El agua golpeaba contra las rocas y la espuma se levantaba en el aire, lamiendo las piedras. El paisaje era perfecto, porque la iglesia estaba iluminada y la luna llena. Habían llegado dos días antes al balneario, ocupado una pieza en el hotel de tres estrellas cuya ventana se abría sobre la playa y no podían quejarse de la comida. Se levantaban temprano, desayunaban y cruzaban hacia la arena. Era un polvo marrón, más bien grueso, pegajoso, y resultaba muy difícil encontrar un sitio vacío donde instalarse. Los toldos se agrupaban unos junto a otros y toda intimidad estaba excluida. Por lo menos, en el reino de las buenas costumbres, que ellos no intentaban desafiar. Casi nunca habían querido desafiar a nadie ni a nada. Instintivamente, creían que acatando las normas más generales se preservaban de los peligros que acechaban a los disidentes, a los marginales, a los evadidos, a los opositores. También pensaban que esa suave actitud de acatamiento tenía su compensación: estos veinte días de vacaciones en un balneario de moda eran la recompensa a la obediencia, al cumplimiento de la ley. De lejos, parecían hermanos. Rubios, de ojos claros, piel delicada, ropa discreta, hablar bajo, caminaban por la playa tomados de la mano y eran de la clase de gente a quienes jamás la brisa del atardecer los sorprende sin un abrigo en el bolso, por cualquier cosa. Ese sentido de previsión les valió ese día poder permanecer a la orilla del mar hasta la puesta del sol, cuando casi todo el mundo abandonó el lugar en virtud del fuerte relente nocturno. También se sintieron dichosos de que su buen sentido los premiara con esa maravillosa puesta de sol. Él se colocó sobre los hombros un pulóver gris que le había tejido su madre, ella uno azul que había comprado en una liquidación. Reconfortados por la lana, miraron el mar y el estallido de sol que se desangraba en el horizonte. Enfocó a distancia y disparó sobre el sol. Lo mató instantáneamente. Satisfecho, rebobinó.

—Ha sido un crimen perfecto —dijo ella.

—No, querida, un trabajo un poco sucio: algunas manchas de sangre estropean la fotografía. Crímenes de ésos pueden comprarse muy baratos en todas las tiendas donde venden postales, pero uno siempre tiende a ejecutarlos por sí mismo.

La playa estaba vacía, todo el mundo había huido con las primeras brisas: a la gente le gusta mucho quemarse al sol, pero no soportan la posibilidad de un resfrío. Sólo una niña, pequeña, con un vestidito blanco se entretenía en la arena. No levantaba castillos, porque la arena le parecía un material harto liviano, ni dibujaba princesas ni caballos ni astronautas con su pala: miraba a la pareja. Era extremadamente solitaria y siempre le inspiraban curiosidad las parejas: hasta ese momento, nunca en su vida había experimentado la necesidad de compartir el silencio, la puesta de sol, el baño, nada.

—Esa niña debe haberse extraviado —comento la mujer—. Pobrecita, llamémosla y averigüemos quiénes son sus padres.

—Ten cuidado, Alicia —contestó él—. Actualmente, los niños suelen ser muy peligrosos.

Había un desorden en las generaciones. Eso ya lo había observado el Papa, la Iglesia y el Ejército. Probablemente, un trastorno en los genes. Durante siglos, los padres se habían parecido a los hijos. En la actualidad, era difícil encontrar un padre parecido a su hijo. Inexplicablemente, se atribuía la infidelidad a los niños. El desorden podía haber sido provocado por la bomba atómica, las revoluciones fracasadas, la polución o la influencia del cine. O quizás era la comida. Cada vez la gente acostumbraba menos a comer en sus casas, preferían comer huevos fritos y salchichas en los self-service y en los restaurantes. Era alguno de esos factores, o todos juntos, como el cáncer.

—Nena —llamó dulcemente Alicia.

El sol se puso un poco más rojo. Él volvió a cargar la máquina, apuntó bien y disparó otra vez. Páfate. Miró su aparato, no muy convencido de su eficacia. Ya había dado muerte a varios paisajes, pero no estaba conforme. Sus vacaciones eran tan perfectas que seguramente no las olvidaría jamás: tomaba fotografías para recordarlas. ¿Quién iba a confiar en la memoria?

—Nenita —insistió Alicia.

La niña los miró con escepticismo. Volvió despacio la cabeza, consideró que el paisaje era más digno de observación y se enfrascó en la contemplación del mar.

—Seguramente es extranjera, no debe comprender nuestro idioma —comentó Alicia.

