A los hombres hay que mirarlos desde arriba. Yo apagaba la luz y me ponía a la ventana: ni siquiera sospechaban que se les pudiera observar por encima. Cuidan la fachada, algunas veces la espalda, pero todos sus efectos están calculados para espectadores de un metro setenta. ¿Quién ha reflexionado nunca en la forma de un sombrero hongo visto desde un sexto piso? No se cuidan de defender sus hombros y sus cráneos con colores vivos y con géneros chillones, no saben combatir ese gran enemigo de lo Humano: la perspectiva de arriba abajo. Yo me asomaba y me echaba a reír: ¿dónde estaba, pues, esa famosa “estación de pie” de la que están tan orgullosos?, se aplastaban contra la acera y dos largas piernas semi-rampantes salían abajo de sus hombros.

En el balcón de un sexto piso: allí hubiera debido yo pasar toda mi vida. Es necesario apuntalar las superioridades morales con símbolos materiales, sin lo cual se desplomarían. Pero, precisamente ¿cuál es mi superioridad sobre los hombres? Una superioridad de posición; ninguna otra: me he colocado por encima de la humanidad que está en mí y la contemplo. He aquí por qué me gustaban las torres de Notre Dame, las plataformas de la torre Eiffel, el Sacré-Coeur, mi sexto piso de la calle Delambre. Son excelentes símbolos.

Algunas veces era necesario volver a bajar a las calles. Para ir a la oficina, por ejemplo. Yo me ahogaba. Cuando uno está al mismo nivel de los hombres es mucho más difícil considerarlos como hormigas: tocan. Una vez vi a un tipo muerto en la calle. Había caído de narices. Le volvieron, sangraba. Vi sus ojos abiertos, su aire opaco y toda esa sangre. Me dije: “No es nada, no es más impresionante que la pintura fresca. Le han pintado la nariz de rojo, eso es todo”. Pero sentí una sucia dulzura que me invadía las piernas y la nuca: me desvanecí. Me llevaron a una farmacia, me golpearon en la espalda y me hicieron beber alcohol. Los hubiera matado.

Yo sabía que eran mis enemigos, pero ellos no lo sabían. Se amaban entre sí, se ponían hombro con hombro; y a mí me hubieran dado una mano por aquí o por allá, porque me creían su semejante. Pero si hubieran podido adivinar la más ínfima parte de la verdad, me hubiesen golpeado. Por lo demás, más tarde lo hicieron. Cuando me detuvieron y supieron quién era, me torturaron, me golpearon durante dos horas, en la comisaría me dieron de bofetadas y de trompicones, me retorcieron los brazos, me arrancaron el pantalón y luego, para terminar arrojaron mis anteojos al suelo, y mientras los buscaba en cuatro pies me dieron, riéndose, algunos puntapiés en el trasero. Preví siempre que terminarían por golpearme: no soy fuerte y no puedo defenderme. Los hay que me acechaban desde hacía largo tiempo: los grandes. Me atropellaban en la calle, para reírse, para ver lo que hacía. Yo no decía nada. Hacía como si nada hubiera notado. Y, no obstante, ellos me pudieron. Yo les tenía miedo: era un presentimiento. Pero ustedes se imaginarán que tenía razones más serias para odiarlos.

Desde este punto de vista todo fue mucho mejor a partir del día en que me compré un revólver. Uno se siente fuerte cuando lleva asiduamente una de esas cosas que pueden estallar y hacer ruido. Lo sacaba el domingo, lo ponía sencillamente en el bolsillo de mi pantalón y luego iba a pasearme —en general por los bulevares—. Sentía que tiraba de mi pantalón como un cangrejo, lo sentía completamente frío contra mi muslo. Pero se calentaba poco a poco, al contacto de mi cuerpo. Yo andaba con cierta rigidez, tenía el aspecto de un tipo que está enarbolando, pero al que su verga frena a cada paso. Deslizaba la mano en el bolsillo y tocaba el objeto.

De cuando en cuando entraba en un mingitorio —aún allí adentro ponía mucha atención porque a menudo hay vecinos— sacaba mi revólver, lo sopesaba, miraba su culata de cuadros negros y su gatillo negro que parece un párpado semicerrado. Los otros, los que veían desde afuera mis pies separados y la parte de abajo de mi pantalón, creían que orinaba. Pero nunca orino en los mingitorios.

