Estoy en Puertomarte sin Hilda

Isaac Asimov

Venture Science Fiction Magazine, noviembre de 1957

Traducción: Juan Pablo Guevara para Lecturia

29 min de lectura
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Sinopsis: «Estoy en Puertomarte sin Hilda» (I’m in Marsport Without Hilda) es un cuento del escritor estadounidense Isaac Asimov, publicado en noviembre de 1957 en Venture Science Fiction Magazine y luego recogido en el libro Asimov’s Mysteries (1968). Max, agente del Servicio Galáctico, llega a Puertomarte para una escala de tres días antes de volver a la Tierra. La ocasión parece perfecta: su esposa Hilda no podrá acompañarlo, y él queda libre para llamar a Flora, una antigua amante. Pero justo cuando todo parece encaminarse hacia el ansiado encuentro, Rog Crinton, funcionario del Servicio en Marte, le encarga una misión urgente: descubrir cuál de tres importantes pasajeros transporta un peligroso contrabando capaz de amenazar los viajes espaciales.

Isaac Asimov - Estoy en Puertomarte sin Hilda

Estoy en Puertomarte sin Hilda

Isaac Asimov
(Cuento completo)

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Para empezar, todo se fue dando como en un sueño. No tuve que tomar disposición alguna. No tuve que mover un dedo. Me limité a ver cómo iban resultando las cosas. Quizá fue justo entonces cuando debí haber olido la catástrofe.

Empezó con mi acostumbrado mes de descanso entre dos misiones. Un mes de trabajo y un mes de descanso es la rutina correcta y apropiada del Servicio Galáctico. Llegué a Puertomarte para la habitual escala de tres días antes del corto salto a la Tierra.

Generalmente, Hilda, que Dios la bendiga, la esposa más dulce que pueda tener jamás un hombre, estaría allí esperándome y pasaríamos un rato tranquilo y recatado: un agradable interludio para los dos. El único inconveniente es que Puertomarte es el antro más alborotado y endemoniado del sistema, y un agradable interludio no es exactamente lo que encaja allí. Pero, ¿cómo le explico eso a Hilda, eh?

Y bueno, esta vez mi suegra —que Dios la bendiga a ella, para variar— se enfermó justo dos días antes de que yo llegara a Puertomarte; y la noche antes del aterrizaje recibí un espaciograma de Hilda diciéndome que se quedaría en la Tierra con su madre y que esta vez no vendría a recibirme.

Le envié de regreso mi cariñoso pesar y mi febril preocupación por la salud de su madre; y cuando aterricé, allí estaba yo:

¡Estaba en Puertomarte sin Hilda!

Eso todavía no era nada, entiéndanme. Era apenas el marco del cuadro, los huesos de la mujer. Ahora venía el asunto de los trazos y los colores dentro del marco; la piel y la carne sobre los huesos.

Así que llamé a Flora —la Flora de ciertos episodios excepcionales del pasado— y para ello usé una cabina de video. Al diablo con el gasto: a toda máquina.

Me daba a mí mismo diez a uno a que estaría fuera, a que estaría ocupada con el videófono desconectado, a que estaría muerta, incluso.

Pero estaba, con el videófono conectado y muy lejos de estar muerta.

Tenía mejor aspecto que nunca. Como dijo no recuerdo quién, los años no marchitan ni la costumbre apaga su infinita variedad. Y la bata que llevaba puesta —o más bien, que casi no llevaba puesta— ayudaba bastante.

¿Se alegraba de verme? Chilló:

—¡Max! Cuántos años.

—Lo sé, Flora, pero ya estoy aquí, si estás libre. Porque adivina: estoy en Puertomarte sin Hilda.

Volvió a chillar.

—¡Qué maravilla! Entonces, vente para acá.

Me quedé un poco boquiabierto. Era demasiado.

—¿Quieres decir que estás libre?

Tienen que entender: Flora nunca estaba libre sin un buen aviso por adelantado. Era una mujer cotizada.

Dijo:

—Ay, tengo un compromisillo de poca monta, Max, pero ya me encargo yo de eso. Vente para acá.

—Voy —dije, feliz.

