Hay días —sobre todo mañanas— en que puedo llegar a sentir una especie de felicidad verdaderamente inexplicable. Seré tal vez como la hiena, que es fea, se alimenta de excrementos, fornica una vez por año y sin embargo se ríe. Es probable —no soy yo quien quisiera negarlo— que dentro de todos los pesares, de toda la negrura capaz de circundarnos, haya siempre un lugar para la risa. Pero también es justo reconocer que toda esta negrura no alcanza ni a la sombra de otras negruras mucho más apretadas y como “mal de muchos, consuelo de tontos”, no dejamos de repetirnos en los momentos en que la realidad pretende damos un golpe de conciencia y como decía el poeta de mil años, que nunca se está tan mal como que no se pueda estar peor. Así que no nos quejemos.

Hoy, por ejemplo, es uno de estos días en que se puede caminar por la ciudad como si fueran nuestras las calles, los árboles, las ramas de los árboles, las hojas de las ramas de los árboles, los insectos de las hojas de las ramas de los árboles, respirando con bríos, echándose pulmón adentro ráfagas del aire envenenado que corroe a esta ciudad donde sin querer volvemos a estar; como si en vez de ser simples títeres (sos simple marioneta que baila sin cesar), nos perteneciera el mundo igual que antes, curiosamente sin droga y sin embargo con la sensación despreocupada y flotante que debe dar el opio.

Salí temprano y con rumbo distinto del de cada mañana. Quizás fue ya esto mismo un motivo precipitante: nada de oficina, porque reconozcámoslo: el que les habla es un burócrata, nada de cuentos, ni de buenos días señor, ni de sudar el día entero el culo en una silla de asqueroso plástico, ni de mirar muerto de envidia las “dentífricas” sonrisas que las secretarias lanzan a sus jefes, ni de escuchar a Carlitos, el mozo, diciéndome “¿café, ingeniero?” cuando sabe muy bien que no soy ingeniero, que apenas soy un pobre pendejo insignificante. El segundo motivo quizás fue el bosque, el canto de los pájaros, algunas parejas amándose ya desde temprano, una brisa ligera y acariciante que en nada se parecía al zoácate de sol que entre diez y once me hostiliza diariamente a través del ventanal sin persianas de espaldas a mi escritorio, un pasto limpio y todavía humedecido por el aguacero de la noche, y el caminar sin apuro, así como vagando, igual que en los mejores tiempos, abierto a todo, casi casi como si no estuviéramos viviendo “ahora” y, además, casi como si no estuviera enfermo. Porque tendrán que saber: estoy enfermo.

Al otro lado del bosque, tres o cuatro cuadras por una avenida bastante chic (popoff, como suelen llamarlas aquí) y estaba ya en el consulado. Me atendieron rápido, con eficiencia, cordialmente —como hacen los suecos—, aunque sin muchas esperanzas, porque lógicamente ya mi pasaporte sueco —para extranjeros, no vayan a pensar que soy nórdico— había vencido y puesto que mis papeles aún no se arreglaban en Gobernación, esta persona quedaba reducida al estado casi limpio de paria. Que mi caso iría a consulta, dijeron, y que volviera en diez días.

No eran todavía las once cuando salí, casi risueñamente dispuesto a capear esta mañana de oficina. El resto de la mañana, diríamos mejor. Eché a caminar dominado por ese mismo incomprensible estado casi eufórico, gozando intensamente cada detalle del mundo, porque hoy el mundo era mío, el rey era yo, y si bien no zumbaban por mí alegres las abejas,[1] ahí tenía de pronto, frente a frente, la amplia puerta de una marisquería que otra vez me castigaba con el recuerdo estéril de las almejas de mi tierra, de los dulzores regados de limón de “ese mar que tranquilo nos baña”,[2] cuyo esplendor futuro ya no se vislumbra en la cercanía.

No puedo decir que tuve vacilaciones: entré sin chistar, dispuesto a tirar por la borda el dinero de los remedios. No es que los mariscos fuesen muy caros, pero tampoco lo que guardaban mis bolsillos sumaba demasiado. Como resulta natural, a esa hora era yo el primer, y hasta ese momento único, cliente del día. Vi el mesón y vi las mesas y decidí comportarme como un señor, es decir, me senté a una mesa. Primero se me acercó la vieja. Qué tenía. Como era temprano lo único que podía ofrecerme era una orden de ostiones a la ostra (en su concha, como se dice aquí). Con mucho limón y dos cervezas frías. Luego entonces llegó la joven, gordita y rozagante, de mechón blanco a lo Tongolele, risueña como mi alma, a poner la mesa.

