Sinopsis: «La trama celeste» es un cuento de Adolfo Bioy Casares, publicado en 1948. Un hombre recibe un misterioso manuscrito escrito por el doctor Carlos Servian, un médico homeópata que narra la historia de Ireneo Morris, un piloto de pruebas argentino que sufre un desconcertante accidente aéreo. Mientras ensaya un nuevo método para probar un avión monoplano, Morris se desmaya y despierta detenido en el Hospital Militar de Buenos Aires. Allí, pese a identificarse como oficial, todos desconfían de su identidad, nadie parece conocerlo y lo tratan como a un posible espía. Sólo una enfermera, la enigmática Idibal, parece dispuesta a ayudarlo.

La trama celeste
Adolfo Bioy Casares
(Cuento completo)
Cuando el capitán Ireneo Morris y el doctor Carlos Alberto Servian, médico homeópata, desaparecieron de Buenos Aires, un 20 de diciembre, los diarios apenas comentaron el hecho. Se dijo que había gente engañada, gente complicada y que una comisión estaba investigando; se dijo que el escaso radio de acción del aeroplano utilizado por los fugitivos permitía afirmar que éstos no habían ido muy lejos. Yo recibí en esos días una encomienda; contenía: tres volúmenes in quarto (las obras completas del comunista Luis Augusto Blanqui); un anillo de escaso valor (una aguamarina en cuyo fondo se veía la efigie de una diosa con cabeza de caballo); unas cuantas páginas escritas a máquina —Las aventuras del capitán Morris— firmadas C. A. S. Transcribiré esas páginas.
LAS AVENTURAS DEL CAPITÁN MORRIS
Este relato podría empezar con alguna leyenda celta que nos hablara del viaje de un héroe a un país que está del otro lado de una fuente; o de una infranqueable prisión hecha de ramas tiernas, o de un anillo que vuelve invisible a quien lo lleva, o de una nube mágica, o de una joven llorando en el remoto fondo de un espejo que está en la mano del caballero destinado a salvarla, o de la busca, interminable y sin esperanza, de la tumba del rey Arturo.
También podría empezar con la noticia, que oí con asombro y con indiferencia, de que un tribunal militar acusaba de traición al capitán Morris. O con la negación de la astronomía. O con una teoría de esos movimientos, llamados pases, que se emplean para que aparezcan o desaparezcan los espíritus.
Sin embargo yo elegiré un comienzo menos estimulante; si no tendrá los agrados de la magia, tendrá los del método. Esto no importa un repudio de lo sobrenatural; menos aún el repudio de las alusiones o invocaciones del primer párrafo.
Me llamo Carlos Alberto Servian y nací en Rauch; soy armenio. Hace ocho siglos que mi país no existe; pero deje que un armenio se arrime a su árbol genealógico: toda su descendencia odiará a los turcos. «Una vez armenio, siempre armenio». Somos como una sociedad secreta, como un clan, y dispersos por los continentes, la indefinible sangre, unos ojos y una nariz que se repiten, un modo de comprender y de gozar la tierra, ciertas habilidades, ciertas intrigas, ciertos desarreglos en que nos reconocemos, la apasionada belleza de nuestras mujeres, nos unen.
Soy, además, hombre soltero y, como el Quijote, vivo (vivía) con una sobrina: una muchacha agradable, joven y laboriosa. Añadiría otro calificativo —tranquila—, pero debo confesar que en los últimos tiempos no lo mereció. Mi sobrina se entretenía en cumplir las funciones de secretaria y, como no tengo secretaria, atendía el teléfono, pasaba en limpio y arreglaba con certera lucidez las historias médicas y las sintomatologías que yo apuntaba al azar de las declaraciones de los enfermos (cuya regla común es el desorden) y organizaba mi vasto archivo. Tenía otra diversión no menos inocente: ir conmigo al cinematógrafo los viernes a la tarde. Esa tarde era viernes.
Se abrió la puerta. Un joven militar entró en el consultorio.
Mi secretaria estaba a mi derecha, de pie, detrás de la mesa y me extendía, impasible, una de esas grandes hojas en que apunto los datos que me comunican los enfermos. El joven militar se presentó sin vacilaciones —era el teniente Kramer— y después de mirar ostensiblemente a mi secretaria, preguntó con voz firme:
—¿Hablo?
Le dije que hablara. Continuó:
—El capitán Ireneo Morris quiere verlo. Está detenido en el Hospital Militar.
Tal vez influido por la marcialidad de mi interlocutor, respondí:
—A sus órdenes.
—¿Cuándo irá? —preguntó Kramer.
—Hoy mismo. Siempre que me dejen entrar a estas horas…
—Lo dejarán —declaró Kramer y casi en el acto se retiró.
Miré a mi sobrina. Estaba demudada. Sentí rabia y le pregunté qué le sucedía. Me interpeló:
—¿Sabés quién es la única persona que te interesa?
Tuve la ingenuidad de mirar hacia donde señalaba. Me vi en el espejo. Mi sobrina salió del cuarto, corriendo.
Desde hace un tiempo estaba menos tranquila. Además había tomado la costumbre de llamarme egoísta. Parte de la culpa de esto la atribuyo a mi ex-libris. Lleva triplemente inscripta —en griego, en latín y en español— la sentencia Conócete a ti mismo (nunca sospeché hasta dónde me llevaría esta sentencia) y me reproduce contemplando, a través de una lupa, mi imagen en un espejo. Mi sobrina ha pegado miles de estos ex-libris en miles de volúmenes de mi versátil biblioteca. Pero hay otra causa para esta fama de egoísmo. Yo fui siempre metódico, y los hombres metódicos, los que sumidos en oscuras ocupaciones postergamos los caprichos de las mujeres, parecemos locos, o imbéciles, o egoístas.
Atendí a dos clientes y me fui al Hospital Militar.
Habían dado las seis cuando llegué al viejo edificio de la calle Pozos. Después de una espera y de un breve interrogatorio me condujeron a la pieza ocupada por Morris. En la puerta había un centinela con bayoneta. Adentro, muy cerca de la cama de Morris, dos hombres que no me saludaron jugaban al dominó.
Con Morris nos conocemos de toda la vida; nunca fuimos verdaderos amigos. He querido mucho a su padre. Era un viejo excelente, con la cabeza blanca, redonda, rapada, y los ojos azules, excesivamente duros y despiertos; tenía un ingobernable patriotismo galés, una incontenible manía de contar leyendas celtas. Durante muchos años (los más felices de mi vida) fue mi profesor. Todas las tardes estudiábamos un poco, él contaba y yo escuchaba las aventuras de los mabinogion, y en seguida reponíamos fuerzas tomando unos mates con azúcar quemada. Por los patios andaba Ireneo; cazaba pájaros y ratas, y con un cortaplumas, un hilo y una aguja, combinaba cadáveres heterogéneos; el viejo Morris decía que Ireneo iba a ser médico. Yo iba a ser inventor, porque aborrecía los experimentos de Ireneo y porque alguna vez había dibujado una bala con resorte, que permitiría los más envejecedores viajes interplanetarios, y un motor hidráulico que, puesto en marcha, no se detendría nunca. Ireneo y yo estábamos alejados por recíproca indiferencia… Ahora, cuando nos encontramos, sentimos una gran dicha, una floración de nostalgias y de cordialidades, repetimos un breve diálogo con alusiones a nuestra vieja amistad y, en seguida, no sabemos qué decirnos.