Flora era la clase de chica… En fin, les cuento: tenía sus habitaciones bajo gravedad marciana, 0,4 de la normal terrestre. El aparato para liberarla del campo de pseudogravedad de Puertomarte era caro, claro, pero les diré, dicho sea de paso, que valía la pena, y a ella no le costaba nada pagarlo. Si alguna vez han tenido a una chica entre los brazos a 0,4 ges, no necesitan explicación. Si no, ninguna explicación les servirá. Y los compadezco.

Eso sí que es flotar entre nubes…

Y atención: la chica tiene que saber manejar la baja gravedad. Flora sabía. De mí no voy a hablar, entiéndanme; pero Flora no era de las que llamaban a gritos para que uno corriera a verla y rompiera compromisos previos sólo porque no tuviera nada mejor que hacer. A Flora nunca le faltaba qué hacer.

Corté la comunicación, y solo la perspectiva de verlo todo en carne y hueso —¡y vaya carne!— pudo hacerme borrar la imagen con tanta presteza. Salí de la cabina.

Y en ese punto, en ese punto preciso, en esa fracción exacta de tiempo, me llegó el primer tufillo a catástrofe.

Ese primer tufillo no era otro que la cabeza pelada de ese asqueroso Rog Crinton, de las oficinas de Marte, que brillaba por encima de un rostro lleno de ojos azul pálido, tez amarillo pálido y bigote castaño pálido. Era el mismo Rog Crinton, con cierta vena eslava entre sus antepasados, a quien la mitad de la gente que andaba en el campo creía que tenía un segundo nombre que sonaba algo así como Hijoeperra.

No me molesté en ponerme a gatas y darme con la frente contra el suelo, porque mis vacaciones habían empezado en el momento en que bajé de la nave.

Le dije, con apenas la cortesía justa:

—¿Qué demonios quieres? Tengo prisa. Tengo una cita.

—La cita la tienes conmigo —respondió—. Tengo un trabajito para ti.

Me reí y le dije con todo el detalle anatómico necesario dónde podía meterse el trabajito, y le ofrecí prestarle un mazo para ayudarse.

—Es mi mes libre, amigo —dije.

—Alerta roja de emergencia, amigo —contestó.

Lo cual significaba: nada de vacaciones, así de simple. No podía creerlo.

—Vamos, Rog —dije—. Ten corazón. Yo también tengo mi propia alerta de emergencia.

—Nada parecido a esto.

—Rog —supliqué—, ¿no puedes mandar a otro? ¿A cualquier otro?

—Eres el único agente Clase A en Marte.

—Manda a buscar a uno en la Tierra, entonces. En el cuartel general apilan agentes como si fueran micropilas.

—Esto tiene que estar hecho antes de las once de la noche. ¿Cuál es el problema? ¿No tienes tres horas?

Me agarré la cabeza. El muchacho no entendía nada.

—Déjame hacer una llamada, ¿quieres?

Volví a meterme en la cabina, le clavé la mirada y dije:

—¡En privado!

Flora apareció de nuevo en la pantalla, como un espejismo en un asteroide.

—¿Pasa algo, Max? No me digas que pasa algo. Cancelé mi otro compromiso.

—Flora, nena, voy a ir. Voy a ir. Pero surgió algo.

Hizo la pregunta natural en un tono herido, y le respondí:

No. No es otra chica. Estando tú en la misma ciudad, no se fabrican otras chicas. Hembras, tal vez. Chicas, no. ¡Nena! ¡Cariño! Es trabajo. Espérame. No tardará nada.

—Está bien —dijo, pero lo dijo con un tono que no sonaba del todo a «está bien», lo suficiente para darme escalofríos.

Salí de la cabina y dije:

—Muy bien, Rog Hijoeperra, ¿qué clase de lío tienes preparado para mí?


Fuimos al bar del puerto espacial y nos metimos en un reservado aislado. Me dijo:

—El Gigante de Antares llega de Sirio en exactamente media hora, a las ocho de la noche, hora local.

—Bien.

—Bajarán tres hombres, entre otros pasajeros, y esperarán al Devorador del Espacio, que llega de la Tierra a las once y sale luego rumbo a Capella. Los tres hombres subirán al Devorador del Espacio y a partir de ahí estarán fuera de nuestra jurisdicción.

—¿Y…?

—Así que entre las ocho y las once estarán en una sala de espera especial y tú estarás con ellos. Tengo una imagen tridimensional de cada uno para que sepas quiénes son y cuál es cuál. Tienes de las ocho a las once para averiguar cuál de ellos lleva el contrabando.

