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Le habían dicho que las señoras estaban en la iglesia, pero supo que no era así por lo que vio desde lo alto de las escaleras —descendían desde una gran altura en dos brazos, describiendo un círculo de un efecto encantador—, en el umbral de la puerta que, desde la larga y clara galería, dominaba el inmenso jardín. Tres caballeros, sobre la hierba, a cierta distancia, se hallaban sentados bajo los grandes árboles, mientras que la cuarta figura lucía un vestido rojo que destacaba como un «poco de color» entre el verde fresco e intenso. El sirviente había acompañado a Paul Overt hasta presentarle esta escena, después de preguntar si deseaba ir primero a su habitación. El joven declinó tal privilegio, consciente de no haber sufrido deterioro alguno con un viaje tan corto y fácil y siempre deseoso de adueñarse de inmediato, por su propia percepción, de un nuevo escenario. Permaneció allí un momento, con los ojos en el grupo y en el cuadro admirable: los amplios terrenos de una antigua casa de campo próxima a Londres —eso sólo lo mejoraba—, un espléndido domingo de junio.

—Pero, esa dama, ¿quién es? —dijo al sirviente antes de que el hombre lo dejara.

—Creo que es Mrs. St. George, señor.

—Mrs. St. George, esposa del distinguido… —entonces Paul Overt se detuvo, dudando si este servidor lo sabría.

—Sí, señor… Probablemente, señor —dijo su guía, que parecía querer indicar que un huésped de Summersoft sería, naturalmente, siquiera sólo por alianza, distinguido. Su tono, sin embargo, hizo que el pobre Overt apenas se sintiera así en ese momento.

—¿Y los caballeros? —prosiguió Overt.

—Verá, señor, uno de ellos es el General Fancourt.

—Ah, sí, lo sé; gracias —el General Fancourt era distinguido, no había duda de ello, por algo que había hecho, o incluso quizá que no había hecho —el joven no recordaba cuál de las dos cosas— unos años antes en la India. El sirviente se marchó, dejando las puertas de cristal abiertas hacia la galería, y Paul Overt se quedó de pie en el nacimiento de la amplia escalera doble, diciéndose que el lugar era bonito y prometía una estancia agradable, mientras se apoyaba en la vieja barandilla de hierro finamente trabajada, que, al igual que el resto de los detalles, era del mismo período que la casa. Todo estaba acorde y hablaba al unísono, con una voz única: una rica voz inglesa de comienzos del siglo XVIII. Podía haber sido la hora de ir a la iglesia de un día de verano en el reinado de la reina Ana; la quietud era demasiado perfecta para ser moderna, la cercanía contaba como distancia, y había algo muy fresco y seguro en la originalidad de la casa grande y uniforme, en la superficie de los preciosos ladrillos más rosados que rojos y que habían sido despejados de desaliñadas plantas trepadoras, según la ley por la que una mujer de cutis poco común desdeña un velo. Cuando Paul Overt se dio cuenta de que los que estaban bajo los árboles habían advertido su presencia, dio media vuelta y por las puertas abiertas penetró en la gran galería que era el orgullo del lugar. Cruzaba de lado a lado y, con sus colores intensos, las altas ventanas, las zarazas de flores desvaídas, los retratos y cuadros de fácil reconocimiento, la porcelana azul y blanca de las vitrinas y las guirnaldas y rosetones sutiles del techo, parecía una alegre avenida tapizada que llevara al otro siglo.

Nuestro amigo se sentía ligeramente nervioso; eso estaba acorde con su carácter de estudioso de la bella prosa, acorde con la disposición general del artista para vibrar; y había una particular emoción en la idea de que Henry St. George pudiera ser un miembro del grupo. Para el joven aspirante había seguido siendo una elevada figura literaria, a pesar del menor nivel de producción al que había descendido tras sus tres primeros grandes éxitos, de la relativa ausencia de calidad en su obra posterior. Había habido momentos en que Paul Overt casi había derramado lágrimas por ello; pero ahora que se encontraba cerca de él —nunca lo había visto— sólo tenía conciencia de la hermosa fuente original y de su propia e inmensa deuda. Tras haber recorrido la galería una o dos veces, volvió a salir y descendió por la escalera. Se hallaba apenas provisto de cierta osadía social —era una verdadera debilidad en él— de modo que, consciente de su falta de familiaridad con las cuatro personas distantes, dio paso a unos movimientos recomendados por el hecho de no haberse visto comprometido a un claro acercamiento. Había en eso una exquisita rigidez inglesa: él también la sintió mientras seguía un curso vago y oblicuo por el césped, tomando un rumbo independiente. Por fortuna había una claridad inglesa igualmente exquisita en la manera en que uno de los caballeros se levantó y se dispuso como a «acecharlo», si bien con aire conciliador y de afianzamiento. Paul Overt respondió de inmediato a tal gesto, aunque el caballero no fuera su anfitrión. Era alto, erguido y mayor y, como la gran casa misma, tenía una cara sonriente y rosada, y, además, un bigote blanco. Nuestro joven le salió al encuentro mientras el hombre decía sonriendo:

—Eh… Lady Watermouth nos dijo que usted venía; me pidió que sólo lo cuidara —Paul Overt le dio las gracias, con lo que le resultó grato al momento, y se volvió con él para dirigirse hacia los otros—. Todos se han ido a la iglesia… todos menos nosotros —continuó el extraño mientras andaban—; estamos ahí sentados, es un lugar tan alegre. —Overt declaró que era alegre en verdad: era un lugar encantador. Comentó que estaba sintiendo tan agradable impresión por primera vez.

—Ah, ¿no había estado aquí nunca? —dijo su acompañante—. Es un bonito rincón, no hay mucho que hacer, ¿sabe? —Overt se preguntó qué era lo que quería «hacer»; a él, en particular, le parecía estar haciendo tanto. Cuando llegaron a donde se hallaban los demás, ya había reconocido a su iniciador como a un militar y —así trabajaba la imaginación de Overt— lo había encontrado aún más simpático. Tendría una necesidad natural de acción, de hechos que desentonaran con la pacífica escena pastoril. Sin embargo, tenía evidentemente tan buen carácter, que aceptaba por lo que valía una ocasión tan desprovista de gloria. Paul Overt la compartió con él y sus acompañantes durante los veinte minutos siguientes; esas personas lo miraron y él las miró sin saber muy bien quiénes eran, mientras la conversación continuaba sin que ni siquiera supiera qué significaba. La verdad es que parecía no significar nada en particular; transcurría, con pausas intrascendentes sin sentido y cortos vuelos terrestres, entre nombres de personas y lugares, nombres que, para nuestro amigo, no tenían gran poder de evocación. Todo era sociable y lento, lo propio y natural de una cálida mañana de domingo.

Dedicó su primera atención a la pregunta, planteada para sí mismo, de si uno de los dos hombres más jóvenes sería Henry St. George. Conocía a muchos de sus distinguidos contemporáneos a través de sus fotos, pero nunca, como solía ocurrir, había visto un retrato del gran novelista descarriado. Era inimaginable de uno de los caballeros: demasiado joven; y el otro apenas parecía lo bastante inteligente, con unos ojos tan mansos y poco discernidores. Si esos ojos fueran los de St. George, el problema que plantearían los elementos inarmónicos de su genio sería aún más difícil de resolver. Además, el comportamiento de su dueño no era, respecto a la dama del vestido rojo, el que pudiera ser natural hacia la esposa de su corazón, incluso para un escritor acusado por varios críticos de sacrificar demasiado a la forma. Por último, Paul Overt tuvo la vaga sensación de que, si el caballero de ojos inexpresivos fuera el dueño del nombre que había hecho que su corazón latiera más de prisa (también tenía unas convencionales y contradictorias patillas; el joven admirador de la celebridad nunca se había forjado la visión mental de la cara de él en marco tan vulgar), le habría hecho una señal de reconocimiento o de cordialidad, habría oído hablar un poco de él, sabría algo de Ginistrella, se habría percatado de cómo esa nueva obra había llamado la atención de la verdadera crítica. Paul Overt tenía miedo de ser demasiado orgulloso, pero incluso una modestia mórbida podría considerar la autoría de Ginistrella como un grado de identidad. Su soldadesco amigo dio las explicaciones necesarias: él era «Fancourt», pero también era «el General», y en unos pocos instantes comunicó al nuevo visitante que acababa de regresar después de veinte años de servicio en el extranjero.

—¿Y se queda ahora en Inglaterra? —preguntó el joven.

—Oh, sí; he comprado una pequeña casa en Londres.

—Espero que le guste —dijo Overt mirando a Mrs. St. George.

—Una casita en Manchester Square… el entusiasmo que eso inspira tiene un límite.

—Me refería a estar en Inglaterra otra vez, a estar de vuelta en Piccadilly.

—A mi hija le gusta Piccadilly, eso es lo principal. Es muy aficionada al arte, la música y la literatura y a todo ese tipo de cosas. Lo echaba de menos en la India y lo encuentra en Londres, o espera encontrarlo. Mr. St. George ha prometido ayudarla, ha sido amabilísimo con ella. Ha ido a la iglesia, también es aficionada a eso, pero todos estarán de vuelta dentro de un cuarto de hora. Debe permitirme que se la presente, se alegrará tanto de conocerlo. Es posible que haya leído cada bendita palabra que ha escrito usted.

—Estaré encantado, no he escrito tantas —suplicó, sintiendo, sin resentimiento, que el General, al menos, era la vaguedad misma a ese respecto. Pero le extrañaba un poco que, expresando esa cordial disposición, no se le ocurriera al sin duda eminente soldado pronunciar la palabra que lo pusiera en relación con Mrs. St. George. Si era cuestión de presentaciones, Miss Fancourt —al parecer aún soltera— se encontraba lejos, mientras que la esposa de su ilustre confrère se hallaba casi entre ellos. A Paul Overt esta dama le pareció bella en conjunto, con una sorprendente juventud y una suprema elegancia de aspecto, algo que —difícilmente podría explicar por qué— provocaba desconcierto. Desde luego, Saint George tenía todo el derecho a poseer una esposa encantadora, pero él mismo no habría imaginado nunca a la importante mujercita del agresivo vestido parisino como a la compañera de por vida, el alter ego, de un hombre de letras. En general, esa compañera, lo sabía, ese segundo yo, distaba mucho de presentarse a sí misma como un tipo sencillo: la observación le había enseñado que no era inveterada ni necesariamente simple. Nunca la había visto dar más la impresión de que su prosperidad tenía cimientos más profundos que una mesa manchada de tinta y cubierta de pruebas de imprenta. Mrs. St. George podría haber sido la mujer de un señor que más que escribir libros los «llevara», que anduviera con grandes negocios en la City y cerrara tratos mejores de los que generalmente cierran con sus agentes los poetas. Con esto, ella daba a entender un éxito más personal, un éxito que de manera peculiar marcaba la era en que la sociedad, el mundo de la conversación, es un gran salón con la City por antesala. Al principio Overt le calculó unos treinta años, y terminó por creer que podría estar acercándose a los cincuenta. Pero en este caso la mujer hacía desaparecer de alguna manera el exceso y la diferencia, que podían vislumbrarse sólo rara vez, tal como el conejo en la manga del mago. Era extraordinariamente blanca, y cada uno de sus rasgos y detalles era bello; los ojos, las orejas, el cabello, la voz, las manos, los pies —a los que su postura informal en la silla de mimbre brindaba lugar destacado— y las numerosas cintas y chucherías de que se hallaba engalanada. Daba la impresión de que se había puesto su mejor vestido para ir a la iglesia y después había decidido que era demasiado bueno para eso y se había quedado en casa. Contó una historia de cierta extensión sobre la ruín manera en que Lady Jane había tratado a la duquesa, y también una anécdota en relación con una compra que había hecho en París, a su regreso de Cannes; la había hecho para Lady Egbert, quien no llegó a devolver el dinero. Paul Overt sospechó de ella una tendencia a imaginarse gente importante más grande que la vida, hasta que advirtió la manera en que manejaba a Lady Egbert, con una rebeldía tan acentuada que lo tranquilizó. Creía que habría podido comprenderla mejor si hubiera logrado encontrar sus ojos; pero ella apenas llegó a mirarlo.

—¡Ah, aquí vienen… los buenos! —dijo por fin; y Paul Overt admiró desde su lugar el regreso de los fieles, varias personas, en grupos de dos y tres, que avanzaban entre un fluctuar de luz y sombra, al final de la gran avenida verde que formaban el césped cortado y un túnel de ramas.

—Si con eso quiere dar a entender que nosotros somos malos, protesto —dijo uno de los caballeros—, ¡después de haber estado uno haciéndose el simpático toda la mañana!

—Ah, ¡si es que los demás lo han encontrado simpático..! —exclamó alegremente Mrs. St. George—. Pero si nosotros somos buenos, los otros lo son más.

—Entonces deben ser unos ángeles —dijo el General, divertido.

—Su marido fue un ángel, hay que ver cómo se marchó cuando usted se lo ordenó —declaró a Mrs. St. George el caballero que había hablado primero.

—¿Que se lo ordené?

—¿No lo hizo ir a la iglesia?

—En mi vida le he ordenado que haga nada excepto una vez, cuando lo hice quemar un mal libro. ¡Eso es todo!

Con su «eso es todo» nuestro joven amigo estalló en una risa incontenible; sólo duró un segundo, pero atrajo los ojos de ella. Él los sostuvo, mas no el tiempo suficiente para ayudarlo a entenderla mejor; a no ser que supusiera un paso adelante el comprender al momento que el libro quemado —¡de qué manera aludió a él!— había sido una de las mejores cosas de su marido.

—¿Un mal libro? —repitió su interlocutor.

—No me gustaba. Fue a la iglesia porque iba su hija —dijo al General—. Considero mi deber llamar su atención hacia las extraordinarias atenciones que tiene para con su hija.

—Si a usted no le importa, a mí tampoco —rió el General.

Il is’attache à ses pas. Pero no me extraña, es encantadora.

—¡Espero que ella no lo obligue a quemar ningún libro! —se aventuró a exclamar Paul Overt.

—Sería más oportuno que lo hiciera escribir alguno —dijo Mrs. St. George—. ¡Ha estado tan vago últimamente…!

Nuestro joven le clavó la mirada: lo impresionaba la fraseología de la dama. Su «escribir alguno» le pareció casi tan bueno como su «eso es todo». ¿Es que no sabía, como mujer de un artista poco común, lo que costaba producir una obra de arte perfecta? En su interior estaba convencido de que, por muy admirablemente que escribiera Henry St. George, durante los últimos diez años, en especial los últimos cinco, había escrito demasiado, y hubo un instante en el que sintió la exigencia interior de hacer esto público. Pero antes de que hablara, el regreso de los que se habían ausentado produjo una desviación. Se acercaron de manera dispersa —eran ocho o diez— y el círculo de debajo de los árboles se reorganizó cuando se instalaron en él. Lo hicieron mucho mayor, y Paul Overt sintió —siempre estaba sintiendo ese tipo de cosas, como se decía a sí mismo— que si ya había resultado interesante observar a los demás, ahora el interés se intensificaría. Estrechó la mano de su anfitriona, quien le dio la bienvenida sin muchas palabras, al estilo de una mujer capaz de confiar en que él entendería, y consciente de que una ocasión tan agradable habla por sí misma en todos los sentidos. Ella no le ofreció ninguna facilidad especial para que se pusiera a su lado, y cuando todos se hubieron acomodado de nuevo, se encontró aún junto al General Fancourt, y con una dama desconocida al otro lado.

—Esa es mi hija, ésa de enfrente —dijo el General sin pérdida de tiempo. Overt vio a una chica alta, de magnífico pelo rojizo, con un vestido de un bello tono verde grisáceo y una sedosa caída, una prenda que claramente eludía todo efecto moderno. Por tanto, tenía en cierto modo el sello de la última novedad, y nuestro observador no tardó en considerar a la joven como a una persona contemporánea.

—Es muy hermosa, muy hermosa —repitió mientras la estudiaba. Había algo noble en su cabeza, y ofrecía un aspecto fresco y fuerte.

Su buen padre la observó con complacencia, comentando en seguida:

—Da la impresión de estar acalorada… eso es el paseo. Pero pronto se recuperará. Entonces haré que se acerque y hable con usted.

—Sentiría causarle esa molestia. Si usted me llevara allí. —murmuró el joven.

—Mi querido señor, ¿supone usted que eso me molestaría? No lo digo por usted, sino por Marian —añadió el General.

Yo me tomaría la molestia por ella al instante —replicó Overt; después de lo cual continuó—: ¿Será tan amable de decirme cuál de esos caballeros es Henry St. George?

—El tipo que está hablando con mi hija. Caramba, está flirteando con ella. Se van a dar otro paseo.

