Alfred Bester: Adán sin Eva

Alfred Bester - Adán sin Eva
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Sinopsis: «Adán sin Eva» (Adam and No Eve) es un cuento de Alfred Bester, publicado en septiembre de 1941 en la revista Astounding Science-Fiction. En un planeta devastado, reducido a un desierto de cenizas, Steven Krane avanza arrastrándose, herido y exhausto, convencido de ser el último ser vivo de la Tierra. Mientras intenta comprender qué ocurrió y cuál fue su papel en la catástrofe, lo asedian visiones y recuerdos fragmentarios del pasado. En su mente confundida parece persistir una única certeza: debe llegar al mar.

Alfred Bester - Adán sin Eva

Adán sin Eva

Alfred Bester
(Cuento completo)

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Krane supo que aquello debía de ser la costa. Se lo decía el instinto, pero más que el instinto, se lo decían los escasos fragmentos de conocimiento que todavía se aferraban a su cerebro destrozado; las estrellas que, por la noche, se habían revelado a través de los raros claros entre las nubes; y su brújula, que aún señalaba con un dedo tembloroso hacia el norte. Eso era lo más extraño de todo, pensó Krane. La Tierra, hecha escombros, todavía conservaba su polaridad.

Ya no era una costa. Ya no había mar. Solo la tenue línea de lo que había sido un acantilado se extendía de norte a sur durante interminables millas. Era una línea de ceniza gris, la misma ceniza gris y escorias que yacían detrás de él y se extendían por delante… Un limo fino, hasta la rodilla, que se arremolinaba con cada movimiento y lo ahogaba. Escorias que corrían en densas nubes nocturnas cuando soplaban los vientos enloquecidos. Polvo negro que, con las frecuentes lluvias, se removía hasta volverse lodo.

Encima de su cabeza, el cielo era negro azabache. Las pesadas nubes se alzaban en lo alto, atravesadas por haces de luz solar que barrían la Tierra con rapidez. Allí donde la luz golpeaba una tormenta de ceniza, se llenaba de ráfagas de partículas danzantes y relucientes. Donde jugaba entre la lluvia, hacía nacer arcoíris. Caía la lluvia, soplaban tormentas de ceniza, la luz se precipitaba hacia abajo: todo junto, alternándose sin cesar, en un rompecabezas de violencia en blanco y negro. Así había sido durante meses. Así era en cada milla de la vasta Tierra.

Krane pasó el borde de los acantilados de ceniza y comenzó a bajar arrastrándose por la pendiente uniforme que una vez había sido el fondo del océano. Había viajado durante tanto tiempo que el dolor ya formaba parte de él. Apoyaba los codos y arrastraba el cuerpo hacia adelante. Luego metía debajo de sí la rodilla derecha y volvía a avanzar con los codos. Codos, rodilla, codos, rodilla… Había olvidado lo que era caminar.

«La vida —pensaba, aturdido— es milagrosa. Se adapta a cualquier cosa. Si tiene que arrastrarse, se arrastra. Se forman callos en los codos y las rodillas. El cuello y los hombros se endurecen. Las fosas nasales aprenden a resoplar para expulsar la ceniza antes de inhalar. La pierna mala se hincha y supura. Se entumece y, dentro de poco, se pudrirá y se caerá».

—¿Perdón? —dijo Krane—. No he entendido bien eso…

Alzó la vista hacia la alta figura que se erguía delante de él e intentó comprender aquellas palabras. Era Hallmyer. Llevaba su bata de laboratorio manchada y el pelo gris revuelto. Hallmyer se mantenía de pie, con una ligereza casi delicada, sobre la ceniza, y Krane se preguntó por qué, a través de su cuerpo, podía ver las nubes de ceniza que corrían a ras y se deslizaban con rapidez.

—¿Qué te parece tu mundo, Steven? —preguntó Hallmyer.

Krane negó con la cabeza, desolado.

—No es muy bonito, ¿verdad? —dijo Hallmyer—. Mira a tu alrededor. Polvo, eso es todo: polvo y cenizas. Arrástrate, Steven, arrástrate. No encontrarás más que polvo y cenizas…

Hallmyer hizo aparecer de la nada una copa de agua. Estaba limpia y fría. Krane pudo ver la fina bruma del rocío sobre su superficie y, de repente, la boca se le llenó de arenilla.

—¡Hallmyer! —gritó.