El país de Gales, la tenaz corriente celta, había acabado en su padre. Ireneo es tranquilamente argentino, e ignora y desdeña por igual a todos los extranjeros. Hasta en su apariencia es típicamente argentino (algunos lo han creído sudamericano): más bien chico, delgado, fino de huesos, de pelo negro —muy peinado, reluciente—, de mirada sagaz.
Al verme pareció emocionado (yo nunca lo había visto emocionado; ni siquiera en la noche de la muerte de su padre). Me dijo con voz clara, para que oyeran los que jugaban al dominó:
—Dame esa mano. En los momentos difíciles se conocen los amigos.
Me pareció que exageraba. Morris continuó:
—Tenemos que hablar de muchas cosas, pero comprenderás que ante un par de circunstancias como éstas —miró con gravedad a los dos hombres— prefiero callar. Dentro de pocos días estaré en casa; entonces será un placer recibirte.
Creí que la frase era una despedida. Morris agregó que si no tenía apuro me quedara un rato.
—¡No quiero olvidarme! —continuó—. Gracias por los libros.
Murmuré algo, confusamente. Ignoraba qué libros me agradecía.
Habló de accidentes de aviación; negó que hubiera lugares —el Palomar, en Buenos Aires; el Valle de los Reyes, en Egipto— que irradiaran corrientes capaces de provocarlos.
En sus labios, «el Valle de los Reyes» me pareció increíble. Debió de notar mi asombro, porque explicó:
—Son las teorías del cura Moreau. Otros dicen que nos falta disciplina. Es contraria a la idiosincrasia de nuestro pueblo, si me seguís. La aspiración del aviador criollo es aeroplanos como la gente. Si no, acordate de las proezas de Mira, con el Golondrina, una lata de conservas atada con alambres.
Le pregunté por su estado y por el tratamiento a que lo sometían. Antes que atinara a contestar, hablé en voz bien alta, para que oyeran los que jugaban al dominó:
—Nada de inyecciones. No te envenenes la sangre. Tomá un Depuratum 6 y después Árnica 10.000. Sos un caso típico de Árnica. No lo olvides: dosis in-fi-ni-te-si-ma-les.
Me retiré con la satisfacción de haber logrado un pequeño triunfo.
Pasaron tres semanas. En casa hubo pocas novedades. Ahora, retrospectivamente, quizá descubra que mi sobrina estuvo más atenta que nunca, y menos cordial. Según nuestra costumbre, los dos viernes siguientes fuimos al cinematógrafo; pero el tercer viernes, cuando entré en su cuarto, no la encontré. Había salido. ¡Había olvidado que esa tarde iríamos al cinematógrafo!
Después llegó un mensaje de Morris. Decía que ya estaba en su casa y que fuera a verlo cualquier tarde.
Me recibió en el escritorio. Lo digo sin reticencia: Morris había mejorado. Hay naturalezas que tienden tan invenciblemente al equilibrio de la salud, que los peores venenos inventados por la farmacopea alopática no les hacen mella.
Al entrar en ese cuarto me pareció que retrocedía en el tiempo; casi diría que me sorprendió no encontrar al viejo Morris (muerto diez años atrás), aseado y benigno, administrando de manera pausada los impedimenta del mate. Nada había cambiado. En la biblioteca encontré los mismos libros y los mismos bustos de Lloyd George y de William Morris, que había contemplado en mi juventud; en la pared colgaba, como antes, el horrible cuadro de la muerte de un tal Griffith, un personaje de leyenda.
Sin más dilaciones procuré llevar a Morris a la conversación que le interesaba. Dijo que sólo tenía que agregar unos detalles a lo que me había expuesto en su carta. No sabía qué decirle; yo no había recibido ninguna carta de Ireneo. Le pedí que me contara todo desde el principio.
Entonces Ireneo Morris me relató su misteriosa historia.
Hasta el 23 de junio pasado había sido probador de los aeroplanos del ejército. Siempre había cumplido esas funciones en la base del Palomar; últimamente lo habían destinado a la nueva fábrica militar de Córdoba. No pudo viajar allí.
Me dio su palabra de que él, como probador, era una persona importante. Había hecho más vuelos de ensayo que cualquier aviador americano (sur y centro). Su resistencia era extraordinaria.
Tanto había repetido esos vuelos de prueba que, automáticamente, inevitablemente, llegó a ejecutar uno solo.
Sacó del bolsillo una libreta y en una hoja en blanco trazó una serie de líneas en zigzag; escrupulosamente anotó números (distancias, alturas, graduación de ángulos); después arrancó la hoja y me la obsequió. Me apresuré a agradecerle. Declaró que yo poseía «el esquema clásico de sus pruebas».
Alrededor del 15 de junio le comunicaron que en esos días probaría un nuevo Dewoitine —el 309— monoplaza, de combate. Se trataba de un aparato construido según una patente francesa del año anterior y el ensayo se cumpliría con bastante secreto. Morris se fue a su casa, tomó una libreta de apuntes —«como lo había hecho hoy»—, dibujó el esquema —«el mismo que yo tenía en el bolsillo»—. Después se entretuvo en complicarlo; después, «en ese mismo escritorio donde nosotros departíamos amigablemente», imaginó esos agregados, los grabó en la memoria.
El 23 de junio, alba de una hermosa y terrible aventura, fue un día gris, lluvioso. Cuando Morris llegó al aeródromo, el aparato estaba en el hangar. Tuvo que esperar que lo sacaran. Caminó, para no enfermarse de frío; sólo consiguió que se le empaparan los zapatos. Finalmente apareció el Dewoitine. Era un monoplano de alas bajas, «nada del otro mundo, te aseguro». Lo inspeccionó someramente. Morris me miró en los ojos y en voz baja me comunicó: «El asiento era estrecho, notablemente incómodo». Recordó que el indicador de combustible marcaba plein (lleno, en español) y que en las alas el Dewoitine no tenía ninguna insignia. Dijo que saludó con la mano, correteó unos quinientos metros y despegó. Empezó a cumplir lo que él llamaba su «nuevo esquema de prueba».
Era el probador más resistente de la República. Pura resistencia física, me aseguró. Estaba dispuesto a contarme la verdad. Aunque no podía creerlo, de pronto se le nubló la vista. En este punto Morris habló mucho; llegó a exaltarse. Por mi parte confieso que seguí atentamente el relato. Cuando sintió que la vista se le nublaba, se oyó decir: «Qué vergüenza, voy a perder el conocimiento», embistió una vasta mole oscura (quizá una nube), tuvo una visión efímera y feliz, como la visión de un radiante paraíso… Apenas consiguió enderezar el aeroplano cuando tocaba el campo de aterrizaje.
Volvió en sí. Estaba dolorosamente acostado en una cama blanca, en un cuarto alto, de paredes blancuzcas y desnudas. Zumbó un moscardón; durante algunos segundos creyó que dormía la siesta, en el campo. Después supo que estaba herido; que estaba detenido; que estaba en el Hospital Militar. Nada de esto lo preocupaba demasiado; tardó un rato en recordar el accidente; al recordarlo tuvo la primera sorpresa: francamente no comprendía cómo había perdido el conocimiento. No lo perdió, sin embargo, una sola vez… De esto hablaré más adelante.
La persona que lo acompañaba era una mujer. La miró. Era una enfermera.
Habló de mujeres en general. Se mostró dogmático, desagradable. Dijo que había un tipo de mujer, y hasta una mujer determinada y única, para el animal que se oculta en el fondo de cada hombre, y agregó algo en el sentido de que era una desgracia encontrarla, porque el hombre siente lo importante que es para su destino y la trata con temor y con torpeza preparándose un futuro de ansiedad y de monótona frustración. Afirmó que para el hombre «como es debido», entre las demás mujeres no hay diferencias notables, ni peligros. Le pregunté si la enfermera correspondía a su tipo. Me contestó que no, y aclaró: «Es una mujer plácida y maternal, pero bastante linda».
