«¡Qué lío, qué lío! Tengo que poner orden en mi cabeza. Desde que me han cortado la lengua, no sé, otra lengua se mueve sin cesar por mi cráneo, hay algo que habla, o alguien, y a veces calla repentinamente, y después todo vuelve a empezar, oh, hay demasiadas cosas que oigo y que sin embargo no digo, qué lío, y si abro la boca se oye como un ruido de guijarros agitados. Orden, orden, dice la lengua, y al mismo tiempo habla de otra cosa, sí, yo siempre he deseado el orden. Al menos algo hay seguro, estoy esperando al misionero que tiene que venir a sustituirme. Estoy al borde de la pista, a una hora de Taghasa, oculto detrás de un desprendimiento de rocas, sentado sobre el viejo fusil. El día se levanta sobre el desierto, todavía hace mucho frío y dentro de un rato hará demasiado calor, esta tierra vuelve loco y yo, desde hace tantos años que ya he perdido la cuenta… ¡No! ¡Un esfuerzo más! El misionero debe llegar esta mañana, o esta tarde. He oído decir que vendría con un guía y es posible que sólo tengan un camello para los dos. Esperaré, espero, el frío y sólo el frío es lo que me hace temblar. No te impacientes, sucio esclavo.

»¡Hace tanto tiempo que estoy armado de paciencia! Cuando estaba en mí país, en aquella meseta del Macizo Central, mi padre grosero, mi madre una bestia, el vino, la sopa de tocino todos los días, sobre todo el vino, agrio y frío, y el invierno interminable, la nieve, los ventisqueros, los helechos repugnantes, ¡oh! quería marcharme, dejarlos a todos de golpe y empezar al fin a vivir, al sol, con agua clara. Me creía lo que decía el cura, me hablaba del seminario, todos los días se ocupaba de mí, le sobraba tiempo en aquella comarca protestante en la que tenía que pasar desapercibido, pegado a las paredes, cuando cruzaba por el pueblo. Me hablaba del porvenir y del sol, el catolicismo es el sol, decía, y me hacía leer, y consiguió que entrara el latín en mi dura mollera: “Este muchacho es inteligente pero es una muía”, y tan duro es mi cráneo que a pesar de todas las caídas no he sangrado de la cabeza en toda mi vida. “Cabeza de buey”, decía mi padre, aquel puerco. En el seminario se sentían orgullosos de mí, un recluta en un país protestante era toda una victoria, y me vieron llegar como el sol de Austerlitz. Sol paliducho, bien es cierto, por culpa del alcohol, bebieron vino agrio y sus hijos tienen los dientes cariados, ra, ra, matar al padre, eso es lo que habría que hacer, pero de hecho no hay peligro de que vaya a las misiones, porque el padre murió hace tiempo, el vino ácido acabó por perforarle el estómago, y ahora sólo me queda matar al misionero.

»Tengo que ajustar cuentas con él, y con sus maestros, y con mis maestros, que me han engañado, y con la cochina Europa, todo el mundo me ha engañado. La misión, ésa era la única palabra que tenían en los labios, ir a los salvajes y decirles: “¡Este es mi Señor, miradle, nunca golpea, ni mata, sino que ordena con dulce voz, presenta la otra mejilla, es el más encumbrado de los señores, escogedle, ved cómo a mí me ha vuelto mejor, ofendedme y os daré la prueba!” Sí, yo me lo creía, ra, ra, y me sentía mejor, engordé y casi llegué a ser guapo, y buscaba humillaciones. Cuando nos paseábamos en filas negras y apretadas bajo el sol de Grenoble y nos cruzábamos con muchachas de faldas ligeras yo no apartaba la mirada, no, las despreciaba y esperaba que me ofendieran y ellas a veces se reían. Entonces yo pensaba: “Que me golpeen y me escupan en la cara”, pero lo cierto es que su risa era algo parecido, erizada de dientes puntiagudos que me desgarraban, ¡cuán dulces eran las ofensas y el sufrimiento! Cuando yo me denigraba mi director no lo comprendía: “No, algo bueno hay en ti”. ¡Algo bueno! Vino agrio, había en mí, y nada más, y tanto mejor, pues cómo volverse bueno si antes no se es malvado, bien lo había comprendido en todo lo que me enseñaban. Es lo único que había comprendido, una idea fija, una mula inteligente y hasta el final con ello, iba al encuentro de las penitencias, me escatimaba la ración ordinaria, en fin, quería servir de ejemplo, yo también, para que se me viese, y que al verme se rindiera homenaje a quien me había hecho mejor, ¡saludad en mí al Señor!

