En tiempos de la guerra de los Treinta Años vivía en la ciudad libre imperial de Augsburgo del Lech un protestante suizo llamado Zingli, dueño de una gran curtiduría y almacén de cueros. Estaba casado con una muchacha de Augsburgo, que le había dado un hijo. Cuando los católicos marcharon sobre la ciudad, sus amigos le instaron a que huyera, mas, bien fuera porque su pequeña familia le retenía, bien porque no quería dejarlo todo plantado en su curtiduría, lo cierto es que no supo decidirse a tiempo.

Seguía, pues, en la ciudad en el momento en que la invadieron las tropas imperiales, y cuando por la noche comenzó el saqueo, corrió a ocultarse en un foso del patio donde se guardaban los colorantes. Su mujer debía refugiarse junto con su hijo en la casa que unos parientes suyos tenían en las afueras de la ciudad, mas se entretuvo demasiado en recoger sus cosas: vestidos, joyas y ropa de cama, y cuando quiso darse cuenta y se asomó a una de las ventanas del primer piso que daban al patio vio con sorpresa cómo irrumpía en él un pelotón de soldados imperiales. Muerta de miedo, lo dejó todo como estaba y huyó por la puerta trasera.

El niño quedó abandonado en la casa. Tendido en su cuna, en medio del vestíbulo, se entretenía jugando con una bolita de madera suspendida del techo por un hilo.

Fuera del niño no quedaba en la casa más que una joven criada, que, mientras se hallaba en la cocina fregando el cobre, oyó ruidos procedentes de la calleja. Se abalanzó hacia la ventana y vio cómo la soldadesca arrojaba desde el primer piso de la casa de enfrente el producto de su pillaje. Corrió entonces la criada al zaguán, y cuando se disponía a sacar al niño de la cuna, oyó cómo golpeaban la puerta de roble de la calle. Presa de pánico, corrió escaleras arriba.

El zaguán se llenó inmediatamente de soldados borrachos y dispuestos a no dejar títere con cabeza. Sabían que aquélla era la casa de un protestante. Milagrosamente, no descubrieron a Anna, que así se llamaba la criada, durante el registró y saqueo de la casa. Tan pronto como se hubo alejado la soldadesca, salió Anna del armario que había utilizado como escondrijo a ver al niño, al cual encontró sano y salvo en el vestíbulo. Rápidamente lo tomó en sus brazos y salió con él al patio procurando no hacer ruido. Había ya anochecido mientras tanto, pero el rojizo resplandor de una casa que ardía no lejos de allí iluminaba el patio. Con horror descubrió en ese momento la criada el cadáver mutilado de su amo. Los soldados habían sacado al curtidor del foso y le habían asesinado.

Sólo entonces comprendió la muchacha el peligro que corría llevando en brazos por la calle al hijo de un protestante. Con gran pesar de su corazón, lo devolvió, pues, a su cuna, le dio leche y, tras acunarlo para que se durmiese, se dirigió hacia el lugar de la ciudad donde vivía su hermana casada. A eso de las diez de la noche, y acompañada por el marido de su hermana, Anna se abrió de nuevo paso entre la soldadesca, que celebraba su victoria, para tratar de localizar a la madre de la criatura, la señora Zingli. Llamaron a la puerta de un caserón. La puerta se entreabrió, pasado un rato, y por la abertura asomó la cabeza de un pequeño anciano, el tío de la señora Zingli. Anna le comunicó, casi sin aliento, que el señor Zingli había muerto, pero que el niño estaba sano y salvo en casa de su madre. El anciano la miró fríamente con ojos de pescado y le explicó que su sobrina no estaba ya allí, y que él, por su parte, no quería saber nada del bastardo protestante. Tras lo cual volvió a cerrar la puerta. Mientras se alejaba, el cuñado de Anna vio correrse una cortina en una de las ventanas, de lo cual dedujo que la señora Zingli seguía allí. Al parecer no se avergonzaba de negar a su propio hijo.

Anna y su cuñado caminaron un rato en silencio. De pronto, la muchacha confesó su propósito de volver a la curtiduría para recoger al niño. El cuñado, hombre ordenado y tranquilo, la escuchó asustado y trató de disuadirla de tan peligrosa idea. ¿Qué tenía ella que ver con aquella gente? Ni siquiera la habían tratado decentemente.

