Sinopsis: «¡Vuela, paloma!» (Pigeon, vole) es un cuento de Leonora Carrington, escrito entre 1937 y 1940 y publicado en 1986 en la colección Pigeon vole : contes retrouvés. Una pintora recibe una misteriosa invitación de un aristócrata llamado Célestin des Airlines-Drues para acudir a su remota propiedad. Un enigmático emisario la conduce a caballo a través del bosque hasta una sombría mansión donde se le encomienda retratar el cadáver de la esposa del anfitrión. Rodeada de personajes extraños y una atmósfera cargada de simbolismo surrealista, la artista inicia una obra que pronto comienza a reflejar una realidad inquietante y personal.

¡Vuela, paloma!
Leonora Carrington
(Cuento completo)
—ALGUIEN se acerca por el camino. Alguien que viene a verme, alguien a quien no conozco, aunque sólo pueda verlo de lejos.
Me asomé por el balcón y vi que la figura aumentaba rápidamente de tamaño, ya que se aproximaba a gran velocidad. Pensé que era una mujer, por su larga cabellera lacia, que caía sobre la crin del caballo. El caballo era grande, de huesos fuertes y redondeados y pelaje de ese peculiar matiz entre rosa y morado, del color de las ciruelas maduras; ese tono al que llaman ruano. De todos los animales, el caballo es el único que tiene ese color rosado.
La persona que montaba el caballo iba vestida de manera bastante desastrada, me recordaba la lana de una oveja montés. Sin embargo, los colores eran ricos, casi regios, y una camisa dorada era apenas visible entre las crenchas sueltas de lana. Si bien es cierto que al observarla de cerca la camisa estaba algo sucia y llena de agujeros, el efecto general era impresionante.
Se detuvo bajo el balcón y alzó los ojos hacia mí.
—Traigo una carta que requiere inmediata respuesta.
La voz sonaba masculina, así que me quedé con la duda, sin saber de qué sexo era.
—¿Quién eres tú? —pregunté con cautela.
—Soy Ferdinand, emisario de Célestin des Airlines-Drues.
La voz suave del jinete era incuestionablemente de hombre: un olor de heliotropos y vainilla, mezclado con sudor, llegó hasta mi nariz. Me incliné hacia él y, tomando la carta de su mano, aproveché para observar su rostro semioculto. Era muy blanco, con los labios pintados de rojo púrpura. El caballo sacudió su cuello robusto.
“Señora —decía la misiva—, tenga la bondad de ayudarme en mi honda aflicción. A cambio, se enterará de algo muy provechoso para usted. Confíe a mi emisario su honorable persona, así como sus lienzos, pinceles y todo lo que necesita para ejercer su oficio de artista. Le suplico, estimada señora, que acepte mis más profundos y sentidos respetos”. Firmado, “Célestin des Airlines-Drues”.
El papel de la carta tenía un fuerte aroma de heliotropo y estaba decorado con coronas doradas, atravesadas por plumas, espadas y ramas de olivo.
Decidí ir con el mensajero, ya que la promesa de la carta me interesó mucho, aunque nunca antes había oído hablar de Célestin des Airlines-Drues. No tardé en hallarme sentada en la ancha grupa del caballo, detrás de Ferdinand. Mi equipaje iba amarrado a la montura.
Nos dirigimos hacia el oeste, por una ruta que cruzaba una región agreste, donde abundaban extensos y oscuros bosques.
Era primavera. Del cielo plomizo y cargado cayó una lluvia tibia; el verde de los árboles y del campo era intenso. De cuando en cuando me vencía el sueño y varias veces estuve a punto de caerme del caballo, pero alcanzaba a agarrarme de la ropa lanuda de Ferdinand, quien no parecía preocuparse por mí. Iba pensando en otras cosas y cantando “Suspiros de la rosa moribunda”.
Sus pétalos fríos sobre mi corazón
Mis lágrimas ardientes no pudieron calentar
La suave piel de terciopelo de mi rosa
Ay, de mi rosa…
Estas últimas palabras me despabilaron por completo, ya que las gritó sin contemplaciones en mi oído izquierdo.
—¡Idiota! —grité, furiosa.