»¡Astro salvaje! Se levanta, el desierto cambia, ya no tiene ese color de ciclamen de las montañas, ¡oh, montaña mía!, y la nieve, tierna y suave nieve, no, es un amarillo algo gris, hora ingrata antes del gran resplandor. Nada, nada aún ante mí, hasta el horizonte, allá donde la llanura desaparece en un círculo de colores todavía pálidos. Detrás de mí la pista sube hasta la duna detrás de la cual se oculta Taghasa, cuyo nombre de hierro resuena en mi cabeza desde hace tantos años. El primero que me habló de ello fue el viejo cura medio ciego que hacía sus ejercicios espirituales en el seminario, pero por qué el primero, fue el único, y a mí lo que me asombró de su relato no fue la ciudad de sal, los muros blancos bajo el sol tórrido, no, fue la crueldad de sus habitantes salvajes, la ciudad cerrada a los extranjeros, y sólo uno de cuantos habían intentado penetrar en ella, uno sólo que él supiera, había podido contar lo que había visto. Le habían azotado y arrojado al desierto después de haberle puesto sal en las heridas y en la boca, y había encontrado unos nómadas, por una vez hospitalarios, tuvo suerte, y yo a partir de entonces soñé con ese relato, con la quemadura de la sal y del cielo, con la mansión del fetiche y con sus esclavos, qué podía encontrar que fuera más excitante, más bárbaro, sí, aquélla era mi misión, allí debía dirigirme para predicar al Señor.

»En el seminario me echaron sermones para disuadirme y decirme que era conveniente esperar, aquél no era un país de misión, yo no estaba aún maduro, debía prepararme especialmente, saber quién era, y también probarme a mí mismo, y después ya se vería. ¡Ah, siempre esperar! No, sí, bien por la preparación especial y por las pruebas, puesto que tenían lugar en Argel y que aquello me acercaba a mi objetivo, pero por lo demás, yo sacudía mi dura mollera y repetía la misma cosa, irme con los más bárbaros y vivir su vida, enseñar entre ellos y predicar con el ejemplo, incluso en la mansión del fetiche, que la verdad de mi Señor era más fuerte. Me someterían a vejaciones, por supuesto, pero no me daban miedo sus ofensas, eran necesarias para mi demostración, y aquellos salvajes quedarían subyugados por el modo como yo las soportaría, como un sol poderoso. Poderoso, sí, ésa era la palabra que sin cesar me venía a la lengua, soñaba con el poder absoluto, el que obliga a arrodillarse, el que fuerza la capitulación del enemigo y al fin lo convierte, y cuanto más ciego, cruel y seguro de sí es el adversario, sepultado en su convicción, tanto más proclama su confesión la majestad de quien es causa de su derrota. El miserable ideal de nuestros curas era convertir a la gente sencilla que se había apartado algo del buen camino, y yo los despreciaba por tener tanto poder y atreverse a tan poco, no tenían la fe que tenía yo, yo quería que los propios verdugos me reconocieran, que cayeran de hinojos y exclamaran: “Señor, he aquí tu victoria”, en fin, reinar sólo con la palabra sobre un ejército de malvados. ¡Ah! Qué seguro estaba de lo acertado de mi razonamiento, y por otra parte, nunca lo suficientemente seguro de mí mismo, pero cuando tengo una idea, no la suelto, ésa es mi fuerza, sí, mi fuerza personal, por la que todos sentían compasión.

»El sol ha subido algo más y la frente empieza a arderme. A mi alrededor las piedras lanzan crujidos sordos, lo único fresco es el cañón del fusil, fresco como los prados, como en otros tiempos la lluvia del atardecer, cuando la sopa hervía suavemente, mi padre y mi madre me esperaban, a veces me sonreían, quizá les amaba. Pero se acabó, sobre la pista comienza a alzarse un velo de calor, ven, misionero, te estoy esperando, ahora sé lo que hay que responder al mensaje, he aprendido la lección de mis nuevos amos, y sé que tienen razón, hay que ajustarle las cuentas al amor. Cuando me escapé del seminario, en Argel, me imaginaba a estos bárbaros de otro modo, y lo único cierto de mis ensoñaciones es que son malvados. Robé la caja del economato, colgué la sotana, crucé el Atlas, los páramos altos y el desierto, el chófer de la Compañía Transahariana se burlaba de mí: “No vayas allí”, no sé qué les pasaba a todos, las olas de arena se sucedían durante centenares de kilómetros, desflecadas, avanzando para después retroceder con el viento, y de nuevo la montaña, toda ella de picos negros, aristas cortantes, como de hierro, y más allá necesité un guía para ir por el mar interminable de guijarros ocres que aúlla de calor, ardiendo en mil espejos erizados de luz, para llegar a este lugar, en la frontera del país de los negros y de la tierra de los blancos. Y el guía me robó el dinero, ingenuo de mí, ingenuo siempre, yo se lo había enseñado, pero me dejó en la pista, precisamente cerca de aquí, después de golpearme: “Ésta es la ruta, perro, soy hombre de honor, vete, vete, ellos te enseñarán”. Y bien que me enseñaron, sí, son como el sol que nunca cesa de golpear, salvo en la noche, con brillo y orgullo, y que en este mismo instante golpea duramente, con demasiada dureza, oh, con ardientes golpes de lanza súbitamente surgida del suelo, al abrigo, sí, al abrigo de la gran roca, antes de que todo sea confusión.

