Las lunas de Júpiter

Alice Munro

The New Yorker, 22 de mayo de 1978

Traducción: Juan Pablo Guevara para Lecturia

35 min de lectura
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Sinopsis: «Las lunas de Júpiter» (The Moons of Jupiter) es un cuento de la escritora canadiense Alice Munro, publicado el 22 de mayo de 1978 en la revista The New Yorker y luego recogido en el libro The Moons of Jupiter (1982). Una mujer viaja a Toronto para acompañar a su padre, internado en el hospital por una grave afección cardíaca que podría requerir una cirugía. Mientras intenta lidiar con la enfermedad de su padre, la protagonista recuerda episodios de su vida familiar, reflexiona sobre la relación con sus hijas y enfrenta la dificultad de aceptar la fragilidad de quienes ama.

Alice Munro - Las lunas de Júpiter

Las lunas de Júpiter

Alice Munro
(Cuento completo)

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Encontré a mi padre en el ala de cardiología, en el octavo piso del Hospital General de Toronto. Estaba en una habitación semiprivada. La otra cama estaba vacía. Dijo que su seguro hospitalario solo cubría una cama en el pabellón general, y que le preocupaba que le pudieran cobrar un suplemento.

—Yo no pedí una semiprivada —dijo.

Le dije que probablemente los pabellones estuvieran llenos.

—No. Vi algunas camas vacías cuando me llevaban en la silla de ruedas.

—Entonces habrá sido porque te tenían que conectar a esa cosa —le dije—. No te preocupes. Si te van a cobrar un suplemento, te lo dicen.

—Seguramente sea eso —dijo—. No van a querer esos aparatos en los pabellones. Supongo que eso estará cubierto.

Le dije que seguramente sí.

Tenía cables pegados al pecho. Una pequeña pantalla colgaba sobre su cabeza. En la pantalla, una línea brillante y dentada se iba trazando continuamente. El trazado iba acompañado de un nervioso pitido electrónico. El comportamiento de su corazón estaba a la vista. Intenté ignorarlo. Me parecía que prestarle tanta atención —escenificar, de hecho, lo que debería ser la más secreta de las actividades— era buscar problemas. Cualquier cosa expuesta de ese modo era propensa a descontrolarse y volverse loca.

A mi padre no parecía importarle. Dijo que lo tenían con tranquilizantes. «Ya sabes —dijo—, las pastillas de la felicidad». Parecía tranquilo y optimista.

La noche anterior había sido otra historia. Cuando lo traje al hospital, a la sala de urgencias, estaba pálido y callado. Abrió la puerta del auto, se puso de pie y dijo en voz baja:

—Será mejor que me consigas una de esas sillas de ruedas.

Usaba la voz que siempre ponía en las crisis. Una vez, nuestra chimenea se incendió; era domingo por la tarde y yo estaba en el comedor sujetando con alfileres un vestido que estaba confeccionando. Entró y dijo con aquella misma voz tranquila y de advertencia:

—Janet, ¿sabes dónde hay bicarbonato?

Lo quería para echarlo al fuego. Después dijo:

—Supongo que fue culpa tuya… coser en domingo.

Tuve que esperar más de una hora en la sala de espera de urgencias. Llamaron a un especialista del corazón que estaba en el hospital, un hombre joven. Me hizo salir al pasillo y me explicó que una de las válvulas del corazón de mi padre se había deteriorado tanto que había que operarlo de inmediato.

Le pregunté qué pasaría si no.

—Tendría que quedarse en cama —dijo el médico.

—¿Cuánto tiempo?

—Quizá tres meses.

—Quise decir, ¿cuánto tiempo vivirá?

—Eso es lo que yo también quise decir —dijo el doctor.

Fui a ver a mi padre. Estaba sentado en la cama, en un rincón separado por cortinas.

—Es grave, ¿verdad? —me dijo—. ¿Te habló de la válvula?

—No es tan grave como podría ser —le dije. Luego repetí, e incluso exageré, todo lo esperanzador que el doctor hubiera dicho—. No estás en peligro inmediato. Tu condición física es buena, por lo demás.

—Por lo demás —dijo mi padre, sombrío.

Yo estaba cansada de haber manejado todo el camino hasta Dalgleish para ir a recogerlo, y de vuelta a Toronto desde el mediodía, preocupada por devolver el auto rentado a tiempo, e irritada por un artículo que había estado leyendo en una revista en la sala de espera. Era sobre otra escritora, una mujer más joven, más bonita y probablemente con más talento que yo. Había estado en Inglaterra durante dos meses, así que no había visto antes ese artículo, pero mientras lo leía se me cruzó por la cabeza que mi padre sí lo habría visto. Podía oírlo diciendo: «Bueno, no vi nada sobre ti en Maclean’s». Y si hubiera leído algo sobre mí diría: «Bueno, no me pareció gran cosa ese reportaje». Su tono sería festivo e indulgente, pero produciría en mí una familiar desolación. El mensaje que recibía de él era sencillo: hay que luchar por conseguir la fama y luego pedir perdón por ella. La consigas o no, tú tendrás la culpa.

