Sinopsis: «Luz de luna» (Yuèyè [月夜]) es un cuento de Cixin Liu, publicado en febrero de 2009 en la revista Shēnghuó (生活). Durante el Festival de Otoño en Shanghái, un hombre se encuentra en la penumbra observando la luna cuando recibe una misteriosa llamada de alguien que dice ser su yo del futuro, que lo contacta desde el año 2123. El sujeto le explica que, debido al cambio climático causado por el uso de combustibles fósiles, el nivel del mar ha subido de forma descontrolada, poniendo en riesgo la vida humana. Por eso decidió contactarlo para encomendarle una delicada misión: intervenir y cambiar el curso de la historia.

Luz de luna
Cixin Liu
(Cuento completo)
Por primera vez desde que alcanzaba a recordar, vio la luz de la luna bañando la ciudad.
Otras noches no se había fijado porque la ciudad estaba inundada por el brillante resplandor de millones de luces eléctricas. Sin embargo, ese día era el Festival de Otoño, y una iniciativa nacida en internet había propuesto que se apagaran algunas de las farolas de las calles y la mayor parte del alumbrado de jardines y parques, para que los vecinos pudieran disfrutar de la luna llena.
Al mirar desde el balcón de su unidad de residencia monopersonal, descubrió que los promotores de la petición estaban equivocados sobre el efecto de la misma. La ciudad a la luz de la luna no se parecía en nada al escenario idílico y encantador que habían imaginado, sino que más bien se asemejaba a unas ruinas abandonadas. No obstante, él disfrutó del panorama. Ese aire apocalíptico le otorgaba una belleza particular que te hacía pensar en la fugacidad de todo y en la liberación de todas las cargas. Solo con tenderse y dejarse abrazar por el Destino podría disfrutar de la tranquilidad postrera. Justo lo que necesitaba.
Sonó el teléfono. Quien llamaba era un hombre, el cual, tras cerciorarse de quién había contestado, dijo:
—Siento molestarte en el peor día de tu vida. Todavía lo recuerdo tras todos estos años.
La voz sonaba rara. Clara, pero lejana y apagada. Una imagen brotó en su cabeza: ráfagas de aire gélido soplando por entre las cuerdas de un arpa abandonada en un descampado.
Su interlocutor continuó hablando:
—Hoy ha sido la boda de Wen, ¿verdad? Te invitó, pero no fuiste.
—¿Quién es usted?
—Le he dado muchísimas vueltas a lo largo de los años. Deberías haber ido, y ahora te sentirías mejor. Pero tú… bueno, en realidad sí fuiste, pero te escondiste en el vestíbulo, y desde allí la viste llegar con su traje de novia y dirigirse a su cóctel de bienvenida cogida de la mano de él, mientras tú te torturabas.
—¿Pero quién eres?
A pesar de su asombro, no se le había pasado por alto la peculiar manera de expresarse del hombre. Había dicho «tras todos estos años», pero la boda de Wen se había celebrado esa misma mañana. Y dado que la fecha se había decidido solo una semana atrás, era imposible que alguien hubiese estado al tanto de la misma mucho antes.
La lejana voz continuó hablando:
—Cuando estás disgustado, tienes la costumbre de doblar el dedo gordo del pie izquierdo y clavar la uña en la planta del zapato. Cuando llegaste a casa hace un rato, descubriste que la uña se te había saltado, pero ni siquiera habías notado el dolor. Aunque empiezas a tener las uñas de los pies demasiado largas. Te han agujereado los calcetines. Llevas una temporada sin cuidarte.
¿Pero quién demonios es este tipo? Estaba asustado.
—Soy tú. Te estoy llamando desde el año 2123. No es fácil conectar con tu red móvil desde esta época. La degradación de la señal al atravesar la interfaz tiempo-espacio es significativa. Si no me oyes, dímelo y lo volveré a intentar.

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Sabía que no era una broma. Desde el primer momento había sabido que la voz no era de su mundo. Aferró el teléfono y contempló los edificios bañados por la fría y límpida luz de la luna, como si la ciudad al completo se hubiera paralizado para escuchar su conversación. Sin embargo, no se le ocurría nada que decir mientras su interlocutor esperaba pacientemente. De fondo se oían tenues ruidos.
—¿Cómo… he podido vivir tantos años? —preguntó, solo por romper el silencio.
