Era un antiguo campamento de caza destartalado en medio de más de treinta kilómetros de matorrales. Nuestro amigo había visto una pantera de Florida deslizándose entre los árboles unos días antes. Pero en aquella época las cosas empezaban a deshilacharse entre nosotros y el campamento estaba libre y silencioso, así que había logrado vencer la resistencia de mi cauteloso marido y mis dos hijos pequeños, que querían cangrejos ermitaños y cometas y tablas de esquí acuático y arena para las vacaciones de Pascua. En lugar de eso, obtuvieron cenotes antiquísimos cubiertos de helechos, la posibilidad de morir en las garras de un felino.

Una de las cosas que me gustaban del lugar era que por la noche las mosquiteras de las ventanas se abombaban bajo las tiernas barrigas de los lagartos.

Incluso metida en el mismo saco de dormir que mi hijo pequeño, el dorado, el frío de marzo parecía atravesarme los huesos. Me encantaba comer, pero a esas alturas había adelgazado tanto que me movía con suma delicadeza, como si me hubiese vuelto translúcida.

Contábamos con la escasa electricidad de un generador alimentado por gas pero carecíamos de internet, y había que colarse por la ventana del altillo y ponerse de pie en el tejado para tener cobertura en el móvil. El tercer día, los chicos se habían dormido y yo había bajado la intensidad de las linternas cuando mi marido se levantó y salió, y oí sus pisadas en el tejado metálico, un hermano gigante de los mapaches que nos despertaban pataleando por allí arriba en plena noche cual ladrones.

Entonces mi marido dejó de moverse y se quedó quieto tanto tiempo que llegué a olvidarme de dónde estaba. Cuando bajó la escalera de mano del altillo, estaba blanco como el papel.

¿Quién ha muerto?, pregunté con ironía, porque si alguien iba a morir, seríamos nosotros, con los cráneos sobresaliendo de las fauces de un felino en peligro de extinción. Resultó ser un chiste muy malo, porque era cierto que alguien había muerto, esa misma mañana, en uno de los edificios de apartamentos de mi marido. La ocupante de la quinta planta se había matado, tal vez voluntariamente, con aspirinas, vodka y una bañera. Los inquilinos de las plantas cuarta, tercera y segunda estaban fuera, en algún lugar remoto con playas y combinados alcohólicos, y el del primer piso había descubierto el problema solo cuando el agua mortal había goteado hasta su alfombra.

Mi marido tenía que marcharse. Acababa de despedir a uno de los manitas y el otro estaba en su propia aventura por el Caribe, comiendo en un bufet libre al son de un calipso en un crucero. Hagamos las maletas, dijo mi marido, pero en ese momento mi vena rebelde era igual que una niebla densa y pegajosa que me rodeaba el cuerpo y no se despejaba nunca, no había ningún sol dentro, así que le dije que los chicos y yo nos quedaríamos. Me miró como si estuviera loca y me preguntó cómo íbamos a apañárnoslas sin coche. Yo le pregunté si creía que se había casado con una mujer incompetente, con lo cual metí el dedo en mi propia llaga, porque la raíz de nuestros problemas era que, en realidad, justo eso es lo que había hecho. Durante muchos años solo se me habían dado bien las cosas que me interesaban, y como lo único que me interesaba eran mis libros y mis hijos, el resto de mi vida había ido retrocediendo poco a poco. Y si bien era cierto que mis hijos eran increíblemente fascinantes, dos placas de Petri en los que crecían cultivos humanos, ser madre nunca había sido tan fabuloso, y me negaba a hacer todo lo que parecía asignado por defecto a mi género porque me resultaba insultante. No pensaba comprarles ropa, ni hacer la cena, ni llevar la agenda de las actividades, y por supuesto no pensaba invitar a sus amiguitos a jugar a casa, jamás de los jamases. Para mí, la maternidad significaba llevar a los chicos a vivir aventuras de un mes por Europa, enseñarles a tirar cohetes, nadar en pos de la gloria. Les enseñé a leer, pero la comida se la podían preparar ellos. Los abrazaría todo el tiempo que quisieran que los abrazara, pero eso era un mero gesto de humanidad. Tendría que ser mi marido el que supliera todas mis carencias. Es agotador vivir inmersa en una deuda que crece día a día pero que no tienes intención de saldar.

