Amelia Edwards: La historia de Salomé

Hace unos años, no importa cuántos, yo, Harcourt Blunt, viajaba con mi amigo Coventry Turnour cuando, encontrándonos ambos en los escalones de la entrada de nuestro hotel, él me comunicó que había vuelto a enamorarse.

—En serio, Blunt —dijo mi compañero de viaje—, es la criatura más hermosa que haya contemplado en mi vida.

Yo solté una sonora carcajada.

—Mi querido amigo —contesté—, no hay día que no poses los ojos en la criatura más hermosa que hayas contemplado en tu vida.

—Ya, pero esta es la primera vez que lo digo de corazón.

—¡Y no hay día que no sea la primera vez que lo digas de corazón! Acuérdate de la hija del posadero de Colonia.

—Una bonita criada a la que ni el mejor de los adiestramientos habría vuelto presentable.

—Luego estuvo la hermosa norteamericana de Interlachen.

—Sí, pero…

—Y la bella marchesa del baile del príncipe Torlonia.

—Ni una sola de ellas comparable a mi majestuosa veneciana. Ven conmigo a Le Mercerie y te convencerás. Si cogemos una góndola a la plaza de San Marcos, estaremos allí en un cuarto de hora.

De modo que lo acompañé, y él se pasó todo el camino ensalzando a su nueva enamorada. Ella era judía, pero él la convertiría. Su padre regentaba una tienda en Le Mercerie…, ¿y qué? Comerciaba solamente con la más cara mercancía oriental, y era tan rico como el mismo Rothschild. En lo tocante al probable menoscabo de cualquiera de sus aspiraciones personales, ¿por qué iba él a vacilar por eso? ¿Qué importancia tenían las «aspiraciones personales» en comparación con la felicidad para toda una vida? Además, él no era un hombre ambicioso. No le interesaba ocupar un asiento en el Parlamento. ¿Y qué si su tío, sir Geoffrey, lo dejaba sin un chelín? Disfrutaba de una moderada independencia económica de la que ningún ser viviente podía privarle y… ¿qué más podía desear un hombre razonable?

Yo escuché, sonreí y callé. Conocía a Coventry Turnour demasiado bien como para conceder la menor importancia a nada que pudiera decir o hacer en un asunto de esta índole. Estar locamente enamorado se había convertido en su estado natural. Éramos amigos de la infancia, y desde los tiempos en que había sentido una irremediable atracción por la joven dependienta de la pastelería de Harrow, yo no lo había visto «libre de amores»[1] más de unas pocas semanas seguidas. En el transcurso de los cinco meses que llevábamos viajando juntos, había pasado por todas y cada una de las fases del enamoramiento en nada menos que tres grandes passions y, ahora, después de haber abandonado Roma unas once semanas atrás con todas sus esperanzas truncadas y un corazón devastado y sin posibilidad de reparación, aquí lo tenía, como correspondía al curso natural de los acontecimientos, a punto de enamorarse de nuevo.

Desembarcamos en traghetto de San Marcos. Era una mañana despejada de mediados de abril, hace justo diez años. El palacio ducal rutilaba bajo el tórrido sol, los barqueros chismorreaban formando pequeños grupos a orillas del Molo, los vendedores de naranjas se afanaban bajo los soportales de la piazzetta y los flâneurs ya estaban comiendo helados y fumando cigarrillos a las puertas de los cafés. Una banda militar austríaca encorreada, hebillada, amostachada y vestida con blancas casacas tocaba justo delante de San Marcos, cuyo campanario proyectaba una sombra que dormitaba a lo largo de la plaza.

Tras cruzar la baja arcada que conduce a Le Mercerie, nos sumergimos al instante en ese fresco laberinto de calles estrechas, intricadas y pintorescas donde nunca penetra el sol, donde no se escucha sonido de ruedas ni hay bestia de carga a la vista, donde como en un bazar oriental cada casa es una tienda y cada fachada comercial una gran ventana abierta, donde los balcones de los pisos superiores casi parecen tocarse en lo alto, separados tan solo por una estrecha franja de cielo abrasador, y donde en ningún punto pueden caminar más de tres personas en paralelo. Después de abrirnos paso como buenamente pudimos entre la muchedumbre variopinta que pasa allí los días charlataneando, regateando, comprando, vendiendo y trajinando, llegamos por fin a una tienda de venta de productos importados de Oriente. Unos pocos tarros de cristal llenos de especias y algún que otro artículo más ocupaban de forma desastrada el mostrador que daba a la calle, pero, el interior, por oscuro y estrecho que pareciera, estaba abarrotado de las más valiosas mercancías. Estuches de preciosas joyas orientales, bordados y orlas de oro macizo y plata de ley, cotizadísimas drogas y especias, exquisitos juguetes de filigrana, milagros de la talla en marfil, en madera de sándalo y en ámbar, yataganes enjoyados, cimitarras ceremoniales incrustadas con «perlas y oro bárbaros»[2], fardos de mantones de Cachemira, sedas de la China, muselinas de la India, gasas y demás llenaban cada pulgada de espacio disponible entre el suelo y el techo dejando libres tan solo un estrecho pasillo desde la puerta al mostrador y un pasadizo más angosto si cabe que brindaba acceso a las estancias de la trastienda.

Entramos. Una joven que leía sentada en un asiento bajo detrás del mostrador dejó a un lado su libro y se levantó muy despacio. Iba toda vestida de negro. Me siento incapaz de describir el estilo de sus vestiduras. Solo sé que caían sobre su figura formando largos y suaves pliegues drapeados que dejaban a la vista tiras de fina batista a la altura de la garganta y en las muñecas, y que, por elegante y fuera de lo común que resultara este vestido, apenas me fijé en él, pues quedé de inmediato prendado de su belleza.

Y es que realmente era muy hermosa; hermosa de una forma que no había imaginado. Coventry Turnour, a pesar de su entusiasmo, no le había hecho justicia. Me había contado mil maravillas de sus ojos, de sus grandes, lustrosos y melancólicos ojos, de la transparente palidez de su piel, de la impecable delicadeza de sus rasgos, pero no me había preparado para la involuntaria dignidad, la perfecta nobleza y el refinamiento que perneaban cada una de sus miradas y de sus gestos. Mi amigo le pidió que le enseñara un brazalete que había estado viendo el día antes. Ella —orgullosa, majestuosa, callada— abrió el estuche donde lo tenía guardado bajo llave y lo depositó sobre el mostrador. Él pidió permiso para acercarlo a la luz. Ella inclinó la cabeza, pero sin pronunciar palabra. Era como si nos estuviese atendiendo una joven emperatriz.

