El tránsito de la Tierra

Arthur C. Clarke

Playboy, enero de 1971

Traducción: Juan Pablo Guevara para Lecturia

29 min de lectura
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Sinopsis: «El tránsito de la Tierra» (Transit of Earth) es un cuento de ciencia ficción de Arthur C. Clarke, publicado en enero de 1971 en la revista Playboy. Evans es un astronauta varado en Marte, que sabe que le quedan menos de veinticuatro horas de oxígeno. Mientras espera para registrar un fenómeno astronómico que solo ocurre cada cien años —el paso de la Tierra frente al disco del Sol visto desde Marte—, reflexiona sobre su vida, sus miedos y los recuerdos que lo persiguen. Con la serenidad de quien ya ha aceptado su destino, Evans se prepara para cumplir la misión por la que sus compañeros sacrificaron sus propias vidas.

Arthur C. Clarke - El tránsito de la Tierra

El tránsito de la Tierra

Arthur C. Clarke
(Cuento completo)

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Probando, uno, dos, tres, cuatro, cinco…

Habla Evans. Seguiré grabando mientras me sea posible. Esta es una cápsula de dos horas, pero dudo que llegue a completarla.


Esa fotografía me ha perseguido toda la vida; ahora, demasiado tarde, sé por qué. (Pero ¿habría cambiado algo si lo hubiese sabido? Es una de esas preguntas sin sentido ni respuesta a las que la mente vuelve una y otra vez, como la lengua que explora los bordes de un diente roto).

Hace años que no la veo, pero me basta cerrar los ojos para volver a un paisaje casi tan hostil —y tan hermoso— como este. A ochenta millones de kilómetros en dirección al Sol, y setenta y dos años en el pasado, cinco hombres miran a la cámara en medio de las nieves antárticas. Ni siquiera los gruesos abrigos de piel logran ocultar el agotamiento y la derrota que marcan cada línea de sus cuerpos; y en sus rostros ya se advierte el toque de la Muerte.

Eran cinco. Nosotros también éramos cinco y, por supuesto, también nos tomamos una foto de grupo. Pero todo lo demás era diferente. Sonreíamos, alegres, confiados. Y nuestra imagen apareció en todas las pantallas de la Tierra en menos de diez minutos. Pasaron meses antes de que encontraran la cámara de ellos y la trajeran de vuelta a la civilización.

Nosotros morimos con todas las comodidades, con todos los adelantos modernos, incluidos muchos que Robert Falcon Scott jamás habría podido imaginar cuando se encontraba en el Polo Sur, en 1912.


Dos horas más tarde. Empezaré a dar las horas exactas cuando sea importante.

Todos los hechos están en el registro, y a estas alturas el mundo entero los conoce. Así que supongo que hago esto, en gran medida, para serenarme… para convencerme de enfrentar lo inevitable. El problema es que no sé qué temas evitar y cuáles abordar sin rodeos. En fin, solo hay una manera de averiguarlo.

Primer punto: en veinticuatro horas, a lo sumo, se habrá acabado todo el oxígeno. Eso me deja las tres opciones clásicas. Puedo dejar que el dióxido de carbono aumente hasta quedar inconsciente. Puedo salir y abrir el traje, dejando que Marte haga el trabajo en unos dos minutos. O puedo usar una de las pastillas del botiquín.

Acumulación de CO₂. Todos dicen que es bastante fácil… como quedarse dormido. No dudo de que sea cierto; por desgracia, en mi caso está asociado con la pesadilla número uno…

Ojalá nunca me hubiera topado con ese maldito libro, Historias verdaderas de la Segunda Guerra Mundial, o como se llamara. Había un capítulo sobre un submarino alemán encontrado y rescatado después de la guerra. La tripulación seguía adentro… dos hombres por litera. Y entre cada par de esqueletos, el único equipo de respiración que habían estado compartiendo…

En fin, al menos eso no va a pasar aquí. Pero sé, con absoluta certeza, que en cuanto me cueste respirar estaré de vuelta en ese condenado submarino.

¿Y qué hay de la manera más rápida? Cuando uno queda expuesto al vacío, pierde la conciencia en diez o quince segundos, y la gente que lo ha experimentado dice que no es doloroso… solo extraño. Pero intentar respirar algo que no existe me lleva directamente a la pesadilla número dos.