»Aquí la sombra es buena. ¿Cómo es posible vivir en la ciudad de sal, en el fondo de ese cuenco lleno de calor blanco? Sobre cada uno de sus muros rectos, labrados a golpe de pico, toscamente pulidos, las melladuras que ha dejado el pico se erizan de escamas deslumbrantes, algo amarillentas por la arena dorada que las salpica, salvo cuando el viento limpia los muros rectos y las terrazas y entonces todo resplandece de blancura fulgurante bajo el cielo, limpio también hasta su corteza azul. Me volvía ciego durante aquellos días en los que el incendio inmóvil crepitaba durante horas en las terrazas blancas, que parecían unirse todas como si, antaño, ellos hubieran atacado todos juntos una montaña de sal, la hubieran allanado primero, y después, hubieran cavado las calles en la propia masa, y el interior de las casas, y las ventanas, o mejor, como si hubieran recortado su infierno blanco y ardiente con un soplete de agua hirviendo, sólo para demostrar que serían capaces de vivir donde nadie sería jamás capaz de hacerlo, a treinta días de distancia de cualquier tipo de vida, en ese agujero en medio del desierto, donde el calor de mediodía impide cualquier contacto entre las personas y levanta entre ellos un enrejado de llamas invisibles y de cristales hirvientes, donde el frío de la noche les congela sin transición, uno a uno, en sus conchas de sal gema, nocturnos habitantes de un témpano seco, esquimales negros tiritando de repente en sus iglús cúbicos. Negros, sí, porque visten largas telas negras, y la sal, que invade hasta las uñas, que uno mastica amargamente en el sueño polar de las noches, la sal que uno bebe en el agua que surge del único manantial, en la concavidad de una entalladura brillante, deja a veces en sus vestimentas sombrías unas huellas parecidas al rastro de los caracoles después de la lluvia.

»La lluvia, ¡oh Señor! una sola lluvia verdadera, larga, dura, la lluvia de tus cielos. Al fin entonces la espantosa ciudad, roída poco a poco, se derrumbaría lentamente, irresistiblemente, y se fundiría entera en un torrente viscoso, arrastrando hacia los arenales a sus feroces habitantes. ¡Una sola lluvia, Señor! ¡Pero qué Señor, ellos son los señores! Ellos reinan sobre sus mansiones estériles, sobre sus esclavos negros que envían a morir a las minas, y en los países del sur cada losa de sal cortada vale un hombre, pasan silenciosos, cubiertos con sus velos de luto en la blancura mineral de las calles, y cuando cae la noche, cuando toda la ciudad parece un fantasma lechoso, entran encorvándose en la sombra de sus casas donde las paredes de sal brillan débilmente. Duermen con un sueño sin peso, y desde el mismo sueño ordenan, golpean, proclaman que son un solo pueblo, que su dios es el único verdadero y que hay que obedecer. Ésos son mis señores, ignoran la compasión, y como señores que son, quieren estar solos, avanzar solos, reinar solos, porque solos tuvieron la audacia de levantar una fría ciudad tórrida en la sal y en la arena. Y yo…

»Cuando el calor aumenta, vaya lío, yo sudo, ellos nunca sudan, ahora también la sombra se calienta, siento el sol sobre la roca, encima de mí, golpea como un martillo sobre cada una de las piedras y ésa es la música, la vasta música de mediodía, vibración del aire y de las piedras en centenares de kilómetros, ra, como antaño, oigo el silencio. Sí, era el mismo silencio, hace muchos años que me recibió cuando los guardianes me condujeron ante ellos, bajo el sol, en el centro de la plaza donde las terrazas concéntricas se iban elevando poco a poco hasta la tapadera del cielo azul duro que se apoyaba en el reborde de la hondonada. Allí estaba yo, arrojado de rodillas en el cuenco de aquel escudo blanco, con los ojos escocidos por las espadas de sal y de fuego que surgían de todos los muros, pálido de fatiga, sangrando por el oído del golpe que me había asestado el guía, y ellos, grandes y negros, me contemplaban sin decir palabra. La jornada había llegado al mediodía. El cielo resonaba largamente bajo los golpes del sol de hierro, como una plancha de metal calentada al vivo, era el mismo silencio, y ellos me miraban, pasaba el tiempo, no acababan de mirarme, y yo no podía sostener sus miradas, jadeaba cada vez más fuerte, al fin lloré, y de repente me volvieron las espaldas en silencio y se alejaron todos juntos en la misma dirección. De rodillas, únicamente pude ver sus sandalias rojas y negras con la punta un poco levantada, sus pies brillantes de sal alzando la larga vestimenta sombría, golpeando el suelo levemente con el talón, y cuando la plaza se quedó vacía me arrastraron a la mansión del fetiche.