Dos días, me prometió. Dos días y estaría de vuelta para el mediodía del tercero. Se inclinó para besarme, pero le ofrecí la mejilla y me di la vuelta, sin levantarme, cuando los faros deslumbraron y luego menguaron en la pared. Mientras el ruido del motor se desvanecía, la noche cobró atrevimiento. El viento murmuraba bajos sonidos inhumanos entre los pinos e, inspirados, los animales desplegaron sus gritos de llamada y respuesta. Todo me mantuvo alerta hasta poco antes del amanecer, cuando me quedé dormida unos minutos hasta que la cachorra gimoteó y me despertó. Mi hijo mayor lloraba porque había apartado el saco de dormir durante la noche y ahora tenía frío, pero también demasiado sueño para enmendar la situación.

Preparé unos huevos revueltos con una vengativa cantidad de mantequilla y cheddar, además de unos vasos de leche con cacao y un dedo de caramelo, con la esperanza de dejar a mis hijos catatónicos con las calorías, pero las calorías solo sirvieron para fortalecerlos más.

Nuestro amigo había tratado el perímetro del claro en el que nos hallábamos con repelente para panteras, una especie de orina sintética de súper depredador, y nos sentíamos relativamente a salvo cerca de la cabaña. Jugamos a hacer carreras hasta que la perra se desmadró, se puso a dar saltos y les mordió en los brazos a mis hijos con sus dientecillos jóvenes, y los chicos gritaron de dolor y frustración, y me enseñaron las marcas rosadas en la piel. Eché una buena reprimenda a la cachorra, que se alejó discretamente hasta el porche, desde el que nos observaba con el morro sobre las patas. Los chicos y yo nos pusimos a jugar al fútbol. Nos mecimos en la hamaca. Contemplamos los halcones de alas rojas que trazaban círculos. Obligué a mi hijo mayor a leerle Alicia en el País de las Maravillas al pequeño, lo cual fue un desastre, es un libro muy ocurrente y victoriano para los niños modernos acostumbrados a los dibujos animados. Comimos, después el mayor intentó hacer fuego frotando unos palos, mientras su hermano pequeño atendía con solemnidad, y se pasaron el resto del día construyendo una cabaña con ramas. Luego llegó la cena, las canciones, un baño en el abrevadero de acero galvanizado para caballos que alguien había convertido en una bañera de agua fría, la hora de quitar garrapatas y ácaros rojos con unas pinzas de depilar, y así dimos por concluida la primera jornada.

Mientras jugábamos fuera habíamos sentido un peso encima, no como si algo nos vigilara de verdad, sino sencillamente la posibilidad de que alguien pudiera estar vigilándonos cuando nos encontrábamos tan lejos de la humanidad en aquel árido páramo de Florida.

El segundo día debería haber sido como el primero. Dupliqué las calorías, añadiendo tortitas al desayuno, y conseguí que los chicos se tumbaran pensativos a hacer la digestión en la hamaca durante un rato antes de que se pusieran a zarandear los árboles.

Sin embargo, por la tarde se fundió la única bombilla que teníamos. La cabaña era toda de madera oscura y no lograba ver ni el dibujo de los platos que fregaba. Encontré otra bombilla en un armario y arrastré un taburete alto desde la barra para comer y pedí al mayor que sujetara el asiento, que daba vueltas, mientras yo me subía. La bombilla vieja estaba caliente y me la estaba pasando de una mano a la otra mientras sujetaba la nueva bajo el brazo, cuando la cachorra saltó hacia la cara de mi hijo mayor. Este soltó el taburete para defenderse y yo di un giro en el aire, luego me caí y aterricé en el suelo de cabeza, y entonces supongo que perdí el conocimiento.