Ferdinand se rio suavemente. El caballo se detuvo. Habíamos llegado a un patio inmenso, a unos cientos de metros de una casona de piedra oscura y amplias proporciones. El lugar tenía un aspecto tan triste que me dieron ganas de dar media vuelta y regresar a casa. Todas las ventanas estaban tapiadas, no salía ni una voluta de humo de sus chimeneas y había cuervos posados aquí y allá en su tejado.
El patio se veía tan desierto como la casa.
Pensé que había un jardín del otro lado de la mansión, porque vi árboles y el cielo pálido a través de un portón de hierro forjado. El portón era extraño, tenía un ángel gigantesco de hierro forjado, sentado en medio de un círculo, con la cabeza echada hacia atrás en un gesto angustiado. A la derecha, en la parte superior del círculo, una pequeña ola esculpida en hierro fluía hacia la cara del ángel.
—¿Dónde estamos? —pregunté—. ¿Ya llegamos?
—Estamos en Airlines-Drues —respondió Ferdinand, luego de una pausa.
Miró hacia la casa, sin girar la cabeza. Me pareció que esperaba a alguien, algo, que sucediera alguna cosa. No se movió. El caballo estaba quieto, con la vista al frente.
De pronto comenzaron a sonar campanas: en mi vida había oído tal concierto de campanadas. El eco se propagó a nuestro alrededor, por entre los árboles, como un líquido metálico. Los cuervos del tejado, aturdidos, alzaron el vuelo.
Estaba a punto de interrogar a mi compañero de viaje, cuando una carroza tirada por cuatro caballos negros pasó junto a nosotros a gran velocidad, como una sombra fugaz. El carruaje se detuvo frente a la verja de hierro forjado y me di cuenta de que era un coche fúnebre, suntuosamente decorado con follaje y flores en relieve. Los caballos eran de la misma raza que el del heraldo, lustrosos y con silueta redondeada, pero éstos tenían un pelaje negro azulado, como la uva moscatel.
La puerta de la casa se abrió y salieron cuatro hombres cargando un féretro.
El caballo de Ferdinand comenzó a relinchar y los caballos negros contestaron, volviendo sus cabezas hacia nosotros.
Los porteadores del ataúd iban vestidos con el mismo estilo que Ferdinand, la única diferencia era el color de sus vaporosas túnicas: moradas, negras y de un profundo carmesí. Sus caras eran muy blancas e iban maquillados igual que Ferdinand. Todos tenían una cabellera larga, abundante y mal peinada, como pelucas viejas, arrumbadas en un desván durante años.
Apenas había tenido tiempo de observar todo esto, cuando Ferdinand le dio un fustazo a su caballo y salimos a todo galope por una avenida, levantando piedras y polvo detrás de nosotros.
La carrera fue tan veloz que casi no pude mirar a mi alrededor, pero tuve la impresión de que atravesábamos un bosque. Al final, Ferdinand detuvo al caballo en un claro rodeado de árboles. La tierra estaba cubierta de musgo y flores silvestres. Había un sillón a unos metros de nosotros, tapizado de terciopelo verde y malva.
—Desmonte, por favor —indicó Ferdinand—. Coloque su caballete a la sombra. ¿Tiene sed?
Contesté que sí me apetecía algo de beber y me deslicé del lomo del caballo. Ferdinand me ofreció una cantimplora que contenía un líquido muy azucarado.
—Están a punto de llegar —continuó, mirando hacia la espesura del bosque—. Pronto se ocultará el sol. Ponga su caballete aquí, donde va a pintar el retrato.
Mientras me dedicaba a instalarlo, Ferdinand le quitó la brida y la silla al caballo y se echó en la tierra, con el caballo junto a él.
El cielo se volvió rojo, amarillo y malva, luego la luz fue disminuyendo y comenzó a llover, con goterones que caían sobre mí y sobre el lienzo.
—Ya llegaron —afirmó de pronto, en voz alta.
Pronto el claro se llenó de gente que llevaba velos y lucía más o menos como los porteadores del féretro. Eran alrededor de cuarenta personas, que formaron un amplio círculo en torno de mí y de la butaca. Hablaban entre sí en voz baja y de vez en cuando alguno de ellos lanzaba una carcajada estridente.