»Como hoy mismo al abrigo de la roca, con el fuego perforando el espesor de la piedra por encima de mi cabeza, así permanecí varios días acuclillado a la sombra, en la mansión del fetiche, algo más elevada que las demás, rodeada de una fortificación de sal, pero sin ventanas, llena de una noche refulgente. Varios días, y me dieron una escudilla de agua salobre y arrojaron grano delante de mí como a las gallinas, y yo lo recogía. La puerta permanecía cerrada durante el día y sin embargo la sombra se hacía más tenue, como si el irresistible sol llegara a filtrarse a través de las masas de sal. No había lámparas, pero moviéndome a tientas a lo largo de las paredes palpé las guirnaldas de palmas secas que las decoraban, y una portezuela, al fondo, toscamente labrada, cuyo picaporte reconocí con la yema de los dedos. Varios días, mucho tiempo después, no podía contar ni las jornadas ni las horas pero me habían arrojado mi puñado de grano una decena de veces y había excavado un agujero para enterrar mi basura en vano, porque el olor a cubil seguía flotando, mucho tiempo después, sí, se abrieron los dos batientes de la puerta y entraron.

»Uno de ellos se acercó hasta mí, encogido en un rincón. Sentía contra mi mejilla la quemadura de la sal, respiraba el olor polvoriento de las palmas y le veía venir. Se detuvo a un metro de mí, me contempló fijamente en silencio, hizo un signo y me levanté, me contemplaba con sus brillantes ojos de metal, inexpresivos, en su pardo rostro de caballo, y después levantó la mano. Impasible, me agarró el labio inferior y empezó a retorcerlo lentamente, hasta arrancarme la carne, y sin soltar los dedos me hizo girar sobre mí mismo y retroceder hasta el centro de aquel ámbito, tirando de mi labio para que yo cayera allí de rodillas, desconsolado, sangrando por la boca, y después dio la vuelta para reunirse con los otros, alineados a lo largo de las paredes. Me veían gemir en el intolerable ardor de la claridad sin sombra que entraba por la puerta abierta de par en par, y de aquella luz surgió el brujo con su cabellera de rafia, y el torso cubierto con una coraza de perlas, con las piernas desnudas bajo un faldellín de paja, con su máscara de cañas y alambre donde se habían perforado dos agujeros cuadrados para los ojos. Le seguían músicos y mujeres con pesadas faldas multicolores que nada dejaban adivinar de sus cuerpos. Bailaron delante de la puerta del fondo, una danza grosera, sin apenas ritmo, moviéndose sin más, y finalmente el brujo abrió la puertecilla detrás de mí, los señores no se movían, me miraban, y yo me di la vuelta y vi el fetiche, su doble cabeza de hacha, su nariz de alambre retorcido como una serpiente.

»Me llevaron ante él, al pie del zócalo, me dieron de beber un agua negra, amarga, y al instante la cabeza me empezó a arder, yo reía, aquélla era la ofensa, yo era el ofendido. Me desnudaron, me rasuraron la cabeza y el cuerpo, me lavaron con aceite, me azotaron la cara con cuerdas empapadas de agua y sal, y yo reía y volvía la cabeza, pero cada vez que lo hacía dos mujeres me agarraban por las orejas y presentaban mi rostro a los golpes del brujo del que nada veía salvo los ojos cuadrados, y seguía riendo, cubierto de sangre. Se detuvieron, nadie hablaba, sólo yo, con el lío que ya empezaba a formarse en mi cabeza, y después me levantaron y me obligaron a alzar los ojos al fetiche, y dejé de reír. Sabía que en adelante estaba destinado a servirle, a adorarle, no, ya no reía, el miedo y el dolor me asfixiaban. Y allí, en aquella mansión blanca, entre aquellos muros que el sol quemaba afuera con aplicación, con el rostro tenso y la memoria extenuada, intenté rezar al fetiche, sí, sólo me quedaba él, incluso su rostro horrible era menos horrible que el resto del mundo. Entonces me encadenaron por los tobillos mediante una cuerda que dejaba libre la longitud de mis pasos, volvieron a bailar, pero esta vez delante del fetiche, y uno a uno los señores fueron saliendo.

