Y van a morirse, mudos, sin saber
nada.
RAFAEL ALBERTI

Página uno

Este cuaderno es para las cuentas, porque no tiene rayas, que tiene cuadritos, pero no voy a hacer cuentas, va a ser para apuntar la vida, contar por qué he venido aquí, con mi madre. Aquí vivía mi madre desde mucho antes que yo naciera, y yo no había visto nunca a mi madre, sólo ahora la he visto, y el primer día me pareció sucia y fea y cuando me dio un beso puse las manos duras para apartarla, entonces dijo, que mala hija, pero no lloró como hacen todas, lo decía por decir, ya sabía que ni mala hija ni nada era yo, no era nada. Desde el primer día me pusieron a vivir con ella, en su cuarto. Eso es malo, tiene un cuarto muy chico, con una ventana que da a otro cuarto con trastos y las escobas, y la bombilla está fundida y nadie la cambia, no hace falta, dice mi madre, con sólo abrir la puerta ya se ven las escobas y todas las cosas así que hay en el cuarto ese, sólo que nadie ve las arañas más que yo.

La primera noche estuve acordándome todo el tiempo de mi casa, cuando vivía con la tía Vitorina, en la Escuela, porque la tía Vitorina era la criada de la maestra Doña Eduarda, y como me acordaba, lloré con la boca contra la almohada, porque yo quería a la tía Vitorina, y ya no estaba, ni nunca estaría, y sólo ahora me he enterado que la tía Vitorina era hermana de mi madre, pero yo quería las cosas de aquel pueblo, donde la Escuela y la maestra Doña Eduarda, así que lloré, pero lo que más me acordaba, la huerta, aquel árbol que había con cerezas, luego la tía Vitorina, también, claro, aquí todo tan oscuro siempre en la cocina ésta, mi madre guisa, es una buena cocinera, pero no es igual, no se parecían la tía Vitorina y mi madre, y esta casa es muy grande pero nadie quiere que el sol estropee los muebles, los de arriba, los de los amos, no los de la cocina y la despensa y el lavadero, pero aquí no entra el sol aunque se pueda, así que para qué, qué más da que se pueda. De la casa donde vivía yo con la tía Vitorina no me traje nada, sólo la ropa. Claro que mío no tenía nada, ni de la tía Vitorina, todo era del Municipio que se lo ponía a Doña Eduarda, así que sólo me vine así, con la ropa, y el cuaderno para las cuentas que me dio la maestra Doña Eduarda, me dijo, toma, para que no se te olvide sumar, tú vete haciendo cuentas, así no se te olvidará, pero no voy a hacer cuentas, para qué sirven, para nada, mejor cuento la vida, a quién se lo voy a contar, a nadie, no se puede hablar con nadie nunca. Aquí hace siempre mucho viento, y polvo.

Estamos detrás de la Parroquia de los Santos Roque y Damián que son los patronos de aquí y están en el altar del centro, para arriba de todo, están tan altos que no se sabe lo que son si no lo dicen, hombres o mujeres, santos o santas, pero no importa, todos los santos son iguales, sirven para lo mismo todos, igual es pedirles a ellos que a otro, todos son santos, y la tía Vitorina, me acuerdo, decía la tía Vitorina, mira, mejor pedir a Dios por lo derecho, para qué andar con los santos de por medio, quien manda, manda. Y detrás está el mar, pero aún no lo he visto, me lo han dicho, dicen que queda un poco lejos, el domingo vamos a ir.

 

Página dos

Me dijo mi madre, mira, Celestina, vas a ser buena, porque si no te van a mandar al hospicio los Santos Ángeles, que es muy feo, y te quitarán de mí. Yo dije, el nombre no es feo y qué más da aquí o allí, y dijo ella, bueno, ingrata, aunque no sea feo, allí vas a estar peor que aquí, así que tú pórtate bien, ingrata, cacho ingrata, te daba así. Pero yo sé lo que es portarse bien, es portarse como quiere el que lo dice, y para unos es una cosa y para otros, otra, yo ya me acuerdo, allí con la tía Vitorina y con Doña Eduarda era igual. Le dije a mi madre entonces, pues la tía Vitorina siempre me amagaba con que si no me portaba bien, me iban a mandar aquí, a donde estoy ahora. Entonces, mi madre dijo, que Dios la tenga en gloria, a la tía Vitorina. Pues bueno, que la tenga en Gloria, pero no tiene nada que ver con lo que yo le dije.