—Dentro de veinte años contados desde tu época, se inventarán terapias genéticas que prolongarán la duración de la vida humana hasta los dos siglos, más o menos. Estrictamente hablando, yo todavía soy de mediana edad, aunque me siento un vejestorio.
—¿Me puedes explicar el proceso con más detalle?
—No, ni siquiera puedo explicártelo por encima. Tengo que asegurarme de que recibas la menor cantidad posible de información sobre el futuro, para evitar que hagas algo indebido que pueda cambiar el curso de la historia.
—Entonces, ¿por qué te has puesto en contacto conmigo?, eso para empezar.
—Porque tenemos una misión que cumplir juntos. Tras haber vivido tantos años, sí que tengo un secreto sobre la vida que te puedo contar: en cuanto se comprende la insignificancia de cualquier individuo ante la inmensidad del espacio-tiempo, uno ya es capaz de afrontar lo que sea. No te he llamado para charlar sobre tu vida personal, así que necesito que olvides tu dolor y encares la misión. ¡Escucha! ¿Qué oyes?
Se esforzó por identificar los ruidos de fondo que llegaban por el aparato. Los débiles sonidos se transformaron en ruido de salpicaduras y golpes contra el agua, y trató de reconstruir una imagen a partir de ellos. Flores extrañas eclosionaron en la oscuridad; un glaciar gigantesco se resquebrajó en un mar desolado y grietas zigzagueantes penetraron cual rayos camino de las profundidades de la masa cristalina…
—Estás oyendo olas estrellándose contra edificios. Estoy en el octavo piso de la torre Jin Mao. El mar llega justo hasta debajo de la ventana.
—¿Shanghái está inundado?
—Así es. Ha sido la última de las ciudades costeras en sucumbir. Los diques eran altos y resistentes, pero el mar terminó por anegar el interior y la inundó colándose por detrás… ¿Te imaginas lo que estoy viendo? No, para nada se parece a Venecia. El agua que ondea entre los edificios está llena de basura y desperdicios, como si todos los desechos acumulados en esta ciudad a lo largo de más de dos siglos hubieran salido a flote. Hoy hay luna llena, exactamente igual que la que hay ahora donde tú estás. En la ciudad no hay luces, pero mi luna no es ni de lejos tan brillante como la tuya: la atmósfera está demasiado contaminada. El mar refleja la luz de la luna sobre los restos de los rascacielos, y la enorme esfera en lo alto de la torre Perla de Oriente titila bajo los haces de luz que se reflejan en las olas, haciendo que el edificio parezca al borde del desplome.
—¿Cuánto ha subido el mar?
—Ya no hay casquetes polares. En el lapso de medio siglo, el mar subió unos veinte metros. Trescientos millones de habitantes de poblaciones costeras tuvieron que trasladarse al interior. En el litoral reina la desolación, mientras que el caos social y político se ha instaurado en las regiones del interior. La economía está al borde del colapso total… Nuestra misión es impedir todo esto.
—¿Te crees que podemos jugar a ser Dios?
—Meros mortales haciendo lo que se tenía que haber hecho cien años atrás tendrían el mismo efecto que una intervención divina ahora. Si en tu época todo el mundo hubiera dejado de utilizar combustibles fósiles (carbón, petróleo y gas natural incluidos), el calentamiento global se hubiese detenido y este desastre hubiera podido ser evitado.
—Eso parece imposible. —Después de que él dijese esto, su yo de más de cien años en el futuro permaneció en silencio largo rato, así que añadió—: Para que se dejen de emplear combustibles fósiles tienes que contactar con personas de tiempos incluso más remotos.
Sintió una sonrisa en el otro extremo de la línea.
—¿Te crees que puedo pararle los pies a la Revolución Industrial? —preguntó su yo futuro.
—Pero lo que nos estás pidiendo es incluso más imposible. El mundo se vendrá abajo si lo dejas sin carbón, gas y petróleo durante solo una semana.
—De hecho, nuestros modelos apuntan a que ni siquiera aguantaría tanto. Pero hay otras maneras de conseguirlo. Acuérdate de que estoy hablándote desde el futuro. Piensa. Somos inteligentes.
Se le ocurrió una posibilidad.
—Proporcionadnos una tecnología energética avanzada, que sea respetuosa con el medioambiente y no contribuya al cambio climático. La tecnología tiene que ser capaz de satisfacer las necesidades energéticas actuales y al mismo tiempo ser mucho más barata que los combustibles fósiles. Si nos facilitáis algo así, no pasarán ni diez años antes de que el mercado los elimine a todos de la escena.