—Ah, ¿es ése, de verdad? —nuestro amigo sintió cierta sorpresa, pues el personaje que había ante él parecía turbar una visión que había sido vaga sólo por no estar enfrentada con la realidad. En cuanto la realidad se hizo patente, la imagen mental, retirándose con un suspiro, se hizo lo bastante sustancial como para sufrir un leve agravio. Overt, que había pasado una parte considerable de su corta vida en el extranjero, hizo ahora, mas no por vez primera, la reflexión de que, mientras que en esos países casi siempre había reconocido al artista y al hombre de letras por su «tipo» personal, la forma de su cara, el carácter de su cabeza, la expresión de su figura, e incluso los indicios que presentaba su ropa, en Inglaterra esta identificación era lo menos lógica posible gracias a la mayor conformidad, al hábito de hundir la profesión en lugar de anunciarla, a la difusión general del aire del caballero, del caballero que no se declara a favor de un tipo especial de ideas. Más de una vez, al volver a su país, se había dicho con respecto a la gente que había conocido en sociedad: «Se los ve en este y ese lugar, e incluso se habla con ellos; pero para averiguar lo que hacen habría que ser detective.» Con respecto a varios individuos por cuyo trabajo sentía lo contrario de una «atracción» —quizá se equivocaba— se encontró añadiendo: «No me extraña que lo oculten… cuando es tan malo.» Notó que con más frecuencia que en Francia y Alemania su artista parecía un caballero —es decir, un caballero inglés— mientras que, por supuesto con algunas excepciones, su caballero no parecía un artista. St. George no era una de las excepciones; esa circunstancia la percibió con certeza antes de que el gran hombre se diera vuelta para alejarse con Miss Fancourt. Desde luego tenía mejor aspecto por detrás que cualquier hombre de letras extranjero, se mostraba bellamente correcto con su chistera negra y su levita de calidad superior. En cierto modo, no obstante, esas mismas prendas —no le hubieran importado tanto en un día laborable— a Paul Overt le resultaban desconcertantes, y olvidó por el momento que el cabeza de la profesión no estaba vestido ni un poco mejor que él. Había vislumbrado una cara regular, un color fresco, un bigote castaño, y un par de ojos a los que seguramente nunca había visitado el frenesí, y se prometió a sí mismo que estudiaría estas señales en la primera ocasión. La impresión superficial que recibió fue que su propietario podría haber pasado por un caballero que se dirigiera con rumbo este cada mañana desde las salubres afueras, en un elegante dog—car. Ello confirmaba la impresión que ya había producido su esposa. La mirada de Paul, tras un momento, volvió a dirigirse a esta dama, y vio que la de ella había seguido a su marido mientras se alejaba con Miss Fancourt. Overt se permitió preguntarse un poco si sentía celos cuando otra mujer se lo llevaba. Entonces vio que Mrs. St. George no estaba observando a la indiferente doncella. Sus ojos descansaban sólo en su marido, y con una serenidad inequívoca. Así quería ella que fuera él, le gustaba su uniforme convencional. Overt deseó saber más cosas del libro que ella le había inducido a destruir.

2

Cuando salían todos de comer, el General Fancourt lo agarró con un «Oiga, ¡quiero que conozca a mi chica!», como si acabara de ocurrírsele la idea y no hubiese hablado antes de eso. Con la otra mano se apoderó paternalmente de la joven.

—Lo sabes todo de él. Te he visto con sus libros. Ella lo lee todo… ¡todo! —continuó diciendo a Paul. La muchacha le sonrió y después se rió con su padre. El General se alejó y su hija habló:

—¿No es delicioso, papá?

—Lo es, sin duda, Miss Fancourt.

—¡Como si lo leyera a usted, porque lo leo «todo»!

—No lo decía por eso —dijo Paul Overt—. Me gustó desde el momento en que empezó a ser amable conmigo. Luego me prometió este privilegio.

—No lo quiere decir por usted, sino por mí. Si usted se imagina que alguna vez piensa en algo que no sea yo, está en un error. Me presenta a todo el mundo. Me cree insaciable.

—Habla usted exactamente igual que él —rió nuestro joven.

—Ah, pero a veces es porque quiero —y la muchacha se ruborizó—. No lo leo todo, leo muy poco. Pero lo he leído a usted.

—¿Le parece que entremos en la galería? —dijo Paul Overt.

Ella lo complacía enormemente, no tanto por su último comentario —aunque por supuesto eso no era demasiado desconcertante—, como porque, sentada frente a él durante el almuerzo, le había ofrecido durante media hora la impresión de su bella cara. Con esto había llegado algo más, una sensación de generosidad, de un entusiasmo que, al contrario que muchos entusiasmos, no era todo ademán. Eso, para él, no se vio arruinado al comprobar que la comida la había puesto de nuevo en familiar contacto con Henry St. George. Sentado al lado de ella, el hombre célebre se encontraba también frente a nuestro joven, quien había podido advertir que multiplicaba las atenciones poco antes señaladas por su esposa al General. Paul Overt también había llegado a la conclusión de que la dama no estaba desconcertada en lo más mínimo por estos fervorosos excesos y de que daba muestras de poseer un espíritu despejado. Tenía a Lord Masham a un lado y al otro al experto Mr. Mulliner, director de un nuevo y enérgico periódico vespertino de clase alta, que se esperaba que cubriese la necesidad, sentida en los círculos cada vez más conscientes, de que el conservadurismo debía hacerse divertido, y no convencidos cuando los de otro color político aseguraban que ya lo era bastante. Al cabo de una hora transcurrida en su compañía, Paul Overt la consideró aún más hermosa que en la primera irradiación, y si sus profanas alusiones al trabajo de su marido no hubieran seguido resonando en sus oídos, ella le habría gustado… siempre y cuando eso pudiera suceder con una mujer con quien no había hablado todavía y con quien probablemente no hablaría nunca, si de ella dependiera. Las mujeres lindas constituían una clara necesidad para este genio y por el momento era Miss Fancourt quien la cubría. Si Overt se había prometido un examen más detallado, la ocasión era ahora óptima, y produjo consecuencias que el joven consideró importantes. Vio más cosas en la cara de St. George, que le gustaron más por no haber revelado la historia completa en los tres primeros minutos. Esa historia iba manifestándose a medida que uno leía, en cortas entregas —el que las analogías de uno fueran en cierto modo profesionales era excusable— el texto era de un estilo considerablemente enrevesado, con un lenguaje difícil de interpretar sobre la marcha. Había en él matices de significado y una vaga perspectiva histórica, que retrocedía cuando uno avanzaba. Paul Overt había prestado atención a dos hechos en particular. El primero de ellos era que le gustaba mucho más la máscara mesurada en inescrutable reposo que en agitación social; su sonrisa casi convulsiva era lo que más le desagradaba (todo lo que podía desagradarle era cualquier impresión derivada de esa fuente), mientras que la cara tranquila tenía un encanto que aumentaba a medida que la quietud volvía a aposentarse. El cambio a la expresión de alegría, observó, provocaba en gran medida la íntima protesta de una persona que se encuentra en la penumbra cuando traen una lámpara demasiado pronto. Su segunda reflexión fue que, aunque en general sentía aversión hacia el uso flagrante de artes zalameras por parte de un hombre de edad al «cortejar» a una linda chica, en este caso no le resultaba demasiado doloroso: lo cual parecía demostrar o bien que St. George tenía mano o el aspecto de ser más joven de lo que era, o bien que en cierto modo la actitud de Miss Fancourt lo enmendaba todo.

Overt entró con ella en la galería y la recorrieron hasta el final, mirando los cuadros, las vitrinas, el panorama encantador que armonizaba con la perspectiva de una tarde de verano, asemejándose a ella por su larga claridad, con grandes divanes y sillas antiguas, que representaban horas de descanso. Un lugar así tenía, por añadidura, el mérito de ofrecer a los que en él entraban mucho de que hablar. Miss Fancourt se sentó con su nuevo conocido en un sofá floreado, cuyos almohadones, muy numerosos, eran antiguos cubos apretados de distintos tamaños, y dijo al poco tiempo:

—Me alegro mucho de tener la ocasión de darle las gracias.

—¿De darme las gracias? —tuvo que preguntar.

—Su libro me gustó mucho. Lo considero espléndido.

Estaba allí, sentada, sonriéndole, y él no llegó a preguntarle a qué libro se refería; porque después de todo había escrito tres o cuatro. Eso parecía un detalle vulgar, y ni siquiera se sintió gratificado con la idea del placer que ella le dijo —su cara bella y luminosa se lo dijo— que le había proporcionado. El sentimiento que ella inspiraba, o en cualquier caso el que provocaba, era algo mayor, algo que poco tenía que ver con cualquier latido acelerado de la propia vanidad de él. Era una sensible admiración por la vida que ella encarnaba, cuya pureza juvenil y opulencia parecían querer decir que el éxito verdadero había de parecerse a eso, vivir, florecer, presentar la perfección de un tipo exquisito, no haber creado a martillazos fantasías punzantes, con la espalda encorvada sobre una mesa sucia de tinta. Mientras descansaban en él sus ojos verdes —estaban bien separados y el arreglo de sus cabellos de tan hermoso color, tan espesos que se aventuraban a ser suaves, describía sobre ellos un arco grácil—, casi se sintió avergonzado de ese ejercicio de la pluma que ella se inclinaba a elogiar en ese momento. Era consciente de que le hubiera gustado más complacerla de alguna otra manera. Las arrugas de su cara eran las de una mujer adulta, pero la niña permanecía en el cutis y en la dulzura de la boca. Por encima de todo era natural, eso ahora resultaba indudable; más natural de lo que al principio había supuesto, quizás debido a su ropa bonita, que era convencionalmente poco convencional y sugería lo que él podría haber llamado una espontaneidad tortuosa. Había temido ese tipo de cosas en otras ocasiones, y sus temores habían sido justificados; ya que, aun siendo en esencia un artista, la moderna ninfa reaccionaria, con las zarzas del bosque prendidas de sus pliegues y el aspecto de que los sátiros habían estado jugando con su pelo, lo hacía encogerse, no como un hombre de almidón y charol, sino como un hombre que en potencia fuera un poeta, o incluso un fauno. La muchacha era realmente más franca que su vestido, y la mejor prueba de ello era que supusiese que a su carácter liberal le sentaba bien cualquier uniforme. Eso era una falacia, puesto que estaba seguro de que aunque estuviera vestida de pesimista le gustaba el sabor de la vida. Overt le agradeció su apreciación, consciente al mismo tiempo de que no parecía agradecérselo lo suficiente y de que ella podría considerarlo ingrato. Tenía miedo de que le pidiera que le explicara algo de lo que había escrito, y siempre se estremecía ante eso —quizás con demasiada timidez—, porque en sus oídos la explicación de una obra de arte sonaba fatua. Pero ella le gustaba tanto que estaba seguro de que al final sería capaz de demostrarle que no era groseramente evasivo. Además, seguro que no se ofendía fácilmente, no era irritable; se podía confiar en que esperaría. De modo que cuando él le dijo, «Ah, no hable de lo que he hecho, no hable de eso aquí, ¡hay otro hombre en la casa que es la actualidad…!», cuando formuló esta corta y sincera protesta, lo hizo con la intención de que ella no viera en esas palabras ni humildad fingida ni la impaciencia de un hombre de éxito que se aburre con la lisonja.

—Usted se refiere a Mr. St. George… ¿no es encantador?

Paul Overt encontró sus ojos, los cuales tenían una luz de mañana fresca, que le habrían medio roto el corazón si no hubiera sido tan joven.

—Me temo que no lo conozco. Sólo lo admiro a distancia.

Tiene que conocerlo, desea tanto hablar con usted —respondió Miss Fancourt, quien evidentemente tenía la costumbre de decir las cosas que, según sus rápidos cálculos, complacerían a la gente. Paul se dio cuenta de que sus cálculos siempre se basarían en el supuesto de que todo era sencillo entre los demás.

—No me habría imaginado que supiera nada de mí —declaró.

—Pues lo sabe… todo. Y si no lo supiera podría decírselo yo.

—¿Decirle todo? —sonrió nuestro amigo.

—¡Habla usted como la gente de sus libros! —respondió ella.

—Entonces deben hablar todos igual.

Se quedó pensando un momento, ni una pizca desconcertada.

—Debe ser tan difícil. Mr. St. George me dice que lo es… terrible. Yo también lo intenté… y lo encuentro así. Intenté escribir una novela.

—Mr. St. George no debiera desanimarla —llegó a decir Paul.

—Usted hace mucho más… adoptando esa expresión.

—Pero, después de todo, ¿por qué intentar ser artista? —prosiguió el joven—. Es tan pobre… ¡tan pobre!

—No sé qué quiere decir —dijo Miss Fancourt, que tenía aspecto grave.

—En comparación con ser una persona de acción, con vivir las propias obras.

—Pero, ¿qué es el arte sino una vida intensa…, si fuera real? —preguntó ella—. Creo que es la única, ¡todo lo demás es tan tosco! —su compañero se rió y ella expresó con su encantadora serenidad lo que se le ocurrió a continuación—. Es muy interesante conocer a tanta gente célebre.

—Eso creería… pero seguro que eso no es nuevo para usted.

—Pero si nunca he visto a nadie, a nadie: viviendo siempre en Asia.

La manera en que hablaba de Asia de algún modo lo hechizaba.

—Pero, ¿no está ese continente plagado de grandes figuras? ¿No ha administrado usted provincias en la India y ha encadenado a su coche a rajás cautivos y a príncipes tributarios?

Era como si ni siquiera le importase a ella que él quisiera divertirse a su costa.

—Fui allá con mi padre, al salir del colegio. Fue delicioso estar con él; él y yo estamos solos en el mundo…, pero no existía la sociedad que a mí más me gusta. Nunca se oía hablar de un cuadro, nunca de un libro, excepto de los malos.

—¡Nunca de un cuadro! Pero, ¿no era toda la vida un cuadro?

Abarcó con la mirada el delicioso lugar donde estaban sentados.

—Nada que pueda compararse con esto. ¡Adoro Inglaterra!

Ello hizo que vibrara en él la cuerda sagrada.

—No niego, por supuesto, que tengamos que hacer algo con ella, la pobre, ya.

—La verdad es que todavía no ha sido tocada —dijo la muchacha.

—¿Dijo eso Mr. St. George?

Había en su pregunta, como él sintió, una pequeña e inocente chispa de ironía; a la que, no obstante, contestó ella de manera muy sencilla, sin advertir la insinuación.

—Sí, dice que Inglaterra no ha sido tocada… considerando todo lo que hay —continuó con vehemencia—. Está tan interesado en nuestro país. El escucharlo hace que uno quiera hacer algo.

—Haría que yo lo quisiera —dijo Paul Overt, sintiendo con fuerza, en ese instante, la sugestión de lo que ella había dicho y la emotividad con que lo había dicho, y bien consciente del incentivo que, en labios de St. George, podrían ser tales palabras.

—Usted… ¡como si no lo hubiese deseado! Me gustaría tanto oírlos hablar —añadió ardientemente.

—Eso es muy cordial de su parte; pero todo sería a su manera. Estoy postrado ante él.

Ella tenía un aire serio.

—¿Cree entonces que es tan perfecto?

—Nada más lejos de eso. Algunos de sus libros me parecen de una excentricidad…

—Sí sí… él lo sabe.

Paul Overt la miró fijamente.

—¿Que me parecen excéntricos…?

—Pues sí, o en cualquier caso que no son lo que debieran ser. Me dijo que no los estimaba. Me ha dicho unas cosas maravillosas… es tan interesante.

Para Paul Overt supuso cierta conmoción enterarse de que el genio exquisito del que estaban hablando había sido reducido a una confesión tan explícita y que la había hecho, en su miseria, al primero en llegar; porque aunque Miss Fancourt era encantadora, ¿qué era, después de todo, sino una muchacha inmadura encontrada en una casa de campo? Sin embargo, éste era precisamente parte del sentimiento que él mismo acababa de expresar; disculparía al pobre gran hombre pecable no porque no comprendiera sus escritos, sino, en suma, porque lo hacía. Su consideración se componía a medias de ternura por superficialidades a las que estaba seguro que juzgaba en privado quien las perpetraba, las juzgaba más ferozmente que nadie, y que representaban algún trágico secreto intelectual. Tendría sus razones para su psicología à fleur de peau, y estas razones sólo podían ser crueles, del tipo que lo harían más querido de los que ya le tenían afecto.

—Usted provoca mi envidia. Tengo mis reservas, discrimino… pero lo quiero —dijo Paul en un momento—. Y verlo por primera vez de esta manera es para mí un gran acontecimiento.

—¡Qué trascendental… qué magnífico! —exclamó la muchacha—. ¡Qué delicioso reunirlos!

—Que sea obra de usted… lo hace perfecto —respondió nuestro amigo.

—Él está tan impaciente como usted —prosiguió ella—. Pero es tan extraño que no se hayan conocido…

—En realidad no es tan extraño como le parece. He salido mucho de Inglaterra, he estado ausente repetidas veces estos últimos años.

Ella acogió esto con interés.

—Y, sin embargo, escribe usted de ella como si estuviera siempre aquí.

—Quizás sea precisamente por estar fuera. En cualquier caso, sospecho que los mejores pasajes son los que fueron escritos en lugares horribles del extranjero.

—¿Y por qué eran horribles?

—Porque eran lugares de reposo… donde mi pobre madre moría.

—¿Su pobre madre? —era toda un dulce interrogante.

—Ibamos de sitio en sitio para que ella se mejorara. Pero no mejoró. A la espantosa Riviera (¡la odio!), a los altos Alpes, a Argel, y muy lejos —un viaje horrible—, a Colorado.

—¿Y no está mejor? —continuó Miss Fancourt.

—Murió hace un año.

—¿De verdad? ¡Como la mía! Sólo que de eso hace años. Algún día debe hablarme de su madre —añadió.

Ante esas palabras, en un primer momento, sólo pudo mirarla.

—¡Qué cosas tan bien dichas! Si dice cosas así a St. George no me extraña que sea su esclavo.

Esto la detuvo un momento.

—No sé a qué se refiere. Él no hace ni discursos ni declaraciones, no es ridículo.

—Entonces me temo que usted considera que yo lo soy.

—No; no es así —lo dijo bastante secamente. Y a continuación añadió—: Él comprende… lo comprende todo.

El joven estaba a punto de decir jocosamente: «Y yo no, ¿no es eso?», pero estas palabras fueron cambiadas, a tiempo, por otras ligeramente menos triviales.

—¿Supone usted que comprende a su esposa?

Miss Fancourt no dio una respuesta directa, sino que tras un momento de duda, dijo:

—¿No es encantadora?

—¡Qué va!

—Aquí viene. Ahora tiene que conocerlo —continuó—. Un pequeño grupo de huéspedes se había reunido en el otro extremo de la galería y habían sido allí sobrepasados por Henry St. George, quien entró desde una habitación contigua. Durante un momento se quedó cerca de ellos sin entrar en la conversación, y de una mesa tomó una antigua miniatura y la observó vagamente. Al cabo de un minuto advirtió la presencia de Miss Fancourt y su acompañante a cierta distancia, ante lo cual, depositando la miniatura, se aproximó a ellos con la misma actitud indecisa, las manos en los bolsillos y volviendo los ojos, de izquierda a derecha, hacia los cuadros. La galería era tan larga que ese recorrido llevó algún tiempo, especialmente porque hubo un momento en que se detuvo a admirar el excelente Gainsborough.

