—¿Dónde está mi pene? —grité angustiadamente a las diez de la mañana de un grisáceo día primaveral. Había amanecido soleado. Eran las ocho.

Después, unos nubarrones oscuros cubrieron el cielo, pero tampoco estaba claro que fuera a llover. La primavera es así, inestable.

—¿Dónde está mi pene? —volví a gritar, obsesivamente.

Marta no me hacía caso. Tenía que entrar a las diez a su trabajo, eran las diez y todavía estaba en casa. Y yo, sin pene.

—No tengo la menor idea —respondió, con calma, mientras juntaba las últimas cosas para irse: folios, rotuladores, un bolso, un pañuelo para el cuello. Se había pintado levemente los labios.

—El pene, querida, es cosa tuya —dijo sarcásticamente.

—Hace exactamente una semana, era cuestión de ambas —le dije.

Hacía una semana nos habíamos reconciliado, después de tres meses de separación. En esos tres meses me fui a vivir a una pensión de ínfima categoría, como corresponde a mi sueldo de lectora en una editorial, ligué con una bisexual de dieciocho años (tuve, pues, una de las experiencias más intensas y aterradoras) y me peleé con mi psicoanalista. Quiero decir con esto que mi vida fue más desordenada de lo que suele ser habitualmente.

Marta me ordena, me recoge, me contiene, como dice la psicoanalista a la que ya no voy. No sé qué hizo Marta durante esos tres meses en los que no nos vimos ni nos llamamos por teléfono (no le pregunté para que no me preguntara, pero teniendo en cuenta su tendencia a la fidelidad, absolutamente contraria a la mía, es posible que se haya dedicado a leer las obras completas de Derrida, a pasear a sus sobrinos heterosexuales —dos, de siete y ocho años— y a terminar su tesis sobre el método Piaget de educación afectiva de la infancia) pero luego de esa separación, la primera en nuestra relación de tres años, le envié un mensaje por el móvil que decía: «No puedo vivir sin ti». Respondió: «Siempre tan dramática. Yo, tampoco».

Mientras intentábamos en vano vivir separadas sin sufrir, la cámara de Diputados aprobó la ley de matrimonio homosexual, de modo que cuando nos reconciliamos (hace exactamente una semana) decidimos casarnos. Para festejar la decisión, que me horrorizaba (soy fruto de un largo matrimonio heterosexual, lleno de riñas, violencia, desacuerdos y paranoia) nos fuimos a cenar a un precioso restaurante gay lleno de parejas integradas por un hombre con éxito en la vida, es decir, dinero, y otro sin ningún éxito en la vida, es decir, pobre, y yo me compré un pene en un sex shop.

—Si nos vamos a casar —fue mi argumento al desenvolver el precioso pene color carne en el momento exacto en el que el camarero (gay, y vestido con un absurdo pantaloncito corto que insinuaba su paquete)—, haremos una boda con todas las de la ley, yo con pene, tú con vagina —le dije, al exhibir el miembro que yo no tenía, pero estamos en el siglo del plástico y de los implantes.

Marta lo aceptó con una deliciosa sonrisa en los labios. Así son las bisexuales, nada les sorprende. Acerca de mi tendencia a enamorarme de mujeres bisexuales tuvimos varias sesiones con mi psicoanalista (heterosexual) a razón de setenta euros los cuarenta y cinco minutos. Fueron completamente improductivas.

—¿Por qué crees que te gustan las mujeres bisexuales? —me preguntó.

—Cuando me gusta una mujer, no me fijo en cuáles son sus preferencias sexuales —repliqué, altiva.

—¿Eso quiere decir que te crees lo suficientemente seductora como para conquistar a cualquiera, sea cual sea su identidad sexual? —insistió, con aparente indiferencia. Parecía incapaz de matar una mosca, pero no me podía fiar de ella. Con ese aire inocente, podía meter el estilete de una pregunta hasta el fondo. Las moscas, las mato con la mano, no con palabras.

—Eso quiere decir exactamente lo que dije —contesté—: cuando me gusta una mujer no me fijo en su identidad sexual. Siempre que tengan una.

