Sinopsis: «Luz de otros días» (Light of Other Days) es un cuento de Bob Shaw, publicado en agosto de 1966 en la revista Analog Science Fiction/Science Fact. Una pareja en crisis viaja a una zona rural de Escocia, donde se fabrican paneles de cristal lento, un peculiar material que retarda el paso de la luz y permite capturar escenas con asombrosa nitidez. En medio de un paisaje sobrecogedor y silencioso, visitan una granja remota y conocen al excéntrico fabricante, quien les ofrece un cristal de gran calidad que ha estado almacenando la luz durante diez años. Sin embargo, lo que al principio parece una simple transacción comercial deja al descubierto una historia más profunda e inquietante.

Luz de otros días
Bob Shaw
(Cuento completo)
Abandonamos el pueblo y tomamos las embriagadoras curvas de la carretera que ascendía hacia el país del cristal lento.
Nunca había visto una de aquellas granjas y, al principio, me resultaron ligeramente inquietantes, un efecto acentuado por la imaginación y las circunstancias. La turbina del coche trabajaba suave y silenciosa en el aire húmedo, y teníamos la sensación de deslizarnos por las sinuosidades de la carretera envueltos en un silencio sobrenatural. A nuestra derecha, la montaña se tamizaba hacia abajo, hacia un valle increíblemente perfecto de pinos eternos; y por todas partes se alzaban grandes bastidores de cristal lento bebiendo la luz. Algún destello ocasional del sol de la tarde, al reflejarse en los travesaños, creaba la ilusión de un movimiento, pero en realidad aquellos marcos estaban desiertos. Las hileras de ventanas llevaban años instaladas en la ladera, contemplando el valle, y los hombres solo las limpiaban en mitad de la noche, cuando la presencia humana no podía interferir en la sed del cristal.
Eran fascinantes, pero ni Selina ni yo mencionamos las ventanas. Creo que nos detestábamos tanto que los dos nos negábamos a manchar algo nuevo arrastrándolo al nudo de nuestras emociones. Había empezado a comprender que aquellas vacaciones eran, desde el principio, una idea estúpida. Pensé que lo arreglaría todo, pero, por supuesto, no impedía que Selina siguiera embarazada y, lo que era peor, no impedía que siguiera furiosa por estar embarazada.
Para racionalizar nuestra consternación, habíamos difundido las declaraciones habituales: que nos habría gustado tener hijos… pero más adelante, en su debido momento. El embarazo de Selina nos había costado su bien pagado empleo y, con él, la nueva casa que estábamos negociando y cuyo precio superaba con mucho el alcance de mis ingresos como poeta. Pero la verdadera raíz de nuestro malestar era que, de pronto, nos enfrentábamos a la revelación de que la gente que dice querer hijos más tarde, en realidad siempre quiere decir que no quiere hijos nunca. Nuestros nervios vibraban con la certeza de que nosotros, que nos habíamos creído tan especiales, habíamos caído en la misma trampa biológica que cualquier otra criatura irreflexiva y fornicadora que haya existido jamás.
La carretera bordeó las laderas meridionales del Ben Cruachan, hasta que empezamos a distinguir, a lo lejos, el Atlántico gris. Reduje la velocidad para disfrutar mejor del paisaje, cuando observé un cartel clavado en el poste de una cerca. Decía: «CRISTAL LENTO: Calidad alta, precios bajos. J. R. Hagan». Por impulso detuve el coche en la cuneta, mientras hacía una mueca al oír cómo las duras hierbas chasqueaban ruidosamente contra la carrocería.
—¿Por qué nos paramos? —preguntó Selina, girando sorprendida su cabeza, con el cabello del color del humo plateado.
—Mira ese cartel. Vamos a ver qué tienen. Quizá aquí los precios sean razonables.
La voz de Selina se agudizó con desprecio al negarse, pero yo estaba demasiado seducido por mi idea para escucharla. Tenía la convicción —ilógica, pero firme— de que hacer algo extravagante, algo loco, pondría las cosas en su sitio.
—Anda, ven —le dije—. Nos vendrá bien un poco de ejercicio. Además, llevamos demasiado tiempo en el coche.