Poco después se oyó una voz alta y clara detrás del círculo:
—Así, Gustave. No, no, no, amigo mío, más a la izquierda…
—Quién iba a pensar que fuera tan pesada —susurró otra voz—. Y eso que no estaba gorda.
Las risas sonaban como balidos de ovejas y, mirando a mi alrededor, tuve la vívida impresión de que me rodeaba un rebaño de extrañas ovejas vestidas para un tétrico ritual.
Parte del círculo se hizo a un lado, y los cuatro hombres que ya había visto entraron de espaldas, transportando el ataúd.
Un hombre alto y delgado los siguió, hablando con voz alta y clara.
—Pónganla junto al sillón. ¿Ya lo perfumaron?
—Sí, señor des Airlines-Drues, siguiendo sus órdenes.
Observé atentamente al caballero. No podía ver su cara, aunque sí distinguía una de sus blancas manos, haciendo ademanes como la trompa de un elefante. Llevaba una inmensa peluca negra, cuyos rizos tiesos caían hasta sus pies.
—¿Ya llegó la pintora?
—Sí, señor, aquí está.
—Eso veo. Ha sido muy amable, estimada señora, en honrarnos con su visita. Sea bienvenida.
Se acercó a mí y apartó los mechones que ocultaban su cara. En efecto, era la de una oveja, pero cubierta de tersa piel blanca. Sus labios negros eran muy delgados y extrañamente móviles. Le estreché la mano con cierta repugnancia, porque era demasiado suave.
—Admiro tanto su trabajo —murmuró monsieur des Airlines-Drues—. ¿Cree poder conseguir un parecido perfecto en su retrato? —dijo, señalando el ataúd, que ya estaba abierto.
Dos hombres sacaron el cadáver de una joven. Era hermosa y tenía el cabello negro, sedoso y abundante, pero su piel ya estaba fosforescente, luminosa, levemente amoratada. Me llegó cierto olor desagradable. Al ver que arrugaba la nariz involuntariamente, en la cara de monsieur des Airlines-Drues se dibujó una encantadora sonrisa de disculpa.
—Es tan difícil separarse de los restos de los seres amados… adorados —explicó—. Estaba seguro de que usted lo comprendería. Mi esposa murió hace un par de semanas, y con este clima tan húmedo y pesado que hemos tenido… —concluyó la frase con un gesto de sus bellas manos—. En suma, mi estimada señora, le ruego que sea tolerante. Ahora me voy, para que pueda concentrarse en su arte.
Saqué los colores presionando los tubos de óleo en mi paleta y comencé a pintar el retrato de madame des Airlines-Drues.
Los seres ovejunos que me rodeaban comenzaron el juego de volar palomas: “Vuela, paloma, vuela; vuela, oveja, vuela; vuela, ángel, vuela…”.
El atardecer se había vuelto interminable. La noche, que había parecido inminente, no cayó, y la luz mortecina del claro me seguía bastando para pintar. No me di cuenta sino hasta más tarde que esa luz encerrada en el círculo de árboles provenía del cuerpo de madame des Airlines-Drues. El resto del bosque estaba en completa oscuridad. Estaba tan absorta en pintar que no me di cuenta de que llevaba un buen rato a solas con la muerta.
Me sentí satisfecha con el retrato, retrocedí unos pasos para ver la composición en su conjunto. La cara del lienzo era la mía.
No daba crédito a mis ojos. Sin embargo, al comparar el modelo con el retrato, no cabía duda de su fidelidad. Mientras más miraba el cadáver, más sorprendente era el parecido con esos pálidos rasgos. Sin embargo, sobre el lienzo, el rostro era incuestionablemente el mío.
—El parecido es extraordinario; la felicito, estimada señora.
La voz de monsieur des Airlines-Drues me llegó por sobre el hombro izquierdo.
—Son exactamente las doce del día, pero en este bosque el sol no atraviesa la vegetación. Además, el arte es magia que disuelve las horas, de modo que un día parece un instante, ¿no es así, mi querida señora? ¿Cree poder terminar el retrato sin modelo? Como usted comprenderá, mi pobre esposa lleva muerta tres semanas. Debe ansiar el bien merecido reposo… No es frecuente que alguien deba trabajar incluso tres semanas después de su propio fallecimiento.