No me sorprendieron las noticias del doctor. Estaba preparada para oír algo así y estaba satisfecha conmigo misma por tomármelo con calma, del mismo modo que estaría satisfecha conmigo misma por curar una herida o por asomarme desde el frágil balcón de un edificio alto. Pensé: «Sí, ya es hora; algo tenía que pasar, aquí está». No sentí la protesta que habría sentido veinte, incluso diez años antes. Cuando vi por la cara de mi padre que él sí la sentía, que el rechazo le brotaba tan prontamente como si hubiera sido treinta o cuarenta años más joven, mi corazón se endureció, y hablé con una especie de apremiante alegría.

—Por lo demás estás de maravilla —dije.


Al día siguiente volvía a ser él mismo.

Así es como yo lo habría expresado. Dijo que ahora le parecía que el joven, el doctor, quizá había estado demasiado ansioso por operar.

—Un poco aficionado al bisturí —dijo. Se estaba burlando y a la vez presumiendo de jerga hospitalaria. Dijo que otro doctor lo había examinado, un hombre mayor, y le había dado su opinión de que el reposo y la medicación podrían resolver el problema.

Yo no pregunté qué problema.

—Dice que tengo una válvula defectuosa, sin duda. Hay daño, eso está claro. Querían saber si tuve fiebre reumática de niño. Les dije que no creía. Pero en aquella época la mitad de las veces no te diagnosticaban lo que tenías. Mi padre no era de los que iban a buscar al doctor.

El recuerdo de la infancia de mi padre, que yo siempre me había imaginado sombría y peligrosa —la granja pobre, las hermanas atemorizadas, el padre severo—, me hizo sentirme menos resignada ante su muerte. Pensé en él escapándose para ir a trabajar en los barcos del lago, corriendo por las vías del tren hacia Goderich, a la luz del atardecer. Solía contar aquel viaje. En algún lugar de la vía encontró un membrillero. Los membrilleros son raros en nuestra zona del país; de hecho, no he visto nunca ninguno. Ni siquiera el que encontró mi padre, aunque una vez nos llevó de excursión para ir a buscarlo. Pensó que conocía el cruce cerca del que estaba, pero no pudimos encontrarlo. No había podido comer la fruta, desde luego, pero le había impresionado su existencia. Le hizo pensar que había llegado a una parte nueva del mundo.

El niño fugado, el sobreviviente, un anciano atrapado aquí por su corazón averiado. No seguí con esos pensamientos. No quería pensar en sus versiones más jóvenes. Incluso su torso desnudo, grueso y blanco —tenía el cuerpo de un trabajador de su generación, rara vez expuesto al sol— era un peligro para mí; se veía tan fuerte y joven. El cuello arrugado, las manos y los brazos con manchas de la edad, la cabeza estrecha y distinguida, con su pelo fino y canoso y su bigote, se parecían más a lo que yo estaba acostumbrada.

—¿Y para qué quiero que me operen? —decía mi padre razonablemente—. Piensa en el riesgo a mi edad, ¿y para qué? Unos cuantos años como máximo. Creo que lo mejor que puedo hacer es irme a casa y tomármelo con calma. Rendirme con elegancia. Es todo lo que se puede hacer a mi edad. La actitud de uno cambia, ¿sabes? Se pasa por transformaciones mentales. Parece más natural.

—¿Qué cosa? —le pregunté.

—Bueno, la muerte. No hay nada más natural que eso. No, a lo que me refiero, en concreto, es a no operarme.

—¿Eso te parece más natural?

—Sí.

—Es tu decisión —le dije, pero en el fondo lo aprobaba. Era lo que habría esperado de él. Siempre que hablaba de mi padre con la gente subrayaba su independencia, su autosuficiencia, su entereza. Trabajaba en una fábrica, trabajaba en su jardín, leía libros de historia. Podía hablar de los emperadores romanos o de las guerras de los Balcanes. Nunca se quejaba.


Judith, mi hija menor, había ido a buscarme al aeropuerto de Toronto dos días antes. Había ido con el muchacho con el que estaba viviendo, que se llamaba Don. Se iban a México por la mañana, y mientras yo estuviera en Toronto me quedaría en su departamento. Por ahora vivo en Vancouver. A veces digo que tengo mi base de operaciones en Vancouver.

—¿Dónde está Nichola? —pregunté, pensando de inmediato en un accidente o en una sobredosis. Nichola es mi hija mayor. Había sido estudiante del Conservatorio, después se hizo mesera en un bar, después se quedó sin trabajo. Si hubiera estado en el aeropuerto, probablemente yo habría dicho algo inoportuno. Le habría preguntado cuáles eran sus planes y ella se habría echado el pelo hacia atrás con elegancia y habría dicho: «¿Planes?», como si fuera una palabra que yo hubiera inventado.