Anna le escuchó en silencio y le prometió no cometer ningún disparate.

Sin embargo, se mantuvo firme en su propósito de acudir sin pérdida de tiempo a la curtiduría para asegurarse de que nada le faltaba al niño. Además insistió en ir sola.

La muchacha se salió con la suya. En medio del destruido vestíbulo yacía el niño en su cuna, profundamente dormido. Fatigada, Anna se sentó a su lado y se puso a mirarlo. No se había atrevido a encender una luz, pero la casa vecina ardía aún en llamas, y el resplandor le permitía ver perfectamente a la criatura. Tenía ésta un lunarcito en el cuello.

Tras permanecer largo rato, una hora tal vez, contemplando cómo la criatura respiraba y se chupaba plácidamente el puñito, Anna comprendió que había pasado demasiado tiempo junto a la cuna, que había visto demasiado como para irse ahora sin el niño. Se levantó, pues, y con lentos movimientos envolvió al niño en una colcha, le tomó en sus brazos y abandonó con él la casa, mirando, asustadiza, en torno suyo como alguien que no tiene la conciencia tranquila, como una ladrona.

Dos semanas más tarde, y tras largas deliberaciones con la hermana y el cuñado, Anna se llevó al niño al pueblo de Grossaitingen, donde vivía su hermano mayor, que era granjero. La granja pertenecía en realidad a la mujer, y él no tenía otros derechos que los que le correspondían por su matrimonio. Se había convenido en que Anna revelaría sólo al hermano la identidad de la criatura, pues no conocían a la joven campesina con la que aquél estaba casado ni sabían cómo acogería tan pequeño y peligroso huésped.

Anna llegó a la aldea a eso del mediodía. Su hermano, la mujer y los criados estaban sentados a la mesa. No es que fuese mal recibida, pero le bastó echar un vistazo a su cuñada para convencerse de que debía presentar al niño como propio. Sólo después de que la muchacha explicase que su marido había encontrado trabajo en el molino de una aldea distante y que ella y su hijito debían reunirse allí con él al cabo de un par de semanas, abandonó la cuñada su gélida actitud y se hicieron al niño los debidos elogios y cumplidos.

Después de comer, Anna acompañó a su hermano en busca de leña. Una vez allí, se sentaron en sendos tocones, y Anna le confesó todo. La muchacha vio inmediatamente que su hermano no las tenía todas consigo, que su posición en la granja no estaba aún consolidada. Él la elogió por no haberle dicho nada a su mujer. Estaba claro que no confiaba en que su joven esposa tuviese la generosidad suficiente como para aceptar al pequeño protestante. Consideró, pues, conveniente continuar el engaño. Lo cual no debía resultar a la larga nada fácil.

Anna ayudaba en las faenas del campo a la vez que cuidaba de «su» hijo, por lo que se pasaba el tiempo corriendo de aquí para allá mientras los demás descansaban. El pequeño fue así creciendo y engordando poco a poco. Cada vez que veía aparecer a Anna, se echaba a reír y trataba con todas sus fuerzas de levantar la cabecita. Pero llegó el invierno, y la cuñada comenzó a preguntar por el marido de Anna.

No había inconveniente alguno en que la muchacha se quedara en la granja, pues estaba siempre dispuesta a ayudar. Lo malo era que los vecinos no disimulaban su asombro ante el hecho de que el padre de la criatura no hubiese acudido una sola vez a visitar a su hijo. De no presentar pronto a un padre, comenzarían las maledicencias dentro de la granja.

Un domingo por la mañana enganchó el granjero un caballo y llamó a Anna para que lo acompañara a recoger un ternero en un pueblo próximo. Por el camino, el hermano mayor le explicó a Anna que le había encontrado un marido. Se trataba de un bracero gravemente enfermo, que apenas pudo levantar la cabeza de la mugrienta almohada cuando los hermanos entraron en la pequeña choza donde vivía.

