¿Me preguntaba usted por el anciano? Creo que sí. Usted es nuevo en esta región. ¿Ha venido a pasar sus vacaciones? En verano suele venir mucha gente. Siempre acaban bajando por los acantilados hasta esta playa y se detienen para mirar al mar; luego, vuelven la vista hacia el lago. Igual que usted.

Bonito sitio, ¿verdad? Tranquilo y apartado. No es extraño que el anciano lo eligiera para vivir.

No recuerdo cuándo llegó. Nadie lo sabe. Debió de ser hace muchos años. Cuando yo vine aquí, mucho antes de la guerra, él ya estaba. Quizá vino huyendo de la civilización, como yo. O quizá es que la gente del lugar donde vivía antes le hacía la vida imposible. Es difícil decirlo. Desde el principio, me dio la impresión de que había hecho algo, o alguien se lo había hecho a él, que le había enemistado con el mundo. Recuerdo que la primera vez que le vi, me dije: «Apuesto a que este tipo tiene un genio endiablado».

Sí, vivía con su mujer ahí mismo, junto al lago. Tenían una extraña casucha, expuesta a todos los vientos, pero eso no parecía importarles.

Uno de los muchachos de la granja me había aconsejado, con una sonrisa, que me mantuviera apartado del viejo que vivía junto al lago; por lo visto, no le agradaban los intrusos. Así que me guardaba mucho de ir a charlar con él. Aunque, de todas formas, habría sido inútil, puesto que yo no sabía ni una palabra de su idioma. La primera vez que le vi, se hallaba en pie junto al borde del lago, mirando al mar. Yo, por pura discreción, me abstuve de cruzar el puentecillo de madera tendido sobre el agua, para no pasar demasiado cerca de él, y llegué al otro lado dando la vuelta por la orilla. Luego, con la turbadora sensación de que me estaba entrometiendo en lo que no me importaba y de que no tenía nada que hacer allí, me oculté detrás de unos matorrales, saqué los prismáticos y los enfoqué hacia él.

Era un gran tipo, ancho y fuerte. Ha envejecido después, naturalmente —estoy hablando de hace varios años—, pero incluso ahora se le nota lo que debe de haber sido. Da sensación de fuerza, de energía, y lleva siempre erguida la cabeza, como un rey. Y esto es algo más que una simple frase. No, no bromeo. ¿Quién sabe si no lleva en sus venas sangre real heredada de algún remoto antepasado? ¿Y quién sabe si no es eso lo que de vez en cuando despierta en su interior y —no es culpa suya— le torna violento? Pero entonces no pensaba en eso. Permanecí mirándole y, cuando le vi que se volvía, me agaché tras el matorral y me pregunté qué pensamientos le pasarían por la cabeza y si sabría que yo estaba allí, espiándole.

Me habría visto en una situación violenta si se le hubiese ocurrido acercarse a donde yo estaba. Pero debió de pensárselo mejor, o quizás era que no le importaba. Siguió mirando al mar, contemplando las gaviotas y el ascendente flujo de la marea, y al cabo de un rato se apartó de la orilla del lago y se dirigió a su casa en busca de su esposa y, quizá, de comida.

A ella no la vi aquel día. No andaba por allí. Como vivían en la orilla izquierda del lago, al borde mismo del agua, y no había camino apropiado hasta allí, no me sentía con valor para acercarme demasiado y encontrarme cara a cara con ella. Pero cuando, no obstante, la vi al fin, quedé decepcionado. No valía gran cosa. Quiero decir que no tenía el estilo de él. Me pareció una criatura sosegada y de buen carácter.

Cuando los vi, volvían los dos de pescar, y se dirigían desde la playa al lago. Él iba delante, naturalmente. Ella le seguía. Ninguno de los dos reparó en mí, y yo me alegré, porque el viejo podía muy bien haberse detenido a esperarla, decirle que volviera sola a casa, y luego, bajar hasta las peñas en que yo estaba sentado. Usted me preguntará qué habría hecho yo en ese caso. Maldito si lo sé. Quizá me habría levantado, silbando con aire de indiferencia, le habría dedicado luego un saludo y una sonrisa —inútil, desde luego, pero es algo instintivo, si usted comprende lo que quiero decir— y, después de darle los buenos días, me habría marchado por el otro lado. No creo que él hubiera hecho nada. Se habría limitado a seguirme con la vista, mirándome con sus extraños y alargados ojos.