—Sabía que lo primero que ibas a preguntar sería por Nichola —dijo Judith.

—No es así. Dije hola y…

—Vamos por tu maleta —dijo Don en tono neutral.

—¿Está bien?

—Seguro que sí —dijo Judith con un fingido aire de diversión—. No pondrías esa cara si fuera yo la que no estuviera aquí.

—Claro que sí.

—No es cierto. Nichola es la bebé de la familia. Y tiene cuatro años más que yo, ¿sabes?

—Algo que yo debería saber.

Judith dijo que no sabía exactamente dónde estaba Nichola. Dijo que se había mudado de su departamento (¡ese basurero!) y que incluso había llamado por teléfono —lo cual ya es mucho, tratándose de Nichola— para decir que quería estar incomunicada un tiempo, pero que estaba bien.

—Le dije que te ibas a preocupar —dijo Judith con más amabilidad, camino de la camioneta. Don iba adelante, cargando mi maleta—. Pero no te preocupes. Está bien, créeme.

La presencia de Don me incomodaba. No me gustaba que oyera estas cosas. Pensé en las conversaciones que habrían tenido, Judith y Don. O Don, Judith y Nichola, porque Nichola y Judith a veces se llevaban bien. O Don, Judith, Nichola y otros cuyos nombres yo ni siquiera conocía. Habrían hablado de mí. Judith y Nichola intercambiando impresiones, contando anécdotas; analizando, lamentando, culpando, perdonando. Ojalá hubiera tenido un hijo y una hija. O dos hijos varones. Ellos no habrían hecho eso. Los varones no podrían saber tanto de una.

Yo hacía lo mismo a esa edad. Cuando tenía la edad que tiene ahora Judith hablaba con mis amigas en la cafetería de la universidad, o por la noche, tomando café en nuestros cuartos baratos. Cuando tenía la edad que ahora tiene Nichola, la tenía a ella en un moisés, o retorciéndose en mi regazo, y tomaba café otra vez todas las tardes lluviosas de Vancouver con mi única amiga del barrio, Ruth Boudreau, que leía mucho y estaba tan desconcertada por su situación como yo. Hablábamos de nuestros padres, de nuestras infancias, aunque durante un tiempo evitamos hablar de nuestros matrimonios. Con cuánta minuciosidad analizábamos a nuestros padres y madres, deplorábamos sus matrimonios, sus ambiciones equivocadas o su miedo a la ambición, con qué soltura los archivábamos, los definíamos más allá de toda posibilidad de cambio. Qué presunción.

Observé a Don caminando adelante. Un muchacho alto y de aspecto ascético, con el cabello oscuro cortado a lo franciscano y una delgada franja de barba. ¿Qué derecho tenía a oír hablar de mí, a saber cosas que probablemente yo misma había olvidado? Decidí que su barba y su peinado eran afectados.

Una vez, cuando mis hijas eran pequeñas, mi padre me dijo:

—¿Sabes? Esos años en que crecías, bueno, son solo una especie de mancha borrosa para mí. No puedo distinguir un año de otro.

Me ofendí. Yo recordaba cada año por separado con dolor y nitidez. Podría haber dicho la edad que tenía cuando iba a ver los vestidos de noche en el escaparate de Benbow’s Ladies’ Wear. Cada semana, durante todo el invierno, un vestido nuevo, iluminado: las lentejuelas y el tul, el rosa, el lila, el zafiro, el amarillo narciso, y yo, una adoradora helada en la banqueta enlodada. Podría haber dicho la edad que tenía cuando falsifiqué la firma de mi madre en una boleta de malas calificaciones, cuando tuve sarampión, cuando empapelamos la sala. Pero los años en que Judith y Nichola eran pequeñas, cuando vivía con su padre… sí, borroso sería la palabra adecuada. Recuerdo tender pañales, recogerlos y doblarlos; puedo recordar las cocinas de dos casas y dónde estaba el cesto de la ropa. Recuerdo los programas de televisión: Popeye el marino, Los tres chiflados, Funorama. Cuando empezaba Funorama era la hora de prender la luz y preparar la cena. Pero no podía distinguir los años. Vivíamos en las afueras de Vancouver en un suburbio dormitorio: Dormir, Dormitorio, Dormilón… algo así. Entonces estaba siempre soñolienta; el embarazo me daba sueño, y alimentar de noche al bebé, y la lluvia de la costa oeste cayendo sin parar. Cedros oscuros goteando, laureles brillantes goteando; las esposas bostezando, durmiendo siestas, haciendo visitas, tomando café y doblando pañales; los maridos llegando a casa por la noche desde la ciudad al otro lado del agua. Cada noche le daba un beso a mi marido cuando llegaba con su Burberry mojado y esperaba que pudiera despertarme; servía carne y papas y una de las cuatro verduras que él permitía. Comía con un apetito feroz, y después se quedaba dormido en el sofá de la sala. Nos habíamos convertido en una pareja de caricatura, más avejentados a los veintitantos de lo que estaríamos en la madurez.