Todos son extranjeros —dijo él, empeñado en retirar el rollo de la cámara.

Ella lo miró sobresaltada. A veces hacía afirmaciones cuyo sentido, aunque aparentemente claro, resultaba ambiguo, dudoso, y no había cosa que la hiciera sentirse peor que la ambigüedad. ¿Qué había querido decirle? ¿Que en esa playa todos eran turistas? ¿Que todos los niños hablaban otro idioma? ¿Que la infancia era otro país?

—No lo creo. Tiene un aspecto bastante normal —aseguró ella.

—No pienses que los extranjeros son todos morenos y de narices anchas —agregó él.

De todas maneras, y pese a la indiferencia de su marido, prefería asegurarse. Le parecía una barbaridad que alguien dejara extraviada a una niñita a esas horas en la playa. Si no hubieran estado ellos allí —y estaban gracias a su sentido de la previsión y del orden que les había hecho poner dos pulóveres en el bolso de playa— con seguridad la niña hubiera podido sufrir cualquier percance, en manos de degenerados que recorrían la costa no bien entraba la noche. Los periódicos siempre contaban cosas así que sucedían en el extranjero, y la verdad es que el balneario estaba repleto de extranjeros. O hundirse en el agua. Algunos niños carecen del sentido de conservación, son como animalitos.

—¿Dónde estarán sus padres? —se preguntó ella, en voz alta. No tenía aspecto de huérfana. Cada día había menos huérfanos, por lo menos en el mundo que ellos frecuentaban. Con seguridad se debía a los adelantos de la medicina, que prolongaba la vida de los hombres. De las mujeres más aun, porque eran menos viciosas.

—En la piscina o bebiendo whisky en el bar del hotel —refunfuñó él. Había colocado el disparador del flash, porque quería tomarle unas fotografías a su mujer aunque el sol ya no la iluminara.

—Tendrás que hacer copias para enviar a casa —comentó ella. «Casa» seguía siendo la casa de sus padres. De sus abuelos. De sus tíos y tías. Le parecía muy agradable enviarles unas fotografías en color de las estupendas vacaciones que estaban pasando.

—Si la nena se acercara, le sacaría algunas fotos —dijo él—. He visto espléndidas fotografías de niños tomadas por aficionados.

—Nenita —volvió a llamar la mujer. No se decidía a moverse, por la secreta repugnancia que le causaba caminar sobre la arena, húmeda al atardecer.

Sorpresivamente, la niña se puso de pie, por decisión propia, absolutamente consciente de sus gestos y movimientos. Como si hubiera concluido a satisfacción una tarea, y ahora se desprendiera de los últimos quehaceres para salir a caminar. Como si hubiera cumplido una misión, y sintiera el placer mezclado con una especie de vacío que sobreviene entonces.

—Déjala que se acerque, le tomaré una instantánea —dijo él.

No recogió nada, porque nada tenía para recoger, ni miró hacia atrás, porque no dejaba nada detrás suyo, y caminó directamente hacia ellos. El vestidito blanco era sacudido por el viento.

—Pobrecita, nos ha entendido por fin, y viene a buscar protección, debe estar perdida y sentirá frío, con ese vestidito blanco.

Rápidamente la niña recorrió la distancia que los separaba y se detuvo junto a ellos. Permaneció de pie, mirándolos con curiosidad, observándolos fijamente. Ambos estaban sentados y cuando oprimió el disparador, se dio cuenta que tenía el flash descargado. La niña no reparó en este desgraciado accidente. Siguió de pie, metiéndose un dedo en la boca. Era un dedo rollizo e inteligente: por su extremidad rosada, ella había aprendido a conocer el mundo y a quererlo. A veces sabía a miel, a manzanas frescas, a polvo, a tomillo, a veces sabía a limón y le había enseñado a apartarse de las cosas calientes y de la gente de piel áspera y acre. Alicia estaba nerviosa, porque sabía cómo se disgustaba su marido cuando una foto no le salía, o le salía mal. La niña aprovechó el momento de distracción de la mujer, y con voz firme, autoritaria, les preguntó:

—¿De qué país son ustedes? —con acento perfecto, pero que demostraba que era una lengua aprendida.

—Somos de acá —respondió la mujer, sorprendida.

La niña se le aproximó muchísimo, observándole atentamente la piel de los brazos. Alicia se estremeció desagradablemente, sintiéndose auscultada. Tenía la piel llena de pecas, y le pareció que la niña deseaba tocárselas, verlas de cerca. Su marido continuaba preocupado por el flash. La niña se acercó más aún, de modo que ella pudiera oler su perfume a yodo, a mar, y, cuando ya tenía su naricita sobre las pecas de sus brazos, le preguntó, cortésmente:

—¿Qué son?