El moribundo se declaró dispuesto a casarse con Anna. Junto a la cabecera del lecho permanecía de pie una vieja de piel amarillenta: era su madre. Esta recibiría una recompensa a cambio del servicio prestado a Anna.

El trato quedó cerrado en diez minutos, y Anna y su hermano pudieron proseguir su camino en busca del ternero. La boda tuvo lugar al final de esa misma semana. Ni una sola vez volvió el enfermo sus ojos vidriosos hacia Anna mientras el sacerdote murmuraba su bendición nupcial. El hermano de la muchacha no dudaba de que de allí a unos pocos días tendrían el certificado de defunción. Entonces dirían que el marido de Anna y padre del niño había muerto en algún lugar próximo a Augsburgo, cuando se dirigía a buscarla, y nadie se extrañaría ya de que la viuda se quedase en casa de su hermano.

Anna regresó alegre de su extraña boda, en la que no había habido ni campanas, ni música, ni damas de honor, ni invitados. Su festín de bodas consistió en un trozo de pan y una loncha de tocino que la muchacha devoró en la misma despensa, tras lo cual se acercó con su hermano al cajón donde dormía el niño, que por fin llevaba un apellido. Anna le arropó bien y sonrió a su hermano.

Pero el certificado de defunción se hacía esperar. Pasó una semana y después otra sin que llegaran noticias de la vieja. Anna había contado a todo el mundo que su marido estaba en camino. Ahora, cada vez que alguien la preguntaba por él, se limitaba a responder que seguramente la nieve le estaba dificultando el viaje. Mas como quiera que transcurriesen otras tres semanas sin que se recibiera noticia alguna, el hermano se dirigió, seriamente preocupado, al pueblo próximo a Augsburgo.

Regresó a altas horas de la noche. Anna estaba aún levantada y corrió a abrir la puerta tan pronto como oyó chirriar el carro en el patio. Cuando vio la poca prisa que se daba su hermano para desenganchar el caballo, se le encogió el corazón. Traía aquél malas noticias. Al entrar en la choza se había encontrado al que creían condenado a muerte sentado a la mesa, en mangas de camisa, y comiendo a dos carrillos. Estaba totalmente restablecido.

El hermano continuó su relato sin atreverse a mirarla a los ojos. El mismo bracero, que por cierto se llamaba Otterer, y su madre parecían sorprendidos por el giro favorable de los acontecimientos y no habían llegado todavía a ninguna conclusión sobre lo que convenía hacer. Otterer no le había causado mala impresión. Apenas había abierto la boca: únicamente había hecho callar a la vieja cuando ésta comenzó a lamentarse de que su hijo hubiera cargado con una esposa que no deseaba y con una criatura que no era suya. Durante el resto de la conversación guardó silencio, y no alzó la vista un momento de su plato de queso. Cuando el granjero por fin se despidió, el hombre seguía comiendo.

Naturalmente, Anna estuvo muy preocupada los días sucesivos. El tiempo que le dejaban libre sus faenas domésticas lo dedicaba a enseñar a andar al niño. Cuando por fin el pequeño logró soltarse de la rueda y avanzó tambaleándose hacia ella, con los brazos extendidos, la muchacha no tuvo más remedio que reprimir un seco sollozo. Cuando la criaturita llegó a donde ella la estaba esperando, Anna la tomó en sus brazos y la apretó contra su pecho.

En cierta ocasión preguntó Anna a su hermano: ¿qué clase de hombre es ese Otterer? Tan sólo le había visto una vez; en su lecho de moribundo y además de noche, a la tenue luz de una candela. Ahora se enteraba de que su marido era un quincuagenario gastado por el trabajo, cosa normal en un jornalero.

Poco después volvería a verle. Un buhonero le había comunicado con gran alarde de misterio que «cierto conocido suyo» deseaba reunirse con ella tal día, a tal hora y en tal aldea, próxima al lugar de donde arranca el sendero que va a Landsberg.

Así fue como se encontraron al fin los esposos a mitad de camino entre sus aldeas, en medio del campo nevado, como los generales de la antigüedad acudían a parlamentar a un lugar equidistante de sus respectivas líneas de batalla.

