Sinopsis: «El pozo» es un cuento de la escritora argentina Alejandra Kamiya, publicado en 2015 en el libro Los árboles caídos también son el bosque. El soldado Sato recibe una orden transmitida desde lo más alto de la jerarquía militar: cavar un pozo en un punto preciso de una isla que no figura en los mapas, tarea que debe cumplir hasta recibir nuevas instrucciones. En el límite entre la llanura y el bosque, solo y equipado con pertrechos básicos y una pala, Sato asume la misión con extrema disciplina, mientras los días se confunden y él intenta desentrañar el sentido táctico de su extenuante trabajo.

El pozo
Alejandra Kamiya
(Cuento completo)
El soldado Sato recibe una orden del Capitán Takeda que ha recibido una orden directamente del General Imagawa.
El soldado Sato debe cavar un pozo en el lugar que le indica el Capitán Takeda de acuerdo a la orden superior del General Imagawa.
El hecho de que la orden haya bajado desde tan alto directamente al Capitán Takeda sin pasar por cada uno de los escalones de la jerarquía, la blinda, la hace impenetrable a cuestionamientos, dudas o cualquier movimiento de ideas.
La orden es un bloque perfecto que pasa de mano en mano.
Es un honor que haya pasado de las manos del General Imagawa directamente a las manos del Capitán Takeda, y el soldado Sato recibe el bloque y el honor de sostenerlo.
Es conducido al lugar indicado y se le entregan un equipo básico de supervivencia, armas, herramientas, víveres y una pala nueva de metal con mango de madera.
Es raro ver un elemento impecable en la guerra. En los dos años que el soldado Sato lleva en el ejército, no ha recibido nunca un elemento sin uso.
El Capitán Takeda se para en un lugar como si hubiese una equis roja marcándolo.
Apunta con sus ojos filosos al soldado Sato y señala la equis roja que el soldado comienza a ver.
El capitán dice «Cave aquí hasta nueva orden».
Para alguien de otra cultura, la fuerza y el tono grave del capitán podrían sonar cargados de enojo o furia.
«Sí», dice el soldado Sato desde su estómago, mirando al frente.
Las órdenes se reciben sin mirar a quien las da, dejándolas entrar y mezclarse con lo que uno es.
El soldado continúa en esa posición mientras el Capitán Takeda y el grupo que lo acompaña se retiran del lugar. Siente que se alejan, sin mirarlos, sin mirar nada más que la postura de su cuerpo.
Una vez solo, mira el lugar señalado, toma la pala, la eleva y la deja caer con fuerza. Apoya el pie en el canto para hundirla, levanta la tierra y la echa a un costado. Le llama la atención el color de la tierra. Es más roja que la tierra japonesa.
Vuelve a levantar la pala y a dejarla caer hundiéndola. Luego repite el movimiento.
Lo repite hasta sentir los músculos de los brazos y de la espalda.
Sigue repitiéndolo.
Se detiene. La montaña de tierra parece más grande que el pozo.
¿Cuánto tiempo ha pasado? El tiempo del cansancio.
Mira a su alrededor. Busca el agua. Bebe con lentitud. Se pasa el dorso de la mano por la frente. Decide acomodar las cosas, sentar una base, pasar lista a los pertrechos para saber con qué cuenta.
Son ocho bultos grandes, más de lo que todas las pertenencias del soldado Sato ocupaban antes de la guerra.
Debe buscar un lugar donde establecer su campamento. Mira a su alrededor.
A un lado, una especie de llanura: la vista se expande y despereza. Al otro, un bosque que no deja entrar a la vista más que unos metros.
Elige el bosque, se adentra.
Cambian la temperatura, el perfume del aire, la luz, los ruidos, lo que se ve y lo que se siente. Desde el bosque la llanura se siente como un afuera. A la llanura se sale, al bosque se entra.
Recorre los primeros metros barriendo con la mirada a un lado y al otro abanicos de terreno.
Deberá instalarse a una distancia desde la que pueda ver el pozo. Cuando no esté cavándolo, deberá custodiarlo.
Elige un espacio junto a un árbol cuyas raíces como tentáculos entran y salen de la tierra, y donde un tronco caído ofrece una idea de refugio entre tanta verticalidad. Solo la idea.
El soldado Sato limpia de piedras, ramas y hojas el piso hasta poder ver la tierra.
Un cuadrado de tierra limpia. Que sea un cuadrado no tiene ningún sentido más que el de evocar la forma de una casa o de una habitación.
Coloca los bultos a modo de barricada y decide hacer el resto más tarde.
No sabe cuándo regresará el capitán Takeda y no quiere perder el tiempo.
Vuelve al pozo, bebe un poco más de agua y continúa con la tarea.
Cuando era niño tuvo que cavar un pozo. Recuerda que lo hizo con sus manos y la ayuda de un palo. Tuvo que enterrar algo. No recuerda qué. Recuerda haber arañado el suelo con fuerza y haber sentido la tierra entre las uñas. Sus dedos tropezaron con piedras que los lastimaron pero no los detuvieron. Recuerda la fuerza con la que sujetaba algo en sus manos. Recuerda haberlo enterrado para siempre.
La tierra ya no es tan roja, se va oscureciendo a medida que el pozo avanza hacia su propia profundidad.
El pozo se extiende como una mancha de nada sobre la tierra: el soldado Sato debe moverse alrededor de él para seguir cavando.