Ella se encogió de hombros de un modo que me dolió y bajó del coche. Subimos por un sendero formado por escalones irregulares de arcilla prensada, bordeados con pequeños troncos. El sendero serpenteaba entre los árboles que cubrían la ladera y, al final, encontramos una casa baja. Más allá del pequeño edificio de piedra, altos bastidores de cristal lento miraban hacia la sobrecogedora visión del Cruachan descendiendo pesadamente hacia las aguas del Loch Linnhe. La mayoría de los cristales eran perfectamente transparentes, pero algunos eran tan oscuros como paneles de ébano pulido.
Mientras cruzábamos un patio empedrado y escrupulosamente limpio, un hombre alto, de mediana edad, vestido con un traje de lana color ceniza, se irguió del muro de mampostería que delimitaba el patio y nos hizo señas. Había estado sentado allí, fumando en pipa y mirando hacia la casa. En la ventana delantera del edificio, una joven con un vestido color mandarina sostenía a un niño pequeño en brazos, pero se volvió con indiferencia y desapareció al vernos acercar.
—¿El señor Hagan? —pregunté.
—Exactamente. Han venido a ver cristal, ¿no? Bueno, han elegido el sitio adecuado — Hagan habló con nitidez, con trazas del puro acento de las Highlands que suena tanto a irlandés para el oído no acostumbrado. Tenía uno de esos rostros tranquilos y ligeramente desconcertados que uno encuentra en los viejos obreros de carretera y en los filósofos ancianos.
—Sí —dije—. Estamos de vacaciones. Vimos su cartel.
Selina, que generalmente es muy fluida con los desconocidos, no dijo nada. Miraba hacia la ventana ahora vacía, con una expresión que me pareció ligeramente desconcertada.
—Así que vienen de Londres, ¿eh? Bueno, como les decía, han venido al lugar justo… y en el momento justo. Mi mujer y yo no vemos a mucha gente tan temprano en la temporada.
Me reí.
—¿Eso significa que podremos comprar un poco de cristal sin hipotecar nuestra casa?
—¡Ah, miren eso! —respondió Hagan, sonriendo sin poder evitarlo—. Acabo de perder cualquier ventaja que pudiera tener en la venta. Rose —mi mujer, ¿saben?— siempre dice que nunca aprenderé. Pero siéntense, hablaremos un rato —señaló el muro y luego miró con cierta duda la inmaculada falda azul de Selina—. Esperen, iré a buscar una manta —y entró cojeando rápidamente en la casa, cerrando la puerta tras de sí.
—Quizá no ha sido tan buena idea venir aquí —musité a Selina—, pero podrías al menos ser amable con él. Creo que podemos conseguir un buen trato.
—Ni lo sueñes —dijo ella con una brutalidad calculada—. Seguro que incluso tú habrás notado lo viejo que era el vestido que llevaba su mujer. Seguro que no va a regalar nada a unos desconocidos.
—¿Era su mujer?
—Por supuesto que era su mujer.
—Bueno, bueno —dije, sorprendido—. Pero intenta ser un poco agradable con él. No quiero pasar vergüenza.
Selina resopló irritada, pero esbozó una sonrisa pálida cuando Hagan regresó, y me sentí algo aliviado. Es extraño cómo un hombre puede amar a una mujer y, al mismo tiempo, desear que la arrolle un tren.
Hagan extendió una manta de cuadros sobre el muro y nos sentamos, sintiéndonos un poco cohibidos al vernos trasladados, desde nuestra vida orientada a la ciudad, a un escenario tan rural. En la distante superficie grisácea del Loch, más allá de los vigilantes marcos de cristal lento, un barco avanzaba perezosamente dejando una línea blanca hacia el sur. El aire vivaz procedente de la montaña parecía inundar nuestros pulmones con más oxígeno del que necesitábamos.
—Algunos criadores de cristal de por aquí —empezó Hagan— se dedican a ensalzar ante los visitantes, como ustedes, lo hermoso que es el otoño en esta parte de Argyll. O tal vez la primavera, o el invierno. Yo no hago eso: cualquier tonto sabe que un lugar que no se ve bien en verano nunca se ve bien. ¿Qué opinan?