Esos años torpes son los años que nuestras hijas recordarán toda su vida. Rincones de los patios que yo nunca visité permanecerán en sus cabezas.

—¿No quería verme Nichola? —le pregunté a Judith.

—La mitad del tiempo no quiere ver a nadie —dijo. Judith se adelantó y tocó el brazo de Don. Yo conocía ese gesto: una disculpa, una nerviosa forma de dar seguridad. Tocas a un hombre así para recordarle que estás agradecida, que te das cuenta de que está haciendo por ti algo que lo aburre o que pone ligeramente en riesgo su dignidad. Ver a mi hija tocar a un hombre —a un muchacho— de ese modo me hacía sentir más vieja de lo que me habrían hecho sentir los nietos. Sentí su triste nerviosismo, pude anticipar sus dóciles atenciones. Mi hija franca y robusta, rubia y directa. ¿Por qué iba a pensar que no sería vulnerable, que siempre sería frontal, de paso firme, segura de sí misma? Igual que voy por ahí diciendo que Nichola es astuta y solitaria, fría, seductora. Mucha gente debe saber cosas que contradirían lo que yo digo.

Por la mañana Don y Judith partieron hacia México. Decidí que quería ver a alguien que no fuera de mi familia y que no esperara nada en particular de mí. Llamé a un antiguo amante, pero me atendió una contestadora: «Habla Tom Shepherd. Estaré fuera de la ciudad durante el mes de septiembre. Por favor, deje su mensaje, nombre y número de teléfono».

La voz de Tom sonaba tan agradable y familiar que abrí la boca para preguntarle qué significaba ese disparate. Después colgué. Me sentí como si me hubiera fallado a propósito, como si hubiéramos quedado en encontrarnos en un lugar público y él no se hubiera presentado. Recordé que una vez lo había hecho.

Me serví un vaso de vermut, aunque todavía no era mediodía, y llamé a mi padre.

—¡Vaya! —dijo—. Quince minutos más y no me encuentras.

—¿Ibas al centro?

—Al centro de Toronto.

Me explicó que iba al hospital. Su médico en Dalgleish quería que los médicos de Toronto lo examinaran, y le había dado una carta para que la mostrara en la sala de urgencias.

—¿En la sala de urgencias? —dije.

—No es una urgencia. Parece que él cree que esa es la mejor forma de hacerlo. Conoce a alguien allí. Si me tuviera que dar una cita, podría tardar semanas.

—¿Sabe tu médico que piensas manejar hasta Toronto? —le pregunté.

—Bueno, no me dijo que no pudiera.

El resultado de todo esto fue que renté un auto, manejé hasta Dalgleish, traje a mi padre de vuelta a Toronto y a las siete de la tarde estaba con él en la sala de urgencias.

Antes de que Judith se fuera le dije:

—¿Estás segura de que Nichola sabe que me quedo aquí?

—Se lo dije —me contestó.

A veces sonaba el teléfono, pero siempre era algún amigo de Judith.


—Bueno, parece que me la voy a hacer —dijo mi padre. Aquello fue el cuarto día. Había dado un giro completo de un día para otro—. Parece que más vale que sí.

No sabía qué quería que le dijera. Pensé que quizá esperaba de mí una protesta, un intento de disuadirlo.

—¿Cuándo la harán? —pregunté.

—Pasado mañana.

Le dije que iba al baño. Fui hasta la estación de enfermeras y encontré a una mujer que me pareció la enfermera jefa. En todo caso, tenía el pelo canoso, era amable y de aspecto serio.

—¿Van a operar a mi padre pasado mañana? —le pregunté.

—Sí.

—Solo quería hablar con alguien al respecto. Creí que se había llegado a una especie de decisión de que era mejor no hacerlo. Pensé que por su edad.

—Bueno, es determinación de él y del doctor —me sonrió sin condescendencia—. Es difícil tomar estas decisiones.

—¿Cómo salieron sus exámenes?

—No los he visto todos.

Yo estaba segura de que sí los había visto. Al cabo de un momento dijo:

—Hay que ser realistas, pero los doctores aquí son muy buenos.

Cuando volví a la habitación mi padre dijo, con voz sorprendida:

—Mares sin orillas.

—¿Qué? —dije.

Me pregunté si se habría enterado de cuánto, o de qué poco tiempo podía esperar vivir. Me pregunté si las pastillas le habían provocado una euforia engañosa. O si había querido apostar. Una vez, hablándome de su vida, me dijo: «El problema era que siempre tuve miedo de arriesgarme».