Siente cansancio, pero no lo escucha. El cansancio no insiste, y como el pozo, crece en silencio.
El soldado Sato se da cuenta de que la luz ha ido cambiando y el sol se oculta al otro lado del bosque, de donde ve llegar algunos rayos rojos.
Busca el reloj en su bolsa. Es la hora en la que si estuviese en su pueblo, comería.
En la guerra no hay horarios, al menos no los que la gente común tiene fuera de ella. Hay otros que deben cumplirse a rajatabla, pero no los determinan los soldados, ni siquiera los capitanes.
El soldado Sato piensa que, ya que no tiene órdenes precisas de cómo llevar a cabo su tarea, debe hacerlo del modo más organizado y responsable.
A juzgar por la provisión de víveres, deberá cavar durante varios días. Si es así, no es conveniente cavar el primer día hasta agotar todas las fuerzas de sus músculos.
Decide organizar su refugio.
Esta isla que no figura en los mapas aún no ha sido tomada ni por los japoneses ni por el enemigo.
Si su misión fuese parte de un avance sobre territorio enemigo, se lo hubiesen dicho. Asume que está en zona japonesa o por lo menos neutral.
De todos modos en la guerra no se puede contar con certeza con nada, debe hacer su refugio lo más seguro posible.
A su alrededor solo ve árboles, tierra, árboles, árboles.
Decide cavar una pequeña trinchera para protegerse estando echado al ras del suelo, en posición de tiro. Mira la pala y agradece tenerla.
Comienza a cavar y antes de que termine, llega la noche, sus búhos, sus ranas, sus grillos.
Invaden la soledad del soldado y como si se despertara a algo, se da cuenta del cansancio que lo habita.
Cubre con hojas el suelo, reacomoda alrededor los bultos, toma una de las raciones de comida y la cantimplora y se sienta.
El cansancio es como un líquido pesado que fluye lento entre sus huesos.
Mira la ración y se pregunta de qué estará hecha. Recuerda la comida que preparaba su madre. Los olores. Piensa en los olores de la cocina e intenta olerlos. Casi lo logra, pero se duerme antes, sentado en la trinchera. Sueña con la cocina de su casa, en su pueblo. Sueña con los olores y los colores de antes de la guerra. Los ruidos, mansos como bueyes o el correr del agua.
Se despierta en medio de la noche y es casi como si no se despertara: escucha el ruido del agua con la que soñaba.
Reconoce el bosque, recuerda el pozo, mira sin ver hacia el piso aguzando el oído para capturar el ruido del agua. Viene de la oscuridad del bosque.
Si va a internarse en lo que no conoce, será mejor hacerlo de noche. Si hubiese enemigos, estarían durmiendo o al menos desprevenidos.
Sigue la voz del agua que lo llama, marca mentalmente el lugar de su refugio, y avanza entre los árboles.
Un arroyo de agua plateada. Un tajo en el bosque y la luna flotando blanca como una bola de arroz recién hecho.
El soldado se agacha, mete los dedos en el agua Ahueca las manos. Manso, bebe.
Algo se aquieta. El soldado duda de la guerra.
Vuelve a la trinchera y duerme. Cuando despierta corre al arroyo para ver si existe.
Se lava. Bebe. Agradece.
Toma una ración y cava toda la mañana, haciendo pausas. La profundidad del pozo alcanza el vientre del soldado Sato.
Apoya las manos en el borde, toma envión y salta hasta enderezar los brazos, sube una pierna y sale.
Lo mira y se asombra. Recuerda la equis roja. No sabe si debe seguir cavando hacia abajo, o hacia los costados. Inclina la cabeza a la izquierda. El pulgar en un lado del mentón, dos dedos se arrastran por la mejilla contraria.
«Soy tonto», piensa. Si no me dijeron, se supone que deba saberlo. Se enoja.
«Piensa, piensa», se dice, cerrando ahora la mano. Un puño de enojo.
Se pone en cuclillas, las manos una sobre la otra, los codos sobre las rodillas.
Dibuja en su mente la isla, por dónde llegaron, cómo fue el recorrido hasta este punto entre bosque y llanura, lejos del mar. Se da cuenta de que está en el centro. Tal vez un punto de avance. Un punto solitario.
No es un lugar de choque si no, no estaría solo. Tal vez luego lleguen refuerzos.
La noche fue silenciosa. No hay otras fuerzas cerca, ni ataques, ni aldeas. Si el pozo fuese para enterrar algo especifico, le hubiesen dicho las dimensiones.
Las ideas van y vienen y lo aturden. Hilos que se cruzan y lo enredan todo. «Tonto», repite, cuando llega a un nudo. Tonto, tonto.
«Cave aquí hasta nueva orden», repite el Capitán Takeda en la cabeza de Sato. El soldado lo mira mentalmente.
Intenta encontrar escondidas en esas cinco palabras, las claves. Cave aquí hasta nueva orden. Va a haber nueva orden: esto es parte de algo. Solo una parte. Tal vez haya otros soldados haciendo lo mismo en otros puntos de la isla.
Una zanja, eso es. Debe estar cavando una gran zanja. Parte de ella. Para dividir la isla e impedir avances.
El plan de murallas no tuvo éxito en otra de las islas del archipiélago. Él escuchó algo de eso.
Si el enemigo quisiese construir puentes, lo derribarían antes. En cambio, con las murallas, ocurrió lo contrario: fue el enemigo quien las arrasó antes de que ellos se enteraran. Poder ver al enemigo cuando avanza es importante. Ver es saber. Saber es dominar.