Esta vez se trata de una experiencia personal. De muchacho, cuando mi familia iba de vacaciones al Caribe, solía hacer mucho buceo a pulmón. Había un viejo carguero que se había hundido veinte años antes, sobre un arrecife, con la cubierta apenas un par de metros bajo la superficie. La mayoría de las escotillas estaban abiertas, así que era fácil meterse adentro para buscar recuerdos y perseguir a los peces grandes que solían refugiarse en esos lugares.

Por supuesto, era peligroso si lo hacías sin equipo de buceo. ¿Qué chico podía resistirse a la tentación?

Mi ruta favorita consistía en zambullirme por una escotilla en la cubierta de proa, nadar unos quince metros por un pasillo apenas iluminado por ojos de buey separados entre sí por pocos metros, luego subir por un corto tramo de escalera y salir por una puerta en la maltratada superestructura. Todo el recorrido tomaba menos de un minuto: una inmersión fácil para cualquiera en buena forma. Incluso sobraba tiempo para mirar un poco alrededor o jugar con algunos peces en el camino. Y a veces, para variar, invertía la dirección: entraba por la puerta y salía por la escotilla.

Así lo hice la última vez. Llevaba una semana sin bucear —había habido una gran tormenta y el mar estaba demasiado agitado—, de modo que estaba impaciente por meterme al agua.

Respiré hondo en la superficie durante unos dos minutos, hasta que sentí el hormigueo en las yemas de los dedos que me indicaba que era hora de parar. Entonces me doblé como una navaja y me deslicé suavemente hacia abajo, hacia el rectángulo negro de la puerta abierta.

Siempre lucía ominoso y amenazante… esa era parte de la emoción. Durante los primeros metros iba casi completamente a ciegas; el contraste entre el resplandor tropical sobre el agua y la penumbra entre cubiertas era tan grande que mis ojos tardaban bastante en adaptarse. Por lo general, ya había recorrido la mitad del pasillo antes de poder ver algo con claridad. Después, la iluminación iba aumentando a medida que me acercaba a la escotilla abierta, donde un haz de sol pintaba un deslumbrante rectángulo en el piso de metal oxidado y cubierto de percebes.

Casi había llegado cuando me di cuenta de que, esta vez, la luz no mejoraba. No había ninguna columna oblicua de sol ante mí, guiándome hacia el mundo del aire y la vida.

Tuve un segundo de desconcierto total, preguntándome si habría perdido el rumbo. Luego comprendí lo que había pasado, y la confusión se convirtió en pánico puro. En algún momento durante la tormenta, la escotilla debió cerrarse de golpe. Pesaba al menos un cuarto de tonelada.

No recuerdo haber dado la vuelta; lo siguiente que recuerdo es estar nadando bastante despacio de regreso por el pasillo y diciéndome: «No te apures; el aire te durará más si te lo tomas con calma». Ahora veía muy bien, porque mis ojos habían tenido tiempo de sobra para adaptarse a la oscuridad. Había montones de detalles que nunca había notado: los peces ardilla rojos agazapados entre las sombras, las frondas verdes y las algas que crecían en los pequeños parches de luz alrededor de los ojos de buey, e incluso una bota de goma, aparentemente en excelentes condiciones, tirada donde alguien debía habérsela quitado de una patada. Y en un momento, desde un corredor lateral, vi a un mero enorme que me miraba con ojos saltones, los gruesos labios entreabiertos, como asombrado de mi intrusión.

La presión en el pecho se hacía cada vez más fuerte. Ya era imposible seguir conteniendo la respiración. Pero la escalera aún parecía estar a una distancia infinita. Dejé escapar algunas burbujas de aire por la boca. Eso mejoró las cosas por un instante, pero una vez que hube exhalado, el dolor en los pulmones se volvió aún más insoportable.