Dejó escapar una risilla para subrayar su chiste.
—Puedo ofrecerle una habitación agradable y bien iluminada en Airlines-Drues. Permítame llevarla en mi coche.
Seguí a la enorme peluca ambulante como una sonámbula.
El estudio era una amplia habitación, con un enorme armario que ocupaba la pared del fondo. La habitación había sido lujosa alguna vez, pero las colgaduras de seda bordada estaban ahora desgarradas y llenas de polvo, los muebles delicadamente tallados ya estaban rotos y la hoja de oro se había desconchado en varios sitios. Varios caballetes de gran tamaño, en forma de cisnes o sirenas, se alzaban aquí y allá, como esqueletos de otros seres. Las arañas habían tejido sus telas entre ellos, dando al estudio un aspecto fosilizado.
—Éste es el estudio de madame des Airlines-Drues. Aquí fue donde murió.
Me puse a curiosear en el armario, en el que se amontonaba gran cantidad de prendas de vestir, pelucas y zapatos viejos en total desorden. Parecían elegantes disfraces y algunos me recordaron al circo.
—Seguramente jugaba a disfrazarse cuando estaba sola en su estudio; se dice que le gustaba actuar.
Entre mis interesantes descubrimientos, no fue menor el de su diario, encuadernado en terciopelo verde. Llevaba su nombre en la primera página, escrito con una letra cuidada, pero curiosamente infantil: “Agathe des Airlines-Drues. Favor de respetar este libro, su contenido está destinado únicamente a Eleanor”. Y al pie su firma.
Comencé a leer.
Querida Eleanor:
Cuánto vas a llorar cuando leas este cuaderno. He perfumado sus páginas con pachulí, para que me recuerdes más. Nuestros recuerdos más intensos son de perfumes y olores. A pesar de todo, pensar en eso me alegra y me gustaría que lloraras mucho.
Hoy es mi cumpleaños y, por supuesto, también el tuyo. Qué divertido que seamos de la misma edad. Me encantaría verte, pero ya que no es posible, te contaré todo en este diario, todo. (¡Dios mío, si Célestin pudiera oírme!). El matrimonio, por supuesto, es algo espantoso; sobre todo el mío. Mi madre me escribió: “Estoy tejiendo algunas cositas para ti, o más bien para alguien muy cercano a ti, mi niña. Para una criaturita que seguramente no tardará en llegar”.
¡Ay, Eleanor, primero tendré un hijo de una de las sillas en mi estudio que de Célestin! Imagínate que en mi noche de bodas me acosté en la enorme cama con dosel y cortinas de color rosa ácido. Al cabo de más de media hora, la puerta se abrió y vi una aparición: un ser vestido con plumas blancas y alas de ángel. Me dije: “Seguramente me voy a morir, porque aquí viene el Ángel de la Muerte”.
El ángel era Célestin.
Se desvistió y tiró su traje emplumado al piso. Estaba desnudo. Si las plumas eran blancas, su piel lo era todavía más, de un blanco cegador. Creo que se lo había pintado con pigmentos fosforescentes, porque brillaba como la luna. Llevaba medias azules con rayas rojas.
—¿No te parezco hermoso? —preguntó—. Dicen que lo soy.
Yo estaba demasiado fascinada para contestar.
—Mi querida Agathe —continuó, mirando su imagen en el espejo —, como ves, ya no estás entre campesinos… (Aquí me llaman “madam”).
Volvió a ponerse sus plumas y alas. De repente sentí mucho frío y los dientes me castañeteaban.
Y ahora, pon atención, Eleanor: mientras más miraba a Célestin, más ligero me parecía, ligero como una pluma. Empezó a caminar por la habitación de una manera extraña. Sus pies parecían rozar cada vez menos el suelo. Luego comenzó a deslizarse desde la puerta hasta el pasillo. Me levanté y fui corriendo hasta la puerta. Célestin se desvaneció en la oscuridad… Sus pies ya no tocaban el piso… Estoy absolutamente segura de lo que te cuento. Batía sus alas muy lentamente, pero… ¡ya ves cómo arrancó mi matrimonio!