Sí, el pozo debe ser parte de una gran zanja a lo largo del límite entre el bosque y la llanura.
Sin darse cuenta, ha tomado la pala y está cavando.
Es parte de algo. Hunde la pala. Él siempre es parte de algo. La inclina empujando la tierra. Él es una parte. Levanta la pala cargada de tierra. Ser una parte es ser también el todo. Da vuelta la pala sobre el montículo a un lado. Parte. Todo. La tierra se mezcla con la tierra.
El soldado Sato está sudando. Se quita la camisa, se la pasa por la frente y la arroja sobre la bolsa.
Bebe de la cantimplora, levantando la cara. Un rayo del sol se le clava en los ojos y estalla. Ciego de luz, siente sed y hambre.
Mira el pozo y se asombra. Siempre se asombra cuando ve cuánto ha cavado. No puede cavar y mirar el pozo al mismo tiempo. No se puede buscar un resultado si se está mirándolo. Buscar y encontrar. Así se siente cuando mira el pozo: como si lo hubiese encontrado. Qué pozo tan grande. Ahora se siente autorizado a almorzar.
Entra al bosque como si entrara a su casa, se sienta en el refugio como a una mesa servida y come. La ración lo desconcierta. Es como algo que no es. No es sabrosa pero tampoco desagradable. No se siente nada al comerla. Es solo algo que devora a su hambre.
Abre las cajas: son todas iguales. Sets diarios de dos comidas grandes y una pequeña, atadas de a siete, en cajas de cinco atados. Cuatro cajas. Eso equivale a unos cuatro meses.
El agua no iba a alcanzar para tanto tiempo: ellos sabían que el arroyo estaba cerca.
Nadie puede cavar cuatro meses un hoyo hacia abajo. Se trata de una zanja. Claro.
Se afirma su idea.
Siente que algo encaja. Él y la orden. Él y el mundo. Ambos son redondos, tienen dientes y giran, el diente de uno metido entre dos dientes del otro. Engranajes.
Termina la ración y sigue sintiendo hambre. Bebe más agua.
Esa tarde la pala sube, corta el aire, cae, carga, sube, descarga con movimiento de máquina. Las máquinas no se equivocan, no se cansan. El soldado Sato es una máquina que cava.
En el cielo limpio una mancha: una nube. Avanza lenta, sin detenerse ni apurarse, una navegación pareja. Como si se deslizara sobre hielo. Una nube sola. Perdida de la manada.
El soldado Sato cava y a veces un recuerdo se cruza sin detenerse ni apurarse, como si se deslizara. Él solo lo mira. Una nube que pasa.
Sus guetta de niño. Recuerda sus pies flacos, abanicos de huesos de pájaro. Los recuerda en la tierra, en los arrozales, en la montaña, en el barro. Su madre encorvada lavando. Había algo en esa posición que lo entristecía. Los hombros adelantados, como si tuvieran que proteger lo que late dentro. Un cuerpo con forma de jaula.
Él recuerda sus pies. Debe haber mirado mucho hacia abajo. Debe haber tenido la misma postura que su madre.
Luego se fue enderezando como una planta que busca la luz, sus hombros se ensancharon un poco y retrocedieron, avanzó el pecho flaco.
Cava sin darse cuenta, y sin darse cuenta se cansa.
Llega el atardecer, y rosa y dorado, lo abraza.
Toma su ración fuera del refugio, en la llanura, mirando nada. Saboreando nada. La nada no duele, no espanta. Desde que empezó la guerra, el soldado nunca había podido darse cuenta de lo sosa que es la ración. Tampoco había podido detenerse porque el cansancio pesara. No había podido mirar el cielo sin buscar aviones enemigos, mirando el cielo.
Esa noche duerme sin un arma cerca, se acuesta, deja que su cuerpo se explaye cuando sueña.
Al día siguiente decide llevar una cuenta de los días, para saber cuánto cava cada día y cuando regresen sus superiores, poder reportar con exactitud y correctamente.
En el tronco caído hace tres marcas.
Recuerda su sensación del día anterior, su desprecio por el sabor de la ración.
Qué estúpido es pensar que la guerra no existe solo porque en este punto él no la ve. Qué estúpido creerse al margen de la guerra siendo un soldado. Deberá repetir a su cabeza tonta que la guerra existe, aunque él no la vea, y que él es un soldado, aunque por momentos goce de privilegios como estar lejos del frente, o en una tierra tan rica, y tener elementos nuevos y todo lo que necesita.
Deberá repetírselo a diario para no caer en esta especie de trampa que lo pondría realmente en riesgo.
Cuando sale a la llanura, ve un rebaño de nubes que avanzan desperdigadas.
Tal vez llueva. Las lluvias en este archipiélago duran días. El pulgar a un lado del mentón, el índice y el mayor bajan por la mejilla contraria: raspa. Se afeita. Luego desarma el bulto en el que hay dos gruesas telas de campaña. Va a usar una para el refugio y otra para el pozo. No va a dejar de cavar por la lluvia, pero tampoco puede enfermarse: el resultado sería el mismo.
Busca palos para hacer de parantes. Lleva el hacha.
Se interna en el bosque, siente el crujido de las hojas diferente, más suave.
También es diferente el perfume del aire. La humedad, piensa.