Ya no tenía sentido conservar energías aleteando con esa brazada constante y pausada. Aspiré los últimos centímetros cúbicos de aire de mi máscara —sintiéndola aplastarse contra la nariz al hacerlo— y los tragué con mis pulmones hambrientos. Al mismo tiempo, cambié de marcha y me lancé hacia adelante con hasta el último átomo de fuerza…

Y eso es todo lo que recuerdo, hasta que me encontré escupiendo agua y tosiendo a la luz del día, aferrado al muñón roto del mástil. El agua a mi alrededor estaba teñida de sangre, y me pregunté por qué. Luego, para mi gran sorpresa, noté un tajo profundo en mi pantorrilla derecha. Debí de haberme golpeado contra alguna obstrucción afilada, pero no me había dado cuenta, y aun entonces no sentía dolor.

Ese fue el fin de mi buceo a pulmón hasta que, diez años después, comencé el entrenamiento de astronauta y bajé al simulador subacuático de gravedad cero. Entonces era diferente, porque usaba equipo de buceo autónomo. Pero pasé algunos malos ratos que temí que los psicólogos notaran, y siempre me aseguraba de no acercarme siquiera a vaciar mi tanque. Habiendo estado a punto de asfixiarme una vez, no tenía intención de arriesgarme de nuevo…

Sé exactamente lo que se sentirá al aspirar el soplo helado de casi-vacío que pasa por atmósfera en Marte. No, gracias. Entonces, ¿qué tiene de malo el veneno? Nada, supongo. El que tenemos tarda solo quince segundos, según nos dijeron. Pero todos mis instintos se rebelan, aun cuando no haya otra alternativa razonable.

¿Scott llevaba veneno consigo? Lo dudo. Y si lo llevaba, estoy seguro de que nunca lo usó.

No voy a volver a escuchar esto. Espero que haya servido de algo, pero no puedo estar seguro.


La radio acaba de imprimir un mensaje de la Tierra, recordándome que el tránsito comienza en dos horas. Como si fuera a olvidarlo… cuando cuatro hombres ya han muerto para que yo pueda ser el primer ser humano en presenciarlo. Y el único, durante exactamente cien años. No es frecuente que el Sol, la Tierra y Marte se alineen así de bien; la última vez fue en 1905, cuando el pobre viejo Lowell todavía escribía sus hermosas tonterías sobre los canales y la gran civilización moribunda que los había construido. Lástima que todo fuera un delirio.

Será mejor que revise el telescopio y el equipo de medición de tiempos.


El Sol está tranquilo hoy, como debe estarlo cerca de la mitad del ciclo. Solo unas pocas manchas pequeñas y algunas zonas menores de perturbación a su alrededor. El clima solar se mantendrá calmo durante los meses venideros. Eso es algo de lo que los demás no tendrán que preocuparse en su viaje de regreso.

Creo que ese fue el peor momento: ver al Olympus despegar de Fobos y enfilarse de vuelta a la Tierra. Aunque hacía semanas que sabíamos que no se podía hacer nada, ese fue el cierre definitivo de la puerta.

Era de noche, y podíamos verlo todo a la perfección. Fobos había surgido del oeste unas horas antes, y estaba haciendo su loca carrera en sentido opuesto a través del cielo, pasando de un fino creciente a una media luna; antes de llegar al cénit desaparecería al hundirse en la sombra de Marte y quedar eclipsado.

Habíamos estado escuchando la cuenta regresiva, por supuesto, tratando de continuar con nuestro trabajo normal. No era fácil, aceptando por fin el hecho de que quince de nosotros habíamos llegado a Marte y solo diez regresarían. Incluso entonces, supongo que había millones en la Tierra que todavía no podían comprenderlo. Debió de parecerles imposible que el Olympus no pudiera descender apenas seis mil kilómetros para recogernos. La Administración Espacial había sido bombardeada con planes de rescate descabellados; Dios sabe que nosotros mismos habíamos pensado muchos. Pero cuando el permafrost bajo la Plataforma de Aterrizaje Tres finalmente cedió y el Pegasus se desplomó, se acabó todo. Todavía parece un milagro que la nave no explotara cuando el tanque de combustible se rompió…

Estoy divagando otra vez. Volvamos a Fobos y la cuenta regresiva.

