Los viejos

Alphonse Daudet

Le Figaro, 23 de octubre de 1868

Traducción: Juan Pablo Guevara para Lecturia

14 min de lectura
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Sinopsis: «Los viejos» (Les vieux) es un cuento del escritor francés Alphonse Daudet, publicado en Le Figaro el 23 de octubre de 1868 y recogido luego en la colección Lettres de mon moulin (1869). Un molinero de la Provenza recibe desde París una carta de un amigo en la que le hace una peculiar petición: que viaje hasta el pueblo de Eyguières para visitar a sus abuelos, a quienes no ve hace más de diez años. A regañadientes, el molinero emprende el viaje hasta una casa humilde contigua a un convento, donde encuentra a dos viejecitos que lo reciben con una emoción desbordante y una hospitalidad entrañable.

Alphonse Daudet - Los viejos

Los viejos

Alphonse Daudet
(Cuento completo)

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—¿Una carta, don Azan?

—Sí, señor… Viene de París.

Estaba muy orgulloso de que viniera de París, el buen don Azan… Yo no. Algo me decía que aquella parisina de la calle Jean-Jacques, cayendo sobre mi mesa de improviso y tan temprano, iba a hacerme perder todo el día. No me equivocaba; juzguen ustedes:

«Tienes que hacerme un favor, amigo mío. Vas a cerrar tu molino por un día e irte en seguida a Eyguières… Eyguières es un pueblo grande, a tres o cuatro leguas de tu casa, un paseo. Al llegar, pregunta por el convento de las Huérfanas. La primera casa después del convento es una casa baja con persianas grises y un jardincito detrás. Entra sin llamar —la puerta siempre está abierta— y, al entrar, grita bien fuerte: «¡Buenos días, buena gente! Soy el amigo de Maurice…». Entonces, verás a dos viejecitos, ¡ah!, pero viejos, viejos, archiviejos, que te tenderán los brazos desde el fondo de sus grandes sillones, y los abrazarás de mi parte, con todo tu corazón, como si fueran tuyos. Después charlarán; te hablarán de mí, nada más que de mí; te contarán mil locuras que escucharás sin reírte… No te vas a reír, ¿verdad?… Son mis abuelos, dos seres para quienes yo lo soy todo y que no me han visto en diez años… ¡Diez años es mucho! Pero ¿qué quieres? A mí, París me retiene; a ellos, la vejez… Son tan viejos que, si vinieran a verme, se romperían por el camino… Por suerte tú estás allá, mi querido molinero, y, cuando te abracen, esas pobres gentes creerán abrazarme un poco a mí también… Les he hablado tantas veces de nosotros y de esta buena amistad que…»

¡Al diablo con la amistad! Precisamente aquella mañana hacía un tiempo admirable, pero nada bueno para andar por los caminos: demasiado mistral y demasiado sol, un verdadero día de Provenza. Cuando llegó aquella maldita carta, yo ya había elegido mi rincón al sol entre dos rocas, y soñaba con quedarme allí todo el día, como un lagarto, bebiendo luz, oyendo cantar los pinos… En fin, ¿qué se le va a hacer? Cerré el molino entre maldiciones, puse la llave bajo la gatera. Mi bastón, mi pipa, y allá me fui.

Llegué a Eyguières hacia las dos. El pueblo estaba desierto, todo el mundo en los campos. En los olmos del paseo, blancos de polvo, las cigarras cantaban como en plena Crau. Había, eso sí, en la plaza del ayuntamiento un burro tomando el sol, una bandada de palomas sobre la fuente de la iglesia, pero nadie que pudiera indicarme el orfanato. Por suerte, una vieja hada se me apareció de pronto, acurrucada e hilando en el quicio de su puerta; le dije lo que buscaba, y como aquella hada era muy poderosa, no tuvo más que levantar su rueca: al instante, el convento de las Huérfanas se irguió ante mí como por arte de magia… Era una casa grande, hosca y oscura, muy orgullosa de mostrar sobre su portal en ojiva una vieja cruz de arenisca roja con algo de latín alrededor. Al lado de esa casa divisé otra más pequeña. Persianas grises, el jardín detrás… La reconocí en seguida y entré sin llamar.