Encuentra troncos que limpia con el hacha. Hace primero una cruz para sostener y tensar cada cuadrado de tela, como una cometa. Hace nudos en las cuatro puntas y las ata con soga a las puntas de la cruz, con fuerza. Luego estas puntas, a los parantes ya enterrados alrededor del refugio y a un lado del pozo.
Es un lujo tener estas pequeñas casas. En el ejército japonés solo los oficiales tienen carpas. El soldado Sato se siente en falta al pensarlo.
Recuerda que su deber también es no enfermarse. Esto disipa la falta y el soldado se adueña de los improvisados techos de campaña.
Como si lo hubiera estado esperando, la lluvia cae apenas él termina el trabajo.
La lluvia lo acompaña. Él cava debajo del techo que está junto al pozo. Como si fuera un pozo pequeño que luego unirá al pozo madre.
La lluvia no para en toda la tarde. El soldado tampoco.
Cuando partió de su pueblo para unirse al ejército, llovía. Recuerda los ojos tristes de su madre.
Cava con más fuerza. Desde esta posición no va a poder escribirle. Si lo hiciese tal vez no podría contarle de la zanja. Solo le diría que está bien y que volverá a casa en cuanto la guerra acabe. Recuerda las manos de su madre como dos tortugas entrelazadas. Tortugas milenarias, buenas, cansadas.
Esa noche sueña que es un niño y su madre tiene las manos blancas y lisas. Como de nieve. Y perfumadas como noches de verano. Las manos de su madre levantan vuelo solas y se escapan. Su madre manca lo tiene en brazos.
Se despierta rascándose la cara. Se toca las mejillas, el cuello, los brazos y siente las picaduras. Pequeñísimos volcanes que arden.
La frescura del arroyo le ofrece un alivio que pasa por su piel tan rápido como el agua.
No debe rascarse, lo sabe. Miles de puntos quemándole la cara. No se rasca.
Cava para no rascarse. No se rasca en todo el día y esa noche cae agotado.
Improvisa una especie de máscara con una gasa para heridas. No sueña nada.
Los días que siguen se parecen tanto como se parecen los minutos uno a otro, como se parecen las paladas. La diferencia solo se ve en los resultados: en el pozo, en los músculos de la espalda, en las raciones de las cajas.
El pozo ya no tiene forma de huevo. Es una larva que ha nacido entre el bosque y la llanura. Los días de lluvia el fondo se llena de agua: el soldado no cava adentro, sino que agranda los límites del pozo como si la larva se estirara.
Lleva la máscara para evitar las picaduras y ha descubierto que el olor de una planta mantiene alejados a los insectos. Abre las hojas carnosas con el cuchillo y se las pasa por el cuerpo.
Esta nueva guerra que lo rodea en silencio le permite observar las plantas en donde antes solo veía bosque o selva. Donde veía solo uno, ve miles, como si hubiese entendido algo.
Su olfato se ha despertado. Así lo siente el soldado. Como si hasta ahora hubiese estado dormido y hubiese dejado hacer todo el trabajo a la vista.
Con el olfato despierto, la vista y el oído también se han despabilado: ve cosas que antes no veía, distingue sonidos como si los viera. Como si hubiese encontrado nuevas armas.
Algo se ha ajustado de adentro hacia fuera, desde el centro del soldado hacia lo que lo rodea. Lo de adentro se parece tanto a lo de afuera que el límite se borra. Esa línea entre ambos es el contorno mismo del soldado, que va siendo el bosque y la llanura y este pozo negro como una boca llena de hambre.
Hecho bosque y llanura el soldado, la guerra parece lejana. También su pueblo. Él mismo, el chico que era antes de la guerra.
Cuando ve cómo se olvida de lo que es y dónde está, se lo recuerda: él es un soldado, y está en guerra. Su misión es cavar un pozo hasta nueva orden.
El pozo larva se ha extendido hacia el sur y hacia el norte, y su cuerpo hecho de falta se ha hundido en la tierra: llega a la altura del pecho del soldado.
Él ha construido una pequeña escalera. A cada lado del pozo, hay un borde alto de tierra.
El soldado puede ver al enemigo cayendo en él, siendo herido al intentar pasar a este lado de la tierra. Porque la guerra parte a la tierra en dos, como una manzana, una nuez, una pera. El soldado Sato cava la grieta que parte la tierra. Una parte ínfima en su magnitud, pero enorme en su importancia. De qué sirve un dique si tiene un agujero, de qué sirve una zanja si no lo separa todo. Si no deja del otro lado al enemigo para siempre. El soldado cava, como una hormiga que muerde una sandía, un punto negro más pequeño que una semilla.
El soldado es mínimo, como la punta de una flecha. El soldado Sato cava clavándose en la tierra.
El tiempo del soldado se cuenta en paladas todas iguales.
Decide dejar de hacer las marcas de los días en el tronco.
No sirven: no espera una fecha determinada. Esa fila de patas de araña no avanza hacia ningún lado. Sus superiores vendrán a buscarlo en cualquier momento, hoy cuando caiga el sol, o tal vez mañana cuando vuelva a levantarse o tal vez dentro de un mes o dos o un año.
Él no reportará día por día, sino un día repetido muchas veces: un día en el que ha cavado y por la noche ha vigilado el pozo.
O simplemente reportará haber hecho lo que se le ha ordenado.
Los días no son personas, cada una con sus ropas, pobres o lujosas, sus manos blancas o curtidas, sus miradas. Los días son soldados.