—Dice que su éxito ha sido obra de Mrs. St. George —continuó la muchacha en voz ligeramente más baja.

—¡Ah, qué oscuro suele ser! —rió Paul.

—¿Oscuro? —repitió ella como si lo oyera por vez primera. Sus ojos se posaron en su otro amigo, y a Paul no le pasó desapercibida la impresión que daban de enviar grandes haces de ternura—. ¡Va a hablar con nosotros! —musitó emocionada. Había cierto embeleso en su voz y nuestro amigo se sobrecogió. «Cielo santo, ¿le importa él de tal modo?…, ¿está enamorada de él? se preguntó mentalmente.

—¿No le dije que estaba impaciente? —le había preguntado ella mientras tanto.

—Es una impaciencia disimulada —respondió el joven mientras el objeto de su observación permanecía ante el Gainsborough—. Se dirige hacia nosotros tímidamente. ¿Quiere él decir que su mujer lo salvó quemando ese libro?

—¿Ese libro? ¿qué libro quemó? —la muchacha volvió rápidamente la cara hacia él.

—¿Es que no se lo ha dicho?

—Ni una palabra.

—¡Entonces no se lo dice todo! —Paul había adivinado que ella suponía en gran medida que lo hacía. El gran hombre había reanudado su curso y se aproximaba; a pesar de lo cual su más capacitado admirador arriesgó una observación profana.

—¡San Jorge y el Dragón es lo que sugiere la anécdota!

Sin embargo, su compañera no lo oyó: sonrió al adversario del dragón.

—Está impaciente… ¡lo está! —insistió.

—Impaciente por usted… sí.

Pero mientras tanto ella había dicho en voz alta:

—Estoy segura de que quiere conocer a Mr. Overt. Serán grandes amigos y para mí será siempre delicioso recordar que yo estaba aquí cuando ustedes se conocieron, y que tuve algo que ver con ello.

Había una frescura de intención en las palabras que las hacía surgir; sin embargo, nuestro joven sintió pena por Henry St. George, tal como sentía pena en cualquier momento por cualquier persona que fuera invitada públicamente a mostrarse interesada y encantadora. Lo habría conmovido tanto creer que un hombre a quien admiraba profundamente se preocupaba una pizca por él, que no hubiera jugado con tal presunción, de haber sido vana. En una sola mirada de los ojos del Maestro digno de perdón leyó —con el tipo de perspicacia propia de su talento— que este personaje tenía siempre una reserva de paciencia amistosa, que era parte de su rico bagaje, pero que no estaba versado en página impresa alguna de un escritorzuelo prometedor. Hubo incluso alivio, simplificación de eso: si le gustaba ya tanto por lo que había hecho, ¿cómo podría haberle gustado más por una percepción que, como mucho, tenía que haber sido vaga? Paul Overt se levantó, intentando demostrar su compasión, pero en el mismo instante se encontró envuelto en el arte personal afortunado de St. George, un comportamiento cuya esencia consistía en conjurar situaciones falsas. Todo tuvo lugar en un momento. Paul era consciente de que ahora lo conocía, consciente de su apretón de manos y de la cualidad misma de su mano; de su cara, vista más de cerca y por tanto mejor vista, de una confianza general confraternizadora y en particular de la circunstancia de que él no le disgustaba a St. George (al menos todavía) por haber sido impuesto por una muchacha llena de encanto, pero demasiado arrolladora, lo suficientemente atractiva sin tales pretendientes. En cualquier caso no se reflejó irritación alguna en la voz con la que interrogó a Miss Fancourt sobre cierto plan de dar un paseo, un paseo de todo el grupo por el parque. En seguida había dicho algo a Paul de una conversación —«Tenemos que mantener una conversación tremenda; hay tantas cosas, ¿verdad?»— pero nuestro amigo vio que en este caso la idea no tendría un efecto inmediato. De todos modos estaba contentísimo, incluso después de que quedara decidido lo del paseo; los tres pasaron poco después a la otra parte de la galería, donde se comentó el plan con varios miembros del grupo; incluso cuando, después de que todos se hubieran marchado, se encontró en compañía de Mrs. St. George durante media hora. Su marido se había adelantado con Miss Fancourt y la pareja se hallaba ya bien apartada de la vista. Era el más bello de los recorridos para una tarde de verano: un circuito cubierto de hierba, de una extensión inmensa, que orillaba el parque. El parque se hallaba completamente circuido por su viejo muro rojo, veteado, pero perfecto, el cual quedaba a la izquierda de los paseantes y constituía en sí mismo un objeto de interés. Mrs. St. George mencionó el sorprendente número de acres así abarcados, junto con otros numerosos datos que se relacionaban con la propiedad y la familia, y las otras propiedades de la familia: no sabía cómo instarlo lo suficiente para que viera sus otras casas. Repasó los nombres de éstas y citó los cambios que habían experimentado con la facilidad que da la práctica, haciendo que pareciera una lista casi interminable. Había recibido a Paul Overt muy amablemente cuando él se acercó para hablarle de su alegría por haber sido presentado a su marido, y le pareció una mujercita tan despierta y complaciente que se sintió bastante avergonzado del mot que sobre ella había tenido con Miss Fancourt; aunque pensó que otras cien personas, en otras tantas ocasiones, seguramente hubieran dicho lo mismo. Se llevó con Mrs. St. George, en suma, mejor de lo que esperaba; pero esto no impidió que ella advirtiera de repente que estaba mareada de cansancio y que debía llevarla de vuelta a la casa por el camino más corto. Confesó que tenía menos fuerza que un gatito y que era una pobre ruina; cualidad que Overt no había discernido en ella al estar demasiado absorto preguntándose en qué sentido podía considerarse a su marido obra suya. Había captado un destello de respuesta cuando ella anunció que debía dejarlo, aunque esta percepción era desde luego provisional. Precisamente cuando estaba poniéndose a su disposición para el regreso, la situación sufrió un cambio; Lord Masham había aparecido de pronto, de regreso junto a ellos, les había dado alcance tras surgir de entre los arbustos —Overt no habría podido decir cómo apareció— y Mrs. St. George había dicho en tono de protesta que quería que se la dejara en paz y no interrumpir la reunión. Un momento después se alejaba con Lord Masham. Nuestro amigo retrocedió y se unió a Lady Watermouth, a quien comunicó que Mrs. St. George se había visto obligada a renunciar al intento de ir más lejos.

—No debería haber salido, para empezar —comentó su señoría de bastante mal humor.

—¿Tan enferma está?

—Mucho —y su anfitriona añadió aún con mayor austeridad—: ¡La verdad es que no debería venir! —se preguntó qué quería dar a entender con eso, y al poco tiempo dedujo que no era una reflexión sobre la conducta de la dama o sobre su naturaleza moral: sólo indicaba que sus fuerzas no estaban de acuerdo con sus aspiraciones.

3

El salón de fumadores de Summersoft estaba a escala del resto del lugar; alto, claro, confortable y decorado con unas tallas y molduras de tal refinamiento, que más parecía un cenador para que las señoras se sentaran a trabajar con sus lanas desvaídas, que un parlamento de señores fumando fuertes puros. Los caballeros se reunieron ahí en número considerable el domingo por la noche, congregándose principalmente en un extremo, delante de una de las bellas y frescas chimeneas de mármol blanco, cuyo friso se hallaba adornado con un pequeño y exquisito «tema» italiano. Había otra en la pared de enfrente y, gracias a la suavidad de la noche de verano, ninguna de las dos estaba encendida; pero el núcleo de aglutinamiento lo proporcionaba una mesa en el rincón de la chimenea, cubierta de botellas, frascos y vasos. Paul Overt era un fumador infiel; fumaba cigarrillos por razones que nada tenían que ver con el tabaco. Esto era precisamente lo que sucedía en la ocasión de la que hablo; su motivo era la ilusión de una pequeña charla directa con Henry St. George. La «tremenda» comunión sobre la que el gran hombre le había hecho concebir esperanzas unas horas antes aún no había tenido lugar, y esto lo entristecía en forma considerable, puesto que al día siguiente el grupo tomaría direcciones distintas inmediatamente después del desayuno. Había sufrido la decepción, sin embargo, de descubrir que al parecer el autor de Shadowmere no estaba dispuesto a prolongar su vigilia. No se hallaba entre los caballeros reunidos cuando entró Paul, ni era ninguno de los que aparecieron, con vistosos atuendos, durante los diez minutos siguientes. El joven esperó un poco preguntándose si habría ido sólo a ponerse algo extraordinario; esto explicaría su retraso y al mismo tiempo contribuiría en mayor medida a la impresión que Overt tenía de su tendencia a cumplir con lo superficial y preestablecido. Pero no llegaba, debía de haber estado poniéndose algo más extraordinario de lo que era probable. Nuestro héroe se rindió, sintiéndose un poco lastimado, un poco herido, por la pérdida de veinte codiciadas palabras. No estaba enfadado, pero exhalaba el humo en suspiros, con la sensación de haberse visto quizá privado de algo poco común. Empezó a moverse lentamente por la habitación con su pesar, mirando los antiguos grabados de las paredes. Estando en tal actitud sintió al poco una mano en el hombro y una voz amistosa en el oído.

—Ah, muy bien. Esperaba poder encontrarlo. He bajado a propósito —St. George no se había cambiado de ropa y ofrecía una cara magnífica, la más solemne, a la que nuestro joven respondió todo halagado. Explicó que era sólo por el Maestro —la idea de una pequeña charla— por lo que se había quedado, y que, al no encontrarlo, había estado a punto de irse a la cama.

—Pues verá, yo no fumo, mi esposa no me deja —dijo St. George buscando un sitio para sentarse—. Me hace muy bien, muy bien. Vayamos a ese sofá.

—¿Quiere decir que fumar le hace bien?

—No, no, que no me deje. Es una gran cosa tener un mujer que esté tan segura de todo aquello de lo que uno puede prescindir. Uno podría no descubrirlo nunca. No me permite que toque un cigarrillo —tomaron posesión de un sofá que se hallaba a cierta distancia del grupo de fumadores y St. George prosiguió—: ¿Tiene usted?

—¿Un cigarrillo?

—No, por Dios, esposa.

—No; y sin embargo renunciaría a mi cigarrillo por una.

—Renunciaría a mucho más que eso —respondió St. George—. Pero obtendría mucho a cambio. Hay bastante que decir en favor de las esposas —añadió doblando los brazos y cruzando las extendidas piernas. Rechazó el tabaco por completo y esperó sin ofrecer fuego. Su acompañante dejó de fumar, impresionado por su cortesía; y después de todo se hallaban fuera del alcance del humo, su sofá estaba en una esquina apartada. Habría sido una equivocación, continuó St. George, una gran equivocación el haberse separado sin una pequeña conversación.

—Porque lo sé todo de usted —dijo—. Sé que es usted muy notable. Ha escrito un libro muy distinguido.

—¿Y cómo lo sabe? —preguntó Paul.

—Pero querido amigo, está en el aire, está en los periódicos, está en todas partes —St. George hablaba con la familiaridad perentoria de un colega, con un tono que a su vecino le pareció el susurro mismo de los lauros—. Usted está en boca de todos los hombres y, lo que es mejor, de todas las mujeres. He estado leyendo su libro en estos días.

—¿En estos días? Esta tarde no lo había leído usted —dijo Overt.

—¿Cómo lo sabe?

—Creo que tendría que saber cómo lo sé —rió el joven.

—Supongo que se lo habrá dicho Miss Fancourt.

—La verdad es que no…, más bien me indujo a creer que lo había leído.

—Sí, eso sí es lo que ella haría. ¿No cree que despide un fulgor rosado sobre la vida? Pero usted no le creyó, ¿no es eso? —preguntó St. George.

—No; no cuando usted se nos acercó allí.

—¿Fingí? ¿Fingí mal? —pero sin esperar la respuesta, St. George continuó—. Siempre debiera creer a una muchacha como ésa… siempre, siempre. A algunas mujeres se las debe tomar con concesiones y reservas; pero a ella hay que tomarla tal y como es.

—Me gusta mucho —dijo Paul Overt.

Su tono tenía algo que excitó en su compañero la sensación momentánea de lo absurdo; quizás fuese el aire de deliberación que flotaba en este juicio. St. George estalló en carcajadas para responder.

—Eso es lo mejor que puede hacer con ella. ¡Es una joven poco común! No obstante, a decir verdad, confieso que esta tarde no lo había leído.

—¿Ve usted cuánta razón tenía en ese caso particular para no creer a Miss Fancourt?

—¡Razón! ¿Cómo puedo estar de acuerdo cuando por eso perdí crédito?

—¿Desea pasar exactamente por ser tal como ella lo representa? Entonces no tiene nada que temer —dijo Paul.

—Ah, mi querido joven, no hable de pasar… ¡cuando se trata de alguien como yo! Yo me estoy pasando, ni más ni menos. ¡Ella puede emplear su joven imaginación (¿no cree que es magnífica?) para algo mejor que para «representar» de la manera que sea a un animal tan cansado y agotado! —el Maestro habló con una repentina tristeza que produjo una protesta por parte de Paul; pero antes de que la protesta pudiera ser formulada prosiguió, volviendo a la apreciable novela de este último—: No tenía ni idea de que fuera tan bueno… se oyen tantas cosas. Pero usted es sorprendentemente bueno.

—Voy a ser sorprendentemente mejor —se atrevió a responder Overt.

—Ya lo veo, y eso es lo que me atrae. No veo tantas otras cosas —cuando se mira en derredor— que vayan a ser sorprendentemente mejores. Van a ser constantemente peores… la mayoría. Resulta tanto más fácil ser peor… el cielo sabe que yo me encontré con eso. No me produce gran satisfacción lo que se comenta por todas partes, ¿sabe? Pero usted tiene que ser mejor… tiene que continuar de verdad. Yo no lo hice, desde luego. Es muy difícil, es lo maldito de todo este asunto, continuar. Pero veo que usted será capaz de hacerlo. Será una gran desgracia si no es así.

—Es muy interesante oírlo hablar de sí mismo, pero no sé qué quiere decir con sus alusiones de haber empeorado —observó Paul Overt con una hipocresía perdonable. Su compañero le gustaba tanto que el hecho de cierta declinación de su talento o de su cuidado dejó de ser algo vívido para él, en ese momento.

—No diga eso, no diga eso —respondió St. George con gravedad apoyando la cabeza en el respaldo del sofá y posando los ojos en el techo—. Sabe perfectamente a lo que me refiero. No he leído ni veinte páginas de su libro sin ver que no puede evitarlo.

—Me hace muy desgraciado —suspiró Paul con éxtasis.

—Me alegro por eso, porque puede servirle de una especie de aviso. Bastante ofensivo debe ser, especialmente para una mente joven y fresca, llena de fe, el espectáculo de un hombre destinado a mejores cosas, hundido en semejante deshonra a mi edad. —St. George, en la misma actitud contemplativa, hablaba suave, pero deliberadamente, y sin emoción perceptible. En verdad su tono sugería una lucidez impersonal casi cruel, cruel consigo mismo, e indujo a su joven amigo a que posara una mano argumentadora en su brazo. Pero prosiguió mientras sus ojos parecían seguir las gracias del techo del siglo XVIII—: Míreme bien, tómese a pecho mi lección… porque es una lección. Que le reporte algo bueno, estremézcase al menos con la lamentable impresión que ha recibido, y que esto lo ayude a mantenerse derecho en el futuro. No se convierta en la vejez en lo que yo me he convertido en la mía, ¡la ilustración deplorable y deprimente de la adoración de dioses falsos!

—¿A qué se refiere cuando habla de su vejez? —preguntó el joven.

—Esto me ha hecho viejo. Pero me gusta su juventud.

Paul no respondió nada. Permanecieron en silencio un minuto. Los otros seguían hablando de la mayoría gubernamental. Y a continuación:

—¿A qué se refiere cuando habla de dioses falsos? —preguntó.

Su compañero no encontró dificultad alguna en decir:

—Los ídolos del mercado; el dinero y el lujo y «el mundo»; colocar a los hijos y vestir a la mujer; todo lo que lo lleva a uno por el camino corto y fácil. ¡Ah, las vilezas que le hacen cometer a uno!

—Pero cualquiera tiene el derecho de querer colocar a los hijos.

—A uno no le incumbe tener hijos —declaró St. George plácidamente—. Quiero decir, desde luego, si se quiere hacer algo bueno.

—Pero ¿no sirven de inspiración, de incentivo?

—De incentivo para la perdición, artísticamente hablando.

—Toca temas muy profundos, temas que me gustaría discutir con usted —dijo Paul—. Me gustaría que me hablara interminablemente de sí mismo. ¡Esto es un festín para mí!

—Naturalmente que lo es, joven cruel. Pero para demostrarle que aún no soy incapaz, degradado como estoy, de profesar un acto de fe, ataré mi vanidad a la estaca y la quemaré hasta convertirla en cenizas. Tiene que venir a verme, tiene que venir a vernos —sustituyó rápidamente el Maestro—. Mrs. St. George es encantadora; no sé si ha tenido la oportunidad de hablar con ella. Estará contenta de verlo; le gustan las grandes celebridades, ya sean incipientes o consagradas. Tiene que venir a cenar; mi esposa le escribirá. ¿Dónde se lo puede localizar?

—Esta es mi modesta dirección —y Overt sacó una agenda y extrajo una tarjeta de visita. Pensándolo mejor, sin embargo, la retuvo, comentando que no daría a su amigo la molestia de ocuparse de eso, sino que iría a verlo en seguida en Londres, y la dejaría a la puerta si no lograba obtener acceso.

—Probablemente no lo logrará; mi mujer siempre está fuera, y cuando no está fuera está agotada por haber salido. Tiene que venir a cenar, aunque eso tampoco le hará mucho bien, pues mi mujer se empeña en preparar grandes comidas —St. George siguió considerándolo, pero a continuación dijo—: Tiene que venir a vernos al campo, eso es lo mejor; tenemos mucho sitio, y no está mal.

—¿Tiene usted una casa en el campo? —preguntó Paul con envidia.

—¡No como ésta! Pero tenemos una especie de lugar al que vamos, a una hora de Euston. Ésa es una de las razones.

—¿Una de las razones?