Trató de ponerse de pie y alcanzar el agua, pero la punzada de dolor en la pierna derecha le advirtió que no lo hiciera. Volvió a agazaparse. Hallmyer bebió un sorbo y luego le escupió en la cara. El agua se sintió tibia.

—Sigue arrastrándote —dijo Hallmyer, amargamente—. Da vueltas y más vueltas sobre la faz de la Tierra. No encontrarás más que polvo y cenizas…

Vació la copa en el suelo, delante de Krane.

—Sigue arrastrándote. ¿Cuántas millas? Calcúlalo tú mismo. Pi por D. El diámetro es de unos ocho mil, más o menos…

Y desapareció: bata y copa. Krane se dio cuenta de que otra vez llovía. Presionó el rostro contra el tibio barro de ceniza, abrió la boca e intentó absorber la humedad. Al cabo de un momento, comenzó a arrastrarse otra vez.

Había un instinto que lo impulsaba. Tenía que llegar a alguna parte. Estaba relacionado —lo sabía— con el mar, con la orilla del mar. En la costa, algo lo estaba esperando. Algo que le ayudaría a entender todo aquello. Tenía que llegar al mar; es decir, si es que aún quedaba mar.


La atronadora lluvia le azotaba la espalda como pesados tablones. Krane se detuvo un instante y tiró de la mochila hacia su costado para hurgar con una mano. Contenía exactamente tres cosas: una pistola, una tableta de chocolate y una lata de duraznos. Eso era todo lo que quedaba de dos meses de provisiones. El chocolate estaba blando y pasado. Krane sabía que más le valía comérselo antes de que se echara a perder del todo y perdiera su valor nutritivo. Pero, dentro de un día, quizá ya no tendría fuerzas para abrir la lata. La sacó y la atacó con el abrelatas.

Para cuando hubo perforado y levantado una solapa de metal, la lluvia ya había pasado. Mientras masticaba la fruta y bebía el jugo a sorbos, observaba el muro de lluvia alejándose delante de él, por la pendiente del fondo del océano. Torrentes de agua se abrían paso a chorros a través del lodo. Ya se habían abierto pequeños cauces: cauces que algún día serían nuevos ríos. Un día que él no vería jamás. Un día que ningún ser vivo llegaría a ver. Al lanzar la lata vacía a un lado, Krane pensó: «El último ser vivo en la Tierra toma su última comida. El metabolismo comienza su último acto».

El viento seguiría a la lluvia. En las interminables semanas que llevaba arrastrándose, lo había aprendido. El viento llegaría en un par de minutos y lo azotaría con sus nubes de escorias y ceniza. Siguió avanzando, con los ojos velados, buscando refugio en esas millas llanas y grises.

Evelyn le tocó el hombro. Krane supo que era ella antes de volver la cabeza. Estaba a su lado, fresca y radiante con su vestido brillante, pero su adorable rostro se veía contraído por la alarma.

—Steven —dijo ella—, ¡tienes que apresurarte!

Él solo podía admirar la manera en que su suave cabello caía sobre los hombros.

—¡Oh, cariño! —dijo ella—. ¡Te lastimaste!

Sus rápidas manos suaves le tocaron las piernas y la espalda. Krane asintió.

—Me ocurrió al aterrizar —dijo él—. No estaba acostumbrado al paracaídas. Siempre pensé que uno bajaba suave, como si se dejara caer en una cama. Pero el suelo se me vino encima como un puño. Y Umber forcejeaba en mis brazos. No podía dejarlo caer, ¿verdad?

—Por supuesto que no, querido —dijo Evelyn.

—Así que me aferré a él e intenté caer con las piernas por delante —dijo Krane—. Y entonces algo golpeó mis piernas y mi costado…

Dudó un momento, preguntándose cuánto sabría ella de lo que realmente había pasado. No quería asustarla.

—Evelyn, cariño… —dijo, intentando levantar los brazos.

—No, querido —dijo ella.

Miró hacia atrás con miedo.

—Tienes que apresurarte. ¡Debes tener cuidado con lo que hay detrás!

—¿Las tormentas de ceniza? —dijo él, haciendo una mueca—. Ya he pasado por ellas.

—¡No, las tormentas no! —gritó Evelyn—. Otra cosa. Oh, Steven…

Entonces desapareció, pero Krane supo que ella decía la verdad. Había algo detrás, algo que lo había estado siguiendo. En el fondo de su mente había percibido la amenaza. Se cerraba sobre él como una mortaja. Negó con la cabeza. De algún modo, eso era imposible. Él era el último ser vivo en la Tierra. ¿Cómo podía haber una amenaza?