En los tiempos modernos, la identidad sexual suele ser bastante inestable.

—No es el caso de la tuya —dijo, bajando la cabeza para mirar sus apuntes. Los apuntes que toma de las sesiones anteriores—. Según me has dicho, sólo has tenido relaciones con mujeres.

—Es que soy una persona muy lúcida y con principios muy firmes —aseguré.

Como dice mi madre, yo tengo un criterio. No será el suyo —el de mi madre— pero por lo menos, es uno.

—Es curioso que mantengas relaciones sólo con mujeres bisexuales, si piensas que carecen de criterio.

—Es el mayor de sus encantos —respondí. Siempre te dicen cosas como: «Sólo contigo, te juro, nunca me había gustado una mujer», o «Haces el amor como los dioses. Ah, si mi marido estuviera aquí. Con él, nunca llegaba al orgasmo. Decía que yo tenía un problema. Sí, tenía un problema: él».

—¿Te gusta sentir que las redimes de sus fracasos? —preguntó otra vez la psicoanalista, con ese aire de mosquita muerta que detesto.

—Las salvo de la frigidez heterosexual —proclamé.

—Como salvaste a tu madre de un matrimonio desgraciado —interpretó la psicoanalista—. Creo que salvar a tantas mujeres debe de ser una misión un poco agotadora ¿no te parece?

No me parecía.

—Lo de salvar lo ha sugerido usted. Yo, me divierto —dije.

—Pero además sufres —corrigió la psicoanalista, mirando otra vez sus apuntes—. Según me has dicho, con las bisexuales siempre está el fantasma de su pasado con hombres o de su posible futuro con hombres.

—No conozco a una sola heterosexual que luego de haberse acostado con una mujer regrese a sus malos hábitos —respondí, sarcástica.

—Quieres decir que ninguna de las mujeres heterosexuales con las que te has acostado ha vuelto a acostarse con un hombre —insistió.

—Dije lo que dije. Hay estadísticas. Lo que ocurre es que usted no las conoce, porque como es heterosexual, jamás ha tenido que investigar los motivos o las causas de su deseo. Los heterosexuales no tienen que hacerse preguntas, porque es lo normativo.

—Te dije que por el momento, yo era heterosexual, pero que no podría afirmarlo para toda la vida.

—Bonita manera de intentar no herir mis sentimientos y de buscarse una coartada —le espeté. Pensó que si afirmaba que era rotundamente heterosexual, yo no seguiría viniendo y perdería una paciente. Los tiempos no están para perder pacientes. ¿O quiso insinuar que quizás yo podía intentar seducirla con éxito?—. Usted no es mi tipo.

—Creí que no tenías tipo, salvo la bisexualidad —insistió la psicoanalista.

Nos estábamos peleando. Nos ocurría muy a menudo, como a Marta y a mí, en el tercer año de lo que había sido una dichosa relación, la mejor de mi vida. Es más: había conseguido serle fiel durante esos tres años, sin siquiera pensarlo. Pero un porvenir de fidelidad, hipoteca, televisión y caniche en casa me llenaba de espanto.

—Identificas la fidelidad con la monotonía —me había diagnosticado la psicoanalista. ¿Para eso le pagaba setenta euros la sesión?

A veces pensaba que intentaba que nos peleáramos, para reproducir los últimos seis meses de mi relación con Marta que habían culminado con la separación.

—Esto te pasa por ir a psicoanalistas heterosexuales —había sentenciado la comunidad lesbiana, que no veía con muy buenos ojos mi dedicación a salvar a las heterosexuales de su frustración.

El camarero del restaurante gay que nos servía alcanzó a ver el miembro que yo le ofrecí a mi querida Marta y sonrió, con complicidad.

—Yo tengo uno muy parecido —dijo.

Lo miré con sorpresa.

—No sé para qué quiere uno de plástico si tiene uno de verdad —le comenté en voz baja a Marta, mientras envolvía decorosamente el que había comprado en el sex shop para esconderlo. Ahora que tenía un pene, no era cosa de que cualquier gay de mierda me lo estuviera mirando o tocando.

—Algunos gays lo usan para penetrar a sus parejas por el ano —me informó Marta.