—Eso es justo lo que vamos a hacer.
Animado por esta respuesta, continuó:
—Entonces enseñadnos cómo lograr la fusión nuclear controlada.
—Subestimas enormemente las dificultades. Aún no hemos alcanzado ningún avance decisivo en ese campo. Existen centrales nucleares con reactores de fusión, pero, desde un punto de vista económico, ni siquiera son tan competitivas como las de fisión de vuestra época. Además, los reactores de fusión requieren la extracción de combustible del agua marina, proceso que puede conllevar un mayor deterioro del entorno. No os podemos facilitar la fusión controlada, pero sí la energía solar.
—¿La energía solar? ¿A qué te refieres exactamente?
—A recolectar la energía del sol de la superficie de la Tierra.
—¿Mediante qué?
—Silicio monocristalino, el mismo material que utilizáis vosotros ahora.
—¡Venga ya! Me estoy tirando de los pelos, literalmente, por tu culpa. Durante un instante he creído que tenías algo sólido… Por cierto, ¿todavía se dice «tirarse de los pelos»?
—Claro. Los viejales como yo hemos mantenido vivas muchas expresiones como esa. Siguiendo con lo que te estaba contando, el índice de conversión de nuestras células solares de silicio monocristalino es mucho mayor que el de las vuestras.
—Incluso si lograseis una eficiencia del cien por cien, daría lo mismo. ¿Cuánta energía solar llega a cada metro cuadrado de la superficie terrestre? Es imposible que unos cuantos paneles solares puedan satisfacer las necesidades energéticas de la sociedad actual. ¿Es que tienes alucinaciones y te crees que tu juventud transcurrió en una especie de paraíso agrícola preindustrial?
Oyó reír a su yo futuro.
—Ahora que lo mencionas, la tecnología efectivamente conjura fantasmas de nostalgia agraria.
—¿Conjura fantasmas de nostalgia agraria? ¿Cuándo empecé a hablar como uno de esos autores pedantes que escriben en los cafés?
—A ver, es que resulta que se trata de la tecnología del arado de silicio.
—¿Qué?
—El arado de silicio. El silicio es el elemento más abundante en nuestro planeta, está por todas partes, tanto en la tierra como en la arena. Un arado de silicio abre surcos en el terreno igual que un arado ordinario, extrae el silicio del suelo y lo refina convirtiéndolo en silicio monocristalino. La tierra arada se convierte en células solares.
—¿Qué… qué aspecto tiene un arado de silicio?
—Parecido al de una cosechadora. Para arrancar necesita una fuente de energía externa, pero luego ya depende de la energía proporcionada por las células solares que va dejando tras él. Con esta tecnología puedes convertir todo el desierto de Taklamakán en una central térmica solar.
—¿Me estás diciendo que toda la tierra que se are se convertirá en brillantes células negras?
—No, la tierra que se are tan solo se oscurecerá, pero el índice de conversión será espectacular. Una vez arado el terreno, basta con empalmar cables a los dos extremos de los surcos para obtener corriente fotovoltaica.
Siendo como era doctor en Planificación Energética, la posibilidad de una tecnología tan prometedora lo llenó de entusiasmo y consiguió acelerarle la respiración.
—Acabo de enviarte un correo electrónico con todos los detalles técnicos. Con vuestro nivel tecnológico, no deberías tener ningún problema para la fabricación en serie; esta es también una de las razones por las que he elegido contactar con tu época en lugar de con una anterior. Desde mañana mismo debes dedicarte a divulgar esta tecnología. Sé que cuentas con los recursos y las aptitudes necesarias. El cómo darla a conocer lo dejo en tus manos. A lo mejor puedes aprovechar el informe que estás redactando ahora mismo. Pero hay algo que debes recordar: bajo ningún concepto puedes revelar que la tecnología proviene del futuro.
—¿Por qué me has elegido a mí? Deberías haber escogido a alguien que estuviese más arriba.
—Debo tener cuidado y tratar de reducir los posibles efectos colaterales negativos de mi injerencia. Tú y yo somos la misma persona. ¿Se te ocurre una elección mejor?
—Dime solo una cosa, ¿hasta dónde has llegado profesionalmente?
—Eso no puedo decírtelo. Bastante costó ya convencer a la Internacional Corpórea de que se inmiscuyese en la historia…
—¿La Internacional Corpórea?