»En cuanto la puerta se cerró tras ellos, otra vez la música, y el brujo encendió un fuego de cortezas y empezó a convulsionarse alrededor, y su alta silueta se quebraba en los rincones de los muros blancos, palpitaba en las superficies planas, llenaba la habitación de sombras en danza. Trazó un rectángulo en un rincón y las mujeres me arrastraron allí, sentí sus manos secas y suaves, y colocaron a mi alcance un tazón de agua y un montoncito de grano y me señalaron el fetiche, y comprendí que tenía que mantener los ojos fijos en él. Entonces el brujo las fue llamando una a una cerca del fuego, a unas las golpeó y gimieron, y luego fueron a prosternarse delante del fetiche, Dios mío, mientras el brujo seguía bailando y haciéndolas salir a todas de la habitación hasta que sólo quedó una, muy joven, a la que todavía no había golpeado, acuclillada cerca de los músicos. La mantenía aferrada por una trenza que iba retorciendo con el puño, y ella se revolcaba, con los ojos desorbitados, hasta finalmente caer de espaldas. Al soltarla el brujo gritó, y los músicos se volvieron contra la pared, mientras detrás de la máscara de ojos cuadrados el grito iba aumentando hasta lo imposible, y la mujer se revolcaba por el suelo en una especie de crisis, y al fin, a cuatro patas, juntando los brazos para esconder la cabeza, ella gritó también, pero fue un grito sordo, y fue así como sin dejar de gritar y de contemplar al fetiche el brujo la poseyó rápidamente, con maldad, sin que se pudiera ver el rostro de la mujer, sepultado en aquel momento en los pesados pliegues de sus vestiduras. Y yo, a fuerza de soledad, perdido, quizá grité también, sí, aullé de espanto hacía el fetiche hasta que de una patada alguien me arrojó contra la pared, y mordí la sal como hoy muerdo la roca con mi boca sin lengua, esperando a aquel al que he de matar.

»El sol ha avanzado ahora un poco más allá de la mitad del cielo. Entre las hendiduras de la roca veo el agujero que ha hecho en el metal recalentado del cielo, una boca voluble como la mía, que vomita sin tregua ríos de llamas sobre el desierto sin color. En la pista, delante de mí, nada, ni una polvareda en el horizonte, detrás de mí deben estar buscándome, no, aún no, sólo al final de la tarde abrían la puerta para que yo pudiera salir un poco, después de haber limpiado durante toda la jornada la mansión del fetiche, y renovado las ofrendas, y al anochecer comenzaba la ceremonia en que a veces me golpeaban y otras veces no, pero yo seguía sirviendo al fetiche, ese fetiche cuya imagen permanece grabada al hierro en el recuerdo y ahora en la esperanza. Ningún dios me había poseído y sometido tanto, toda mi vida, días y noches estaban consagrados a él, y a él le eran debidos el dolor y la ausencia de dolor, ya que no el júbilo, incluso el deseo, sí, a fuerza de asistir casi cada noche a aquel acto impersonal y malvado que yo oía sin ver, porque entonces tenía que volverme contra la pared so pena de ser golpeado. Con el rostro pegado contra la sal, dominado por las sombras bestiales que se agitaban en la pared, escuchaba el grito prolongado, mi garganta estaba seca, pero un ardiente deseo sin sexo me oprimía las sienes y el vientre. Los días se sucedían, apenas los distinguía unos de otros, como si se fueran licuando en el calor tórrido y en la insidiosa reverberación de las paredes de sal, el tiempo no era más que un chapoteo informe que solamente rompían a intervalos regulares gritos de dolor o de posesión, un largo día sin edad sobre el que reinaba el fetiche como aquel sol feroz sobre mi casa de roca, y ahora como entonces lloro de desdicha y de deseo, una malvada esperanza me quema, quiero traicionar, relamo el cañón de mi fusil, y su interior, su ánima, sólo los fusiles tienen ánima, ¡oh, sí!, el día que me cortaron la lengua aprendí a adorar el alma inmortal del odio.

»Qué lío, qué furor, ra, ra, ebrio de calor y de cólera, prosternado, tendido sobre mi fusil. ¿Quién jadea por aquí? No puedo soportar este interminable calor, esta espera, tengo que matarle. Ni un pájaro, ni una brizna de hierba, piedra, un desierto árido, el silencio, sus gritos, esta lengua que habla en mí, y el largo sufrimiento solitario y sin sobresaltos desde que me mutilaron, privado incluso de agua por la noche, las noches en que yo soñaba, encerrado con el dios en mi cubil de sal. Sólo la noche con sus frescas estrellas y sus manantiales oscuros podía salvarme, arrancarme por fin a los dioses malvados de los hombres, pero no podía contemplarla, siempre encerrado. Si el otro todavía tarda, veré subir la noche del desierto, invadir el cielo, fría viña de oro que colgará del cénit oscuro donde podré beber a placer, humedecer este agujero negro y seco que ningún músculo de carne viva y blanda puede ya refrescar, olvidar por fin el día en que la locura me subió a la lengua.