—¿Qué clase de contrabando?

—De la peor. Espaciolina alterada.

—¿Espaciolina alterada?

Me había agarrado desprevenido. Yo sabía qué era la espaciolina. Si han hecho algún salto espacial, ustedes también lo saben. Y si nunca han salido de la Tierra, el dato escueto es que todo el mundo la necesita en su primer viaje espacial; casi todo el mundo la necesita durante la primera docena de viajes; muchos la necesitan en cada viaje. Sin ella hay vértigo asociado a la caída libre, terrores que hacen gritar, psicosis casi permanentes. Con ella no hay nada; nada importa. Y no produce hábito; no tiene efectos secundarios adversos. La espaciolina es ideal, esencial, insustituible. En caso de duda, tomen espaciolina.

Rog dijo:

—Eso es: espaciolina alterada. Mediante una simple reacción que puede llevarse a cabo en el sótano de cualquiera, puede transformarse químicamente en una droga capaz de provocar un subidón colosal y de convertirse en tu vicio azul celeste desde la primera vez. Está a la altura de los alcaloides más peligrosos que conocemos.

—¿Y apenas ahora nos enteramos?

—No. El Servicio lo sabe desde hace años, y hemos impedido que otros se enteren aplastando cada descubrimiento. Ahora, sin embargo, el descubrimiento ha ido demasiado lejos.

—¿En qué sentido?

—Uno de los hombres que harán escala en este puerto espacial lleva cierta cantidad de espaciolina alterada encima. Los químicos del sistema de Capella, que está fuera de la Federación, la analizarán y montarán métodos para sintetizar más. Después de eso, o nos toca pelear contra la peor amenaza de drogas que jamás hayamos visto, o suprimimos el problema suprimiendo la fuente.

—Te refieres a la espaciolina.

—Exacto. Y si suprimimos la espaciolina, suprimimos los viajes espaciales.

Decidí ir directo al grano.

—¿Cuál de los tres la lleva?

Rog sonrió con maldad.

—Si lo supiéramos, ¿para qué te necesitaríamos? A ti te toca averiguar cuál de los tres.

—¿Me llamas para un miserable trabajo de cacheo?

—Toca al equivocado y te arriesgas a un corte de pelo a la altura de la laringe. Cada uno de los tres es un peso pesado en su propio planeta. Uno es Edward Harponaster; otro es Joaquín Lipsky; y el tercero es Andiamo Ferrucci. ¿Bien?

Tenía razón. Yo había oído hablar de los tres. Lo más probable es que ustedes también. Gente importante, muy importante, y a ninguno se le podía tocar sin pruebas previas.

—¿Alguno de ellos se metería en un asunto sucio como…?

—Hay billones en juego —dijo Rog—, lo cual significa que cualquiera de los tres lo haría. Y uno de ellos lo hizo, porque Jack Hawk llegó hasta ese punto antes de que lo mataran…

—¿Jack Hawk está muerto?

—Sí, y uno de esos tipos arregló el asesinato. Ahora tú averiguas cuál. Si señalas al correcto antes de las once, hay un ascenso, un aumento de sueldo, una venganza por el pobre Jack Hawk y un rescate de la Galaxia. Si señalas al equivocado, va a haber un feo incidente interestelar y tú vas a salir volando a la calle, y además vas a estar en todas las listas negras desde aquí hasta Antares, ida y vuelta.

—¿Y si no señalo a nadie? —pregunté.

—Para el Servicio, sería igual que señalar al equivocado.

—Tengo que señalar a alguien, pero solo al correcto, ¿o me cortan la cabeza?

—En rebanadas finas. Empiezas a entenderme, Max.

En toda una larga vida poniendo cara fea, Rog Crinton nunca había tenido cara más fea. El único consuelo que sacaba de mirarlo era saber que él también estaba casado, y que vivía con su esposa en Puertomarte el año entero. ¡Y vaya si se lo merecía! Tal vez sea duro con él, pero se lo merece.

Apenas perdí de vista a Rog, llamé enseguida a Flora.

—¿Y? —dijo. Las costuras magnéticas de su bata estaban abiertas en su justa medida, y su voz sonaba tan estremecedoramente suave como ella se veía.