Asentí complaciente.
—Solo les pido que miren hacia Mull, señor…
—Garland.
—…señor Garland. Eso es lo que compran si compran mi cristal, y nunca se ve más hermoso que ahora mismo. El cristal está perfectamente en fase, ninguno tiene menos de diez años de espesor… y una ventana de un metro veinte les costará solo doscientas libras.
—¡Doscientas! —se escandalizó Selina—. ¡Pero si es lo mismo que cobran en la tienda Scenedow, en pleno Bond Street!
Hagan sonrió pacientemente y luego me observó atentamente, como para comprobar si sabía lo suficiente sobre el cristal lento para apreciar lo que acababa de decir. Su precio era bastante más alto de lo que había imaginado, pero… ¡diez años de espesor! El cristal barato que se encuentra en tiendas como Vistaplcx y Pane-o-rama no es más que un cuarto de pulgada de vidrio normal recubierto por una capa de cristal lento de solo diez o doce meses.
—No lo entiendes, cariño —dije, ya decidido a comprar—. Este cristal durará diez años, y está en fase.
—¿Pero eso no significa simplemente que “está a tiempo”?
Hagan volvió a sonreír, comprendiendo que yo ya no importaba.
—¡Simplemente, dice! Perdone, señora Garland, pero no parece comprender el milagro —el auténtico milagro, genuino y mecánico, de precisión de ingeniería— que supone fabricar un cristal en fase. Cuando digo que tiene diez años de espesor, quiero decir que la luz tarda diez años en atravesarlo. En efecto, cada uno de esos paneles tiene diez años-luz de espesor… más del doble de la distancia a la estrella más cercana… lo que significa que una variación real de solo una millonésima de pulgada equivaldría a…
Se interrumpió un instante y miró hacia la casa. Yo aparté la vista del Loch y volví a ver a la joven en la ventana. Los ojos de Hagan estaban llenos de una especie de adoración ávida que me incomodó y que, al mismo tiempo, me convenció de que Selina se equivocaba. En mi experiencia, los maridos no miran así a sus esposas… al menos, no a las suyas.
La mujer permaneció allí unos segundos, con el vestido encendiendo la estancia, luego se apartó hacia el interior. De pronto tuve una impresión nítida, aunque inexplicable: la impresión de que era ciega. Intuí que quizá Selina y yo nos habíamos adentrado en un torbellino emocional tan violento como el nuestro.
—Les ruego que me disculpen —dijo Hagan—. Creí que Rose iba a llamarme. Veamos… ¿dónde estábamos? Ah, sí: diez años-luz comprimidos en un cuarto de pulgada significan que…
Dejé de escucharle, en parte porque ya estaba decidido y, en parte, porque había oído muchas veces la historia del cristal lento sin comprender aún sus principios. Un amigo mío, con sólida formación científica, trató en una ocasión de hacerme entender el asunto diciéndome que imaginara una lámina de cristal lento como un holograma que no necesitaba luz coherente de láser para reconstruir su información visual, y en el que cada fotón de la luz ordinaria atravesaba un túnel en espiral que discurría fuera del radio de captura de cada átomo del cristal. Aquel galimatías no solo no me aclaró nada, sino que reafirmó mi convicción de que una mente tan poco técnica como la mía debía interesarse menos por las causas que por los efectos.
A ojos del individuo medio, el efecto más importante era que la luz tardaba mucho tiempo en atravesar una lámina de cristal lento. Los cristales nuevos eran siempre de un negro profundo, pues nada los había atravesado aún; pero uno podía situarlos, por ejemplo, junto a un lago en mitad de un bosque, y el paisaje emergería quizá al cabo de un año. Si luego se llevaba el cristal a un triste piso de ciudad, el piso —durante ese año— parecería abrirse al lago y al bosque que lo rodeaban. Y durante ese año no sería una simple imagen exacta e inmóvil: el agua ondularía bajo el sol, los animales silenciosos vendrían a beber, los pájaros cruzarían el cielo, la noche seguiría al día, y las estaciones continuarían su ritmo eterno. Hasta que un día —al cabo de un año—, la belleza contenida en sus conductos subatómicos se agotaría y reaparecería el sempiterno paisaje urbano.