 

Página tres

A los qué sé yo cuántos días de estar aquí en la cocina y en el cuarto, sin salir para nada más que a la misa, va y viene a la cocina Leopoldina, la señorita Leopoldina hay que decir, que es la sobrina vieja del amo, porque tiene otras sobrinas, pero a ésta, mi madre y Ernestina, la otra criada, y el Gallo, que es el cartero, le llaman la sobrina vieja: pues vino y me dijo, ponte limpia que te va a ver el amo. Entonces mi madre se puso nerviosa; dando paseítos de un lado para otro, como si tuviera mucho que hacer, y la vi que estaba colorada, pero no había encendido el fuego, no era por eso, sólo el hornillo del café, era muy temprano todavía. Entonces la señorita Leopoldina la miró muy fijo y dijo, no te pongas afanosa, no, que no va a pasar nada nuevo, es simple curiosidad. Entonces, mi madre, que suele estar mansa, echó los brazos para arriba y gritaba: ¡y qué voy a esperar si ya no espero nada de nadie! Y la señorita Leopoldina dijo, más te valiera calzarte, desastrada, porque también ella contesta sin que pegue nada. Aunque sí es verdad que a mi madre le gusta andar descalza, dice, los zapatos me dañan, y tiene la planta dura, nada se le clava ni le duele.

Entonces me dijo la señorita Leopoldina, lávate, y mi madre echó agua en el barreño grande, casi me abraso, y la señorita Leopoldina iba diciendo, ahora el cuello, ahora esto, y lo otro, como si yo fuera tonta. Luego dijo, péinala, y así que me sequé, el gato estaba mirándome fijo, seguro pensaba que por qué estaba haciendo eso, aquí nadie me lo mandaba, mi madre no es como la tía Vitorina. Entonces mi madre se puso a desenredarme, y dijo la señorita Leopoldina, que estaba allí delante como un espantajo, dijo, lo que es a ti no se parece la chica. Más vale, dijo mi madre, y la señorita Leopoldina, dijo, lástima de ser quien es, que la verdad, parece un cromo. Dicen eso del cromo para decir que soy muy guapa, también lo decía la tía Vitorina, pero los cromos qué van a ser guapos, yo los guardaba los del chocolate, había romanos, tiburones, catedrales, peces, no sé qué guapos iban a ser. Cosas que dicen ellas.

Claro que soy guapa, me miro al espejo y lo veo bien claro, porque además tengo el pelo rubio, y casi nadie tiene el pelo rubio.

 

Página cuatro

El amo, que es el amo de la casa, aunque en la casa ésta hay otros amos también, que son sus hijos, sus nueras y sus nietos, el amo más amo es él, que fue el primero, los otros vinieron luego. Mi madre me dijo que manda más que nadie, más que el alcalde, que el cura, que todo en el Ayuntamiento y que todos, casi que como los civiles, y hasta más, acaso. Pero yo aquel día no le conocía todavía al amo, ni sabía que le tenía que conocer, pensaba que nunca le vería, cuando mi madre me hablaba de él lo decía todo en voz baja, como si estuviéramos en misa, yo le dije, ¿por qué me hablas así de bajo? Y ella me tapó la boca con la mano, me hizo daño y encima no me contestó, no dijo por qué hablaba así, es que no contesta nunca, o contesta despropósitos. Así es casi todo, por aquí.