—Nena, cariño, es algo de lo que no puedo hablar, pero tengo que hacerlo, ¿entiendes? Aguántame, lo termino y voy, aunque tenga que cruzar a nado el Gran Canal hasta el casquete polar en calzoncillos, ¿sí? Aunque tenga que arrancar a Fobos del cielo. Aunque tenga que cortarme en pedazos y mandarme a mí mismo por encomienda postal.

—Vaya —dijo ella—, si yo hubiera sabido que iba a tener que esperar…

Hice una mueca. No era ni por asomo de las que responden a la poesía. En realidad, era una simple criatura de acción…

…pero, después de todo, si yo iba a estar flotando en baja gravedad en un mar de perfume de jazmín con Flora, la sensibilidad poética no era precisamente la cualidad que consideraría más indispensable.

Le dije con urgencia:

—Aguántame, Flora. No tardo nada. Te lo voy a compensar.


Estaba molesto, claro, pero todavía no estaba preocupado. Apenas me había dejado Rog cuando ya tenía pensado exactamente cómo iba a distinguir al culpable de los otros.

Era fácil. Debí haber llamado a Rog para contárselo, pero no hay ley que prohíba querer la guinda del pastel y el oxígeno en el aire. Me tomaría cinco minutos y después saldría disparado a ver a Flora; un poco tarde, tal vez, pero con un ascenso, un aumento y un beso baboso del Servicio en cada mejilla.

Verán, la cosa es así. Los grandes industriales no andan saltando mucho por el espacio; usan recepción por transvideo. Cuando van a alguna conferencia interestelar de altísimo nivel, como probablemente iban estos tres, toman espaciolina. Por un lado, no tienen suficientes saltos en su haber como para arriesgarse a viajar sin ella. Por otro, la espaciolina era la manera cara de hacerlo, y los industriales hacen las cosas siempre del modo más caro. Yo conozco su psicología.

Eso valía para dos de ellos. Pero el que llevaba el contrabando no podía arriesgarse con la espaciolina, ni siquiera a costa de exponerse al mareo espacial. Bajo el efecto de la espaciolina podía tirar la droga, o regalarla, o ponerse a hablar de ella sin sentido. Tenía que mantenerse en control de sí mismo.

Era tan simple como eso.

El Gigante de Antares llegó puntual. Trajeron primero a Lipsky. Tenía labios gruesos y rojizos, mejillas redondas, cejas muy oscuras y un pelo que apenas empezaba a encanecer. Solo me miró y se sentó. Nada.

Estaba bajo los efectos de la espaciolina.

Le dije:

—Buenas noches, señor.

Con voz soñadora, respondió:

—Surrealismus de Panamí corazones a tres por cuatro tiempos para una taza de cafelibertad de palabra.

Eso era espaciolina pura y dura. Los resortes de la mente humana se soltaban y oscilaban en libertad. Cada sílaba sugería la siguiente por libre asociación.

Andiamo Ferrucci entró a continuación. Bigote negro, largo y encerado, tez aceitunada, cara picada de viruela.

Se sentó.

Le pregunté:

—¿Buen viaje?

Dijo:

—Viaje fantástico de luces clavo el reloj cantando crece la planta del pájaro.

Lipsky agregó:

—Pájaro a buen entendedor pocas palabras bastantes lugares de todo el mundo.

Sonreí. Solo quedaba Harponaster. Tenía la pistola de agujas oculta, bien disimulada en la palma de la mano, y la espiral magnética lista para sujetarlo.

Y entonces entró Harponaster. Era flaco, curtido y, aunque casi calvo, considerablemente más joven de lo que parecía en su imagen tridimensional. Y estaba espaciolinado hasta las orejas.

—¡Demonios! —dije.

Harponaster dijo:

—Demoniaca nota de discurso en su última vez que vi madera me lo dijo.

Ferrucci dijo:

—Siembra la semilla el territorio en disputa hace bien en venir-a-mí mí ruiseñor cantando de noche.

Lipsky dijo:

—Noches de juerga saltando bolitas de pingüino.

Pasé la mirada de uno a otro mientras el disparate iba menguando en ráfagas cada vez más cortas, hasta el silencio.

Capté la jugada, claro. Uno de ellos estaba fingiendo. Había pensado por adelantado y se había dado cuenta de que no tomar espaciolina lo delataría. Tal vez había sobornado a un funcionario para que le inyectaran solución salina, o se las había arreglado de algún otro modo.