Turnour se llevó el brazalete hasta la puerta y fingió examinarlo. Constaba de una doble hilera de monedas de oro engarzadas a intervalos entre sí por un ornamento con forma de alubia engastado con coral rosa y diamantes. Regresó al interior de la tienda y me preguntó si sería del agrado de su hermana, a quien había prometido llevar un recuerdo de Venecia.

—Es una bonita baratija —contesté—, pero creo que un recuerdo de Venecia debería ser de manufactura veneciana. Y supongo que esto es turco.

La hermosa judía levantó la vista. A pesar de que nosotros hablábamos en inglés, ella nos entendía.

E Greco, Signore —dijo secamente.

En ese preciso instante, de alguna oscura contaduría de la trastienda, surgió un anciano: un Shylock entrecano con barba, ojos ávidos y una pluma detrás de la oreja.

—Ve adentro, Salomé… Ve adentro, hija mía —dijo apresuradamente—. Yo atenderé a estos caballeros.

Ella levantó los ojos hacia los de él un instante para, a continuación, retirarse en silencio y esfumarse en la penumbra del cuarto de atrás.

No volvimos a verla. Nos demoramos un rato examinando los contenidos de varios estuches de joyas, pero en vano. Entonces Turnour compró su brazalete y salimos de nuevo a las estrechas calles, de vuelta a la luz del día de la Gran’ Piazza.

—Bueno —dijo él casi sin aliento—, ¿qué te ha parecido?

—Es muy bonita.

—¿Más bonita de lo que te esperabas?

—Mucho más. Pero…

—Pero ¿qué?

—Cuanto antes te olvides de ella, mejor.

Él juró y perjuró, cómo no, que ni quería ni podría olvidarla nunca. Se negó a tomar en consideración posibles incompatibilidades, no quiso escuchar objeción alguna, no creyó que hubiese obstáculo que pudiera irrumpir en su camino. El hecho de que a la hermosa Salomé no solo le fuera ajena su pasión e indiferente su persona, sino que además ignorase tanto su nombre como su posición, ni siquiera se tenía en cuenta en la lista de dificultades. Convencido, por tanto, de que no atendería a razones, opté por guardar silencio.

Antes de que acabase la semana, no obstante, todo había concluido.

—Óyeme, Blunt —me dijo abordándome una mañana en la sala de estar de nuestro hotel, justo en el momento en que yo me disponía a sentarme para contestar una pila de correspondencia—, ¿te gustaría continuar viaje hasta Trieste mañana? Venga, no me mires así, ya sabes cómo soy. Fui un estúpido al pensar que ella se interesaría por mí… Un completo desconocido, que para colmo es un forastero cristiano. Además, me siento fatal… y… ¡ahora mismo desearía encontrarme a cientos de millas de aquí!


Viajamos juntos hasta Atenas, y allí nos separamos: Turnour con destino a Inglaterra y yo rumbo a Oriente. Mi expedición, en concreto, se prolongaría muchos meses más. Primero fui a Egipto y Tierra Santa, luego me uní a un grupo para explorar el Éufrates y, finalmente, justo después de doce meses de vida oriental, a mediados de abril del año posterior a aquel en el que sucedieron los eventos que acabo de narrar, me vi de nuevo en Trieste. Allí me encontré con ese montón de cartas y diarios atrasados con el que llevaba soñando desde hacía infinidad de semanas y, entre las primeras, una de Coventry Turnour. Esta vez no solo se había enamorado locamente, sino que se encontraba a las mismísimas puertas del matrimonio. La carta era todo entusiasmo y extravagancia. Mi corresponsal era el más dichoso de los hombres, y la que había de convertirse en su esposa, la más bonita y agraciada de su sexo; el futuro, un paraíso; el pasado, una triste concatenación de errores. En cuanto al amor, cómo no, jamás había sabido lo que era hasta aquel momento.

Y de la hermosa Salomé, ¿qué?

Ni una sola palabra sobre ella de principio a fin. La había olvidado por completo, como si nunca hubiese existido. Y, aun así, ¡cuán perdidamente enamorado y cuán perdidamente desesperado estaba tan solo un año antes! Ay, claro, pero es que había pasado un año y ¿quién que hubiese conocido a Coventry Turnour iba a esperar de él que se acordase de la plus grande des passions durante ni siquiera la mitad de ese tiempo?

Dormí esa noche en Trieste y viajé al día siguiente a Venecia. No sé por qué, pero no podía sacarme a Turnour y sus amoríos de la cabeza. Recordé nuestra visita a Le Mercerie. La imagen de la hermosa judía me rondaba como un fantasma. ¿Seguiría siendo tan bonita? ¿Se sentaría aún a leer en el lugar acostumbrado, junto al mostrador, con la sombría tienda extendiéndose hacia el fondo, a su espalda, y las vitrinas de lujosos tejidos y joyas a su alrededor?

Un irresistible impulso me inducía a ir a Le Mercerie y verla una vez más. Y lo seguí. Por la mañana tenía muchas cosas que hacer, de modo que no llegué hasta las tres o las cuatro de la tarde. El lugar estaba atestado de gente. Recorrí aquella calle que tan bien recordaba buscando a izquierda y derecha la oscura tiendecita con su insulso mostrador, pero fue en vano. Cuando hube avanzado tanto como para pensar que debía de habérmela pasado, di media vuelta. Casa por casa, volví sobre mis pasos hasta la mismísima entrada de la calle, y ni aun así conseguí encontrarla. Concluí entonces que no había avanzado lo bastante la primera vez, así que di media vuelta y volví a recorrerla hasta llegar a un lugar donde confluían varias calles. Aquí me detuve en seco, pues sabía a ciencia cierta que nunca había traspasado ese punto.

A estas alturas, resultó más que evidente que el judío ya no ocupaba su antigua tienda en Le Mercerie, y que las probabilidades de averiguar su paradero eran remotas. No podía preguntarle a su sucesor porque no lograba identificar la casa. Ni siquiera conseguía recordar a qué oficio se dedicaban los vecinos de las tiendas colindantes. Desconocía incluso su nombre. Una vez convencido, por tanto, de lo inútil que sería persistir en el esfuerzo, abandoné la búsqueda y me consolé pensando que yo no tenía precisamente una roca por corazón y que quizá fuera mucho mejor para mi paz interior no volver a ver a la hermosa Salomé. No obstante, estaba predestinado a verla de nuevo, y antes de que transcurrieran muchos días.