—Por las que mis libros son tan malos.

—¡Dígame todas las demás! —rió Paul anhelante.

Su amigo no respondió directamente a esto, sino que dijo con brusquedad:

—¿Por qué antes no lo había visto nunca a usted?

El tono de la pregunta fue particularmente halagador para nuestro héroe, a quien le pareció que implicaba que el gran hombre percibía ahora que, durante años, se había perdido algo.

—En parte, supongo, porque no ha habido ninguna razón especial para que me viera. No he vivido en el mundo, en su mundo. He pasado muchos años fuera de Inglaterra, en diferentes lugares del extranjero.

—Pues no lo vuelva a hacer, por favor. Debe hacer Inglaterra, tiene tanto…

—¿Quiere decir que he de escribir sobre ella? —y Paul hizo sonar la nota del candor interesado de un niño.

—Claro que sí. Y estupendamente bien, si no le parece mal. Eso disminuye un poco mi estima por lo suyo… que sucede en el extranjero. ¡Al diablo con «el extranjero»! Quédese aquí y haga cosas aquí… haga temas que puedan medirse.

—Haré lo que usted me diga —replicó Overt, profundamente cortés—. Pero perdóneme si digo que no entiendo cómo ha estado leyendo el libro —añadió—. Lo he tenido ante mí toda la tarde primero en ese largo paseo, luego con el té en el césped, hasta que fuimos a vestirnos para la cena, y toda la noche en la cena y en este lugar.

St. George volvió la cara con una sonrisa.

—Le dediqué tan sólo un cuarto de hora.

—Un cuarto de hora es inmenso, pero no comprendo dónde lo metió. En el salón, después de cenar, no estaba leyendo, estaba hablando con Miss Fancourt.

—Es lo mismo, porque hablábamos de Ginistrella. Me la describió, me prestó su ejemplar.

—¿Se lo prestó?

—Viaja con él.

—Es increíble —Paul se ruborizó.

—Para usted es glorioso, pero a mí también me vino muy bien. Cuando las señoras fueron a acostarse, tuvo la amabilidad de ofrecerse a hacerme llegar el libro. Su doncella me lo trajo al vestíbulo y me fui con él a mi habitación. No tenía intención de venir aquí, lo hago muy rara vez. Pero no me duermo temprano, siempre tengo que leer una o dos horas. Me senté con su novela ahí mismo, sin cambiarme, sin quitarme nada más que la chaqueta. Creo que eso es señal de que mi curiosidad había sido poderosamente despertada. Leí durante un cuarto de hora, como le digo, e incluso en un cuarto de hora quedé enormemente impresionado.

—El principio no es muy bueno, ¡es el conjunto! —dijo Overt que había escuchado esta exposición con interés extremo—. ¿Y dejó el libro y vino a verme? —preguntó.

—Así es como me ha impresionado. Me dije, «veo que es sólo obra suya, y él está aquí, por cierto, y el día ha llegado a su fin y no he cruzado veinte palabras con él». Se me ocurrió que quizá estuviera en el salón de fumadores y que no sería demasiado tarde para reparar mi omisión. Quería ser atento con usted, así que me puse la chaqueta y bajé. Volveré a leer su libro cuando suba.

Nuestro amigo echó una mirada a su alrededor desde su sitio; estaba conmovido como nunca lo había estado por semejante manifestación a su favor.

—Realmente es usted el más amable de los hombres. Cela s’est passé comme ça? ¡y yo he estado aquí con usted todo este tiempo y no lo he sospechado ni se lo he agradecido!

—Agradézcaselo a Miss Fancourt, fue ella quien hizo que me emocionara. Me ha hecho sentir que había leído su novela.

—¡Es un ángel del cielo! —declaró Paul.

—Realmente lo es. Nunca he visto a nadie como ella. Su interés por la literatura es conmovedor, algo bastante propio de ella; todo se lo toma muy seriamente. Siente las artes y quiere sentirlas más. Para los que las practican es casi humillante su curiosidad, su comprensión, su buena fe. ¿Cómo puede ser cualquier cosa tan hermosa como ella la supone?

—Es un organismo poco común —suspiró el joven.

—El más rico que he visto, una inteligencia artística realmente de primer orden. ¡Y presentada de tal forma! —exclamó St. George.

—A uno le gustaría describir a una muchacha así —continuó Paul.

—Ah, ahí está… no hay nada como la vida —dijo su compañero—. Cuando uno se siente acabado, exprimido y agotado y cree que el costal está vacío, todavía se siente atracción, emociones y estremecimientos, la idea brota, del seno de lo real, y demuestra que siempre hay algo que hacer. Pero yo no lo haré, ¡ella no es para mí!

—¡Qué es eso de que no es para usted!

—Todo se ha terminado; es para usted, si quiere.

—¡Mucho peor! —dijo Paul—. Ella no es para un deslucido hombrecillo de letras; es para el mundo, el rico y prometedor mundo de sobornos y recompensas. Y el mundo se apoderará de ella y se la llevará consigo.

—Lo intentará… pero es un caso en el que puede haber lucha. Valdría la pena luchar, para un hombre que lo tuviera dentro, con juventud y talento de su parte.

Estas palabras resonaron no poco en la conciencia de Paul Overt, lo mantuvieron brevemente en silencio.

—Es una maravilla que ella haya seguido siendo como es dándose de tal manera… con tanto que dar.

—¿Quiere decir que haya seguido siendo tan ingenua… tan natural? Ah, por eso no se preocupa, da porque rebosa. Tiene sus propios sentimientos, sus pautas; no se acuerda siempre de que debe ser orgullosa. Y además no lleva aquí el tiempo suficiente para haberse estropeado; adoptó una o dos modas, pero sólo las divertidas. Es una provinciana… una provinciana con genio —continuó St. George—; incluso sus patinazos son encantadores, sus equivocaciones interesantes. Ha regresado de Asia con todo tipo de curiosidades suscitadas y apetitos sin saciar. Ella es en sí misma de primera categoría y se malgasta en la segunda. Es la vida misma y se toma un interés poco común por las imitaciones. Confunde todas las cosas, pero no hay ninguna respecto a la que no perciba algo. Ve las cosas en perspectiva, como desde la cima del Himalaya, y aumenta todo lo que toca. Sobre todo exagera… para consigo misma, me refiero. ¡Nos exagera a usted y a mí!

Nada había en esa descripción que pudiera aplacar la inquietud que en nuestro amigo había causado semejante esbozo de un hermoso tema. Le parecía que mostraba el arte de la admirada mano de St. George, y se perdió contemplando la visión —que se cernía ante él— de la figura de una mujer que debiera ser parte del esplendor de una novela. Pero al cabo de un momento se había convertido en humo, y del humo —la última bocanada de un gran puro— surgió la voz del General Fancourt, que había dejado a los otros y había venido y se había colocado delante de los caballeros del sofá.

—Supongo que cuando ustedes, los colegas, se ponen a hablar se quedan levantados la mitad de la noche.

—¿La mitad de la noche? Jamais de la vie! Yo sigo una higiene —y St. George se puso en pie.

—Comprendo, usted es planta de invernadero —rió el General—. Así es como produce sus flores.

—Yo produzco las mías entre las diez y la una de la mañana, ¡florezco con una regularidad! —continuó St. George.

—¡Y con un esplendor! —añadió el cortés General, mientras Paul advertía qué poco le importaba al autor de Shadowmere, como se dijo a sí mismo, que se lo tratara como a un célebre narrador. El joven se propuso que él nunca se acostumbraría a eso; siempre lo haría sentirse incómodo —por la sospecha de que la gente pensara que tenía que hacerlo— y querría evitarlo. Evidentemente, su gran colega se había curtido y endurecido, se había provisto de una capa externa. El grupo de hombres había terminado los puros y recogido sus palmatorias; pero antes de que salieran todos, Lord Watermouth invitó al par de huéspedes que habían estado tan absortos a que «tomaran» algo. Resultó que los dos rehusaron, ante lo cual dijo el General Fancourt:

—¿En eso consiste su higiene? ¿No riegan las flores?

—¡Debería ahogarlas! —replicó St. George; pero, al abandonar la habitación aún junto a su amigo, dijo caprichosamente al oído del joven, en tono bajo—: Mi mujer no me deja.

—¡Pues me alegro de no ser uno de ustedes! —concluyó sonoramente el General.

La cercanía entre Summersoft y Londres tenía una consecuencia, decepcionante para una persona que hubiese saboreado de antemano la sociabilidad de un vagón de ferrocarril: la mayor parte del grupo, tras el desayuno, volvía a la ciudad en coche, usando sus propios vehículos que habían venido a recogerlos, mientras sus criados regresaban en tren con el equipaje. Tres o cuatro jóvenes, entre los que se encontraba Paul Overt, aprovecharon el servicio público; pero permanecieron en el pórtico de la casa viendo cómo emprendían la marcha los demás. Miss Fancourt subió con su padre a una victoria, después de haber dado la mano a nuestro héroe y de haber dicho, sonriendo de la manera más franca del mundo:

Tengo que verlo más. Mrs. St. George es tan amable: ha prometido invitarnos a cenar a los dos juntos.

Esta dama y su marido ocuparon su lugar en una berlina perfectamente equipada —ella precisaba un coche cerrado— y mientras nuestra joven agitaba el sombrero en respuesta a sus saludos y gestos ceremoniosos pensó que, considerados juntos, constituían una imagen honorable del éxito, de las recompensas materiales y del crédito social de la literatura. Cosas así no daban la plena medida, pero no obstante se sintió un poco orgulloso de la literatura.

4

Antes de que hubiese transcurrido una semana se encontró con Miss Fancourt en Bond Street, en la imaginación editada de las obras de un joven artista en «blanco y negro», que había sido tan amable de invitarlo al sofocante escenario. Los dibujos eran admirables, pero el agolpamiento, en la pequeña habitación, era tan denso que Overt se sentía como si estuviera metido hasta el cuello en una bolsa de lana. En el borde exterior, una hilera de gente, doblando la espalda hacia adelante y presentando, bajo ellos, una superficie aún más convexa de resistencia a la presión de la masa, se esforzaba por conservar un espacio entre sus narices y los marcos barnizados de los cuadros; mientras que el cuerpo central, en medio de la relativa oscuridad proyectada por la ancha pantalla horizontal, que pendía bajo la claraboya y dejaba tan sólo un margen para el día, permanecía derecho, denso y vago, perdido en la contemplación de sus propios ingredientes. Esta contemplación se asentaba especialmente en los ojos tristes de ciertas cabezas femeninas, coronadas de sombreros de extraños pliegues y plumaje, que se erguían por encima de los demás, sobre largos cuellos. Una de las cabezas, percibió Paul, era con mucho la más bella de la colección, y su siguiente descubrimiento fue que pertenecía a Miss Fancourt. Su belleza se vio realzada por la sonrisa feliz que le envió a través de las obstrucciones circundantes, sonrisa que lo atrajo a ella tan de prisa como pudo él moverse. Había visto por sí mismo en Summersoft que lo último que contenía su naturaleza era una afectación de indiferencia; pero aún con esta circunspección se sintió de nuevo satisfecho al ver que ella no fingía aguardar su llegada con compostura. Sonreía radiante, como si quisiera que él se apresurase y, en cuanto se aproximó lo suficiente, estalló con voz jubilosa:

—¡Está aquí… está aquí… volverá dentro de un momento!

—¿Su padre? —respondió Paul mientras ella le ofrecía la mano.

—No, por Dios, esto no está en la línea de mi pobre padre. Me refiero a Mr. St. George. Acaba de dejarme para hablar con alguien. Va a volver. Fue él quien me trajo, ¿no es algo encantador?

—Ah, eso le da ventaja sobre mí. Yo no podría haberla «traído», ¿no?

—Si hubiera sido tan amable de proponérmelo… ¿por qué no usted como él? —replicó la muchacha con una cara que, sin expresar coquetería barata, afirmaba simplemente un hecho afortunado.

—Pues porque él es un père de famille. Ellos tienen privilegios —explicó Paul. Y rápidamente—. ¿Irá usted a ver sitios conmigo? —preguntó.

—¡Lo que quiera! —sonrió—. Ya sé lo que quiere decir, que las chicas tienen que tener a un montón de gente… —Y a continuación exclamó—: No sé; yo soy libre. Siempre he sido así. Puedo ir por ahí con cualquiera. Estoy tan contenta de verlo —añadió con tanta y tan dulce claridad que hizo volverse a los que se hallaban cerca de ella.

—Permítame al menos pagarle esas palabras sacándola de este barullo —dijo su amigo—. ¡La gente no puede pasarlo bien aquí!

—No, son unos mornes horribles, ¡no! Pero yo estoy estupendamente y prometí a Mr. St. George que me quedaría en este sitio hasta que volviera. Me va a sacar de aquí. Le mandan invitaciones para cosas de este tipo, más de las que quiere. Es muy amable al pensar en mí.

—También a mí me mandan invitaciones de este tipo, más de las que yo quiero. Y si acordarse de usted es suficiente… —prosiguió Paul.

—¡Me encantan… todo lo que es vida… todo lo que es Londres!

—Supongo que en Asia no hay inauguraciones privadas —rió—. Pero qué pena que por este año, incluso en esta abarrotada ciudad, ya se haya pasado la temporada.

—Bueno, el año que viene entonces, porque espero que crea que vamos a ser siempre amigos. ¡Aquí viene! —continuó Miss Fancourt antes de que Paul tuviera tiempo de contestar.

Divisó a St. George entre los huecos de la muchedumbre, y esto quizá lo indujo a que se apresurara un poco a decir:

—Espero que eso no signifique que he de aguardar hasta el año que viene para verla.

—No, no, ¿no vamos a vernos en una cena el veinticinco? —exclamó anhelante, con un entusiasmo tan dichoso como el de él.

—Eso es casi el año que viene. ¿No hay manera de verla antes?

Ella lo miró con toda su luminosidad.

—¿Quiere decir que vendría?

—Como un rayo, si fuera tan buena de pedírmelo.

—Entonces el domingo… ¿este domingo?

—¿Qué he hecho para que lo dude? —preguntó el joven con deleite.

Miss Fancourt se volvió al instante hacia St. George, que ahora se había unido a ellos, y anunció triunfalmente:

—¡Viene el domingo, este domingo!

—Ah, ¡mi día…! ¡también mi día! —dijo el famoso novelista, riendo, a su compañero.

—Sí, pero no sólo el suyo. Se verán en Manchester Square; hablarán…, ¡serán maravillosos!

No nos vemos lo suficiente —concedió St. George estrechando la mano de su discípulo—. ¡Demasiadas cosas… demasiadas cosas! Pero lo compensaremos en el campo en septiembre. No habrá olvidado que me ha prometido eso, ¿no?

—Pero si va a venir el veinticinco, lo verá entonces —dijo la muchacha.

—¿El veinticinco? —preguntó St. George vagamente.

—Cenamos con usted; espero que no lo haya olvidado. Él cena fuera ese día —añadió alegremente a Paul.

—Es verdad… qué estupendo ¿Y viene usted? No me lo había dicho mi mujer —le dijo St. George—. Demasiadas cosas… demasiadas cosas —repitió.

—Demasiada gente… demasiada gente —exclamó Paul, apartándose antes de que lo atravesara un codo.

—No debiera decir eso. Todos lo leen.

—¿A mí? ¡Me gustaría verlos! Sólo dos o tres, como mucho —respondió el joven.

—¿Ha oído alguna vez algo así? El muy arrogante sabe lo bueno que es —declaró St. George a Miss Fancourt riéndose—. Me leen a , pero eso no hace que me gusten más. Alejémonos de ellos, ¡alejémonos! —Y los sacó de la exposición.

—Me va a llevar al parque —comentó Miss Fancourt a Overt con júbilo mientras recorrían el pasillo que conducía a la calle.

—Ah, ¡va él allí! —preguntó Paul, tomando el hecho como una ilustración algo inesperada de las moeurs de St. George.

—Es un día precioso, habrá gran cantidad de gente. Vamos a mirar a la gente, a mirar a los tipos —continuó la muchacha—. Nos sentaremos bajo los árboles; caminaremos por la avenida.

—Voy una vez al año… de negocios —dijo St. George, que por casualidad había oído la pregunta de Paul.

—O con una prima del pueblo, ¿no me lo dijo? ¡Yo soy la prima del pueblo! —dijo a Paul por encima del hombro mientras su amigo la conducía hacia un simón al que había hecho una señal. El joven los observó mientras subían; se quedó parado, devolviendo con la mano el cordial saludo con el que, cómodamente instalado junto a ella en el vehículo, St. George se despidió de él. Se quedó hasta ver arrancar el vehículo y se perdió en la confusión de Bond Street. Lo siguió con los ojos; aquello le produjo ideas embarazosas. «¡Ella no es para !», había dicho con énfasis el gran novelista en Summersoft; pero su manera de comportarse con ella no parecía estar en armonía con tal convicción. ¿Cómo podría haber obrado de una manera diferente si hubiese sido para él? Una envidia indefinida creció en el corazón de Paul Overt, mientras se ponía solo en camino; un sentimiento se dirigió por igual extrañamente a cada uno de los ocupantes del simón. ¡Cómo le gustaría a él traquetear por Londres con una muchacha así! ¡Cómo le gustaría ir a mirar «tipos» con St. George!

El domingo siguiente a las cuatro llegó a Manchester Square, donde su deseo secreto se vio gratificado, al encontrar sola a Miss Fancourt. Se hallaba en una habitación grande, clara y alegre, toda pintada de rojo, decorada con las originales y baratas telas floreadas que se consideran originarias de países meridionales y orientales, donde se dice que sirven de colchas a los campesinos, y adornada con cerámicas de vivos tonos, distribuidas despreocupadamente en los estantes, y con muchas acuarelas de la mano (se enteró el visitante) de la joven misma, que conmemoraban con valiente amplitud las puestas de sol, las montañas, los templos y palacios de la India. Transcurrió una hora, más de una hora, dos horas, y en todo el tiempo no entró nadie. Su anfitriona tuvo la amabilidad de comentar, con su liberal humanidad, que era maravilloso que no fueran interrumpidos; sucedía tan rara vez en Londres, especialmente en esa temporada, que la gente sostuviera una buena conversación. Pero ahora, por suerte, un hermoso domingo, la mitad del mundo salía de la ciudad, y eso la hacía mejor para los que no se iban, cuando estos otros congeniaban. Era el defecto de Londres —uno de los dos o tres, la reducida lista de los que ella reconocía en la plagada ciudad—mundo que adoraba—, que había muy pocas ocasiones buenas de hablar; nunca se tenía tiempo para llegar lejos con algo.