Uno de ellos estaba fingiendo. No era difícil fingirlo. Los comediantes de la subetérea solían tener sketches sobre la espaciolina como número fijo. Era asombrosa la cantidad de libertades que podían tomarse así con el código moral. Ustedes los habrán oído.

Me los quedé mirando y sentí el primer pinchazo en la base del cráneo que me decía: ¿y si no señalas al correcto?

Eran las ocho y media, y allí estaba en juego mi trabajo, mi reputación y mi cabeza, que empezaba a sentirse floja sobre el cuello. Lo dejé todo para después y pensé en Flora. No me iba a esperar eternamente. Es más, lo más probable es que no me esperara ni media hora.

Me pregunté: ¿podría el farsante mantener la asociación libre si lo empujaba con suavidad a un terreno peligroso?

—Aquel señor lleva una hermosa toga —dije, alargando la última palabra de modo que sonara como «droga».

Lipsky:

—Droga por debajo del do re mi fa sol que hay que salvar.

Ferrucci dijo:

—Salvar a un corte de pelo por encima del rebaño común algo así como unicornicursi como Kansas alto como mi rodilla.

Harponaster dijo:

—Rodillazo ni el viento ni la nieve detienen al correo por siempre jamás efervescencia sentido y sensibilisubibaja.

Lipsky dijo:

—Bajada de trapos al río.

Ferrucci dijo:

—Riofrescante.

Harponaster dijo:

—Tantemente.

Hubo unos cuantos gruñidos más y se apagaron.

Probé otra vez, sin olvidarme de tener cuidado. Iban a recordar después todo lo que yo dijera, y lo que yo dijera tenía que ser inofensivo. Dije:

—Esta es una endemoniada línea espacial.

Ferrucci dijo:

—Líneas y tigres y elefantes en colinas de las praderas y los perros ladran al guau-guau-guau…

Lo interrumpí, mirando a Harponaster:

—Una endemoniada línea espacial.

—Lineal en la cama y descansa una pequeña ovejita negra del mal camino al tender la ropa un día perfecto.

Volví a interrumpir, fulminando con la mirada a Lipsky:

—Buena línea espacial.

—Lineal está caliente el chocolate no va a ser lo mismo contigo en la tele y duplico la apuesta y papa y talón.

Otro dijo:

—Talonea al enfermo y al sano y el vino blanco baila en distancia.

—Tancia con la hora de comer.

—Mermelada.

—Ladrón.

—Drones.

—Ones.

Lo intenté unas cuantas veces más y no llegué a nada. El farsante, fuera quien fuera, había practicado o tenía un talento natural para hablar por libre asociación. Estaba desconectando el cerebro y dejando que las palabras le salieran de cualquier manera. Y debía estar inspirado por saber exactamente qué buscaba yo. Si «droga» no lo había delatado, «línea espacial» repetida tres veces tenía que haberlo hecho. Yo estaba a salvo con los otros dos, pero él lo sabría.

Y se estaba divirtiendo conmigo. Los tres estaban diciendo frases que podían apuntar a una culpa profunda: «sol que hay que salvar», «pequeña ovejita negra del mal camino», «droga», y así sucesivamente. Dos lo decían sin remedio, al azar. El tercero se estaba divirtiendo.

Entonces, ¿cómo encontraba al tercero? Sentía un febril estremecimiento de odio contra él, y los dedos me temblaban. El muy desgraciado estaba subvirtiendo la Galaxia. Y peor aún: me estaba apartando de Flora.

Podía acercarme a cada uno y empezar a registrarlo. Los dos que estaban verdaderamente bajo el efecto de la espaciolina no harían el menor movimiento para detenerme. No podían sentir emoción alguna, ni miedo, ni ansiedad, ni odio, ni pasión, ni deseo de defenderse. Y si uno hacía el más mínimo gesto de resistencia, ya tendría a mi hombre.

Pero los inocentes lo recordarían después.

Suspiré. Si lo intentaba, atrapaba al criminal, eso seguro, pero después yo iba a quedar hecho picadillo como ningún hombre lo hubiera estado jamás. Habría sacudón en el Servicio, un escándalo del ancho de la Galaxia, y con la conmoción y el desorden el secreto de la espaciolina alterada se filtraría de todos modos, así que para qué.