—¿Qué son qué? —casi gritó Alicia, indignada—. Son pecas, ¿nunca oíste hablar de ellas?

—En mí país no hay de esos animales —afirmó la niña, alargando su mano para tocarlas.

Alicia repelió el gesto con asco. La niña se asustó un poco, pero en seguida recuperó su interés y volvió a alargar el brazo. Pero esta vez, pidió permiso:

—¿Puedo tocártelos?

Ella no entendía por qué los extranjeros no enseñaban a sus hijos a guardar respeto a los adultos.

—No —contestó Alicia, tajante.

La niña no insistió. Mostró un olímpico desprecio hacia Alicia, y sólo comentó:

—Cuando vuelva a salir el sol, buscaré animales de ésos en la orilla. La orilla está llena. ¿Por qué ese señor saca fotografías?

Él se sobresaltó al escuchar la voz de la nena tan próxima a su oído. Había estado absorto tratando de solucionar el desperfecto de su flash, y no escuchó el diálogo anterior.

—¿Está o no perdida? —le preguntó a su mujer, ignorando la curiosidad de la niña.

—No puedo saberlo —dijo ella—. Es extranjera.

—Para ser extranjera, habla muy bien nuestro idioma —comentó él.

—Todos los niños tienen esa facilidad. Creo que nuestra lengua es muy agradable para ellos.

—No —dijo la niña, interviniendo en la conversación que ellos habían creído privada—. Yo pregunto por qué ese señor saca fotografías. No me gusta como ustedes dicen «caballo», ni me gusta como dicen «reloj». ¿Por qué han traído pulóveres?

—¿Dónde están tus padres? —preguntó Alicia, deseosa de no responder.

—En casa —contestó la niña, rápidamente—. Si la máquina mata al sol, la voy a tirar al agua.

—Nenita —intervino el hombre—, si quieres, te acompañamos hasta tu casa. ¿Quieres? ¿No tendrás frío?

—Yo nunca tengo frío —respondió—. El frío es viejo. ¿Mata al sol o no?

—¿Nunca viste una cámara fotográfica?

—Es extranjera —contemporizó Alicia, ahora que el diálogo se había vuelto hacia su marido—. Probablemente india. Quizás allí no existan cámaras fotográficas, o no son accesibles.

—Tengo un gato que ustedes no tienen —interrumpió la niña.

¿Un gato? —se sobresaltó Alicia. No soportaba ninguna clase de animal doméstico. Ni de los otros.

—No creas —dijo su esposo—. Ya no quedan países tan atrasados. Sólo algunas tribus muy primitivas ignorarán lo que es una cámara fotográfica.

—Si quieres lo traigo —ofreció la niña. Parecía dispuesta a hacer concesiones.

—Ni se te ocurra —se alarmó Alicia—. Podemos llevarte hasta tu casa, y tú le darás de comer a tu gatico.

—No es gatico —dijo la nena—. Es un gatito. Y además, lo tengo en la playa.

—Con razón la arena de este balneario está tan sucia —reflexionó Alicia—. Gatico y gatito son sinónimos, niña. ¿Sabes lo que son los sinónimos? —No esperó respuesta, explicó— Dos palabras que significan lo mismo.

—No hay sin-ominos —dijo la niña—. Todas son diferentes.

—En los sonidos sí, pero el significado puede ser el mismo.

—No hay sin-ominos —insistió—. Todo es diferente.

—Es terca como una mula —se irritó él.

—Todos los niños son iguales —contemporizó Alicia.

—Todos son diferentes —aseguró la niña. ¿Estaba hablando de los niños o de los sinónimos, todavía?

—¿Dónde duermen? —preguntó de pronto.

—En nuestro hotel —contestó Alicia, orgullosamente.

—Los bichitos —dijo la niña, mirándole otra vez el brazo.

—Ya te dije que no son bichitos, ¿no entendiste?

—El hotel no es de ustedes.

—¿Qué hotel?

—Ése donde duermen. Tú dijiste: «Nuestro hotel».

—Es el que hemos alquilado —respondió el marido.

—Parece que te importa mucho el lenguaje —dijo la mujer.

—Puedo traer mi gatito y mostrárselos —ofreció otra vez la niña.

—No es necesario; otro día lo veremos —trató de disuadirla ella.

—No hay otro día —contestó la niña.