A partir de entonces, tanto en invierno como en verano, yo estaba siempre en la playa o en las rocas, y ellos seguían su extraña y solitaria existencia, pescando unas veces en el lago y otras en el mar. De vez en cuando, me encontraba con ellos en el puerto que había sobre el estuario, mirando las embarcaciones ancladas allí. Solía preguntarme quién de los dos habría sugerido la idea de acercarse a aquel lugar. Quizás él se había sentido bruscamente atraído por el bullicio y la vida del puerto, por todas las cosas a las que había renunciado, o que jamás había conocido, y le había dicho a ella: «Hoy nos vamos a la ciudad». Y ella, encantada de hacer lo que más le agradara, le seguía.

Lo que llamaba la atención, y no podía menos de repararse en ello, era lo mucho que se querían. Yo la he visto a ella salir a recibirle alguna vez que se había quedado en casa, mientras él salía a pescar. Le veía cuando aún estaban muy lejos y bajaba a la playa a esperarle. Iban directamente el uno hacia el otro, y se abrazaban sin que les importase un comino que les vieran hacerlo. Era conmovedor. Uno se daba cuenta de que algo tendría aquel anciano cuando ocurría todo aquello. Puede que fuese un verdadero demonio para los extraños, mas para ella era completamente distinto. Al verles así, sentía simpatía por él.

¿Dice usted que si tenían hijos? A eso iba. Precisamente quería hablarle de eso. Porque, ya ve usted, ocurrió una verdadera tragedia. Y nadie, excepto yo, sabe nada. Supongo que podría habérselo dicho a alguien, pero en ese caso… no sé. Podrían haberse llevado al anciano, y ella se habría quedado con el corazón destrozado. Y, además, no era asunto mío. Sé que las pruebas contra el anciano eran poderosas, pero no concluyentes. Podía haberse tratado de un simple accidente; de todas formas, nadie investigó nada cuando desapareció el muchacho, de modo que ¿quién era yo para entrometerme y ponerme a resolver el asunto?

Intentaré explicar lo que sucedió. Pero debe usted comprender que todo esto se desarrolló a lo largo de bastante tiempo, y, con frecuencia, yo estaba ocupado, o ausente, y ni siquiera me acercaba al lago. Nadie más que yo parecía tomarse ningún interés por la pareja que vivía allí, de modo que lo que voy a referir lo he visto con mis propios ojos, no son cosas que haya oído, ni chismes que murmurase la gente a espaldas de ellos.

No siempre han estado solos, como ahora. Tenían cuatro hijos: tres chicas y un chico. Les criaron a los cuatro en aquella desvencijada cabaña que tenían junto al lago, y todavía me pregunto cómo pudieron hacerlo. He conocido días en que la lluvia azotaba despiadadamente el lago, y éste se hinchaba en olas que rompían en la orilla y dejaban la tierra convertida en un verdadero cenagal, mientras el viento rugía sin cesar sobre la casa. Sin duda usted piensa que cualquiera que tuviese nada más que un poco de sentido común se llevaría de allí a su esposa y a sus hijos, para instalarlos en algún lugar donde pudiesen disfrutar de las comodidades más elementales. Pues no, ni hablar. El viejo debía de pensar que, si él podía soportarlo, también podrían soportarlo ella y los niños. Quizá se proponían educarlos en la escuela de la adversidad.

Las jovencitas eran muy atractivas; sobre todo, la pequeña. Nunca supe su nombre, pero yo la llamaba Chiquita, porque lo era de verdad. A pesar de su tamaño —me parece que la estoy viendo, lo menudita que era—, por la mañana era siempre la primera en aventurarse a chapotear en el lago, muy por delante de sus hermanas y de su hermano.

A éste le llamaba Bebé. Era el mayor y, aquí entre nosotros, un poco bobo. No se parecía a sus hermanas, y tenía un aspecto un tanto desgalichado. Mientras ellas jugaban o pescaban, él rondaba por los alrededores sin saber qué hacer. Si podía, se quedaba en casa, cerca de su madre. Un verdadero hijo de mamá. Por eso le puse aquel nombre. Y no es que ella le hiciese más caso que a los demás. Por lo que yo pude ver, trataba exactamente igual a los cuatro. De quien estaba siempre pendiente era del anciano. Pero Bebé no era más que un niño grande y me parece que bastante simple.