Aquel año de idas y venidas inusualmente agotadoras por Oriente me había dejado exhausto y necesitado de descanso, de modo que había decidido tomarme un mes, antes de emprender el regreso a casa, y emplearlo haciendo algunos bosquejos de Venecia y sus alrededores. Dado que el primer objetivo de un dibujante no es otro que seleccionar sus puntos de vista y que, además, no hay invención más lujosa que una góndola veneciana para uso y disfrute del hombre, procedí a consagrar los primeros días de mi estancia a realizar interminables travesías de un lado para otro, ora explorando toda suerte de canales y canaletti, ora saliendo a remo en dirección a Murano, ora surcando las aguas en pos de las islas allende San Pietro [di] Castello. Durante mi continuo peregrinar, iba haciendo anotaciones sobre infinidad de lugares pintorescos. No paraba de fumar. Creo que fue el cuarto o el quinto día que dediqué a esta agradable tarea cuando mi gondolero me propuso llevarme hasta el Lido, una zona más alejada del centro. Faltarían dos horas aproximadamente para la puesta de sol, y el gran banco de arena no se hallaba a más de cuatro o cinco millas de donde nos encontrábamos, de modo que accedí, y al instante habíamos mudado nuestro rumbo y nos deslizábamos alejándonos más y más de Venecia a cada golpe de remo. La alargada y distante barrera gris, que durante todo aquel día había acotado el llano horizonte, empezó entonces a elevarse gradualmente sobre la plácida superficie de la laguna, adquirió un contorno más abrupto, se perfiló en montículos y hondonadas de arena ocre, desvelando algún que otro parche de hierba y de enmarañado matorral, para acabar adoptando un aspecto semejante al de la costa de un desierto inhóspito allende la cual ningún hombre pudiese penetrar. El barquero se dirigió sin dudarlo hacia un punto que varios pilotes clavados en la orilla identificaban como amarradero y, una vez allí, no sin cierta dificultad, pues la marea estaba baja, hizo encallar la góndola. Desembarqué. Y di mi primer paso en un suelo rodeado de tumbas.

E’l cimeterio giudaico, Signore —me explicó mi gondolero llevándose una mano a la gorra.

¡El cementerio judío! ¡El ghetto de los muertos! En ese momento, recordé haber leído o escuchado mucho tiempo atrás que a los judíos de Venecia, aislados tanto en la vida como en la muerte de la vecindad de sus gobernantes cristianos, se los enterraba desde tiempos inmemoriales en esta desolada extensión de tierra baldía. Me incliné para examinar la lápida que se encontraba a mis pies. No era más que un fragmento con una costra de liquen amarillo y comido por el aire salado del mar. Pasé a la siguiente, y a la siguiente. Unas estaban cubiertas por marañas de zarzas y malas hierbas. Otras aparecían semienterradas en la arena erosionada. De algunas solo asomaba una esquina. Aquí un nombre, allá una fecha, acullá el fragmento de un relieve heráldico o parte de una inscripción en hebreo seguían siendo legibles, pero todas estaban más o menos rotas, y sus inscripciones, borradas.

Y caminando entre tumbas y montículos, ascendiendo a cada paso y dejando atrás tres o cuatro pozas cristalinas pobladas de juncos de aspecto descarnado, me di cuenta de que había alcanzado la parte central y más elevada del Lido, y que desde allí dominaba una infinita vista en todas direcciones. A un lado se extendía la ancha y silenciosa laguna, delimitada por Venecia y las colinas Euganeas; al otro, acercándose sigilosas en largas y perezosas ondas y rompiendo mudamente contra la orilla infinita, se desplegaban las azules aguas del Adriático. Un anciano que recogía conchas del lado del mar y una góndola distante en la laguna eran los únicos signos de vida en millas a la redonda.

Allí plantado, en la cumbre de esta estrecha barrera de arena, mientras contemplaba desde lo alto las dos aguas y observaba cómo se acercaba poco a poco lo que prometía ser una maravillosa puesta de sol, me sumí en uno de esos estados en los que los pensamientos vagan a su antojo y lo real y lo irreal se suceden caprichosamente como en un sueño. Recordé que Goethe había concebido aquí su teoría vertebral del cráneo; que Byron, demasiado tullido para caminar, tenía un caballo, y que cabalgaba a diario de un extremo a otro del Lido. Recordé lo mucho que Shelley amaba la agreste soledad de este lugar, que escribió sobre él en Julian y Maddalo, que escuchó, tal vez desde este mismo punto en el que yo me encontraba, la campana del manicomio de la isla de San Giorgio. Entonces me pregunté si Tiziano se habría aventurado hasta aquí desde su lúgubre casa al otro lado de Venecia para estudiar los dorados y púrpuras de estos cielos occidentales. Si Otelo habría paseado por aquí con Desdémona. Si Shylock yacería aquí enterrado, o Leah, a quien amó «cuando era muchacho»[3].

Y, en plena ensoñación, me topé de repente con otro cementerio judío.

¿De verdad se trataba de otro? ¿O era solo una zona apartada del primero? A buen seguro era otro, y más moderno. El camposanto estaba mejor conservado. Los monumentos eran más nuevos. Las fechas que había conseguido descifrar en los sepulcros resquebrajados de más abajo pertenecían a los siglos XIV y XV, pero las inscripciones de estos se referían a sepelios bastante recientes.

Avancé unos pocos pasos más. Me detuve a copiar el curioso pareado italiano de una tumba, a recoger un nomeolvides silvestre del pie de otra, a apartar una zarza que se arrastraba sobre una tercera, y solo entonces reparé en una dama que estaba sentada junto a una tumba, a menos de diez yardas del lugar donde yo me encontraba.

Había supuesto que me hallaba en la más completa soledad, así que me cogió tan de sorpresa que, en un primer momento, casi podría haber asegurado que ella también estaba «tejida de idéntica tela que los sueños»[4]. Iba vestida de pies a cabeza con el más riguroso de los lutos, y tenía el rostro vuelto hacia la puesta de sol y la mejilla apoyada sobre la palma de la mano. La tumba junto a la que permanecía sentada era claramente reciente. La escasa vegetación que la rodeaba se había removido hacía poco, y la lápida de mármol no daba la impresión de haber quedado expuesta al viento y a la intemperie más de una semana.

Como estaba convencido de que no me había visto, me quedé unos instantes mirándola. Algo tenían la elegancia y el pesar de su actitud, algo la postura de su cabeza y la caída de sus vestiduras azabache que cautivaba mi atención. ¿Era joven? Eso me parecía. ¿Lloraba a su esposo?, ¿a un amante?, ¿a un padre?, ¿a una madre? Desvié la vista hacia la lápida. Estaba cubierta de inscripciones hebreas, de modo que, aun habiéndome encontrado más cerca, nada me habría desvelado.