El viento rugió detrás de él y, un instante después, llegaron las pesadas nubes de ceniza y escorias. Lo azotaron, mordiéndole la piel. Con la vista cada vez más nublada, observó cómo cubrían el lodo y lo tapizaban con una fina alfombra seca. Krane recogió las rodillas y se cubrió la cabeza con los brazos. Con la mochila como almohada, se preparó para esperar a que pasara la tormenta. Pasaría tan rápido como la lluvia.

La tormenta desató un gran desconcierto en su cabeza enferma. Como un niño, empujó las piezas de su memoria, intentando encajarlas. ¿Por qué estaba Hallmyer tan resentido con él? No podía haber sido por aquella discusión, ¿verdad?

¿Qué discusión?

Vaya, la que tuvieron antes de que todo esto sucediera.

Ah, esa.

De repente, las piezas encajaron.


Krane contemplaba las líneas estilizadas de su nave con profunda admiración. Habían retirado el techo del hangar y elevado la nariz hasta dejarla apoyada en una cuna que apuntaba al cielo. Un operario bruñía con esmero las superficies internas de las toberas. Desde el interior llegaban maldiciones ahogadas, seguidas de un estrépito metálico. Krane subió por la corta escalera de hierro hasta la escotilla y asomó la cabeza. Unos pies más abajo, dos hombres fijaban en su lugar los largos tanques de solución ferrosa.

—Con cuidado —dijo Krane—. ¿Quieren hacer pedazos la nave?

Uno de ellos levantó la mirada y esbozó una sonrisa. Krane sabía lo que estaba pensando: que la nave se haría pedazos por sí sola. Todos lo decían. Todos excepto Evelyn. Ella tenía fe en él. Hallmyer tampoco lo decía, pero pensaba que tenía otra clase de locura.

Mientras bajaba la escalera, Krane vio a Hallmyer irrumpir en el hangar con la bata de laboratorio ondeando tras él.

—Hablando del diablo —murmuró Krane.

Hallmyer empezó a gritar en cuanto vio a Krane:

—¡Ahora escúchame!

—No otra vez —dijo Krane.

Hallmyer sacó del bolsillo un fajo de papeles y se los agitó bajo la nariz.

—Me he pasado media noche despierto —dijo—, rehaciendo los cálculos una vez más. Te digo que tengo razón. Estoy absolutamente en lo cierto…

Krane miró las ecuaciones escritas con letra apretada y luego los ojos inyectados en sangre de Hallmyer. El hombre estaba casi enloquecido de miedo.

—Por última vez —prosiguió Hallmyer—. Estás usando tu nuevo catalizador en una solución de hierro. Muy bien. Te concedo que es un descubrimiento milagroso. Te doy el crédito por eso.

«Milagroso» se quedaba corto. Krane lo sabía, y sin arrogancia, porque se daba cuenta de que simplemente había tropezado con el descubrimiento. Nadie podía llegar por pura lógica a un catalizador capaz de inducir la desintegración atómica del hierro y liberar 10 × 10^10 libras-pie de energía por cada gramo de combustible. Ningún hombre era lo bastante inteligente como para inventar algo así por sí solo.

—¿No crees que lo lograré? —preguntó Krane.

—¿Hasta la Luna? ¿Alrededor de la Luna? Tal vez. Tienes un cincuenta por ciento de posibilidades.

Hallmyer se pasó los dedos por su cabello lacio.

—Pero, por el amor de Dios, Steven, no estoy preocupado por ti. Si quieres matarte, es asunto tuyo. Es la Tierra la que me preocupa…

—Tonterías. Vete a casa y duerme hasta que se te pase.

—Mira…

Hallmyer señaló las hojas con mano temblorosa.

—No importa cómo diseñes el sistema de alimentación y mezcla: no puedes conseguir un cien por ciento de eficiencia en la mezcla y la descarga.

—Eso es lo que hace que sea un cincuenta por ciento —dijo Krane—. Entonces, ¿qué te preocupa?

—El catalizador que se escapará por las toberas del cohete. ¿Te das cuenta de lo que hará si una sola gota toca la Tierra? Iniciará una reacción en cadena de desintegración que envolverá el globo. Alcanzará a cada átomo de hierro… y hay hierro en todas partes. No quedará Tierra a la que regresar…

—Escucha —dijo Krane, cansado—, ya hemos pasado por esto.