»Calor, qué calor hacía, la sal se fundía, al menos así lo creía yo, el aire me corroía los ojos y el brujo entró sin máscara. Le seguía una nueva mujer, casi desnuda bajo un harapo grisáceo, cuyo rostro, cubierto por un tatuaje que reproducía la máscara del fetiche, sólo expresaba el nefasto estupor de un ídolo. Sólo tenía vida su cuerpo fino y plano, arrojándose a los pies del dios cuando el brujo abrió la puerta del reducto. Después salió sin mirarme, el calor aumentaba, no me alteré, el fetiche me contemplaba por encima de aquel cuerpo inmóvil cuyos músculos se agitaban suavemente y cuando me acerqué el rostro de ídolo de la mujer no cambió de expresión. Sólo sus ojos, al fijarse en mí, se hicieron más grandes, nuestros pies se tocaron, entonces el calor empezó a aullar, y el ídolo, sin decir nada, contemplándome aún con los ojos dilatados, se tendió poco a poco sobre la espalda, y recogió lentamente las piernas, y las levantó separando suavemente las rodillas. Pero un instante después, ra, el brujo me estaba observando, y entraron todos, y me arrebataron a la mujer, y me golpearon ferozmente en el lugar del pecado, ¡el pecado!, ¡qué pecado! aún me río, dónde está el pecado, dónde está la virtud, me empujaron contra una pared, una mano de acero me sujetó las mandíbulas, otra me abrió la boca y tiraron de mi lengua hasta hacerla sangrar, no sé si era yo el que aullaba con aquel grito bestial, y una caricia cortante y fresca, sí, al fin fresca, pasó sobre mi lengua. Cuando recobré el conocimiento me encontré a solas en la noche, pegado a la pared, cubierto de sangre endurecida, una mordaza de hierbas secas de olor extraño me llenaba la boca, ya no sangraba, pero estaba deshabitada y en aquella ausencia sólo latía un suplicio doloroso. Quise levantarme, volví a caer, feliz, desesperadamente feliz de morir al fin, también la muerte es fresca y su sombra no está habitada por ningún dios.

»No morí, un odio joven se alzó un día al mismo tiempo que yo, caminó hacia la puerta del fondo, la abrió, la cerró detrás, odiaba a los míos, allí estaba el fetiche y desde lo más hondo del agujero en el que yo estaba hice algo más que rezar, creí en él y renegué de todo en lo que había creído hasta entonces. Salud, él era la fuerza y el poder, podía ser destruido pero no se le podía convertir, miraba por encima de mi cabeza con sus ojos vacíos y herrumbrosos. Salud, él era el amo, el único señor, cuyo atributo indiscutible era la maldad, porque no hay señores buenos. Por primera vez, a fuerza de injurias, con todo el cuerpo gritando con un dolor único, me abandoné a él y aprobé su orden maligno, adoré en él el principio malvado del mundo. Prisionero en su reino, aquella ciudad estéril esculpida en una montaña de sal, separada de la naturaleza, privada de las floraciones fugitivas y raras del desierto, sustraída a sus azares y a sus ternuras, una nube insólita, una lluvia rabiosa y breve que incluso el sol o las arenas conocen, la ciudad del orden, en fin, de ángulos rectos, habitaciones cuadradas, hombres envarados, al fin me convertí en uno de sus ciudadanos, rencoroso y torturado, y renegué de la larga historia que me habían enseñado. Me habían engañado, el único reinado sin fisuras es el de la maldad, me habían engañado, la verdad es cuadrada, pesada, densa, no soporta los matices, el bien es una ensoñación, un proyecto aplazado y perseguido sin cesar con un esfuerzo extenuante, un límite nunca alcanzado, su reinado es imposible. Sólo el mal puede alcanzar sus confines y reinar con poder absoluto, a él hay que servir para instaurar su invisible reino, después ya veremos, qué significa después, sólo el mal está presente, abajo Europa, la razón, el honor y la cruz. Sí, tenía que convertirme a la religión de mis señores, sí, sí, yo era el esclavo, pero si yo también fuera malvado no sería el esclavo, a pesar de mis pies encadenados y de mi boca muda. ¡Oh! Este calor me vuelve loco, el desierto grita por todas partes bajo esta luz intolerable, y a él, al otro, al Señor de la dulzura, cuyo nombre basta para revolverme las tripas, yo le reniego, porque ahora le conozco. Soñaba y quería mentir, y le cortaron la lengua para que sus palabras no engañaran al mundo, le clavaron clavos hasta en la cabeza, su pobre cabeza, como ahora la mía, qué lío, qué cansado estoy, y la tierra no se estremeció, estoy seguro, porque al que mataban no era un justo, me niego a creerlo, porque no hay justos sino señores malvados que hacen reinar la implacable verdad. Sí, sólo el fetiche tiene el poder, él es el único dios de este mundo, el odio es su mandamiento, la fuente de toda vida, el agua fresca, fresca como la menta que hiela la boca y quema el estómago.