Por supuesto, podía ser que el primero al que tocara fuera justo el que buscaba. Una posibilidad entre tres. Tendría una entre tres y solo Dios puede hacer un tres.

Maldita sea, algo los había puesto en marcha mientras yo murmuraba para mis adentros, y la espaciolina es contagiotabaco y violín y oh… Miré desesperado el reloj y los ojos se me clavaron en las nueve y cuarto. ¿Adónde diablos se iba el tiempo?

¡Oh, qué horror; oh, qué desastre; oh, Flora!


No tenía alternativa. Me dirigí a la cabina para hacer otra rápida llamada a Flora. Solo una rápida, entiéndanme, para mantener la cosa viva, suponiendo que no estuviera ya muerta.

Me iba repitiendo: no va a contestar.

Trataba de prepararme para eso. Había otras chicas, había otras… Diablos, no había otras chicas.

Si Hilda hubiera estado en Puertomarte, en primer lugar nunca se me habría cruzado Flora por la cabeza, y no habría tenido la menor importancia. Pero estaba en Puertomarte sin Hilda, y había concertado una cita con Flora; Flora y un cuerpo modelado con puñados rebosantes de todo lo que era suave, fragante y firme; Flora y una habitación de baja gravedad y un modo de moverse que hacía sentir como una caída libre a través de un océano cálido y respirable de merengue con sabor a champaña… La señal seguía y seguía sonando y yo no me atrevía a colgar. ¡Contesta! ¡Contesta!

Contestó.

—¡Eres ! —dijo.

—Por supuesto, dulzura, ¿quién más iba a ser?

—Un montón de gente. Alguien que sí viniera.

—Es solo un detallito de trabajo, cariño.

—¿Qué trabajo? ¿Plastones pa’ quién?

Casi le corrijo la pronunciación, pero me preguntaba qué era esto de los plastones.

Entonces me acordé. Una vez le dije que era vendedor de plastón. ¡Aquella vez le llevé un camisón de plastón que era un primor! Solo de pensarlo ya me dolía donde no necesitaba más dolores.

Le dije:

—Mira, dame otra media hora apenas…

Se le humedecieron los ojos.

—Estoy aquí sentada, completamente sola.

—Te lo voy a compensar.

Para que vean lo desesperado que me estaba poniendo: ya empezaba a pensar en términos que solo podían terminar en la joyería, aunque un mordisco considerable a la cuenta bancaria saltaría a la vista penetrante de Hilda como la Nebulosa Cabeza de Caballo recortada contra la Vía Láctea.

Ella dijo:

—Tenía una cita estupenda y la cancelé.

Protesté:

—Tú dijiste que era un compromisillo de poca monta.

Fue un error. Lo supe en el mismo instante en que lo dije.

Chilló:

¡Compromisillo de poca monta!

Eso era lo que ella había dicho. Pero tener la verdad de tu lado solo empeora las cosas cuando discutes con una mujer. ¡Si lo sabré yo!

—¡Llamas así a un hombre que me ha prometido una hacienda en la Tierra…!

Y siguió y siguió con lo de la hacienda en la Tierra. No había chica en Puertomarte que no estuviera maniobrando para conseguir una hacienda en la Tierra, y las que la conseguían se podían contar con el sexto dedo de cualquier mano. Pero la esperanza brota eterna en el pecho humano, y Flora tenía sitio de sobra para que le brotara.

Traté de cortarla. Le metí tantas mieles y bebés que parecía que cada abeja del planeta Tierra estaba embarazada.

No sirvió.

Al final dijo:

—Y aquí estoy yo completamente sola, sin nadie, ¿y qué te crees que va a hacerle eso a mi reputación?

Y cortó la comunicación.

Bueno, tenía razón. Me sentí el peor canalla de la Galaxia. Si llegaba a correr la voz de que la habían dejado plantada, también correría la voz de que era plantable, de que estaba perdiendo su antiguo encanto.

Una cosa así puede arruinar a una chica.


Volví a la sala de espera. Un subalterno apostado junto a la puerta me hizo un saludo al entrar.

Miré a los tres industriales y especulé sobre el orden en el que estrangularía lentamente a cada uno hasta matarlo, si tan solo me dieran la orden de estrangular. Harponaster primero, tal vez. Tenía un cuello flaco y fibroso que los dedos podrían rodear sin problema, y una nuez puntiaguda contra la cual los pulgares podrían encontrar buen apoyo.