—Demasiadas cosas… ¡demasiadas cosas! —dijo Paul, citando la exclamación de St. George de unos días antes.

—Sí, para él hay demasiadas, su vida es demasiado complicada.

—¿La ha visto usted de cerca? Eso es lo que me gustaría hacer; podría explicar algunos misterios —prosiguió su visitante. Ella preguntó a qué misterios se refería, y él dijo—: Pues, peculiaridades de su obra, desigualdades, superficialidades. Para quien lo mira desde el punto de vista artístico, contiene una ambigüedad sin fondo.

Ella se volvió, al momento, toda intensidad.

—Describa eso más… es interesantísimo. No hay temas más sugerentes. Soy muy aficionada a ellos. Él piensa que es un fracaso, ¡figúrese! —se lamentó bellamente.

—Eso depende de cuál pueda haber sido su ideal. Con sus condiciones debiera haber sido alto. Pero hasta que uno sepa qué es lo que realmente se propuso… ¿Por casualidad lo sabe usted? —exclamó el joven.

—Oh, no me habla de sí mismo. No puedo obligarlo, Sería demasiado atrevido. Paul estuvo a punto de preguntarle que de qué hablaba entonces, pero la discreción lo detuvo y dijo en cambio:

—¿Cree usted que es desgraciado en su hogar?

Ella pareció sorprenderse.

—¿En su hogar?

—Quiero decir en las relaciones con su mujer. Tiene una desconcertante manera de aludir a ella.

—No conmigo —dijo Marian Fancourt con sus ojos claros—. Eso no estaría bien, ¿no? —preguntó en tono grave.

—No especialmente; pues me alegro de que no se la nombre a usted. Si la alabara a ella la aburriría a usted y no le corresponde hacer otra cosa. Sin embargo, la conoce a usted mejor que a mí.

—Ah, ¡pero lo respeta a usted! —exclamó la muchacha como con envidia.

Su visitante la contempló un momento y a continuación rompió a reír.

—¿Es que no la respeta a usted?

—Por supuesto, pero no de la misma manera. Respeta lo que usted ha hecho… así me lo dijo, el otro día.

Paul lo absorbió, pero conservó sus facultades.

—¿Cuando fueron a mirar tipos?

—Sí, encontramos tantos: ¡tiene una manera de observarlos! Habló mucho de su libro. Dice que es verdaderamente importante.

—¡Importante! Ah, la gran criatura —y el autor de la obra en cuestión rugió de gozo.

—Estuvo divertidísimo, inefablemente gracioso, mientras andábamos. Lo ve todo; tiene tantas comparaciones e imágenes, y siempre son de lo más acertadas. C’est d’un trouvé, como dicen.

—Sí, ¡con sus condiciones debiera haber hecho tales cosas! —suspiró Paul.

—¿Y no cree usted que las ha hecho?

Ah, ésa era la cuestión.

—Parte de ellas y, desde luego, incluso esa parte es inmensa. Pero él podía haber sido uno de los más grandes. Incluso tal y como están —concluyó nuestro amigo con seriedad—, sus escritos son una mina de oro.

Ella respondió con ardor a esta declaración, y durante media hora la pareja discutió las principales producciones del Maestro. Ella las conocía bien, las conocía aún mejor que su visitante, quien estaba impresionado por su inteligencia crítica y por algo grande y audaz en el movimiento de su mente. Dijo cosas que lo sorprendieron y que evidentemente habían venido a ella directamente; no eran frases aprendidas, las colocaba demasiado bien. St. George había tenido razón sobre lo de que era de primera categoría, sobre lo de que no temía pasarse, que no recordaba que había de ser orgullosa. Algo le volvió a la cabeza de repente, y dijo:

—Recuerdo que me habló una vez de Mistress St. George. Dijo, a santo de una cosa u otra, que ella no se preocupaba por la perfección.

—Ese es un gran crimen en la esposa de un artista —replicó Paul.

—Sí, pobre —y la muchacha suspiró como sugiriendo numerosas reflexiones, algunas de ellas mitigadoras. Pero añadió poco después: —Ah, perfección, perfección… ¡de qué manera debería dedicarse uno a ella! Ojalá pudiera yo.

—Cada uno puede a su manera —opinó su compañero.

—A la manera de un hombre, sí, pero no a la de una mujer. Las mujeres tienen tantos obstáculos, ¡están tan condenadas! Y, sin embargo, es una especie de deshonor si no se intenta, cuando se quiere hacer algo, ¿no es así? —prosiguió Miss Fancourt, dejando un tema en su prisa por abordar otro, accidente común en ella. De modo que estos dos jóvenes discutieron de temas elevados en su salón ecléctico, en su «temporada» de Londres: discutieron con extrema seriedad el elevado tema de la perfección. Debe decirse como atenuante de esta excentricidad que estaban interesados en el asunto. Su tono poseía verdad y su emoción, belleza; no estaban adoptando una postura para con el otro o para con alguna otra persona.

El tema era tan amplio que se encontraron reduciéndolo; la perfección a la que, por el momento, acordaron confinar sus especulaciones era la de la obra de arte válida y ejemplar. La imaginación de nuestra joven, al parecer, se había dejado arrastrar lejos en esa dirección, y su invitado sentía el poco común deleite de percibir un intercambio completo en su conversación. Este episodio habrá vivido durante años en su recuerdo e incluso en su asombro; tenía la cualidad que la fortuna destila sólo gota a gota, la cualidad que lubrica muchas fricciones subsiguientes. Todavía, siempre que quiere, Overt ve la habitación, la locuaz y sociable habitación clara y roja con las cortinas que, en un golpe de lograda audacia, ponían la nota de un azul vivo. Recuerda dónde estaban ciertas cosas, cierto libro abierto sobre la mesa y el aroma casi intenso de las flores colocadas, a la izquierda, en algún lugar tras él. Estos hechos constituían el margen, por así decirlo, de una especial agitación cuyo nacimiento tuvo lugar en esas dos horas y cuyo signo principal fue quizá impulsarlo interna y repetidamente a susurrar: «¡no tenía ni idea de que hubiera alguien así!» La libertad de ella lo asombraba y le encantaba… parecía simplificar de tal modo la cuestión práctica. Se encontraba en la posición de un personaje independiente, una muchacha sin madre que había salido de la adolescencia y contaba con una posición y con responsabilidades, que no se hallaba sujeta a las limitaciones de una niña bonita. Iba y venía sin arrastrar a una dama de compañía, recibía sola a la gente, y, aunque carecía totalmente de severidad, la cuestión de protección o patrocinio no tenía relevancia con respecto a ella. Ofrecía tal impresión de claridad y de nobleza combinadas con lo fácil y lo natural que, a pesar de su situación eminentemente moderna, no sugería hermandad de ningún tipo con la chica «fácil». Era en verdad moderna, y hacía que Paul Overt, que amaba el color viejo, la pátina dorada del tiempo, pensara con alarma en la paleta abigarrada del futuro. No podía acostumbrarse a su interés por las artes que a él le importaban; parecía demasiado bueno para ser cierto… era una aventura muy improbable tropezar con semejante pozo de afinidades. Uno podía extraviarse fácilmente en el desierto, lo decían las cartas y era ley de la vida; pero el tropezar con un manantial cristalino era un accidente rarísimo. Sin embargo, si en un momento las aspiraciones de ella parecían demasiado extravagantes para ser auténticas, al momento siguiente a Paul se le antojaban demasiado inteligentes para ser falsas. Eran a la vez elevadas y débiles y, si de caprichos se trataba, las prefería a cualquiera de las que había encontrado en una relación similar. Era probable que las dejara atrás, que las cambiara por la política o por la «agudeza» o por una mera y prolífica maternidad, como era costumbre en muchachas que recibían educación y mimos, entregadas a borronear papeles y pintarrajear telas en una época de lujo y en una sociedad ociosa. Advirtió que las acuarelas de las paredes de la habitación en la que estaban tenían la cualidad principal de ser ingenuas, y pensó que la ingenuidad en el arte es como el cero en un número: su importancia depende de la cifra a la que va unido. Mientras tanto, no obstante, se había enamorado de ella. Antes de irse, en cualquier caso, le dijo:

—Pensé que St. George iba a venir a verla hoy, pero no aparece.

Durante un momento supuso que ella iba a exclamar «Comment donc? ¿Ha venido sólo a verlo a él?». Pero un momento después se dio cuenta de lo poco que tal frase habría concordado con la ausencia de cualquier nota de flirteo que hasta entonces había percibido en ella. Sólo respondió:

—Ah, sí; pero no creo que venga. Me recomendó que no lo esperara.

Y a continuación añadió alegremente, mas con toda suavidad:

—Dijo que no era justo para usted. Pero yo creo que podría arreglármelas con dos.

—Yo también —repuso Paul Overt, haciendo una pequeña concesión para coincidir con ella. En realidad la apreciación que hizo de la circunstancia suponía de manera tan total una apreciación de la mujer que se hallaba ante él, que otra figura en la escena, aun tan estimada como St. George, podría haberlo atraído en vano. Salió de la casa preguntándose qué había querido decir el gran hombre con lo de que no era justo para él; y, aún más, si se había mantenido lejos por la fuerza de esta idea. Mientras se ponía en camino por la soledad dominical de Manchester Square, balanceando el bastón y con una buena dosis de emoción fermentando en su alma, le pareció que vivía en un mundo extrañamente magnánimo. Miss Fancourt le había dicho que era posible que estuviese fuera, y que su padre lo estaría el domingo siguiente, pero que tenía esperanza de recibir una visita de él en el caso contrario. Le prometió hacerle saber si no se ausentaba y entonces él podría actuar en consecuencia. Después de entrar por una de las calles que se abrían desde la plaza, se detuvo, sin intenciones definidas, buscando escépticamente un coche. Al cabo de un momento vio un simón avanzando por el lugar, desde el otro lado y dirigiéndose hacia él. Estaba a punto de hacerle una señal al cochero, cuando advirtió a un «pasajero» en el interior; entonces esperó, viendo que el hombre se disponía a depositar a su pasajero al detenerse en una de las casas. La casa era, al parecer, la que él mismo acababa de abandonar; al menos sacó esa conclusión al reconocer a Henry St. George en la persona que bajó del simón. Paul se volvió tan rápido como si hubiese sido sorprendido en el acto de espiar. Abandonó la idea del coche, prefería ir andando; no iría a ningún lado. Se alegraba de que St. George no hubiese renunciado por completo a su visita… eso habría sido demasiado absurdo. Sí, el mundo era magnánimo, e incluso él mismo se sintió así cuando, al mirar su reloj, vio que eran sólo las seis, y mentalmente congratuló a su sucesor por tener una hora para sentarse en el salón de Miss Fancourt. Quizá él mismo emplease esa hora en hacer otra visita, pero para cuando llegó a Marble Arch, la idea de tal plan se había vuelto incongruente. Pasó por debajo de ese esfuerzo arquitectónico y entró en el parque y llegó hasta el extendido césped. Continuó andando; cruzó por el césped y salió junto al estanque. Observó con ojos amistosos la diversión de los londinenses, dirigió una mirada casi alentadora a las jóvenes que remaban para su novio y a los guardias que con sus gorros de piel cosquilleaban tiernamente las flores artificiales del sombrerito dominguero de su pareja. Prolongó su paseo de meditación; entró en Kensington Gardens, se sentó en las sillas de alquiler, miró los barquitos de vela lanzados sobre el estanque redondo y se alegró de no tener ningún compromiso para cenar. Acudió a tal fin, muy tarde, a su club, donde se sintió incapaz de elegir un menú y pidió al camarero que le trajera lo que hubiese. Ni siquiera observó lo que le habían servido, y pasó la velada en la biblioteca del establecimiento, haciendo que leía un artículo en una revista americana. No logró averiguar de qué trataba; parecía tratar confusamente de Marian Fancourt.

Casi al final de la semana ella le escribió diciendo que no iba a ir al campo, acababa de ser decidido. Su padre, añadió, nunca decidía nada, se lo dejaba todo a ella. Sentía que la responsabilidad era suya —tenía que hacerlo— y puesto que se veía forzada, así es como se decidió. No mencionó razón alguna, lo cual ofreció a nuestro amigo un terreno más claro para la audaz conjetura. Este segundo domingo en Manchester Square estimó su fortuna menos buena, pues ella tenía tres o cuatro visitantes. Pero hubo tres o cuatro compensaciones; la mayor de las cuales fue quizá que, al enterarse de cómo su padre, a última hora, había salido de la ciudad solo después de todo, la audaz conjetura de la que acabo de hablar se hizo un tanto más audaz. Y además su presencia era su presencia, y la personal habitación roja estaba allí y estaba llena de ella, sin importar que pasaran y se desvanecieran fantasmas, emitiendo sonidos incomprensibles. Por último, tuvo el recurso de quedarse hasta que todos hubieron llegado y salido y de considerar esto obra de ella, aunque no dio ninguna señal en particular. Cuando se encontraron solos fue al grano.

—Pero St. George vino por fin… el domingo pasado. Lo vi cuando miré hacia atrás.

—Sí; pero fue la última vez.

—¿La última vez?

—Dijo que no volvería a venir.

Paul Overt la miró fijamente.

—¿Quiere decir que desea dejar de verla?

—No sé lo que quiere decir —sonrió con valentía la muchacha—. En cualquier caso no volverá a verme aquí.

—¿Y puedo saber por qué?

—No tengo la menor idea —dijo Marian Fancourt, cuyo visitante la encontró más perversamente sublime que nunca al profesar ese desamparo diáfano.

5

—Oh, por favor, quiero que se quede un poco —dijo Henry St. George a las once, la noche en que cenó con el cabeza de la profesión. El grupo —desde luego ninguno de ellos de la profesión— había sido numeroso y estaba despidiéndose; nuestro joven, después de dar las buenas noches a su anfitriona, había extendido la mano en ademán de despedida al dueño de casa. Además de producir en el último la protesta que he citado, este movimiento provocó otra palabra sin precio sobre la ocasión de mantener una charla, de ir a la habitación de St. George y de tenerlo todo por decir, todavía. Paul Overt era todo deleite ante esta amabilidad; no obstante mencionó en tono débil y jocoso el simple hecho de que había prometido ir a otro lugar que se encontraba a considerable distancia.

—Pues va a romper su promesa, eso es todo. ¡Vaya un embustero! —añadió St. George en un tono que confirmó la cómoda sensación de nuestro joven.

—Desde luego que la romperé… pero era una promesa auténtica.

—¿Se refiere a Miss Fancourt? ¿La está siguiendo? —preguntó su amigo.

Contestó con una pregunta.

—¿Es que ella va?

—¡Vil impostor! —prosiguió su irónico anfitrión—. Lo he tratado generosamente en lo que a esa joven respecta: no haré más concesiones. Espere tres minutos…, en seguida estoy con usted. —Se dedicó a despedir a sus invitados, acompañó a las damas con vestidos de cola a la puerta. Era una noche calurosa, las ventanas estaban abiertas, el sonido de los rápidos coches y la llamada de los serenos penetraba en la casa. El ambiente había resplandecido no poco; una sensación de cosas festivas flotaba en el aire cargado: no sólo la influencia de esa fiesta en particular, sino también la insinuación del apremio del placer extendido que en las noches veraniegas de Londres llena tantos alegres barrios de la complicada ciudad. El salón de Mrs. St. George se vació gradualmente; Paul se encontró a solas con su anfitriona, a quien explicó el motivo de su espera.

—Ah, sí, una conversación intelectual, profesional —dijo con malicia—, ¿no cree que se echa de menos en esta época del año? Pobre Henry, ¡me alegro tanto!

El joven miró un momento por la ventana, a los simones solicitados que llegaban dando tumbos, las suaves berlinas que se alejaban. Cuando se volvió, Mrs. St. George había desaparecido; la voz de su marido ascendió hacia él desde abajo; se reía y hablaba, en el pórtico, con alguna señora que aguardaba su coche. Paul tomó solitaria posesión, durante unos minutos, de las cálidas habitaciones abandonadas, donde la luz tamizada y colorida de las lámparas era suave, los asientos habían sido movidos en todas direcciones y perduraba el aroma de las flores. Eran salas grandes, eran hermosas, contenían objetos de valor; todo en ese cuadro hablaba de una «buena casa». Al cabo de cinco minutos, entró un criado con la petición del Maestro de que bajara a reunirse con él; de modo que descendió por la escalera, siguiendo a su guía por un largo pasillo hasta un apartamento retirado de la parte de atrás de la vivienda, para los requerimientos especiales, según se dijo, de un ocupado hombre de letras.

St. George estaba en mangas de camisa en medio de una habitación grande y alta, una habitación sin ventanas, pero con una amplia claraboya en la parte de arriba, como la de una sala de exposiciones. Estaba amueblada como una biblioteca, y las apretadas estanterías se levantaban hasta el techo, una superficie de un tono incomparable producido por «lomos» confusamente dorados, interrumpidos por grabados y dibujos antiguos colgados aquí y allá. En el extremo más alejado de la puerta de entrada había una mesa alta, de gran extensión, sobre la que la persona que la usara podría escribir sólo en la postura erguida de un empleado de oficina; y extendida desde la entrada hasta esa estructura, había una banda ancha y lisa de tela roja, tan recta como el sendero de un jardín y casi tan larga, donde Paul en seguida contempló mentalmente el ir y venir del Maestro durante horas fastidiosas, horas, es decir, de admirable composición. El criado le dio una prenda, una vieja chaqueta con esa caída que da la experiencia, que había sacado de un armario de la pared, y se retiró después con la prenda que se había quitado. Paul Overt recibió la chaqueta de buen grado; era una chaqueta para hablar, prometía confidencias —ya que visiblemente había recibido tantas— y tenía trágicos codos literarios.