En el monitor del telescopio podíamos ver con claridad la meseta agrietada donde el Olympus había descendido, después de que nos separamos y comenzamos nuestro propio descenso. Aunque nuestros amigos nunca aterrizarían en Marte, al menos tenían un pequeño mundo propio para explorar; incluso tratándose de un satélite tan pequeño como Fobos, correspondían unos setenta y ocho kilómetros cuadrados por persona. Mucho territorio donde buscar minerales extraños y escombros del espacio… o grabar tu nombre para que futuras generaciones supieran que fuiste de los primeros hombres en llegar hasta allí.

La nave se distinguía con claridad, un cilindro rechoncho y brillante recortado contra las rocas de un gris opaco; de cuando en cuando, alguna superficie plana atrapaba la luz del sol —que se desplazaba velozmente— y lanzaba un destello de espejo. Pero unos cinco minutos antes del despegue, la imagen se volvió de pronto rosada, luego carmesí… y se desvaneció por completo cuando Fobos se hundió en el eclipse.

La cuenta regresiva aún estaba en diez segundos cuando nos sobresaltó un estallido de luz. Por un momento nos preguntamos si el Olympus también habría sufrido una catástrofe. Luego nos dimos cuenta de que alguien estaba filmando el despegue y habían encendido los reflectores externos.

Durante esos últimos segundos, creo que todos olvidamos nuestra propia situación; estábamos allá arriba, a bordo del Olympus, deseando que el empuje aumentara sin problemas y sacara a la nave del diminuto campo gravitatorio de Fobos, y luego lejos de Marte, en la larga caída hacia el Sol. Oímos al comandante Richmond decir «Ignición»; hubo un breve estallido de interferencia, y la mancha de luz comenzó a moverse en el campo del telescopio.

Eso fue todo. No hubo ninguna columna de fuego, porque, por supuesto, no hay verdadera ignición cuando un cohete nuclear se enciende. «¡Se enciende!», ¡vaya expresión! Es otro resabio de la vieja tecnología química. Pero un chorro de hidrógeno caliente es completamente invisible; es una lástima que nunca volvamos a ver nada tan espectacular como el despegue de un Saturno o un Korolov.

Justo antes de que terminara la combustión, el Olympus salió de la sombra de Marte e irrumpió de nuevo en la luz del sol, reapareciendo casi al instante como una estrella brillante y veloz. El resplandor debió de sobresaltar a los de a bordo, porque oímos a alguien gritar: «¡Tapen esa ventana!». Luego, unos segundos después, Richmond anunció: «Motores apagados». Pasara lo que pasara, el Olympus se dirigía ya irrevocablemente de regreso a la Tierra.

Una voz que no reconocí —aunque debió de ser la del comandante— dijo «Adiós, Pegasus», y la transmisión de radio se cortó. Por supuesto, no tenía sentido desear «Buena suerte». Todo eso se había resuelto semanas atrás.

Acabo de escuchar lo grabado. Hablando de suerte, ha habido una compensación, aunque no para nosotros. Con una tripulación de solo diez, el Olympus ha podido deshacerse de un tercio de sus suministros prescindibles y aligerarse en varias toneladas. Así que ahora llegará a casa un mes antes de lo programado.

Muchas cosas podían haber salido mal en ese mes; puede que aún hayamos salvado la expedición. Claro, nunca lo sabremos… pero es un lindo pensamiento.


He estado escuchando mucha música, a todo volumen, ahora que no hay nadie a quien molestar. Aunque hubiera marcianos, no creo que este fantasma de atmósfera pueda llevar el sonido más allá de unos pocos metros.

Tenemos una magnífica colección, pero debo elegir con cuidado. Nada deprimente y nada que exija demasiada concentración. Y sobre todo, nada con voces humanas. De modo que me limito a los clásicos orquestales más ligeros: la Sinfonía del Nuevo Mundo y el concierto para piano de Grieg son perfectos. En este momento estoy escuchando la Rapsodia sobre un tema de Paganini de Rachmaninoff, pero ahora debo apagar y ponerme a trabajar.

Solo quedan cinco minutos. Todo el equipo está en perfectas condiciones. El telescopio sigue al Sol, la grabadora de video está lista, el cronómetro de precisión está en marcha.