Yo solía decirle a la gente que él nunca hablaba con pesar de su vida, pero no era cierto. Lo que pasaba era que yo no lo escuchaba. Decía que debería haberse alistado en el ejército con un oficio, que le habría ido mejor. Decía que debería haberse independizado, como carpintero, después de la guerra. Debería haberse ido de Dalgleish. Una vez dijo: «¿Una vida desperdiciada, eh?». Pero se estaba burlando de sí mismo al decir aquello, porque era algo muy dramático de decir. También cuando recitaba poesía tenía siempre una nota burlona en la voz, para disculpar la exhibición y el placer.

—Mares sin orillas —repitió—. «Detrás de él las grises Azores, / detrás las Puertas de Hércules; / delante ni el fantasma de una orilla, / delante solo mares sin orillas». Eso era lo que me daba vueltas en la cabeza anoche. Pero ¿crees que podía recordar qué clase de mares? No podía. ¿Mares solitarios? ¿Mares vacíos? Iba por buen camino, pero no daba con la palabra. Pero ahora, cuando entraste a la habitación y no estaba pensando en ello, la palabra me vino a la cabeza. Siempre pasa lo mismo, ¿verdad? No es tan sorprendente. Le hago una pregunta a mi mente. La respuesta está ahí, pero no puedo ver todas las conexiones que mi mente está haciendo para llegar a ella. Como una computadora. Nada fuera de lo común. Lo que pasa, ¿sabes?, es que en mi situación, si hay algo que no puedes explicar de inmediato, hay una gran tentación de… bueno, de convertirlo en un misterio. Hay una gran tentación de creer en… ya sabes.

—¿El alma? —dije, con ligereza, sintiendo un terrible arrebato de amor y de identificación.

—Supongo que se le puede llamar así. ¿Sabes?, cuando llegué a esta habitación había un montón de periódicos junto a la cama. Alguien los había dejado ahí, de esos tabloides en los que nunca me había fijado. Empecé a leerlos. Leo cualquier cosa que tenga a mano. Había una serie sobre experiencias personales de gente que había muerto, médicamente hablando —paro cardíaco, en la mayoría de los casos— y que había vuelto a la vida. Era lo que recordaban del tiempo en que estuvieron muertos. Sus experiencias.

—¿Agradables o no? —le dije.

—Agradables. Sí, sí. Flotaban hasta el techo y miraban hacia abajo y se veían a sí mismos y veían a los doctores trabajando en ellos, en sus cuerpos. Luego flotaban un poco más y reconocían a algunas personas que habían conocido y que habían muerto antes que ellos. No es que las vieran exactamente, sino que era algo así como percibirlas. A veces había un zumbido y a veces una especie de… ¿cómo se llama esa luz o ese color que hay alrededor de una persona?

—¿Aura?

—Sí, pero sin la persona. Eso era casi todo lo que les daba tiempo de experimentar; luego se encontraban de nuevo en el cuerpo, sintiendo el dolor mortal y todo eso, devueltos a la vida.

—¿Parecía… convincente?

—No sé. Todo depende de si quieres creer en esa clase de cosas o no. Y si vas a creerlas, a tomártelas en serio, me parece que tienes que tomarte en serio todo lo demás que publican esos periódicos.

—¿Qué más publican?

—Basura: curas para el cáncer, curas para la calvicie, quejas sobre la generación joven y los mantenidos del gobierno. Tonterías de estrellas de cine.

—Ah, sí, ya sé.

—En mi situación hay que estar alerta —dijo—, o empiezas a hacerte trampas a ti mismo.

Luego dijo:

—Hay unos cuantos detalles prácticos que deberíamos dejar en orden —y me habló de su testamento, de la casa, del lote en el cementerio. Todo era sencillo.

—¿Quieres que llame a Peggy? —le pregunté. Peggy es mi hermana. Está casada con un astrónomo y vive en Victoria.

Se lo pensó.

—Supongo que deberíamos contarles —dijo al fin—. Pero diles que no se alarmen.

—De acuerdo.

—No, espera un momento. Sam tiene que ir a una conferencia a fines de esta semana, y Peggy estaba pensando en acompañarlo. No quiero que se pongan a dudar si cambiar de planes.

—¿Dónde es la conferencia?

—En Ámsterdam —dijo con orgullo. Se enorgullecía de verdad de Sam, y estaba al tanto de sus libros y artículos. Agarraba uno y decía: «¡Mira esto! ¡Yo no entiendo ni una palabra!», con una voz maravillada que, sin embargo, dejaba entrever un asomo de burla.

—El profesor Sam —decía—. Y los tres pequeños Sams.

Así llamaba a sus nietos, que se parecían a su padre en inteligencia y en un empuje casi entrañable, un inocente y enérgico afán de lucirse. Iban a una escuela privada que favorecía la disciplina anticuada y empezaba con cálculo en quinto grado.