Llevó a Hallmyer hasta la base del soporte del cohete. Bajo el armazón de hierro había un foso de doscientos pies de profundidad y cincuenta pies de ancho, revestido de ladrillos refractarios.

—Esto es para las llamas de la descarga inicial. Si algo del catalizador se escapa, quedará atrapado en este foso, y las reacciones secundarias se encargarán de ello. ¿Estás satisfecho ahora?

—Pero mientras estés en vuelo —insistió Hallmyer—, estarás poniendo en peligro a la Tierra hasta que superes el límite de Roche. Cada gota de catalizador no activado terminará cayendo al suelo y…

—Por última vez —dijo Krane, con severidad—, la llama de descarga del cohete se ocupará de eso. Envolverá cualquier partícula que se escape y la destruirá. Ahora vete. Tengo trabajo que hacer.

Mientras Krane lo empujaba hacia la puerta, Hallmyer gritaba y agitaba los brazos.

—¡No permitiré que lo hagas! —repetía una y otra vez—. ¡No permitiré que pongas en peligro…!


¿Trabajo? No: trabajar en la nave era pura embriaguez. Poseía la delicada belleza de una cosa bien hecha: la belleza de una armadura pulida, de un estoque bien equilibrado, de un par de pistolas a juego. No había pensamiento alguno de peligro o muerte en la mente de Krane mientras se limpiaba las manos con estopa, después de terminar los últimos retoques.

Yacía en el soporte, lista para perforar los cielos: cincuenta pies de esbelto acero, con las cabezas de los remaches brillando como joyas. Treinta pies estaban destinados al combustible y al catalizador. Gran parte del compartimento delantero lo ocupaba la hamaca de resortes que Krane había diseñado para absorber la tensión de la aceleración. La nariz de la nave era una portilla de cristal natural que miraba hacia arriba como un ojo ciclópeo.

Krane pensó: «Morirá después de este viaje. Volverá a la Tierra y se hará pedazos en un estallido de fuego y estruendo, porque todavía no existe modo de diseñar un aterrizaje seguro para una nave cohete. Pero vale la pena. Habrá tenido su único gran vuelo, y eso es todo lo que cualquiera de nosotros debería desear. Un único y magnífico vuelo hacia lo desconocido…».

Al cerrar la puerta del taller, Krane oyó a Hallmyer gritar desde la casa al otro lado de los campos. A través de la penumbra del anochecer, pudo verlo agitando los brazos con urgencia. Cruzó trotando el rastrojo crujiente, inhalando profundamente el aire cortante, agradecido de estar vivo.

—Evelyn está al teléfono —dijo Hallmyer.

Krane lo miró fijamente. Hallmyer rehuyó su mirada.

—¿A qué viene esto? —preguntó Krane—. ¿No habíamos acordado que ella no llamaría, que no se pondría en contacto conmigo hasta que estuviera listo para partir? ¿Has estado metiéndole ideas en la cabeza? ¿Es así como piensas detenerme?

—No —dijo Hallmyer, y se puso a examinar minuciosamente el horizonte que se oscurecía.

Krane entró en su estudio y tomó el teléfono.

—Ahora escúchame, cariño —dijo sin preámbulos—. No tiene sentido alarmarse a estas alturas. Te lo expliqué todo con mucho cuidado. Justo antes de que la nave se estrelle, saltaré en paracaídas. Te quiero mucho y te veré el miércoles, cuando parta. Hasta luego…

—Adiós, amor —dijo la voz clara de Evelyn—. ¿Y para eso me has llamado?

—¿Llamarte?

Un bulto pardo se desprendió de la alfombra del hogar y se irguió sobre sus fuertes patas. Umber, el mastín de Krane, olfateó y ladeó una oreja. Luego gimió.

—¿Has dicho que yo te he llamado? —repitió Krane.

De pronto, la garganta de Umber soltó un bramido. Alcanzó a Krane de un salto, lo miró directamente a la cara y gimió y rugió al mismo tiempo.

—¡Cállate, monstruo! —dijo Krane, apartando a Umber con el pie.

—Dale una patada a Umber de mi parte —rio Evelyn—. Sí, querido. Alguien llamó y dijo que querías hablar conmigo.