—El mundo está dividido entre la Internacional Corpórea y la Internacional Virtual… Olvídalo, bastante me he ido ya de la lengua. No vuelvas a hacerme preguntas así.
—Pero… si hago lo que me has pedido, ¿cómo os vais a dar cuenta de que el mundo cambia? ¿Os levantaréis un día y os encontraréis con que todo es distinto?
—Será incluso más rápido que eso. En cuanto abras mi correo y decidas qué es lo que vas a hacer, mi mundo probablemente cambie en el acto. Pero nosotros dos seremos los únicos (el único) que lo sabrá. Para el resto de habitantes de mi tiempo, la historia es la historia, y en la nueva línea temporal, que para ellos además será la única, el periodo entre tu época y la mía durante el que se emplearon combustibles fósiles nunca habrá existido.
—¿Me volverás a llamar?
—No lo sé. Cada contacto con el pasado supone toda una gesta. Nos obliga a celebrar conferencias internacionales. Adiós.
Regresó a su dormitorio y encendió el ordenador. El correo del futuro estaba en el buzón de entrada. El cuerpo estaba en blanco, pero tenía más de una docena de anexos, con un tamaño total de más de un gigabyte. Les echó un rápido vistazo y encontró detallados esquemas técnicos y documentos. Aunque en ese momento no lo entendió todo, sí que vio que el lenguaje técnico resultaba accesible para alguien de su época.
Una fotografía concreta le llamó la atención. Era una instantánea de un terreno al aire libre tomada con gran angular. En mitad de un campo se veía un arado de silicio, que en efecto se asemejaba a una cosechadora, y la tierra que tenía detrás era algo más oscura. La perspectiva de la toma hacía que el arado pareciese un pequeño pincel pintando de oscuro el terreno mediante largos trazos. Alrededor de un tercio de la tierra de la imagen ya había sido arada, pero la parte de la foto que más le llamó la atención fue el cielo del futuro. Era grisáceo, a pesar de no estar cubierto. A lo mejor había sido tomada al alba o al anochecer, dado que la sombra del arado era muy alargada. Era una época sin cielos azules.
Empezó a planear con detenimiento sus siguientes pasos. Como funcionario de la Oficina de Planificación del Ministerio de Energía era responsable, entre otras muchas cosas, de recabar información por todo el país sobre el avance de los proyectos de desarrollo de nuevas energías. El informe que estaba elaborando llegaría a manos del ministro, que a su vez lo presentaría en la próxima reunión del Consejo de Estado. Parte del paquete de cuatro billones de yuanes que China había destinado a incentivar la economía como respuesta a la crisis estaba reservado para el desarrollo de nuevas tecnologías energéticas, y en la reunión del Consejo de Estado se decidiría dónde invertir esos fondos. Por lo visto, su yo futuro quería que aprovechara esa oportunidad. Sin embargo, antes de poder incluir esa tecnología en su informe tenía que encontrar una empresa o laboratorio de investigación dispuesto a asumirla como proyecto de desarrollo propio. Se trataba de una elección clave para su estrategia, pero estaba convencido de que si los documentos técnicos eran auténticos encontraría la empresa adecuada para encargarse del proyecto. Incluso en el peor de los casos, quien decidiese avanzar en esa línea de investigación tampoco iba a perder demasiado…
Se estremeció, como despertando de un sueño. ¿Ya he decidido hacerlo? Sí, así es. Su decisión solo podía tener dos resultados: éxito o fracaso. Si su iniciativa iba a surtir efecto a la larga, el futuro ya debería haberse visto alterado.
Meros mortales haciendo lo que se tenía que haber hecho cien años atrás tendrían el mismo efecto que una intervención divina.
Se quedó mirando el correo de la pantalla y de pronto sintió el impulso de responder. Tan solo escribió una palabra en la contestación: «Recibido». Al momento le llegó un mensaje informándole de que se había producido un error en el envío a esa dirección. Cogió el teléfono y miró los datos de la llamada: era un número corriente de China Mobile. Pulsó la tecla de llamada y una voz grabada le informó de que el número estaba fuera de servicio.
Regresó al balcón y siguió disfrutando de la desvaída luz de la luna. A esas altas horas de la noche en el vecindario reinaba una tranquilidad absoluta, y el astro bañaba los edificios y el terreno con un suave resplandor opaco e irreal. Tuvo la sensación de estar despertando de un sueño o de que tal vez aún seguía soñando.