El hombre no le gustó a Anna. Tenía dientes pequeños y grises y la miró de arriba abajo a pesar de que el grueso cuero de oveja en que ella iba envuelta apenas dejaba nada que ver. Además utilizó la expresión: «sacramento del matrimonio». Anna le dijo sucintamente que tenía que meditarlo y le rogó que encargara a algún comerciante o carnicero que pasase por Grossaitingen le transmitiera el recado, en presencia de su cuñada, de que no tardaría en llegar, con la indicación de que si no lo había hecho ya era porque había enfermado en el camino.

Otterer asintió, pensativo como siempre. Le llevaba a Anna una cabeza en estatura, y siempre que le dirigía la palabra fijaba su mirada en el lado izquierdo del cuello de la muchacha, cosa que la sacaba de quicio.

El mensaje no llegaba, sin embargo, y Anna comenzó a darle vueltas en su cabeza a la idea de abandonar sin más la granja para dirigirse hacia el Sur, a Kempten o Sonnthofen, por ejemplo, en busca de trabajo. Sólo la retenía la inseguridad de los caminos, de la que tanto se hablaba, y el hecho de que fuera pleno invierno.

La estancia en la granja, sin embargo, resultaba cada día más difícil. La cuñada aprovechaba la hora de la comida y la presencia de toda la servidumbre para hacerle preguntas llenas de recelo sobre el marido ausente. Un día llegó al extremo de llamar al niño en voz alta y en un tono de hipócrita compasión «pobre criatura», hecho que decidió a Anna a abandonar la granja inmediatamente. Por desgracia, sin embargo, el niño cayó enfermo. No se estaba un momento quieto en su caja: tenía la cara congestionada, y turbios los ojos. Anna velaba junto a él noches enteras, llena de temor y a la vez de esperanza. Una mañana, cuando el niño se encontraba ya en curso de franca mejoría y había recuperado la sonrisa, llamaron a la puerta, y he ahí que entró Otterer.

No había nadie en la habitación excepto ella y el niño, de modo que no tuvo necesidad de fingir, lo que, por otra parte, le habría resultado imposible dado el susto que se llevó. Pasó un buen rato sin que ninguno de los dos pronunciara palabra, hasta que por fin habló Otterer para explicar que, tras haberlo reflexionado seriamente, venía por ella. Volvió a mentar el sacramento del matrimonio.

Anna se enfadó muchísimo. Con voz firme, aunque sofocada, respondió que no estaba dispuesta de ningún modo a vivir con él, que se había casado sólo por el niño y que lo único que quería de él era que les diese su nombre, a ella y a la criatura.

Cuando la oyó mentar al niño, Otterer echó una rápida ojeada hacia el cajón donde yacía el pequeño; murmuró algo, pero no se acercó. Esto soliviantó aún más a Anna.

Otterer dejó caer un par de tópicos, le propuso reconsiderarlo todo, y le explicó que su madre y él vivían en la estrechez, pero que aquélla podía dormir en la cocina. En ese momento llegó la granjera, quien le saludó llena de curiosidad y le invitó a comer. Ya en la mesa, el hombre saludó al granjero con una leve inclinación de cabeza con la que ni fingía desconocerle, ni daba a suponer que le conociese. A las preguntas que le hacía la anfitriona, él contestaba con monosílabos, sin levantar la vista del plato. Le explicó que había encontrado un trabajo en Mering y que Anna podía irse con él. No habló, sin embargo, de que eso tuviera que ser en seguida.

Por la tarde rehuyó la compañía de los granjeros y se dedicó a partir leña detrás de la casa, sin que nadie le hubiera pedido que lo hiciera. Después de la cena, durante la cual el hombre tampoco abrió la boca, la propia granjera le llevó un catre al cuarto de Anna para que pudiera pasar allí la noche. Con gran sorpresa para todos, Otterer se levantó torpemente y murmuró que debía regresar esa misma noche. Antes de salir lanzó una mirada ausente hacia la caja del niño, pero no dijo nada, ni lo tocó.

Esa misma noche, Anna fue atacada por una fiebre que le duró varias semanas. La mayor parte del tiempo lo pasaba tumbada en total inactividad; sólo un par de veces, al mediodía, aprovechando un ligero descenso de la fiebre, consiguió arrastrarse hasta la caja para arropar bien al niño.