—Y los perros —podía seguir enumerando—, que fueron a una escuela de obediencia. Y Peggy…

Pero si yo decía: «¿Crees que ella también fue a una escuela de obediencia?», no seguía con el juego. Imagino que cuando estaba con Sam y Peggy hablaba de mí del mismo modo: aludía a mi ligereza igual que aludía a la pesadez de ellos, hacía bromas suaves a mi costa, no ocultaba del todo su asombro (o fingía no ocultarlo) de que la gente pagara dinero por cosas que yo había escrito. Tenía que hacer esto para no parecer nunca que presumía, pero ponía un freno cuando las bromas se volvían demasiado pesadas. Y, por supuesto, después encontré en la casa cosas mías que había guardado: unas cuantas revistas, recortes de periódico, cosas por las que yo nunca me había preocupado.

En ese momento sus pensamientos fueron de la familia de Peggy a la mía.

—¿Has sabido algo de Judith? —preguntó.

—Todavía no.

—Bueno, es pronto aún. ¿Iban a dormir en la camioneta?

—Sí.

—Supongo que es bastante seguro, si paran en los lugares adecuados.

Sabía que tenía que decir algo más y sabía que lo diría en forma de broma.

—Supongo que pondrán una tabla en medio, como los pioneros.

Yo sonreí, pero no respondí.

—Entiendo que no tienes objeciones.

—No —le dije.

—Bien, yo siempre pensé lo mismo. No te metas en los asuntos de tus hijos. Yo intenté no decir nada. Nunca dije nada cuando dejaste a Richard.

—¿Qué quieres decir con «no dijiste nada»? ¿Criticar?

—No era asunto mío.

—No.

—Pero eso no quiere decir que me haya gustado.

Me sorprendí, no solo por lo que decía, sino porque sintiera que tenía algún derecho, incluso ahora, a decirlo. Tuve que mirar por la ventana, al tráfico de abajo, para controlarme.

—Solo quería que lo supieras —añadió.

Hace mucho tiempo me dijo, con su manera suave:

—Es curioso. La primera vez que vi a Richard me recordó lo que mi padre solía decir. Decía: «Si ese tipo fuera la mitad de inteligente de lo que cree que es, sería el doble de inteligente de lo que es en realidad».

Me volví para recordarle aquello, pero me encontré mirando la línea que iba trazando su corazón. No era que algo pareciera andar mal, que hubiera alguna diferencia en los pitidos y los puntos. Pero ahí estaba.

Él vio adónde miraba.

—Ventaja desleal —dijo.

—Lo es —le respondí—. A mí también van a tener que conectarme.

Nos reímos, nos dimos un beso formal y me fui. Al menos no me había preguntado por Nichola, pensé.


La tarde siguiente no fui al hospital, porque a mi padre le estaban haciendo más exámenes para prepararlo para la operación. Iría a verlo por la noche. Me descubrí deambulando por las tiendas de ropa de Bloor Street, probándome cosas. Una preocupación por la moda y por mi propia apariencia me había caído encima como una jaqueca furiosa. Miraba a las mujeres en la calle, la ropa en las tiendas, tratando de descubrir cómo podría llevar a cabo una transformación, qué tendría que comprar. Reconocía la obsesión por lo que era, pero me costaba sacudírmela. He oído a personas decir que esperando noticias de vida o muerte se quedaron frente a un refrigerador abierto comiendo lo que encontraran: papas hervidas frías, salsa picante, recipientes de crema batida. O que no pudieron dejar de hacer crucigramas. La atención se concentra en algo —alguna distracción—, se aferra, se vuelve fanáticamente seria. Revolví prendas en los percheros, me las probé en probadores pequeños y calurosos, frente a espejos crueles. Sudaba; una o dos veces creí que me iba a desmayar. De vuelta en la calle, pensé que debía alejarme de Bloor Street, y decidí ir al museo.

Recordé otra ocasión, en Vancouver. Fue cuando Nichola iba al jardín de niños y Judith era un bebé. Nichola había ido al médico por un resfriado, o quizá para un examen de rutina, y el análisis de sangre reveló algo en sus glóbulos blancos: o que había demasiados o que estaban agrandados. El doctor pidió más análisis y yo llevé a Nichola al hospital para que se los hicieran. Nadie mencionó la leucemia, pero yo sabía, por supuesto, lo que estaban buscando. Cuando llevé a Nichola de vuelta a casa le pedí a la niñera que había estado con Judith que se quedara por la tarde, y me fui de compras. Me compré el vestido más atrevido que haya tenido nunca, una especie de funda de seda negra con algún arreglo de cordones en el frente. Recuerdo aquella radiante tarde de primavera, los zapatos de tacón alto en la tienda departamental, la ropa interior con estampado de leopardo.