—¿Eso dijeron? Mira, cielo, ya te llamaré yo…

Krane colgó. Se puso de pie, dubitativo, observando los inquietos movimientos de Umber. A través de las ventanas, el resplandor del anochecer proyectaba sombras parpadeantes de luz anaranjada. Umber miró fijamente la luz, olfateó y bramó de nuevo. Sobresaltado de repente, Krane corrió a la ventana.

Al otro lado de los campos, una masa de llamas se elevaba en el aire. Dentro de ella se desmoronaban las paredes del taller. Recortadas contra el resplandor del incendio, las figuras de media docena de hombres corrían y huían.

Krane salió disparado de la casa y, con Umber pisándole los talones, corrió hacia el cobertizo. Mientras corría, pudo ver la elegante nariz de la nave espacial entre las llamas, todavía con apariencia fresca e intacta. Si tan solo pudiera alcanzarla antes de que el fuego ablandara el metal y aflojara los remaches.

Los obreros se acercaron a él, mugrientos y jadeantes. Krane los miró boquiabierto, en una mezcla de furia y desconcierto.

—¡Hallmyer! —gritó—. ¡Hallmyer!

Hallmyer se abrió paso entre la multitud. Sus ojos brillaban de triunfo.

—Qué mala suerte —dijo—. Lo siento, Steven…

—¡Bastardo! —gritó Krane.

Agarró a Hallmyer por las solapas y lo sacudió una vez. Luego lo soltó y se adentró en el cobertizo.

Hallmyer ladró órdenes a los obreros y, un instante después, un cuerpo se lanzó contra las pantorrillas de Krane y lo derribó al suelo. Él se incorporó tambaleándose, lanzando puñetazos. Umber estaba a su lado, gruñendo por encima del rugido de las llamas. Krane golpeó a un hombre en la cara y lo vio retroceder contra otro. Levantó una rodilla con un movimiento despiadado que dejó al último obrero desplomado en el suelo. Luego agachó la cabeza y se sumergió en el taller.

Al principio, el calor abrasador se sintió casi fresco, pero cuando alcanzó la escalera y comenzó a subir hacia la escotilla, gritó por la agonía de sus quemaduras. Umber aullaba al pie de la escalera, y Krane comprendió que el perro nunca podría escapar de las ráfagas del cohete. Se estiró hacia abajo y subió a Umber a la nave.

Krane se tambaleaba mientras cerraba y aseguraba la escotilla. Conservó el conocimiento apenas el tiempo suficiente para acomodarse en la hamaca de resortes. Después, solo el instinto impulsó sus manos hacia el panel de control: el instinto y la frenética negativa a dejar que su hermosa nave se perdiera entre las llamas. Podía fracasar, sí. Pero fracasaría intentándolo.

Sus dedos accionaron los interruptores. La nave vibró y bramó. Y la oscuridad cayó sobre él.


¿Cuánto tiempo estuvo inconsciente? No había manera de saberlo. Krane despertó con el frío oprimiéndole el rostro y el cuerpo, y el sonido de aullidos aterrorizados en los oídos. Miró hacia arriba y vio a Umber enredado en los resortes y correas de la hamaca. Su primer impulso fue reír; luego, de pronto, se dio cuenta: ¡había mirado hacia arriba! Había mirado hacia arriba, hacia la hamaca.

Estaba acurrucado en el cuenco de la nariz de cristal. La nave se había elevado a gran altura —quizá casi hasta la zona de Roche, hasta el límite de la atracción gravitatoria de la Tierra—, pero luego, al no haber manos guiando los controles para continuar el vuelo, se había dado la vuelta y estaba cayendo de regreso.

Krane miró a través del cristal y se quedó sin aliento. Debajo de él estaba la esfera de la Tierra. Parecía tener tres veces el tamaño de la Luna. Y ya no era su Tierra. Era un globo de fuego moteado de nubes negras. En el polo más septentrional había una diminuta mancha blanca y, mientras Krane la observaba, quedó súbitamente cubierta por brumosos tonos rojos, escarlatas y carmesíes.

Hallmyer tenía razón.

Krane yacía paralizado en el cuenco de la nariz mientras la nave descendía, viendo cómo las llamas se apagaban poco a poco hasta dejar solo el denso manto negro que envolvía la Tierra. Permanecía allí, entumecido de horror, incapaz de comprender, incapaz de asimilar el exterminio de toda una humanidad, un planeta verde y hermoso reducido a cenizas y escoria. Todo lo que alguna vez le había sido querido y cercano había desaparecido. No podía pensar en Evelyn.