Eso me animó infinitesimalmente, hasta el punto de murmurar «¡Caray!», de puro anhelo.

Lo cual los puso en marcha de inmediato. Ferrucci dijo:

—Caray ya ya araña sube por el caño cae la nieve a estornudo limpio…

Harponaster, el del cuello flacuchento, agregó:

—Limpios y sobrinos no quieren al gato matrero callejero.

Lipsky dijo:

—Jeroglífico ganado para embarque entrando al tramo final son buena carnada y tomó tomado.

—Tomatío anterior pasaje un rato.

—Rato de bestias oh recen.

—Rezos hasta Chicago.

—Goloso.

—Soterrado.

—Terrible.

—Ble.

Después, nada.

Se quedaron mirándome. Yo me los quedé mirando. Estaban vacíos de emoción —o al menos lo estaban dos— y yo estaba vacío de ideas. Y el tiempo pasaba.

Me los quedé mirando un rato más y pensé en Flora. Se me ocurrió que no tenía nada que perder que ya no hubiera perdido. Bien podía ponerme a hablar de ella.

Dije:

—Caballeros, hay una chica en esta ciudad cuyo nombre no voy a mencionar para no comprometerla. Permítanme describírsela, caballeros.

Y se la describí. Y aunque sea yo quien lo diga, las dos horas anteriores me habían aguzado hasta el filo sutil de un campo de fuerza, de modo que la descripción de Flora cobró una especie de poesía que parecía manar de algún manantial de fuerza masculina en el fondo del subsuelo de mi inconsciente.

Y ellos seguían sentados, congelados, casi como si estuvieran escuchando, casi sin interrumpir. Las personas bajo el efecto de la espaciolina tienen una especie de cortesía. No hablan cuando otro está hablando. Por eso van por turnos.

A veces, claro, hacía una pausa porque lo conmovedor del tema me obligaba a demorarme, y entonces alguno podía meter unas palabras antes de que yo lograra recomponerme y seguir.

—Picnic rosado de champañas y dolencias y amargura del cofre del siglo.

—Rodea esto y/o aquello arenosas playas.

—Asalto y pimienta nena dormida leopardo.

Los acallé con mi voz y seguí hablando.

—Esta joven dama, caballeros —dije—, tiene un departamento equipado para baja gravedad. Ahora bien, ustedes podrán preguntarse para qué sirve la baja gravedad. Pienso decírselo, caballeros, porque si nunca han tenido ocasión de pasar una velada tranquila con una prima donna de Puertomarte en privado, no se lo pueden ni imaginar…

Pero traté de hacer innecesario que se lo imaginaran: por la manera en que lo iba contando, era como si estuvieran ahí. Iban a recordar todo esto después, pero dudaba mucho de que ninguno de los dos inocentes fuera a objetarlo en retrospectiva. Lo más probable era que terminaran buscándome para pedirme un número de teléfono.

Seguí en lo mismo, con amoroso y cuidadoso detalle, y una especie de sentida tristeza en la voz, hasta que el altoparlante anunció la llegada del Devorador del Espacio.

Eso fue todo. Dije en voz alta:

—Levanten, caballeros.

Se levantaron al unísono, se pusieron frente a la puerta, comenzaron a caminar y, cuando Ferrucci pasó a mi lado, le di un golpecito en el hombro y le dije:

—Tú no, sabandija asesina —y mi espiral magnética estaba en su muñeca antes de que pudiera respirar dos veces.

Ferrucci peleó como un demonio. Él no estaba bajo ningún efecto de espaciolina. Le encontraron la espaciolina alterada en unos parches finos de plástico color carne, ceñidos a la cara interna de sus muslos, con vellos prendidos imitando el patrón natural. No se veía nada; solo se podía sentir al tacto, e incluso así hizo falta un cuchillo para asegurarse.

Después, Rog Crinton, sonriendo y medio loco de alivio, me agarró de la solapa con garra de hierro.

—¿Cómo lo lograste? ¿Qué te lo delató?