También recuerdo la vuelta a casa desde el Hospital St. Paul por el puente Lions Gate en el autobús repleto, llevando a Nichola sobre mis rodillas. De pronto recordó el nombre que le daba de chiquita al puente y me susurró: «Pente, po el pente». No evité tocar a mi hija —Nichola era esbelta y grácil incluso entonces, con una espalda bonita y un cabello oscuro y fino—, pero me di cuenta de que la estaba tocando de manera distinta, aunque no creía que pudiera detectarse. Había un cuidado —no exactamente un retraimiento, sino un cuidado— por no sentir demasiado. Vi cómo las formas del amor podían mantenerse con una persona condenada, pero con el amor en realidad medido y disciplinado, porque hay que sobrevivir. Podía hacerse de forma tan discreta que el objeto de ese cuidado no sospecharía, del mismo modo que tampoco sospecharía la sentencia de muerte misma. Nichola no sabía, no lo sabría. Le llegarían juguetes y besos y bromas; nunca lo sabría, aunque a mí me preocupaba que sintiera el viento colándose por las grietas de las vacaciones inventadas, de los días normales inventados. Pero todo estuvo bien. Nichola no tenía leucemia. Creció, seguía viva, y probablemente feliz. Incomunicada.

No se me ocurría nada del museo que quisiera ver realmente, así que lo pasé de largo y fui al planetario. Nunca había estado en uno. La función iba a empezar en diez minutos. Entré, compré un boleto, me formé en la fila. Había toda una clase de escolares, quizá dos, con profesores y madres voluntarias pastoreándolos. Miré alrededor para ver si había otros adultos sueltos. Solo uno: un hombre con la cara roja y los ojos hinchados, que parecía estar ahí para evitar irse a un bar.

Adentro, nos sentamos en asientos maravillosamente cómodos, reclinados hacia atrás de modo que quedabas en una especie de hamaca, con la atención dirigida hacia la bóveda del techo, que pronto se volvió azul oscuro, con un tenue borde de luz alrededor. Había una música espléndida e imponente. Los adultos iban mandando callar a los niños, tratando de que dejaran de hacer crujir sus bolsas de papas fritas. Entonces la voz de un hombre, una voz profesional y elocuente, comenzó a hablar despacio, saliendo de las paredes. La voz me recordó un poco a la manera en que los locutores de radio solían presentar una pieza de música clásica o describir el avance de la familia real hacia la abadía de Westminster en una de sus ceremonias. Había un leve efecto de eco.

El techo oscuro se iba llenando de estrellas. No salían todas a la vez, sino una tras otra, como las estrellas salen realmente de noche, aunque más rápido. Apareció la Vía Láctea, se fue acercando; las estrellas nadaban hacia el fulgor y seguían avanzando, desapareciendo más allá de los bordes de la pantalla celeste, o detrás de mi cabeza. Mientras el torrente de luz continuaba, la voz presentaba los hechos asombrosos. «A unos cuantos años luz —anunciaba—, el sol aparece como una estrella brillante, y los planetas no son visibles. A unas cuantas docenas de años luz, el sol tampoco es visible, a simple vista. Y esa distancia, unas cuantas docenas de años luz, es solo aproximadamente la milésima parte de la distancia del sol al centro de nuestra galaxia, una galaxia que a su vez contiene unos doscientos mil millones de soles. Y es, a su vez, una entre millones, quizá miles de millones, de galaxias». Repeticiones innumerables, variaciones innumerables. Todo esto pasaba también por mi cabeza, como bolas de fuego.

Luego se abandonaba el realismo en favor del artificio familiar. Un modelo del sistema solar daba vueltas con su elegante estilo. Un bichito brillante despegaba de la Tierra, dirigiéndose hacia Júpiter. Obligué a mi mente esquiva y encogida a tomar nota de los hechos. La masa de Júpiter, dos veces y media la de todos los demás planetas juntos. La Gran Mancha Roja. Las trece lunas. Más allá de Júpiter, una mirada a la excéntrica órbita de Plutón, los helados anillos de Saturno. De vuelta en la Tierra y acercándonos al caliente y deslumbrante Venus. Presión atmosférica, noventa veces la nuestra. Mercurio, sin lunas, que rota tres veces mientras da dos vueltas alrededor del sol; un arreglo extraño, no tan satisfactorio como lo que nos decían antes: que rotaba una vez por cada vuelta alrededor del sol. Sin oscuridad perpetua, después de todo. ¿Por qué nos dieron una información tan segura para anunciarnos después que estaba equivocada? Finalmente, la imagen ya familiar de las revistas: el suelo rojo de Marte, el exuberante cielo rosado.

Cuando terminó la función me quedé en mi asiento mientras los niños trepaban por encima de mí sin hacer ningún comentario sobre lo que acababan de ver o de oír. Estaban molestando a sus cuidadores pidiéndoles algo de comer y más entretenimiento. Se había hecho un esfuerzo por captar su atención, por apartarla de los refrescos y las papas fritas y fijarla en las cosas conocidas y desconocidas y en las inmensidades horribles, y parecía haber fracasado. Algo bueno, pensé. Los niños tienen una inmunidad natural, la mayoría de ellos, y no hay que alterarla. En cuanto a los adultos que lo lamentarían, los que habían montado aquel espectáculo, ¿no eran ellos mismos inmunes hasta el punto de que podían añadir los efectos de eco, la música, la solemnidad de iglesia, simulando la reverencia que suponían que ellos mismos debían sentir? Reverencia… ¿qué se suponía que era eso? ¿Un escalofrío al mirar por la ventana? Una vez que se sabía lo que era, nadie iba a andar buscándola.