En la cuarta semana de la enfermedad se presentó Otterer con una carreta y se llevó a la mujer y a la criatura. Anna no rechistó.

La recuperación fue muy lenta, lo que no resulta extraño teniendo en cuenta que las sopas que tomaba en la choza del bracero eran puro aguachirle. Una mañana, sin embargo, al ver lo sucio que tenían al niño, resolvió levantarse.

El pequeño la recibió con su simpática sonrisa, que, según afirmaba siempre el hermano de Anna, había heredado de ella. Había crecido y gateaba de un lado para otro de la habitación con increíble rapidez, dando manotazos y lanzando grititos cada vez que se caía de bruces. Anna le bañó en una tina de madera y recuperó al tiempo su confianza en sí misma.

Pocos días después, no pudiendo resistir más la vida en aquella choza, envolvió al pequeño en un par de mantas, tomó una hogaza y un poco de queso y se marchó.

Se había propuesto alcanzar Sonnthofen, mas no llegó muy lejos. Seguía sintiendo una gran debilidad en las piernas, el camino resultaba difícilmente transitable por culpa de la nieve, que comenzaba ya a fundirse, y la gente de las aldeas se había vuelto desconfiada y mezquina debido a la guerra. Al tercer día de camino, se dislocó un tobillo al caer en la cuneta. Pasaron varias horas, durante las cuales sintió auténtica angustia por la criatura, antes de que los recogieran y los trasladasen a un establo. El pequeño se dedicaba a gatear por entre las patas de las vacas y se echaba a reír cada vez que oía los gritos aterrorizados de Anna. Finalmente no tuvo más remedio que darles a los granjeros el nombre del marido, quien fue a buscarlos y se los llevó nuevamente a Mering.

Nunca más volvió Anna a intentar una fuga, sino que aceptó resignada su destino. Trabajaba con tesón. Resultaba difícil extraer algún fruto de tan pequeña parcela; costaba muchísimo llevar la casa en aquellas condiciones. Pero el hombre no se comportaba descortésmente con ella, y el niño tenía qué comer. Además, su hermano los visitaba de vez en cuando y siempre traía algún regalo para el niño; un día Anna mandó teñir de rojo una chaquetita para el pequeño. Ese color debía sentarle bien, pensaba, al hijo de un tintorero.

Con el tiempo llegó a considerarse satisfecha con su vida y sobre todo con la educación del niño, que le deparaba grandes alegrías. Así transcurrieron algunos años.

Un día, al regresar del pueblo, adonde había ido a comprar jarabe, no encontró al niño en la choza. Su marido le informó que había pasado por allí en su coche una señora bien vestida y que se había llevado a la criatura. Anna tuvo que apoyarse contra la pared para no caer al suelo presa del pánico, y aquella misma noche se puso en camino hacia Augsburgo sin más equipaje que un atadijo con víveres.

Su primera visita, una vez en la ciudad imperial, fue a la curtiduría. No la dejaron entrar, y no pudo ver al niño.

La hermana y el cuñado trataron en vano de consolarla. Anna acudió a las autoridades gritando, fuera de sí, que le habían robado a su hijo. Llegó al extremo de denunciar a los ladrones como protestantes. Pronto se enteró, sin embargo, de que corrían otros tiempos y que se había sellado la paz entre católicos y protestantes. Y apenas hubiera conseguido nada de no haber mediado una circunstancia particularmente feliz: el pleito pasó a manos de un juez que era un hombre muy especial.

Se trataba del juez Ignaz Dollinger, famoso en toda Suavia por su erudición y bruscos modales. El príncipe elector de Baviera, contra el cual había intervenido en un pleito suscitado por la ciudad libre, le había colgado el apodo de «estercolero latino»; la gente humilde, sin embargo, cantaba sus alabanzas en una larga copla.