Dibujar los días en el tronco es como marcar distancias en el agua.
El tiempo del soldado es el mar en el que nada: es lo que lo sostiene y en lo que puede hundirse si deja de dar brazadas.
El tiempo del soldado es líquido y no se mide con marcas. La medida del tiempo y del soldado, es el pozo que avanza palada a palada.
En este tiempo líquido el primer modo de nadar del soldado se parece a una lucha. Luego, a una danza. Finalmente, al soldado le salen escamas: se ha adaptado.
Uno de esos días no marcados, el soldado vuelve a sentir la falta de sabor de la ración, y casi al mismo tiempo ve un ave, una clase de pájaro enorme.
Construye una trampa, una especie de jaula hecha de ramas, y coloca su ración como cebo. Está dispuesto a perder su ración a cambio de cazar algo más parecido a la comida de antes de la guerra.
Apoya la jaula sobre una rama y ata esta a un hilo que él sostiene escondido y quieto.
Su cena cae en la trampa.
Encender un fuego para cocerla implica un gran riesgo: si hay tropas enemigas cerca, verán el humo, lo atraparán y el plan de la zanja fracasará por completo.
Pero sus superiores le han dejado tres cajas de fósforos, de lo que resulta claro que está autorizado a usarlos. De los fósforos deduce que el enemigo no está cerca.
La siguiente vez que intenta cazar un pájaro, entra en la trampa una especie de ratón, más difícil de cocinar pero más sabroso…
Antes de comer el soldado siempre agradece su comida.
Como cuando el paisaje lo seduce, cuando la comida es buena, el soldado se repite que está en guerra como si se diera golpecitos en la cabeza. La guerra se disfraza de placeres para engañarlo.
Cuando quedan solo treinta raciones, él decide prescindir de ellas y guardarlas como reserva.
Del tiempo que ha pasado deduce que sus superiores confiaron en que subsistiría en el lugar.
O tal vez algo imprevisto hizo que no pudieran regresar a tiempo.
Todo es imprevisto en la guerra. Debe estar preparado. Nada debe sorprender a un soldado.
Camina girando sobre su eje, siempre. Para no ofrecer la espalda como blanco, para que nada pueda acercarse sin que él lo vea antes.
Su marcha no es una línea sino una espiral, la distancia más larga entre dos puntos, la más segura.
Nunca sintió una amenaza concreta que pudiera provenir del enemigo. Voces, humo, ruido de balas o bombardeo.
Esta vida se parece a veces a un adormecimiento. El mismo que hace que los pájaros o los ratones caigan en las trampas.
Los días de lluvia regresan, montados sobre nubes gordas como caballos mal dibujados.
El soldado se pregunta si será una temporada de lluvias como la pasada o una lluvia aislada. Prepara los techos de campaña.
Cava todo el día debajo del techo. Alcanza los límites de su refugio seco: ya no puede seguir cavando.
Se sienta en el fondo. La pala a su lado, descansa. Hilos de agua surcan las paredes y caen como guirnaldas: el techo está agujereado.
Siempre que deja de cavar el soldado siente el cansancio.
Estira una pierna, apoya un brazo sobre la rodilla de la otra. La mano cuelga, mojada. Una gota resbala por el dedo más largo. Una curva cada vez más profunda que se desprende y cae suicidada.
El soldado mira varias, en fila. Soldados de agua.
Los recuerdos desfilan y él no los mira. A los recuerdos no les gusta ser ignorados. Algunos, como las nubes que no llueven, se vuelven más densos. Otros cambian de forma, se disipan, desaparecen.
Hace un montículo con el barro del fondo. Lo mira hasta ver una cara. Cuando la ve, la esculpe. Cuando la reconoce, la nombra. La llama Unno, como su mejor amigo de la infancia.
Y brotan de su boca nombres que empiezan a nombrar de nuevo todas las cosas.
El segundo nombre es de mujer y cae sobre la pala: Sachiko.
Recuerda a Sachiko, la hermana de su amigo. Recuerda sus gestos, su cara, su andar como si flotara.
Las mujeres están más cerca de la naturaleza, por eso conservan el misterio. Tienen motivos como los del rocío, la caída de las hojas, las olas.
El soldado mira a Sachiko como se mira a la luna.
Luego surgen otros nombres de su boca y caen sobre los bultos, las armas, las plantas.
Todo tiene nombre menos el pozo. El pozo no puede ser nombrado.
El soldado esculpe más caras en el barro y las nombra. El pozo se llena de caras que desde la oscuridad acompañan al soldado, le sonríen, lo vigilan, lo ignoran, le gritan, lo invitan a beber, le cuentan cosas, le dan órdenes. Algunas voces son mucho más fuertes que otras. No es el soldado quien decide la fuerza de cada una, es el pozo.
El soldado ya no las escucha separadas, sino que se han hecho una sola, que al mismo tiempo le dice que cave, que lo han olvidado, que debe cuidarse, que debe dar su vida por la patria, que él es un buen soldado, que él no vale nada.
El soldado borra de un golpe las caras. Todas. Y solo en el pozo, como si este se lo hubiera tragado, su cuerpo se sacude como si algo diera golpes desde adentro. Emite ruidos como pequeños truenos, pero más agudos, más animales. Su boca se estira y se tuerce en una mueca como la de las máscaras de teatro. Sus ojos se cierran, apretados, y de ellos caen gotas, como antes de sus dedos.