«Entonces cambié, ellos lo comprendieron, besaba sus manos cuando los encontraba, era de los suyos, les admiraba sin cansarme, tuve confianza en ellos, esperaba que mutilarían a los míos del mismo modo que me habían mutilado. Y cuando me enteré de que el misionero iba a venir supe lo que tenía que hacer. ¡Un día como los demás, la misma luz cegadora, como desde hacía tanto tiempo! Al final de la tarde se vio surgir a un vigía corriendo por la cresta de la hondonada, y algunos minutos más tarde me arrastraron hasta la casa del fetiche, a puerta cerrada. Uno de ellos me sujetó contra el suelo, en la sombra, amenazándome con su sable en forma de cruz, y el silencio duró largo tiempo, hasta que un ruido invadió la ciudad, tan apacible de ordinario, voces que tardé mucho tiempo en reconocer porque hablaban mi idioma, pero en cuanto resonaron la punta del sable se acercó a mis ojos y mi guardián me miró en silencio. Todavía oigo las dos voces que se acercaron, una preguntaba por qué aquella casa estaba custodiada, si no sería mejor derribar la puerta, mi teniente, y la otra decía: “No”, con una voz breve, añadiendo después de un rato que se había concluido un pacto para que la ciudad aceptara una guarnición de veinte hombres a condición de que acamparan fuera de las murallas y de que se respetaran las costumbres. El soldado se echó a reír, qué pamplinas, pero el oficial dudaba, en todo caso aceptaban por primera vez recibir a alguien para cuidar a los niños, y ese alguien sería el capellán, y más tarde ya se ocuparían del territorio. El otro dijo que si los soldados no estaban allí, al capellán le cortarían lo que él sabía: “¡No, hombre, no! respondió el oficial, el padre Beffort llegará antes incluso que la guarnición, estará aquí en un par de días.” Ya no pude oír nada más, inmóvil, aterrorizado bajo el sable, todo me dolía, una rueda de agujas y cuchillos giraba en mi interior. Estaban locos, estaban locos, iban a dejar que tocaran a su ciudad, a su poder invencible, al verdadero dios, y al otro, al que iba a venir, no le cortarían la lengua, le dejarían que exhibiera su insolente bondad sin pagar nada a cambio, sin sufrir ninguna injuria. El reinado del mal se alejaría, volverían las dudas, íbamos a perder de nuevo el tiempo soñando con un bien imposible, agotándonos en esfuerzos estériles en lugar de adelantar la llegada del único reino posible, y yo miraba la hoja que me amenazaba, ¡oh, poder, único rey de este mundo! Oh, poder, y la ciudad se fue vaciando poco a poco de sus gritos, la puerta se abrió al fin, me quedé solo con el fetiche, quemado, amargado, y le juré a él salvar mi nueva fe, salvar a mis verdaderos amos, a mi Dios déspota, y ser traidor, a conciencia, costara lo que costara.

»Ra, el calor disminuye un poco, ya no vibra la piedra, puedo salir de mi agujero, contemplar el desierto cubriéndose de amarillo y ocre, y después malva, uno tras otro. La noche pasada esperé a que durmieran, había atascado la cerradura de la puerta, salí con el mismo paso de siempre, medido por la longitud de la cuerda, conocía las calles, sabía dónde apropiarme del viejo fusil, sabía cuál era la salida que no estaba vigilada, y llegué aquí a la hora en que la noche empieza a perder el color en torno a un puñado de estrellas y el desierto se oscurece un poco. Y ahora me parece que hace días y días que estoy agazapado en estas rocas. ¡Pronto, pronto, que llegue pronto! Dentro de nada comenzarán a buscarme, irán volando por todas las pistas, por todas partes, no sabrán que me he fugado por ellos y para servirles mejor, mis piernas son débiles, ebrio de hambre y de odio. ¡Oh, oh! Allí, ra, ra, dos camellos van aumentando de tamaño en el confín de la pista, corriendo parejos, multiplicados por sus cortas sombras, corren con ese paso vivo y soñador que tienen siempre. ¡Por fin están aquí!