Continuó su relato. Entraron unos oficiales (precisó las jerarquías). Un soldado trajo una mesa, una silla, una máquina de escribir. Se sentó frente a la máquina y escribió en silencio. Cuando el soldado se detuvo, un oficial interrogó a Morris:
—¿Su nombre?
No lo sorprendió la pregunta. Pensó: «Mero formulismo». Dijo su nombre, y tuvo la primera señal de la inexplicable confabulación que lo envolvía. Todos los oficiales rieron. Él nunca había imaginado que su nombre fuera ridículo. Se enojó. Otro de los oficiales dijo:
—Podría inventar algo creíble. —Ordenó al soldado de la máquina: —Escriba, nomás.
—¿Nacionalidad?
—Argentino —afirmó, sin vacilaciones.
—¿Pertenece al ejército?
Se permitió una ironía:
—Yo soy el del accidente y ustedes parecen los golpeados.
Rieron un poco (entre ellos, como si Morris estuviera ausente).
Continuó:
—Pertenezco al ejército, con grado de capitán. Soy probador de aeroplanos.
—¿Con base en Montevideo? —preguntó sarcásticamente uno de los oficiales.
—En el Palomar —contestó Morris.
Dio su domicilio: Bolívar 971. Los oficiales se retiraron. Volvieron al día siguiente, ésos y otros. Cuando comprendió que dudaban de su nacionalidad, o que simulaban dudar, quiso levantarse de la cama, pelearlos. La herida y la tierna presión de la enfermera, lo contuvieron. Los oficiales volvieron a la tarde del otro día, a la mañana del siguiente. Hacía un calor tremendo; le dolía todo el cuerpo; me confesó que hubiera declarado cualquier cosa para que lo dejaran en paz.
¿Qué se proponían? ¿Por qué ignoraban quién era? ¿Por qué lo insultaban, por qué simulaban que no era argentino? Estaba perplejo y enfurecido. Una noche la enfermera lo tomó de la mano y le dijo que no se defendía juiciosamente. Respondió que no tenía de qué defenderse. Pasó la noche despierto, entre accesos de cólera, momentos en que estaba decidido a encarar con tranquilidad la situación, y momentos en que reaccionaba con violencia, en que se negaba a «entrar en ese juego absurdo». A la mañana quiso pedir disculpas a la enfermera por el modo en que la había tratado; comprendía que la intención de ella era buena, «y no es fea, me entendés»; pero como no sabía pedir disculpas, le preguntó irritadamente qué le aconsejaba. La enfermera le aconsejó que llamara a declarar a alguna persona de responsabilidad.
Cuando vinieron los oficiales dijo que era amigo del teniente Kramer y del teniente Viera, del capitán Faverio, de los tenientes coroneles Mendizábal y Navarro.
A eso de las cinco apareció con los oficiales el teniente Kramer, su amigo de toda la vida. Morris dijo con vergüenza que «después de una conmoción, el hombre no es el mismo» y que al ver a Kramer sintió lágrimas en los ojos. Reconoció que se incorporó en la cama y abrió los brazos cuando lo vio entrar. Le gritó:
—Vení, hermano.
Kramer se detuvo y lo miró impávidamente. Un oficial le preguntó:
—Teniente Kramer, ¿conoce al sujeto?
La voz era insidiosa. Morris dice que esperó —esperó que el teniente Kramer, con una súbita exclamación cordial, revelara su actitud como parte de una broma—… Kramer contestó con demasiado calor, como si temiera no ser creído:
—Nunca lo he visto. Mi palabra que nunca lo he visto.
Le creyeron inmediatamente, y la tensión, que durante unos segundos hubo entre ellos, desapareció. Se alejaron. Morris oyó las risas de los oficiales, y la risa franca de Kramer, y la voz de un oficial que repetía: «A mí no me sorprende, créame que no me sorprende. ¡Tiene un descaro!».
Con Viera y con Mendizábal la escena se repitió en lo esencial. Hubo mayor violencia. Un libro —uno de los libros que yo le habría mandado— estaba debajo de las sábanas, al alcance de su mano y alcanzó el rostro de Viera, cuando éste simuló que no se conocían. Morris dio una descripción circunstanciada del episodio, que no creo íntegramente. Aclaro: no dudo de su coraje; sí de su velocidad epigramática. Los oficiales opinaron que no era indispensable llamar a Faverio, que estaba en Mendoza. Imaginó entonces tener una inspiración; pensó que si las amenazas convertían en traidores a los jóvenes, fracasarían ante el general Huet, antiguo amigo de su casa, que siempre había sido con él como un padre.
Le contestaron secamente que no había, que nunca hubo, un general con semejante nombre en el ejército argentino.
Morris no tenía miedo; tal vez, si hubiera conocido el miedo, se hubiera defendido mejor. Afortunadamente, le interesaban las mujeres, «y usted sabe cómo les gusta agrandar los peligros y lo cavilosas que son». Los otros días la enfermera le había tomado la mano para convencerlo del peligro que lo amenazaba; ahora Morris la miró en los ojos y le preguntó el significado de esa confabulación contra él. La enfermera repitió lo que había oído: su afirmación de que el 23 había probado el Dewoitine en el Palomar era falsa; en el Palomar nadie había probado aeroplanos esa tarde. El Dewoitine era de un tipo recientemente adoptado por el ejército argentino, pero su numeración no correspondía a la de ningún aeroplano del ejército argentino. «¿Me creen espía?», preguntó con incredulidad. Sintió que volvía a enfurecerse. Tímidamente la enfermera respondió: «Creen que ha venido de algún país hermano». Morris le juró como argentino que era argentino, que no era espía. Ella pareció emocionada y continuó en el mismo tono de voz: «El uniforme es igual al nuestro, pero han descubierto que las costuras son diferentes». Agregó: «Un detalle imperdonable». Morris comprendió que ella tampoco le creía; sintió que se ahogaba de rabia y, para disimular, la besó en la boca y la abrazó.
A los pocos días la enfermera le comunicó: «Se ha comprobado que diste un domicilio falso». Morris protestó inútilmente; la mujer tenía pruebas: el ocupante de la casa era el señor Carlos Grimaldi. Por la mente de Morris cruzaron las sensaciones del recuerdo y de la amnesia. Le pareció que ese nombre estaba vinculado a alguna experiencia pasada; no pudo precisarla.
La enfermera le aseguró que su caso había determinado la formación de dos grupos antagónicos: el de los que sostenían que era extranjero y el de los que sostenían que era argentino. Más claramente: unos querían desterrarlo por espía; otros, fusilarlo por traidor.
—Con tu insistencia de que sos argentino —dijo la mujer— ayudás a los que reclaman tu muerte.
Morris le confesó que había sentido en la patria «el desamparo que sienten los que visitan otros países». Pero seguía no temiendo nada.
La mujer lloró tanto que él, por fin, le prometió acceder a lo que pidiera. «Aunque te parezca ridículo, me gustaba verla contenta», explicó. La mujer le pidió que «reconociera» que no era argentino. «Si es otra, la azoto. Le prometí complacerla, sin ninguna intención de cumplir la promesa». Alegó dificultades:
—Digo que soy de tal país. Al día siguiente contestan de ese país que mi declaración es falsa.
