Desiderio Longotoma, Baldomero Lonquimay y yo somos amigos. Esto nada tiene de extraño, pues juntos jugábamos en nuestra infancia.

¿Eran propiamente juegos los nuestros? Los de Desiderio Longotoma y los míos, sí. Los de Baldomero Lonquimay…, dudoso. Baldomero Lonquimay era, ya de niño, extremadamente serio y reflexivo y era, además…

En fin, sobre los subestratos anímicos de su ser he hecho ya un esbozo que daré a la publicidad alguna vez. Repetirlo aquí me fastidiaría.

En nuestra juventud juntos los tres emprendimos nuestras primeras calaveradas.

¿Calaveradas? Puedo notar lo mismo que para los juegos de infancia respecto a Desiderio Longotoma y yo, por un lado; Baldomero Lonquimay, por otro.

Más o menos por la época de nuestros veinte años, Desiderio Longotoma compró un perro recién nacido y lo amaestró. Le puso como nombre Piticuti. Piticuti era pequeño, de cuerpo largo, de color pardo obscuro.

Desiderio Longotoma nos dijo un día:

—Todo transeúnte es un absurdo. Cada ser humano cuando está quieto o cuando se entrega a sus actividades o satisface sus necesidades vitales, puede ser razonable. Pero al convertirse en transeúnte se convierte en un absurdo. Amigos, ¡hay que vengar tal absurdo!

Entonces hicimos lo siguiente:

Cada noche, en una habitación obscura de la planta baja de mi casa — cuya ventana sobre la calle estaba protegida por una reja colonial — nos agazapábamos nosotros tres y el perro.

Silencio. Larga espera. Mi calle era tranquila.

De pronto un transeúnte venía. Pasaba frente a la ventana. Desiderio Longotoma murmuraba:

—¡Zus!

Piticuti saltaba sobre la reja y ladraba. El transeúnte creía desfallecer. Esto, todas las noches durante más de un mes.

Otro día nos dijo:

—Todo esto es una venganza al corazón de los transeúntes. Todo esto venga por intermedio de un sentimiento, que tal es el susto. Pues bien, ¡no! Es necesario vengar con el dolor. Amigos, ¡a las piernas!

Y salimos por las noches, los tres y el perro, a recorrer las calles apartadas.

Designamos como víctima al décimo sexto transeúnte que nos cruzara; luego, al trigésimo segundo; luego, al cuadragésimo octavo; etc. Siempre de diez y seis en diez y seis.

Al cruzarnos una víctima, Desiderio Longotoma murmuraba:

—¡Zus!

Piticuti mordía en un tobillo. Luego escapábamos los cuatro.

Yo, al salir cada vez, me preguntaba con ansiedad indescriptible:

—¿Quién irá a ser el décimo sexto? ¿Cómo irá a ser? ¿Qué ocupaciones y preocupaciones ha tenido durante el día? ¿Cuál de entre ellas lo ha empujado a entrar en la noche de las calles? Si es hombre, ¿tendrá una mujer? Si la tiene, ¿la amará? ¿Y si es mujer? (Porque a las mujeres tampoco las perdonábamos; una mujer, al ir por las aceras, es igualmente transeúnte que un hombre). Al regresar a su domicilio, ¿irá a encontrar en él a un niño indiferente a su herida? ¿O a una viejecita que va a alarmarse hasta la insensatez? ¿O a dos amigos burlones que van a reír por lo ridículo del hecho? ¿O no va a encontrar a nadie?

Iguales preguntas para el trigésimo segundo, el cuadragésimo octavo, etc.

Producíanse a veces alternativas que aumentaban la ansiedad hasta la angustia:

Viene el décimo sexto. De pronto se vuelve y se aleja. No era su destino.

Viene el décimo sexto. De pronto aparece en una esquina otro transeúnte que queda precediendo al primero, convirtiéndose de este modo en el décimo sexto. Ha arrebatado la numeración fatal.

El destino era para él; no para el anterior.

Etc.

 

La angustia ahoga. La angustia, como el ahogo —si uno se fija bien—, se compenetra con la voluptuosidad. De ahí lo que hablan los que han estado a punto de morir ahogados. De ahí las añoranzas — al parecer paradojales — por ciertas épocas pasadas de nuestras existencias en que se ha vivido entre las garras de la angustia.

Todo ello es voluptuosidad.

Pero resumamos, al menos en lo que a mí me atañe:

Érame el total de estas andanzas una sensación ahogante de destino.

Porque sentía su realidad, su vivencia, como un monstruo que, aunque invisible, se posaba — pesado, hosco, mudo — sobre la ciudad.

Era un monstruo hecho de hilos.

Estos hilos iban tejiéndose por todas las calles.

Cada transeúnte iba dejando tras sí un hilo a veces como el humor plateado de la babosa, a veces como el bramante fino de la araña que se desprende.

Estos hilos les eran visibles como experiencias, como recuerdos. Yo los veía casi con los ojos. Éranme visibles en la zona límite entre la vista interior y la exterior.

A menudo los vi — fuera, puros — a lo largo de las calles negras, temblando.