Una tarde se me ocurrió la idea de tirar a los hombres. Era un sábado por la noche, había salido en busca de Lea, una rubia que callejea ante un hotel de la calle Montparnasse. Nunca he tenido comercio íntimo con una mujer: me hubiera sentido robado. Uno se les sube encima, por supuesto, pero ellas nos devoran el bajo vientre con sus grandes bocas peludas y, por lo que he oído decir, son las que salen ganando —y con mucho— en este cambio. Yo no le pido nada a nadie, pero tampoco quiero dar nada. A lo más hubiera necesitado una mujer fría y piadosa que me soportara con disgusto. El primer sábado de cada mes yo subía con Lea a una habitación del hotel Duquesne Se desvestía y yo la miraba sin tocarla. A veces eso salía sólo en mi pantalón, otras veces tenía tiempo de volver a casa para terminar allí. Esa noche no la encontré en su sitio de costumbre. Esperé un momento y como no la vi venir supuse que estaría con gripe. Era principios de enero y hacía mucho frío. Quedé desolado: soy un imaginativo y me había representado vivamente el placer que esperaba obtener de esa velada. Había en la calle Odesa una morena que yo había visto a menudo, un poco madura, pero firme y regordeta: yo no detesto las mujeres maduras: cuando están desvestidas parecen más desnudas que las otras. Pero ella no estaba al corriente de lo que me convenía y me intimidaba un poco exponerle aquello de cabo a rabo. Y además yo desconfío de las recién conocidas: esas mujeres pueden muy bien ocultar un granuja detrás de la puerta, y después el individuo aparece de pronto y le quita a uno el dinero. Puede uno considerarse afortunado si no le da unos puñetazos. Sin embargo, esa noche sentía no sé qué audacia; decidí pasar por casa para tomar mi revólver y tentar la aventura.

Cuando un cuarto de hora más tarde abordé a la mujer, el arma estaba en mi bolsillo y ya no temía nada. Al mirarla de cerca, vi que tenía más bien un aspecto miserable. Se parecía a mi vecina de enfrente, la mujer del ayudante, y quedé muy satisfecho de esto, porque hacía mucho tiempo que tenía deseos de ver a ésta en cueros. Se desvestía con la ventana abierta cuando no estaba el ayudante, y a menudo yo me quedaba detrás de la cortina para sorprenderla. Pero se arreglaba en el fondo de la pieza.

En el hotel Estela no quedaba más que una habitación libre en el cuarto piso. Subimos. La mujer era bastante pesada y se detenía en cada escalón para respirar. Yo subía con facilidad; tengo un cuerpo seco, pese a mi vientre, y son necesarios más de cuatro pisos para hacerme perder el aliento. En el descansillo del cuarto piso se detuvo y se puso la mano derecha sobre el corazón respirando con fuerza. En la mano izquierda tenía la llave de la habitación.

—Es alto —dijo tratando de sonreírme.

Le tomé la llave sin contestarle, y abrí la puerta. Tenía el revólver en la mano izquierda, apuntado derecho ante mí, a través del bolsillo y no lo dejé sino después de haber girado el conmutador. La pieza estaba vacía. Sobre el lavabo habían puesto una pequeña pastilla de jabón verde, para después. Sonreí: conmigo ni los bidets ni las pastillitas dé jabón tienen nada que hacer. La mujer seguía resoplando detrás de mí; eso me excitaba. Me volví, me tendió los labios, la rechacé:

—Desvístete —le dije.

Había un sillón de tapicería; me senté confortablemente. Es en estos casos cuando lamento no fumar. La mujer se quitó el vestido y luego se detuvo arrojándome una mirada desconfiada.

—¿Cómo te llamas? —le dije echándome hacia atrás.

—Renée.

—Pues bueno, Renée, date prisa, estoy esperando.

—¿No te desvistes?

—¡Bah, bah! —le dije—, no te ocupes de mí.

Dejó caer los calzones a sus pies, después los recogió y los colocó cuidadosamente sobre su traje junto con el corpiño.

—¿Así que eres un viciosillo, querido, un perezosito? —me preguntó—, ¿quieres que sea tu mujercita la que haga todo el trabajo?

Al mismo tiempo dio un paso hacia mí, y apoyándose con las manos sobre los brazos de mi sillón, trató pesadamente de arrodillarse entre mis piernas. Pero la levanté con rudeza:

—Nada de eso, nada de eso —le dije.

Me miró con sorpresa.

—Pero ¿qué quieres que te haga?