Más allá de su asombroso valor como novedad, el éxito comercial del cristal lento se debía al hecho de que disponer de un scenedow equivalía, emocionalmente, a poseer la tierra misma. El más humilde troglodita podía contemplar parques envueltos en bruma… ¿y quién podía negar que fueran suyos? Un hombre que realmente posee jardines diseñados a medida o grandes extensiones de tierra no pasa el tiempo arrastrándose por el suelo para palpar, oler o saborear lo que posee. Lo único que recibe de su propiedad son patrones de luz, y esos patrones, gracias a los scenedows, podían llevarse a minas de carbón, submarinos o celdas penitenciarias.
En varias ocasiones había intentado escribir poemas breves sobre aquel cristal encantado, pero para mí el tema es tan excepcionalmente poético que, paradójicamente, queda fuera del alcance de la poesía… al menos de la mía. Además, los mejores versos ya habían sido escritos —con inspiración profética— por hombres que murieron mucho antes de que se descubriera el cristal lento. Por ejemplo, jamás podría igualar a Moore:
A menudo, en la tranquila noche,
Antes de que el sueño me encadene,
El Recuerdo amado trae a mí
La luz de otros días…
Bastaron unos pocos años para que el cristal lento pasara de simple curiosidad científica a gran industria. Y, para asombro de nosotros, los poetas —aquellos que seguimos convencidos de que la belleza perdura aunque las flores mueran—, los mecanismos de esa industria no diferían en nada de los de cualquier otra. Había buenos scenedows que costaban una fortuna, y había cristales inferiores más baratos. El espesor —medido en años— era un factor importante, pero también lo era la cuestión del espesor real, o fase.
Incluso con los métodos de fabricación más sofisticados, el control del espesor era algo azaroso. Una discrepancia gruesa podía significar que un cristal previsto para cinco años tuviera, por ejemplo, cinco años y medio, de modo que la luz que entraba en verano salía en invierno; una discrepancia fina podía hacer que la luz del mediodía emergiera a medianoche. Estas incompatibilidades tenían su encanto —muchos trabajadores nocturnos preferían disponer de su propio huso horario privado—, pero en general resultaba más caro comprar scenedows que se mantuvieran alineados con el tiempo real.
Selina no pareció convencida cuando Hagan terminó de hablar. Sacudió ligeramente la cabeza, y supe que él había utilizado el enfoque equivocado. De pronto, el casco de peltre de su cabello fue perturbado por una ráfaga de viento frío, y enormes gotas de lluvia limpia comenzaron a golpear a nuestro alrededor desde un cielo casi despejado.
—Le firmaré ahora mismo un cheque —dije bruscamente, y vi los ojos verdes de Selina triangular con ira sobre mi cara —. ¿Puede encargarse de enviárnoslo?
—Claro que sí —dijo Hagan, poniéndose en pie—. El envío no supone ningún problema. Pero ¿no preferirían llevarse el cristal ustedes mismos?
—Bueno… sí, si no tiene inconveniente —sentí vergüenza ante la facilidad con que aceptaba mi cheque.
—Les desmontaré un panel. Esperen aquí. No tardaré en encajarlo en un marco de transporte.
Hagan se alejó cojeando cuesta arriba hacia la hilera de cristales, algunos de los cuales mostraban una visión soleada del Linnhe, mientras que otros la oscurecían, y unos pocos eran de un negro absoluto.
Selina se subió el cuello de la blusa.
—Al menos podría habernos invitado a su casa —dijo—. No debe de haber tantos imbéciles pasando por aquí como para permitirse el lujo de tratarlos así.
Me esforcé en ignorar el insulto y me concentré en redactar el cheque. Una enorme gota estalló sobre mis nudillos, salpicando el papel rosado.
—De acuerdo —dije—. Vamos a resguardarnos bajo el alero mientras vuelve.