—¿Cuánto vale el disco? —pregunté.

—Un peso, señor.

—¿Tendrán uno que dice algo de sé perder y volver o algo así?

—Ahorita veo, señor.

Y a lo gran señor, sin siquiera levantarme a la Wurlitzer, estaba al minuto escuchando esa canción que había cantado un ciego en la micro (camiones en este lado del mundo) con guitarra y todo y que también había sorprendido a mis oídos una noche que vagaba entre mariachis por la Plaza Garibaldi, esperando furtivamente el imposible de encontrar a algún conocido con quien tomar una copa de tequila, porque solo nunca me ha motivado tomar. Y volver volver volver, a tus brazos otra vez, después un verso que no registré bien, pero talarálarálará yo sé perder, yo sé perder, quiero volver volver volver. Algo en esta canción me conmovía: la urgencia, el tono apurado e imperioso con que decían quiero volver volver volver. Porque yo también quería volver. No a los brazos de una mujer, sino a los de una larga tierra que abrazan desde la cordillera al océano y desde el desierto hasta los témpanos antárticos.

Cuando el disco terminó casi se me salían las lágrimas, pero apechugué firme y cuando la Tongolele se acercó para preguntarme si se me ofrecía otra canción, le dije, así como gran conocedor, que buscara algo de Angélica María y ojalá, le dije, tuvieran esa de “¿en qué quedó nuestro amor?”. Me dijo que sí estaba y partió decidida hacia la máquina. Pero no quiero engañar a nadie: la primera canción, ya lo advertí, fue un carril, la había escuchado en una micro durante uno de esos recorridos Insurgentes Sur que demoran bien su hora; la segunda la ponían de característica en una teleserie sobre una muchacha italiana que iba a casarse y que durante tres o cuatro días de violenta gripe me tocó seguir desde la cama, allá en Santiago y donde volví entonces, después de mucho, a recibir la imagen de esta ciudad, del Ángel de la Independencia sobrevolando la Reforma, de Diana apuntando su flecha desde los árboles de Chapultepec, de algunos de los gigantescos edificios de la zona en que trabajo, en fin. Volví, digo, porque de niño yo también había conocido México, la ciudad entonces provinciana, y el país por norte y sur, desde las pampas a la selva y desde el Golfo hasta el Pacífico, con montes y valles verdes y ondulantes, con alacranes y serpientes, con ópalos y amatistas.

Antes de que Angélica María terminara su canto, en que no se supo exactamente qué pasaba, me sirvieron un hermoso y redondo plato de ostiones. Me desconcertó que fueran de aspecto tan iguales a las ostras, aunque más grandes, más grandes aún que esas hermosas ostras de exportación con que una vez tuve la suerte de empacharme en Angelmó, sacadas de la pila a plena vista en un “almud”, justamente con Horacio, un hueso que hoy se me atraviesa en la garganta, me perfora el ánimo, desde que leí en un “Mercurio” que cumpliendo su deber, el joven militar le había hecho fuego mientras intentaba huir durante el allanamiento a su modesta casa de Rancagua.

Y justo cuando le echaba unas gotas de limón al primer ostión de mi pendeja vida, se acercó la vieja desde la caja y me dijo:

—¿Y usted de dónde es, argentino?

—Chileno —le djje.

—Ah, pues qué bonito hablan todos los chilenos.

Y en ese momento entró también al restorán el segundo cliente de la mañana, un tipo alto y rubio, deslavado, que se me antojó sueco debido a que el Consulado estaba cerca.

No es que yo quisiera ser sociable, ni siquiera que tuviese deseos de paliar mi soledad, pero se dieron las cosas de tal manera, con la dueña frente a mi mesa, el sueco saludándola, yo sin poder todavía engullirme el primer ostión, ella diciéndole que yo era de Chile, él euforizando el hecho de que conocía Valparaíso como la palma de su mano, que finalmente quedamos sentados frente a frente, yo aguantándome por cortesía, él esperando un plato igual al mío y otras dos cervezas, mientras yo no habría tenido qué otro disco encargarle a Tongolele, primero porque no conocía, segundo porque mi falta de imaginación me había llevado, en lo que a aspiraciones musicales se refiere, apenas hasta el tango, género que quise suponer relativamente lejos de esa máquina de colores chillones, aunque reconozco que me equivoqué.