—Nada, camina, paséate, no te pido más.

Se puso a andar de un lado a otro, con aire torpe. Nada molesta más a las mujeres que andar cuando están desnudas. No tienen costumbre de apoyar los talones en el suelo. La mujerzuela encorvaba la espalda y dejaba colgar los brazos. En cuanto a mí me sentía en la gloria: estaba allí tranquilamente sentado en un sillón, cubierto hasta el cuello; había conservado hasta los guantes puestos y esa madura señora se había desnudado totalmente a mi mando y daba vueltas a mi alrededor.

Volvió la cabeza y para salvar las apariencias me sonrió coquetamente:

—¿Me encuentras linda? ¿Te regalas los ojos?

—No te ocupes de eso.

—Dime —preguntó con súbita indignación— ¿tienes intención de hacerme caminar así mucho tiempo?

—Siéntate.

Se sentó sobre la cama y nos miramos en silencio. Tenía la carne de gallina. Se oía el tic-tac de un despertador al otro lado de la pared. De pronto le dije:

—Abre las piernas.

Dudó un cuarto de segundo, luego obedeció. Miré y olí entre sus piernas. Luego me puse a reír tan fuertemente que se me llenaron de lágrimas los ojos. Le dije sencillamente:

—¿Te das cuenta?

Y me volví a reír.

Me miró con estupor, después enrojeció violentamente y cerró las piernas.

—Cochino —dijo entre dientes.

Pero yo reía más fuerte; entonces se levantó de un salto y tomó su corpiño de sobre la silla.

—¡Eh! ¡Alto! —le dije— esto no ha terminado. Te daré en seguida cincuenta francos, pero quiero algo por mi dinero.

Ella tomó nerviosamente sus calzones.

—No entiendo, ¿comprendes? No sé lo que quieres. Y si me has hecho subir para burlarte de mí…

Entonces saqué mi revólver y se lo mostré. Me miró con aire serio y dejó caer sus calzones sin decir nada.

—Camina —le dije— paséate.

Se paseó durante cinco minutos, luego le di mi bastón y la obligué a hacer ejercicios. Cuando sentí mi calzoncillo húmedo me levanté y le tendí un billete de cincuenta francos. Lo tomó.

—Hasta luego —agregué—, no te he fatigado mucho por ese precio.

Me fui. La dejé totalmente desnuda en medio de la habitación, con su corpiño en una mano, el billete de cincuenta francos en la otra. No lamentaba mi dinero, la había aturdido y eso que no se asombra fácilmente a una ramera. Pensé bajando la escalera: “Eso es lo que querría, asombrarlos a todos”. Estaba alegre como una criatura. Me llevé el jabón verde y cuando volví a casa lo froté largo tiempo bajo el agua caliente, hasta que no fue más que una delgada película entre mis dedos parecida a un bombón de menta muy chupado.

Pero por la noche me desperté sobresaltado y volví a ver su rostro, los ojos que puso cuando le mostré el arma y su gordo vientre que saltaba a cada uno de sus pasos.

Qué estúpido fui, me dije. Y sentí un amargo remordimiento: hubiera debido tirar mientras estaba allí, agujerear ese vientre como una espumadera. Esa noche y las tres siguientes soñé con seis agujeritos rojos agrupados en círculo alrededor del ombligo.

Desde entonces no volví a salir sin mi revólver. Miraba la espalda de la gente y me imaginaba, según caminaban, el modo como caerían si les disparara encima. Los domingos tomé la costumbre de ir a apostarme delante del Châtelet, a la salida de los conciertos clásicos. A eso de las seis escuchaba un timbre y las obreras venían a sujetar las puertas vidrieras con los ganchos. Así empezaba la cosa: la multitud salía lentamente; la gente marchaba con paso flotante, los ojos llenos todavía de ensueño, el corazón todavía lleno de bellos sentimientos. Había muchos que miraban a su alrededor con aire asombrado: la calle debía parecerles totalmente azul. Entonces sonreían con misterio: pasaban de un mundo a otro. Era en ese otro donde yo los esperaba. Había deslizado mi mano derecha en el bolsillo y apretaba con todas mis fuerzas la culata del arma. Al cabo de un momento me veía disparándoles el arma. Los derribaba como a pipas de un juego de feria, caían unos sobre otros y los sobrevivientes, presas de pánico, refluían en el teatro rompiendo los vidrios de las puertas. Era un juego muy enervante; mis manos temblaban; por último me veía obligado a ir a beber un cognac en Dreher para reconfortarme.

