Carmen Martín Gaite: La cosecha de la lectura

Para crear una relación personal y profunda entre el lector y el libro, se requiere una actitud de concentración y sosiego que el mundo actual no solamente no favorece sino que intenta desprestigiar como poco rentable. La adición apasionada a la lectura va cayendo cada día más en desuso y relegando al núcleo de sus fieles a la condición de náufragos amenazados por una amalgama de corrientes mucho más rápidas, llamativas y estruendosas, que a duras penas dejan ya respiro para sacar la cabeza y resistir al embate de sus oleadas.

Se lee más que nunca de milagro, porque milagro es que puedan producirse aún situaciones en que una persona se abrace gustosamente a su soledad, de espaldas a cualquier interferencia. Entre las directrices que presidieron mi educación y las que presiden los usos y aficiones de la juventud actual, se ha instalado el terror al aburrimiento y la necesidad de conjurarlo como sea desde la primera edad, de no dejar ningún espacio sin imágenes ni ruidos por donde pueda colarse el enfrentamiento del hombre consigo mismo. La cultura audiovisual, de acuerdo con estas exigencias, ha venido a sustituir a la lectura, hurtándole al adolescente su capacidad de participar, de dialogar.

La lectura fructífera no es nunca pasiva ni puede limitarse el lector a esperar el santo advenimiento de unos efectos espectaculares, sin poner algo de su cosecha. Para cogerle gusto a la lectura desde la primera edad, hay que haberse aburrido algo primero, y es entonces cuando el encuentro con el libro colma esa carencia, provoca la imaginación y la espolea. Es como el encuentro con un amigo. Y la conquista de la intimidad con ese amigo no es fulminante e inmediata, sino lenta. Pone a prueba nuestra capacidad de entender y descifrar lo que brinda, nos va revelando nuestra intimidad en contraste con la suya.

A un niño o a un adolescente de nuestros días les basta con dar a un botón de casete o televisión para que la ilusión de que se ha quebrado su soledad se produzca como un efecto automático, aunque en realidad no se trate de compañía sino de un suplantamiento de personalidad. Produce una euforia momentánea que, a la larga, fortifica la inercia y da lugar a un aburrimiento irreversible y crónico.

Hay dos formas de ponerse a leer, como de ponerse a hacer cualquier otra cosa, una serena y otra impaciente. Cuando nuestros humores se mantienen en un equilibrio más o menos estable, no forzamos al libro a que entre en nosotros y acierte con el resquicio exacto por donde podría inyectarnos consuelo. Simplemente lo escuchamos, cosa que cada día estamos menos dispuestos a hacer ni con un libro ni con un amigo, precisamente en nombre de esa alteración a que la vida actual nos somete. En cambio, partiendo de un estado de ánimo predispuesto a la serenidad, la cosecha de la lectura no se verá malograda por granizadas intempestivas. Es la postura correcta frente a un libro: la de no acudir a él con exigencias preconcebidas, sino aguzar la atención y abandonarse a lo que tenga a bien regalarnos.

Pero no siempre, por desventura, es esta la actitud que preside el encuentro, porque tampoco somos capaces de mantener las riendas de nuestros humores, que con tanta frecuencia se destemplan. Y en esos casos de destemplanza acudimos al libro con desorden y alboroto, reclamándole airadamente redentores efectos inmediatos, que justamente entonces se niega a depararnos. Los libros no se pliegan a caprichos tiránicos ni pueden hacerse nuestros de la noche a la mañana. Su esencia reside precisamente en que van a decirnos cosas demoradas, reñidas con la prisa, en que nos van a ayudar a poner la realidad un poco más distante para que no nos ahogue y la entendamos mejor. Y un libro comprado bajo el espejismo de que va a funcionar por sí solo, sin el requerimiento de nuestra participación, como cualquier electrodoméstico, será puro ornamento en nuestros estantes. Nos dará prestigio, citaremos a su autor, pero este autor —vivo o muerto— se reirá por lo bajo desde dondequiera que esté, y susurrará entre dientes, como aquel marinero del romance del conde Arnaldos: «Yo no digo mi canción sino a quien conmigo va».

Ficha bibliográfica

Autor: Carmen Martín Gaite
Título: La cosecha de la lectura
Publicado en: Cauce 2000, enero-febrero de 1987

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Carmen Martín Gaite

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