Manda tanto el amo que cuando la guerra que hubo, hace mucho tiempo, ni había yo nacido ni nada, y madre dice que ella era una chiquita, sólo se acuerda del bombardeo aquel, el amo mandaba tanto, que hizo matar a todos los que le acomodó, con sólo señalar con el bastón, decía el Gallo eso, que lo recuerda muy bien, que ya era mozo, y fue a filas, dice, que es pegar tiros al enemigo de Dios y de la Patria, aunque no mató a nadie, él dice que no cree que mató a nadie. Ya no hay guerra, pero el Gallo dijo que aunque no haya guerra, el amo sigue diciendo éste quiero, éste no quiero, como entonces, como yo con las moscas que tengo buen tino, a ésta quiero, a ésta espachurro. Y todavía ahora dice el Gallo que el amo dice, éste que se quede, éste que se vaya, éste bien, éste mal, aunque ya no los matan, ya no hay guerra. Quién pudiera ser el amo, ojalá yo pudiera decir eso, esto no quiero, esto sí, ahora mismo me marcho, no quiero vivir con éstos, me vuelvo a la Escuela, que resucite la tía Vitorina aunque me pegue, que más daba, teníamos la huerta y el árbol, para nosotras solas, aunque fuera del Municipio, y había una fuente, también, donde bebíamos. Pero ca, eso no puede ser, ni el amo podría una cosa así, el amo ni es Dios ni nada del cielo. Sólo que pienso si a lo mejor cuando crezca, a lo mejor, me hago señora, y podré hacer lo que me dé la real, pero me lo callo, porque un día que le pregunté, a mi madre, madre ¿yo voy a ser señora?, ella no dijo nada, pero el Gallo que se estaba bebiendo el vaso vino que mi madre le da cuando viene con las cartas, dijo el Gallo riéndose, sí, tú vas a ser señora de la escoba y el cazo, eso serás tú, y estaba entonces también en la cocina la otra criada, la que hace las camas y quita el polvo y otras cosas, la Ernestina que la llaman, y le dijo, mira que eres, Gallo, con esta inocente ya podías morderte la lengua.

 

Página cinco

A lo primero de todo sí que era inocente, pero para entonces, para ese día, yo ya había pegado la oreja a muchas puertas y a todo lo que decían en la cocina y en la plaza, donde me llevaba la Ernestina a comprar la verdura y la carne, y para aquel día yo ya me había enterado de que yo era la hija del amo, bueno, una de las hijas, y también que a mí no me querían ver ni en pintura las otras hijas del amo, que no eran hijas de cocinera, como yo, sino que tenían de madre a doña Asuncioncita. A doña Asuncioncita se la veía poco, pero una vez yo sí que la vi pasar, cuando iba a misa, despacito, como si se fuera a verter, y todos la miraban mucho. Antes, cuando la escuela y la tía Vitorina, yo no hubiera entendido ese lío de hijas, que como iba a ser eso si mi madre no estaba casada con el amo, que era doña Asuncioncita la que estaba casada. Pero ahora ya lo sé casi todo, las cosas de la gente y de la vida, que no es eso como antes me creía yo, porque para eso somos como las gallinas, o los gatos y perros que ni se casan ni nada, no se necesita. Esas cosas las aprendí aquí, pero aquí no hablo con nadie, a nadie le digo nada, ni a Ernestina que es la buena, la mejor, y que me tiene cariño, que se le nota, pues ni a ella le diría nada.

Por eso aquel día, ya sabía yo para que me quería el amo a mí, porque era mi padre, y yo nunca le había visto, era muy viejo, un vejestorio, decía Ernestina en la plaza cuando se creía que yo leía el Capitán Trueno y no lo leía, que miraba los santos y escuchaba, que se puede hacer a la vez, eso decía, un vejestorio así y que nos traiga a todos en danza, el tío asqueroso, no se morirá de una vez. Y por eso bajó la señorita Leopoldina, que era el ama de llaves de la casa y valía mucho, y la querían mucho doña Asuncioncita, y todas las hijas del amo, las otras, porque era agradecida, decían, y decía mi madre cuando venía Leopoldina a regañarla, que era muchas veces, y cuando le tomaba la cuenta y no salía, que también. Y cuando vino la señorita Leopoldina a por mí, a que me viera el amo, por curiosidad sólo, ya sabía yo todo eso. Y también sabía que ella era soltera, pero no igual que mi madre, sino de las de verdad, y era muy limpia y no era fea pero tenía unos pocos pelos en el bigote, y yo le notaba que me tenía rabia aunque le parecía guapa, y a lo mejor por eso. Aquel día, me cogió de la mano, yo notaba la rabia que me tenía en como me la estrujaba y me tiraba del brazo, escaleras arriba, sin resuello ni nada en los descansillos, como si yo fuera a quejarme, que más hubiera ella querido, que yo me quejara, pues no, que nunca digo nada a nadie.