—¡Claro que lo hay! Para que veas: nosotros hemos reservado hotel por quince días más.

—Si él lo mata no hay más día.

—Nunca he matado al sol —dijo él, sonriendo.

—Al gato —aclaró la niña.

—No me gustan los gatos, pero jamás mataría a ninguno —se defendió.

—Es lo mismo —insistió—. Él se moriría. Yo tengo varios. En casas diferentes.

—¿Lo ves? —dijo ella—. Esta niña es hija de padres divorciados. Por eso se confunde. Yo no sé para qué la gente tiene hijos.

—Para perpetuar la especie —respondió la niña, con gran serenidad. Ambos se quedaron mudos, mirándola despavoridos. Había respondido como si se tratara de un manual.

—¿Tú sabes qué quiere decir perpetuar la especie? —le preguntó él sorprendido.

—Sí —aseguró ella, muy satisfecha de haber respondido como le enseñaron en la escuela.

—Bueno, a ver, dinos qué quiere decir.

—No quiero —dijo ella.

—No sabes —contestó él.

—No, es que no quiero. Quiero mostrarles mi gamito.

—Es que no sabes.

—Es que no quiero.

—Aníbal, deja a esa niña en paz. Llevémosla a su casa, al hotel o donde sea.

—¿Por qué los dos nombres de ustedes empiezan con A?

—¿Cómo averiguaremos dónde vive? No la veo muy dispuesta a contestar —consultó él.

—El mío empieza con E.

—¿Y cómo sigue? —le preguntó. Quizás obtendría una seña de identidad.

—Euuuuyllarre —respondió la niña.

—Ése no es un nombre. No significa nada.

—Significa lo que yo quiero que signifique sentenció ella. Había leído eso en alguna parte.

—¿Y qué quieres significar tú en este momento?

—Euuuuyllarre —contestó la niña.

—Eso no significa nada, no es un nombre, es un invento tuyo.

—Yo quiero llamarme ahora así —explicó.

—Y cuando no quieres llamarte así, ¿cómo te llaman?

—Como se les da la gana.

—No empecemos otra vez —intervino Alicia.

—Si no quieren ver a mi gato, igual tengo otro —dijo ella, orgullosamente.

—No queremos ver ni ése ni el otro —terció Alicia.

—Pues entonces les mostraré el otro más.

—Tampoco ése —dijo él.

—¿Y el gato que es el otro gato del otro más?

—Me parece que estás atribuyéndote más gatos de los que tienes.

—Me parece que ustedes no son amigos de los gatos.

—Ni de las niñas —contestó él, irritado.

—Mi papá tampoco —dijo ella.

—¿No es amigo de las niñas o de los gatos? —preguntó él.

—Es amigo del gato, pero no del otro.

—¿Dónde vive tu papá? —intentó averiguar otra vez Alicia.

—En la gatería.

—¿No querrás decir en la galería?

—Quiero decir en la gatería.

—Debe ser uno de esos extranjeros que se emborrachan por la noche en el bar del hotel.

—¿Y tu mamá? —insistió Alicia.

—¿Cuál? —preguntó ella.

—¿Cuántas madres tienes? —interrogó, asombrada.

Ella pareció reflexionar un rato, miró sus dedos, hizo algunos cálculos en el aire, y luego respondió:

—Una sola.

—¿Dónde vive?

—En casa —contestó.

—¿Y dónde está ahora?

Ella empezó a jugar con la arena.

—Antes estaba en la playa —respondió la niña.

—¿Te ha dejado sola? —preguntó Alicia, horrorizada.

—No. Yo la dejé sola para jugar con el gato.

—¿En qué lugar la dejaste? —preguntó el marido.

—En la gatería.

—Así no podremos adelantar nada —dijo Alicia, que se estaba empezando a preocupar—. Quizá si le ofreciéramos algo. A los niños es muy fácil seducirlos con comida.

—¿Quieres un sándwiche? —le ofreció el marido.

—Ya comí —dijo la niña.

—Puedes volver a hacerlo, si lo deseas.

—No. No quiero ponerme gorda como tú.

—Yo no estoy gordo —protestó él.

—Estás demasiado quieto, engordarás.

—¿Quién te dijo que estoy demasiado quieto?

—La arena. No se mueve cuando tú estás quieto.

—Ya me moví bastante por el día de hoy.

—¿Por qué no empiezas a moverte para mañana? —preguntó ella, con su mejor inocencia.

—No me interesa. Me gusta hacer las cosas a su tiempo.

—¿Qué tiempo? —preguntó la niña.