»El fusil, pronto, hay que amartillarlo, deprisa. ¡Oh fetiche, mi dios allí, que tu poder sea mantenido, que la injuria se multiplique, que reine el odio sin perdón sobre un mundo de condenados, que el malvado gobierne para siempre, que llegue por fin el reino en que negros tiranos de una única ciudad de sal y hierro dominen y posean sin piedad! Y ahora, ra, ra, fuego sin piedad, fuego sobre la impotencia y su caridad, fuego sobre todo lo que retrasa la llegada del mal, fuego dos veces, y ahí les veo que se revuelcan, caen, y los camellos huyen hacia el horizonte donde un surtidor de pájaros negros acaba de alzar el vuelo en el cielo inalterable. Me río, me río, aquél se retuerce en su detestable sotana, levanta un poco la cabeza, me ve a mí, su señor encadenado y todopoderoso, por qué me sonríe, aplasto esa sonrisa. Qué agradable es el ruido de la culata sobre el rostro de la bondad, hoy, hoy al fin todo se ha consumado, y por todo el desierto incluso a horas de distancia de aquí, los chacales olfatean la brisa ausente, y después emprenden la marcha con un pequeño trote paciente hacia el festín de carroña que les espera. ¡Victoria! Alzo los brazos al cielo y el cielo se enternece, se adivina una sombra violeta en el límite opuesto. Oh noches de Europa, patria, infancia, ¿por qué lloro en el instante del triunfo?

»Se ha movido, no, el ruido viene de otro lado, y del otro lado, allí, son ellos, ahí llegan como un vuelo de pájaros sombríos, mis amos, se precipitan sobre mí, me agarran, ¡ah, ah!, sí, golpeadme, temen por su ciudad, saqueada y gimiente, temen por la llegada de los soldados vengadores a los que yo he atraído sobre la ciudad sagrada, eso era lo que hacía falta. Defenderos ahora, golpead, golpead sobre mí primero, vosotros poseéis la verdad. ¡Oh, señores míos! Después vencerán a los soldados, vencerán al verbo y al amor, subirán por los desiertos, cruzarán los mares, cubrirán la luz de Europa con sus negros velos, golpead en el vientre, sí, golpead en los ojos, sembrarán el continente con su sal, se extinguirá toda vegetación y toda juventud, y a mi lado caminarán con los pies encadenados las muchedumbres mudas, por el desierto del mundo, bajo el sol cruel de la verdadera fe, y ya no estaré solo. ¡Ah! Cuánto dolor, cuánto daño, su furia es buena, y me río ensillado sobre esta silla de guerra en la que ahora me descuartizan, y amo el golpe que me clava, crucificado.

»¡Qué silencioso está el desierto! Ha llegado la noche y estoy solo, y tengo sed. Esperar todavía, esos ruidos a lo lejos, por donde está la ciudad, quizá hayan vencido los soldados, no, eso no debe suceder, incluso si vencen, los soldados no serán lo suficientemente malvados, no sabrán reinar, seguirán diciendo que hay que ser mejores, y otra vez millones de hombres entre el mal y el bien, desgarrados, desconcertados, oh fetiche ¿por qué me has abandonado? Todo ha concluido, tengo sed, mi cuerpo arde, la noche oscura me nubla los ojos.

»Qué sueño tan largo, me despierto, no, voy a morir, se anuncia el alba, el primer resplandor del día para los demás mortales y para mí el sol inexorable, las moscas. Quién habla, nadie, el cielo no se abre, no, no, Dios no habla en el desierto y, sin embargo, de dónde viene esta voz que dice: “Si tú consientes en morir por el poder y el odio, ¿quién nos perdonará?”. Es otra lengua dentro de mí o sigue siendo aquel que no quiere morir y que repite: “Ánimo, ánimo, ánimo”. ¡Ah! ¡Si de nuevo me hubiera equivocado! ¡Hombres antaño fraternales, único recurso, oh soledad, no me abandonéis! Aquí, aquí, quién eres tú, desgarrado, con la boca ensangrentada, eres tú, el brujo, los soldados te han vencido, arde allí la sal, eres tú, mi amado señor. Deja ese rostro de odio, sé bueno ahora, nos hemos equivocado, volveremos a empezar, reconstruiremos la ciudad de misericordia, quiero volver a casa. Sí, ayúdame, eso es, tiéndeme la mano, dámela…»

Un puñado de sal llenó la boca del esclavo charlatán.

© Albert Camus: Le Renégat (ou Un esprit confus) (El renegado o Un espíritu confuso). En L’Exil et le Royaume, 1957. Traducción de Manuel de Lope.