Sigue sin mirar las nubes de sus pensamientos. Solo deja que llueva, y que todo se limpie como se limpia el bosque.
Llueve toda la noche, mientras el soldado duerme.
La mañana siguiente llega, como siempre, por la llanura y es esplendorosa, femenina.
Se cuela en el bosque a buscar al soldado y lo acaricia.
El soldado siente que hay algo nuevo en el aire, y piensa que tal vez hoy sea el día en que vuelvan a buscarlo.
Ha mudado el campamento de lugar varias veces para no perder tiempo caminando hasta el extremo de la zanja.
La larva es una serpiente que se ha extendido y ahora separa la llanura del bosque: ha cobrado un sentido.
El soldado piensa que tal vez no regresen a buscarlo sino que será él quien se acerque al siguiente cavador al avanzar con su parte.
«Es un día bueno», piensa, mientras come. Una vez más piensa que le gustaría comer pescado. Decide intentarlo, construir una especie de cerco y colocarlo en el arroyo.
En el bosque hay plantas que parecen suficientemente flexibles y largas como para entretejerlas.
Con el cuchillo en la mano, se adentra en el bosque y en su magia.
Cuando entra al bosque siempre siente que vuelve a algo. Aún hechos de diferentes plantas, todos los bosques son el mismo bosque.
Camina mirando hacia lo alto buscando lianas.
De repente, un rayo, un golpe, un fuego quemándole una pierna. Cae al suelo, derribado. Tensos todos los músculos de la cara. El grito se ahoga en el miedo. Sostiene su pierna con ambas manos, y la aprieta debajo de la rodilla izquierda. No se anima a tocarla.
Su cuerpo queda inmóvil. Su mente también. El bosque desaparece.
Cuando despierta es de noche, y ve a su madre multiplicada entre los árboles. Algo ruge desde lejos: desde adentro del soldado. Se arrastra.
Recuerda: está herido. Debe haberlo picado algo. Imagina el veneno corriendo por su sangre. Se saca la camisa y la ata con fuerza a la altura de su rodilla. Piensa que debería haberlo hecho antes. La herida es pequeña: dos agujeros. «Una serpiente», piensa.
Una serpiente como una zanja.
Intenta levantarse, se marea. Anda sobre sus rodillas y sus manos, como un perro.
En el refugio se deja caer. Alcanza la cantimplora, bebe y se moja la cabeza.
El mundo se ha vuelto extraño y amenaza. Él mismo es un extraño en un cuerpo que arde.
Su madre lo mira en silencio con los ojos llenos de palabras. El soldado toma el cuchillo e intenta abrir los ojos de su madre, pero ella cambia de lugar como un fantasma. En la carrera inmóvil dentro de la trinchera, se hace un corte en la mano.
Cae en el sueño como en una trampa. Los ojos-cárcel de su madre se multiplican, hacen agujeros en la oscuridad y espían.
El soldado pasa una noche larga, o varias revolviéndose en la trinchera.
Limpia el fondo y hace un hueco con forma de huevo. Se acurruca adentro como un cero. Intenta cerrar sus oídos, como un perro que baja las orejas, pero los gritos vienen de su pecho. Se cierra al adentro y al afuera, existe apenas.
Algo persiste y duele.
Lo único real es el agua que bebe, y los fluidos que salen de su cuerpo. Y el dolor que va y viene como una ola, y lo arrastra, y lo escupe a una orilla de sueño.
Qué va a pasar con el pozo si él muere. Quién va a continuar la tarea. Él intenta ir por ese camino pero la pendiente lo lleva hacia otro lado: imágenes de su madre, sus amigos, los arrozales y las montañas. Hay alegría en el desfile, como si la muerte sonriera. Una sonrisa es un refugio siempre. El soldado se duerme.
A la mañana siguiente su propia vida le es devuelta: la fiebre se ha ido, puede moverse.
El hambre es la bienvenida al mundo de los vivos.
Tiene una mano herida. Se lava y se hace un vendaje.
Abre la caja de las raciones de reserva y se da cuenta de que ha comido durante los días de la fiebre. Quedan pocas. Toma una y la abre.
El regreso de sus superiores se ha tornado difuso.
Lo único que permanece inamovible dentro y fuera del soldado es el pozo.
Tal vez todos han muerto, piensa. Tal vez el ejército japonés ha sido diezmado. Tal vez el del enemigo. Tal vez lo que él está cavando es una gran fosa para enterrar los cadáveres. Miles. Tal vez él deba arrojar a todos dentro y luego dejarse caer como el último cadáver.
Cuando termina la ración va a ver el pozo.
En cuanto lo ve, lo reconoce: a un lado la llanura, al otro, el bosque.
Ese pozo es él mismo: algo que divide, se hunde, crece. Hecho de barro y falta. Lleno de cadáveres.
Recuerda de repente lo que enterró cuando era niño. Una vara que uno de los dueños de los arrozales llevaba en la mano. A él le pareció un símbolo de mando. El recuerdo empuja algo. No sabe qué pensaba al hacerlo. Recuerda lo que sentía: un peso.
«Obediencia», piensa, y la palabra ilumina lo que muestra.
Como otras veces, sin darse cuenta, ha comenzado a cavar y se sorprende a sí mismo en medio de la tarea.