Siempre me ha parecido curioso el problema de las máscaras. Para las secretarias de mi oficina yo era un sujeto del que lo ignoraban todo, un empleado puntual que durante las ocho horas de jornada parecía trabajar con tesón. Para Tongolele sería quizás un señor correctamente vestido, de cuello y corbata, con un buen maletín de cuero negro, que sabía muy a ciencia cierta y sin vacilaciones lo que deseaba escuchar. Para la vieja lo que seguro predominaba, como símbolo de distinción, era un acento del que si bien podía sentirme orgulloso, era inocente por completo. Para el sueco, me pregunté, ¿qué iría a ser para el sueco? En todo caso lo que sabía muy bien era lo que soy en sí: una hiena en la selva no apuntando a saber de qué mierda se ríe, cuál puede ser la causa de su momentánea felicidad.

—Oiga —me dijo el sueco, con un acento perfectamente mexicano que me sorprendió—, yo veo en sus ojos que podemos ser buenos amigos. Sabe, yo nunca me equivoco.

Quise haberle preguntado de dónde era y qué edad tenía, pues lo último no lograba figurármelo. Sin embargo —bueno, ya he dicho que para mí se trataba de un día raro— lo único que me salió fue preguntarle si le gustaba mucho el tango, tal vez porque intuía la amenaza potencial de un nuevo acercamiento de Tongolele.

—¿El tango? ¿Usted me pregunta si me gusta el tango? Escuche.

Y comenzó muy bajo, sin teatralidad, a cantar con un ritmo y una entonación que se me antojaron perfectos, ese de qué bien se baila sobre la tierra firme. Y lo miré y era Manuel, no era el sueco sino Manuel, y no estábamos ahí tampoco, sino que íbamos con el “pelao” Medellin caminando por las calles del puerto, después de haber tomado entre mucha bulla, tres botellas de vino y de haber perdido hasta la última chaucha en el Casino de Viña, donde ninguno de los tres había estado antes, borrachos, descuerados y muy felices, los tres por la Avenida Brasil cantando casi a toda voz muchacha vamos, no quiero que estés triste, la noche es larga, no sé por qué llorás, claro que hace de esto muchos años, pero el sueco era Manuel, con sus ojos saltones, su risa mefistofélica, otro de los huesos que se me atraviesan desde que me escribieron que justo al nacer su tercer hijo —una niña esta vez— lo habían largado de su cátedra por “marxista” y que andaba vendiendo mermeladas y juegos de agujas en las micros de Santiago.

El sueco terminó el tango y me miró como esperando que yo lo empatara con otro. Pero yo soy de esos desgraciados que nunca han podido dar bien una nota, ni menos memorizar los versos, salvo de la Canción Nacional, que de chico me enseñaron en el colegio, de modo que quise sacármelas olímpicamente y le lancé casi como una bofetada la pregunta:

—¿Qué hace usted?

—¿Yo? Soy sepulturero —me dijo el sueco—. Trabajo en el Panteón Francés, ¿lo conoce?

Respondí que no.

—Debiera pasar un día por ahí, es un lugar muy bonito.

Puede pensarse que los cementerios difícilmente tengan algo de bonito, pero se me vinieron como un chorro a la memoria aquellas tardes en que con paso convaleciente anduve deambulando por los recovecos del sector viejo del Cementerio General, en Santiago, situado justo frente al pabellón de hospital donde durante más de dos meses estuve aprisionado en una cama. Si bien antes nunca reflexioné… ahora al recordarlo desde lejos y con la perspectiva del tiempo, tuve la certeza de que era un hermoso lugar, una pequeña ciudad de mausoleos que semejaban casas, castillos, palacios, torres de Rapuncel, todo en miniatura, como confabulando el mejor sitio para que se desarrollara el argumento de un cuento de hadas, lugar de grandes y viejos árboles, de intensas sombras y ángulos de sol aquí y allá, de flores secas y marchitas —de olor a flores y a sulfures—, de lúgubres jóvenes acaso en busca de quietud, de mujeres de terco negro y velos transparentes, de gatos subrepticios, y de un poderoso perfume que ahora, entre la cerveza y los ostiones, trato inútilmente de rememorar. Y tuve a la vez deseos urgentes, casi enfermos, de conocer el Panteón Francés, la certeza ineludible de que iría.