—No importa —afirmó la enfermera—. Ningún país va a reconocer que manda espías. Pero con esa declaración y las influencias que yo mueva, tal vez triunfen los partidarios del destierro, si no es demasiado tarde.
Al día siguiente un oficial fue a tomarle declaración. Estaban solos. El hombre le dijo:
—Es un asunto resuelto. Dentro de una semana firman la sentencia de muerte.
Morris me explicó:
—No me quedaba nada que perder…
«Para ver qué sucedía», le dijo al oficial:
—Confieso que soy uruguayo.
Explicó: «Me consolaba pensando que para mí un uruguayo no es extranjero».
A la tarde confesó la enfermera: le dijo a Morris que todo había sido una estratagema; que había temido que no cumpliera su promesa; el oficial era amigo y llevaba instrucciones para sonsacarle la declaración. Morris comentó:
—Si es otra, la azoto.
Su declaración no había llegado a tiempo. La situación empeoraba. Según la enfermera, la única esperanza estaba en un señor que ella conocía y cuya identidad no podía revelar. Este señor quería verlo, antes de interceder en su favor.
La enfermera le dijo francamente:
—Temo que le causes mala impresión, pero el señor quiere verte. Por favor no te muestres intransigente. A lo mejor es la última esperanza.
—No te preocupes. Lo recibiré, si viene.
—El señor no vendrá.
—Entonces no hay nada que hacer —respondió Morris, con alivio.
La enfermera siguió:
—La primera noche que tengamos centinelas de confianza, vas a verlo. Ya estás bien. Irás solo.
Se sacó un anillo del dedo anular y se lo entregó.
Morris lo puso en el meñique. Era una piedra, un vidrio o un brillante, con la cabeza de un caballo en el fondo. Debía llevarlo con la piedra hacia el interior de la mano, y los centinelas lo dejarían entrar y salir como si no lo vieran.
La enfermera le dio instrucciones. Saldría a las doce y media y debía volver antes de las tres y cuarto de la madrugada. La enfermera le escribió en un papelito la dirección del señor.
—¿Tenés el papel? —le pregunté.
—Sí, creo que sí —contestó Morris, y lo buscó en su billetera. Me lo entregó displicentemente.
Era un papelito azul. La dirección —Márquez 6890— estaba escrita con letra femenina y segura (del Sacré Coeur, declaró Morris, con inesperada erudición).
—¿Cómo se llama la enfermera? —inquirí por simple curiosidad.
Morris pareció incómodo. Finalmente, dijo:
—La llamaban Idibal. Ignoro si es nombre o apellido.
Continuó su relato:
—Llegó la noche fijada para la salida. Idibal no apareció. Yo no sabía qué hacer. A las doce y media resolví salir.
Le pareció inútil mostrar el anillo al centinela que estaba en la puerta de su cuarto. El hombre levantó la bayoneta. Morris mostró el anillo; salió libremente. Se recostó contra una puerta: a lo lejos, en el fondo del corredor, había visto a un cabo. Después, siguiendo indicaciones de Idibal, bajó una escalera de servicio y llegó a la puerta de calle. Mostró el anillo y salió.
Tomó un taxímetro. «Uno de esos Buick que usted, si no se fija bien, los confunde con un Packard», aclaró inútilmente. Dio la dirección apuntada en el papel. Anduvieron más de media hora. Rodearon por Juan B. Justo y Gaona los talleres del Ferro Carril Oeste y tomaron una calle arbolada, hacia el límite de la ciudad. Después de cinco o seis cuadras se detuvieron ante una iglesia que emergía, con sus columnas y sus cúpulas, entre las casas bajas del barrio, blanca en la noche.
Creyó que había un error. Miró el número en el papel: correspondía al de la iglesia.
—¿Debías esperar afuera o adentro? —pregunté.
Dijo que el detalle no le incumbía. Entró. No vio a nadie. Le pregunté cómo era la iglesia.
—Igual a todas —contestó.
Después de un rato supe que estuvo allí junto a una fuente con peces, donde caían tres chorros de agua.
Apareció «un cura de esos que se visten como hombres, como los del Ejército de Salvación» y le preguntó si buscaba a alguien. Dijo que no. El cura se fue; al rato volvió a pasar. Estas venidas se repitieron tres o cuatro veces. Aseguró Morris que era admirable la curiosidad del sujeto, y que él ya iba a interpelarlo; pero que el otro le preguntó si tenía «el anillo del convivio».
—¿El anillo del qué?… —preguntó Morris—. Y continuó explicándome: «Imaginate ¿cómo se me iba a ocurrir que hablaba del anillo que me dio Idibal?».
Con pasmosa curiosidad el hombre le miró las manos, y ordenó:
—Muestre ese anillo.
Morris tuvo un movimiento de repulsión. Después obedeció.
El hombre lo llevó a la sacristía y le pidió que le explicara el asunto. Oyó el relato con signos de aprobación. Morris aclara: «Como una explicación más o menos hábil, pero falsa; seguro de que no pretendería engañarlo, de que él oiría, finalmente, mi confesión, es decir la explicación verdadera».
Cuando se convenció de que Morris no hablaría más, se irritó y dio por terminada la entrevista. Dijo que trataría de hacer algo por él.
Al salir, Morris buscó la calle Rivadavia. Se encontró frente a dos torres que parecían la entrada de un castillo o de una ciudad antigua; eran la entrada de un baldío que se abría a la oscuridad. Tuvo la impresión de estar en un Buenos Aires sobrenatural y seguramente avieso. Caminó unas cuadras. Se cansó. Llegó a Rivadavia, tomó un taxímetro, un Studebaker grandote y desvencijado, y dio la dirección de su casa: Bolívar 971.
Bajó en Independencia y Bolívar. Caminó hasta la puerta de la casa. No eran todavía las dos de la mañana. Le quedaba tiempo.
Quiso poner la llave en la cerradura. No pudo. Apretó el timbre. No le abrían. Pasaron diez minutos. Se indignó de que la sirvientita aprovechara su ausencia —su desgracia— para dormir afuera. Apretó el timbre con mucha fuerza. Oyó ruidos que parecían venir de lejos; después, una serie de golpes —uno seco, otro fugaz— rítmicos, crecientes. Apareció, enorme en la sombra, una figura humana.
Morris retrocedió hasta la parte menos iluminada del zaguán; reconoció inmediatamente a ese hombre soñoliento y furioso y tuvo la impresión de ser él quien estaba soñando. Se dijo: «Sí, el rengo Grimaldi, Carlos Grimaldi». Ahora recordaba el nombre. Ahora, increíblemente, estaba frente al inquilino que ocupaba la casa cuando su padre la compró, hacía más de quince años.
Grimaldi irrumpió:
—¿Qué quiere?
Morris recordó el astuto empecinamiento del hombre en quedarse en la casa y las infructuosas indignaciones de su padre, que decía: «Lo voy a sacar con el carrito de la Municipalidad», y le mandaba regalos para que se fuera.
—¿Está la señorita Carmen Soares? —preguntó Morris, ganando tiempo.
Carmen Soares era la sirvientita. Grimaldi blasfemó, dio un portazo, apagó la luz. En la oscuridad, Morris oyó alejarse los pasos alternados; después, en una conmoción de vidrios y de hierros, pasó un tranvía; después se restableció el silencio. Morris pensó triunfalmente: «No me ha reconocido».
En seguida sintió vergüenza, sorpresa, indignación. Resolvió romper la puerta a puntapiés y sacar al intruso. Como si estuviera borracho, dijo en voz alta: «Voy a levantar una denuncia en la seccional». Se preguntó qué significaba esa ofensiva múltiple y envolvente que sus compañeros habían lanzado contra él. Decidió consultarme.
