfermo, se dedujo que había tomado esa forma con intenciones diabólicas. Los dados y el desconocido caballero desaparecieron al mismo tiempo que su desdichada víctima. Y nunca más fueron vistos.


[1] Puede que sea necesario informar a aquellos lectores que nunca han vivido lo bastante hacia el sur para haber visto personalmente a los ruiseñores, que estos pájaros cantan tanto de día como de noche. (N. del A.)

© Thomas de Quincey: The dice (Los dados). Publicado en London Magazine, 1823. Traducción de J. A. Molina Foix.