—Los panteones son lugares muy bonitos —siguió el sueco—. Lugares de mucha vida.

—¿De mucha vida? —Su tono, su entusiasmo, una especie de urgencia que se deslizaba sin disimulo en sus palabras, iban estimulando, dándole ínfulas a la contradictoria alegría de que me había apoderado esta mañana.

—Por supuesto, sí, ¡de mucha vida!

Y entonces me miró a los ojos y, bueno, parece que nos dimos un “almazo” y algo se me hizo nítido, porque también yo una vez había tenido la sensación de que el amor podía ser mucho más poderoso que la muerte. Y entonces me lo dijo, muy escuetamente, sin que le titubeara por un segundo la voz, sin que un proyecto de lágrima interceptara sus pupilas dilatadas, me contó simplemente que a Sibila la habían enterrado ahí y que él no pudo cejar hasta que le dieron el puesto.

Turbado y como buen burócrata, miré la hora. A la jornada de la tarde sí que no podía faltar, además de que nada lo justificaba.

—Y todos los días hablo con ella —dijo el sueco—. Le cuento las pequeñas cosas, o bien río, lloro, aúllo…

“Luego existes”, pensé recordando que un par de domingos antes, vagando por el Bosque de Chapultepec había escuchado al pasar las palabras que un recitador decía a su público, frente a la Casa del Lago, y era eso, no lo había olvidado: lloro, aúllo, blasfemo, luego existo. De modo, me dije, que este condenado sueco existe, y me pregunté si acaso yo, que no lloraba, no aullaba, no blasfemaba tampoco, existía; si acaso eso, lo que a mí me pasaba, era existir. Y entonces tuve una idea genial, muy al margen de los deberes del presente.

—Oiga —le dije con una casi risa a flor de boca y una alegría navegando en la saliva—, comamos más ostiones.

—¡Con otras dos cervezas! —dijo el sueco.

—Pero no se ofenda por lo que voy a decirle: no me hable de Sibila. No me cuente nada. Un día pasaré a visitarlo al Panteón Francés y podré conocerla. Ahora comamos, tomemos, cante otro tango.

Y cuando Tongolele llegaba a nuestra mesa con su libreta de pedidos, una pareja rubio-canosa (él de pantalón corto que exponía al mundo las verdosas venas de sus piernas, y ella con un gran sombrero de paja que no lograba sombrearle las arrugas) ocupó la mesa contigua, amenazando trizar la luminosa atmósfera que nos venía adormeciendo de toda realidad inmediata que no fuera el sabor de los ostiones o el fluir fresco de la cerveza a través de la garganta. Después de atendernos, Tongolele les pasó la carta.

—¿Tienei agua frishka? —preguntó la señora.

Tenían que ser norteamericanos, pensé, la imagen inconfundible de esos turistas que se mueven de un continente a otro buscando el agua de la vida, que de seguro les ha sido negada por los dioses. Eran aquí, en este rinconcito de México, tan típicos como los había visto en Suecia, sin complejos, arremetiéndolas con el idioma hasta donde les alcanzara el talento, haciendo sentir ese sordo y odioso abran paso, que aquí estoy yo, ¡mi país ser muy importantei!

Miré al sueco. Estábamos comiendo juntos, era una realidad. Sin embargo, media hora antes yo no lo conocía. Y en este mismo momento en que la gringa decrépita me dirigía una sonrisa, no sabía siquiera su nombre, qué importaba. Si era sueco, lo más seguro es que se llamara Johanson, de manera que no se lo pregunté tampoco.

—Oiga, Johanson —le dije—, ¿usted qué anduvo haciendo por Valparaíso?

La verdad es que a pesar de los ostiones, me estaba poniendo chueco: no me importaba lo que Johanson hubiera andado haciendo en Valparaíso, lo que me importaba, supe, no se lo iba a preguntar, no quería escuchárselo, pero no era lo de Valparaíso. Era lo de Sibila. Cómo, dónde y por qué la había conocido. Cómo, dónde y por qué había muerto ella.

—¿Usted tiene canarios, Johanson? —le pregunté.

—¿Cómo lo supo?