—Somos prácticos… ¡somos prácticos! —dijo St. George cuando vio que su visitante pasaba revista al lugar—. ¿No es una buena jaula para dar vueltas? La inventó mi esposa y me encierra aquí todas las mañanas.

Nuestro joven respiró —a manera de tributo— con cierta opresión.

—¿No echa de menos una ventana… un lugar por donde mirar?

—Al principio muchísimo; pero ella lo calculó perfectamente. Ahorra tiempo, me ha ahorrado muchos meses en estos diez años. Aquí estoy, ante los ojos del día (desde luego en Londres, con frecuencia, son ojos borrosos), amurallado en mi profesión. No puedo escapar, por eso el cuarto ofrece una buena lección de concentración. He aprendido la lección de concentración. He aprendido la lección, creo; mire ese montón de pruebas y admítalo. —Señaló un grueso rollo de papeles, sobre una de las mesas, que no había sido desatado.

—¿Va a sacar otra…? —preguntó Paul, en un tono cuyas afectuosas deficiencias no reconoció hasta que su compañero rompió a reír y entonces sólo a duras penas.

—¡Embustero, embustero! —St. George parecía disfrutar acariciándolo, por así decirlo, con ese oprobio—. ¿Cree que no sé lo que piensa de ellas? —preguntó, de pie, con las manos en los bolsillos y con una nueva clase de sonrisa. Era como si fuera a permitir que su joven devoto lo viese ahora por completo.

—¡Le doy mi palabra de que en este caso sabe más que yo! —se aventuró a responder Overt, revelando parte del tormento de no ser capaz de estimarlo abiertamente ni de renunciar a él de manera clara.

—Mi querido amigo —dijo el cada vez más interesado Maestro—, no se imagine que hablo específicamente de mis libros; no son un tema decente, il ne manquerait plus que ça. ¡No soy tan malo como pueda usted sospechar! De mí, sí, un poco, si lo desea; aunque no era para eso para lo que lo he traído aquí. Quiero pedirle algo… muy especialmente; aprecio esta oportunidad. Así que siéntese. Somos prácticos, pero hay un sofá, ¿ve?, ella ha mimado mis pobres huesos hasta ahora. Como todos los buenos administradores y ordenancistas, sabe cuándo es prudente relajarse. —Paul se hundió en la esquina de un hondo sofá de cuero, pero su amigo permaneció de pie en actitud explicativa—. Si no le importa, en esta habitación, ésta es mi costumbre. De la puerta a la mesa y de la mesa a la puerta. Eso me remueve suavemente la imaginación; y ¿no ve lo bien que está que no haya una ventana para que vuele? El eterno estar de pie cuando escribo (me paro en ese escritorio y lo apunto, cuando viene algo, y continuamos así) era bastante agotador al principio, pero lo adoptamos con vistas a lo duradero; se está mejor, si las piernas no desfallecen y se puede mantener durante más años. ¡Somos prácticos, somos prácticos! —repitió St. George, yendo hacia la mesa y tomando mecánicamente el rollo de pruebas. Pero al arrancar la envoltura, cambió su foco de atención para volver a nuestro héroe. Durante un momento se perdió examinando las hojas de su nuevo libro, mientras los ojos del hombre más joven volvían a vagar por la habitación.

«Señor, ¡qué cosas tan buenas haría yo, si tuviera un lugar tan encantador para hacerlas!», reflexionó Paul. El mundo exterior, el mundo de accidente y fealdad, se hallaba de esta manera logradamente excluido, y dentro del rico cuadrado protector, bajo el cielo protector, las figuras oníricas, la compañía solicitada, podían sostener su particular deleite. Era una fervorosa previsión de Overt, más que una observación basada en hechos reales, para la que las ocasiones habían sido demasiado escasas, el que el Maestro, contemplado así más de cerca, tendría la cualidad, el don encantador de brillar, sorprendentemente, en el trato personal y en momentos de expectación interrumpida o incluso tal vez atenuada. Una feliz relación con él sería algo que discurriera a saltos, no en etapas fáciles de seguir.

—¿Los lee… de verdad? —preguntó dejando las pruebas cuando Paul le preguntó si la obra sería publicada pronto. Y cuando el joven contestó «Oh, sí, siempre», su regocijo fue causado de nuevo por algo que captó en su manera de decir eso—. Uno va a ver a su abuela el día de su cumpleaños, y muy bien está, especialmente porque no durará siempre. Ha perdido todas sus facultades y sus sentidos; ni ve, ni oye, ni habla; pero todas las devociones de costumbre y hábitos bondadosos son respetables. Sólo que usted es fuerte si en realidad los lee! Yo no podría, mi querido amigo. Usted es fuerte, lo sé; y eso es precisamente parte de lo que quiero decirle. Usted es muy fuerte, en verdad. He estado examinando sus otras cosas… me han interesado enormemente. Alguien debería haber hablado antes de ellas… alguien a quien pudiera creer. Pero, ¿a quién puede uno creer? Es maravilloso verlo en el buen camino… es un trabajo decentísimo. Pero veamos, ¿pretende usted seguir así?, eso es lo que quiero preguntarle.

—¿Que si pretendo hacer más? —preguntó Paul, mirando desde el sofá a su erguido inquisidor y sintiéndose, en parte, como un feliz colegial cuando el maestro está alegre y, en parte, como algún peregrino de antaño que pudiera haber consultado a un oráculo famoso en toda la tierra. El desempeño mismo de St. George había sido débil, pero como consejero sería infalible.

—¿Más…? ¿más? El número no importa; una más sería suficiente si en realidad supusiera un paso más…, un latido del mismo esfuerzo. Lo que quiero decir es ¿va a buscar de corazón algún tipo de perfección decente?

—¡Ah, decencia, ah, perfección…! —suspiró sinceramente el joven—. El otro domingo hablé de ellas con Miss Fancourt.

Esto produjo una risa de peculiar acrimonia por parte del Maestro.

—Sí, «hablarán» de ellas tanto como guste. Pero poco harán para ayudarlo a uno a conseguirlas. No hay obligación alguna, desde luego; es sólo que usted me parece capaz —continuó—. Usted debe tenerlo todo pensado. No puedo creer que no tenga un plan. Esa es la sensación que me da, y es tan poco corriente que lo excita a uno de verdad… lo hace a usted notable. Si no tiene ningún plan, si no se propone seguir así, desde luego está en su derecho; a nadie le incumbe, nadie puede forzarlo, y no más de dos o tres personas notarán que usted no sigue el camino recto. Los demás, todos los demás, cada bendita alma en Inglaterra, pensarán que lo sigue… pensarán que está manteniéndolo: ¡palabra de honor! Yo seré uno de los dos o tres que lo sepan mejor. Pero la cuestión está en si puede usted hacerlo por dos o tres. ¿Es ésta la sustancia de la que está hecho?

La pregunta encerró a su invitado durante un minuto como entre brazos palpitantes.

—Podría hacerlo por uno, si ese uno fuera usted.

—No diga eso; no lo merezco; me abrasa —protestó con unos ojos repentinamente graves y encendidos—. Ese «uno» es por supuesto uno mismo, la conciencia de uno, la idea de uno, la singularidad de la meta de uno. Yo pienso en ese espíritu puro al igual que un hombre piensa en la mujer que en alguna hora aborrecida de su juventud ha amado y abandonado. Ella lo persigue con ojos llenos de reproche, vive por siempre ante él. Como artista, ¿sabe usted? me he casado por dinero —Paul lo miró de hito en hito e incluso se sonrojó un poco, confundido con esta confesión; ante lo que su huésped, observando el gesto de su cara, soltó una risita y prosiguió—: Usted no sigue mi metáfora. No estoy hablando de mi querida esposa, que tenía una pequeña fortuna, la cual, sin embargo, no fue mi soborno. Me enamoré de ella, como muchos otros han hecho. Me refiero a la musa mercenaria a quien llevé al altar de la literatura. Muchacho, no meta la nariz en ese yugo. ¡Ese horrible rocín le arruinará la vida!

Nuestro héroe lo observó, sorprendido y profundamente conmovido.

—¿No ha sido usted feliz?

—¿Feliz? Es una especie de infierno.

—Hay cosas que me gustaría preguntarle —dijo Paul tras una pausa.

—Pregúnteme cualquier cosa en el mundo. Me abriré por completo para salvarlo.

—¿Para «salvarme»? —dijo con voz temblorosa.

—Para que no ceje… para que persista. Como le dije la otra noche en Summersoft, que mi ejemplo le resulte vivo.

—Pero si sus libros no son tan malos —dijo Paul entre risas y sintiendo que si alguna vez algún hombre había respirado el aire del arte…

—¿Tan malos como qué?

—Su talento es tan grande que se halla en todo lo que hace, tanto en lo que es menos bueno como en lo que es mejor. Tiene usted unos cuarenta volúmenes que lo demuestran… cuarenta volúmenes de vida maravillosa, de observación poco común, de capacidad magnífica.

—Soy muy listo, naturalmente que sé eso —pero era algo, en suma, a lo que este autor no daba importancia—. Señor, ¡qué porquería serían si no lo hubiera sido! Soy un hábil charlatán —prosiguió—. He sido capaz de hacer que se tragaran mi sistema. Pero ¿sabe lo que es? Es carton-pierre.

—¿Carton-pierre? —Paul quedó impresionado y boquiabierto.

—¡Lincrusta-Walton! ¡Papel barato!

—No diga cosas así… ¡me hace sangrar! —protestó el joven—. Yo lo veo en un hogar bello y afortunado, viviendo con bienestar y honor.

—¿Lo llama honor? —su anfitrión increpó con una entonación que a menudo vuelve a él—. A eso es a lo que quiero que se dedique usted. Me refiero a lo auténtico. Esto es oropel.

—¿Oropel? —exclamó Paul mientras sus ojos vagaban, en una trayectoria natural del momento, por la lujosa habitación.

—Ah, hoy en día lo hacen tan bien… ¡es maravillosamente engañoso!

Nuestro amigo se estremeció de interés y aún más, quizá, de pena. Sin embargo, no temía aparentar condescendencia cuando aún podía sentir envidia.

—¿Es engañoso que lo encuentre viviendo con todas las señales de la felicidad doméstica, bendecido con una esposa perfecta y devota, con unos hijos a quienes no he tenido aún el placer de conocer, pero que deben ser unos jóvenes encantadores por lo que conozco de sus padres?

St. George sonrió por la franqueza de su pregunta.

—Todo es excelente, mi querido amigo, que el cielo me impida negarlo. He hecho una gran cantidad de dinero; mi esposa ha sabido cómo cuidarlo, cómo emplearlo sin malgastar, apartar una buena cantidad, hacerlo fructificar. Tengo un pan en el armario; de hecho lo tengo todo menos lo grande.

—¿Lo grande? —Paul siguió haciendo de eco.

—La sensación de haber hecho lo mejor… la sensación que es la verdadera vida del artista y cuya ausencia supone su muerte, de haber extraído de su instrumento intelectual la música más hermosa que la naturaleza había escondido en él, de haberla tocado como debe tocarse. O bien lo hace o bien no lo hace y, si no lo hace, no merece la pena que se hable de él. Por tanto, precisamente, los que realmente saben no hablan de él. Puede que él aún oiga una gran cháchara, pero lo que más oye es el incorruptible silencio de la Fama. Yo la he sobornado, se podría decir, en mi momento… pero ¿cuál es mi momento? No se imagine ni por un minuto —prosiguió el Maestro— que soy tan sinvergüenza como para haberlo traído aquí abajo para abusar o para quejarme de mi esposa ante usted. Es una mujer de cualidades distinguidas, a quien estoy inmensamente obligado; de modo que, si me hace el favor, no diremos nada de ella. Mis chicos, mis hijos son todos varones, son rectos y fuertes, gracias a Dios y no hay pobreza de crecimiento a su alrededor, no hay penuria de necesidades. Recibo periódicamente el más satisfactorio testimonio de Harrow, de Oxford, de Sandhurst, ¡oh, hemos hecho lo mejor por ellos!, de su eminencia como organismos que viven, consumen y prosperan.

—Debe ser maravilloso sentir que el hijo de las propias carnes está en Sandhurst —comentó Paul con entusiasmo.

—Lo es… es encantador. ¡Yo soy un patriota!

El joven, en ese momento, se vio en la obligación de pagar el más grande de los tributos de preguntas.

—Entonces, ¿qué quiso decir usted la otra noche en Summersoft, al declarar que los hijos son una maldición?

—Mi querido joven, ¿de qué base partimos? —y St. George se dejó caer en el sofá a corta distancia de él. Sentado ligeramente de lado, apoyó la espalda en el brazo del sofá con las manos cruzadas detrás de la cabeza—. ¿De suponer que cierta perfección es posible e incluso deseable, no es así? Pues todo lo que digo es que los hijos de uno interfieren en la perfección. Interfiere la esposa. Interfiere el matrimonio.

—¿Cree que el artista no debería casarse?

—Lo hace corriendo un riesgo, lo hace a sus expensas.

—¿Ni siquiera cuando su esposa comprende su trabajo?

—Nunca comprenden… ¡no pueden! Las mujeres no conciben tales cosas.

—Pero no hay duda de que en ocasiones son ellas mismas quienes trabajan —objetó Paul.

—Sí, y muy mal. Oh, claro, a menudo creen que entienden, creen que comprenden. Entonces es cuando son más peligrosas. Creen que uno va a hacer mucho y que obtendrá mucho dinero. Su gran nobleza y virtud, su conciencia ejemplar como hembras británicas está en mantenerlo a uno ahí. Mi esposa lleva todos los tratos con mis editores y lo ha hecho durante veinte años. Lo hace consumadamente bien, por eso vivo con tanto desahogo. ¿No es uno el padre de sus inocentes criaturas y va uno a privarlas de su sustento natural? La otra noche me preguntaba usted si no son un incentivo inmenso. Claro que lo son, ¡no hay duda de eso!

Paul lo consideró: para unos ojos que nunca habían estado tan abiertos, había tanto que observar…

—En cuanto a mí, me da la impresión de que necesito incentivos.

—Ah, entonces n’en parlons plus! —sonrió magnánimamente su compañero.

Usted es un incentivo, lo mantengo —prosiguió el joven—. Usted no me afecta de la manera en que al parecer le gustaría afectarme. Lo que veo es su gran éxito… ¡la pompa de los Jardines de Ennismore!

—¿Éxito? —los ojos de St. George tenían una luz fina y fría—. ¿Llama usted éxito a que se hable de uno como hablaría usted de mí si estuviera aquí sentado con otro artista, un joven inteligente y sincero como usted? Llama éxito a hacer que se sonroje, ¡cómo se sonrojaría! si algún crítico extranjero (un tipo, claro está, que supiera de lo que está hablando y que le hubiera demostrado que lo sabía, como les gusta demostrarlo a los críticos extranjeros) le dijera: «Seguro que en su país a ése lo consideran el más perfecto.» ¿Es éxito servir de ocasión para que un joven inglés tenga que tartamudear como usted tendría que hacerlo en un momento así por la pobre Inglaterra? No, no; el éxito es haber hecho que la gente baile a otro son. ¡Inténtelo!

Paul continuaba resplandeciendo, todo gravedad.

—Que intente ¿qué?

—Intente hacer un trabajo realmente bueno.

—¡El cielo sabe que quiero hacerlo!

—Pero no se puede hacer sin sacrificios, no lo crea ni por un momento —dijo el Maestro—. Yo no hice ninguno. Lo tuve todo. En otras palabras, lo he perdido todo.

—Ha tenido la vida normal humana, masculina, intensa y completa, con todas las responsabilidades y deberes, cargas, penas y alegrías, todas las iniciaciones y complicaciones sociales y domésticas. Deben ser inmensamente sugestivas, inmensamente divertidas —adujo Paul con ansia.

—¿Divertidas?

—Para un hombre fuerte… sí.

—Me proporcionaron un sinfín de temas, si a eso se refiere; pero al mismo tiempo me quitaron el poder de usarlos. Traté un millar de cosas, pero ¿cuál de ellas se convirtió en oro? El artista sólo maneja eso… no sabe nada de un metal más bajo. He vivido una vida mundana, con mi mujer y mi progenie; la torpe, convencional, cara, materializada, vulgarizada, brutalizada vida de Londres. Tenemos todo lo bello, incluso un coche; somos perfectos filisteos y gente eminente, hospitalaria y próspera.

Pero, mi querido amigo, no intente hacerse el tonto y fingir que no sabe lo que no tenemos. Es más grande que todo lo demás. Entre artistas… ¡vamos! —concluyó el Maestro—. ¡Usted sabe tan bien como que está ahí sentado que se metería una bala en el cerebro si hubiera escrito mis libros!

A su oyente le pareció que la formidable conversación prometida en Summersoft había tenido lugar, y con una prontitud, una plenitud, con la que su joven imaginación apenas había contado. Esa impresión lo agitó cunsiderablemente y palpitó con la emoción de sondeos tan profundos y confidencias tan extrañas. Palpitó en verdad con el conflicto de sus sentimientos… perplejidad, reconocimiento y alarma, goce, protesta y asentimiento, todo entremezclado con ternura (y una especie de vergüenza en la participación) hacia las llagas y cardenales expuestos por un ser tan exquisito, y con la percepción del secreto trágico que albergaba bajo sus ropas. La idea de que la suya, la de Paul Overt, se hubiera convertido en la ocasión de tal acto de humildad lo hizo sonrojarse y quedar sin aliento, al mismo tiempo que su conciencia se hallaba en cierto sentido demasiado viva para no tragar —y no saborear intensamente— cada una de las dosis de revelación ofrecidas. Su singular fortuna había hecho que soplara sobre las profundas aguas y que éstas se agitaran y rompieran en olas de extraña elocuencia. Pero ¿cómo no iba a revelar la apasionada contradicción de la última extravagancia de su huésped, cómo no iba a enumerarle las partes de su obra que amaba, las cosas espléndidas que había encontrado en ella, fuera del alcance de cualquier otro escritor del momento? St. George escuchó durante un rato cortésmente; a continuación dijo, posando la mano sobre la de su visitante:

—Todo eso está muy bien; y si no tiene la idea de hacer algo mejor, no hay razón para que no posea tantas cosas buenas como yo: el mismo número de apéndices humanos y materiales, el mismo número de hijos o hijas, una mujer con el mismo número de vestidos, una casa con el mismo número de criados, un establo con el mismo número de caballos, un corazón con el mismo número de dolores —el Maestro se levantó cuando hubo hablado así, quedó en pie un momento, junto al sofá, mirando a su agitado pupilo—. ¿Está usted en posesión de alguna propiedad? —se le ocurrió preguntar.