Al cabo de un rato abrí los ojos. Dos niños me miraban desde arriba. Estaban pálidos y me resultaban familiares. Uno era rubio, el otro moreno; uno pequeño, el otro corpulento.

¿Mami?, dijo el niño pequeño, bajo el agua.

Volví la cabeza y vomité en el suelo. El chico grandullón arrastró una perrilla que me olfateaba la cara y la sacó por la puerta.

Lo único que sabía yo era que me dolía mucho y que no debía moverme. El chico mayor se inclinó sobre mí, luego levantó una bombilla intacta de debajo de mi axila con expresión victoriosa; yo era una gallina, la bombilla era el huevo.

El chico más pequeño sujetaba una servilleta de papel mojada y me daba toquecitos en las mejillas. El olor de la cachorra me hizo vomitar otra vez. Cerré los ojos y noté los toquecitos en la frente, en el cuello, alrededor de la boca. El más pequeño tenía la voz aguda. Cantaba una canción.

Me eché a llorar con los ojos cerrados y las lágrimas calientes corrieron por mis sienes hasta entrarme en los oídos.

¡Mami!, gritó el chico mayor, el solemne y moreno, y cuando abrí los ojos, los dos niños lloraban, y así fue como supe que eran los míos.

Solo dejadme descansar un momento, dije. Me tomaron de la mano. Podía notar las manos calientes de mis hijos, lo cual era una buena señal. Moví los dedos de los pies, luego los pies enteros. Moví la cabeza hacia delante y hacia atrás. Me funcionaba el cuello, aunque con el rabillo del ojo veía fuegos artificiales.

Puedo ir andando a la ciudad, le decía el chico mayor a su hermano dentro de una burbuja de agua, pero la ciudad más cercana estaba a treinta kilómetros. La seguridad estaba a treinta kilómetros y había una pantera entre ese punto y nosotros, y no solo eso: también era posible que hubiera hombres terribles, cenotes, caimanes, el fin del mundo. No había teléfono fijo, ningún cable de espiral, y si unos niños utilizaban los móviles en esas circunstancias podían acabar cayendo con facilidad por el tejado metálico resbaladizo y en pendiente.

Pero ¿y si se muere y de repente me quedo solo?, preguntó entonces el pequeño.

Vale, voy a sentarme, dije.

La cachorra aullaba junto a la puerta.

Levanté el cuerpo y me apoyé sobre los codos. Con suma cautela, me senté. La cabaña se hundía y daba vueltas. Vomité otra vez.

El chico mayor salió corriendo y volvió con una escoba para limpiar. ¡No!, exclamé. Siempre soy demasiado dura con él, con este niño precioso que es tan inteligente, que carece de toda lógica.

Vida mía, dije, y no podía parar de llorar, porque le había llamado «vida mía» en lugar de pronunciar su nombre, porque en ese momento no me acordaba de cuál era. Respiré hondo cinco o seis veces. Gracias, dije con voz más tranquila. Mira, tira un rollo de papel de cocina encima y cúbrelo con la alfombra para que la perra no se acerque. El pequeño hizo lo que yo había dicho, metódicamente, algo que no era su estilo en absoluto; siempre ha preferido observar con alegría cómo las demás personas trabajan para él.

El mayor intentó convencerme para que bebiese agua, porque es lo que hacemos en nuestra familia en lugar de poner tiritas, que me niego a comprar porque no son más que basura de color carne.

Entonces el niño pequeño gritó porque se había movido a mi alrededor y había visto mi coronilla ensangrentada, y entonces tocó el corte con la servilleta de papel con la que antes me había limpiado la boca manchada de vómito. El papel se desintegró en sus manos. Se encaramó a mis piernas y apoyó la cara en mi vientre. El mayor me puso algo frío en la herida; más tarde descubrí que era una lata de cerveza de la nevera.