El aire, silbando afuera, despertó algún instinto en él. Los escasos fragmentos de razón que le quedaban le decían que bajara con su nave y lo olvidara todo entre el estruendo y la destrucción, pero el instinto de supervivencia lo obligó a actuar. Subió hasta el arcón de suministros y se preparó para el aterrizaje: paracaídas, un pequeño tanque de oxígeno, una mochila de provisiones. Apenas consciente de lo que hacía, se vistió para el descenso, se ajustó el paracaídas y abrió la escotilla. Umber gimió lastimosamente. Tomó al pesado perro en sus brazos y salió al vacío.

Pero el espacio nunca había estado tan denso como ahora. Antes había sido difícil respirar porque el aire era tenue, no porque estuviera cargado de polvo asfixiante. Cada bocanada era como inhalar vidrio molido, o ceniza, o escoria: había regresado a un presente negro y sofocante que lo envolvía con suavidad opresiva y lo obligaba a luchar por cada aliento. Krane forcejeó presa del pánico, y luego se rindió.

Ya había ocurrido antes. Hacía mucho, había quedado sepultado bajo las cenizas mientras se perdía en sus recuerdos. Semanas atrás, o días, o meses. Krane escarbó con las manos, abriéndose paso poco a poco desde el montículo de escoria que el viento había acumulado sobre él. Por fin emergió a la luz. El viento había amainado. Era hora de retomar su arrastre hacia el mar.

Las vívidas imágenes de su memoria se dispersaron ante la lúgubre perspectiva que se extendía delante. Krane frunció el ceño. Recordaba demasiado, y demasiado a menudo. Tenía la vaga esperanza de que, si recordaba con suficiente fuerza, podría cambiar una de las cosas que había hecho —solo una cosa muy pequeña— y entonces todo aquello se volvería irreal.

Pensó: «Podría ayudar si todos recordaran y desearan al mismo tiempo… pero no hay nadie más. Soy el único. Soy el último recuerdo de la Tierra. Soy la última vida».

Se arrastró. Codos, rodilla, codos, rodilla. Y entonces Hallmyer estaba arrastrándose junto a él, haciendo de ello un gran juego. Se rio entre dientes y se zambulló en las cenizas como un león marino feliz.

Krane dijo:

—Pero ¿por qué tenemos que llegar al mar?

Hallmyer sopló una nube de ceniza.

—Pregúntale a ella —dijo, señalando hacia el otro lado de Krane.

Allí estaba Evelyn, arrastrándose con gesto serio y decidido, imitando cada movimiento de Krane.

—Es por nuestra casa —dijo ella—. ¿Recuerdas nuestra casa, cariño? En lo alto del acantilado. Íbamos a vivir allí para siempre. Yo estaba allí cuando te fuiste. Ahora vuelves a la casa junto al mar. Tu hermoso vuelo terminó, querido, y regresas a mí. Viviremos juntos, solo nosotros dos, como Adán y Eva…

Krane dijo:

—Eso suena bien.

Entonces Evelyn volvió la cabeza y gritó:

—¡Oh, Steven! ¡Cuidado!

Y Krane sintió que la amenaza se cernía otra vez sobre él.

Sin dejar de arrastrarse, miró hacia atrás, a las inmensas llanuras grises de ceniza, y no vio nada. Cuando volvió a mirar a Evelyn, solo vio su propia sombra, nítida y negra. Al poco, ella también se desvaneció cuando pasó el haz de sol que avanzaba a toda prisa. Pero el pavor permaneció. Evelyn lo había advertido dos veces, y ella siempre tenía razón. Krane se detuvo, se dio la vuelta y se dispuso a vigilar. Si de verdad lo estaban siguiendo, vería lo que fuera que viniera por sus huellas.

Hubo un instante doloroso de lucidez. Atravesó la fiebre y el desconcierto con la agudeza y la fuerza de un cuchillo.

«Estoy loco —pensó—. La infección de la pierna se me ha extendido al cerebro. No existe ninguna Evelyn, ningún Hallmyer, ninguna amenaza. En toda esta tierra no hay más vida que la mía, e incluso los fantasmas y espíritus del inframundo deben de haber perecido en el infierno que abrasó el planeta. No: no hay nada más que yo y mi enfermedad. Me estoy muriendo, y cuando muera, todo morirá conmigo. Solo quedará una masa de cenizas sin vida».

Pero hubo un movimiento.