—Nada de lo que merezca la pena hablar.

—Ah, entonces no hay razón para que no obtenga unos ingresos considerables… si comienza con buen pie. Estúdieme a mí para ello, estúdieme bien. Es posible que de verdad tenga caballos.

Paul no habló durante unos minutos. Miró delante de sí, consideró muchas cosas. Su amigo se había alejado y había agarrado un paquete de cartas de la mesa donde yacía el rollo de pruebas.

—¿Cuál era el libro que Mrs. St. George le hizo quemar, el que no le gustaba? —sacó a relucir nuestro joven.

—El libro que me hizo quemar… ¿cómo sabía usted eso? —el Maestro levantó los ojos de las cartas sin la convulsión facial que el pupilo había temido.

—La oí hablar de él en Summersoft.

—Ah, sí… está orgullosa de ello. No sé… era bastante bueno.

—¿De qué trataba?

—Vamos a ver —y pareció hacer un esfuerzo para recordar—. Ah, sí… era sobre mí mismo.

—Paul emitió un gemido irreprimible por la pérdida de una producción así, y el hombre de más edad prosiguió—. Pero debería escribirlo usted…, usted debería hacerme —y suspendió el movimiento inquieto que lo había invadido; su sonrisa delicada era un resplandor generoso—. Ahí tiene un tema, muchacho: ¡con materia interminable!

Paul estaba en silencio de nuevo, pero todo era un tormento.

—¿Es que no hay mujeres que comprendan de verdad… que puedan participar en el sacrificio?

—¿Cómo pueden participar? Ellas mismas constituyen el sacrificio. Son el ídolo, el altar y la llama.

—¿Es que no hay ni una que vea más allá? —continuó Paul.

Durante un momento St. George no dio respuesta alguna; tras lo cual, después de romper las cartas, volvió al tema, lleno de ironía.

—Por supuesto que sé a quién se refiere. Pero ni siquiera Miss Fancourt.

—Creí que la admiraba muchísimo.

—Es imposible admirarla más. ¿Está enamorado de ella? —preguntó St. George.

—Sí —dijo Paul Overt poco después.

—Entonces renuncie.

Paul lo miró fijamente.

—¿Que renuncie a mi «amor»?

—No, por Dios. A su idea —y como nuestro héroe no cesaba de mirarlo fijamente, añadió—: Ésa de la que habló con ella. La idea de una perfección decente.

—Ella contribuiría… ella contribuiría —gritó el joven.

—Durante un año, más o menos, el primer año, sí. Después sería como una piedra atada al cuello.

Paul se sorprendió con franqueza.

—Pero si tiene pasión por lo auténtico, por el buen trabajo… por todo lo que a usted y a mí más nos importa.

—«A usted y a mí», ¡qué encantador, querido amigo! —rió su interlocutor—. La tiene de verdad, pero tendría una pasión aún mayor por sus hijos… y muy justa también. Insistiría en que todo fuera cómodo, conveniente, propicio para ellos. Eso no es lo que le incumbe al artista.

—El artista… ¡el artista! ¿Es que no es un hombre en cualquier caso?

St. George hizo una mueca sublime.

—Me inclino a creer que no. Usted sabe tan bien como yo lo que tiene que hacer: la concentración, el perfeccionamiento, la independencia por los que debe afanarse desde el momento en que comienza a desear que su trabajo sea realmente decente. Ah, joven amigo, la relación del artista con las mujeres, y en especial con la que más íntimamente lo preocupa, se halla a merced del maldito hecho de que, mientras él puede lógicamente tener un solo valor ellas tienen unos cincuenta. Eso es lo que las hace tan superiores —añadió St. George divertido—. Imagínese a un artista cambiando de valores como quien cambia de camisa o los platos de una cena. Hacerlo, hacerlo y hacerlo divino, es lo único en lo que ha de pensar. «¿Lo he conseguido o no?» es su única pregunta. Y no «¿Lo he conseguido en la medida en que lo permita la atención adecuada de mi querida familia?» No tiene nada que ver con lo relativo, sólo con lo absoluto; y una querida familia puede representar una docena de relatividades.

—¿Entonces no le permite tener las pasiones y afectos comunes de los hombres? —preguntó Paul.

—¿Acaso no tiene una pasión, un afecto que abarca todos los demás? Además, que tenga todas las pasiones que desee… mientras conserve su independencia. Debe ser capaz de ser pobre.

Paul se levantó lentamente.

—En ese caso, ¿por qué me aconsejó que le hiciera la corte?

St. George le puso la mano en el hombro.

—¡Porque sería una excelente esposa! Y entonces aún no había leído su novela.

El joven esbozó una sonrisa forzada.

—¡Ojalá me hubiera dejado en paz!

—No sabía que eso no era bueno para usted —respondió su anfitrión.

—Qué posición tan falsa, qué condena la del artista, ser un mero monje privado de sus derechos que puede producir su efecto sólo renunciando a la felicidad personal. ¡Qué acusación al arte! —continuó Paul con voz temblorosa.

—¿No se imaginará usted por casualidad que estoy defendiendo el arte? «Acusación»… ¡exactamente! Afortunada la sociedad en que no ha hecho su aparición, pues desde el momento en que llega los consume el dolor, experimentan una corrupción incurable en el pecho. ¡Naturalmente que el artista está en una posición falsa! pero creí que eso lo dábamos por descontado. Perdóneme —continuó St. George—. ¡Ginistrella es la causante!

Paul se quedó mirando al suelo. La torre de la iglesia vecina dio la una en medio de la quietud.

—¿Cree usted que llegaría a mirarme? —expuso a su amigo por fin.

—¿Miss Fancourt… como pretendiente? ¿Por qué no había de creerlo? Por eso he intentado favorecerlo, he tenido una o dos pequeñas ocasiones de mejorar su oportunidad.

—Perdone que le pregunte, ¿pero se refiere a haberse mantenido apartado? —dijo Paul con sonrojo.

—Soy un idiota, mi sitio no está ahí —declaró St. George gravemente.

—Yo no soy nada aún, no tengo fortuna; y debe haber tantos otros —prosiguió su compañero.

El Maestro consideró esto seriamente, pero le dio poca importancia.

—Usted es un caballero y un hombre de genio. Creo que podría conseguir algo.

—Pero si debo renunciar a eso… al genio…

—Mucha gente, ¿sabe? cree que yo he conservado el mío —sonrió St. George maravillosamente.

—¡Usted es un genio para desconcertar! —declaró Paul, mas tomándole la mano agradecido, como para atenuar su juicio.

—Pobre muchacho, ¡cómo lo preocupo! Pero inténtelo, inténtelo de todos modos, creo que sus posibilidades son buenas y que ganará un gran premio.

Paul retuvo firmemente la mano del otro un minuto; miró esa cara profunda y extraña.

—No, soy un artista, ¡no puedo evitarlo!

—¡Demuéstrelo entonces! —exclamó suplicante St. George—. Permítame que vea antes de morir lo que más quiero, lo que más anhelo: una vida en la que la pasión, la nuestra, es realmente intensa. ¡Si puede usted ser especial no abandone! ¡Piense en lo que es, en lo que significa, en cómo perdura!

Se habían dirigido hacia la puerta y St. George había cerrado las dos manos sobre las de su compañero. Aquí se detuvieron de nuevo y nuestro héroe respiró hondamente.

—¡Quiero vivir!

—¿En qué sentido?

—En el más grande.

—Entonces persista, no ceje.

—¿Con su comprensión… su ayuda?

—Cuente con ello, usted será una gran figura para mí. Cuente con mi más elevado aprecio, con mi devoción. Me sentiré muy contento, si es que eso tiene algún valor para usted —tras lo cual, como Paul aún parecía vacilar, su anfitrión añadió—: ¿Recuerda lo que me dijo en Summersoft?

—¡Alguna chifladura, sin duda!

—«Haré cualquier cosa que usted me diga.» Dijo eso.

—¿Y me obliga a mantenerlo?

—Ah, ¿qué soy yo? —suspiró expresivamente el Maestro.

—Señor, ¡qué cosas tendré que hacer! —casi gimió Paul al partir.

6

«Se desarrolla demasiado en el extranjero, ¡al diablo con el extranjero» Éstas u otras similares habían sido las palabras notables del Maestro con respecto a la acción de Ginistrella; y sin embargo, aunque habían hecho severa mella en el autor de esa obra, como casi todas las palabras surgidas de la misma fuente, una semana después de la conversación que he señalado, Overt abandonaba Inglaterra para una ausencia prolongada y lleno de valientes intenciones. No supondría una perversión de la verdad declarar ese encuentro como la causa directa de su marcha. Si las manifestaciones del eminente escritor tenían el privilegio de impresionarlo profundamente, fue especialmente al considerarlas sin prisa, horas y días después, cuando parecieron ofrecerle su significado pleno y exponerle su importancia extrema. Pasó el verano en Suiza y, habiendo comenzado en septiembre una nueva tarea, decidió no cruzar los Alpes hasta tener un buen comienzo. Regresó a este fin a un tranquilo rincón que conocía bien, a la orilla del Lago de Ginebra y con las torres de Chillon a la vista: una región y un paisaje por los que sentía un afecto brotado de antiguas asociaciones y que eran capaces de producir resurgimientos y estímulos misteriosos. Permaneció hasta bastante tarde en este lugar, hasta que hubo nieve en las colinas más próximas, llegando casi al límite hasta el que podía subir cuando, en las tardes cada vez más cortas, su tarea quedaba cumplida. El otoño era bello, el lago era azul, y su libro tomaba forma y dirección. Estas dichas realzaban por el momento su vida, a la que permitía que lo cubriera con su manto. Al cabo de seis semanas sintió que había aprendido de memoria la lección de St. George, que había puesto a prueba y verificado su doctrina. No obstante, hizo una cosa muy incoherente: antes de cruzar los Alpes escribió a Marian Fancourt. Era consciente de la perversidad de este acto, y lo justificó solamente como un lujo, una diversión, la recompensa de un otoño arduo. Ella no le había pedido tal favor cuando, poco antes de salir de Londres, tres días después de la cena en Ennismore Gardens, fue a despedirse. Era cierto que ella no había tenido razón alguna, él no había nombrado su intención de ausencia. Había guardado silencio por falta de la certeza debida: fue esa visita en particular la que, en segunda instancia, iba a resolver el asunto. Había hecho la visita para ver cuánto le importaba ella realmente, y la inmediata partida, sin que mediara ni un explícito adiós, fue la secuela de esta indagación, cuyo resultado había originado en él un profundo anhelo. Cuando le escribió desde Clarens señaló que le debía una explicación (¡más de tres meses después!) por no haberle dicho lo que iba a hacer.

Ella contestó con brevedad mas con prontitud, y le dio una impresionante noticia: la de la muerte, una semana antes, de Mrs. St. George. Esta ejemplar mujer había sucumbido, en el campo, a un violento ataque de inflamación de los pulmones, recordaría que había estado delicada durante bastante tiempo. Miss Fancourt añadió que creía que su marido se hallaba abrumado por el golpe; la echaría de menos terriblemente, lo había sido todo en la vida para él. Ante esto Paul Overt escribió de inmediato a St. George. Se habría alegrado, desde el día de su marcha, de permanecer en contacto con él, pero hasta la fecha había carecido de la excusa apropiada para molestar a un hombre tan ocupado. Su larga conversación nocturna volvió a él con cada uno de los detalles, pero esto no era óbice para expresar el debido pésame al cabeza de la profesión, pues, ¿acaso no había dejado claro esa misma conversación que la difunta dama era la influencia que regía su vida? ¿Qué catástrofe podía ser más cruel que la extinción de tal influencia? Éste había de ser exactamente el tono adoptado por St. George al contestar a su joven amigo al cabo de poco más de un mes. Por supuesto no aludió a su importante conversación. Hablaba de su esposa tan franca y generosamente como si hubiese olvidado por completo esa ocasión, y el sentimiento de profunda aflicción era visible en sus palabras. «Ella se lo ha llevado todo de mis manos… de mi cabeza. Condujo nuestra vida con el arte más grande, la devoción más inusual, y yo era libre, como pocos hombres pueden haberlo sido, para dirigir mi pluma, para encerrarme con mi profesión. Éste era un servicio poco común, el más elevado que pudo haberme prestado. ¡Cómo desearía haberlo reconocido de manera más adecuada!»

De estos comentarios se desprendía, para nuestro héroe, cierta perplejidad: le parecieron una contradicción, una retractación, extraña proviniendo de un hombre que no tenía la excusa de la estupidez. Claro estaba que no había esperado que su amigo se regocijara con la muerte de su esposa, y era perfectamente lógico que la ruptura de un vínculo de más de veinte años hubiera dejado en él una herida… Pero si ella había sido una bendición tan clara, ¿qué se había propuesto esa noche, en nombre de la coherencia, el dichoso hombre al ponerlo a él patas arriba, al administrarle hasta ese punto, a la hora más sensible de su vida, la doctrina del renunciamiento? Si Mrs. St. George era una pérdida irreparable, el inspirado consejo de su marido había sido una broma de mal gusto y el renunciamiento un error. Overt estuvo a punto de precipitar su regreso a Londres para demostrar que, por su parte, estaba perfectamente dispuesto a considerarlo así, y llegó hasta el punto de sacar el manuscrito de los primeros capítulos de su nuevo libro del cajón de su mesa y meterlo en un bolsillo de su baúl. Esto condujo a que vislumbrara ciertas páginas que no había mirado durante meses, y ese accidente, a su vez, hizo que quedara impresionado por la gran promesa que revelaban, resultado poco frecuente de tales retrospecciones, las cuales tenía por costumbre evitar en lo posible: por lo general lo hacían darse cuenta de que el ardor de la creación podía ser un sentimiento puramente subjetivo y equívoco. En esta ocasión, de manera caprichosa, se desprendió de las apretadas correcciones de su primer borrador cierta fe en sí mismo, y así pensó que después de todo sería mejor proseguir con su prueba hasta el final. Si podía escribir tan bien bajo el rigor de la miseria, podría ser una equivocación cambiar las condiciones sin que se hubiera agotado ese hechizo. Volvería a Londres, naturalmente, pero volvería sólo cuando hubiera finalizado su libro. ¿Éste fue el voto que hizo en privado, devolviendo el manuscrito al cajón de la mesa? Puede añadirse que tardó mucho tiempo en terminar su libro, pues el tema era tan difícil como bello, y sentía un embarazo literal ante la amplitud de sus notas. En su interior algo le advertía que había de hacerlo sumamente bueno, de lo contrario carecería, en cuanto a su comportamiento particular, de una buena excusa. Sentía horror ante esta deficiencia y se encontró usando la firmeza necesaria en la cuestión de batir el yunque. Por fin cruzó los Alpes y pasó el invierno, la primavera, el subsiguiente verano, en Italia, donde aún al cabo de un año, su tarea se veía inacabada. «Persista, no ceje»: este mandato general de St. George servía también para cada caso particular. Lo aplicó al máximo, con el resultado de que, cuando en su lento orden el verano hubo llegado de nuevo, sintió que había dado todo lo que había en él. Esta vez metió los papeles en el baúl, con la dirección de su editor, y se encaminó hacia el norte.

Había estado dos años ausente de Londres, dos años que, pareciendo más largos, habían supuesto un cambio tal en su propia vida —mediante la producción de una novela mucho más fuerte, creía, que Ginistrella—, que se presentó en Piccadilly, la mañana posterior a su llegada, con una vaga esperanza de cambios, de encontrar que habían ocurrido grandes cosas. Pero había pocas transformaciones en Piccadilly —sólo tres o cuatro grandes casas rojas donde se habían alzado unas bajas y negras— y la luminosidad del final de junio atisbaba por las rejas oxidadas de Green Park y relucía en el barniz de los coches que pasaban, tal y como lo había visto en otros junios, más superficiales. Fue un saludo que apreció; era amigable y directo, añadido al efecto vigorizador de haber concluido su libro, de tener a su propio país y a la enorme ciudad, agobiante y divertida, que lo sugería todo, que lo contenía todo, de nuevo a mano. «Quédese en Inglaterra y haga cosas aquí, haga temas que podamos medir», había dicho St. George; y ahora le pareció que no podía pedir nada mejor que quedarse para siempre en su país. A última hora de la tarde se encaminó a Manchester Square, buscando un número que no había olvidado. Sin embargo, Miss Fancourt no estaba en casa, y se apartó de la puerta con abatimiento. Su movimiento lo puso cara a cara con un caballero que se aproximaba a ella y con otra mirada reconoció al padre de Miss Fancourt. Paul saludó a este personaje, y el General devolvió el saludo con su acostumbrada buena educación, una educación tan buena, no obstante, que nunca podía saberse si significaba que lo reconocía a uno. El decepcionado visitante sintió el impulso de dirigirse a él; a continuación, vacilando, se dio cuenta de que no tenía ningún comentario especial que hacer y se convenció de que, aunque el viejo soldado lo recordaba, lo recordaba mal. Por tanto, prosiguió su camino sin calcular el efecto irresistible que su evidente reconocimiento tendría en el General, quien nunca desaprovechaba una ocasión de charla. La cara de nuestro joven era expresiva, y rara vez la pasaba por alto la observación. No había dado diez pasos cuando oyó que era llamado con un amigable y semipronunciado «Esto… perdone». Se volvió y el General, sonriéndole desde el porche, dijo:

—¿No entra? ¡No me quedaré sin acordarme de su nombre!