A las mujeres no las hubiera matado. Les hubiera tirado a los riñones o quizá a las pantorrillas para hacerlas bailar.

Todavía no tenía nada decidido. Pero se me ocurrió hacer todo como si mi decisión estuviera tomada. Comencé por arreglar los detalles accesorios. Fui a ejercitarme en un polígono de la feria de Denfert-Rochereau. Mis cartones no eran muy buenos, pero los hombres ofrecen blancos más grandes, sobre todo cuando se tira a quemarropa. En seguida me ocupé de mi publicidad. Elegí un día en que todos mis colegas estaban reunidos en la oficina. Un lunes por la mañana. Por sistema era muy amable con ellos, aunque tenía horror de estrecharles la mano. Se quitaban los guantes para decir buenos días, tenían una manera obscena de desnudar la mano, de bajar el guante y deslizarlo lentamente a lo largo de los dedos, descubriendo la desnudez gruesa y arrugada de la palma. Yo conservaba siempre mis guantes puestos.

El lunes por la mañana no se hace gran cosa. La dactilógrafa del servicio comercial vino a traernos los recibos. Lemercier bromeó con ella amablemente y cuando salió, todos detallaron sus encantos con enervante competencia. Luego hablaron de Lindbergh. Les gustaba mucho Lindbergh. Yo les dije:

—A mí me gustan los héroes negros.

—¿Los africanos? —preguntó Massé.

—No, negros, como se dice Magia Negra. Lindbergh es un héroe blanco. No me interesa.

—Vaya a ver si es fácil atravesar el Atlántico —dijo agriamente Bouxin.

Les expuse mi concepto del héroe negro.

—Un anarquista —resumió Lemercier.

—No —dije suavemente—, los anarquistas quieren a los hombres, a su manera.

—Sería entonces un trastornado.

Pero Massé, que tenía algunas lecturas, intervino en ese momento:

—Conozco su tipo —me dijo— se llama Eróstrato. Quiso ser célebre y no encontró mejor medio que quemar el templo de Éfeso, una de las siete maravillas del mundo.

—¿Y cómo se llamaba el arquitecto de ese templo?

—No me acuerdo —confesó—, hasta creo que nunca se ha sabido su nombre.

—¿De veras? ¿Y usted recuerda el nombre de Eróstrato? Ya ve que éste no había calculado tan mal.

La conversación terminó con estas palabras, pero quedé tranquilo; la recordarían en su momento. En cuanto a mí, que hasta entonces no había oído jamás hablar de Eróstrato, me envalentoné con su historia. Hacía más de dos mil años que había muerto y su acto brillaba todavía como un diamante negro. Comencé a creer que mi destino sería corto y trágico. Aquello me dio miedo al principio y después me acostumbré. Si se mira desde cierto punto de vista es atroz; pero desde otro, otorga al instante que pasa una belleza y una fuerza considerables. Cuando bajaba a la calle sentía en el cuerpo un extraño poder. Llevaba encima mi revólver, esa cosa que estalla y que hace ruido. Pero no sacaba de él mi seguridad, sino de mí mismo: yo era un ser perteneciente a la especie de los revólveres, de los petardos y de las bombas. También yo, un día, al terminar mi sombría vida, estallaría e iluminaría el mundo con una llama violenta y breve como el estallido del magnesio. En esa época me ocurrió tener muchas noches el mismo sueño. Yo, era un anarquista, me había colocado al paso del Zar y llevaba conmigo una máquina infernal. A la hora precisa pasaba el cortejo, estallaba la bomba y saltábamos en el aire, yo, el Zar y tres oficiales adornados de oro, bajo los ojos de la multitud.

Permanecí entonces semanas enteras sin aparecer por la oficina. Me paseaba por las calles, entre mis futuras víctimas, o bien me encerraba en mi habitación y hacía planes. Me despidieron a comienzos de octubre. Ocupé entonces mis ocios en redactar la siguiente carta que copié en ciento dos ejemplares:

“Señor:

Usted es célebre y de sus obras se imprimen treinta mil ejemplares. Voy a decirle por qué: porque ama a los hombres. Tiene usted el humanitarismo en la sangre: es una suerte. Usted se alegra cuando está acompañado; en cuanto ve a uno de sus semejantes, aun sin conocerlo, siente simpatía por él. Le agrada su cuerpo por la manera como está articulado, por sus piernas que se abren y se cierran a voluntad, por sus manos sobre todo; lo que más le agrada es que tengan cinco dedos en cada mano y que puedan oponer el pulgar a los otros dedos. Se deleita cuando su vecino toma una taza de sobre la mesa, porque tiene una manera de tomarla que es exclusivamente humana —y que a menudo ha descrito usted en sus obras—, menos delicada, menos rápida que la del mono, pero mucho más inteligente, ¿no es así? Le gusta también la carne del hombre, su modo de andar de herido grave que se reeduca, su aspecto de volver a inventar la marcha a cada paso, y su famosa mirada que las fieras no pueden soportar. A usted le es fácil, pues, encontrar el acento que conviene para hablar al hombre de sí mismo: un acento púdico, pero entusiasta. La gente se arroja sobre sus libros con glotonería, los leen en un buen sillón, piensan en el gran amor desdichado y discreto que usted les consagra y eso les consuela de muchas cosas: de ser feos, de ser cobardes, de ser cornudos, de no haber recibido aumento el primero de enero. Y se dicen espontáneamente de su última novela: es una buena acción.

Supongo que tendrá usted curiosidad por saber cómo puede ser un hombre que no quiere a los hombres. Pues bien, soy yo, los quiero tan poco que de inmediato voy a matar una media docena de ellos; quizá se pregunte: ¿por qué sólo media docena? Porque mi revólver no tiene más que seis cartuchos. Es una monstruosidad. ¿No es así? Y además un acto correctamente impolítico. Pero le digo que no puedo quererlos. Comprendo muy bien su manera de sentir. Pero lo que a usted le atrae a mí me disgusta. Como usted he visto a los hombres masticar con cuidado, conservando los ojos atentos y hojeando con la mano izquierda una revista barata. ¿Es culpa mía si prefiero asistir a la comida de las focas? El hombre no puede hacer nada con su cara sin que ello se convierta en una escena de fisonomía. Cuando mastica, conservando la boca cerrada, los ángulos de su boca suben y bajan y parecen pasar sin descanso de la serenidad a la sorpresa llorosa. A usted eso le agrada, lo sé; es lo que llama la vigilancia del Espíritu. Pero a mí me da náuseas: no sé por qué: así he nacido.

Si no hubiera entre nosotros más que una diferencia de gustos, no le importunaría. Pero todo esto ocurre como si usted estuviera en gracia y yo no. Soy libre de que me guste o no la langosta a la americana, pero si no me gustan los hombres, soy un miserable y no puedo encontrar mi sitio en el mundo. Ellos han acaparado el sentido de la vida. Espero que comprenda lo que quiero decir. Hace treinta y tres años que tropiezo contra puertas cerradas sobre las cuales han escrito: ‘Nadie entre aquí si no es humanitario’: He debido abandonar todo lo que he emprendido; era necesario elegir: o bien era una tentativa absurda y condenada, o bien tarde o temprano se volvía en provecho de ellos. No llegaba a separar de mí, a formular, los pensamientos que no les destinaba expresamente; permanecían en mí como ligeros movimientos orgánicos. Sentía que eran suyos los mismos útiles de que me servía, las palabras, por ejemplo: hubiera querido palabras mías. Pero aquéllas de las que dispongo se han arrastrado en no sé cuántas conciencias; se arreglan solas en mi cabeza en virtud de la costumbre que han tomado en otras y con repugnancia las utilizo para escribirle. Pero es la última vez. Yo se lo digo: hay que querer a los hombres, o de lo contrario apenas si le permiten a usted picotear. Pues bien, yo no quiero picotear. Voy a tomar ahora mismo mi revólver, bajaré a la calle y veré si se puede lograr algo contra ellos. Adiós, señor; tal vez será usted a quien encuentre. Entonces no sabrá nunca con qué placer le haré saltar los sesos. Si no —y es el caso más probable— lea los diarios de mañana. En ellos verá que un individuo llamado Paul Hilbert mató, en una crisis de furor, a cinco transeúntes en el bulevard Edgard Quinet. Usted sabe mejor que nadie lo que vale la prosa de los grandes diarios. Comprenda, pues, que no estoy furioso; por el contrario, estoy muy tranquilo y le ruego que acepte, señor, mi consideración más distinguida.

PAUL HILBERT.”

Coloqué las ciento dos cartas en ciento dos sobres y escribí sobre ellos las direcciones de ciento dos escritores franceses; luego puse todo en un cajón de mi escritorio con seis libretas de sellos de correo.