El teléfono sonó de nuevo. La pantalla mostró otro número desconocido, pero, en cuanto respondió, reconoció la voz de su yo futuro. Seguía siendo lejana y apagada, pero los ruidos de fondo eran distintos.
—Lo conseguiste —dijo su yo futuro.
—¿Desde qué año estás llamando?
—Desde el 2119.
—Así que cuatro años antes de la llamada anterior.
—Para mí, esta es la primera vez que te he llamado… o me he llamado, supongo. Pero me acuerdo de haber recibido hace más de cien años esa llamada que mencionas.
—Para mí fue hace solo veinte minutos. ¿Cómo andan las cosas? ¿Han retrocedido las aguas del mar?
—No hay aguas del mar. Las temperaturas no se elevaron significativamente y el nivel del mar no subió. Lo que te conté unos veinte minutos atrás nunca acaeció. De acuerdo con nuestros libros de historia, a principios del siglo XXI la energía solar dio un importante paso adelante que culminó en el arado de silicio, el cual posibilitó la recolección de energía solar a gran escala. En la tercera década del siglo, la energía solar acabó por imponerse en los mercados energéticos mundiales y los combustibles fósiles no tardaron en desaparecer. La primera mitad de tu (de nuestra) vida siguió una espectacular trayectoria ascendente gracias al arado de silicio y, dentro de tres años contados a partir de tu presente, la tecnología comenzará a extenderse por todo el mundo. Sin embargo, al igual que la historia del carbón y del petróleo, la de la energía solar no ha producido ninguna celebridad cuyo renombre haya perdurado en el tiempo, ni siquiera tú.
—Ser famoso me trae sin cuidado. Es estupendo haber contribuido a salvar el mundo.
—Por supuesto que la fama nos trae sin cuidado. De hecho, mejor que no seamos demasiado conocidos, porque de lo contrario nos considerarían el mayor criminal de la historia. El mundo ha cambiado, pero no para mejor. Lo bueno es que solo lo sabe una persona: tú y yo. Incluso aquellos que concibieron y organizaron el anterior plan para interferir en la historia no se acuerdan de la utilización de combustibles fósiles durante el resto del siglo XXI, puesto que esa línea temporal nunca llegó a existir. Yo no me acuerdo de haberte llamado, pero sí recuerdo que recibí la llamada del futuro. De hecho, esa llamada es el único indicio que tengo de esos sucesos inexistentes. ¡Escucha! ¿Qué es lo que oyes?
A través del auricular le llegaron débiles chillidos que le trajeron a la memoria las bandadas de pájaros que revoloteaban sobre los bosques al anochecer, cuyos gritos quedaban ahogados por los susurros de las ráfagas de viento que soplaban esporádicamente por entre los árboles.
—No sé qué es lo que estoy oyendo. No suena como el océano.
—Claro que no suena como el océano. Hasta el río Huangpu está casi seco. Estamos en la estación de la sequía; ahora solo hay dos estaciones: la de la sequía y la de las inundaciones. Para cruzar el río basta con remangarte las perneras de los pantalones. De hecho, varios cientos de miles de refugiados hambrientos que se dirigían al distrito de Pudong acaban de atravesarlo, cubriendo en su camino el lecho como una marabunta. En la ciudad reina el caos y veo incendios declarándose por doquier.
—¿Qué sucedió? El impacto ambiental de la energía solar debería ser mínimo.
—Te equivocas por completo. ¿Sabes cuántos kilómetros cuadrados de campos de silicio monocristalino se necesitan para cubrir las necesidades energéticas de una ciudad como Shanghái? Veinte veces la superficie de la propia Shanghái, ¡como mínimo! Durante el siglo siguiente al tuyo, el crecimiento urbanístico se aceleró, y ahora hasta una ciudad de tamaño medio es comparable al Shanghái de tus tiempos. A partir de la tercera década del siglo XXI, los arados de silicio transformaron la faz de todos los continentes. Una vez hubieron transformado todos los desiertos en plantas solares, empezaron a devorar los terrenos cultivables y la cubierta vegetal. Ahora mismo, todos los continentes sufren exceso de silicionización, proceso que avanzó mucho más deprisa que la desertificación. Hoy en día, la superficie terrestre está cubierta casi en su totalidad por plantas solares.