Al igual que los padres, los jóvenes hacían una vida retraída. Supongo que era el anciano quien les había acostumbrado a eso. Nunca iban a jugar a la playa, y eso que debía de ser una tentación muy grande en pleno verano, cuando la gente se paseaba por los acantilados y bajaban a la playa a bañarse y a merendar. Supongo que el viejo tendría sus razones para prohibirles que se relacionaran con desconocidos.

Estaban acostumbrados a verme por aquellos parajes, buscando leña y cosas parecidas. Yo solía pararme a menudo para verles jugar junto al lago. Pero no les hablaba. Podrían haber ido a decírselo al anciano. Cuando yo pasaba cerca de ellos, solían mirarme, y luego apartaban la vista con cierta timidez. Todos, menos Chiquita.

Chiquita sacudía la cabeza y hacía una cabriola para que me fijase en ella.

A veces les veía salir a los seis —el viejo, su mujer, Bebé y las tres chicas—, para irse a pescar todo el día en el mar. El viejo iba delante, naturalmente; Chiquita, deseosa de ayudar en algo, marchaba muy cerca de su padre. La madre iba mirando a su alrededor para ver si se mantendría el buen tiempo; seguían las otras dos chicas, y Bebé, el pobre tonto de Bebé, era siempre el último en salir de casa. Nunca supe lo que pescaban. Solían quedarse hasta bastante tarde, y cuando volvían yo ya me había marchado. Pero creo que les iba bien. Debían de vivir casi enteramente de lo que pescaban. Al fin y al cabo, ¿no dicen que el pescado tiene muchas vitaminas? Quizá el viejo tuviese sus propias ideas acerca de la alimentación.

Pasó el tiempo, y los chicos fueron creciendo. Me pareció que Chiquita perdía algo de su individualidad. Creció más que sus hermanas. Formaban un bonito trío. Tranquilas, bien educadas.

Bebé era enorme. Casi tan grande como el anciano, pero ¡qué diferencia! No tenía la belleza de su padre, ni su vigor, ni su personalidad. No era más que un desgarbado patán. Y lo malo era, creo, que su padre se avergonzaba de él. Estoy seguro de que no ayudaba gran cosa en la casa. Y para la pesca era completamente inútil. Las chicas trabajaban como hormigas y Bebé no hacía más que estorbar. Si su madre estaba por allí, se quedaba a su lado, sin hacer nada.

Yo me daba cuenta de que al padre le irritaba tener por hijo a aquel idiota. Lo que también le irritaba era que Bebé fuese tan corpulento. Probablemente aquello era un contrasentido para su intolerante mentalidad. La fuerza y la estupidez no podían marchar unidas. Desde luego, en cualquier familia normal Bebé habría abandonado ya la casa para irse a trabajar. Yo solía preguntarme si el viejo y su mujer hablarían de ello por las noches, o si daban por sentado, aun sin admitirlo expresamente, que Bebé no servía para nada.

El caso es que acabaron marchándose de la casa. Por lo menos, las tres chicas.

Le contaré cómo sucedió.

Un día de finales de otoño, en que yo había ido a hacer algunas compras a la pequeña ciudad del puerto, distante tres millas de aquí, vi de pronto al anciano, su mujer, las tres chicas y Bebé que se dirigían a Pont. Pont está al final de la ensenada que se abre al este del puerto y se compone de unas cuantas casitas y una granja, agrupadas en torno a la iglesia. Todos ellos iban muy limpios y aseados, y me pregunté si irían de visita. Eso era algo que no entraba en sus costumbres, pero, al fin y al cabo, quizá tuvieran allí algunos amigos y yo no lo supiera. De todos modos, aquella fue la última vez que les vi a todos juntos.

Aquel fin de semana se desató una de las clásicas galernas del Este. Soplaba un viento huracanado, y yo me quedé en casa sin salir para nada. Sabía que el mar estaría rompiendo violentamente sobre la playa, y me pregunté si el viejo y su familia habrían podido regresar a casa. Habrían hecho bien quedándose en Pont con sus amigos, si es que tenían amigos allí.