Siempre me sorprende. ¿No era heterosexual hasta que me conoció y jamás había tenido un amigo o amiga gay?

El pene resultó un adminículo muy estimulante para nuestras relaciones sexuales, lo usaba exclusivamente yo, Marta me dijo que no le hacía ilusión ponérselo, cosa que yo me imaginaba y me tranquilizaba. La noche en que lo usamos por primera vez, es decir, la noche de nuestra reconciliación, decidimos, además, casarnos. Le pregunté si la súbita aparición del pene en nuestras vidas había tenido algo que ver con esa decisión.

—No seas retorcida, querida —me respondió Marta. Desde que te conozco tengo ganas de casarme contigo, con pene o sin él.

Como si el hecho de que yo fuera una retorcida no constituyera un motivo muy importante de su amor por mí.

—Además —agregó—, le diré a mamá que nos casamos y por fin podrá venir a casa con papá.

Me extrañó que no dijera «papi». Detesto a las mujeres que llaman «papi» al monstruo incestuoso de su padre, pero inexplicablemente, algunas sienten ternura por él. Seguramente les gustó cuando él les metió mano con el pretexto del termómetro (antiguamente se ponía en la ingle), de cambiarle los pañales o el vestidito.

Hasta ese momento, yo me había negado rotundamente a participar de cualquier ceremonia familiar, fueran cumpleaños, bodas, navidades, bautismos, preoperatorios, posoperatorios o simples catarros.

No quería hacer el triste papel de una advenediza en el seno familiar, que es el único seno que no me gusta. Con los demás, soy muy amplia. Me gustan los senos prietos y los caídos; los anchos y los estrechos, los que sobresalen de la ropa y los que hay que buscar con lupa.

Después de dos años de relación, Marta le había dicho a sus padres que vivía con una mujer, pero no había entrado en detalles. Éramos amigas, y la palabra es lo suficientemente confusa como para prestarse a cualquier interpretación; los padres, gente sana, al fin, habían preferido la más sencilla y menos preocupante: su hija vivía con una amiga como si fueran hermanas.

Pero ahora que íbamos a casarnos, Marta había decidido hablarles con claridad, comunicarles nuestra intención matrimonial e invitarlos a casa.

Vendrían a almorzar el sábado, estábamos a viernes y yo no podía encontrar el pene.

—Me tengo que ir —proclamó Marta, junto a la puerta—. Deja de preocuparte ya por el pene. Además, hasta la noche no lo necesitamos.

—¿No recuerdas que hoy viene la empleada? —le grité, al borde de la histeria.

Teníamos una empleada boliviana, de veintiocho años, con dos hijos en su país natal, que limpiaba el piso cada viernes. Y este viernes, era el día anterior a la visita matrimonial de los padres de Marta.

—Me tengo que ir a la editorial, no sé dónde está el pene y no me gustaría que la empleada lo encontrara y lo guardara en la nevera, en la alacena o en cualquier otro lugar al alcance de tu padre o de tu madre, mañana, a los postres.

Marta pareció haber tomado conciencia del problema en ese preciso momento.

—¿Lo decías por mis padres? —preguntó, asombrada.

—¿Y por quién iba a decirlo? —respondí, enojada.

—Bueno —reflexionó en voz alta— llevan treinta años de casados, me imagino que un pene no será algo nuevo en sus vidas —agregó.

A veces, la naturalidad de las bisexuales me sorprende y me saca de quicio.

—¿Te imaginas las preguntas que se harán, si lo llegan a encontrar en un cajón, acerca de nuestra vida sexual? —le dije.

—Creo que no tendrán ninguna duda acerca de quién lo usa —me respondió jocosamente—. Te queda estupendo —agregó, como para satisfacer mi orgullo. Sólo consiguió lo opuesto: humillarme.

—Tuve graves problemas para elegir su tamaño —respondí—. No conocía tus gustos acerca de penes. No sabía si te gustaban delgados y largos o anchos y regordetes. Hay una gran variedad, como habrás podido comprobar en tu vida anterior.

No era muy cierto, porque Marta sólo había tenido un par de amantes hombres, antes de conocerme.