—Pero, según las teorías económicas, ¡eso debería ser imposible! A medida que la tierra se va volviendo más escasa, el valor del terreno sin arar tendría que aumentar, y los arados de silicio deberían llegar a ser demasiado caros para poder competir en el mercado…
—La historia en este caso no ha sido diferente de la de los combustibles fósiles. Para cuando las condiciones que describes empezaron a hacerse notar, ya era demasiado tarde. Cambiar a fuentes energéticas alternativas no era fácil, e incluso reconstruir la infraestructura para el carbón y el petróleo exigía demasiado tiempo. Mientras tanto, las necesidades energéticas continuaron aumentando y los arados de silicio tuvieron que devorar más suelo. La silicionización del terreno era incluso más perjudicial para el medioambiente que la desertificación. Con el deterioro de las condiciones ambientales, las sequías empezaron a arrasar el planeta y las esporádicas lluvias tan solo servían para provocar terribles inundaciones…
Mientras escuchaba esa voz llegada del siguiente siglo se sintió como un hombre ahogándose; pero justo cuando estaba a punto de renunciar a toda esperanza, se encontró de nuevo en la superficie y, tras inspirar profundamente, le dijo a su yo futuro:
—¡Pero hay una salida!, ¡una salida! Es fácil. Todavía no he hecho nada salvo decidir un plan para introducir la tecnología. Ahora mismo borraré el correo y todos los anexos, y continuaré con mi vida como si no hubiera pasado nada.
—Entonces Shanghái volverá a ser tragada por el mar.
Gimió presa de la frustración.
—Tenemos que volver a interferir en la historia —continuó su yo futuro.
—Deja que lo adivine: me vas a proporcionar otra nueva tecnología energética…
—Exacto. Esta se basa en la perforación ultraprofunda.
—¿Perforación? Pero si la tecnología para la extracción de petróleo ya está avanzadísima…
—No, no estoy hablando de perforar para extraer petróleo. Los pozos que tengo en mente alcanzarán una profundidad de más de cien kilómetros, atravesando la discontinuidad de Mohorovičić y penetrando en las capas líquidas del manto. El potente campo magnético terrestre está generado por las fuertes corrientes eléctricas del núcleo del planeta, y queremos aprovecharlas. Una vez perforados los pozos ultraprofundos, se introduce en ellos unos terminales gigantescos que se encargarán de extraer la energía geoeléctrica. También os proporcionaremos la tecnología para fabricar terminales eléctricos capaces de funcionar sometidos a temperaturas así de elevadas.
—Suena… imponente. Estoy bastante asustado.
—Mira, la extracción de geoelectricidad es la tecnología más ecológica. No ocupa terreno alguno y no produce dióxido de carbono ni otros agentes contaminantes. Bueno, es hora de despedirnos. Si alguna vez volvemos a hablar, confiemos en que no sea para salvar el mundo… Vete a mirar el correo.
—¡Espera! Charlemos un poco. Cuéntame algo sobre mi… sobre nuestra vida.
—Nuestro contacto con el pasado debe limitarse al mínimo para evitar filtraciones de información. Estoy seguro de que comprendes que lo que estamos haciendo es tremendamente peligroso. Y además, en realidad tampoco hay nada de que hablar, dado que tarde o temprano tú vas a pasar por todo lo que yo he vivido. —La conexión se cortó en cuanto su futuro yo se calló.
Cuando volvió a su ordenador, se encontró con un segundo correo. Al igual que el anterior, estaba lleno de información técnica. Leyendo por encima los documentos adjuntos, descubrió que la ultraperforación utilizaba láseres en lugar de componentes mecánicos y que la roca fundida era subida hasta la superficie a través de los taladros. El último anexo era otra fotografía de un campo salpicado de torres de alta tensión. Las torres eléctricas se veían ligeras y esbeltas, tal vez construidas en algún resistente material de tipo composite. Un extremo de los cables se adentraba en el suelo, a todas luces para conectar con los terminales geoeléctricos enterrados. La tierra en sí también atrajo su mirada, al ser del mortecino color oscuro de los campos trabajados por los arados de silicio. El terreno estaba dividido en una cuadrícula por una red de vallas, que decidió debían de constituir el tendido eléctrico que extraía y transportaba la energía del silicio monocristalino. A diferencia de la fotografía del anterior correo, en esta el cielo era azul celeste y no se veía ni un retazo de nube por ninguna parte. Era una época de lluvias escasas, y simplemente contemplando la imagen ya sintió el ambiente fresco y seco.
Regresó de nuevo al balcón. La luna estaba ahora en el cielo de poniente y las sombras se habían alargado, como si la ciudad hubiera terminado de soñar y ahora estuviese durmiendo más profundamente.