No podía quitarme de encima la sensación de que no tenía derecho a quedarme allí plantado convertido en un espectador de su duelo, en un intruso de su intimidad. De modo que procedí a alejarme sin hacer ruido. Y, en ese momento, ella se volvió y miró en mi dirección.

Era Salomé.

Salomé, pálida y demacrada como quien sufre un dolor profundo y devastador, pero más hermosa que nunca, si es que eso era posible. Hermosa y dotada de una belleza todavía más espiritual que antaño, con unas mejillas tan pálidas y unos ojos tan indescriptiblemente brillantes y solemnes que mi corazón pareció detenerse al contemplarlos. Me quedé durante un segundo en suspenso, en parte creyendo, en parte esperando, ver un atisbo de reconocimiento en su mirada. Pero al poco, sin atreverme a quedarme mirando o a demorarme durante más tiempo, di media vuelta y me marché. Una vez me encontré lo bastante lejos como para no caer en la descortesía, me detuve y dirigí la vista atrás. Ella había vuelto a adoptar la postura en la que se hallaba cuando la descubrí y tenía la mirada perdida a lo lejos, hacia Venecia y el sol poniente, inmóvil, tanto o más que la losa junto a la que velaba.

El sol se puso con toda su gloria. El último arrebol se difuminó en las cúpulas y los campanarios de Venecia. Los picos del oeste mudaron de rosa a morado, de dorado a gris. Una película de niebla apenas perceptible ganó cuerpo de repente sobre la superficie de la laguna, y en el firmamento se encendió titilante la primera estrella. Yo me quedé aguardando y observando hasta que las sombras se tornaron tan densas que no pude ya distinguir un objeto de otro en la lejanía. ¿Era aquel el lugar? ¿Estaba ella allí todavía? ¿Se movía? ¿Se había ido? Imposible saberlo. Cuanto más miraba, mayor era mi incertidumbre. Entonces, temiendo perderme en la creciente oscuridad, me apresuré a descender hasta la orilla y me dirigí al lugar donde había desembarcado.

Encontré a mi gondolero con la cabeza apoyada en un cojín y el retazo de alfombra de su góndola echado por encima a modo de cobertor, sumido en un sueño profundo. Le pregunté si había visto alguna otra embarcación partir del Lido desde que yo desembarcara. Él se frotó los ojos, se incorporó de un salto y se espabiló en un momento.

Per Bacco, Signore, me he quedado dormido —dijo excusándose—. No he visto nada.

—¿Reparaste en si había alguna otra embarcación amarrada por aquí cuando llegamos?

—Ninguna, Signore.

—¿Y no has visto a una dama vestida de negro?

Se echó a reír y sacudió la cabeza.

Consolatevi, Signore —dijo maliciosamente—. Ella volverá mañana.

Entonces, reparando en mi gesto serio, se llevó la mano a la gorra y con un discreto «Scusate, Signore», ocupó su puesto en popa y se dispuso a esperar. Le rogué que me llevara de regreso al hotel, y luego me recosté relajadamente en la oscuridad de mi pequeña cabina, crucé los brazos, cerré los ojos y pensé en Salomé.

¡Qué bonita era! ¡Cuán infinitamente más bonita incluso que mi primer recuerdo de ella! ¿Cómo era posible que no me hubiese suscitado mayor admiración aquel día en Le Mercerie? ¿Estaba yo ciego entonces o acaso era cierto que se había vuelto más hermosa? ¡Qué triste y extraño lugar para encontrarme con ella de nuevo! ¿A quién velaba junto a aquella tumba? ¿A su padre? Sí, seguramente fuera su padre. Era un anciano cuando yo lo conocí y, por ley de vida, no debía de quedarle mucha. Él había muerto, de ahí mi infructuosa búsqueda en Le Mercerie. Había muerto. Su tienda estaba en manos de otro comerciante. Su mercancía se habría vendido y dispersado. ¿Y Salomé? ¿Se habría quedado sola? ¿Acaso no tenía madre?, ¿ni hermanos?, ¿ni amante? ¿Habrían albergado sus ojos esa mirada de muda congoja si le quedase algún lazo cercano o amado en esta tierra? Entonces pensé en Coventry Turnour y en su inminente boda. ¿Acaso la había amado de verdad alguna vez? Lo dudaba. «El amor verdadero —decía una vieja canción— jamás olvida», pero él sí había olvidado, como si el pasado no hubiese sido más que un sueño. Y, sin embargo, había sido un sentimiento puro mientras duró. De hecho, lo habría arriesgado todo por ella si le hubiese escuchado. ¡Ah, si ella le hubiese escuchado! Y entonces me di cuenta de que él nunca había llegado a contarme los detalles de aquella aventura. ¿Le habría rechazado ella en persona o acaso mi amigo habría osado presentarse ante su padre para comunicarle sus intenciones? Y, en ese caso, ¿le habían rechazado solo por ser cristiano? Nunca se me ocurrió preguntarle estas cosas mientras estuvimos juntos, pero ahora habría dado el mejor caballo de montería de mis establos a cambio de conocer hasta el último detalle relacionado con el asunto.

Y perdido como estaba en estas cavilaciones, recorriendo una y otra vez el mismo trillado camino, preguntándome si se acordaría de mí, si sería pobre, si de verdad estaría sola en el mundo, si el anciano llevaría mucho tiempo muerto, y un centenar de cosas más por el estilo, apenas noté cómo iban deslizándose junto a mí las millas de agua, ni cómo la noche iba cerniéndose sobre nosotros. Había una pregunta, sin embargo, más recurrente que todas las demás: ¿qué podía hacer para volver a verla?

Una vez en el hotel, cené a la table d’hôte y me acerqué luego dando un paseo a mi café favorito de la Piazza. Pasé después media hora en la Fenice y asistí a un acto de una pésima ópera, tras lo cual regresé a mi alojamiento agitado, inquieto, desvelado. Y, en el transcurso de las muchas horas que pasé sentado delante del fuego de la chimenea de mi habitación, no hice sino plantearme la misma eterna pregunta: ¿qué podía hacer para volver a verla?

Finalmente me venció el cansancio y me quedé dormido en mi butaca, y cuando me desperté, la brillante luz del sol se colaba por la ventana.