Si me encontraba en casa, tendría tiempo de explicarme los hechos. Subió a un taxímetro, «también Studebaker, pero en mejor estado que el anterior», y ordenó al chofer que lo llevara al pasaje Owen. El hombre lo ignoraba. Morris le preguntó de mal modo para qué daban exámenes. Abominó de todo: de la policía, que deja que nuestras casas se llenen de intrusos; de los extranjeros, que nos cambian el país y nunca aprenden a manejar. El chofer le propuso que tomara otro taxímetro. Morris le ordenó que tomara Vélez Sársfield hasta cruzar las vías.
Se detuvieron en las barreras; interminables trenes grises hacían maniobras. Morris ordenó que rodeara por Toll la estación Sola. Bajó en Australia y Luzuriaga. El chofer le dijo que le pagara; que no podía esperarlo; que no existía tal pasaje. No le contestó. Caminó con seguridad por Luzuriaga hacia el sur. El chofer lo siguió con el automóvil, insultándolo. Morris pensó que si aparecía un vigilante, el hombre y él dormirían en la comisaría.
—Además —le dije— descubrirían que te habías fugado del hospital. La enfermera y los que te ayudaron se verían en un compromiso.
—Créeme que no estaba para pensar en esas cosas —respondió Morris y continuó el relato:
Caminó una cuadra y no encontró el pasaje. Caminó otra cuadra, y otra. El chofer seguía protestando; la voz era más baja, el tono más sarcástico. Morris volvió sobre sus pasos. Dobló por Alvarado: ahí estaban el Parque Pereyra, la calle Rochdale. Tomó Rochdale. A mitad de cuadra, a la derecha, debían interrumpirse las casas y dejar lugar al pasaje Owen. Morris sintió como el presentimiento de un vértigo. Las casas no se interrumpieron. Se encontró en la calle Australia. Vio en lo alto, con un fondo de nubes nocturnas, el tanque de la International, en Luzuriaga; en frente debía estar el pasaje Owen; no estaba.
Miró la hora. Le quedaban apenas veinte minutos.
Caminó rápidamente. Muy pronto se detuvo. Estaba, con los pies hundidos en un espeso fango resbaladizo, ante una lúgubre serie de casas iguales, perdido. Quiso volver al Parque Pereyra. No lo encontró. Temía que el chofer descubriera que se había perdido. Vio a un hombre; le preguntó dónde estaba el pasaje Owen. El hombre no era del barrio. Morris siguió caminando, exasperado. Apareció otro hombre. Morris caminó hacia él. El chofer bajó del automóvil y rápidamente se acercó. Morris y el chofer le preguntaron a gritos si sabía dónde estaba el pasaje Owen. El hombre parecía asustado, como si creyera que lo asaltaban. Contestó que nunca oyó nombrar ese pasaje; iba a decir algo más, pero Morris lo miró amenazadoramente.
Eran las tres y cuarto de la madrugada. Morris le dijo al chofer que lo llevara a Caseros y Entre Ríos.
En el hospital había otro centinela. Pasó dos o tres veces frente a la puerta, sin atreverse a entrar. Se resolvió a probar la suerte. Mostró el anillo. El centinela no lo detuvo.
La enfermera apareció al final de la tarde siguiente. Le dijo:
—La impresión que le causaste al señor de la iglesia no es favorable. No pudo menos que aprobar tu disimulo: su eterna prédica a los miembros del convivio. Pero tu falta de confianza en su persona, lo ofendió.
Tenía serias dudas de que el señor se interesara verdaderamente en favor de Morris.
La situación había empeorado. Las esperanzas de hacerlo pasar por extranjero habían desaparecido. Su vida estaba en inmediato peligro.
Escribió una minuciosa relación de los hechos y me la envió. Después quiso justificarse: dijo que la preocupación de la mujer lo molestaba. Tal vez él mismo empezaba a preocuparse.
Idibal visitó de nuevo al señor; consiguió, como un favor hacia ella —«no hacia el desagradable espía»— la promesa de que «las mejores influencias intervendrían activamente en el asunto». El plan era que obligaran a Morris a intentar una reproducción del hecho. Vale decir, que le dieran un aeroplano y le permitieran reproducir la prueba que, según él, había cumplido el día del accidente.
Las mejores influencias prevalecieron, pero el avión de la prueba sería de dos plazas. Esto significaba una dificultad para la segunda parte del plan: la fuga de Morris al Uruguay. Morris dijo que él sabría disponer del acompañante. Las influencias insistieron en que el aeroplano fuera un monoplano como el del accidente.
Idibal, después de una semana en que lo molestó con esperanzas y con ansiedades, llegó radiante y declaró que todo se había conseguido. La fecha de la prueba se había fijado para el viernes próximo (faltaban cinco días). Volaría solo.
La mujer lo miró ansiosamente y le dijo:
—Te espero en la Colonia. En cuanto despegues, enfilás al Uruguay. ¿Lo prometés?
Lo prometió. Se dio vuelta en la cama y simuló dormir. Comentó: «Me parecía que me llevaba de la mano al casorio y eso me daba rabia». Ignoraba que se despedían.
Como estaba restablecido, a la mañana siguiente lo llevaron al cuartel.
—Esos días fueron bravos —comentó—. Los pasé en una pieza de dos por dos, mateando y truqueando de lo lindo con los centinelas.
—Si vos no jugás al truco —le dije.
Fue una brusca inspiración. Naturalmente, yo no sabía si jugaba o no.
—Bueno: digamos cualquier juego de naipes —respondió sin inquietarse.
Yo estaba asombrado. Había creído que la casualidad, o las circunstancias, habían hecho de Morris un porteño arquetípico; jamás creí que fuera un artista del color local. Continuó:
—Me creerás un infeliz, pero yo me pasaba las horas pensando en la mujer. Estaba tan loco que me parecía que la había olvidado…
Lo interpreté:
—¿Tratabas de imaginar su cara y no podías?
—¿Cómo adivinaste? —No esperó mi contestación. Siguió el relato:
Una mañana lluviosa lo sacaron en un viejo Talbot, doble faetón. En el Palomar lo esperaba una comitiva de militares y de funcionarios.
—Tal vez por lo solemne parecía un duelo —dijo Morris—, un duelo o una ejecución.
Dos o tres mecánicos abrieron el hangar y empujaron hacia afuera un biplano Bristol, de caza, «un serio competidor del doble faetón, créeme».
Lo puso en marcha. Vio que no había nafta para diez minutos de vuelo. Llegar al Uruguay era imposible. Tuvo un momento de tristeza. Melancólicamente se dijo que tal vez fuera mejor morir que vivir como esclavo. Había fracasado la estratagema. Salir a volar era inútil. Tuvo ganas de llamar a esa gente y decirle: «Señores, esto se acabó». Por apatía dejó que los acontecimientos siguieran su curso. Decidió ejecutar otra vez su nuevo esquema de prueba.
Correteó unos metros y despegó. Cumplió regularmente la primera parte del ejercicio, pero al emprender las operaciones nuevas volvió a sentirse mareado, a perder el conocimiento, a oírse una avergonzada queja por estar perdiendo el conocimiento. Sobre el campo de aterrizaje logró enderezar el aeroplano.
Cuando volvió en sí estaba dolorosamente acostado en una cama blanca, en un cuarto alto, de paredes blancuzcas y desnudas. Comprendió que estaba herido, que estaba detenido, que estaba en el Hospital Militar. Se preguntó si todo no era una alucinación.