El viento no amainó hasta el martes, y fue entonces cuando me decidí a bajar a la playa. Estaba cubierta de algas, maderos, brea y alquitrán. Siempre pasa igual después de un temporal del Este. Volví la vista hacia la choza del anciano y le vi a él y a su mujer, de pie en el borde mismo del lago. Pero no había ni rastro de los chicos.

Me pareció curioso y esperé, pensando que no tardarían en aparecer. Pero no vinieron. Di la vuelta al lago y pasé a la otra orilla, desde donde podía contemplar a placer la choza del anciano. Incluso saqué mis viejos prismáticos para verla mejor. Los chicos no estaban allí. El viejo vagaba perezosamente de un lado a otro, como solía hacer cuando no estaba pescando, y ella tomaba el sol en la puerta. La única explicación era que hubiesen dejado a los chicos en casa de sus amigos de Pont para que pasaran allí unos cuantos días.

Reconozco que esta idea me tranquilizó, porque por un momento había temido que hubiesen emprendido el camino de regreso el sábado por la noche, hubieran sido sorprendidos por el temporal y que sólo los padres hubiesen podido regresar sanos y salvos. Pero no podía ser. Me habría enterado de algo. Alguien me lo habría contado. Y, además, no estaría el anciano paseando con su habitual aire de indiferencia, ni su mujer tomando tranquilamente el sol. No, seguramente los habían dejado en casa de algún amigo. A menos que, por fin, Bebé y sus hermanas se hubieran decidido a marcharse en busca de trabajo.

Me había acostumbrado de tal manera a verles pasear por los alrededores, que al faltar Chiquita y los demás me sentía triste. Experimentaba la extraña sensación de que se habían ido para siempre. Estúpido, ¿verdad? Que me preocupara, quiero decir. Había visto crecer a los cuatro jóvenes, y ahora, sin razón alguna, al parecer, habían desaparecido.

Me hubiese gustado saber unas pocas palabras de su idioma, para preguntarles como buen vecino: «Veo que han vuelto solos usted y su señora. Espero que no habrá ocurrido nada malo».

Pero de nada serviría. El viejo me habría mirado con aquellos ojos suyos tan extraños, y me habría mandado a paseo.

Nunca volví a ver a las chicas. Nunca. No regresaron. Una vez me pareció ver a Chiquita junto al estuario, con un grupo de amigas, pero no podría asegurar que fuese ella. Si lo era, había crecido mucho, y su aspecto era completamente distinto. Voy a decirle lo que creo. Creo que, aquel fin de semana, el viejo y su mujer se llevaron a sus hijos con algún propósito definido, y, o los habían instalado en casa de algunos amigos, o les habían mandado a que se ganaran la vida por sus propios medios.

Ya comprendo que eso parece cruel y que es algo que usted no les haría nunca a sus hijos, pero debe recordar que el anciano era un tipo duro y que no obedecía más dictados que los de su propia ley. Pensaba, sin duda, que aquello era lo mejor —y probablemente tenía razón—, y, si por lo menos supiese yo con certeza qué era lo que les había ocurrido a las chicas, no me sentiría tan preocupado.

Pero cuando me siento preocupado y triste es cuando pienso en lo que le sucedió a Bebé.

Porque, ya ve usted, Bebé fue lo bastante necio como para regresar. Volvió cosa de tres semanas después del día en que salió hacia Pont. Yo había bajado por los bosques, que no es mi camino habitual, pues generalmente sigo el curso del arroyo que desemboca en el lago. Y cuando pasaba junto a las marismas del Norte, a cierta distancia de la casa del anciano, vi de pronto a Bebé.

No estaba haciendo nada. Se hallaba en pie, en medio del pantano, y parecía aturdido. Estaba demasiado lejos de mí para que pudiera llamarle; además, no tenía valor para hacerlo. Pero me quedé mirándole con su aire torpe y desgarbado. Tenía la vista vuelta en dirección a la casa del anciano.

El anciano y su mujer no prestaban la menor atención a Bebé. Estaban junto a la playa, cerca del puentecillo de madera, y no sabría decir si salían a pescar o volvían. Y allí estaba Bebé, pintada en el rostro su estupidez… y también el miedo.