Me incorporé de un salto. Y sabía qué hacer. Se me había ocurrido de repente, como iluminado por un rayo del sol. Solo tenía que volver al cementerio, copiar la inscripción de la tumba del anciano, pedirle a mi sabio amigo el profesor Nicolai de Padua que me la tradujera y, entonces, una vez en posesión de nombres y fechas, todo lo demás iría rodado.

En menos de una hora volvía a estar rumbo al Lido.

Hice un calco de la lápida. Era la forma más rápida y fiable, puesto que sabía que en hebreo todo dependía de la puntuación de las letras y desconfiaba de mi destreza a la hora de copiarlas. Hecho esto, regresé a toda prisa, escribí una carta al profesor, y carta y calco partieron hacia su destino en el tren de mediodía.

El profesor no era un hombre rápido, sino más bien todo lo contrario. Soñador, indolente, embebido en las tradiciones de Oriente, era lento en exceso. De haberse tratado de cualquier otro corresponsal, podría haber esperado recibir una respuesta en el curso de un día, pero en el caso de Nicolai de Padua habría sido absurdo aguardarla antes del transcurso de dos o tres. ¿Y qué podía hacer mientras tanto? Bueno, mientras tanto podía visitar iglesias y palacios, bosquejar dibujos, enviar cartas de presentación. Fuera como fuese, de nada servía impacientarse.

Y, sin embargo, yo estaba impaciente; tanto que no pude ni dibujar ni leer ni permanecer quieto durante más de diez minutos seguidos. Poseído por una incontrolable agitación, vagué de galería en galería, de palacio en palacio, de iglesia en iglesia. Hasta la reclusión en una góndola me resultaba irritante. Por así decirlo, me veía impelido a moverme y a hacer cosas sin parar. A pesar de todo, el día se me hizo interminable.

La jornada siguiente resultó todavía peor. Existía la remota posibilidad de recibir una respuesta de Padua, y el mero hecho de ser consciente de esa posibilidad me alteró durante el resto del día. Después de haber buscado y aguardado la llegada de cada una de las postas de ocho de la mañana a cuatro de la tarde, bajé al traghetto de San Marcos, donde me recibió con un saludo mi gondolero de siempre.

Se llevó la mano a la gorra y aguardó a recibir órdenes.

—¿Adónde, Signore? —preguntó cuando vio que yo permanecía en silencio.

—Al Lido.

La tentación era irresistible, y sucumbí a ella, aun en contra de lo que me dictaba la razón. Yo sabía que no debía rondar el lugar. Había tomado la determinación de no hacerlo. Y, sin embargo, fui.

Durante la travesía me convencí a mí mismo de que solo iba en una especie de visita de reconocimiento. No parecía improbable que ella pudiera dirigirse al mismo lugar aproximadamente a la misma hora que la vez anterior, y en ese caso tal vez alcanzara su góndola de camino o la encontrase amarrada en algún punto de la orilla. Sea como fuere, estaba decidido a no desembarcar. Pero no nos cruzamos con góndola alguna más allá de San Pietro [di] Castello, ni tampoco vimos ninguna en la orilla. La tarde estaba muy avanzada. Con el sol a punto de ponerse, teníamos la laguna y el Lido para nosotros solos.

Mi barquero se dirigió al mismo embarcadero y amarró su góndola al mismo pilote que la vez anterior. Dio por hecho que yo tenía intención de desembarcar, y desembarqué. Sin embargo, era evidente que Salomé bien podía no estar allí, en cuyo caso nadie me acusaría de intrusión alguna. Podía pasear rumbo al cementerio cuidándome de evitarla, si es que se encontraba por allí, y mantenerme en todo momento bien alejado de la zona donde la viera por última vez. Así que volví a romper con otro de mis propósitos y comencé el ascenso hasta lo alto del Lido. De nuevo me crucé con las pozas saladas y los juncos. De nuevo contemplé el mar a mi izquierda y la laguna a la derecha y el interminable banco de arena ocupando muchas millas entre ambos. Allá estaba el nuevo cementerio. Y desde mi posición examiné cada pulgada del camposanto. Hasta alcancé a distinguir la lápida de la que había hecho un calco la mañana anterior. No había ser vivo a la vista. Todo parecía indicar que me encontraba tan solo como Enoch Arden en su isla desierta[5].

Y seguí avanzando, un poco más, un poco más aún. Y entonces, contra toda mi determinación, me encontré plantado sobre el mismísimo lugar, junto a la mismísima tumba adonde me había hecho el firme propósito de no acercarme bajo ningún concepto.

El sol ya se estaba poniendo —se había puesto, de hecho, detrás de un banco de cúmulos de bordes dorados— e inundaba la tierra, el mar y el cielo de carmesí. Esta era la hora en que la había visto. Este el lugar en el que ella estaba sentada. Unas briznas de hierba habían brotado aquí y allá sobre la tumba. Su vestido las habría rozado mientras estuvo aquí; su vestido y, quizá, su mano. Arranqué una y la deposité con cuidado entre las hojas de mi cuaderno.

Al fin, al dar media vuelta con la intención de marcharme, ¡me la encontré de frente!

Estaba a unas cinco yardas, y avanzaba despacio hacia el lugar en el que yo me hallaba. Caminaba con la cabeza ligeramente inclinada hacia delante, las manos entrelazadas, los ojos clavados en el suelo. Su actitud era la de una monja. Yo, sobresaltado, confuso y casi sin saber lo que hacía, me retiré el sombrero y me hice a un lado para dejarla pasar.

Ella levantó la vista —vaciló, se detuvo, se quedó observándome con una expresión extraña, rotunda, de profunda tristeza— y entonces volvió a bajar la vista, pasó a mi lado sin dirigirme una sola mirada más y, con la misma pose que la vez anterior, ocupó de nuevo su lugar al lado de la tumba de su padre.

Me di la vuelta. Deseaba con todas mis fuerzas hablar con ella, pero no me había atrevido, y ahora la oportunidad se había esfumado. Pero ¡podría haberle hablado! Ella me había mirado, me había mirado con una expresión extraña y lastimera en sus ojos, había seguido mirándome durante el lapso en el que uno cuenta hasta cinco… Podría haberle hablado. ¡Seguro que podría haberle hablado! Y, ahora, ¡ay!, ya resultaba imposible. Con la mejilla apoyada en la mano, se había sumido en su habitual actitud pensativa. Sus pensamientos se hallaban muy lejos de aquel lugar. Había olvidado mi presencia.