Estas observaciones serán lo más exactas que pueda lograr. Se lo debo a mis camaradas perdidos, a quienes pronto me uniré. Ellos me cedieron su oxígeno para que yo pudiera seguir vivo en este momento. Espero que lo recuerden, dentro de cien o mil años, cada vez que introduzcan estas cifras en las computadoras…

Solo un minuto; al trabajo. Para que conste: año 1984; mes, mayo; día 11, llegando a las cuatro horas treinta minutos, Tiempo Efemérides… ahora.

Medio minuto para el contacto. Grabadora y cronómetro a alta velocidad. Acabo de verificar de nuevo el ángulo de posición para asegurarme de que estoy mirando al punto correcto del borde del Sol. Usando un aumento de quinientos… imagen perfectamente estable incluso a esta baja elevación.

Cuatro treinta y dos. En cualquier momento…

¡Ahí está… ahí está! ¡Casi no puedo creerlo! Una diminuta muesca negra en el borde del Sol… que crece, crece, crece…

Hola, Tierra. Mira hacia arriba, hacia mí, la estrella más brillante en tu cielo, justo encima de ti a medianoche…

Grabadora de vuelta a velocidad lenta.

Cuatro treinta y cinco. Es como si un pulgar estuviera presionando el borde del Sol, cada vez más profundo… Fascinante de observar…

Cuatro cuarenta y uno. Exactamente a la mitad. La Tierra es un perfecto semicírculo negro: un mordisco limpio arrancado al Sol. Como si alguna enfermedad lo estuviera devorando…

Cuatro cuarenta y ocho. Ingreso completado en tres cuartas partes.

Cuatro horas, cuarenta y nueve minutos, treinta segundos. Grabadora a alta velocidad de nuevo.

La línea de contacto con el borde del Sol se encoge rápidamente. Ahora es un hilo negro apenas visible. En unos segundos, toda la Tierra quedará superpuesta sobre el Sol.

Ahora puedo ver los efectos de la atmósfera. Hay un delgado halo de luz rodeando ese agujero negro en el Sol. Es extraño pensar que estoy viendo el resplandor de todos los atardeceres —y todos los amaneceres— que están ocurriendo alrededor de toda la Tierra en este preciso instante…

Ingreso completo: cuatro horas, cincuenta minutos, cinco segundos. El mundo entero se ha desplazado sobre la faz del Sol. Un disco negro perfectamente circular recortado contra ese infierno a ciento cuarenta y cinco millones de kilómetros más abajo. Se ve más grande de lo que esperaba; fácilmente podría confundirse con una mancha solar de buen tamaño.

Nada más que ver durante seis horas, hasta que aparezca la Luna, siguiendo a la Tierra a una distancia de medio ancho del Sol. Transmitiré los datos de la grabadora a Lunacom y luego trataré de dormir un poco.

Mi último sueño. Me pregunto si necesitaré pastillas. Es una lástima desperdiciar estas últimas horas, pero quiero conservar mis fuerzas… y mi oxígeno.

Creo que fue el doctor Johnson quien dijo que nada le aclara tan maravillosamente la mente a un hombre como saber que será ahorcado por la mañana. ¿Cómo diablos lo sabía?


Diez horas treinta minutos, Tiempo Efemérides. El doctor Johnson tenía razón. Tomé una sola pastilla y no recuerdo ningún sueño.

El condenado también desayunó copiosamente. Basta de eso…

De vuelta al telescopio. La Tierra ya va por la mitad del disco, pasando bien al norte del centro. En diez minutos debería ver la Luna.

Acabo de poner el telescopio a su máxima potencia: dos mil. La imagen está ligeramente borrosa, pero aún es bastante buena; el halo atmosférico es muy nítido. Tengo la esperanza de ver las ciudades en el lado oscuro de la Tierra…

Sin suerte. Probablemente demasiadas nubes. Una lástima; es teóricamente posible, pero nunca lo logramos. Ojalá… no importa.


Diez horas cuarenta minutos. Grabadora a velocidad lenta. Espero estar mirando al lugar correcto.

Faltan quince segundos. Grabadora rápida.

Diablos… me lo perdí. No importa; la grabadora habrá captado el momento exacto. Ya hay una pequeña hendidura negra en el borde del Sol. El primer contacto debió de ser alrededor de las diez horas, cuarenta y un minutos, veinte segundos TE.