Sentía deseos de preguntarle: «¿pasa algo?», pero no sabía cómo decirlo. Me quedé, por tanto, quieto, igual que él, mirando al anciano.

Y lo que ambos temíamos que ocurriera, ocurrió al fin.

El anciano levantó la cabeza y vio a Bebé.

Debió de decirle algo a su mujer, porque ella no se movió, sino que se quedó donde estaba, junto al puente, mientras él se volvía como un rayo y bajaba por el otro lado del lago en dirección al pantano, en dirección al lugar donde estaba Bebé. Su aspecto era terrible. Nunca podré olvidarlo. En aquel hermoso rostro que tanto había admirado yo siempre, brillaba ahora una expresión malévola y furiosa; y, mientras corría, no dejaba de lanzar imprecaciones contra Bebé. Sus voces llegaban hasta mis oídos.

Bebé, atónito y espantado, buscaba desesperadamente dónde refugiarse. No había nada. Sólo los delgados juncos que crecían al borde del pantano. Pero era tan estúpido el pobrecillo, que fue a esconderse allí, creyéndose con eso a salvo. Daba pena ver aquello.

Estaba haciendo acopio de valor para intervenir, cuando, de pronto, el anciano se detuvo en seco y, sin dejar de proferir maldiciones, dio media vuelta y retornó al puente. Bebé le miraba desde su escondite de juncos; luego, salió de nuevo al pantano, sin duda con la idea de volver a casa de sus padres.

Miré a mi alrededor. No había nadie que pudiera prestar ninguna ayuda. Y si acudía a la granja, me dirían que no me metiese en los asuntos ajenos, que era mejor dejar solo al viejo cuando sufría uno de sus ataques de ira y que, en todo caso, Bebé era ya lo bastante mayorcito para cuidar de sí mismo. Era tan corpulento como el viejo. Podía defenderse si hacía falta. Pero yo sabía que eso no era cierto. Bebé no tenía fibra de luchador. No sabía cómo hacerlo.

Esperé largo rato junto al lago, pero nada sucedió. Comenzaba a hacerse de noche. Era inútil que continuara esperando. El anciano y su esposa se habían apartado del puente y habían entrado en casa. Bebé seguía inmóvil en el pantano, a orillas del lago.

Le llamé dulcemente.

—Es inútil. No te dejarán entrar. Vuelve a Pont, o a dondequiera que hayas estado hasta ahora. Vete a cualquier sitio, pero no te quedes aquí.

Me miró con su habitual expresión, aturdida y extrañada, en su rostro, y comprendí que no había entendido ni una sola palabra de lo que yo le había dicho.

Me sentía impotente. Como no podía hacer nada, me volví a mi casa. Pero toda la noche estuve pensando en Bebé, y a la mañana siguiente bajé de nuevo al lago. Había cogido un grueso bastón para sentirme más valeroso. Aunque no me servía de gran cosa contra el anciano.

Bien. Supongo que habían llegado a un acuerdo durante la noche. El caso es que Bebé estaba de nuevo al lado de su madre, y el anciano paseaba solo.

Tengo que decir que sentí un gran alivio. Al fin y al cabo, ¿qué podía haber hecho o dicho yo? Si el anciano no quería que Bebé estuviese en su casa, la verdad es que se trataba de un asunto exclusivamente suyo. Y si Bebé era tan estúpido como para acercarse por allí, también eso era cosa suya.

Yo censuraba la conducta de la madre. En definitiva, ella era quien debía decirle a Bebé que sería mejor que se quitara de en medio mientras el viejo estuviera de malas. Pero nunca me pareció muy inteligente, ni que fuese capaz de demostrar una gran energía.

Sin embargo, el acuerdo a que debían de haber llegado pareció funcionar bien durante algún tiempo. Bebé permanecía siempre pegado a su madre —supongo que la ayudaría en las faenas de la casa, no lo sé seguro—, y el anciano los dejaba solos y se iba reconcentrando cada vez más en sí mismo.