Se quedaron así en silencio muchísimo rato. Los nombres de los chiquillos volvieron a mí, al principio bailaron evasivos fuera de mi alcance, pero luego, cuando los atrapé entre las manos, los hice míos.

En el instituto jugaba en el equipo de fútbol, una mediocampista rápida y agresiva, y el traumatismo craneal era un viejo amigo. Recordaba esa constante labilidad emocional porque la había experimentado una vez que me llevaron a urgencias con una conmoción cerebral. La confusión y la sensación de fatalidad también me resultaban familiares. Me vino una instantánea de mi madre sentada junto a mi cama durante una noche entera, sacudiéndome para despertarme cada vez que yo trataba de conciliar el sueño, y entonces quise tener allí a mi madre, no en su estado actual, mermado, de jubilada frágil, sino tal como era en mi juventud, una persona pequeña pero gigantesca, una persona capaz de tapar el sol.

Mandé al pequeño a buscar un rollo de polvorienta cinta de embalar y al mayor a buscar gasas de mi neceser, y cuando regresaron, me pegué la gasa a la cabeza con la cinta de embalar, dando vueltas y vueltas mientras empezaba a llorar ya por la muerte de mi larga melena, que había sido mi mascota más cara.

Centímetro a centímetro, recorrí la habitación hasta la cama y me subí como pude, a pesar de que veía rayos y centellas detrás de los globos oculares. Los chicos dejaron entrar a la cachorra desterrada y, cuando abrieron la puerta, también dejaron entrar la noche, porque mi caída nos había robado varias horas de vida.

Fue entonces, con la entrada de la noche, cuando comprendí por fin la profundidad de tiempo a la que todavía tendríamos que hacer frente. Pedí a los niños que me llevaran linternas, luego un abrelatas y el atún y las judías envasadas, que abrí poco a poco, pues no resulta fácil en posición supina, y convertimos la comida en un juego, aunque solo con pensar en comer algo se me ponía piel de gallina. El mayor nos llevó leche en unos frascos. Dejé que mis hijos se terminaran el envase entero de un litro de helado, que era de mi marido, su particular recompensa diaria por ser bueno y amable, pero llegados a ese punto el hombre merecía nuestra deslealtad, porque no estaba allí.

Había empezado a llover, al principio con un suave repiqueteo en el tejado metálico.

Intenté contarles a mis hijos un cuento aleccionador sobre una niña pequeña que se caía en un pozo y tenía que esperar una semana hasta que los bomberos daban con la manera de rescatarla, algo que tal vez ocurriera de verdad en la penumbra de mi infancia, pero o bien la historia les resultó demasiado abstracta, o bien la conté de una forma muy caótica, pues no parecieron captar mi necesidad de que se quedaran dentro de la cabaña, de que no fueran a ninguna parte, si pasaba lo peor, lo impensable que yo empezaba a bordear, como si fuera un hoyo que se abría justo delante de cada frase que me disponía a pronunciar. No paraban de preguntarme si le regalaron un montón de juguetes a la niña cuando la sacaron del pozo. La pregunta se alejaba tanto de mi propósito que les dije, en un arrebato de malicia: Por desgracia, no, no le regalaron nada.

Hice que los niños me mantuvieran despierta contándome historias. Al menor le encantaba un programa de televisión británico sobre la vida marítima, algo que el mayor consideró una bobada de niños pequeños, hasta que fingí que no me creía lo que me contaban. Entonces ambos empezaron a hablarme de una especie de tiburón, el tollo cigarro, que dejaba agujeros perfectamente redondos en las ballenas, como si tuvieran un molde de galleta en la boca. Me hablaron de un pez llamado humuhumunukunukuāpua’a, un nombre precioso que no supe repetir en condiciones, a pesar de que me lo cantaron una y otra vez, entre risas, con la tonadilla de la canción «Brilla, brilla, estrellita». Me hablaron del siluro que camina, que puede pasar tres días fuera del agua merodeando por el barro. Me hablaron de la luz solar, el atardecer y la oscuridad perpetua de los fondos abisales del mar, de las tres densidades del agua, en la que primero hay una luz transparente, luego una luz parduzca y turbia, y después una ausencia total de luz. Me hablaron de los requetemolinos, en los que una corriente de aire va en una dirección y otra en dirección opuesta y donde se encuentran forman un tornado, que se estira, dijo mi hijo pequeño, desde los fondos abisales, donde los peces son ciegos, y sube muy alto, muy alto, muy alto, hasta los pájaros.