Recuerda la equis roja y al Capitán Takeda. Recuerda el día en que se unió al ejército. Estaba feliz, lleno de orgullo, dispuesto a morir. Había cumplido dieciocho años unos días antes. Un uniforme, un arma, una misión parecían sus regalos. Los regalos que el Emperador le enviaba al último súbdito, al más pequeño, al hijo de una campesina viuda en un rincón de las montañas. Él puso su vida en una bandeja a modo de agradecimiento, y permaneció parado mirando al frente, vacío de todo lo que no fuera entrega.
Algo decanta.
Como hojas de té que se han desperezado en el calor del agua.
La lenta caída les devuelve su esencia: un perfume verde. A un lado y al otro, bajan como si no quisieran. Una caída que se parece a un vuelo.
El fondo espera. Las hojas siempre llegan.
Ya no cava.
Sale del pozo.
Por primera vez quisiera saber qué día es. Cómo se llama la tierra que pisa.
Corre a buscar el espejo con el que antes se afeitaba. Se busca.
El espejo es pequeño: recorre su rostro de a partes, como un terreno.
Debajo de los pómulos empieza la barba: de un lado la piel limpia como una llanura, del otro, un bosque negro de pelos. Pero es en la mirada donde se pierde: es otro.
Vuelve a un costado de la zanja.
Parado sobre uno de los montículos que la protegen, levanta la pala, la llena de tierra y le da vuelta en el vacío.
La profundidad no se inmuta. La acción del soldado no produce cambios.
El soldado se siente invisible. Da rápidas paladas empujando la tierra adentro del pozo.
Va a taparlo todo, aunque le lleve el doble de tiempo y esfuerzo que haberlo cavado.
Arroja tierra dentro del pozo durante todo el día. No caza, no come. Bebe mucha agua.
Los pensamientos pasan y él intenta ver sus formas de nube y descifrarlos.
Mezclado entre recuerdos, vuelve a él su nombre: Hyuga.
Recuerda la voz de su madre llamándolo. Recostado en el recuerdo, que es suave, se duerme. Sueña que el pozo tiene dientes en sus bordes, dientes metálicos.
La noche transforma lo que toca.
Cuando el soldado despierta, su decisión se ha tornado pregunta.
Él responde dando paladas.
Por fin sabe lo que entierra: entierra al pozo. Lo va a hacer desaparecer debajo de la tierra.
Trabaja con fuerza.
De repente, siente un temblor en el aire, profundo y suave. Ruge algo, se acerca. Un avión.
El corazón de Hyuga se alegra. Vienen a buscarlo.
Una avalancha de pensamientos cae sobre la alegría. Él está desobedeciendo. Está tapando la zanja que se le ordenó cavar. Está atacando la orden General Imagawa, y echando por la borda la carrera del Capitán Takeda que lo eligió para la tarea. Está abriendo el camino al enemigo. Está traicionando al Emperador. Será juzgado, condenado y muerto con deshonor.
De qué sirve un hombre si no sirve a su patria.
Un hombre sin patria es un eslabón sin cadena, una pieza suelta, una gota sola que no moja nada.
El avión se ha ido.
No han venido a buscarlo. No lo han atacado. Algo pasó como si no hubiera pasado.
La tierra ya no tiembla. El pozo parece mirarlo.
Sigue tapándolo. Espera que su madre entienda. Él es un insecto que sale de abajo de una piedra. La muerte no importa.
Algo ha girado. El honor está en la desobediencia.
No puede quitarse la imagen de Sachiko de la cabeza. Es tan real como el aire.
Morir es renunciar a ella. Morir es no ver nunca más la luna. Esa será la deshonra y no otra.
Echa la tierra al pozo, la devuelve.
El fondo sube lentamente a través de los días en que Hyuga arroja paladas sobre él.
Sigue sin cazar. Durante algunos días reduce su alimento a una ración diaria.
Puede ver sus manos cada vez más delgadas.
Cuando era niño veía sus pies. Ahora mira sus manos. Sus manos en el mango de madera de la pala, ahuecándose para llenarse de agua, empujando montículos de tierra al pozo cuando se cansa de trabajar con la pala.
Sus manos están llenas de durezas. Como caparazones de tortugas milenarias, buenas, cansadas.
Los días se parecen como se parecieron antes, pero ahora avanzan hacia un lugar que Hyuga puede ver: la muerte. Ver es importante, es saber, es dominar.
La muerte no es más que la tierra que cae sobre el pozo de la vida.
Tranquilo, duerme y sueña con la montaña junto a su pueblo. Trepa.
En la cima hay un abismo: la montaña no es más que un cono de piedra que rodea un agujero.
Cae. Despierta.
El lugar del primer campamento se va acercando a medida que Hyuga avanza. El punto de partida y el de llegada son el mismo. Un camino con forma de círculo.
Recuerda la equis roja y recuerda no haberla visto.
Espera que sus acciones no tengan consecuencias para otros más que para él. Él es el eslabón fuera de la cadena, la pieza suelta, el hombre muerto.
El pozo ya no divide nada. Su sentido se repliega.
Como si enterrara a alguien y ahora pudiera verle la cara, Hyuga necesita más fuerza para dar las mismas paladas. La tierra pesa.
Una mañana, como si se negara a seguir, la pala se parte. Su compañera se transforma en dos pedazos inútiles, uno de metal, otro de madera.
Hyuga sigue con sus manos. Las palas de su cuerpo.
La gran zanja que partía la tierra es ahora un hueco negro donde cabría un perro. Un perro solo, sin dueño.
Hyuga está de rodillas, una mano quieta sobre cada pierna.