Gusano, pensé, sintiendo cómo todo se torcía definitivamente. Debí de estar loco para casarme contigo. Loco, loco, loco… y ahora que has atrapado una parte de mí dentro de ti, nunca, nunca, nunca podré escapar.
Con el estómago dolorosamente contraído, seguí a Selina hacia la pared de la casa. Tras la ventana, el salón, limpio y con el fuego de carbón encendido, estaba vacío, pero los juguetes del niño estaban desparramados por el suelo: cubos alfabéticos y una carretilla del color exacto de las zanahorias recién peladas. Mientras observaba la escena, el niño corrió desde la otra habitación y comenzó a dar patadas a los cubos. No me vio. Unos momentos después, la joven entró y lo levantó, riendo fácil y sinceramente mientras balanceaba al niño bajo su brazo. Se acercó a la ventana, como antes. Yo sonreí tímidamente, pero ni ella ni el niño reaccionaron.
Un frío sudor me perló la frente. ¿Podía ser que ambos fueran ciegos? Me aparté de la ventana.
Selina lanzó un pequeño grito, y me giré hacia ella.
—¡La manta! —exclamó—. ¡Se está empapando!
Cruzó el patio corriendo bajo la lluvia, arrancó el cuadrado rojizo de la pared y regresó hacia la puerta de la casa. Algo se agitó convulsivamente en mi subconsciente.
—¡Selina! —grité—. ¡No la abras!
Pero ya era tarde. Había empujado la puerta de madera y permanecía inmóvil, con la mano sobre la boca, mirando hacia el interior. Me acerqué a ella y tomé la manta de entre sus dedos sin resistencia.
Al cerrar la puerta, dejé que mis ojos recorrieran la estancia. El salón cuidadosamente ordenado que yo había visto a través de la ventana era, en realidad, un miserable revoltijo de muebles viejos, periódicos manoseados, ropa desechada y platos sucios. Era húmedo, hediondo y estaba totalmente desierto. Lo único que reconocí de mi visión anterior fue la pequeña carretilla, despintada y rota.
Cerré la puerta con fuerza, obligándome a olvidar lo que acababa de ver. Hay hombres que, viviendo solos, saben arreglárselas; otros, simplemente, no saben.
El rostro de Selina estaba blanco.
—No comprendo —murmuró—. No comprendo.
—El cristal lento funciona en los dos sentidos —dije suavemente—. La luz sale de una casa igual que entra.
—¿Quieres decir que…?
—No lo sé. Y no es asunto nuestro. Cálmate ahora… Hagan regresa ya con nuestro cristal.
El torbellino de mi estómago empezaba a remitir.
Hagan regresó al patio cargando un marco rectangular envuelto en plástico. Le tendí el cheque, pero él estaba mirando el rostro de Selina. Pareció comprender al instante que nuestras manos, incapaces de comprender, habían hurgado en su alma. Selina evitó su mirada. Parecía envejecida y enferma, y sus ojos se fijaban con obstinación en el horizonte.
—Deme la manta, señor Garland —dijo por fin—. No tenía por qué haberse molestado.
—No es nada. Aquí tiene su cheque.
—Gracias. —Seguía contemplando a Selina, con una expresión extrañamente suplicante—. Ha sido un placer hacer negocios con ustedes.
—El placer ha sido mío —respondí con igual formalidad vacía. Tomé el pesado marco y conduje a Selina hacia el sendero que subía a la carretera. Cuando alcanzábamos la parte alta de los ahora resbaladizos escalones de arcilla, Hagan volvió a llamar:
—¡Señor Garland!
Me giré, a regañadientes.
—No fue culpa mía —dijo con firmeza—. Un conductor que no se detuvo los atropelló a los dos, allá en la carretera de Oban, hace seis años. Mi hijo tenía solo siete cuando sucedió. Tengo derecho a conservar algo.
Asentí en silencio y descendí por el sendero, abrazando a mi esposa, atesorando la sensación de sus brazos aferrados a mí. En el recodo, miré hacia atrás a través de la lluvia y vi a Hagan sentado, con los hombros cuadrados, en el mismo muro donde lo habíamos visto por primera vez.
Miraba hacia la casa, pero no pude distinguir si había alguien en la ventana.
FIN