Paul declinó el ofrecimiento y a continuación lo sintió, pues Miss Fancourt, a esa hora de la tarde, podría regresar en cualquier momento. Pero su padre no le dio una segunda oportunidad; parecía desear principalmente no haberle parecido descortés. Una mirada más al visitante le había recordado algo, lo suficiente al menos para permitirle decir:

—¿Ha regresado, ha regresado? —Paul estuvo a punto de responder que había vuelto la noche anterior, pero suprimió, al instante siguiente, esta clara revelación sobre la rapidez de su visita y, simplemente asintiendo, aludió a la joven a quien lamentaba no haber encontrado. Había venido tarde con la esperanza de que estuviera en casa. —Se lo diré, se lo diré —dijo el anciano; y añadió a continuación, con galantería—. ¿Va a ofrecernos algo nuevo? hace mucho tiempo, ¿no? —ahora lo recordaba bien.

—Bastante. Soy muy lento —explicó Paul—. Lo conocí a usted en Summersoft hace mucho tiempo.

—Ah, sí… con Henry St. George. Lo recuerdo muy bien. Antes de que su pobre esposa… —el General Fancourt hizo una pausa, sonriendo un poco menos—. Tal vez usted lo sepa.

—¿La muerte de Mrs. St. George? Así es… me enteré en su momento.

—Oh, no, quería decir… quería decir que va a casarse.

—Ah, ¡eso no lo sabía! —pero justo cuando Paul iba a añadir «¿con quién?» el General lo interrumpió.

—¿Cuándo ha vuelto usted? Sé que ha estado fuera, por mi hija. Ella lo sintió mucho. Debería darle algo nuevo.

—Volví anoche —dijo nuestro joven, a quien se le había ocurrido algo que por el momento hizo que su voz se apagara un poco.

—Es muy amable de su parte venir tan pronto. ¿No podría usted volver para cenar?

—¡A cenar! —repitió Paul mecánicamente, sin querer preguntar con quién iba a casarse St. George, pero sin pensar más que en eso.

—Hay varias personas, creo. Por supuesto, St. George. O después, si lo prefiere. Creo que mi hija espera a… —pareció advertir algo en la cara levantada del visitante (el General se hallaba en un escalón más alto) que lo hizo detenerse y la pausa le causó una sensación momentánea de incomodidad de la que buscó una rápida salida—. Entonces quizá no se haya enterado de que ella va a casarse.

Paul quedó boquiabierto de nuevo.

—¿Que va a casarse?

—Con Mr. St. George, acaba de decidirse. Un extraño matrimonio, ¿no cree? —nuestro oyente no profirió opinión alguna: sólo continuó mirándolo fijamente—. Pero quizá salga bien, ¡ella es tremendamente literaria! —dijo el General.

Paul se había puesto muy rojo:

—¡Qué sorpresa… es muy interesante, encantador! Me parece que no puedo venir a cenar… ¡muchísimas gracias!

—Bueno, ¡debe usted venir a la boda! —exclamó el General—. Recuerdo ese día en Summersoft. Es un gran hombre, ¿sabe?

—¡Encantador… encantador! —tartamudeó Paul para emprender la retirada. Estrechó la mano del General y se fue. Tenía la cara roja y le daba la sensación de que cada vez lo estaba más. Toda la tarde en casa —fue derecho a sus habitaciones y permaneció allí sin cenar— las mejillas le ardieron a intervalos, como si hubieran recibido una bofetada. No comprendía lo que le había sucedido, qué mala pasada le habían hecho, qué traición. «Ninguna, ninguna», se decía. «No tengo nada que ver con eso. Estoy al margen… no me incumbe.» Pero ese murmullo desconcertado era seguido una y otra vez de exclamaciones incongruentes: «¿Era un plan… era un plan?» A veces gritaba para sí, sin aliento, «¿He sido engañado, vendido, estafado?» Como poco, era una víctima absurda y vil. Era como si no la hubiera perdido hasta ahora. Había renunciado a ella, sí; pero eso era otro asunto, era una puerta cerrada, mas no con llave. Ahora le parecía ver la puerta cerrada en sus narices. ¿Es que había contado con que ella esperase? ¿Es que iba ella a darle ese tiempo porque sí: dos años de una vez? No sabía lo que había esperado… sólo lo que no había esperado. No era esto… no era esto. Aturdimiento, amargura e ira surgieron e hirvieron en él al pensar en la deferencia, la devoción, la credulidad con las que había escuchado a St. George. La tarde transcurría y duraba la luz; pero incluso cuando anocheció permaneció sin una lámpara. Se había hundido en el sofá, donde yació durante horas, con los ojos cerrados, o bien contemplando la penumbra, en la actitud de un hombre que está enseñándose a sí mismo a soportar algo, a soportar que se lo ponga en ridículo. Lo había hecho demasiado fácil, esa idea lo invadía como una ola caliente. De repente, cuando oyó dar las once, se levantó de un salto, recordando lo que había dicho el General Fancourt de que fuera después de la cena. Iría…, al menos la vería; quizás ella comprendiera lo que significaba. Se sentía como si le hubieran dado algunos de los elementos de una difícil suma y faltara el resto: no podía realizar esta suma hasta que tuviera todas las cifras.

Se vistió y condujo de prisa y para las once y media se encontraba en Manchester Square. Había un buen número de coches a la puerta; era una fiesta, circunstancia que después de todo le produjo un ligero alivio, pues ahora prefería verla en medio de una muchedumbre. Se cruzó con gente en la escalera; se iban, «seguían» el gregario movimiento de la sociedad nocturna de Londres. Pero quedaban grupos variados en el salón y pasaron unos minutos, puesto que ella no había oído que lo anunciaran, hasta que la descubrió y hablaron. En este corto intervalo había visto a St. George charlando con una señora delante de la chimenea; pero al instante había desviado la mirada, porque no se sentía preparado para un encuentro, y por consiguiente no podía estar seguro de que el autor de Shadowmere hubiese advertido su presencia. En cualquier caso, no vino hacia él; aunque Miss Fancourt lo hizo en cuanto lo vio, casi se acercó corriendo, sonriendo entre el susurro de su vestido, exultante y bella. Había olvidado lo que su cabeza, lo que su cara ofrecían a la vista; vestía de blanco, había figuras doradas en su vestido, y su cabello era un penacho de oro. En un solo momento vio que era feliz, feliz con un esplendor agresivo. Pero ella no le habló de eso, sólo habló de él.

—Estoy encantada; mi padre me lo dijo. ¡Qué amable ha sido al venir! —le pareció tan fresca y valiente, mientras con los ojos recorría toda su persona, que se dijo para sí mismo, irresistiblemente: «¿Por qué para él, por qué no para la juventud, la fuerza, la ambición, un futuro? ¿Por qué, con su joven e intensa fuerza, para el fracaso, la abdicación, el retiro?» En ese momento áspero blasfemó mentalmente incluso contra todo lo que le quedaba de fe en ese Maestro capaz de pecar—. Sentí mucho no haber estado —continuó—. Me lo dijo mi padre. ¡Qué amable al venir tan pronto!

—¿La sorprende eso? —preguntó Paul Overt.

—¿El primer día? De usted no… nada que sea agradable —fue interrumpida por una señora que se despedía de ella, y él pareció leer que no le costaba nada hablarle en ese tono; era su antiguo estilo liberal y pródigo, con cierta amplitud que el tiempo había añadido; y si este estilo empezaba a tener lugar ahí mismo, en una coyuntura tal de su vida, pudiera ser que los otros días hubiera significado igual de poco o de mucho, un mero acto de caridad mecánico, con la diferencia de que ahora se hallaba satisfecha, dispuesta a dar, pero sin necesitar de nada. Sí, estaba satisfecha… y ¿por qué no había de estarlo? ¿Por qué no había de sorprenderse de que viniera el primer día, considerando lo poco que había sacado de él? Como la señora continuaba acaparando su atención, Paul se volvió con una ira extraña en su alma complicada de artista y una especie de decepción desinteresada. Ella eran tan feliz que la circunstancia resultaba casi estúpida, una refutación de la inteligencia extraordinaria que con anterioridad había encontrado en ella. ¿Es que no sabía lo malo que podía ser St. George, es que no había reconocido la horrible flaqueza…? Si no lo sabía, ella no era nada, y si lo sabía, ¿por qué tal insolencia de serenidad? Esta pregunta expiró cuando los ojos de nuestro joven se posaron por fin sobre el genio que lo había aconsejado en una gran crisis. St. George se encontraba aún ante la chimenea, pero ahora estaba solo —fijo, esperando, como si tuviera la intención de quedarse hasta que todos se hubieran marchado— y se encontró con los ojos nublados del joven amigo, doliente hasta el punto de sentirse con derecho (el derecho del que su resentimiento hubiera disfrutado) a considerarse a sí mismo una víctima. En cierto modo los estragos de la pregunta fueron refrenados por el aire exultante del Maestro. Era tan imponente como el de Marian Fancourt, revelaba al ser humano feliz; pero al mismo tiempo significaba para Paul Overt que el autor de Shadowmere había dejado definitivamente de contar, había dejado de contar como escritor. Al sonreír una bienvenida desde el otro lado de la estancia, se mostró casi banal, casi pagado de sí mismo. A Paul se le antojó por un instante que vacilaba en hacer un movimiento, exactamente como si tuviera conciencia culpable; de inmediato, ya se habían encontrado en medio de la habitación y se habían dado la mano, expresivamente, cordialmente por parte de St. George. Con lo que volvieron juntos al sitio en que había estado el mayor de los dos mientras St. George decía:

—Espero que no vuelva a marcharse nunca. He estado cenando aquí; me lo dijo el General —estaba guapo, estaba joven, daba la impresión de tener aún una gran reserva de vida. Inclinó los ojos más amigables e inocentes sobre su discípulo de un par de años antes; se interesó por todo, su salud, sus planes, sus últimas ocupaciones, el nuevo libro—. ¿Cuándo saldrá? Pronto, pronto, espero. Espléndido, ¿no? Eso es; usted es un consuelo, ¡usted es un lujo! He vuelto a leer toda su obra en estos últimos seis meses —Paul esperó a ver si le decía lo que el General le había dicho por la tarde y lo que Miss Fancourt, al menos verbalmente, desde luego no le había dicho. Mas como no salía, hizo por fin la pregunta.

—¿Es verdad la gran noticia que he oído, que va a casarse?

—Ah, ¿entonces se ha enterado?

—¿No se lo dijo el General? —preguntó Paul.

La cara del Maestro era maravillosa.

—¿Decirme qué?

—Que me lo mencionó esta tarde.

—Mi querido amigo, no lo recuerdo. Hemos estado con tanta gente. Siento, en ese caso, haber perdido el placer, yo mismo, de anunciarle un hecho que me toca tan de cerca. Es un hecho, por extraño que pueda parecer. Acaba de convertirse en tal. ¿No cree que es ridículo? —St. George hizo su discurso sin confusión, pero al mismo tiempo, según podía juzgar nuestro amigo, sin un descaro latente. A su interlocutor le pareció que, para hablar de una manera tan cómoda y fría, simplemente debía haber olvidado lo que sucediera entre ellos. Sus siguientes palabras, sin embargo, demostraron que no había sido así, y produjeron, como un llamamiento a la memoria misma de Paul, un efecto que hubiera resultado absurdo de no ser cruel. ¿Se acuerda de la conversación que mantuvimos en mi casa esa noche, en la que se mencionó el nombre de Miss Fancourt? Desde entonces he pensado en esa charla con frecuencia.

—Sí; no me extraña que dijera lo que dijo —Paul lo miró a los ojos con cautela.

—¿En vista de esta circunstancia? Ah, pero entonces no existía. ¿Cómo podía haber previsto este momento?

—¿No lo consideraba probable?

—No, por mi honor —dijo Henry St. George—. No hay duda de que le debo tal garantía. Piense en cómo ha cambiado mi situación.

—Ya veo… ya veo —murmuró nuestro joven.

Su compañero prosiguió como si, ahora que el tema había sido abordado, él, una persona de imaginación y tacto, estuviera dispuesto a proporcionar todas las satisfacciones precisas, ya que tanto por su genio como por su método era capaz de penetrar todo lo que otro pudiera sentir.

—Pero no es sólo eso; porque, sinceramente, a mi edad nunca lo hubiera soñado, ¡un viudo con chicos mayores y con tan poco más! Ha salido de manera muy diferente a como pudiera haberlo soñado, y mi buena fortuna no tiene límites. Ella ha sido tan libre, y sin embargo consiente. Usted, quizá mejor que ningún otro, pues recuerdo cómo le gustaba a usted antes de que se marchara, y cómo le gustaba usted a ella, puede felicitarme con inteligencia.

«¡Ha sido tan libre!» Esas palabras causaron una gran impresión en Paul Overt, y casi se retorció ante la ironía que contenían, que poco importaba si era intencionada o fortuita. Claro que había sido libre, y de manera apreciable quizás gracias a la propia acción de Overt; porque, ¿no era también parte de la ironía la alusión que hizo el Maestro de que a ella le había gustado él?

—Creí que, de acuerdo con su teoría, usted desaprobaba que un escritor se casara.

—Sin duda, sin duda. Pero, ¿no me estará llamando escritor?

—Debería estar avergonzado —dijo Paul.

—¿Avergonzado de casarme otra vez?

—No diría eso, pero avergonzado de sus razones.

El hombre mayor le brindó una sonrisa maravillosa.

—Debe permitirme que las juzgue yo, mi buen amigo.

—Sí, ¿por qué no? Porque usted juzgó las mías estúpidamente.

De pronto, al parecer, el tono de estas palabras sugirió a St. George lo insospechado. Lo miró como si adivinara una amargura.

—¿Cree que no he sido recto?

—Podía habérmelo dicho en el momento, tal vez.

—Querido amigo, ¡cuando le digo que no podía penetrar el futuro…!

—Me refiero a después.

El Maestro se sorprendió.

—¿Después de la muerte de mi esposa?

—Cuando tuvo esta idea.

—Ah, ¡nunca, nunca! Quería salvarlo, con lo poco común y lo precioso que es usted.

El pobre Overt lo miró con dureza.

—¿Se casa con Miss Fancourt para salvarme?

—En absoluto, pero eso aumenta el placer. Usted será obra mía —sonrió St. George—. Quedé enormemente impresionado, después de nuestra conversación, por la devota manera en que abandonó el país, y aún más quizás por su fuerza de carácter al permanecer en el extranjero. Usted es muy fuerte…, es maravillosamente fuerte.

Paul intentó sondear sus ojos brillantes; lo extraño era que parecía sincero, no un diablo burlón. Se volvió y, al hacerlo, oyó que el Maestro decía algo acerca de haberles brindado ya una prueba, que sería la alegría de su vejez. Se volvió de nuevo hacia él, echándole otra mirada.

—¿Quiere decir que ha dejado de escribir?

—Naturalmente, mi querido amigo. Es demasiado tarde. ¿No se lo dije?

—¡No puedo creerlo!

—Claro que no puede… ¡con su talento! No, no; durante el resto de mi vida sólo lo leeré a usted.

—¿Eso lo sabe ella… Miss Fancourt?

—Lo sabrá… lo sabrá —¿pretendía con esto, se preguntó nuestro joven, insinuar disimuladamente que la ayuda que le iba a proporcionar la fortuna de esa joven, moderada como era, supondría que en adelante podía dejar de explotar desagradecidamente un filón agotado? De alguna manera, cuando se lo veía en la plenitud de su hombría triunfante, no daba señal de que ninguno de sus filones estuviera agotado—. ¿No recuerda la moraleja que le ofrecí aquella noche? —continuó St. George—. De todos modos considere la advertencia que constituyo en este momento.

Esto era demasiado, era el diablo burlón. Paul se separó de él con un simple movimiento de cabeza por despedida y la sensación, en su corazón dolorido, de que era posible que volviera a ese hombre y a su fácil talante, a su admirable manera de arreglar las cosas, alguna vez, pero ahora no podía confraternizar con él. A su dolor le resultaba necesario creer, por el momento, en la intensidad de su agravio, tanto más cruel porque no era legal. Sin duda se hallaba en la actitud de aferrarse a esta injusticia cuando descendió las escaleras, sin despedirse de Miss Fancourt, quien no estaba a la vista en el momento en que abandonó la habitación. Se alegró de salir a la noche oscura, sincera y sin sofisticaciones, de moverse de prisa, de irse a casa a pie. Anduvo durante un largo tiempo, extraviándose, sin poner atención. Pensaba en demasiadas cosas. No obstante, sus pasos recuperaron el rumbo, y al cabo de una hora se encontró ante su puerta en la callecita vacía y barata. Permaneció ahí, aun interrogándose a sí mismo antes de entrar, sin nada más a su alrededor que la oscuridad sin luna, un mal farol o dos y unas pocas estrellas lejanas y débiles. Levantó los ojos hacia estas últimas tenues criaturas; había estado diciéndose que habría sido «vendido», diabólicamente vendido, si ahora, sobre sus nuevos cimientos, al cabo de un año, St. George sacara algo de su mejor calidad, algo del tipo de Shadowmere y mejor que lo mejor. Admirando intensamente su talento como lo admiraba, Paul albergaba literalmente la esperanza de que tal incidente no ocurriera; le pareció en ese momento que no sería capaz de soportarlo. Las últimas palabras de su consejero sonaban aún en sus oídos: «Usted es muy fuerte… es maravillosamente fuerte.» ¿Lo era en realidad? Desde luego tendría que serlo, y podría servir un poco de venganza. ¿Lo es?, puede que a su vez pregunte el lector, si es que su interés ha seguido hasta aquí al perplejo joven. Quizá la mejor respuesta sea que está haciendo lo posible, pero que es demasiado pronto para hablar. Cuando el nuevo libro salió en el otoño Mr. y Mrs. St. George lo encontraron realmente magnífico. El primero sigue sin publicar nada, pero Paul no se siente aún seguro. He de decir en su favor, no obstante, que si tal acontecimiento ocurriera, él sería sin duda el primero en apreciarlo: lo que quizá demuestre que el Maestro, en esencia, tenía razón y que la Naturaleza lo había destinado a lo intelectual y no a la pasión personal.

© Henry James: The Lesson of the Master, 1892