—Porque hace bastantes años, en un bar de Santiago conocí a un poeta. Era un alcohólico y, además, un solitario. Tenía que tomarse una botella de pisco entre las seis y las nueve de la mañana para poder trabajar y pasar el día en buenas condiciones más o menos hasta las cuatro. Y solitario porque todos lo habían dejado: su mujer, sus hijos, los pocos amigos que tuvo, hasta el perro de la casa. Entonces, Johanson, el tipo recorría los bares buscando a quién leerle sus poemas, o uno que otro cuento que también solía escribir. “No tengo a nadie, pero tengo mi poesía”, decía con los ojos iluminados. Yo no pude negarme y durante el almuerzo (me acuerdo muy bien que pedí porotos con plateada) le escuché la lectura muy cuidadosa, muy modulada, pero de mucha tensión interior, de uno de esos cuentos. Fíjese que ella se llamaba Sibila y él Virgil…

—Qué curioso.

—Eran un matrimonio sin hijos…

—Qué curioso.

—Pero que tenían una parejita de canarios en los que descargaban no sé si toda su ternura o toda su frustración.

—Qué curioso.

—Y el cuento casi me da un nocaut cuando termina; fíjese, Johanson, la cerveza debe estárseme subiendo a la cabeza más de la cuenta, porque justamente Virgil y Sibila, Sibila y Virgil, no eran el matrimonio sino los canarios, como que el cuento justo termina cuando los dos viejitos comienzan a bailar una ronda alrededor de la jaula cantando (acaso con voz trémula y estridente): “Virgil y Sibila, Sibila y Virgil, son dos niños buenos que nunca se van a morir, Virgil y Sibila, Virgil y Sibila, Sibila y Virgil”.

—Qué curioso.

—¿Por qué dice a cada rato “qué curioso”, Johanson? Parece tonto ya.

Tongolele seguía tratando de explicarle a la gringa larga y seca (que le corre la manteca) que fresca si era, pero electropura no, de modo que haría mejor en beber Tehuacán, mineral gasificada. La gringa, sin cara de entender mucho, terminó pidiendo una cerveza.

—Es que yo me llamo Virgil —dijo Johanson—. Y tengo una pareja de canarios. Antes de morir, Sibila me rogó que los cuidara como si fuesen nuestros hijos, y ¿sabe? Los he cuidado como si fueran nuestros hijos. Y siempre a Sibila le cuento cómo están, qué hacen, lo que cantan, porque sí que son cantarines.

—Speak English? —preguntó la gringa hacia la mesa nuestra.

Personalmente me hice el tonto. De hablar inglés, lo hablo un poco, pero ahí si que no iba a caer. En cambio, Virgil Johanson cedió y les dijo lo que deseaban: saber en qué consistían las “enchiladas suizas”, las quesadillas, el arroz con mole, y si acaso el coctel de ostiones (oyster cocktail en inglés) sería lo suficientemente fresco. Al cabo de un rato, el gringo, sin tener ya nada más que preguntar, se dirigió verbalmente a nuestra mesa.

—La ciudad ha cambiado mucho —aseguró con gran originalidad—, Very, very much. Yo estuve hace veinte años y era otra ciudad, de veras que lo era.

Sí, no. Qué sorpresa. Por supuesto no le iba a decir que yo había estado hacía treinta y que desde entonces había cambiado mucho, mucho más, porque entonces yo tenía diez años y eso sí que era una buena razón.

Tongolele, en una rápida pasada, se detiene en nuestra mesa y me dice:

—Señor, voy a ponerle otra vez la canción que le gusta.