Otra vez el instinto. Krane bajó la cabeza y se quedó inmóvil. A través de los ojos entornados observó las llanuras de ceniza, preguntándose si la muerte le estaba jugando trucos a la vista. Otra cortina de lluvia venía cayendo hacia él, y esperó poder cerciorarse antes de que la visión se borrara por completo.

Sí. Allí.

A un cuarto de milla, una silueta parduzca se deslizaba sobre la superficie gris. Pese al rumor de la lluvia lejana, Krane alcanzó a oír el susurro de las cenizas holladas y a ver las pequeñas nubes que se levantaban a su paso. Con sigilo, tanteó en busca del revólver en la mochila mientras su mente buscaba a tientas una explicación y retrocedía ante el miedo. La cosa se acercaba y, de pronto, Krane entrecerró los ojos y comprendió. Recordó a Umber pataleando de terror y apartándose de un salto cuando el paracaídas los depositó sobre la faz cenicienta de la Tierra.

—Vaya, es Umber —murmuró.

Se incorporó. El perro se detuvo.

—¡Aquí, muchacho! —dijo Krane con voz ronca, alegre—. ¡Aquí, muchacho!

Lo invadió una oleada de alegría. Se dio cuenta de cuánto lo había aplastado la soledad: aquella horrible sensación de ser uno solo en el vacío. Ahora ya no era la única vida. Había otra. Una vida amiga que podía ofrecer amor y compañía. La esperanza volvió a encenderse.

—¡Aquí, muchacho! —repitió—. Vamos, muchacho…

Al cabo de un rato dejó de intentar chasquear los dedos. El mastín se mantenía atrás, enseñando los colmillos y con la lengua colgando. Estaba demacrado y, en el crepúsculo, sus ojos brillaban con un tinte rojo. Cuando Krane lo llamó una vez más, el perro gruñó. Bajo el hocico, las cenizas saltaron en pequeñas bocanadas.

«Tiene hambre —pensó Krane—, eso es todo».

Metió la mano en la mochila y, al ver el gesto, el perro gruñó otra vez. Krane sacó la barra de chocolate y, con esfuerzo, le quitó el papel y el aluminio. Débilmente, la arrojó hacia Umber. Cayó bastante lejos. Tras un minuto de feroz incertidumbre, el perro avanzó despacio y engulló la comida. Se le empolvó el hocico de ceniza. Se relamió sin cesar y siguió avanzando hacia Krane.

El pánico se revolvió en su interior. Una voz insistía: «Este no es un amigo. No siente amor por ti ni busca tu compañía. El amor y la compañía han desaparecido de la tierra junto con la vida. Ya no queda nada más que el hambre».

—No… —susurró Krane—. No está bien que tengamos que despedazarnos y buscar devorarnos…

Pero Umber seguía avanzando con un acecho oblicuo y sinuoso, los dientes afilados y blancos. Y aun mientras Krane lo miraba fijamente, el perro gruñó y saltó sobre él. Krane interpuso un brazo bajo el hocico, pero el peso de la embestida lo volcó hacia atrás. Gritó de agonía cuando su pierna rota e hinchada recibió el impacto. Con la mano libre golpeó débilmente, una y otra vez, casi sin sentir cómo los dientes le trituraban el brazo izquierdo. Entonces notó bajo él la presión de algo metálico y comprendió que estaba sobre el revólver que había dejado caer. Lo buscó a tientas, rogando que la ceniza no lo hubiera atascado.

Cuando Umber soltó el brazo y se abalanzó hacia su garganta, Krane alzó el arma y hundió el cañón a ciegas contra el cuerpo del perro. Apretó el gatillo una y otra vez hasta que los rugidos cesaron y solo quedó un chasquido vacío. Umber se estremeció entre las cenizas, frente a él, con el cuerpo casi partido en dos. Un rojo espeso manchó el gris.

Evelyn y Hallmyer miraron con tristeza al animal destrozado. Evelyn lloraba, y Hallmyer, nervioso, se pasó los dedos por el cabello con el mismo gesto de siempre.

Oh, seguirás con vida, pero no estarás completo. Harías bien en enterrar ese cuerpo, Steven. Es el cadáver de tu alma.

—No puedo —dijo Krane—. El viento dispersará las cenizas.

—Entonces quémalo —ordenó Hallmyer con lógica onírica.