Completé su pensamiento:
—Una alucinación que tenías en el instante de despertar.
Supo que la caída ocurrió el 31 de agosto. Perdió la noción del tiempo. Pasaron tres o cuatro días. Se alegró de que Idibal estuviera en la Colonia; este nuevo accidente lo avergonzaba; además, la mujer le reprocharía no haber planeado hasta el Uruguay.
Reflexionó: «Cuando se entere del accidente, volverá. Habrá que esperar dos o tres días».
Lo atendía una nueva enfermera. Pasaban las tardes tomados de la mano.
Idibal no volvía. Morris empezó a inquietarse. Una noche tuvo gran ansiedad. «Me creerás loco» —me dijo—. «Estaba con ganas de verla. Pensé que había vuelto, que sabía la historia de la otra enfermera y que por eso no quería verme».
Le pidió a un practicante que llamara a Idibal. El hombre no volvía. Mucho después (pero esa misma noche; a Morris le parecía increíble que una noche durara tanto) volvió; el jefe le había dicho que en el hospital no trabajaba ninguna persona de ese nombre. Morris le ordenó que averiguara cuándo había dejado el empleo. El practicante volvió a la madrugada y le dijo que el jefe de personal ya se había retirado.
Soñaba con Idibal. De día la imaginaba. Empezó a soñar que no podía encontrarla. Finalmente, no podía imaginarla, ni soñar con ella.
Le dijeron que ninguna persona llamada Idibal trabajaba ni había trabajado en el establecimiento.
La nueva enfermera le aconsejó que leyera. Le trajeron los diarios. Ni la sección Al margen de los deportes y el turf le interesaba. «Me dio la loca y pedí los libros que me mandaste». Le contestaron que nadie le había mandado libros.
(Estuve a punto de cometer una imprudencia; de reconocer que yo no le había mandado nada).
Sospechó que habían descubierto el plan de la fuga y la participación de Idibal; por eso Idibal no aparecía. Se miró las manos: el anillo no estaba. Lo pidió. Le dijeron que era tarde, que la intendenta se había retirado. Pasó una noche atroz y larguísima, pensando que nunca le traerían el anillo.
—Pensando —agregué— que si no te devolvían el anillo no quedaría ningún rastro de Idibal.
—Eso no se me ocurrió —afirmó honestamente—. Pero pasé la noche como un desequilibrado. Al otro día me trajeron el anillo.
—¿Lo tenés? —le pregunté con una incredulidad que me asombró a mí mismo.
—Sí —contestó—. En lugar seguro.
Abrió un cajón lateral del escritorio y sacó el anillo. La piedra, de vívida transparencia, no brillaba mucho. En el fondo había un altorrelieve en colores: un busto humano, femenino, con cabeza de caballo. Sospeché que se trataba de la efigie de alguna divinidad antigua. Mis nociones de joyería son elementales; bastaron, sin embargo, para descubrir que ese anillo era una pieza de valor.
A la mañana siguiente entraron en su cuarto dos oficiales con un soldado que traía una mesa. Trajo también una silla y una máquina de escribir. Se sentó frente a la máquina y escribió. Un oficial dictaba: Ireneo Morris, Argentino, Capitán, Ejército Argentino, Base del Palomar.
Le pareció natural que pasaran por alto la formalidad de preguntarle todo eso. «Al fin y al cabo, era una segunda declaración. De cualquier modo, algo iba ganando: aceptaban que fuera argentino, capitán del ejército, con base en el Palomar». La cordura duró poco. Le preguntaron cuál fue su paradero desde el 23 de junio (fecha de la primera prueba); dónde había dejado el Dewoitine 304 («El número no era 304 —aclaró Morris—. Era 309». Este error inútil lo asombró); de dónde sacó ese viejo Bristol. Cuando dijo que el Dewoitine estaría por ahí cerca, ya que el accidente del 23 ocurrió en el Palomar, y que sabrían de dónde salía el Bristol, ya que ellos mismos se lo habían dado para reproducir la prueba del 23, simularon no creerle.
En cambio ya no simulaban que fuera un desconocido, ni que fuera un espía. Lo acusaban de haber estado en otro país desde el 23 de junio. Lo acusaban —comprendió con renovado furor— de haber vendido a otro país un arma secreta. La indescifrable conjuración continuaba, pero los acusadores habían cambiado el plan de ataque.
Gesticulante y cordial, apareció el teniente Viera. Morris lo insultó. Viera simuló una gran sorpresa; finalmente declaró que tendrían que batirse.
—Pensé que la situación había mejorado —dijo—. Los traidores volvían a poner cara de amigos.
Lo visitó el general Huet. El mismo Kramer lo visitó. Morris estaba distraído y no tuvo tiempo de reaccionar. Kramer le gritó: «No creo una palabra de las acusaciones, hermano». Se abrazaron, efusivos. «Algún día —pensó Morris— aclararía el asunto». Le pidió a Kramer que me viera.
Me atreví a preguntar:
—Decime una cosa, Morris, ¿te acordás qué libros te mandé?
—Los títulos no recuerdo —sentenció gravemente—. En tu nota están consignados.
Yo no le había escrito ninguna nota.
Lo ayudé a caminar hasta el dormitorio. Sacó del cajón de la mesa de luz una hoja de papel de carta (papel de carta que no reconocí). Me la entregó.
La letra parecía una mala imitación de la mía. Mis T y E mayúsculas remedan las de imprenta; éstas eran «inglesas». Leí:
«Acuso recibo de su atenta del 16, que me ha llegado con algún atraso, debido, sin duda, a un sugerente error en la dirección. Yo no vivo en el Pasaje “Owen”, sino en la calle Miranda, en el barrio Nazca. Le aseguro que he leído su relación con mucho interés. Por ahora no puedo visitarlo. Estoy enfermo, pero me cuidan solícitas manos femeninas, y dentro de poco me repondré: entonces tendré el gusto de verlo.
»Le envío, como símbolo de comprensión, estos libros de Blanqui, y le recomiendo la lectura, en el tomo tercero, del poema que empieza en la página 281».
Me despedí de Morris. Le prometí volver la semana siguiente. El asunto me interesaba y me dejaba perplejo. No dudaba de la buena fe de Morris; pero yo no le había escrito esa carta; yo nunca le había mandado libros; yo no conocía las obras de Blanqui.
Sobre «mi carta» debo hacer algunas observaciones: 1) Su autor no tutea a Morris. Felizmente, mi amigo se siente tan apartado, tan desinteresado, de toda escritura, que no advirtió el «cambio» de tratamiento y no se ofendió. Yo siempre lo he tuteado. 2) Juro que no escribí nunca la frase «Acuso recibo de su atenta». 3) En cuanto a poner Owen entre comillas, el hecho me asombra y lo propongo a la atención del lector.
Mi ignorancia de las obras de Blanqui se debe, quizá, al plan de lectura. Desde muy joven he comprendido que para no dejarme arrasar por la inconsiderada producción de libros y para conseguir, siquiera en apariencia, una cultura enciclopédica, yo tenía que leer según un plan inmutable. Este plan jalona mi vida: una época estuvo ocupada por la filosofía, otra por la literatura francesa, otra por las ciencias naturales, otra por la antigua literatura celta y en especial la del país de Kimris (debido a la influencia del padre de Morris). La medicina se ha intercalado en el plan, sin interrumpirlo nunca.