 

Página seis

Entonces llamó a la puerta del amo con los martilletes de la mano y dijo cerca de la cerradura, tío, tío, le traigo a la Celestina. Luego empujó la puerta, y a lo primero no se veía, había mucho olor a botica y a cama sin ventilar, me metí las manos en los bolsillos del delantal y Leopoldina, que todo lo veía, que ya decía Ernestina, no se le escapa una a la condenada ésa, no se le escapa el vuelo de una mosca, fue y me dijo, saca las manos en seguida. Luego, ris, ras, corrió las cortinas, entró luz, abrió otra puertita y lo vi, al amo. Estaba muy viejo, llevaba una camiseta amarilla con un botón sin abrochar debajo del cuello, que tenía con muchas venas, como un árbol que yo conozco. Entonces pensé, ¿pues a quién me parezco yo? Porque éste es también un rato feo, y además con la cabeza calva, sólo unos pocos pelos por arriba de las orejas, pero muy largos, que otros días después, cuando le vi peinado, vi que eran para pasárselos por encima de la calva y tapársela un poquito. Aquel día tenía toda la cara llena de pinchos grises y no llevaba la dentadura puesta todavía, así que no me pudo parecer peor. Me dijo, aquel día, ven, mujer, ven, no tengas miedo. Pero yo no tenía miedo, lo que tenía era otra cosa, me parece que como asco, pero no del todo, del de vomitar no, de otra clase que pone peso en el estómago, y no tenía ganas de echar a correr, como casi siempre, sino que quería quedarme allí para mirarle y ver por qué, por qué tenía yo que ser hija suya y no de otro cualquiera, que le pegara más a mi madre, como el Gallo mismo, sin ir más lejos. Pero nadie entiende esas cosas, no porque yo sea todavía menor, es que nadie las entiende, ni los maestros, ni nadie. Así que fue aquella mañana cuando le conocí al amo, que era mi padre, y me estuve con él tanto rato.

 

Página siete

Porque el amo le dijo a la señorita Leopoldina que se fuera, que quería estar conmigo solo y hablarme de una cosa, y yo noté que menudo coraje le daba a la señorita Leopoldina, pero se aguantó y se fue, y no era verdad, el amo no tenía ninguna cosa que decirme, no me dijo nada, así que se fue la señorita Leopoldina se dio la vuelta en el sillón y se estuvo dormitando, aunque no del todo, porque al ratito ya se daba con el abanico, como para refrescarse un poco.

Al primer rato me aburrí, y me puse o tocar todas las medicinas que había encima de la mesa, tantos frasquitos de colores, y cajitas, y entonces él abría un poco el ojo y decía: ése, para el dolor, eso para el corazón, eso, supositorios, y de todos decía, luego, ¡puá!, ¡majaderos!, y se reía. A mí me hacía gracia y también me reí, y vi que le gustaba que me riera, me miraba por el rabillo del ojo, hasta que me pareció que se había dormido de verdad, y me fui.

 

Página ocho

La maestra doña Eduarda no era como doña Asuncioncita, a la tía Vitorina la quería mucho, y hasta a mí me quería, que me tenía gratis en la escuela. Pero claro, cuando la tía Vitorina se murió, ya no me podía tener allí, y dijo, yo no la puedo atender a esta criatura, y a la mujer que venga a servirme a mí, harto tendrá con las faenas propias de la casa, no la voy a encomendar a la cría, así que se vaya con su madre, que es con quien debe ir. No sé por qué decía todo el mundo eso, que vaya con su madre, que es con quien debe estar, porque me parece que a mi madre no le traigo más que líos y jaleos, que desde que estoy aquí en esta casa no la dejan vivir las hijas del amo, que aunque sea también mi padre, no es como si fuesen mis hermanas, es otra cosa diferente. Lo que todavía no entiendo es todo lo que le achacan a mi madre, como si tuviera muchas culpas que pagar, o como si mi madre fuera a quitarles a ellas algo, pero ¿qué es lo que les puede quitar?, si sólo hace que servirlas. En cambio la Ernestina, dice, tanto como le quitan a tu madre, ladronas, que por ellas estaría en el arroyo, si no fuera porque a pesar de todo lo malo que es, el viejo manda aquí todavía, que menudo es el tío para llevarle la contra, viejo y todo, y más podrido que está que la puñeta. Eso dice la Ernestina, es tan gracioso oírla, hay que esconderse para que no vea cómo me parto de risa.