Toda mi vida seguiré viendo aquel largo pasillo fresco y tranquilo, el muro pintado de rosa, el jardincito que temblaba al fondo a través de una persiana de tela clara, y en todos los paneles flores y violines descoloridos. Me parecía llegar a la casa de algún viejo magistrado de los tiempos de Sedaine… Al final del pasillo, a la izquierda, por una puerta entreabierta se oía el tic-tac de un gran reloj de pared y una voz de niña, pero de niña en la escuela, que leía deteniéndose en cada sílaba: «EN… TON… CES… SAN… I… RE… NE… O… EX… CLA… MÓ… SOY… EL… TRI… GO… CAN… DE… AL… DEL… SE… ÑOR… TEN… GO… QUE… SER… MO… LI… DO… POR… LOS… DIEN… TES… DE… E… SAS… FIE… RAS…». Me acerqué despacito a aquella puerta y miré.

En la calma y la penumbra de una habitación pequeña, un buen viejo de pómulos rosados, arrugado hasta la punta de los dedos, dormía en el fondo de un sillón con la boca abierta y las manos sobre las rodillas. A sus pies, una niña vestida de azul —amplia esclavina y pequeña toca, el uniforme de las huérfanas— leía la Vida de san Ireneo en un libro más grande que ella… Aquella lectura milagrosa había hecho efecto en toda la casa. El viejo dormía en su sillón, las moscas en el techo, los canarios en su jaula, allá junto a la ventana. El gran reloj de pared roncaba, tic-tac, tic-tac. No había nada despierto en toda la habitación más que una gran franja de luz que caía recta y blanca entre las persianas cerradas, llena de chispas vivas y de valses microscópicos… En medio del adormecimiento general, la niña proseguía su lectura con aire grave: «EN… SE… GUI… DA… DOS… LE… O… NES… SE… A… BA… LAN… ZA… RON… SO… BRE… ÉL… Y… LO… DE… VO… RA… RON…». Fue en ese momento cuando entré… Los leones de san Ireneo, de haberse precipitado en la habitación, no habrían causado más estupor. ¡Un verdadero golpe de teatro! La pequeña lanza un grito, el libro enorme cae, los canarios y las moscas se despiertan, el reloj suena, el viejo se incorpora sobresaltado, con los ojos desorbitados, y yo mismo, algo turbado, me detengo en el umbral y grito bien fuerte:

—¡Buenos días, buena gente! Soy el amigo de Maurice.

¡Ah, si hubieran visto al pobre viejo! Si lo hubieran visto venir hacia mí con los brazos abiertos, abrazarme, apretarme las manos, correr de un lado a otro por la habitación, diciendo: «¡Dios mío! ¡Dios mío!…». Todas las arrugas de su rostro reían. Estaba colorado. Tartamudeaba: «¡Ah, señor!… ¡Ah, señor!…». Después se fue hacia el fondo llamando:

—¡Mamette!

Una puerta que se abre, un trotecito de ratón por el pasillo… Era Mamette. Nada tan bonito como aquella viejita con su cofia de lazos, su vestido color carmelita y su pañuelo bordado, que llevaba en la mano para hacerme los honores, a la antigua usanza… ¡Qué cosa tan conmovedora! Se parecían. Con una cofia y lazos amarillos, él también habría podido llamarse Mamette. Solo que la verdadera Mamette había llorado mucho en su vida, y estaba todavía más arrugada que el otro. También ella, como él, tenía a su lado una niña del orfanato, pequeña guardiana de esclavina azul, que no la dejaba nunca; y ver a aquellos ancianos protegidos por aquellas huérfanas era lo más conmovedor que se pueda imaginar.