Echa puñados de tierra al pozo. No piensa la muerte, la siente, como una certeza. Una certeza es algo firme: sostiene. Hyuga se apoya y descansa en la idea.
Cuando el pozo está enterrado y solo queda una cicatriz negra sobre la tierra, Hyuga vuelve al refugio y duerme.
Durante varios días pasan aviones. Como si hubiesen estado esperando que él terminara.
Los días se acoplan a nuestros tiempos cuando no los contamos, piensa Hyuga.
Ya no nada en los días que fluyen: flota, se hunde, da vueltas.
Una mañana cuando está colocando el cerco, ve venir por el arroyo, a un nativo viejo.
Dos calmas sorpresas. Manos que danzan en juegos de señas.
El nativo reconoce los jirones del uniforme e intenta explicar algo.
Hyuga cree entender que la guerra ha terminado. Japón ha perdido.
El hombre, que parece un cazador, le dice a Hyuga que lo siga.
Llegan a un pequeño poblado que parece recién instalado. Han venido de otra de las islas huyendo de una epidemia.
Pregunta la fecha. Calcula. Ha estado en el bosque mucho tiempo.
Si la vida de Hyuga fuese un bol de arroz, el tiempo del pozo sería un gran bocado. Suficiente como para dejar a Hyuga hambriento si esa parte le fuera quitada.
Al cabo de tres días dos funcionarios del gobierno japonés se presentan a buscarlo. Lo conducen de regreso a su tierra.
Hyuga no tiene palabras. No explica la desobediencia.
Escuchará al ejército diseccionar su historia y comerá los pedazos en silencio.
Se prepara durante todo el viaje.
Una vez en Japón, es llevado en un móvil del ejército hasta su pueblo.
Tres días después deberá presentarse en la Sede Central del Ejército.
Parado frente a su casa, la observa.
La arena del techo es demasiado pesada y en algunas partes las vigas han cedido. Veinte centímetros de arena para mantener la casa fresca en verano y cálida en invierno.
Un vecino se acerca. Hyuga lo saluda. El hombre lo mira sin reconocerlo.
Hyuga le dice que es el hijo de la viuda.
«Has crecido», dice el hombre.
Hyuga no dice nada.
Bajando la cabeza, el hombre agrega «Tu madre ha muerto».
El abismo que Hyuga vio en sueños, está ahora en su pecho, en su boca.
Crece. Desborda del cuerpo, lo rodea.
El vacío se expande sobre todas las cosas, las niega.
El primer día recorre la casa, la limpia, la ordena. Encuentra a su madre en los objetos.
Come pescado y arroz.
Mira a Sachiko desde lejos.
El segundo día compra maderas y repara el techo.
El tercer día viaja a Tokio y es alojado en una guarnición junto a otros soldados. Al día siguiente será llamado a prestar declaración sobre su caso.
En la barraca cuenta su historia.
Algunos se sorprenden, pero hay muchas historias que van y vienen y la de Hyuga se pierde. Ya no hablan de enemigos sino de vencedores.
Hyuga pregunta por el General Imagawa: murió en la isla, durante un ataque.
Sobre el Capitán Takeda no logra averiguar nada.
Esa noche no duerme. A la mañana siguiente es llamado.
Una sala grande en la que solo hay un escritorio y detrás de él un funcionario que no le informa su rango. Sobre el escritorio, pilas de formularios.
Hyuga reporta rango, que formaba parte del escuadrón asentado en la isla, y que su misión era cavar un pozo.
Luego hace un silencio y llena su pecho de aire y de fuerza.
El funcionario lo interrumpe: «¿Cómo se escribe su nombre?», pregunta.
Hyuga responde.
El funcionario pregunta quién estaba a cargo del escuadrón.
Hyuga nombra al Capitán Takeda.
El funcionario no levanta la vista de los formularios que va llenando.
Hyuga, lleno de valor, confiesa.
El funcionario repite «¿Usted tapó el pozo que había cavado?».
«Sí», dice Hyuga desde su centro.
El funcionario no dice nada.
Hyuga piensa en la calma de las tormentas cuando avanzaban por la llanura. Sin estridencias, sin piedad ni pausa.
Hyuga espera ser conducido a una celda.
El funcionario mira a Hyuga como si no lo viera y le dice que puede retirarse.
Hyuga pide permiso para hablar y repite lo que ha hecho.
El funcionario parece cansado. Dice que la guerra ha terminado y el deber ahora es la reconstrucción. Vuelve a sus formularios.
Hyuga continúa de pie frente a él, en silencio.
«¿Qué espera?» dice el funcionario, molesto.
Hyuga sale de la sala.
El gorro en la mano. El paso lento, casi inmóvil, hacia la calle.
Los ojos se mueven como si buscaran algo. Vuelos cortos y rápidos, como un insecto inquieto.
Afuera no hay nubes. Un cielo en silencio.
Una mujer y una niña llevan ollas y cacharros. Corren.
Los ojos de Hyuga siguen buscando y no encuentran.
Pasa un soldado en bicicleta. Lleva una sombrilla abierta sobre su cabeza. Tres círculos, la sombrilla y las ruedas.
La bicicleta se aleja, dibuja una víbora en la tierra.
Los ojos de Hyuga se aquietan.
Se posan sobre la huella.
Pasa más gente.
Queda un indicio de la víbora en la tierra.
Se borra.
FIN

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Los árboles caídos también son el bosque
Alejandra Kamiya