Pero por fin fuimos el domingo al mar, y lo vi. Estaba lejos, donde dicen la playa, y había muchos bares al borde, y olía a frito, conque la Ernestina, que venía con nosotras, dijo: vamos a sentarnos aquí, a bebernos un quinto, que ya está una reventada, y nos sentamos en una mesa, y ellas se bebieron el quinto, y me pusieron a mí dos dedos en otro vaso. Andaban por allí muchos perros, y un gato lleno de unto y muy gordo, se conoce que comía mucho. Era un domingo muy distinto de cuando la tía Vitorina, porque en los domingos de la tía Vitorina íbamos al cine, donde echaban películas que ella no entendía, y me decía, cuéntamelas, cordera, cuéntamelo, que no lo alcanzo. El cine, es un poco raro, sin acabarse una cosa ponen otra encima y se pierde el hilo un poco, como cuando allí, en el pueblo, el tío Julianón quería contar algo y se ponía a mezclar todo lo que contaba y lo que pasó cuando la guerra aquélla, y todos se partían de risa, porque está medio loco, y los chicos le ponían botes, a veces, colgados de la blusa. En cambio en el cine nadie se ríe, hasta lloran y todo, pero daba lo mismo, lo que yo no entendía me lo inventaba para contárselo a la tía Vitorina, y un día nos oyó doña Eduarda, ella sí que se dio la gorda de reír, y dijo, vaya, sois tal para cual. Pero nada de aquí es como allí, sólo el mar me gustaba el domingo, sólo hacía que mirarlo y ponerme de puntillas, hasta que mi madre me dijo, estate quieta, y Ernestina dijo, es que le llama la atención la playa, anda Celestina, vente conmigo, vámonos para que la veas de cerca. Pero mi madre dijo que no, que se hacía tarde, y sacaron el dinero del bolso para pagar, y nos fuimos otra vez a casa, qué coraje me dio.

 

Página nueve

Pero ha pasado una cosa mala, fue que el amo estaba gritando allá arriba, solo, sin que le oyeran, porque había un incendio en la callé y todo el mundo corría. Entonces yo subí las escaleras, que ya sabía su habitación por aquel día, empujé la puerta y lo vi, que estaba morado de rabia de que no le contaba nadie lo del incendio. Fui yo, hice ris, ras, en las cortinas, como lo vi a la señorita Leopoldina y se lo conté todo al amo, que era mi padre, y más cosas aún, como hacía en el cine con la tía Vitorina. Al amo le gustaba mucho lo que yo le contaba, casi se olvidó, y yo también, del incendio. Le dije, luego, si quiere usted le voy a contar una película, bueno pues la cuentas un poco a ver si me gusta, dijo él, y si no, empiezas otra. Pero le gustó en seguida, y cuando terminé me dijo, ahora vete para abajo, pero vuelve alguna vez y me cuentas más, vete haciendo memoria.