Estuvo considerando posibles alternativas para divulgar esa nueva tecnología del futuro. Las estrategias necesarias eran distintas de las de la vez anterior. En primer lugar, la tecnología de perforación con láser tendría en sí misma atractivas aplicaciones civiles y militares. Debería empezar dándola a conocer, y esperar a que sus aplicaciones industriales madurasen antes de revelar la todavía más fabulosa idea de la geoelectricidad. En paralelo, podía ir recomendando el desarrollo de otras tecnologías auxiliares, como la de los terminales eléctricos resistentes al calor extremo. La inversión inicial tenía que seguir proviniendo del paquete de cuatro billones de yuanes, y continuaba necesitando dar con una entidad prestigiosa que asumiese el proyecto de investigación; pero como sabía que contaba con los secretos técnicos confiaba en tener éxito.
He decidido tomar un nuevo rumbo. ¿Ha vuelto a cambiar la historia?
Como en respuesta a sus pensamientos, el teléfono sonó por tercera vez. En su camino hacia el ocaso, la luna medio asomaba por detrás de un alto edificio situado al otro lado de la calle, como mirando aterrada este mundo una última vez antes de abandonarlo.
—Soy tú, llamándote desde el año 2125.
Su interlocutor hizo una pausa, como a la espera de sus preguntas, pero él no se atrevió a hacer ninguna. Le empezó a sudar la mano con la que aferraba el teléfono, y se sintió agotado.
—Quieres que escuche los ruidos de tu mundo, ¿verdad? —preguntó por fin.
—No creo que esta vez vayas a oír gran cosa.
No obstante, se esforzó por escuchar. Tan solo oyó un ligero zumbido que parecía una interferencia. Seguro que una señal viajando por el espacio-tiempo se veía afectada por las interferencias, que podían tener su origen en cualquier instante entre su presente y el año 2125, o en el vacío existente más allá del tiempo y el cosmos.
—¿Todavía estás en Shanghái? —preguntó a su yo futuro.
—Sí.
—No oigo nada. A lo mejor todos vuestros coches son eléctricos y casi no hacen ruido.
—Todos los coches están en los túneles, por eso no los oyes.
—¿Túneles? ¿A qué te refieres?
—Ahora Shanghái es una ciudad subterránea.
La luna desapareció detrás del edificio y todo se oscureció. Sintió como si la tierra lo estuviera tragando.
—¿Qué ha pasado?
—El nivel de radiación en la superficie es muy elevado. Si pasas unas horas allí sin protección, mueres. Y una muerte la mar de desagradable, con la sangre rezumándote por todos los poros de la piel…
—¡Radiación! ¿Pero qué dices?
—El Sol. Sí, lo has conseguido. La energía geoeléctrica se extendió incluso más deprisa que el arado de silicio y, en 2020, la industria extractiva de geoelectricidad ya había superado a la del carbón y el petróleo juntas. A medida que fue madurando, su rendimiento y coste ya no pudieron ser igualados ni siquiera por los del arado de silicio, y menos aún por los de los combustibles fósiles. Las necesidades energéticas mundiales no tardaron en depender por completo de la geoelectricidad. Era limpia, barata y tan perfecta que muchos se preguntaron cómo era posible que hubiesen tenido que transcurrir miles de años desde la invención de la brújula hasta que a la humanidad por fin se le hubiera ocurrido aprovechar la gigantesca dinamo que tenía bajo los pies. Mientras la economía crecía gracias al tirón de esta fuente de energía sostenible, la situación medioambiental también fue mejorando. La humanidad creyó que por fin nuestra civilización había alcanzado el sueño del crecimiento sin esfuerzo y que en el futuro las cosas solo podían ir a mejor.
—¿Y entonces?
—A principios de este siglo, la geoelectricidad se agotó de sopetón. Las brújulas ya no apuntaban al norte. Seguro que sabes que el campo eléctrico terrestre es el escudo de nuestro planeta. Desvía los vientos solares y protege nuestra atmósfera. Pero los cinturones de Van Allen desaparecieron y ahora el viento solar azota la Tierra como si esta fuera una placa de Petri en un microscopio de luz ultravioleta.
Trató de hablar, pero de su garganta tan solo brotó una especie de graznido. Sintió escalofríos por todo el cuerpo.
—Esto solo es el principio. De aquí a entre trescientos y quinientos años, el viento solar habrá acabado con la atmósfera terrestre y evaporado los océanos y demás masas de agua de la superficie.