El gringo pregunta “kei dihou?”. What did she say?, repite al ver que su pregunta cayó en el vacío. Pensé decirle en serio que se fuera “¡a la puta calle!”, como decía el nene Juan cuando cumplió dos años, que nos dejara tranquilos, que en la puta calle se pusiera a freír puñetas si le daba la gana, pero que nos dejara tranquilos, que Virgil Johanson y yo teníamos que hablar. Sin embargo no me bajó el amor, ¿amor sería?, y me pregunté si acaso este par de turistas imbéciles cargaban también su cuota de culpa en la tragedia que castigaba a mi país por un pecado que sí lograba comprender, y de pronto, como si se hiciera la luz, supe lo que luego habría de decirles. Pero antes, Johanson me habló de las langostas de Tehuantepec, del ceviche de caracol gigante, de los callos de hacha, y escuchó con cierta pasión mis elogios del erizo verde, las almejas de Talcahuano, los picorocos al vapor, todo el oro, el marfil, la caoba que nos da aquel mar hoy envenenado, y bebimos más cervezas y nos reímos bastante, y él tampoco iría a trabajar, aunque Sibila pudiera extrañarse, ella tenía que comprender: un par de tragos de vez en cuando no son un pecado tan grande. Son apenas un pecadito. O a lo mejor hasta una virtud. Y volver volver volver, a tus brazos otra vez… porque un buen almuerzo con un buen amigo suele tener para las tripas de cualquiera mucho más trascendencia que todas las máquinas que descortezan árboles y cuyas piezas muy bien detalladas se diagraman con nombres proliferantes, verdad Sueco, que las oficinas se vayan a la mierda en bote y que mueran las cuchillas del rotor y la transmisión angular y las putas llaves de manguera y los cabrones engranajes de tornillo sinfín, y en cambio que vivan los ostiones en su concha, las cervezas, las sardinas a la mantequilla, las barracudas y los viajes a Yucatán o a Chiloé, arriba todas las islas algo lejanas llenas de mucho marisco, de fragantes y jugosas almejas que se retuercen a la gota de limón, de infortunadas langostas elegidas por un dedo implacable antes de llenar el buche ansioso, ah, Sueco, que vivan la pesca y el marisqueo y que muera la caza, vivan los vagabundos de verdad y mueran los jipis ociosos, viva el whisky con hielo al atardecer y muera el cabrón del hígado, vivan los jorobados y mueran los turistas yanquis, viva el buen pueblo de todas partes y mueran los burgueses comemierdas, viva un buen rato de conversación eufórica, mueran las antesalas, vivan los zafados como nosotros, mueran los tontos graves, viva la risa a carcajadas, muera la mueca sonriente de la boca para afuera, ¡viva la vida, Johanson, y muera la muerte!

Y cuando ya les iba a lanzar la pregunta a los gringos, entró el jorobado.

—Mire, Johanson. ¡Mírelos!

En los rostros de ambos se manifestaban distintos matices del desagrado. Ella parecía sentir horror; a él lo que le molestaba era el orgullo: cómo podía tolerarse la entrada de semejante ser en un lugar donde él, él y su dulce darling querían disfrutar de un buen almuerzo. Disgusting! Asqueroso, nauseabundo.

 

El jorobado era un mendigo. Vestía una especie de camisón que le llegaba a las rodillas, cubierto de grasa, impregnado de mugre; desde una soga que le rodeaba la cintura, colgaban tres pares de zapatos viejos y un bolsito de algodón. Cabellos largos e hirsutos, sebosos y polvorientos, barba negra, ojos negros y potentes, una dentadura refulgente de blanca. Y la joroba, una joroba magnífica, pareja, simétrica, de rara perfección. Tuve inmediatos deseos de sobársela, porque trae buena suerte y eso es algo que yo necesitaba con relativa urgencia. Dio un par de saltitos, como jugando al luche, y llegó estirando la mano hasta la mesa de los gringos. Ella nos miró en busca de simpatía, de compasión, pidiéndonos que solidarizáramos con ellos, un poco de ternura para los pobres, ¡lo que les estaba pasando! El gringo dio primero una mirada en busca de Tongolele о alguien que tuviese autoridad y audacia para expulsar de ahí a ese zarrapastroso aborto de la naturaleza, pero luego, al insistir el jorobado mediante un formidable gruñido gutural, llevó la mano a su bolsillo, dispuesto a sacarla con un billete salvador.

—Mire, Johanson. ¡Mire eso!

Casi a la par con nuestros ostiones y nuestra cerveza, llegó un garzón de chaqueta blanca, tomó al pordiosero del antebrazo y le dijo alguna insolencia empujándolo hacia la puerta. El jorobado lanzó su vista a nuestra mesa y nuestras miradas hicieron circuito. En la suya no moraba el miedo, ni la ira. Era como si desde siempre hubiera tenido la certeza de que no merecía otra cosa, de que el maltrato y el castigo eran las primeras sentencias registradas en su destino. Algo en esa mirada parecía la proyección de un estado beatífico, de una moral a toda prueba, de cierta crueldad, de una residencia del alma en lugares que se sitúan más allá del bien y del mal. Sentí además un escalofrío recorriéndome la espalda, porque en esa mirada estaba también grabada la intuición de que yo era su igual, de que a mí me correspondía pasarle la mano, tirarle la cuerda salvadora. Cuando me levanté, su expresión toda se hizo una gran sonrisa abierta y agradecida, como si de antemano supiera exactamente para qué me había levantado.