Al entrar, Mamette había empezado por hacerme una gran reverencia, pero con una sola palabra el viejo le cortó la reverencia en dos:

—¡Es el amigo de Maurice!…

Y enseguida, ahí la tienen, temblando, llorando, perdiendo el pañuelo, poniéndose colorada, toda colorada, más colorada todavía que él… ¡Los viejos! No tienen más que una gota de sangre en las venas, y a la menor emoción les salta a la cara…

—¡Rápido, rápido, una silla! —dice la vieja a su pequeña.

—¡Abre las persianas! —grita el viejo a la suya.

Y, tomándome cada uno de una mano, me llevaron dando pasitos hasta la ventana, que abrieron de par en par para verme mejor. Acercan los sillones, me instalo entre los dos en un asiento plegable, las niñas de azul detrás de nosotros, y empieza el interrogatorio:

—¿Cómo está? ¿Qué hace? ¿Por qué no viene? ¿Está contento?…

Y dale que dale, y así durante horas.

Yo contestaba lo mejor que podía a todas sus preguntas, dando sobre mi amigo los detalles que sabía, inventando descaradamente los que no sabía, cuidándome sobre todo de no confesar que nunca me había fijado en si sus ventanas cerraban bien o de qué color era el papel de su habitación.

—¿El papel de su habitación?… Es azul, señora, azul claro, con guirnaldas…

—¿De verdad? —decía la pobre vieja enternecida, y añadía volviéndose hacia su marido—: ¡Es un chico tan bueno!

—¡Ah, sí, es muy buen chico! —repetía el otro con entusiasmo.

Y mientras yo hablaba, entre ellos todo eran cabeceos de aprobación, guiños cómplices, miradas de entendimiento, o bien el viejo se acercaba para decirme: «Hable más fuerte… Ella tiene el oído un poco duro». Y ella, por su parte: «Un poco más alto, se lo ruego… Él no oye muy bien…». Entonces yo alzaba la voz, y ambos me lo agradecían con una sonrisa; y en aquellas sonrisas marchitas que se inclinaban hacia mí, buscando hasta en el fondo de mis ojos la imagen de su Maurice, yo me sentía muy conmovido al reencontrar esa imagen, vaga, velada, casi imperceptible, como si viera a mi amigo sonriéndome desde muy lejos, entre la niebla.

De pronto, el viejo se endereza en su sillón:

—Ahora que lo pienso, Mamette… ¡a lo mejor no ha almorzado!

Y Mamette, asustada, con los brazos al cielo:

—¡No ha almorzado! ¡Santo Dios!

Yo creía que seguían hablando de Maurice, e iba a contestar que aquel buen chico nunca esperaba más de las doce para sentarse a la mesa. Pero no, era de mí de quien hablaban, y había que ver el revuelo cuando confesé que aún estaba en ayunas.

—¡Rápido, pongan la mesa, pequeñas! La mesa en medio de la habitación, el mantel de los domingos, los platos de flores. ¡Y no se rían tanto, por favor! ¡Y apúrense!…

¡Ya lo creo que se apuraban! Apenas el tiempo de romper tres platos, y el almuerzo estaba servido.

—Un buen almuerzo —me decía Mamette llevándome a la mesa—; solo que va a estar solito… Nosotros ya comimos esta mañana.

¡Pobres viejos! A cualquier hora que uno los encuentre, siempre han comido por la mañana.

El buen almuerzo de Mamette era dos dedos de leche, unos dátiles y una barquette, algo así como un barquillo; con eso se alimentaba ella y sus canarios al menos durante ocho días… ¡Y pensar que yo solo di cuenta de todas esas provisiones!… Por eso, ¡qué indignación alrededor de la mesa! Cómo cuchicheaban las niñas de azul, dándose con el codo, y allá en el fondo de su jaula los canarios parecían decirse: «¡Miren a ese señor, que se ha comido toda la barquette!».