Así que subí dos veces más, le gustaban más las de cinemascope, era porque a mí también me gustaban, se veía el campo entero y los caballos, todo mejor, con los colores, y con lo que ponía yo de mi parte salían bien, como no le iban a gustar, hasta a mí, me parecía que las veía. Entonces pasó que la señorita Leopoldina entró en la segunda película, y se quedó verde de rabia, que lo noté, y el amo le dijo, mira Leo, que la llama Leo, que suba ésta todas las tardes, que ésta me lo cuenta todo, no como vosotros, que me tenéis como un mueble. Así lo dijo, y la señorita Leopoldina se puso entonces muy colorada, y luego se le pasó el sofoco y dijo, bueno, tío. Entonces el amo, que nunca decía casi nada, va y dijo, sabes Leo, esta niña cómo se parece a su madre, cuando la encontré allí, en el camino, medio loca de miedo por las bombas, es igualita que ella, cuando la cogí y la subí al camión y la llevé a casa, tú no puedes acordarte, no estabas aún aquí, aún vivía tu madre, pero sí, es igual que ella, cómo se me agarró a la manga del uniforme, y yo le decía, chiquita que me vas a arrancar los galones. Luego el amo se echó a reír, y como se había puesto la dentadura parecía mejor. Leopoldina me arrancó casi el brazo escaleras abajo, y yo la veía que ni podía respirar de tanto coraje, se conoce que no quería que se dijese que mi madre fue guapa, porque estaba claro que si se me parecía, es que fue muy guapa.

Pero la cosa mala es que aquella mismita noche, dijo la Ernestina a mi madre, atiza, menuda se armó, parece que la cría ha estado con el viejo arriba, sin que nadie lo sepa. Mi madre me miró, me parece que estaba asustada, pero la Ernestina dijo, hala y que se chinchen, las tías ésas. Porque a todo el que le tiene bola, la Ernestina le llama tío, o tía. Y dijo, luego, han estado armando lío, que si sois unas lagartas tú y la cría, que si son cosas de la chochez, a saber qué saldrá, pero tú no te acalores, al tiempo se verá. Y no había pasado ni una hora aún, cuando bajó a la cocina la señorita Inmaculada; que es la más joven de las hijas del amo, y bajaba con un niño que tiene, en brazos, aunque nunca lo lleva en brazos ella, que para eso está por las tardes Isabel, una niñera que tiene quince años. Pues en cambio ahora lo traía ella, y el niño pateaba y gruñía un poco, se conoce que la extrañaba, y ella fue sin hablar a mi madre y la sacudió una torta en toda la cara. A mí se me cayó la cuchara, porque había empezado a cenar en aquel momento, me agaché a cogerla y ya no subí otra vez, me quedé allí acurrucada, pero oí que decía, a este hijo no le van a quitar lo que es suyo unas puercas como tú y tu hija, apestadas, que sois dos apestadas, que os tiene que sufrir mi pobre madre en su misma casa, la pobre mártir. Entonces me acordé de los cochinos que allá en el pueblo, donde la escuela, tuvieron la peste, y hubieron de quemarlos en la plaza, y subían las llamas y todas las calles olían a tusturrones, y pensé que a mi madre y a mí nos harían lo mismo, si pudieran, la Inmaculada y las otras, y quién sabe si doña Asuncioncita también, a pesar de que decía el Gallo que tenía sangre de horchata, y que bien le estaba lo que le estaba por sólo pensar en el dinero y en misas, que por todo pasaba con tal que se muriera el viejo, que era el amo, para heredar.

Cuando vi los pies de la señorita Inmaculada que se iban y oí que se alejaban los chillidos del niño, que también debía estar asustado, salí de debajo de la mesa y la vi, a mi madre, que se había sentado, pero no por cansada, sino como si no pudiera tenerse de pie, con el pañuelo apretado a la cara. Me acerqué despacito, ella parecía que no me veía, ni a mí, ni al gato, que la estaba haciendo runrunes en el pie, ni a nada, y pensé que mi madre tenía miedo, o pena, y la quise. Entonces ella dijo, ronca, no parecía su voz, dijo, anda, vete a la cama, y me fui.

 

Página diez

Ha pasado mucho tiempo desde que cogí el cuaderno para cuentas, luego ya no apunté la vida, no había cosas para decir, todo era igual, siempre había gritos en la cocina por algo, pero ya no me llamaban tanto la atención como a los primeros tiempos, cuando todo era nuevo. Así que pensé que para qué apuntar la vida, si no tenía interés. Ya lo sabía todo lo que tenía que saber, y ya no había ninguna noticia, todo cosa vieja y sabida, conque no lo toqué más el cuaderno. Pero hoy lo vuelvo a sacar de bajo el ladrillo del cuarto de las arañas, le he sacudido el polvo, y ahora que mi madre duerme y en la cocina sólo está el gato, a la lumbre, en la mesa me acomodo bien, y vuelvo a escribir la vida.