Qué enorme es la distancia entre la Tierra y la Luna: hay medio ancho del Sol entre ellas. Nadie pensaría que los dos cuerpos tienen algo que ver entre sí. Te hace comprender lo grande que es realmente el Sol…

Diez horas cuarenta y cuatro minutos. La Luna está exactamente a la mitad del borde. Un mordisco semicircular muy pequeño y muy nítido en el borde del Sol.

Diez horas, cuarenta y siete minutos, cinco segundos. Contacto interno. La Luna se ha desprendido del borde, está completamente dentro del Sol. No creo que pueda ver nada en el lado nocturno, pero voy a aumentar la potencia.

Qué curioso.

Vaya, vaya. Alguien debe estar tratando de comunicarse conmigo; hay una lucecita parpadeando allá en la cara oscura de la Luna. Probablemente el láser de la Base Imbrium.

Lo siento, amigos. Ya me despedí de todos y no quiero pasar por eso otra vez. Nada puede ser importante ahora.

Y sin embargo, es casi hipnótico… ese punto de luz que titila, emergiendo de la faz misma del Sol. Difícil creer que, aun después de recorrer toda esa distancia, el rayo tenga solo ciento sesenta kilómetros de ancho. Lunacom se está tomando todo este trabajo para apuntarlo exactamente hacia mí, y supongo que debería sentirme culpable por ignorarlo. Pero no. He casi terminado mi trabajo, y las cosas de la Tierra ya no son asunto mío.

Diez horas cincuenta minutos. Grabadora apagada. Eso es todo, hasta el final del tránsito de la Tierra, dentro de dos horas.


He comido algo y estoy dando mi última mirada al paisaje desde la burbuja de observación. El Sol sigue alto, así que no hay mucho contraste, pero la luz hace resaltar todos los colores vívidamente: las incontables variedades de rojo, rosa y carmesí, tan sorprendentes contra el azul profundo del cielo. Qué diferente de la Luna… aunque también ella tiene su propia belleza.

Es extraño lo sorprendente que puede resultar lo obvio. Todos sabíamos que Marte era rojo. Pero no esperábamos realmente el rojo del óxido, el rojo de la sangre. Como el Desierto Pintado de Arizona; después de un tiempo, los ojos anhelan el verde.

Hacia el norte hay un grato cambio de color: el casquete de nieve carbónica del monte Burroughs es una deslumbrante pirámide blanca. Esa es otra sorpresa. Burroughs se eleva siete mil quinientos metros sobre el Datum Medio; cuando yo era chico, se suponía que en Marte no había montañas…

La duna de arena más cercana está a unos cuatrocientos metros, y también ella tiene parches de escarcha en su ladera sombreada. Durante la última tormenta, creímos que se había movido un par de metros, pero no pudimos estar seguros. Sin duda las dunas se mueven, como las de la Tierra. Supongo que algún día esta base quedará cubierta… solo para reaparecer mil años después. O diez mil.

Ese extraño grupo de rocas —el Elefante, el Capitolio, el Obispo— aún guarda sus secretos, y me provoca con el recuerdo de nuestra primera gran decepción. Habríamos jurado que eran sedimentarias; ¡con qué entusiasmo salimos corriendo a buscar fósiles! Aún hoy no sabemos qué formó ese afloramiento. La geología de Marte sigue siendo una masa de contradicciones y enigmas…

Hemos legado suficientes problemas al futuro, y quienes vengan después de nosotros encontrarán muchos más. Pero hay un misterio que nunca comunicamos a la Tierra, ni siquiera lo registramos en el diario de a bordo…

La primera noche después de aterrizar, nos turnamos para hacer guardia. Brennan hacía el suyo y me despertó poco después de la medianoche. Me molesté, porque era antes de la hora, y entonces me dijo que había visto una luz moviéndose alrededor de la base del Capitolio.

Observamos durante al menos una hora, hasta que me tocó relevar la guardia. Pero no vimos nada; fuera lo que fuera esa luz, nunca reapareció.