Durante los quince días que siguieron salí muy poco. Me dejaba invadir lentamente por mi crimen. En el espejo, donde a veces iba a mirarme, comprobaba con placer los cambios de mi rostro. Los ojos se habían agrandado, se comían toda la cara. Estaban negros y tiernos tras de los quevedos, y yo los hacía girar como planetas. Bellos ojos de artista y de asesino. Pero esperaba cambiar mucho más profundamente todavía después de cumplida la matanza. Vi las fotos de esas dos lindas muchachas sirvientas que mataron y robaron a sus patronas. Vi las fotos antes y después. Antes sus rostros se balanceaban como discretas flores encima de sus cuellos de piqué. Respiraban limpieza y apetecible honestidad. Una tijera discreta había ondulado del mismo modo sus cabellos. Y más tranquilizadora todavía que sus cabellos rizados, que: sus cuellos, y que su aire de estar de visita en casa del fotógrafo, era su semejanza de hermanas, semejanza tan evidente que ponía de inmediato de manifiesto los lazos de sangre y las raíces naturales del grupo familiar. Después sus caras resplandecían como incendios. Llevaban el cuello desnudo de las futuras decapitadas. Arrugas por todas partes, horribles arrugas de miedo y de odio, pliegues, agujeros en la carne como si un animal con garras hubiera arañado en redondo sobre sus caras. Y esos ojos, siempre esos grandes ojos negros y sin fondo —como los míos. Ya no se parecían. Cada una llevaba a su manera el recuerdo de su crimen común. “Si basta, me decía, un delito en que el azar tuvo la mayor parte para transformar así esas cabezas de orfelinato, ¡qué no puedo esperar de un crimen enteramente concebido y realizado por mí!” Se apoderaría de mí, trastornaría mi fealdad demasiado humana…; un crimen, eso corta en dos la vida del que lo comete. Ha de haber momentos en que uno desearía volver atrás, pero está allí, detrás de uno, obstruyendo el túnel, ese mineral chispeante. No pedía más que una hora para gozar del mío, para sentir su puño aplastante. Esa hora: sacrificaría todo para tenerla. Decidí ejecutarlo en la calle Odesa. Aprovecharía el enloquecimiento para huir, dejándolos recoger sus muertos. Correría, atravesaría rápidamente el bulevard Edgard Quinet y volvería rápidamente a la calle Delambre. No necesitaría más de treinta segundos para llegar a la puerta de la casa donde vivo. En ese momento mis perseguidores estarían todavía en el bulevard Edgard Quinet, perderían mi rastro y necesitarían seguramente más de una hora para volverlo a encontrar. Los esperaría en mi casa y cuando los sintiera golpear la puerta, volvería a cargar mi revólver y me dispararía en la boca.

Yo vivía más cómodamente; me había entendido con un fondero de la calle Vavin que me hacía llevar a la mañana y a la noche buenos platitos. El dependiente llamaba, yo no abría, esperaba algunos minutos, luego entreabría la puerta y veía en un gran cesto colocado sobre el suelo algunos platos llenos que humeaban.

El 27 de octubre a las seis de la tarde me quedaban diecisiete francos cincuenta. Tomé mi revólver y el paquete de cartas, bajé. Tuve cuidado de no cerrar la puerta para poder entrar más rápidamente, después de dar el golpe. No me sentía bien; tenía las manos frías y la sangre en la cabeza, los ojos me cosquilleaban. Miraba las tiendas, el hotel de las Escuelas, la papelería donde compré los lápices y no reconocía nada. Me decía: “¿Cuál es esta calle?” El bulevard Montparnasse estaba lleno de gente. Tropezaban conmigo, me empujaban, me golpeaban con los codos o los hombros. Yo me dejaba sacudir; me faltaban las fuerzas para deslizarme entre ellos. Me vi de pronto en el corazón de esa multitud horriblemente solo y pequeño. ¡Cuánto mal podrían hacerme si quisieran! Tuve miedo por el arma que llevaba en el bolsillo. Me parecía que debían adivinar que estaba allí. Me mirarían con ojos duros y me dirían: “¡Eh! pero… pero…” con alegre indignación, clavándome sus patas de hombres. ¡Linchado! Me arrojarían por encima de sus cabezas y volvería a caer en sus brazos como una marioneta. Juzgué más discreto dejar para el día siguiente la ejecución de mi proyecto. Fui a comer a la “Coupole” por seis francos sesenta. Me quedaban setenta céntimos que tiré a la calle.