En cada extremo de cada uno, un hombre caminaba.

Todo transeúnte echaba hacia adelante otro hilo. Le era apenas visible como volición, como deseo. Este hilo, diferentemente al anterior, estaba acechado por imprevistos.

¡Nosotros éramos imprevistos para todos los seres que caminaban por la ciudad!

Mas no teníamos contacto directo con ellos. Nos era necesario otra criatura de otra especie: Piticuti.

Estos hilos éranme apenas visibles. Los percibía sólo por la vista anterior. En cambio mi tacto los sentía mejor que los quedados atrás. Pues sentía nítidamente cómo me atravesaban el cuerpo a la manera de finísimas y muy largas agujas.

Una noche noté alarmado que todos ellos me atravesaban, o tendían a atravesarme, por el sexo.

Quise comunicar esta observación a mis amigos: Desiderio Longotoma reía y reía con su reír menudo; Baldomero Lonquimay era inviolable en su seriedad de mármol.

Nada les comuniqué.

Piticuti volvió a morder.

 

Al fin tanto atropello a nuestros conciudadanos empezó a pesarnos en la conciencia.

Para absolvernos decidimos juntar dinero. La suma total la dividimos en cuatro partes iguales para entregarlas cariñosamente a los transeúntes décimo sexto, trigésimo segundo, cuadragésimo octavo y sexagésimo cuarto.

Y nos dirigimos al barrio más indigente de la ciudad.

Piticuti quedó en casa encerrado.

Con estupor noté que no sentía ni hilos que se quedan, ni hilos que se anticipan, ni sexo.

Sabía que, al dar dinero, tenía que producirse lo mismo que al herir. Lo sabía… Nada más.

No sé qué ocurrió con mis amigos. El caso es que Baldomero Lonquimay dijo:

—No vale la pena hacer esta caridad.

Y Desiderio Longotoma:

—Vamos a tomar una copa. ¡Basta de necedades!

Y volvimos, la noche siguiente, a nuestras correrías con Piticuti.

En otra ocasión Desiderio Longotoma nos dijo con aire misterioso:

—Tengo un nuevo proyecto que realizar con nuestro fiel compañero. Mañana lo comunicaré solemnemente.

Pero al otro día amaneció muerto Piticuti.

Lo enterramos en el jardín de la casa de su amo. Sobre su cuerpo echamos tierra. Sobre la tierra, una lápida de cemento.

Desiderio Longotoma cayó en gran tristeza. No quiso jamás revelarnos su proyecto. Sólo repetía:

—Ahora… ¿para qué?

Y yo no volví nunca más a sentir la profunda, la desgarradora voluptuosidad de esos hilos nocturnos y temblantes.

¡Pobre Piticuti!

 

Veintitrés años más tarde.

Hace hoy una semana.

¡Volví a sentir!

Avanzaba yo hacia el cerro que hay en el centro de esta ciudad. Eran las 8 de la noche. Pasaban muchos transeúntes, muchos coches, autobuses y tranvías. Brillaban faroles y letreros luminosos. Aquello mareaba.

Al costado izquierdo del cerro hay un dédalo de callejuelas bastante complicado y que han complicado aún más con la apertura de nuevos pasajes y plazoletas y con la construcción de complejos y enormes edificios residenciales.

Mas yo conozco bien ese barrio.

Mi intención era llegar a uno de ellos en donde tiene su departamento una mujer que me inquieta y me atrae.

De pronto, a pocos metros ya del cerro, me ofusqué.

Vacilé por un centésimo de segundo. Todas aquellas vías se me confundieron, se me enredaron en un embrollo tan súbito e inesperado que me punzó la sensación aguda de un misterio — obscuro, temible, efervescente — que surgía en todo aquel barrio.

Y en aquel misterio que así bulló. Ella estaba.

Ella lo vivía con su cuerpo entero. Con su sexo.

Y yo, a pesar de embrollos y complejidades, seguiría adelante y llegaría, como un sonámbulo, suspendido por una voluptuosidad angustiosa.

Entonces el barrio todo, al revolverse con Ella, rebotó en mi sexo.

¡Había vuelto a sentir!

Durante el espacio de un centésimo de segundo. Poco importaba.

¡Había vuelto a sentir!

Y había aprendido que existe una clara relación entre la configuración de una ciudad y nuestros más encubiertos deseos. Así, como antes, gracias a los colmillos de Piticuti, había aprendido que, desde cierto ángulo de vida, hay también relación clara entre ellos y los seres que van caminando por las calles.

Pensé entonces volver a la tumba de nuestro antiguo compañero y, como ofrenda a su memoria, depositar algo sobre ella.

Pero, ¿qué depositar?

No lo sé.

Todo cuanto he imaginado me ha presentado acto continuo varias fallas.

Ahora creo que lo mejor será colocar en un extremo de la lápida un caracol. Y quedar allí, de pie, inmóvil, hasta que la cruce entera, de largo a largo; quedar allí hasta que se pierda de vista, lejos, ojalá en el mar.

© Juan Emar: El perro amaestrado. Publicado en Diez, 1937.