Anna se presentó ante él acompañada de su hermana y cuñado. El anciano, de baja estatura y desmedidamente gordo, los recibió sentado en su minúsculo y destartalado cuarto, entre montones de pergaminos. Tras escuchar brevemente a Anna, anotó algo en una hoja y gruñó: —¡Colócate allí! ¡Rápido!—, mientras con su pequeña y abultada mano señalaba un punto de la habitación adonde llegaba un haz de luz a través del estrecho ventanuco. El juez examinó detenidamente, durante unos minutos, el rostro de la muchacha; luego, a la vez que lanzaba un profundo suspiro, le hizo señas de que se fuera.

Al día siguiente la mandó llamar por medio de un alguacil. Aún no había traspasado Anna el umbral de la puerta, cuando el juez le espetó:

—¿Por qué no dijiste en primer lugar que había de por medio una curtiduría y una propiedad de gran valor? Anna replicó, incorregible, que lo único que le importaba era su niño.

—No te hagas la ilusión de que vas a poder quedarte con la curtiduría —le chilló el juez—. Si el bastardo es realmente tuyo, la propiedad pasará a los parientes de Zingli.

Anna asintió con la cabeza, sin mirarle. Luego dijo:

—El niño no necesita la curtiduría.

—¿Es tuyo? —ladró el juez.

—Sí —musitó la muchacha—. Quisiera poder conservarlo tan sólo hasta que aprenda todas las palabras. Todavía no sabe más que siete.

El juez tosió y ordenó los pergaminos que había encima de su mesa.

Después dijo en tono más reposado, aunque no totalmente exento de irritación:

—Tú quieres quedarte con el renacuajo; pero también lo quiere la cabra esa de las cinco enaguas de seda. Ahora bien, el chico necesita una verdadera madre.

—Sí —asintió Anna, y miró al juez.

—Lárgate —gruñó el viejo—. Él sábado se celebrará el juicio. Aquel sábado la calle mayor y la plaza del ayuntamiento, junto a la torre de Perlach, parecían un hervidero. Por nada del mundo quería perderse toda aquella gente el juicio del niño protestante. Debido a su carácter singular, el caso había despertado gran sensación desde el primer momento, y en los hogares y tabernas se especulaba sobre quién sería la verdadera madre y quién la impostora. Por otro lado, el viejo Dollinger era sobradamente conocido en toda la comarca, y aún más allá, por sus vistas, en las que siempre hacía alarde de dichos mordaces y sabias moralejas. Los procesos que él dirigía se veían siempre más concurridos que las ferias y las verbenas. Por eso se habían congregado aquel día frente al ayuntamiento no sólo numerosos burgueses, sino también muchos campesinos de la comarca. El viernes era día de mercado, y gran número de labriegos habían pernoctado en la ciudad para poder asistir al proceso.

El juicio se celebró en el llamado «Salón Dorado», famoso por ser el único de sus proporciones en toda Alemania que no tenía columnas: el techo estaba suspendido del caballete del tejado por medio de cadenas.

El juez Dollinger, pequeña y redonda mole de carne, estaba sentado frente al portón de bronce que había en una de las paredes laterales de la sala, portón que permanecía cerrado. Una sencilla cuerda servía para delimitar el espacio reservado al auditorio. El propio juez no tenía mesa ni estrado, sino que se sentaba en el suelo. Él mismo había ideado años atrás aquel montaje: daba gran importancia a los efectos escénicos.

En el interior del recinto figuraban la señora Zingli junto con sus padres, unos parientes suizos del difunto señor Zingli —dos caballeros muy dignos y bien vestidos, con aspecto de ricos comerciantes, que acababan de llegar a la ciudad para asistir al juicio—, y, por último, Anna Otterer, a la que acompañaba su hermana. Junto a la señora Zingli aparecía una nodriza, que tenía al pequeño en sus brazos.

Todos, partes y testigos, estaban de pie. El juez Dollinger solía decir que las vistas eran más breves cuando se obligaba a los litigantes a permanecer en esa postura. Aunque tal vez el motivo real fuera que así él mismo quedaba oculto a la vista del público, de forma que sólo se le alcanzaba a ver si uno se ponía de puntillas y estiraba bien el cuello.