Me quedé tres días en mi habitación sin comer, sin dormir. Había cerrado las persianas y no me atrevía ni a aproximarme a la ventana ni a encender la luz. El lunes alguien llamó a la puerta. Retuve la respiración y esperé. Al cabo de un minuto llamaron de nuevo. Fui en puntillas a mirar por el agujero de la cerradura. No vi más que un pedazo de tela negra y un botón. El individuo llamó otra vez, luego bajó: no supe quién era. Por la noche tuve visiones frescas: palmeras, agua que corría, un cielo violeta por encima de una cúpula. No tenía sed porque de vez en cuando iba a beber en el grifo de la cocina. Pero tenía hambre. Volví también a ver a la ramera morena. Era en un castillo que yo había hecho construir sobre las “Causses Noires” a veinte leguas de toda población. Estaba desnuda y sola conmigo. La había obligado a ponerse de rodillas amenazándola con mi revólver y a correr en cuatro pies, la había atado luego a un pilar y después de explicarle largamente lo que iba a hacer la había acribillado a balazos. Estas imágenes me turbaron en tal forma que debí satisfacerme. Después permanecí inmóvil en la oscuridad, la cabeza absolutamente vacía. Los muebles crujían. Eran las cinco de la mañana. Hubiera dado cualquier cosa por salir de mi pieza, pero no podía bajar debido a la gente que caminaba por las calles.

Llegó el día. No sentía ya hambre, pero me había puesto a sudar: empapé mi camisa. Fuera, había sol. Entonces pensé: “En una habitación cerrada, en la oscuridad, Él está agazapado. Hace tres días que Él no come ni duerme. Han llamado y Él no ha abierto. En seguida Él va a descender a la calle y Él matará”. Me daba miedo. A las seis de la tarde me volvió el hambre. Estaba loco de cólera. Tropecé un momento con los muebles, después encendí la luz en las habitaciones, en la cocina, en el baño. Me puse a cantar a grito pelado, me lavé las manos y salí. Necesité dos minutos largos para poner todas mis cartas en el buzón. Las echaba por paquetes de diez. Tuve que arrugar algunos sobres. Luego seguí por el bulevard Montparnasse hasta la calle Odesa. Me detuve ante el espejo de una camisería y cuando vi mi cara pensé: “Sucederá esta tarde”.

Me aposté en la parte alta de la calle Odesa, no lejos de un pico de gas y esperé. Pasaron dos mujeres. Iban del brazo; la rubia decía:

—Habían puesto tapices en todas las ventanas y eran los nobles del país los que representaban.

—¿Están tronados? —preguntó la otra.

—No es necesario estar tronado para aceptar un trabajo que da cinco luises por día.

—¡Cinco luises! —dijo la morena, deslumbrada.

Agregó al pasar a mi lado:

—Y además me imagino que debía divertirles ponerse los trajes de sus antepasados.

Se alejaron. Tenía frío, pero sudaba abundantemente. Al cabo de un momento vi llegar a tres hombres; los dejé pasar: necesitaba seis. El de la izquierda me miró e hizo chasquear la lengua. Desvié los ojos. A las siete y cinco dos grupos que se seguían de cerca desembocaron del bulevard Edgard Quinet. Eran un hombre y una mujer con dos niños. Detrás de ellos venían tres viejas. La mujer parecía colérica y sacudía al niñito por el brazo. El hombre dijo con voz monótona:

—Es cargante, también, este mocoso.

El corazón me latía tan fuerte que me hacía daño en los brazos. Avancé y me mantuve inmóvil, ante ellos. Mis dedos, en el bolsillo, estaban húmedos alrededor del gatillo.

—Perdón —dijo el hombre empujándome.

Me acordé que había cerrado la puerta de mi departamento y eso me contrarió: perdería un tiempo precioso al abrirla. La gente se alejó. Me volví y los seguí maquinalmente. Pero ya no tenía ganas de tirar sobre ellos. Se perdieron entre la multitud del bulevard. Me apoyé contra la pared. Escuché dar las ocho y las nueve. Me repetía: “¿Por qué es necesario matar a toda esta gente que ya está muerta?” Y tenía ganas de reír. Un perro vino a olfatearme los pies.