Ahora bien, Brennan era el tipo más sensato y falto de imaginación que uno pudiera encontrar; si dijo que vio una luz, entonces vio una. Quizás fue algún tipo de descarga eléctrica, o el reflejo de Fobos en una roca pulida por la arena. En todo caso, decidimos no mencionarlo a Lunacom, a menos que lo viéramos otra vez.

Desde que estoy solo, a menudo me despierto en la noche y miro hacia las rocas. Bajo la débil iluminación de Fobos y Deimos, me recuerdan la silueta de una ciudad a oscuras. Y siempre ha permanecido a oscuras. Nunca han aparecido luces para mí…


Doce horas, cuarenta y nueve minutos, Tiempo Efemérides. El último acto está por comenzar. La Tierra casi ha llegado al borde del Sol. Los dos estrechos cuernos de luz que todavía la abrazan apenas se tocan…

Grabadora rápida.

¡Contacto! Doce horas, cincuenta minutos, dieciséis segundos. Los cuernos de luz ya no se encuentran. Un diminuto punto negro ha aparecido en el borde del Sol, a medida que la Tierra comienza a cruzarlo. Se alarga, se alarga…

Grabadora lenta. Dieciocho minutos de espera antes de que la Tierra desaparezca finalmente de la faz del Sol.

A la Luna aún le falta más de la mitad del camino; todavía no ha llegado al punto medio de su tránsito. Parece una pequeña gota de tinta redonda, de apenas un cuarto del tamaño de la Tierra. Y ya no parpadea ninguna luz allí. Lunacom debió de haber desistido.

Bien, me queda apenas un cuarto de hora aquí, en mi último hogar. El tiempo parece acelerarse, como en los minutos finales antes de un despegue. No importa; tengo todo resuelto. Hasta puedo relajarme.

Ya me siento parte de la historia. Soy uno con el capitán Cook, allá en Tahití en 1769, observando el tránsito de Venus. Salvo por esa imagen de la Luna rezagada, debe de haber lucido igual que esto…

¿Qué habría pensado Cook, hace más de doscientos años, si hubiera sabido que algún día un hombre observaría la Tierra en tránsito desde otro mundo? Estoy seguro de que se habría asombrado… y luego encantado…

Pero me siento más identificado con un hombre que aún no ha nacido. Espero que oigas estas palabras, quienquiera que seas. Tal vez estarás de pie en este mismo lugar, dentro de cien años, cuando ocurra el próximo tránsito.

¡Saludos al 10 de noviembre de 2084! Les deseo mejor suerte que la nuestra. Supongo que habrán llegado aquí en un transatlántico de lujo. O tal vez hayan nacido en Marte y sean extraños en la Tierra. Sabrán cosas que no puedo imaginar. Y sin embargo, de algún modo, no los envidio. Ni siquiera cambiaría de lugar con ustedes si pudiera.

Porque recordarán mi nombre, y sabrán que fui el primero de toda la humanidad en ver un tránsito de la Tierra. Y nadie verá otro en cien años…

Doce horas, cincuenta y nueve minutos. Exactamente a la mitad del egreso. La Tierra es un semicírculo perfecto, una sombra negra en la faz del Sol. Sigo sin poder escapar de la impresión de que algo le ha dado un gran mordisco a ese disco dorado. En nueve minutos habrá desaparecido, y el Sol volverá a estar entero.

Trece horas, siete minutos. Grabadora rápida.

La Tierra casi ha desaparecido. Solo queda un leve hoyuelo negro en el borde del Sol. Fácilmente podría confundirse con una pequeña mancha pasando sobre el limbo.

Trece horas, ocho.

Adiós, hermosa Tierra.

Me voy, me voy, me voy. Adiós, adi…


Ya estoy bien otra vez. Los tiempos ya fueron transmitidos a la Tierra por el enlace. En cinco minutos se sumarán a la sabiduría acumulada de la humanidad. Y Lunacom sabrá que me mantuve en mi puesto.

Pero esto no lo voy a enviar. Lo dejaré aquí, para la próxima expedición, cuando sea que venga. Pueden pasar diez o veinte años antes de que alguien vuelva. No tiene sentido regresar a un sitio viejo cuando hay un mundo entero esperando ser explorado…

Así que esta cápsula se quedará aquí, como el diario de Scott permaneció en su tienda, hasta que los próximos visitantes la encuentren. Pero a mí no me encontrarán.