Pocos días antes de la visita del teniente Kramer a mi consultorio, yo había concluido con las ciencias ocultas. Me interesaron especialmente los conjuros, las apariciones y las desapariciones. Con relación a estas últimas recordaré siempre el caso de Daniel Sludge Home, quien, a instancias de la Society for Psychical Research, de Londres, y ante una selecta concurrencia, intentó los pases que se emplean para provocar la desaparición de fantasmas y murió en el acto. En cuanto a los nuevos Elías, que habrían desaparecido sin dejar rastro ni cadáver, me permito la duda.
El «misterio» de la carta me incitó a leer las obras de Blanqui. Por de pronto comprobé que figuraba en la enciclopedia y que había escrito sobre temas políticos. Esto me complació: en mi plan, inmediatas a las ciencias ocultas, vienen la política y la sociología.
Una madrugada, en la calle Corrientes, en una librería atendida por un viejo borroso, encontré un polvoriento atado de libros encuadernados en cuero pardo, con títulos y filetes dorados: las obras completas de Blanqui. Las compré por quince pesos.
En la página 281 de mi edición no hay ninguna poesía. Aunque no he leído íntegramente la obra, creo que el escrito indicado es L’Éternité par les Astres, un poema en prosa. En mi edición comienza en la página 307, del segundo tomo. En ese poema o ensayo encontré la explicación de la aventura de Morris.
Fui a Nazca. Hablé con los comerciantes del barrio. En las dos cuadras que tiene la calle Miranda no vive ninguna persona de mi nombre.
Fui a Márquez. No hay número 6890. No hay iglesias. Había, esa tarde, una poética luz, con el pasto de los potreros muy verde y con los árboles lilas y transparentes. Además la calle no está cerca de los talleres del Ferro Carril Oeste. Está cerca del puente de la Noria.
Fui a los talleres del Ferro Carril Oeste. Tuve dificultades para rodearlos por Juan B. Justo y Gaona. Pregunté cómo salir del otro lado de los talleres. «Siga por Rivadavia —me dijeron— hasta Cuzco. Después cruce las vías». Como era previsible, allí no existe ninguna calle Márquez. La calle que Morris denomina Márquez debe de ser Bynnon. Es verdad que ni en el número 6890, ni en el resto de la calle, hay iglesias. Muy cerca, por Cuzco, está San Cayetano; el hecho no tiene importancia: San Cayetano no es la iglesia del relato. La inexistencia de iglesias en la misma calle Bynnon, no invalida mi hipótesis de que esa calle es la mencionada por Morris; pero esto se verá después.
Hallé también las torres que mi amigo sitúa en un lugar despejado y solitario: son el pórtico del Club Atlético Vélez Sársfield, en Fragueiro y Barragán.
No creí necesario visitar el pasaje Owen: vivo en él. Cuando Morris anduvo perdido, sospecho que estaba frente a las casas repetidamente iguales del barrio obrero Monseñor Espinosa, con los pies enterrados en el barro blanco de la calle Perdriel.
Volví a visitar a Morris. Le pregunté si no habría pasado por una calle Amílcar, o Aníbal, en su recorrida nocturna. Afirmó que no conocía calles de esos nombres. Creyó necesario aclarar:
—Amílcar es una marca de automóviles tipo sport. Me gustaría tener uno.
Le pregunté si en la iglesia que visitó había algún símbolo junto a la cruz. Se quedó en silencio, mirándome. Creía que yo no le hablaba en serio. Finalmente, me preguntó:
—¿Cómo querés que me fije en un detalle así?
—Claro, claro… sin embargo, sería importante. Tratá de hacer memoria. Tratá de recordar si junto a la cruz no había alguna figura.
—Tal vez —murmuró—, tal vez un…
—¿Trapecio? —insinué.
—Sí, un trapecio —dijo sin convicción.
—¿Simple o cruzado por una línea?
—Verdad —exclamó—. ¿Cómo sabés? ¿Estuviste en la calle Márquez? Al principio no me acordaba de nada… De pronto he visto el conjunto: la cruz y el trapecio. Un trapecio cruzado por una línea con puntas dobladas.
Hablaba animadamente.
—¿Y te fijaste en alguna estatua de santos?
—Viejo —exclamó, con reprimida impaciencia—. No me habías pedido que levantara el inventario.
Le dije que no se enojara. Cuando se calmó, le pedí que me mostrase el anillo y que me repitiese el nombre de la enfermera.
Volví a casa, contentísimo. Oí ruidos en el cuarto de mi sobrina; pensé que estaría arreglando sus cosas. Procuré que no descubriera mi presencia. No quería que me interrumpiera. Tomé el libro de Blanqui, me lo puse debajo del brazo y salí a la calle.
Me senté en un banco del Parque Pereyra. Una vez más leí este párrafo:
«Habrá infinitos mundos idénticos, infinitos mundos ligeramente variados, infinitos mundos diferentes. Lo que ahora escribo en este fuerte del Toro, lo he escrito y lo escribiré durante la eternidad, en una mesa, en un papel, en un calabozo, enteramente parecidos. En infinitos mundos mi situación será la misma, pero tal vez haya variaciones en la causa de mi encierro o en la elocuencia o el tono de mis páginas».
El 23 de junio Morris cayó con su Dewoitine en el Buenos Aires de un mundo casi igual a éste. El período confuso que siguió al accidente le impidió notar las primeras diferencias; para notar las otras hubiera requerido una perspicacia y una educación que no poseía.
Remontó vuelo una mañana gris y lluviosa; cayó en un día radiante. El moscardón, en el hospital, sugiere el verano; el calor tremendo que lo abrumó durante los interrogatorios lo confirma.
Morris da en su relato algunas curiosas características del mundo que visitó. Allí, por ejemplo, falta el país de Gales. Las calles con nombre galés no existen en aquel Buenos Aires: Bynnon se convierte en Márquez, y Morris, por laberintos de la noche y de la propia ofuscación, busca en vano el pasaje Owen. Yo, y Viera, y Kramer, y Mendizábal, y Faverio, existimos allí porque nuestro origen no es galés; el general Huet y el mismo Ireneo Morris, ambos de ascendencia galesa, no existen (él penetró por accidente). El Carlos Alberto Servian de allá, en su carta, escribe entre comillas la palabra Owen, porque le parece extraña; por la misma razón, los oficiales rieron cuando Morris declaró su nombre.
Porque no existieron allí los Morris, en Bolívar 971 sigue viviendo el inamovible Grimaldi.
La relación de Morris revela, también, que en ese mundo Cartago no desapareció. Cuando comprendí esto hice mis tontas preguntas sobre las calles Aníbal y Amílcar.
Alguien preguntará cómo, si no desapareció Cartago, existe el idioma español. ¿Recordaré que entre la victoria y la aniquilación puede haber grados intermedios?
El anillo es una doble prueba que tengo en mi poder. Es una prueba de que Morris estuvo en otro mundo: ninguno de los expertos consultados reconoció la piedra. Es una prueba de la existencia (en ese otro mundo) de Cartago: el caballo es un símbolo cartaginés. ¿Quién no ha visto anillos parecidos en el museo de Lavigerie?
Además, Idibal, o Iddibal, el nombre de la enfermera, es cartaginés; la fuente con peces rituales y el trapecio cruzado son cartagineses; por último están los convivios o circuli, de memoria tan cartaginesa y funesta como el insaciable Moloch…
Pero volvamos a la especulación. Me pregunto si yo compré las obras de Blanqui porque estaban citadas en la carta que me mostró Morris o porque las Historias de estos dos mundos son paralelas. Como allí Gales no existe, las leyendas correspondientes no ocuparon parte del plan de lecturas; el otro Carlos Alberto Servian pudo adelantarse; pudo llegar antes que yo a las obras políticas.