—El que corresponde.

—No sé —dijo la niña.

—¿Qué es lo que no sabes?

—Cuál tiempo es corresponde.

—No hay tiempo corresponde. Dije que me gusta hacer las cosas a su tiempo.

—¿De quién?

—¿De quién qué?

—De quién tiempo.

—De cada cosa. Cada cosa tiene su tiempo.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque me lo enseñaron de pequeño, no como a ti.

—¿Cuál es el tiempo de ella? —preguntó la niña, señalando a Alicia.

Él quedó sorprendido. Nunca se lo había puesto a pensar. Se entretuvo imaginando respuestas apropiadas, como por ejemplo: «Su tiempo es siempre». «Toda la vida». «Es el tiempo del amanecer y del verano,» ¿El tiempo de la acción o el de la meditación? ¿El tiempo doméstico o acaso otra dimensión, menos habitual? Tuvo que elegir entre dos respuestas vagas: todos, o ninguno.

—Su tiempo es todos los tiempos —sentenció, al fin, muy contento de la frase que había construido. Ella se pavoneó un poco, orgullosa.

—Si no quiere ver a mi gato, no será el tiempo de mi gato.

—No nos importa que no sea el tiempo de tu gato, es el suyo y el mío.

—El mundo es ancho y ajeno —dijo la niña, contemplativamente, mirando hacia el cielo. Él tuvo la irritante sensación de no saber si les estaba tomando el pelo, o si hablaba en serio.

—¿De dónde sacaste esa frase tan bonita? —le preguntó irónicamente.

—De la escuela. Es un libro viejo. Todos los libros de la escuela son viejos.

—¿Qué crees tú que quiere decir eso?

—Nada. Que el mundo es ancho y ajeno.

—Estás repitiendo lo mismo.

—No hay sin-ominos, y yo estoy contra la interpretación.

—¿Qué quieres decirnos con que estás contra la interpretación?

—Mi padre tiene un libro que se llama «Contra la interpretación».

—¿Qué te dije? —intervino Alicia—. Su padre debe ser un intelectual muerto de hambre. Así salen sus hijos.

Pero él estaba demasiado entusiasmado con la conversación. Y ofuscado.

—Todavía no me has dicho qué es la interpretación, y por qué estás en contra.

—Porque no hay sin-ominos.

—¿Tu padre te deja leer cualquier libro?

—No.

—Ah, eso me parece muy bien.

—No cualquiera, todos.

—¿Y a ti te gusta leer?

—No. Me gustan los títulos. Reflejos en tu ojo dorado.

—Déjate de decir disparates —se indignó—. Si no nos dices ahora mismo dónde deseas que te llevemos, nos iremos y te quedarás sola.

—Ustedes se quedarán solos —sentenció la niña, con seguridad, poniéndose de pie. De pronto se miraron asustados.

—Si yo me voy ustedes se quedan toda la noche y todo el día solos —repitió la niña.

Alicia se sintió incómoda.

—No hemos querido echarte —afirmó, tratando de apaciguar a la niña.

—Aunque les deje a mi gato, estarán completamente solos.

—Pero si nos gusta mucho tu compañía, puedes quedarte todo el tiempo que desees.

—Las noches son muy largas en los balnearios —comentó la niña, como si fuera un comentario sin importancia.

—Efectivamente —dijo él—. Es la diferencia con la ciudad.

—No hay nadie por ningún lado —agregó la niña.

—Y eso es horrible —confirmó Alicia.

—Con todo, yo podría irme y dejarles mí gato.

—Pero no, Euuuuyllarre, quédate, quédate con nosotros.

—Él les haría compañía.

—Pero tú lo cuidarás mejor si nos acompañas y te quedas acá.

—Si tienen hambre, puedo ir a comprarles sándwiches.

Ambos se asustaron. Empezaron a sacar grandes cantidades de provisiones del bolso.

—¿Ves? ¿Ves? Hay comida suficiente para los tres.

—Para los siete, porque está mi gato, mi otro gato, el gato otro y el otro gato del otro gato.

—Para los siete alcanzará, Euuuuyllarre —aseguró él, tímidamente.

—Mis gatos están acostumbrados al agua y a comer pescado.

—Son unos gatos fantásticos y hermosísimos, Euuuuyllarre.

—Bueno, si es así, los acompañaré toda la noche. Siempre hay gente solitaria por la playa. Se aburren y no saben qué hacer.

* * *

© Cristina Peri Rossi: En la playa. Publicado en La tarde del dinosaurio, 1976.

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