Regresé a la orilla más agitado e inquieto que nunca. Mientras hubo luz, surqué arriba y abajo las márgenes del Lido buscando su góndola. Deseaba, en cualquier caso, verla partir; seguirla, quizá, a través de la inmensidad de las aguas. Pero el ocaso se abatió sobre mí enseguida, y tras él la oscuridad, y finalmente partí sin dar con señal o prueba alguna de su presencia.

Esa noche, mientras yacía despierto moviéndome inquieto en la cama y repasando los incidentes de los últimos días, me di cuenta de que no podía dejar de pensar en aquella mirada prolongada, rotunda y de profunda tristeza que ella había clavado en mis ojos en el cementerio. Cuanto más pensaba en ella, mayor era la sensación de que ocultaba un significado más profundo del que yo, en mi estado de confusión, había observado en su momento. Era una mirada de lo más extraña, casi suplicante, como si pidiese ayuda o compasión, igual que el mudo ruego en los ojos de un animal enfermo. ¿De verdad podía ser? ¿Qué otra posibilidad cabía, aparte de que, sola como se había quedado en el mundo, puede que sin un hombre en su entorno que pudiese darle consejo, se hallase en una situación difícil y no supiese a quién recurrir en busca de ayuda? No era una idea descabellada. Incluso resultaba posible que la intuición le dijera que quizá podía confiar en mí. ¡Ay, si confiara en mí…!

Yo había albergado la esperanza de que la respuesta de Padua llegase con el reparto matinal, pero la mañana y la tarde se sucedieron como los días anteriores, sin que llegara ninguna carta. Al declinar el día yo volví a encontrarme rumbo al Lido, en esta ocasión con el propósito y la intención de hablar con ella. Desembarqué y me dirigí al cementerio sin demora. La laguna y el cielo estaban teñidos de un uniforme gris plomizo, y una neblina se cernía sobre Venecia.

La divisé nada más alcanzar la cima. Caminaba despacio de un lado para otro entre las tumbas, como una sombra majestuosa. Sin saber muy bien por qué, yo había acudido convencido de que ella estaría allí y, ahora, por alguna razón que no sabría explicar ni en un millón de años, tuve la certeza de que ella me estaba esperando.

Tembloroso y anhelante, aunque temiendo a la vez el momento en que ella reparara en mi presencia, apuré la marcha, imprimiendo con fuerza mi huella en la arena a cada paso. Unos instantes más y me encontraría frente a ella, le hablaría, escucharía la música de su voz, esa música que recordaba tan bien a pesar de que había pasado un año desde la última vez que la oí. Pero ¿cómo abordarla? ¿Qué podía decirle? No lo sabía. No tenía tiempo para pensar. Lo único que conseguí hacer fue continuar a toda prisa hasta que estuve a unos diez pasos de la larga estela de sus vestiduras, detenerme cuando se giró y descubrirme ante ella como si de una reina se tratara.

Ella se quedó muy quieta y me miró, igual que se había quedado muy quieta y me había mirado la tarde anterior, con la misma mirada de profunda tristeza en sus ojos, con una expresión aún más suplicante si cabe. Pero aguardó a que yo hablara.

Y sí, hablé. No recuerdo lo que dije, solo sé que farfullé algo así como una disculpa, que mencioné que había tenido el honor de conocerla con anterioridad muchos meses atrás, y que al tratar de decir algo más, de expresar cuán agradecido y con cuánto orgullo me prestaría a hacerle cualquier servicio, por humilde, por laborioso que este fuera, me fallaron tanto la voz como las palabras y me vine abajo por completo.

Una vez recompuesto, levanté la vista y me encontré con sus ojos, que seguían clavados en mí.

—Tú eres cristiano —dijo.

Me sobrevino un temblor nada más escuchar el sonido de su voz. Era la misma voz, clara, melódica, poco más que un susurro, y aun así no del todo la misma. Percibí una melancolía en la música y —por emplear una palabra que, a pesar de todo, no consigue trasladar lo que deseo expresar— una lejanía que penetró en mis oídos como la cadencia lastimera de un viento otoñal.

Incliné la cabeza y respondí que lo era.

Ella señaló la lápida de la que yo había tomado un calco un par de días antes.

—Un alma cristiana yace ahí —dijo—, sepultada en la tierra sin una sola oración cristiana, conforme al rito hebreo, en un santuario hebreo. ¿Podría usted, forastero, realizar un acto de piedad para con el muerto?

—La signora solo tiene que pedirlo —dije—. Todo cuanto desee se llevará a efecto.

—Lea una oración sobre esta tumba. Grabe una cruz sobre esta lápida.

—Así lo haré.

Esbozó un gesto de agradecimiento, inclinó levemente la cabeza, se ciñó el manto al cuerpo y se dirigió a un montículo algo más apartado. Me daba permiso para retirarme. No tenía excusa para demorarme, derecho alguno a prolongar la entrevista, ningún asunto por el que permanecer allí un instante más. De modo que la dejé allí, y no volví a dirigir la vista atrás hasta que alcancé el último punto desde el que sabía que podría divisarla. Pero, cuando me di la vuelta para contemplarla por última vez, ella ya había desaparecido.

Me había propuesto hablar con ella, y eso había conseguido… ¡A buen seguro que aquella era la entrevista más extraña que jamás le haya caído en suerte a un hombre! Nada había dicho de lo que tenía intención de decir, nada había averiguado de lo que buscaba averiguar. En lo que atañía a su situación, a su lugar de residencia, a su apellido, seguía sumido en la misma ignorancia que antes. Así y todo, quizá no tuviese motivo para sentirme insatisfecho. Ella me había honrado con su confianza y había procedido después a encomendarme una tarea de no poca dificultad y relevancia. Ahora, lo único que podía hacer era ejecutar dicha tarea lo más concienzuda y rápidamente posible. Y, una vez cumplida, puede que llegase a ganarme un hueco en su memoria, y tal vez incluso, con el tiempo, en su estima.

Entretanto, volví a plantearme la vieja pregunta: ¿a quién pertenecería aquella tumba? La respuesta que me había dado a mí mismo desde el principio había sido tan tajante que ahora no podía siquiera concebir que no fuera la de su padre. Pero que él hubiese muerto habiéndose convertido secretamente al cristianismo me resultaba increíble. ¿De quién sería pues la sepultura? ¿De un amante?, ¿de un amante cristiano? ¡Pardiez!, tal vez… ¿O quizá de una hermana? En cualquier caso, era más que probable que la propia Salomé fuera una conversa. Pero no había tiempo para conjeturas. Debía actuar, y rápido.