—¡No! —le dije al mozo, sujetándole el brazo—. Es mi invitado. Se llama Nicodemo y viene a juntarse con nosotros. Dígale a la señorita que traiga otras dos cervezas y más ostiones.

—Como diga el señor —respondió el mozo.

No sé por qué se me vino a la cabeza el nombre Nicodemo. Un tipo como ése ni siquiera podía tener nombre (otra de sus gracias), pero si algún nombre le calzaba, era el de Nicodemo, nombre de seres maltratados por la naturaleza y la humanidad, de parias nocturnos cuyas risotadas macabras suelen escucharse a la sombra de sórdidos eriazos. Nombre inventado genialmente para señalar el desamparo.

Miré a la pareja de gringos al pasar de regreso a la mesa. Ya no volverían a dirigirnos la palabra, ni siquiera osarían dirigirnos una última mirada antes de partir a comentar las horrendas cosas que ocurren aquí, ¡qué clase de país era éste! Entonces, mirándolos yo, se los dije, sin elevar la voz pero apretando los dientes, les dije: ¡asesinos!

El jorobado se sentó. Le ofrecí una de mis cervezas mientras llegaba el nuevo pedido. Acabó de un trago el vaso espumeante y volvió a llenarlo, alternando su mirada recelosa entre la mía y la del sueco. Luego, de cada concha fue sorbiendo a todo ruido la blanda carne del ostión, siempre mirándonos, pero sin hablar. ¿Qué podía hablarse? Una risotada llegó con elocuencia. Y entonces por primera vez me sentí muy en confianza y quise contarles a los dos algunas cosas, pero mi voz se quedó atascada en el horror y me vi frente a ellos modulando palabras sin sonido; sólo que en los ojos de ambos encontré entendimiento y compañía, aunque no pudieron ellos escuchar los gemidos, el miedo, el dolor aullante que quería hablar por mí, esas noches del estadio, esas ráfagas rápidas, el olor a carne quemada, la conciencia de la muerte próxima, Sueco, Nicodemo, no me oyen, pero yo les estoy hablando. Un tipo flaco y rubio, casi angelical, de unos veintiocho años se me acercó en el camarín para decirme “no creo que yo salga de aquí, compañero; si usted sale, trate de hablar con mi mujer. Dígale que sea fuerte que guarde bien a los niños” y hacerme memorizar las señas. Una de esas noches frescas y claras de septiembre lo llamaron junto con otros cinco del camarín y ya no volví a verlo. Después de esas listas se escuchaban ráfagas, ¿entiende, Johanson? Siempre ráfagas. Un día me interrogaron. El golpetazo se siente como si a uno le arrancaran la dentadura. Te recoges entero, Nicodemo, te contraes como un molusco, sientes que se te acabó para siempre el aire y luego te vienen náuseas y el ahogo va creciendo y te aprietas el pecho con desesperación, y después quedas temblando, muy sensible, con la moral hecha un guiñapo. Pero no recibí tantos golpes ni tampoco las otras torturas que me siguen poniendo carne de gallina. Un par de culatazos y una costilla rota fueron mi castigo. Y la electricidad, claro. No era nada. Después, Nicodemo, cuando se convencieron de que probablemente yo no era el guardián de un arsenal, nos hicieron subir a un camión y nos amarraron al suelo. Por encima nuestro caminaban los soldados haciendo chistes y durante el trayecto uno de ellos hasta se permitió orinar encima de nuestras cabezas. Nos llevaron a las afueras de la ciudad y en un descampado nos quitaron las ataduras. Éramos unos veinte. “Aquí se bajan”, dijo uno de los soldaditos. “se bajan y corren”. Caí boca abajo entre las ásperas ramas de un murral y escuché los disparos. Después rugió el motor y el camión se fue alejando. Comenzaba a oscurecer y pensé que las murras serían mi morada de esa noche. Salir al camino era la muerte segura después del toque de queda. Tampoco me atreví a llamar a nadie. No sabía quiénes habían caído y quiénes estarían guareciéndose de la muerte como yo, bajo un techo de espinas mucho más cordial que el de los gimientes camarines del estadio. Lástima, Johanson, que no puedan oírme. Busqué, a pesar del temor, a la mujer del tipo rubio del estadio. Cuando llegué a su casa, una anciana me dijo que ahí no vivía, que no tenía idea de dónde viviría ni de cómo verla, pero que si deseaba dejarle un recado por si acaso… Le dije que posiblemente al esposo lo habían fusilado, y entonces la viejita cayó de rodillas y rompió a llorar. Fue en ese momento que decidí partir: me impregné de vergüenza, de asco, de miedo, y casi sin pensarlo, sin saberlo, como si una fuerza ajena a mí me inyectara energías, llegué hasta la Embajada sueca y pedí asilo. El jorobado terminó su segunda cerveza, me miró y, sin decir una palabra, se levantó de la mesa, eructó y se alejó a saltitos, con sus tres pares de zapatos golpeándole los muslos y las nalgas. Hubiera querido sobarle la joroba.