Me había puesto a temblar muchísimo, un detalle que mis hijos, en un arrebato de buena educación, no mencionaron. Apilaron todos los sacos de dormir y todas las mantas encima de mí, luego se metieron dentro y se quedaron dormidos sin bañarse ni cepillarse los dientes ni quitarse la ropa sucia, algo que en el fondo daba igual, porque la sudaron en menos de una hora.

No dimos de cenar a la perrilla, pero no se quejó, y aunque no solíamos permitírselo, se subió a la cama y durmió con la cabeza apoyada en el vientre de mi hijo mayor, porque era su favorito, ya que era el cachorro más grande de todos.

A partir de entonces solo conté conmigo misma para velar mi vigilia, aunque todavía era temprano, las nueve o diez de la noche.

Tenía una novela nórdica en la mesita de noche que me inquietaba y me ponía nerviosa, así que intenté leer Alicia en el País de las Maravillas, pero con el cerebro hecho papilla me pareció incomprensible. Entonces ojeé una revista de caza, lo cual hizo que me acordara de la pantera de Florida. No me había olvidado por completo de ella, pero solo era capaz de hacer frente a unos cuantos terrores a la vez, y mientras mis hijos estaban despiertos, había habido otros más acuciantes. Tres días antes habíamos visto un excremento en el bosque al dar un paseo, un excremento enorme, o era de oso o de pantera, pero sin duda de un carnívoro gigante. El peligro había sido abstracto hasta que vimos esa prueba corporal de su existencia, y mi marido y yo condujimos a los niños de vuelta a casa, cantando sin parar, los cuatro cogidos de la mano, y dejamos a la perra suelta para que diera vueltas a nuestro alrededor con alegría, porque, por pequeña que fuera, llevaba en la sangre que ante un peligro sería la primera en sacrificarse.

La lluvia arreció hasta convertirse en estruendo, pero mis sudorosos hijos siguieron durmiendo. Pensé en las olas del sueño que pasaban apresuradas por su cerebro, que barrían los restos diminutos y sin importancia de lo ocurrido en el día para que las verdades más consistentes del mañana pudieran entrar. El repicar de la lluvia en el tejado tenía una solidez agradable, como si el ruido fuese una barrera que nada podía traspasar, un refugio contra la noche inminente.

Intenté echar mano de los poemas de mi juventud, pero apenas pude recordar algunos versos sueltos, que agrupé en un extraño poema triste, Blake y Dickinson y Frost y Milton y Sexton, un poema de mercadillo de métrica pegajosa que a pesar de todo cobró vida y me dio la mano durante un rato.

Entonces la lluvia amainó, hasta que no quedó más que algunos golpecillos espaciados de las gotas que resbalaban de los pinos. A una linterna se le acabaron las pilas y la luz de la que quedaba era escasa y frustrante. A duras penas me veía la mano o la sombra que proyectaba en la pared cuando la levantaba. Esa linterna era mi hermana; en cualquier momento ella también podía apagarse para siempre. Me atraqué la vista con la cabaña, que con la negrura inminente se había convertido en un lugar hecho de oro, pero entonces las sombras ya parecían demasiado densas, se difuminaban en los bordes, y se movían cuando apartaba los ojos de ellas. Me daba más seguridad mirar las mejillas de mis hijos dormidos, cremosas como quesos.