Me apresuré a regresar a Venecia instando a mi gondolero a que remase lo más rápido posible y, de camino, me prometí a mí mismo que todos los deseos de ella se verían cumplidos antes de que volviera a visitar el lugar. ¡Que me haría cuanto antes con los servicios de un clérigo que pudiese acompañarme al Lido al amanecer y leer allí aunque fuese un fragmento del responso para difuntos y que también contrataría a un escultor para que grabase la cruz! Tenerlo todo resuelto antes de que ni ella ni nadie acudiese al cementerio al día siguiente se convirtió en mi principal objetivo. Y estaba decidido a alcanzarlo, aunque tuviese que registrar Venecia de arriba abajo antes de apoyar la cabeza en la almohada.

Conseguí mi clérigo sin dificultad. Se trataba de un hombre joven que se alojaba en el hotel, en la misma planta que yo. Coincidía con él a diario a la table d’hôte, e incluso habíamos charlado en un par de ocasiones en la sala de lectura. Se trataba de un compatriota del norte que no hacía mucho que había tomado los votos y que siempre se mostraba caballeroso y complaciente. Accedió de buena gana a hacer cuanto le pedía, y se comprometió a desayunar conmigo a las seis de la mañana del día siguiente a fin de que pudiésemos estar en el cementerio a las ocho.

Conseguir un escultor no iba a resultar tan sencillo, pero me puse manos a la obra, tratando de ser lo más metódico posible. Empecé por el directorio de Venecia, copiando una lista de nombres y direcciones de escultores. Después, alquilé una góndola a due rame, dando comienzo a mi búsqueda.

Pero una búsqueda nocturna por la intricada maraña de canaletti de la Venecia más pobre no es empresa fácil, ni tampoco demasiado segura. Estos canaletti —estrechos, tortuosos, densamente transitados, bloqueados a menudo por enormes barcazas cargadas de paja, madera o provisiones, en su mayoría prácticamente sin iluminar y tan desconcertantemente parecidos unos a otros que ningún mero novato en topografía veneciana podría aspirar jamás a distinguirlos— desconciertan hasta a los mismísimos gondoleros y constituyen una terra incognita para todos salvo para sus moradores.

A pesar de ello, logré dar con tres de las direcciones que figuraban en mi lista. En la primera me dijeron que el artesano a quien buscaba estaba trabajando esa semana en Murano y que no volvería hasta el sábado por la noche. En la segunda y la tercera encontré a los escultores en casa, cenando con sus esposas e hijos después de una larga jornada de trabajo, pero ninguno quiso aceptar mi encargo. Uno de ellos lo declinó con reticencia después de consultar en voz baja con su hijo. El otro me explicó lisa y llanamente que no se atrevía a hacer algo así y que no creía que lograse dar en toda Venecia con un escultor más osado que él.

Me contó que los judíos eran ricos y poderosos, que habían dejado de ser un pueblo oprimido, que ni siquiera en Venecia se los insultaba ya sin impunidad. Que tallar una cruz cristiana en una lápida judía en el cementerio judío se consideraba «una especie de sacrilegio» que era castigado, no le cabía duda, por la ley. Como me pareció que tenía razón y, habida cuenta de que mis gondoleros no estaban ni mucho menos seguros de por dónde navegaban y de que la oscuridad en los canaletti se asemejaba a la de las catacumbas, convencí al escultor de que me vendiese un pequeño mazo y un par de cinceles y decidí cometer el sacrilegio con mis propias manos.

Exceptuando este detalle, todo lo demás se llevó a cabo a la mañana siguiente tal y como yo lo había planeado. Mi nuevo conocido desayunó conmigo, me acompañó al Lido, leyó los fragmentos del responso para difuntos que consideró apropiados y después, comoquiera que tenía asuntos que atender en Venecia, me dejó a solas con mi tarea. Esta resultó de todo menos sencilla. Es posible que a una mano experta no le hubiese supuesto más de media hora de trabajo, pero era la primera vez que me atrevía a hacer algo así. Al final, a pesar de lo tosco del resultado —un malogrado proyecto de cruz latina, de unas dos pulgadas y media de largo, arañada en la parte inferior de la lápida, donde podía quedar fácilmente oculta bajo un montoncito de arena barrido por el viento—, me llevó casi cuatro horas completar mi labor. Mientras trabajaba, la mañana fea y gris se tornó aún más fea y más gris, y una espesa bruma marina entró desde el Adriático. Unas leves rachas de viento gemían en su ir y venir como el eco de un réquiem lejano. En más de una ocasión, levanté la vista sobresaltado, convencido de que ella me había sorprendido, creyendo haber visto pasar una sombra, oído el frufrú de un vestido, la exhalación de un suspiro. Pero no. La bruma y el gemido del viento se burlaban de mí. Estaba completamente solo.

Cuando por fin regresé a mi hotel eran las dos en punto de la tarde. El portero depositó una carta en mi mano al pasar a su lado. Me bastó con echar un vistazo a la apretada caligrafía del remite. Venía de Padua. Me apresuré a subir a mi habitación, donde, tras rasgar el sobre, leí estas palabras:

Caro Signore:

El calco que me enviáis carece de antigüedad e interés, al contrario de lo que me temo que habíais supuesto. Altro, es de anteayer. Se limita a dejar constancia de que una tal Salomé, la única y muy querida hija de cierto Isaac da Costa, murió el 18 de octubre del pasado otoño a los veintiún años de edad, y que fue el ya mencionado Isaac da Costa el que mandó erigir la lápida en memoria de las virtudes de ella y del dolor de él.

Os ruego aceptéis, caro Signore, la seguridad de mi consideración más distinguida.

Nicolo Nicolai

Padua, 27 de abril de 1857

La carta se me cayó de las manos. Todo indicaba que no había comprendido bien el mensaje. De manera que la recogí, volví a leer su contenido letra a letra, me senté, me levanté y, confuso, perplejo, incrédulo, comencé a pasear por la habitación.

¿Podía ser, entonces, que hubiese dos Salomés? ¿O se había producido acaso un grave y extraordinario error?

Vacilé, no sabía qué hacer. ¿Acaso debía acercarme a Le Mercerie y enterarme de si en el barrio conocían al tal Da Costa? ¿Sería mejor consultar el registro de nacimientos y defunciones del barrio judío? ¿O tal vez debía recurrir al rabino y preguntarle quién había sido aquella segunda Salomé y qué grado de parentesco guardaba con la Salomé que yo conocía? Opté por seguir este último camino. No me resultó difícil obtener la dirección del rabino. Vivía en una casa antigua de Giudecca, y allí lo encontré. Se trataba de un anciano de porte serio e imponente con una barba canosa que casi le llegaba a la cintura.