Nada más comenzar la vista, se produjo un incidente. Al ver al niño, Anna profirió un grito y se adelantó hacia él: la criatura, que quería, a su vez, ir con ella, empezó a patalear con fuerza y a berrear en brazos del ama. El juez ordenó que lo sacaran de la sala.

Luego llamó a la señora Zingli, que se acercó precedida por el fru-fru de sus enaguas. Llevándose un pañuelito a los ojos de cuando en cuando, la señora Zingli refirió cómo los soldados imperiales le habían arrebatado al niño durante el saqueo. Aquella misma noche la criada se había presentado en casa de su padre para informarles de que el niño seguía en la casa saqueada. Seguramente lo había hecho con la esperanza de recibir una recompensa. Sin embargo, una cocinera de su padre a quien se envió expresamente a la curtiduría no encontró a la criatura, por lo que suponía que esa persona (y señaló a Anna) se había apoderado del niño para conseguir dinero mediante el chantaje. Cosa que hubiera hecho más tarde o más temprano si, felizmente, no le hubieran arrebatado el niño. El juez Dollinger llamó a los dos parientes del señor Zingli y les preguntó si se habían interesado entonces por la suerte del señor Zingli y, en caso afirmativo, qué les había contado la señora Zingli. Ellos contestaron que la señora Zingli les había comunicado que su marido había sido asesinado y que había confiado el niño al cuidado de una criada suya y que estaba en buenas manos. Se refirieron a la viuda en términos poco cordiales, lo que no era de extrañar, pues la heredad pasaría a sus manos en el caso de que la señora Zingli perdiera el proceso.

Oída su declaración, el juez se dirigió nuevamente a la señora Zingli para preguntarle si no había perdido realmente la cabeza en el momento del asalto y había dejado al niño en la estacada.

La señora Zingli le miró con sus ojos color azul pálido, fingiendo asombro, y replicó con aire ofendido que no había abandonado a su hijo. El juez Dollinger carraspeó y le preguntó si creía que una madre no podía abandonar a su hijo.

Efectivamente, lo creía, replicó la señora Zingli con firmeza. El juez le preguntó entonces si consideraba que una madre que obrase de ese modo merecía una paliza en el trasero independientemente del número de enaguas que llevara encima. La señora Zingli no contestó, y el juez llamó entonces a declarar a Anna, la antigua criada. La muchacha acudió con presteza y se limitó a repetir en voz baja lo que ya había declarado en el examen previo. Hablaba como si al mismo tiempo estuviera escuchando algo, y de vez en cuando dirigía la vista hacia la puerta por la que se habían llevado a la criatura, como si temiera volver a oír su llanto.

Anna declaró que, efectivamente, había acudido aquella noche a casa del tío de la señora Zingli, pero que no había regresado a la curtiduría por temor a las tropas imperiales y también porque estaba preocupada por su propio vástago, un hijo natural cuya custodia había confiado a unos conocidos de la vecina localidad de Lechhausen.

El viejo Dollinger la interrumpió bruscamente para comentar con su habitual causticidad que una persona en la ciudad, al menos, había sentido algo parecido al miedo la noche de marras, y que le complacía constatarlo, pues ello indicaba que una persona cuando menos había mostrado un mínimo de sentido común en aquella ocasión. No estaba bien que la testigo tan sólo se hubiese preocupado de su propio hijo, pero, como decía el refrán, la sangre llama y una mujer que es realmente una madre es capaz hasta de robar por su hijo. Sin embargo, las leyes prohíben el hurto, pues la propiedad es la propiedad y quien roba también miente y la mentira está penada igualmente por la ley. Dicho esto, pasó el juez a dictar una de sus sabias y crudas lecciones sobre la granujería de los hombres que mienten todo lo que quieren ante los tribunales, y tras una breve digresión sobre los campesinos que bautizaban la leche de las inocentes vacas, y sobre el magistrado de la ciudad, que cobraba impuestos abusivos a los granjeros, asuntos éstos que nada tenían que ver con el proceso en cuestión, anunció que ya no se tomarían más declaraciones a los testigos, aunque las ya prestadas no habían aclarado nada.

Hizo luego el juez una larga pausa, durante la cual pareció dar muestras de un gran desconcierto, pues no hacía más que mirar en torno suyo como si esperase alguna sugerencia ajena sobre cómo poner fin a aquello.