Todo ha sido porque el Gallo le estaba diciendo a la Ernestina una cosa, que yo la oí, porque ellos no sabían que yo estaba con el gato en el lavadero. Le dijo el Gallo a la Ernestina, que le había dicho el sacristán de la Parroquia, que le dijo que el amo quería hacer el testamento, y que todo se lo dejaría a mi madre, y la Ernestina dijo, pero quita allá, eso no puede ser, doña Asuncioncita, los hijos, todos tienen más derecho, y dijo el Gallo, sí, pero sólo lo justo, lo justo la parte gorda va a ser para ella, y dijo la Ernestina, y tú ¿cómo lo sabes?, y dijo el Gallo, que sí, que el Sacristán lo sabe, que el viejo llamó a don Leandro y al notario, y que la va a reconocer a la Celestina, y todo lo demás.

Entonces se fueron para adentro, y ya no oí más pero me quedé que parecía que ya no podría nunca respirar, me apretaba el vestido debajo de los brazos, y pensé que ya hacía tiempo que me reconocía el amo, como no iba a reconocerme que era su hija, si dice que me parecía a mi madre, cuando lo de las bombas. Así que luego sentí, una cosa por dentro, como calor muy bueno, porque yo ya la quería, a mi madre, ahora, ya la quería, y más aún la quería cuando la veía que se quedaba quieta en un rincón y pensando, con los ojos muy juntos. No sabía yo que se podía querer como yo la quería. Aunque no lo entendí del todo al Gallo, sí saqué en limpio que el dinero del amo iba a ser para mi madre, cuantito que el amo se muriera.

Fue al día siguiente cuando la niña de la señorita Aurora, que era la hija mayor del amo, vino del colegio para las vacaciones, y desde que me vio que me decía, de lejos: bruja, bastarda, bruja, bastarda, que yo no la entendía lo que era eso, pero le pregunté al Gallo, y el Gallo dijo, no hagas caso, sandeces de esa flonflona. Y por la manera que lo dijo supe que era un insulto muy grande, en seguida me di cuenta por cómo me lo dijo, y sentí dos cosas, rabia: por lo que me llamaba la hija de la señorita Aurora, y risa porque la llamaba el Gallo flonflona, que sí que lo era, una flonflona, tan gorda, tan corta y con sus muslazos. Se ponía debajo la escalera y cuanto que yo pasaba ya empezaba, pero yo como si no la oyera, que le daba más rabia. Conque a los pocos días me vio con el gato, y se acercó, y me dijo, qué bonito gato, ¿es tuyo?, sí, le dije, porque me había dicho mi madre que no era de nadie, que un día entró y ella le daba las sobras, pero que ser, lo que se dice ser, no era de nadie, así que me lo quedé. Déjamelo, dijo la flonflona, y le dije, bueno, porque no podía decir que no, y me quedó zozobra cuando la vi que se lo llevaba, y ahora he cogido el cuaderno otra vez, porque me muero por dentro, que la flonflona le ha dado una bola de carne al gato, con cristales rotos mezclados, y el gato se me ha muerto ayer, en las rodillas, retorcido y con la boca llena de espuma colorada.

 

Página once

Ya te vas a acordar de Celestina, Flonflona, ya te vas a acordar de Celestina.

 

Página doce

A lo primero estuve un día escondida, para que no me vieran la pena que tenía, pero rumiando bien, y ayer, por la tarde, pensé, sólo me queda un día, mañana se va otra vez a su Colegio así que si no es hoy, nunca, he hecho lo que ella, me he escondido debajo de la escalera, y cuando bajaba cantando, he salido y la he tirado al suelo, qué piernotas tiene, la tía, la tía, ahora sé por qué la Ernestina llama tíos a los que no quiere. Cómo me gustaba arrearle, montada encima de ella, a la flonflona, y decirle, so tía, so tía, la he dejado morada. Conque luego salí arreando, me escondí en el lavadero, allí nadie me encuentra, y oía los gritos.