No vi a Célestin durante una semana. Ni a nadie más, excepto un viejo sirviente, llamado Gastón, que me traía de comer, siempre cosas dulces. Me la pasaba en mi estudio, donde he seguido viviendo desde entonces. Estoy tan triste, Eleanor, tan triste, que mi cuerpo se ha vuelto transparente de tantas lágrimas que he derramado. ¿Es posible disolverse en agua sin dejar rastro? Estoy sola tanto tiempo que he desarrollado una especie de enamoramiento de mi imagen en el espejo. Pero, Eleanor, lo peor de todo es que últimamente me cuesta cada vez más verme en el espejo. Sí, es horrible, pero es verdad. Cuando me miro en el espejo, mi cara se ve borrosa. Y creo… no, estoy segura de que puedo ver los objetos que están detrás de mí a través de mi cuerpo.
Ahora mismo estoy llorando tanto que no puedo ver la página en la que escribo. Cada día, Eleanor, me desvanezco un poco más, aunque nunca me ha gustado más ver mi rostro. Trato de pintar mi retrato, para tenerme cerca un poco más, ¿entiendes? Pero no puedo, me eludo.
Y hay algo más: los objetos a mi alrededor se están volviendo terriblemente claros y vívidos, mucho más vivos que yo. Comprenderás que esté asustada. Mira, las sillas en esta habitación son muy viejas, igual que los demás muebles. Pues la semana pasada vi un pequeño brote verde en una de estas viejas sillas, como los que aparecen en los árboles al llegar la primavera. Y ahora… es horrible: ¡el brote se ha convertido en una hoja, Eleanor!
Unos días más tarde:
El estudio está lleno de brotes. Todos los muebles tienen yemas verdes, muchas sillas tienen ya hojas, frágiles hojitas de un verde tierno. Es absurdo ver salir esas hojas jóvenes de unos muebles tan viejos y polvorientos.
Vino Célestin. No se dio cuenta de nada, pero tomó mi cara entre sus manos tan suaves… demasiado suaves. Y dijo:
—Siempre serás una niña, Agathe. Mírame, soy un jovenzuelo, ¿no crees? —luego se levantó y se echó a reír, con una aguda carcajada—. ¿Haces funciones teatrales para ti sola?
Eso no es cierto, Eleanor… Solamente me pongo disfraces para hacerme más sólida, más sustancial, para no… ya sabes lo que iba a decir.
—Agathe, cuando eras pequeña, ¿alguna vez jugaste vuela, paloma, vuela? —Célestin me hizo esa extraña pregunta mientras se miraba en el espejo. Le respondí que era un juego que me divertía mucho de niña.
Para entonces, la habitación se había llenado de extraños seres vestidos como ovejas. Pero estaban desnudos, Eleanor, sus ropas no eran más que lana. Todos eran hombres, pintados como rameras.
—Los corderos de Dios —dijo Célestin.
Nos sentamos en torno a una mesa redonda, y de pronto aparecieron unos veinte pares de manos por entre los mechones de pelo. Noté sus uñas barnizadas, pero muy sucias. Las manos eran pálidas y grisáceas.
Todo eso no fue más que una impresión momentánea, pues yo no tenía ojos más que para las manos de Célestin. Te juro, Eleanor, que sus manos chorreaban de humedad, y eran tan, pero tan suaves, y tenían un color muy peculiar, como de madreperla. Él también se miraba las manos, con una sonrisa secreta.
—¡Vuela, paloma, vuela! —gritó, y todas las manos se elevaron, agitándose como si fueran alas. Mis manos también aletearon.
—¡Vuela, oveja, vuela! —exclamó Célestin, y las manos se estremecieron sobre la mesa, pero no se levantaron.
—¡Vuela, ángel, vuela!
Hasta ese momento, nadie cometió un error.
De pronto, la voz de Célestin se elevó en un grito agudo y terrible.
—¡Vuela, Célestin, vuela!
Eleanor, querida Eleanor, sus manos…
El diario de Agathe se interrumpía bruscamente en ese punto.
Me volví hacia su retrato: el lienzo estaba en blanco. No me atreví a mirar mi cara en el espejo. Sabía lo que iba a ver: ¡mis manos estaban tan frías!
FIN
(1937-1940)