Esa última hora aproximada de luz era elegíaca, así que intentaba transmitir físicamente a mis hijos el amor que sentía con ellos cada vez que sus cuerpos me tocaban la piel.

Volvió a levantarse viento, y este tenía su propia personalidad; estaba de un humor ácido y malicioso. Se restregaba contra la pequeña cabaña y jugaba en las esquinas y rompía ramas de los árboles y las arrojaba al tejado, de modo que brincaban como criaturas con extrañas fauces con las que arañaban el suelo. El viento embistió con su cuerpo interminable contra la puerta.

Todo dependía de mi capacidad para estar inmóvil, pero notaba un montón de picores en la piel. Algo terrible dentro de mí, la cosa más oscura, me impulsaba a darme golpes con la cabeza contra el cabecero de la cama. Me lo imaginaba una y otra vez, el crujido seco al darme hacia atrás, la oleada y el derramamiento de paz.

Empecé a contar mientras respiraba cada vez más despacio y cuando iba por doscientos todavía no me había calmado; conté hasta mil.

La linterna parpadeó y también se apagó. La oscuridad se apoderó de todo.

La luna apareció por el tragaluz y se abrió paso entre la negrura.

Cuando desapareció y me quedé sola de nuevo, noté la disociación, un cambio físico, como si lo mejor de mí se desprendiera de mi cuerpo y se sentara a un par de metros de distancia. Fue un gran alivio.

Durante unos instantes percibí la sensación de vigilancia mutua, la espera de algo definitivo, aunque nada definitivo llegó, y entonces mi yo incorpóreo se levantó y rodeó la cabaña. La perra se removió y emitió un débil gemido por la nariz, pero continuó durmiendo. Notaba el suelo frío bajo los pies. Mi cabeza rozaba los travesaños, pese a que estaban a tres metros de altura. El lugar en el que mi cuerpo y los de mis dos hijos yacían juntos era una masa negra que latía, un agujero de luz.

Salí de la cabaña. El camino era de barro pálido y estaba lleno de abrojos; lo noté frío y mojado después de la lluvia. Los goterones de las ramas de los árboles me dejaron un sabor a pino. El bosque no estaba oscuro, porque la oscuridad no tiene relación alguna con el bosque (el bosque está hecho de vida, de luz), pero los árboles se movían con el viento y las criaturas sutiles. No me encontraba en un único lugar. Estaba con los mapaches del tejado que ahora jugueteaban con el candado de la bicicleta en el cubo de la basura del final de la calle, también estaba con las crías de halcón de alas rojas que respiraban solas en el nido, con el armadillo que obligaba a su cuerpo cubierto de armadura a desplazarse por los arbustos. No me había dado cuenta de que había perdido el sentido del olfato hasta que regresó a mí con avidez; percibí el olor de los gusanos que trazaban su camino bajo las agujas de los pinos y del moho que expulsaba nuevas esporas, que cobrarían vida gracias a la lluvia.

Estaba alerta, me movía con sigilo por el sotobosque y las puntas de los palmitos me arañaban el cuerpo.

La cabaña no se veía, pero estaba presente, un dolor en el costado, una sensación de densidad y falta de aire. No podía apartarme de ella, tampoco podía regresar, solo podía describir círculos alrededor de la cabaña, círculos y más círculos. Con cada uno de ellos, una angustia terrible y punzante crecía en mí y tenía que moverme más deprisa, más deprisa, cada vuelta generaba más salvajismo. Lo que se había construido para parecer sólido era frágil ante el tiempo, porque el tiempo es impasible, más animal que humano. Al tiempo le daría igual si desapareciéramos. Continuaría sin nosotros. No puede vernos; siempre ha sido ciego a lo humano y a las cosas que hacemos para mantenerlo a raya: las taxonomías, la limpieza, la organización, el orden. Incluso esa cabaña con sus ángulos pensados a la perfección, sus venas de tuberías y cables, era poco más estable que las marcas que habíamos hecho con el rastrillo en la arena por la mañana, unas marcas que el tiempo ya había borrado.