Le dije, intentando soltarme:

—Uno de ellos estaba simulando un viaje de espaciolina. Estaba seguro. Así que les conté… —y me puse cauteloso. No era asunto del fastidioso conocer los detalles, ya saben—. Eh… historias subiditas de tono, ¿ves?, y dos de ellos no reaccionaron, así que estaban espaciolinados. Pero a Ferrucci se le aceleró la respiración y le salieron gotas de sudor en la frente. Yo iba contando con bastante dramatismo, y él reaccionó, así que no estaba bajo el efecto de la espaciolina. Y cuando todos se levantaron para dirigirse a la nave, ya tenía claro quién era mi hombre y lo detuve. ¿Ahora me sueltas?

Me soltó y casi me caigo de espaldas.

Estaba listo para salir disparado. Los pies se me agitaban solos en el suelo sin esperar mis instrucciones, pero me di vuelta.

—Oye, Rog —dije—, ¿puedes firmarme un vale por mil créditos sin que figure en el registro… por servicios prestados al Servicio?

Fue ahí cuando me di cuenta de que estaba medio loco de alivio y de una gratitud muy fugaz, porque dijo:

—Claro, Max, claro. Diez mil créditos si quieres.

Quiero —dije—. Quiero. Quiero.

Rellenó un vale oficial del Servicio por diez mil créditos, tan bueno como el efectivo en cualquier rincón de media Galaxia.

Estaba sonriendo de oreja a oreja al entregármelo, y pueden apostar a que yo sonreía también al recibirlo.

Cómo iba a justificarlo él después, era asunto suyo. Lo importante era que yo no iba a tener que justificárselo a Hilda.


Me metí en la cabina, una última vez, llamando a Flora. No me atrevía a dejar las cosas así hasta llegar a su casa. La media hora extra podía darle el tiempo justo para conseguir a otro, si no lo había hecho ya.

Que conteste. Que conteste. Que…

Contestó, pero estaba con ropa de calle. Iba a salir, y era evidente que la había agarrado por apenas dos minutos.

—Voy a salir —anunció—. Hay hombres que sí saben portarse decentemente. Y no deseo verlo de aquí en lo sucesivo. No deseo volver a posar mis ojos sobre usted nunca jamás. Me hará un gran favor, señor Comosellame, si suelta mi clave de comunicación y no la vuelve a contaminar con…

Yo no decía nada. Estaba ahí parado, conteniendo el aliento y sosteniendo el vale en alto, donde ella pudiera verlo. Solo parado allí. Solo aguantando.

Como era de esperar, al llegar a la palabra «contaminar» se acercó para mirar mejor. No era muy estudiada esa chica, pero podía leer «diez mil créditos» más rápido que cualquier graduado universitario del Sistema Solar. Dijo:

—¡Max! ¿Para mí?

—Todo para ti, nena. Te dije que tenía un trabajito que hacer. Quería darte la sorpresa.

—Ay, Max, qué dulce eres. En realidad no me importaba. Estaba bromeando. Ven inmediatamente para acá.

Se quitó el abrigo, lo que en Flora es una acción muy interesante de observar.

—¿Y tu cita? —dije.

—Te dije que estaba bromeando —contestó. Dejó caer suavemente el abrigo al piso y jugueteó con un broche que parecía sostener lo poco que había de su vestido.

—Voy —dije con voz débil.

—Con cada uno de esos créditos, eh —dijo con picardía.

—Con cada uno.

Corté la comunicación, salí de la cabina, y ahora, por fin, estaba listo, listo de verdad.

Oí mi nombre.

—¡Max! ¡Max! —alguien venía corriendo hacia mí—. Rog Crinton me dijo que te encontraría aquí. Mamá está bien después de todo, así que conseguí un pasaje especial en el Devorador del Espacio, ¿y qué es esto de los diez mil créditos?

No me di vuelta. Dije:

—Hola, Hilda.

Me mantuve firme como una roca.

Y entonces me di vuelta e hice la cosa más difícil que haya logrado hacer en toda mi maldita, inútil vida de andar saltando por el espacio.

Sonreí.

FIN

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Isaac Asimov - Estoy en Puertomarte sin Hilda
  • Autor: Isaac Asimov
  • Título: Estoy en Puertomarte sin Hilda
  • Título Original: I'm in Marsport Without Hilda
  • Publicado en: Venture Science Fiction Magazine, noviembre de 1957
  • Aparece en: Asimov's Mysteries (1968)
  • Traducción: Juan Pablo Guevara para Lecturia

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