Otro graznido inarticulado.
—Por fin hemos logrado un avance importante en la fusión nuclear controlada. Gracias a esto, y a las resucitadas industrias del petróleo y carbón, la humanidad ahora posee fuentes energéticas inagotables. Sin embargo, la mayor parte de la energía que generamos se bombea al interior de la Tierra para restablecer el campo magnético. Por el momento, los resultados no son nada alentadores.
—¡Tenemos que remediarlo!
—Sí, tienes razón. Debes borrar los dos correos del futuro.
—Lo voy a hacer ahora mismo —dijo girándose para volver a entrar.
—Un momento. Una vez los borres, la historia cambiará de nuevo y nuestra conexión se interrumpirá.
—Bien. El mundo regresará a la línea temporal original del dominio de los combustibles fósiles.
—Y tú continuarás con tu vida de siempre.
—Por favor, cuéntame algo sobre nuestra vida a partir de este momento.
—No puedo. Contártelo cambiará el futuro.perla
—Entiendo que el conocimiento del futuro lo cambie, pero a pesar de ello quiero saber algunas cosas.
—Lo siento, pero no puedo.
—¿Y si te limitas a decirme si vamos a tener la vida que deseábamos? ¿Somos felices?
—No puedo.
—¿Me casaré? ¿Tendré hijos? ¿Cuántos niños y cuántas niñas?
—No puedo.
—Después de Wen, ¿volveré a enamorarme de alguien?
Creía que su yo futuro iba a negarse a responder una vez más, pero la voz se mantuvo en silencio. Lo único que oía era el silbido de los vientos del tiempo soplando por el yermo valle de más de un siglo que los separaba. Al cabo, oyó la respuesta:
—Nunca.
—¿Qué?, ¿qué no volveré a amar en más de cien años?
—No. Una vida no es tan distinta a la historia de toda la humanidad. La elección que se te presenta en primer lugar puede que sea la mejor, pero no hay manera de saberlo sin recorrer otras líneas temporales.
—Así que estaré solo el resto de mi vida…
—Lo siento, no puedo decírtelo… Aun siendo la soledad intrínseca a la condición humana, debemos vivir nuestra vida con pundonor y esforzarnos por alcanzar la felicidad. Tengo que dejarte.
Sin más, la llamada se cortó. Su teléfono emitió un sonido avisando de que había llegado un mensaje, el cual incluía un corto vídeo que copió en el ordenador para verlo mejor.
Un mar de llamas inundó la pantalla. Tardó unos instantes en caer en la cuenta de que lo que estaba contemplando era el cielo. Las fulgurantes luces no las irradiaba ningún fuego ardiente, sino que eran auroras que cubrían el firmamento de un horizonte a otro, y cuyo origen eran las partículas de viento solar que chocaban contra la atmósfera. Ondeantes cortinas rojas se agitaban por la bóveda celeste como un cúmulo de serpientes. El cielo parecía estar hecho de alguna sustancia líquida y su visión resultaba aterradora.
Sobre el terreno había un solitario edificio semejante a una aglomeración de esferas: la torre Perla de Oriente. Las superficies espejadas reflejaban el llameante mar que tenían encima, y las propias esferas parecían estar hechas de llamas. Más cerca de la cámara estaba plantado un hombre enfundado en un grueso traje protector cuya superficie lisa y reflectante también brillaba, como si fuese un espejo con forma humana. El fuego celeste se reflejaba asimismo en este espejo humanoide, y las serpientes flamígeras, distorsionadas por las superficies curvas, resultaban incluso más inquietantes. La escena al completo fluctuaba y rielaba como si el mundo se hubiera convertido en lava líquida. El hombre levantó una mano hacia la cámara, en un gesto que era al mismo tiempo un saludo al pasado y una despedida de él.
El vídeo llegó a su fin.
¿Ese era yo?
Entonces se acordó de que tenía tareas más importantes de las que ocuparse. Borró los correos y todos los documentos adjuntos. Y, tras un instante, empezó a formatear el disco duro y a borrar los sectores con varias pasadas de sobrescritura.
Para cuando el formateo hubo concluido, esa ya no era más que otra noche corriente. El hombre que había cambiado el curso de la historia de la humanidad tres veces en una sola noche pero que a la postre no había cambiado nada se quedó dormido delante de su ordenador.
El alba iluminó el cielo de levante. El mundo inauguró otro día ordinario. No había pasado nada. Nada de nada.
FIN

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