Recuerdo (pero, como veremos, también podría ser que no recuerde bien), un artículo buenísimo de Giorgio Manganelli en el que explicaba cómo un lector agudo puede saber que un libro no se debe leer incluso antes de abrirlo. No hablaba de esa virtud que se requiere del lector de profesión (o del aficionado con buen gusto) de poder decidir si un libro merece ser leído o no a partir de un incipit, de dos páginas abiertas al azar, del índice, a menudo de la bibliografía. Esto, diría, es solo oficio. No, Manganelli hablaba de una especie de iluminación, cuyo don se arrogaba evidente y paradójicamente.

Cómo hablar de los libros que no se han leído, de Pierre Bayard (psicoanalista y profesor universitario de literatura), no trata de cómo se puede saber si leer o no un libro, sino de cómo se puede hablar con toda tranquilidad de un libro que no se ha leído, también de profesor a estudiante, e incluso si se trata de un libro de extraordinaria importancia. Su cálculo es científico: las buenas bibliotecas recogen algunos millares de volúmenes, aun leyendo uno al día, leeríamos tan solo 365 al año, 3600 en diez años, y entre los diez y los ochenta años habríamos leído tan solo 25 200 libros. Una nimiedad. Por otra parte, cualquiera que haya tenido una buena educación de bachillerato sabe perfectamente que puede escuchar un discurso, pongamos, sobre Bandello, Guicciardini, Boiardo, numerosísimas tragedias de Alfieri e incluso Las confesiones de un italiano de Nievo con tan solo haber aprendido en la escuela el título y su encuadramiento crítico, pero sin haber leído nunca una sola línea.

El encuadramiento crítico es el punto crucial para Bayard. Este afirma sin avergonzarse que nunca ha leído el Ulises de Joyce, pero que puede hablar de él aludiendo al hecho de que retoma la Odisea (que, por lo demás, admite no haber leído nunca entera), que se basa en el monólogo interior, que se desarrolla en Dublín en una sola jornada, etcétera. De modo que escribe: «Durante mis clases me refiero con frecuencia a Joyce sin pestañear». Conocer la relación de un libro con los demás libros a menudo significa saber más del mismo que habiéndolo leído.

Bayard muestra cómo, cuando nos ponemos a leer determinados libros abandonados desde hace tiempo, nos damos cuenta de que conocemos perfectamente su contenido porque mientras tanto hemos leído otros libros que hablaban de ellos, los citaban, o se movían en el mismo orden de ideas. Y (así como lleva a cabo unos análisis muy divertidos de algunos textos literarios en los que se trata de libros jamás leídos, de Musil a Graham Greene, de Valéry a Anatole France y a David Lodge) me hace el honor de dedicarle todo un capítulo a El nombre de la rosa, en el que Guillermo de Baskerville demuestra que conoce perfectamente el contenido del segundo libro de la Poética de Aristóteles, aun tomándolo entre sus manos por primera vez justo en ese momento, sencillamente porque lo deduce de otras páginas aristotélicas. Veremos al final de esta columna que no cito este fragmento por mera vanidad.

La parte más intrigante de este libro, menos paradójico de lo que parece, es que también olvidamos un porcentaje altísimo de los libros que hemos leído de verdad; es más, nos componemos de ellos una especie de imagen virtual hecha no tanto de lo que decían, sino de lo que nos hacían imaginar. Por lo tanto, si alguien que no ha leído cierto libro nos cita algunos fragmentos o situaciones inexistentes, estamos muy dispuestos a creer que aparecían en el libro.

Lo que pasa es que (y aquí se pone de manifiesto más el psicoanalista que el profesor) a Bayard no le interesa tanto que la gente lea los libros ajenos, sino más bien el hecho de que cada lectura (o no lectura, o lectura imperfecta) debe tener una dimensión creativa, y que (con palabras más sencillas) en un libro el lector debe poner ante todo algo de su parte. Puesto que hablar de libros no leídos es una forma de conocerse a sí mismos, Bayard llega a desear una escuela donde los estudiantes «inventen» los libros que no deberán leer.

Pues bien, para demostrar que cuando se habla de un libro no leído tampoco quienes lo han leído se dan cuenta de las citas equivocadas, hacia el final de su discurso Bayard confiesa haber introducido tres noticias falsas en el resumen de El nombre de la rosa, El tercer hombre de Greene e Intercambios de Lodge. Lo divertido es que yo, al leer, me di cuenta enseguida del error sobre Greene, tuve mis dudas con respecto a Lodge, pero no me di cuenta del error relativo a mi libro. Lo cual significa que probablemente leí mal el libro de Bayard o (y tanto él como mis lectores estarían autorizados a sospecharlo) que apenas lo hojeé. Claro que lo más interesante es que Bayard no se haya dado cuenta de que, denunciando sus tres (deliberados) errores, asume de manera implícita que hay una lectura de los libros más correcta que otras, tanto que da una lectura muy minuciosa de los libros que analiza para sostener sus tesis de la no lectura. La contradicción es tan evidente que da pie a la duda de que Bayard no haya leído nunca el libro que ha escrito.

[2007]

© Umberto Eco: Sobre un libro no leído (2007). Publicado en Pape Satàn aleppe: cronache di una società liquida (De la estupidez a la locura: Crónicas para el futuro que nos espera), 2016. Traducción de Helena Lozano Miralles y Maria Pons Irazázabal.