Marcel Proust: Pauline de S.

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Un día me enteré de que mi vieja amiga Pauline de S., enferma de cáncer desde hacía mucho tiempo, no pasaría del año, y que se daba cuenta de ello con tal claridad que el médico, incapaz de engañar a su gran inteligencia, le había confesado la verdad. Pero ella también sabía que, hasta el último mes, y salvo un percance imprevisto que siempre puede ocurrir, se mantendría lúcida y hasta con cierta actividad física. Ahora que sabía disipadas sus últimas ilusiones, me resultaba extremadamente difícil ir a verla. Una noche, sin embargo, tomé la decisión de ir al día siguiente. Aquella noche no pude dormir. Las cosas se me aparecían como debían de aparecérsele a ella, tan cercana a la muerte, al revés de como se nos aparecen habitualmente. Los placeres, las diversiones, las vidas, los trabajos concretos, insignificantes, insípidos, irrisorios eran ridícula y espantosamente pequeños e irreales. Las meditaciones sobre la vida y sobre el alma, la profundidad emocional de las artes, donde sentimos que descendemos hasta el centro mismo de nuestro ser, la bondad, el perdón, la piedad, la caridad, el arrepentimiento en primer lugar eran lo único real. Llegué a su casa abrumado, en uno de esos estados en que dentro de nosotros no sentimos más que el alma, el alma que desbordaba, desinteresado de todo lo demás, a punto de llorar. Entré. Estaba sentada en el sillón de siempre junto a la ventana, y su cara no estaba impregnada de la tristeza que desprendía desde hacía algunos días en mi imaginación. El adelgazamiento, la palidez enfermiza eran puramente físicas. Sus rasgos seguían teniendo una expresión burlona. Tenía en la mano un panfleto político, que dejó cuando entré. Charlamos durante una hora. Como en el pasado, seguía practicando la conversación brillante a expensas de las distintas personas que conocía. La detuvo un acceso de tos, tras el cual escupió un poco de sangre. Cuando se recuperó, me dijo:

—Váyase, querido amigo; no debo cansarme esta noche, pues espero a algunas personas a cenar. Pero tratemos de vernos en estos días. Reserve un palco para alguna tarde. Por la noche, el teatro es demasiado fatigante para mí.

—¿En qué teatro? —le pregunté.

—El que usted desee, pero sobre todo nada de su aburrido Hamlet ni de Antígona . Usted conoce mis gustos, una obra alegre, algo de Labiche, si lo están representando en este momento, o una opereta, si no.

Me fui estupefacto. Nuevas visitas me hicieron saber que la lectura del Evangelio y de La imitación , la música y la poesía, las meditaciones, el arrepentimiento de las ofensas cometidas o el perdón de las ofensas recibidas, los diálogos con pensadores, sacerdotes, personas queridas o antiguos enemigos, o los diálogos consigo misma estaban ausentes de la morada donde terminaba su vida. No me refiero a la compasión física hacia sí misma que estaba demasiado poco nerviosa y demasiado dura para experimentar. Yo me preguntaba a menudo si no era una actitud, una máscara, si una parte de la vida que me ocultaba no era lo que habría debido ser. Luego supe que no, que con los demás e incluso sola era como conmigo, como antes. Me parecía que había allí un endurecimiento, una sinrazón única. Insensato de mí, que vi la muerte tan de cerca y sin embargo retomé mi vida frívola. ¡Cuánto de todo lo que me asombraba veo ahora sin cesar ante mis ojos! Todos nosotros, ¿no hemos sido condenados ya por el médico? ¿No lo sabemos, acaso, así como que sin duda hemos de morir? A cuánta gente vemos, sin embargo, meditar sobre la muerte para abandonar dignamente la vida.

Ficha bibliográfica

Autor: Marcel Proust
Título: Pauline de S.
Título original: Pauline de S.
Publicado en: Le mystérieux correspondant et autres nouvelles inédites, 2019
Traducción: Alan Pauls

[Relato completo]

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