Había tomado la costumbre de sentarse junto al puente, encorvado hacia delante, y solía quedarse mirando al mar con una extraña expresión meditativa. Parecía hallarse ajeno a todo, retraído. No me gustaba. Ignoro cuáles serían sus pensamientos, pero estoy seguro de que eran malos. Parecía haber transcurrido mucho tiempo desde que él y el resto de la familia emprendían sus animadas excursiones de pesca. Todo había cambiado. Se mantenía apartado, y su mujer y Bebé estaban siempre juntos.

Yo le compadecía, pero al mismo tiempo me sentía asustado. Comprendía que aquello no podía continuar así indefinidamente; tenía que ocurrir algo.

Un día, bajé a la playa a recoger los maderos que pudiera encontrar —el viento había soplado de firme durante la noche—, y al mirar hacia el lago vi que Bebé no estaba con su madre. Se hallaba de nuevo al borde del pantano, donde yo le había visto el día de su regreso. Ya he dicho que era tan corpulento como su padre. Si hubiera sabido cómo utilizar su fuerza, podría haberle hecho frente en cualquier momento, pero carecía de cerebro. Y allí estaba, grandullón y asustado, en el pantano, y el viejo le miraba con ojos asesinos desde la puerta de su casa.

«Va a matarle», pensé. Pero ignoraba cuándo ni dónde lo haría; si sería de noche, cuando todos dormían, o de día, mientras pescaban. Era inútil apelar a la madre. Ella no lo impediría. Si al menos tuviese Bebé un poco de sentido común y se marchara…

Estuve mirando y esperando hasta la caída de la noche. Nada sucedió.

Llovió bastante durante la noche. El día siguiente amaneció gris y frío. Diciembre estaba en todas partes, y los árboles exhibían tristemente sus ramas desnudas, desprovistas de hojas. No pude bajar al lago hasta la última hora de la tarde; entonces, el cielo estaba ya despejado y el sol, antes de hundirse en el mar, brillaba con ese acuoso resplandor tan frecuente en invierno.

Vi al anciano y a su mujer. Estaban los dos juntos al lado de su vieja choza, y también ellos me vieron acercarme, pues estaban mirando hacia mí. Bebé no estaba allí. No estaba en el pantano, ni a la orilla del lago.

Crucé el puente y seguí la orilla derecha del lago. Aunque llevaba conmigo los prismáticos, no pude ver a Bebé. Y, durante todo el tiempo, notaba que el anciano no dejaba de vigilarme.

Entonces le vi. Bajé apresuradamente la ladera, crucé la marisma y me acerqué hacia aquello que veía tendido allá, detrás de los juncos.

Estaba muerto. Tenía una herida enorme en el cuerpo. Sangre seca le cubría la espalda. Pero había estado tendido allí toda la noche. Estaba empapado por la lluvia.

Quizá me tome usted por tonto, pero lo cierto es que me puse a llorar como un idiota. Me volví hacia el anciano y le grité:

—¡Asesino! ¡Sanguinario! ¡Maldito asesino!

No respondió. No se movió. Siguió al lado de su mujer, mirándome desde la puerta de su choza.

Usted querrá saber lo que hice. Fui a buscar una azada y, allí mismo, entre los juncos de la marisma, cavé una tumba para Bebé y recé una oración por él, aun sin saber de cierto cuál era su religión. Cuando hube terminado, volví a mirar al otro lado del lago en dirección al anciano.

¿Y sabe usted lo que vi?

Le vi agachar la cabeza, inclinarse hacia su mujer y besarla. Y ella levantó su cabeza y le besó. Era a la vez un réquiem y una bendición. Una expiación, una acción de gracias. Sabían, a su manera, que habían obrado mal, pero todo había terminado ya, puesto que yo había enterrado a Bebé y éste había desaparecido. Volvían de nuevo a ser libres y no existía ya nadie que los separase.

Salieron al centro del lago, y, de pronto, vi que el anciano estiraba el cuello y batía las alas. Separándose del agua, remontó vuelo con un movimiento lleno de fuerza, y ella le siguió. Vi a los dos cisnes volar hacia el mar en dirección al sol poniente, y le aseguro que el espectáculo de aquellos dos cisnes volando solos en medio del invierno era uno de los más bellos que he visto en mi vida.


© Daphne du Maurier: The Old Man (El anciano). Publicado en The Apple Tree: A Short Novel and Some Stories, 1952. Traducción de Adolfo Martín. | Cuento completo.

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