El ser del bosque corría y corría, pero esa carrera no podía evitar el lento cambio. Una neblina baja se elevó desde el suelo y se fue despejando poco a poco. Los primeros pájaros lanzaron sus preguntas al aire fresco. El cielo desplegó su azul. Salió el sol.

El regreso fue gradual. Mi hijo mayor abrió los ojos castaños y me vio sentada junto a él.

Estás fatal, me dijo, mientras me daba palmaditas en la cara, y las palabras ya solo me llegaban a medias bajo el agua.

Me dolía la cabeza, así que mantuve la boca cerrada y sonreí con los ojos, y él se dirigió despacio a la cocina y volvió con unos bocadillos de manteca de cacahuete y gelatina, con una baraja de cartas Uno, con el café frío de la cafetera del día anterior para contrarrestar el trueno bajo y constante de mi dolor de cabeza, con la perra que él mismo había dejado salir y había alimentado.

Lo observé. Estaba radiante. Mi hijo pequeño se despertó pero no se levantó, como si tuviera la cara pegada a mi hombro por la piel. Se pasaba por los labios uno de los rizos que no se me habían manchado de sangre, igual que hacía después de mamar cuando era bebé.

Mis niños no eran desdichados. Por norma general, yo era una madre preocupada, con poco tiempo para ellos, atareada, trabajadora, hasta que estallaba en risas y diversión, y luego volvía a mi agujero de trabajo; ahora lo único que podía hacer era sentarme con ellos, hablar con ellos. Ni siquiera podía leer. Fueron cariñosos conmigo, me recordaron a una hembra de golden retriever que tuve de niña, una perra con una boca tan suave que era capaz de ir al lago y robar crías de pato y mantenerlas intactas sobre la lengua durante horas hasta que nos dábamos cuenta de que se había sentado extrañamente erguida en el rincón, con aire pícaro. Mis hijos se parecían a su padre; algún día serían hombres que cuidarían de sus seres queridos.

Cerré los ojos mientras los niños jugaban al Uno partida tras partida, sin cansarse.

Llegó el mediodía, se fue el mediodía, y mi marido no regresó.

En un momento dado, algo cruzó el bosque junto a la cabaña con una sacudida, y todo quedó en silencio, y tanto los chicos como la perra me miraron y sus caras eran como pájaros pálidos alzando el vuelo, pero, por suerte, mi sentido del oído había anulado lo que fuera que había ocasionado semejante terror repentino sobre todas las criaturas de la tierra, salvo sobre mí.

Cuando oímos el coche a lo lejos a las cuatro de la tarde, los chicos se levantaron de un salto. Salieron a toda prisa de la cabaña y dejaron la puerta abierta de par en par a la luz cegadora que me hacía daño a la vista. Oí la voz de su padre, y después sus pasos, y echó a correr, y detrás de él los chicos también corrían, la perra corría. Ahí estaban los pies de mi marido en el camino de tierra. Ahí estaban sus pesados pies en el porche.

Durante lo que dura media respiración, me habría esfumado. Yo era todo lo que tanto temíamos, esa pasiva Reina del Caos con su corona ensangrentada de cinta de embalar. Mi marido llenó el vano de la puerta. Es un hombre que ha nacido para llenar los huecos de las puertas. Cerré los ojos. Cuando los abrí de nuevo, noté su enorme presencia sobre mí. En su rostro había algo que me hizo callar por dentro, que hizo que un chisporroteo lento y largo reptara por mis brazos desde las yemas de los dedos, porque lo que leí en su cara fue lo peor, fue miedo, y era inmenso, era elemental, como el viento mismo, como el sol frío que pronto notaría yo en la seda de mi piel animal.

© Lauren Groff: The Midnight Zone (La oscuridad perpetua). Publicado en The New Yorker, mayo de 2016. Traducción de Ana Mata Buil.

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