Tras presentarme, le expliqué el asunto que me había llevado hasta allí. Había ido a preguntarle si él podría darme alguna información referente a la difunta Salomé da Costa, que había fallecido el pasado 18 de octubre y que estaba enterrada en el Lido.

El rabino respondió diciendo que sin lugar a dudas podría facilitarme toda la información que deseara, puesto que había conocido a la dama en persona y era buen amigo de su padre.

—¿Puede decirme —pregunté— si tenía alguna amiga íntima o alguna pariente que también se llamase Salomé?

El rabino sacudió la cabeza.

—No lo creo —dijo—. No recuerdo a ninguna otra muchacha con ese nombre.

—Discúlpeme, pero yo sí sé de otra —repliqué—. Había una hermosísima Salomé viviendo en Le Mercerie la última vez que estuve en Venecia, hace justo un año.

—Salomé da Costa era muy bella —dijo el rabino—, y efectivamente vivía con su padre en Le Mercerie. Pero él se mudó al barrio del Rialto después de que ella falleciera.

—El padre de la Salomé de la que le hablo vendía artículos procedentes de Oriente —me apresuré a decir.

—Isaac da Costa vende artículos procedentes de Oriente —contestó el anciano con delicadeza—. Hijo mío, estamos hablando de la misma persona.

—¡Imposible!

Él volvió a sacudir la cabeza.

—Pero ¡ella está viva! —exclamé muy agitado—. ¡Está viva! La he visto y he hablado con ella… Ayer mismo por la tarde…

—No —dijo compasivamente—, lo habrá usted soñado. La joven de la que habla falleció, seguro.

—La vi ayer mismo por la tarde —repetí.

—¿Dónde cree usted haberla visto?

—En el Lido.

—¿En el Lido?

—Y ella me habló. Oí su voz, la oí con la misma claridad con la que puedo oír la mía en este mismo momento.

El rabino se acarició pensativo la barba y me miró.

—¡Cree usted haber oído su voz! —exclamó—. ¡Qué extraño! ¿Y qué fue lo que le dijo?

Yo iba a contestar, pero me contuve. De repente se me había cruzado una idea por la mente que me hizo estremecerme de pies a cabeza.

—¿Existe…? ¿Existe alguna razón que pudiera llevar a pensar que murió habiéndose convertido al cristianismo? —tartamudeé.

El anciano dio un respingo y su rostro mudó de color.

—Yo…, yo… Es extraño esto que me pregunta —trastabilló—. ¿A qué se debe?

—¿Sí o no? —grité desaforadamente—. ¿Sí o no?

Él arrugó la frente, bajó la mirada, vaciló.

—Reconozco… —dijo, y continuó pasados unos segundos—, reconozco que es posible que haya oído algo al respecto. Pudiera ser que la joven albergase en secreto alguna duda. Pero no era una cristiana profesa.

—¡Sepultada en la tierra sin una sola oración cristiana, conforme al rito hebreo, en un santuario hebreo! —me repetí a mí mismo.

—Pero no entiendo cómo ha podido usted enterarse de esto —prosiguió el rabino—. Solo lo sabíamos su padre y yo.

—Señor —dije con solemnidad—, ahora sé a ciencia cierta que Salomé da Costa está muerta… Tres veces he visto su espíritu rondando el lugar donde…

Se me rompió la voz. No pude pronunciar aquellas palabras.

—Ayer tarde, al ocaso —dije recuperando el habla—, fue la tercera. Y comoquiera que nunca había dudado de que…, de que aquella a la que veía era una mujer de carne y hueso, le hablé. Ella me contestó. Me…, me lo contó todo.

El rabino se cubrió el rostro con las manos y permaneció de esta guisa un rato, perdido en sus pensamientos.

—Joven —dijo por fin—, su historia es extraña, y extrañas son las pruebas a las que se remite. Podría ser que hubiese sucedido tal y como cuenta, o podría ser que le haya traicionado algún sueño, no lo sé.


Él no lo sabía, pero yo —¡ay!—, yo sí lo sabía, y demasiado bien. Ahora sabía por qué se me había aparecido investida de una hermosura de otro mundo. Ahora comprendía la mirada de muda súplica en sus ojos, la extraña lejanía en el tono de su voz. Aquella alma dulce no podía descansar entre el polvo de los suyos «sin viático, óleos ni preparación»[6], privada incluso de «una oración cristiana» sobre su tumba. Y, ahora, ¿era ese el fin? ¿No volvería a verla jamás?

Jamás, ¡ay!, jamás. De cómo rondé el Lido al atardecer durante meses hasta que la primavera floreció dando paso al otoño, y el otoño maduró dando paso al verano… De cómo regresaron mis pasos errantes a Venecia año tras año en la misma estación mientras se mantuvo vivo algún vestigio de esa delirante esperanza; de cómo mi corazón jamás ha latido, ni mi pulso se ha acelerado por amor a una mujer mortal desde aquellos días son detalles en los que no necesito entrar aquí. Baste decir que busqué y esperé y que su elegante espíritu no se me volvió a aparecer jamás. Todavía espero, pero ya no busco. Ahora sé que nuestro lugar de encuentro será otro.


[1] En el original «fancy-free», hace referencia a una expresión empleada por William Shakespeare en El sueño de una noche de verano (II, I, 149). (N. de la T.)

[2] En el original, «barbaric pearl and gold», cita de El paraíso perdido, de John Milton (II, verso 4). (N. de la T.)

[3] Cita aquí a William Shakespeare en El mercader de Venecia, (III, i, 118-119). La traducción de todas las citas de Shakespeare las tomo de la versión de Luis Astrana Marín en William Shakespeare. Obras Completas, Madrid, Aguilar, 1951 (N. de la T.)

[4] Cita las palabras de Próspero en La Tempestad (IV, i, 156-157) de William Shakespeare. (N. de la T.)

[5] La autora se refiere aquí al protagonista del poema Enoch Arden (1864), obra del célebre poeta y dramaturgo inglés Alfred (Lord) Tennyson (1809-1892). (N. de la T.)

[6] Cita las palabras del fantasma en Hamlet, príncipe de Dinamarca (I, v, 77), de William Shakespeare. (N. de la T.)

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Ficha bibliográfica

Autor: Amelia Edwards
Título: La historia de Salomé
Título original: The Story of Salome
Publicado en: Storm Bound, Tinsley’s Christmas Annual, 1867
Traducción: Alicia Frieyro Gutiérrez

[Relato completo]

Amelia Edwards

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