Pero cuando he salido, por la noche, mi madre estaba llorando, por fin, por fin la he visto llorar, es como si reventara pus, como aquella herida que yo tenía y la apretó la tía Vitorina, y por fin dormí. Pero me ha dicho la Ernestina: ya serás desgraciada, cacho bruta, la que has armao. Es que mató a Gaturrín, le dije. Quita allá con tus gatos, dijo la Ernestina, cacho bruta, y vi que también lloraba, pero de rabia, y dijo, ya podías tener paciencia, ahora os han echao a la calle a las dos, y si tuvieras paciencia, pero no, ahora a la calle las dos, y verás lo que ese tío viejo dura aún, que éste no se muere nunca, ya lo verás.

Pero no nos han echado, y el Gallo, se ha enterado de todo esta mañana, y ha dicho, qué han de echaros, mujer, ésas no se atreven, la que armaría el viejo, ésas no se atreven.

 

Página trece

Fue ayer cuando nos acostamos y ya estaba apagada la luz, que le dije a madre, madre, dime, ¿por qué no nos vamos de aquí, si nadie nos quiere?, y ella dijo, no nos vamos, Celestina, yo ya sé lo que hago, calla y duerme. Pero como estaba a oscuras ya no me daba vergüenza, le dije, madre, lo dices porque el amo es mi padre, pero yo no le quiero, y entonces ya no oí nada más que el respirar de mi madre, que se había encogido en el borde de la cama, y alargué el brazo y le acaricié la espalda, y ella se echó a llorar bajito, lo notaba por cómo se movía, y yo sentía un odio enorme por la Flonflona en aquel momento, cómo me acordaba de la Flonflona, y dije: madre, vámonos de aquí. Entonces ella dijo: mira, calla, Celestina, hija, ten un poco paciencia, quién sabe cuando tu padre se muera, y yo dije: ¿es que vamos a ser ricas cuando se muera? Y ella dijo: calla, calla, Celestina, por Dios y por los santos, cállate y duerme, no me hables nunca más de eso.

Pero ahora lo sé, que cuando se muera, vamos a ser ricas mi madre y yo, y nos iremos de aquí, y he pensado, que nos podríamos comprar una casa, allí donde le dicen la playa, donde el mar. Y a lo mejor le decimos que se venga a vivir a la Ernestina. Y a lo mejor, al Gallo también.

Claro que todo el mundo lo dice, que ése no se muere nunca, que tiene tantas vidas como el diablo, que nos enterrará. Eso dicen, pero qué saben ellos.

 

Página catorce

Se me ha ocurrido cuando se ha roto la botella del vinagre, se ha escurrido del estante y se ha caído al suelo y se ha hecho añicos, cuánto brillan los añicos verdes, que bonitos son, parecen de sortija. Pues entonces se me ha ocurrido, y la he mirado a mi madre que estaba de espaldas y tenía yo una alegría tan grande por lo que se me ocurría que casi reventaba.

Cuando ha bajado la señorita Leopoldina a por la bandeja de la comida del amo, no se notaba nada, qué artista soy, como dijo el Gallo el día que me vio dibujar en la pared del lavadero.

 

Página quince

No sé por qué no me la dejan ver, no sé por qué nos tienen que separar, ahora él ya está muerto, si se murió casi en seguida, no sé por qué me van a llevar allá donde ella no quería que fuese, aunque tuviera el nombre bonito, ahora yo tampoco quiero ir, quiero estar con ella, cuando ella me dijo, ingrata, ingrata, ahora me duele dentro acordarme de que le dije que daba lo mismo aquí que allá, y ahora por qué no me la dejan ver, quién se la ha llevado, a dónde, qué es lo que dicen que ha hecho, por qué llora Ernestina doblando mi ropa, qué pasa, no entiendo nada, a dónde me llevan a mí, dónde estará ella, yo ya la quería, cierro este cuaderno, la vida no la puedo apuntar más. Tengo sed.

© Ana María Matute: Cuaderno para cuentas. Publicado en Algunos muchachos, 1964.