Los asistentes se miraban perplejos, y algunos estiraban el cuello para tratar de ver al desvalido juez. En la sala reinaba, sin embargo, un gran silencio; tan sólo se oía el murmullo de la multitud reunida en la calle.

Por fin, con un suspiro, volvió el juez a tomar la palabra.

—No se ha podido establecer quién es la verdadera madre —dijo—. El niño es digno de lástima. Todos sabemos de padres que han tratado de escurrir el bulto, negando, ¡los muy granujas!, su paternidad, pero he aquí que acuden a nuestro tribunal dos madres a la vez. Sus argumentos respectivos han sido escuchados por el tribunal en la medida en que merecían serlo: a cada mujer se le han concedido cinco minutos para exponer su caso. Pues bien, este tribunal ha llegado a la conclusión de que ambas mienten como condenadas. Sin embargo, como se dijo al principio, hay que tener siempre presente al niño, que no puede pasarse sin una madre. Habrá, pues, que establecer, evitando toda palabrería inútil, cuál de las dos es la verdadera madre.

Y con voz irritada llamó a un alguacil y le ordenó que trajera una tiza. El hombre desapareció y volvió al momento con una tiza en la mano.

—Traza con ella un círculo en el suelo de modo que en su interior quepan tres personas de pie —dijo entonces el juez.

El alguacil se arrodilló y trazó con la tiza el círculo deseado.

—Trae ahora al niño —ordenó el juez. Trajeron al niño, que comenzó a berrear, pues quería ir con Anna. El viejo Dollinger no se inmutó por el lloriqueo, pero elevó el tono de voz.

—Para la prueba que vamos a realizar —continuó— me he inspirado en un libro muy antiguo. Parece dar buenos resultados. La idea que sirve de base a la prueba del círculo de tiza es la de que a la verdadera madre se la reconoce siempre por el amor que profesa a su hijo. Se trata, pues, de medir la fuerza de ese amor. Alguacil, coloca al niño dentro del círculo.

El alguacil separó al niño, que no dejaba de llorar, de su nodriza, y lo condujo hasta el centro del círculo. El juez prosiguió, dirigiéndose a la señora Zingli y a Anna:

—Colocaos también vosotras dentro del círculo de tiza y agarrad cada una al niño por una mano. Cuando diga: «¡Ya!», tratad de sacar al pequeño del círculo. Aquella de vosotras cuyo amor sea más fuerte tirará de él también con mayor fuerza y lo arrastrará hacia su lado.

En el salón reinaba ahora cierta agitación. Los presentes se ponían de puntillas para ver mejor, y cada cual regañaba con los que tenía delante. Cuando las dos mujeres entraron por fin en el círculo y cada una tomó al niño por una mano, se hizo otra vez un silencio de muerte. Incluso el niño había enmudecido, como si sospechara lo que allí se tramaba. Con su carita bañada en lágrimas miraba la criatura a Anna. En ese momento el juez exclamó: «¡Ya!»

Con un tirón violento, la señora Zingli arrancó al niño del círculo de tiza.

Anna lo siguió con la vista, azorada e incrédula. Había soltado al niño en seguida por temor a que sufriera algún daño si las dos tiraban de los bracitos de la criatura al mismo tiempo y en direcciones opuestas.

El viejo Dollinger se puso en pie.

—Ahora ya sabemos —dijo en voz alta— quién es la verdadera madre.

Quitadle el niño a esa mujerzuela. Sería capaz de hacerle pedazos con la mayor sangre fría. Y, tras saludar a Anna con una inclinación de cabeza, el juez abandonó rápidamente la sala y se fue a desayunar.

Durante las semanas que siguieron a aquélla, los campesinos de la comarca, que no tenían un pelo de tontos, no se cansarían de comentar que el juez le había guiñado el ojo a la mujer de Mering en el momento de adjudicarle la criatura.

1840

© Bertolt Brecht: Der Augsburger Kreidekreis (El círculo de tiza de Augsburgo). Publicado en Kalendergeschichten (Historias de Almanaque), 1949. Traducción de Joaquín Rábago.