Llegaron dos hombres con escobas a barrer lo que el público había dejado. Me dijeron que la siguiente función empezaría en cuarenta minutos. Mientras tanto, tenía que salir.


—Fui a la función del planetario —le dije a mi padre—. Fue muy emocionante… sobre el sistema solar. —Pensé en la palabra tan tonta que había usado: «emocionante»—. Es como un templo un poco de mentiras —añadí.

Él ya estaba hablando:

—Recuerdo cuando descubrieron Plutón. Exactamente donde pensaban que tenía que estar. Mercurio, Venus, Tierra, Marte —recitó—, Júpiter, Saturno, Nept… no, Urano, Neptuno, Plutón. ¿Es así?

—Sí —dije. Me alegraba de que no hubiera oído lo que dije del templo de mentiras. Lo dije para ser sincera, pero sonaba superficial y pretencioso—. Dime las lunas de Júpiter.

—No me sé las nuevas. Hay un montón de nuevas, ¿verdad?

—Dos. Pero no son nuevas.

—Nuevas para nosotros —dijo mi padre—. Te has puesto muy respondona ahora que me van a meter el cuchillo.

—«Meter el cuchillo». Qué expresión.

Esa noche no estaba en la cama; era su última noche. Lo habían desconectado de sus aparatos y estaba sentado en una silla junto a la ventana. Tenía las piernas descubiertas y llevaba una bata del hospital, pero no se le veía cohibido ni fuera de lugar. Se le veía pensativo y de buen humor, un anfitrión afable.

—Ni siquiera has dicho las antiguas —le dije.

—Dame tiempo. Galileo les puso nombre. Ío.

—Ya es un comienzo.

—Las lunas de Júpiter fueron los primeros cuerpos celestes descubiertos con el telescopio —dijo con gravedad, como si pudiera ver la frase en un libro antiguo—. No fue Galileo quien les puso nombre, tampoco; fue un alemán. Ío, Europa, Ganímedes, Calisto. Ahí las tienes.

—Sí.

—Ío y Europa eran novias de Júpiter, ¿verdad? Ganímedes era un muchacho. ¿Un pastor? No sé quién era Calisto.

—Creo que también era una novia —le dije—. La esposa de Júpiter, Juno, la convirtió en una osa y la colocó en el cielo. La Osa Mayor y la Osa Menor. La Osa Menor era su cría.

El altavoz dijo que era la hora de que las visitas se marcharan.

—Te veré cuando salgas de la anestesia —le dije.

—Sí.

Cuando llegué a la puerta me llamó:

—Ganímedes no era ningún pastor. Era el copero de Júpiter.

Cuando salí del planetario esa tarde, había atravesado el museo hasta el jardín chino. Vi de nuevo los camellos de piedra, los guerreros, la tumba. Me senté en una banca mirando hacia Bloor Street. A través de los arbustos de hoja perenne y la alta reja de hierro observé a la gente pasar a la luz de la tarde. La función del planetario había logrado lo que yo quería, después de todo: me había calmado, me había dejado vacía. Vi a una chica que me recordó a Nichola. Llevaba una gabardina y una bolsa del supermercado. Era más baja que Nichola —realmente no se parecía mucho a ella—, pero pensé que podría ver a Nichola. Estaría caminando por alguna calle quizá no lejos de ahí, cargada, preocupada, sola. Era ahora una de las personas adultas del mundo, una más entre los compradores volviendo a casa.

Si llegara a verla, pensé, me quedaría sentada mirando, nada más. Me sentía como una de aquellas personas que habían flotado hasta el techo, disfrutando de una breve muerte. Un alivio, mientras dure. Mi padre había elegido y Nichola había elegido. Algún día, probablemente pronto, sabría de ella, pero daba igual.

Quise levantarme e ir hasta la tumba, para ver las tallas en relieve, los grabados en piedra, que la rodean por completo. Siempre me propongo mirarlas y nunca lo hago. Tampoco esta vez. Empezaba a hacer frío, así que entré a tomar un café y a comer algo antes de volver al hospital.

FIN

Alice Munro - Las lunas de Júpiter
  • Autor: Alice Munro
  • Título: Las lunas de Júpiter
  • Título Original: The Moons of Jupiter
  • Publicado en: The New Yorker, 22 de mayo de 1978
  • Aparece en: The Moons of Jupiter (1982)
  • Traducción: Juan Pablo Guevara para Lecturia

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