Estoy orgulloso de él: con los pocos elementos que tenía, aclaró la misteriosa aparición de Morris; para que Morris también la entendiera, le recomendó L’Éternité par les Astres. Me asombra, sin embargo, que se jacte de vivir en el barrio Nazca y de ignorar el pasaje Owen.
Morris fue a ese otro mundo y regresó. No apeló a mi bala con resorte ni a los demás vehículos que se han ideado para surcar la increíble astronomía. ¿Cómo cumplió sus viajes? Abrí el diccionario de Kent; en la palabra pase, leí: «Complicadas series de movimientos que se hacen con las manos, por las cuales se provocan apariciones y desapariciones». Pensé que las manos tal vez no fueran indispensables; que los movimientos podrían cumplirse con otros objetos; por ejemplo, con aviones.
Mi teoría es que el «nuevo esquema de prueba» coincide con algún pase. Las dos veces que lo intenta, Morris se desmaya y cambia de mundo.
Allí supusieron que era un espía venido de un país limítrofe; aquí explican su ausencia, imputándole una fuga al extranjero, con propósitos de vender un arma secreta. Él no entiende nada y se cree víctima de una confabulación inicua.
Cuando volví a casa encontré sobre el escritorio una nota de mi sobrina. Me comunicaba que se había fugado con ese traidor arrepentido, el teniente Kramer. Añadía esta crueldad: «Tengo el consuelo de saber que no sufrirás mucho, ya que nunca te interesaste por mí». Añadía luego este refinamiento de crueldad: «Kramer se interesa por mí; soy feliz».
Tuve un gran abatimiento, no atendí a los enfermos y por más de veinte días no salí a la calle. Pensé con alguna envidia en ese yo astral, encerrado como yo en su casa, pero atendido por «solícitas manos femeninas». Creo conocer su intimidad; creo conocer esas manos.
Lo visité a Morris. Traté de hablarle de mi sobrina (apenas me contengo de hablar, incesantemente, de mi sobrina). Me preguntó si era una muchacha maternal. Le dije que no. Habló de la enfermera.
No es la posibilidad de encontrarme con una nueva versión de mí mismo lo que me incitaría a viajar hasta ese otro Buenos Aires. La idea de reproducirme, según la imagen de mi ex-libris, o de conocerme, según su lema, no me atrae. Me atrae, tal vez, la idea de aprovechar una experiencia que el otro Servian, en su dicha, no ha adquirido.
Pero éstos son problemas personales. Lo más grave es la situación de Morris, que me preocupa. Aquí todos lo conocen y han querido ser considerados con él; pero como tiene un modo de negar verdaderamente monótono y su falta de confianza exaspera a los jefes, la degradación, si no la descarga del fusilamiento, será su porvenir.
Si le hubiera pedido el anillo que le dio la enfermera, me lo habría negado. Refractario a las ideas generales, jamás hubiera entendido el derecho de la humanidad sobre ese testimonio de la existencia de otros mundos. Debo reconocer, además, que Morris sentía apego por el anillo. Mi proceder ofenderá la sensibilidad de algunos; la conciencia del humanista la aprueba. Finalmente, me es grato señalar un resultado inesperado: desde el momento en que perdió su anillo, Morris se muestra más dispuesto a escuchar mis planes de evasión.
Dentro de la sociedad los armenios formamos un grupo indestructible. Tengo amigos de influencia. Morris podrá intentar una reproducción de su accidente, y yo me atreveré a acompañarlo.
C. A. S.
El relato de Carlos Alberto Servian me pareció inverosímil. No ignoro la antigua leyenda del carro de Morgan: el pasajero dice dónde quiere ir, y el carro lo lleva; pero es una leyenda. Admitamos que por casualidad el capitán Ireneo Morris haya caído en otro mundo; que vuelva a caer en éste sería un exceso de casualidad.
Desde el principio tuve esa opinión. Los hechos la confirmaron.
Un grupo de amigos proyectamos y postergamos, año tras año, un viaje a la frontera del Uruguay con el Brasil. Como este año no pudimos evitarlo, partimos.
El 3 de abril almorzábamos en un almacén en medio del campo. Después visitaríamos una «fazenda» interesantísima.
Seguido de una polvareda llegó un interminable Packard. Bajó un hombrecito flaco, muy peinado con gomina.
—Dicen que fue capitán —explicó alguien—. Se llama Morris.
No acompañé a mis amigos a visitar la «fazenda». Morris me contó aventuras de contrabandistas: tiroteos con la policía, estratagemas para tentar a la justicia y perder a los rivales, fugitivos que para cruzar los ríos se colgaban de la cola de los caballos, borracheras y mujeres…
De pronto, como en un vahído, creí entrever un descubrimiento. Investigué con Morris. Investigué con otros, cuando Morris se fue.
Recogí pruebas de que Morris llegó a mediados de junio del año pasado y de que muchas veces fue visto en la región, entre principios de septiembre y fines de diciembre. El 8 de septiembre intervino en unas carreras cuadreras, en Yaguarão; después pasó varios días en cama, a consecuencia de una caída del caballo.
Sin embargo, en esos días de septiembre, el capitán Morris estaba internado y detenido en el Hospital Militar, de Buenos Aires. Las autoridades militares, los compañeros de armas, los amigos de infancia, el doctor Servian y el ahora capitán Kramer, el general Huet, viejo amigo de su casa, lo atestiguan.
La explicación es evidente:
En varios mundos casi iguales, varios capitanes Morris salieron un día (aquí el 23 de junio) a probar aeroplanos. Nuestro Morris se fugó al Uruguay o al Brasil. Otro, que salió de otro Buenos Aires, hizo unos «pases» con su aeroplano y se encontró en el Buenos Aires de otro mundo (donde no existía Gales y donde existía Cartago; donde espera Idibal). Ese Ireneo Morris subió después en el Bristol, volvió a hacer los «pases» y cayó en este Buenos Aires. Como era idéntico al otro Morris, sus propios compañeros lo confundieron. No era el mismo. El nuestro (el que está en el Brasil) remontó vuelo, el 23 de junio, con el Dewoitine 304; el otro sabía perfectamente que había probado el Dewoitine 309. Después, con el doctor Servian de acompañante, intenta los «pases» de nuevo y desaparece. Quizá lleguen a otro mundo; es menos probable que encuentren a la sobrina de Servian y a la cartaginesa.
Alegar a Blanqui, para encarecer la teoría de la pluralidad de los mundos, fue tal vez un mérito de Servian; yo, más limitado, hubiera propuesto la autoridad de un clásico; por ejemplo: «según Demócrito, hay una infinidad de mundos entre los cuales algunos son, no tan sólo parecidos, sino perfectamente iguales» (Cicerón, Primeras Académicas, II, 17). O si no: «Henos aquí, en Bauli, cerca de Pozzuoli, ¿piensas tú que ahora, en un número infinito de lugares exactamente iguales, habrá reuniones de personas con nuestros mismos nombres, revestidas de los mismos honores, que hayan pasado por las mismas circunstancias, y en ingenio, en edad, en aspecto, idénticas a nosotros, discutiendo este mismo tema?» (íd., íd., II, 40).
Lectores acostumbrados a la antigua noción de mundos planetarios y esféricos, reputarán increíbles los viajes entre Buenos Aires de distintos mundos. Se preguntarán por qué los viajeros llegan siempre a Buenos Aires y no a otras regiones, a los mares o a los desiertos. La única respuesta que puedo ofrecer a una cuestión tan ajena a mis conocimientos, es que tal vez estos mundos sean como haces de espacios y de tiempos paralelos.
FIN