Cuando el hombre gordo me pasó, me sobresalté y le seguí los pasos. Veía el pliegue de su nuca roja entre su sombrero hongo y el cuello de su sobretodo. Se contoneaba un poco y respiraba con fuerza, parecía un palurdo. Saqué mi revólver: estaba brillante y frío, y me asqueaba; no me acordaba bien lo que tenía que hacer. Tan pronto lo miraba, tan pronto miraba la nuca del tipo. El pliegue de la nuca me sonreía como una boca sonriente y amarga. Me pregunté si no iría a arrojar mi revólver a una alcantarilla.

De pronto el individuo se paró y me miró con aire irritado. Di un paso atrás.

—Es para… preguntarle…

Parecía no escuchar, miraba mis manos. Acabé trabajosamente.

—¿Puede decirme dónde está la calle de la Gaité?

Su cara era gorda y sus labios temblaban. No dijo nada, estiró la mano. Retrocedí más y le dije:

—Querría…

En ese momento supe que iba a ponerme a aullar. No quería: le solté tres balas en el vientre. Cayó con aire de idiota sobre las rodillas y su cabeza rodó sobre el hombro izquierdo.

—¡Cochino! —le dije—, ¡maldito cochino!

Hui, le oí toser. Oí también gritos y una carrera a mi espalda. Alguien preguntó: “¿Qué ocurre? ¿Hay una pelea?”. Luego de pronto gritaron: “¡Al asesino! ¡Al asesino!”. No pensé que esos gritos me concernían, pero me parecieron siniestros como la sirena de los bomberos cuando era niño. Corría a todo lo que me daban las piernas.

Sólo que cometí un error imperdonable: en lugar de remontar la calle Odesa hacia el bulevard Edgard Quinet, la bajé hacia el bulevard Montparnasse. Cuando me di cuenta era demasiado tarde: estaba ya en medio de la multitud; caras asombradas se volvían hacia mí. (Me acuerdo de la cara de una mujer muy pintada que llevaba un sombrero verde con una pluma.) Y escuchaba a mi espalda, a los imbéciles de la calle Odesa gritar: “al asesino”. Una mano se posó en mi espalda. Entonces perdí la cabeza: no quería morir ahogado por esa multitud. Disparé todavía dos tiros de revólver. La gente se puso a chillar y se abrió. Entré corriendo en un café. Los parroquianos se levantaron a mi paso, pero no intentaron detenerme. Atravesé el café en toda su extensión y me encerré en los baños. Quedaba todavía una bala en mi revólver.

Transcurrió un momento. Estaba ahogado y jadeaba. Reinaba un silencio extraordinario, como si la gente se callara expresamente. Levanté mi arma hasta los ojos y vi su agujerito negro y redondo. La bala saldría por allí, la pólvora me quemaría la cara. Dejé caer el brazo y esperé. Al cabo de un momento llegaron silenciosamente; debían ser una turba a juzgar por el ruido de los pies sobre el piso. Cuchichearon un poco, luego se callaron. Pero yo seguía jadeando, y pensé que me escucharían jadear del otro lado del tabique. Alguien avanzó suavemente y sacudió el picaporte de la puerta. Debía estar colocado de lado contra la pared para evitar mis balas. Tuve, pese a todo, deseos de tirar; pero la última bala era para mí.

“¿Qué es lo que esperan? —me pregunté—. Si se arrojaran contra la puerta y la desfondaran de inmediato, no tendría tiempo de matarme y me tomarían vivo.” Pero no se apresuraban, me dejaban tiempo disponible para morir. Los cochinos tenían miedo.

Al cabo de un momento, se levantó una voz:

—Vamos, abra, no le haremos daño.

Hubo un silencio y continuó la misma voz:

—Usted sabe bien que no puede escapar.

No contesté, yo seguía jadeando. Para animarme a tirar me decía: “Si me toman van a golpearme, a romperme los dientes, tal vez me revienten un ojo”. Hubiera querido saber si el tipo gordo había muerto. Quizá sólo le había herido… y las otras dos balas quizá no habían alcanzado a nadie… Preparaban algo, ¿estaban por tirar algún objeto pesado contra el tabique? Me apresuré a meter el cañón de mi arma dentro de la boca y lo mordí muy fuerte. Pero no podía tirar, ni siquiera poner el dedo sobre el gatillo. Todo había vuelto a caer en el silencio.

Entonces arrojé el revólver y les abrí la puerta.

© Jean Paul Sartre: Érostrate. En Le mur, 1939. Traducción: Augusto Díaz Carvajal.