Touché, querida. —Se acercó conciliadoramente a besarme—. ¿Dónde crees que puede estar?

—No lo sé —dije, bajando la guardia—. No está debajo de la cama, ni entre las sábanas, ni en su bolsa de plástico.

—¿Y en el armario del baño? ¿Buscaste en el armario del baño?

—Sólo están el secador de pelo, un par de toallas, las cremas desmaquilladoras y dos pastas de dientes sin abrir.

(Marta tenía la obsesión de que en algún momento nos faltara pasta de dientes. Siempre le gustaba tener un par de tubos de repuesto. No llegué a hablar de esta obsesión con mi psicoanalista, porque cuando se la conté, me dijo que las obsesiones de Marta no eran cosa nuestra. «¿Nuestra?», repetí, asombrada. A ver si ahora, además de tener novia fija, a punto de casarme, tenía un lance sentimental con la psicoanalista).

—Recuerda la última vez que lo usaste —dijo Marta, que había abandonado su bolso, dispuesta a ayudarme y a llegar tarde al trabajo.

—Lo usamos, querida, lo usamos. Creo que te beneficiaste de él —aseguré.

—No sé por qué eres tan puntillosa con el lenguaje —me replicó.

—Pensé que eso era lo que te gustaba de mí —refuté.

—Me gustan muchas cosas de ti, pero tu paranoia lingüística a veces me irrita los nervios.

—Todavía no nos hemos casado y ya tenemos una disputa matrimonial —observé, con frustración.

—No, simplemente es una riña de enamoradas —precisó Marta.

—A veces a ti también te gusta ser muy puntillosa con el lenguaje —maticé.

—¿Quieres hacer el favor de recordar dónde estaba el maldito pene la última vez que lo viste? Se me está haciendo muy tarde —dijo.

—Por lo que recuerdo, la última vez que lo vi estaba en el interior de tu vagina, muy cómodamente instalado, según tu expresión facial y ciertos grititos completamente excitantes que emitían tus cuerdas vocales —afirmé—. Sospecho que si continuara alojado en el mismo antro, receptáculo, cueva, caverna, agujero negro, pozo abisal, lo hubieras advertido.

Marta se rio. Me encanta hacerla reír. Creo que es uno de los motivos por los cuales vamos a casarnos.

—Eran las tres de la mañana, si no recuerdo mal —respondió—, y nos dormimos una en brazos de la otra. ¿Cuándo te lo quitaste? ¿Antes o después?

De pronto, tuve una iluminación. Siempre le he dicho a mi psicoanalista que la relación con Marta me obnubila, pero después, me recupero. Recordé que a las cinco de la mañana me desperté con el delicioso rostro de Marta en mi hombro izquierdo y unas irremediables ganas de orinar, de modo que desplacé suavemente su rostro sobre la almohada, ella protestó débilmente («bésame», dijo) y yo me quité las cintas que sostenían el pene de plástico, porque no se me da bien orinar de pie. El adminículo, lo metí en el cesto de la ropa sucia, para lavarlo al día siguiente. Ahora estaría allí, mezclado con las toallas, los repasadores de cocina y las camisas. Inofensivo, como si nunca se hubiera metido con nadie. O nunca se lo hubiera metido a nadie.

Seguramente, la primera en encontrarlo habría sido Yolanda, la empleada boliviana. Lo habría encontrado, lo habría asido entre ambas manos, a la altura de sus ojos ¿y?, ¿y?

—Está en el cesto de la ropa sucia —le dije a Marta, y me dirigí hacia allí.

No sé qué habría hecho Yolanda con él.

—Lo habría metido en la lavadora —sentenció, recogiendo otra vez su bolso.

—Tenemos que buscarle un lugar definitivo en este mísero piso de cuarenta y cinco metros cuadrados —protesté.

—Creí que ya le habías encontrado un lugar definitivo entre tus piernas, querida —me dijo Marta, riendo, mientras cerraba la puerta.

Es lo que tienen las bisexuales. Siempre me asombran.

© Cristina Peri Rossi: Sí, quiero. En Las chicas con las chicas. Relatos eróticos, 2009.