Le pareció que lo ayudaban a meter al perro muerto en la mochila. Le ayudaron a desnudarse y amontonaron la ropa debajo. Ahuecaron las manos alrededor de los fósforos hasta que la tela prendió, y soplaron la débil llama hasta que chisporroteó y ardió con languidez. Krane se agazapó junto al fuego y lo alimentó. Luego se dio la vuelta y, una vez más, comenzó a arrastrarse por el lecho del océano.

Ahora estaba desnudo. Ya no quedaba nada de lo que había sido, salvo su pequeña vida vacilante.

La pena lo oprimía demasiado como para notar la furiosa lluvia que lo golpeaba y azotaba, o los dolores ardientes que le atravesaban la pierna ennegrecida y le subían por la cadera. Se arrastraba. Codos, rodilla, codos, rodilla… De forma mecánica, rígida, apática a todo… a los cielos enrejados, a las lúgubres llanuras de ceniza e incluso al opaco destello del agua, muy a lo lejos.

Sabía que era el mar: lo que quedaba del antiguo, o uno nuevo en formación. Pero sería un mar vacío, sin vida, que algún día lamería una costa seca y sin vida. Este sería un planeta de piedra y polvo, de metal y nieve y hielo y agua, y nada más. No habría más vida. Él, solo, era inútil. Él era Adán, pero no había Eva.

Evelyn le hizo señas, alegre, desde la orilla. Estaba junto a la casita blanca. El viento le tironeaba del vestido, marcando las esbeltas líneas de su figura. Y cuando él se acercó un poco más, ella corrió hacia él y lo ayudó. No dijo nada: solo colocó las manos bajo sus hombros y le ayudó a aligerar el peso de su cuerpo cargado de dolor.

Y así, por fin, llegó al mar.

Era real. Eso lo comprendió. Porque incluso después de que Evelyn y la casa desaparecieran, sintió el agua fresca bañándole el rostro.

«Aquí está el mar —pensó Krane—, y aquí estoy yo. Adán sin Eva. No hay esperanza».

Avanzó un poco más entre las aguas. Estas bañaron su cuerpo destrozado. Quedó recostado, el rostro vuelto hacia arriba, mirando el alto y amenazador cielo, y la amargura brotó dentro de él.

—¡No está bien! —gritó—. ¡No está bien que todo esto desaparezca! La vida es demasiado hermosa para perecer por el acto demencial de una criatura enloquecida…

En silencio, las aguas lo bañaron. En silencio… Con calma…

El mar lo mecía suavemente, e incluso la muerte que ascendía hacia su corazón no fue más que una mano enguantada. De pronto, los cielos se abrieron por primera vez en todos aquellos meses, y Krane alzó la mirada hacia las estrellas.

Entonces lo supo. Aquel no era el final de la vida. Nunca habría un final para la vida. Dentro de su cuerpo, dentro de los tejidos podridos que se mecían suavemente en el mar, estaba la fuente de diez millones de millones de vidas. Células… tejidos… bacterias… amebas… Infinitud incontable de vidas que echarían nuevas raíces en las aguas y vivirían mucho tiempo después de que él se hubiera ido.

Vivirían de sus restos en descomposición. Se alimentarían unas de otras. Se adaptarían al nuevo entorno y se nutrirían de los minerales y sedimentos arrastrados a ese nuevo mar. Crecerían, prosperarían, evolucionarían. La vida alcanzaría de nuevo las tierras. Comenzaría otra vez el mismo viejo ciclo repetido que quizá había empezado con el cadáver podrido de algún último superviviente de un viaje interestelar. Sucedería una y otra vez en las eras futuras.

Y entonces comprendió qué lo había llevado de regreso al mar. No era necesario que existiera ningún Adán, ninguna Eva. Solo el mar era necesario: la gran madre de la vida. El mar lo había llamado de vuelta a sus profundidades para que pronto la vida pudiera emerger una vez más, y él se sintió satisfecho.

En silencio, las aguas lo consolaron. En silencio… Con calma… La madre de la vida mecía al último nacido del viejo ciclo, que se convertiría en el primero del nuevo. Y, con los ojos vidriosos, Steven Krane sonrió a las estrellas: estrellas esparcidas uniformemente por todo el cielo. Estrellas que aún no se habían agrupado en las constelaciones conocidas, y que no lo harían en otros cien millones de siglos.

FIN

Alfred Bester - Adán sin Eva
  • Autor: Alfred Bester
  • Título: Adán sin Eva
  • Título Original: Adam and No Eve
  • Publicado en: Astounding Science-Fiction, septiembre de 1941
  • Traducción: Juan Pablo Guevara para Lecturia

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