Me la comí toda, en efecto, y casi sin darme cuenta, ocupado como estaba en mirar a mi alrededor aquella habitación clara y apacible donde flotaba como un olor a cosas antiguas… Había sobre todo dos camitas de las que yo no podía apartar los ojos. Aquellas camas, casi dos cunas, me las imaginaba por la mañana, al amanecer, cuando sus dueños están todavía hundidos bajo las grandes cortinas con flecos. Dan las tres. Es la hora en que todos los viejos se despiertan:

«—¿Duermes, Mamette?

—No, amigo mío.

—¿Verdad que Maurice es un buen chico?

—¡Ah, sí, muy buen chico!».

Y solo por haber visto aquellas dos camitas de viejos, puestas una al lado de la otra, yo me imaginaba toda una conversación.

Mientras tanto, en la otra punta de la habitación se desarrollaba un drama terrible frente al armario. Se trataba de alcanzar allá arriba, en el último estante, cierto frasco de cerezas en aguardiente que esperaba a Maurice desde hacía diez años y que querían abrir en mi honor. A pesar de las súplicas de Mamette, el viejo se había empeñado en ir a buscar sus cerezas él mismo, y, subido en una silla con gran espanto de su mujer, intentaba llegar hasta allá arriba… Imaginen el cuadro: el viejo que tiembla y se estira, las niñas de azul aferradas a la silla, Mamette detrás de él, jadeante, con los brazos extendidos, y sobre todo eso un ligero perfume de bergamota que se escapaba del armario abierto y de las grandes pilas de ropa color rojizo… Era encantador.

Por fin, después de muchos esfuerzos, lograron sacar del armario el dichoso frasco y, con él, un viejo cubilete de plata todo abollado, el cubilete de Maurice cuando era niño. Me lo llenaron de cerezas hasta el borde. ¡A Maurice le gustaban tanto las cerezas! Y mientras me servía, el viejo me decía al oído con aire goloso:

—Tiene usted mucha suerte de poder comerlas… Las hizo mi mujer… Va a probar algo bueno.

¡Ay! Las había hecho su mujer, pero se le había olvidado echarles azúcar. ¿Qué quieren ustedes? Uno se vuelve distraído al envejecer. Estaban horribles, sus cerezas, ¡mi buena Mamette!… Pero eso no me impidió comérmelas todas, sin pestañear.

Terminado el almuerzo, me levanté para despedirme de mis anfitriones. Les habría gustado retenerme un poco más para seguir hablando del buen chico, pero la tarde caía, el molino quedaba lejos, había que partir.

El viejo se había levantado al mismo tiempo que yo:

—¡Mamette, mi chaqueta!… Quiero acompañarlo hasta la plaza.

Seguro que, en el fondo, Mamette encontraba que ya hacía un poco de fresco para acompañarme hasta la plaza, pero no dejó ver nada. Solo que, mientras lo ayudaba a meterse en las mangas de su chaqueta, una hermosa chaqueta color tabaco con botones de nácar, yo oía a la buena mujer decirle bajito:

—No volverás muy tarde, ¿verdad?

Y él, con un gesto pícaro:

—¡Je, je!… No sé… Puede ser…

Y se miraban riendo, y las niñas de azul reían de verlos reír, y en su rincón los canarios también reían a su modo… Dicho sea entre nosotros, creo que el olor de las cerezas los había alegrado un poco a todos.

… Caía la noche cuando salimos, el abuelo y yo. La niña de azul nos seguía de lejos para llevarlo de vuelta; pero él no la veía, e iba muy orgulloso de caminar de mi brazo, como un hombre. Mamette, radiante, miraba todo aquello desde el umbral de su puerta, y al vernos hacía unos graciosos movimientos de cabeza que parecían decir: «¡Y sin embargo, mi pobre viejo, todavía camina!».

FIN

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Alphonse Daudet - Los viejos
  • Autor: Alphonse Daudet
  • Título: Los viejos
  • Título Original: Les vieux
  • Publicado en: Le Figaro, 23 de octubre de 1868
  • Aparece en: Lettres de mon moulin (1869)
  • Traducción: Juan Pablo Guevara para Lecturia

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