Es curioso lo difícil que resulta apartarse de Scott. Creo que fue él quien me dio la idea.

Porque su cuerpo no yacerá congelado para siempre en la Antártica, aislado del gran ciclo de la vida y la muerte. Hace mucho, esa tienda solitaria comenzó su marcha hacia el mar. En pocos años quedó sepultada por la nieve que caía y pasó a formar parte del glaciar que se arrastra eternamente desde el Polo. En unos breves siglos, el marinero habrá regresado al mar. Se fundirá una vez más con el ciclo de los seres vivos: el plancton, las focas, los pingüinos, las ballenas, toda la multitudinaria fauna del Océano Antártico.

Aquí en Marte no hay océanos, ni los ha habido en al menos cinco mil millones de años. Pero hay vida de algún tipo, allá abajo en las tierras baldías de Caos II, que nunca tuvimos tiempo de explorar.

Esas manchas en movimiento en las fotografías orbitales. La evidencia de que zonas enteras de Marte han sido barridas de cráteres, por fuerzas distintas de la erosión. Las complejas moléculas de carbono, ópticamente activas, que detectaron los muestreadores atmosféricos.

Y, por supuesto, el misterio de la Viking 6. Aún hoy, nadie ha logrado encontrarle sentido a aquellas últimas lecturas instrumentales, antes de que algo grande y pesado aplastara la sonda en las frías y calmas profundidades de la noche marciana…

¡Y que no me vengan con formas de vida primitivas en un lugar como este! Cualquier cosa que haya sobrevivido aquí será tan sofisticada que nosotros pareceríamos tan torpes como dinosaurios.

Aún queda suficiente combustible en los tanques de la nave para llevar el vehículo marciano alrededor de todo el planeta. Tengo tres horas de luz, tiempo de sobra para bajar a los valles e internarme bien adentro de Caos. Después del atardecer, todavía podré avanzar a buena velocidad con los faros encendidos. Será romántico, conducir de noche bajo las lunas de Marte…

Hay algo que debo arreglar antes de irme. No me gusta cómo ha quedado Sam tendido ahí afuera. Siempre fue tan gallardo, tan elegante. No parece justo que ahora luzca tan desgarbado. Debo hacer algo al respecto.

Me pregunto si yo habría sido capaz de cubrir noventa metros sin traje, caminando lenta y firmemente… como él lo hizo, hasta el final.

Debo tratar de no mirarle la cara.


Listo. Todo en orden y preparado para partir.

La terapia ha dado resultado. Me siento perfectamente tranquilo, incluso satisfecho, ahora que sé exactamente lo que voy a hacer. Las viejas pesadillas han perdido su poder.

Es cierto: todos morimos solos. Al final no importa estar a ochenta millones de kilómetros de casa.

Voy a disfrutar el viaje por ese hermoso paisaje pintado. Iré pensando en todos los que soñaron con Marte —Wells y Lowell y Burroughs y Weinbaum y Bradbury—. Todos se equivocaron… pero la realidad es tan extraña, tan hermosa, como ellos la imaginaron.

No sé qué me espera allá afuera, y probablemente nunca llegue a saberlo. Pero lo que sea que viva en este mundo hambriento debe de estar desesperado por carbono, fósforo, oxígeno, calcio. Puede aprovecharme a mí.

Y cuando mi alarma de oxígeno dé su último «ping», en algún lugar de esa desolación embrujada, voy a terminar con estilo. En cuanto me cueste respirar, bajaré del vehículo y echaré a andar, con un reproductor conectado al casco a todo volumen.

Por puro poder triunfante, por pura gloria, no hay nada en toda la música que se compare con la Tocata y Fuga en Re. No tendré tiempo de escucharla entera; no importa.

Johann Sebastian, allá voy.

FIN

Arthur C. Clarke - El tránsito de la Tierra
  • Autor: Arthur C. Clarke
  • Título: El tránsito de la Tierra
  • Título Original: Transit of Earth
  • Publicado en: Playboy, enero de 1971
  • Aparece en: The Wind from the Sun (1972)
  • Traducción: Juan Pablo Guevara para Lecturia

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