Johanson permaneció contemplándome entre atolondrado y atónito. Mis ojos siguieron a Nicodemo hasta que desapareció su imagen.

—¿Oyó alguna vez hablar de Kirlian? —me preguntó el sueco.

No, no había oído, pero sí, lo escuchaba, ya, uno de esos genios que por una jugada del azar suelen provocar enormes cambios en la historia del hombre. ¿Newton y la manzana? Bueno, algo semejante. ¿Y éste? Este había inventado, o descubierto, la fotografía de descargas luminosas, ¿me daba cuenta? No, la verdad, no mucha, ¿descargas luminosas? Sí, sí, todo cuerpo vivo emite radiaciones, ¿comprendía? Incluso la definición de la muerte cambiaría cuando se perfeccionaran los procedimientos de Kirlian, porque ajá, ¿qué me parecía que cortándole a una hoja de árbol los bordes con tijera, y electrofotografiándola, pudiera aparecer la imagen de la hoja entera, con su parte cortada inclusive? ¿Podía entenderlo? Pues si quería saber por qué me estaba diciendo eso ahora, me lo iba a explicar. Me estaba diciendo eso ahora porque algunos experimentos habían demostrado que en las fotos de las descargas luminosas que emitieron las yemas de los dedos de diversas personas, se había observado que los campos de energía de estas personas, igual que los imanes, se atraen o se repelen, ¿entendía, entendía bien? Por eso al darse la mano, dos personas se gustan a veces instintivamente, ¿no era increíble? Sí, y lo mismo quizás pudiera ocurrir con los ojos, convenciérame.

—Oiga, Johanson —le dije—. Terminemos con esto. A mí ya casi no me interesan más que las pequeñas cosas de la vida. Hubiera querido contarle de su país, de Estocolmo en invierno, de los lagos nevados, las embarcaciones por todas partes invernando gélidas, el sol de algunas mañanas y los reflejos verdes de los tejados, la tristeza conmovedora de Strandvagen cuando comienza a oscurecer, las luces iluminando desde las tres de la tarde esas callejuelas medievales de Gamla Stan, decirle muchas, muchas cosas de su patria, que de seguro hará tiempo que usted no ve. Pero tampoco me interesa, entiéndame. Me interesa la significación que pueda tener una mañana de sol, la trascendencia de un plato de ostiones, o el recuerdo persistente de una mujer muerta; quizás la música y las palabras de alguna canción que de repetida llega a perforar la conciencia: el trayecto de una mariposa, Johanson, palmotear la espalda de un jorobado para que nos llegue un poco, un poquito de suerte, como la que he tenido hoy de comer tantos ostiones, de beber tanta cerveza, ¿cuántas llevamos, Johanson?, y de conocerlo a usted. Ahora ya estoy un poco hinchado, tal vez no pueda moverme con mucha agilidad, pero hagamos un empeño, levántese usted también, el día está terminando y ya cantó el cisne, vamos, lléveme a conocer el Panteón Francés, una risa más de la hiena, quizás no sea una mala ocasión para saludar a Sibila.


[1] Alusión a un poema infantil.

[2] Alusión a la letra del Himno Nacional de Chile.

© Poli Délano: Como la hiena. En 25 años y algo más, 1985.