Hace muy poco que han tomado las onces, pero doña Rosa ya está pelando papas para la comida. Lo hace cuidadosamente. Después que las monda las da vueltas entre sus toscas manos, buscándoles los ojos; mete el cuchillo de punta y los arranca con gran precisión. Luego, las examina por última vez y las deja caer, suavemente, para que no salpique el agua, en una panzuda olla azul puesta a su lado.

Es muy prolija en todo, tras suyo se ven colgados varios paños para platos, dos cacerolas y una sartén, limpias, brillosas.

—Mamá… —llama una voz tímida.

Doña Rosa levanta la cabeza, sobresaltada. Sus serenos ojos azules se iluminan cuando ve a Leticia junto a ella. ¡Qué bella iba al encuentro de su primera ilusión!

Leticia, su única hija, es morena y alegre, tiene el cabello dorado y los ojos más grandes y bellos que dos poesías. Se ha puesto el vestido nuevo y soltado sobre la espalda la brillosa mata de pelo.

—¡Qué bella estás, Lía, qué bella…! —dice suavemente.

—Mamá —dice Leticia turbada—, ya me voy.

—¿Tan luego? ¿No es a las seis?

—No estoy tranquila. Si supieras… pero, ¡estás llorando!

—No… no es nada… ¡Si te pudiera ver tu padre así!

Leticia mira el retazo de cielo que se divisa por la pequeña ventana.

—Quizás me está viendo —dice quedamente. Se acerca a ella, quiere abrazarla.

—No, no —protesta su madre—, te puedo manchar el vestido.

—No importa, mamá, abrázame; no quiero que llores.

—No te asustes, Lía. ¡Si supieras qué lindo es llorar de felicidad!

Tiembla un poco; sus pobres manos oscuras parecen querer hundirse en las tersas y frescas mejillas de su hija.

—¡Qué bonita eres, Lía! ¡Cómo no ibas a conquistar a ese muchacho!

—¡Pero si no lo he conquistado, mamá!

—Vas a salir con él.

—Por primera vez… estoy tan nerviosa. ¿Qué le diré?

—Oh, nada. Te lo he dicho toda la semana; cuando él te tome del brazo te olvidarás de todo, ya verás.

—¿Y… si…?

—¿Si quiere besarte? ¡Claro que lo hará! Pero no te preocupes, no sentirás ninguna vergüenza; ninguno hablará, sucederá de improviso. Suave como un rezo al atardecer, bello como un canto de esperanza. El primer beso, hija, no se pide ni se roba, surge de pronto, así, solo, lo mismo que un milagro. Un milagro que no se te olvidará nunca.

—¿Tú y mi papá…?

—¡Desde luego que pasamos por eso! Recuerdo que me temblaron un poco las rodillas, me sentí penetrada y arrebatada por una extraordinaria luminosidad; era algo tan dulce y tierno, que no recuerdo haber experimentado nunca nada igual. Estaba realmente deslumbrada. Cuando llegué a casa me sentía tan contenta que todo me parecía distinto.

—¿Es cierto eso, mamá?

—Tan cierto como que te estás atrasando.

—¡Oh, verdad!

Se alisa el vestido y se arregla el pelo. Todo desde luego, sin necesidad.

—Bueno…

—Anda sin temor, Lía.

Leticia la abraza, besándola agitadamente.

—Está bien, hija, está bien.

La ve alejarse casi con ansiedad. ¡Si él hubiese pedido verla!

Sus grandes ojos azules, humedecidos, brillan como estrellas. Una papa se desliza suave de su mano, un poco temblorosa y cae a la olla con un ruido cristalino.

Afuera, la tarde va muriendo y el cielo se cubre de un pálido color rosa.

***

Leticia levanta el brazo y mira su relojito. Casi las seis.

—Mi buen Dios, ya se acerca la hora —murmura inquieta.

Gira los oíos en rededor. ¡Cuánta tranquilidad reina en la pequeña plaza! El sol, color bronce viejo, ha ascendido por los añosos troncos de los árboles y se pierde entre las ramas más altas.

Un hombre de cotona blanca vende barquillos, un muchachito rubio cruza corriendo el sendero de piedrecillas, alcanza a la que parece ser su madre y ríe. Su alegre risa queda vibrando en el aire, como un coro de campanas.

Una bandada de palomas ha descendido desde la torre de la iglesia cercana, posándose a los pies de una anciana vestida de café, que les arroja migas de pan. Cuando cogen algunas alzan sus cortos cuellos al tragar, como dando las gracias al cielo limpio. Es un bello espectáculo. La mujer de café es delgada, tiene el pelo blanco y la mirada triste. Sonríe con humildad a sus vecinos, como disculpándose, mientras arroja al suelo puñados de migas, que va sacando de una pequeña bolsa de lana azul. Algunos, Leticia entre ellos, contestan sus sonrisas; otras la miran fríamente. “Chiflada” dicen sus ojos apáticos. Ellos no hacen nada, están sentados en sus escaños con las piernas estiradas, sin moverse, conversar ni mirar nada en particular, como autómatas, esperando que termine el día y llegue la noche, o llegue algo, el buen Dios sepa qué.

Antes que llegara la anciana a dar de comer a las palomas, sólo el suave rumor de una brisa, jugueteando con las ramas, allá arriba, donde el último rayo de sol baña las hojas de oro interrumpía la paz del atardecer en la plaza, ahora se ha sumado a ella el gracioso y sonoro picotear de las palomas buscando migas.

Leticia se remueve nerviosamente sobre el escaño, una de sus manos estruja la suave tela de su vestido; entonces surge ante ella, vigorosa, la imagen de su madre. Ella quiere conocer a Oscar. En unos pocos días más será la Pascua. Ha dicho que lo convide, hará muchos de esos panecillos de huevo que tan bien le quedan y chocolate con leche; será una hermosa navidad: los tres a la mesa y fuera la gente riendo y haciendo estallar petardos, como pedazos de alegría… pero, ¿querrá ir él? ¿Cómo se les dice a los novios que vayan a la casa? ¿Y no encontrará demasiado pobre la pieza? Oh, no, no, su madre ha dicho que eso no importa al que ama. ¡Claro que irá! Y después de la cena, los dos tomados del brazo pasearán un poco por las calles empapadas de alegría, sintiendo que la vida es un brilloso potro desbocado.

La apacible anciana que da de comer a las palomas, ya ha vaciado todas las migas y sacude la bolsita para que no se pierda nada. Luego, después de haberla plegado, la envuelve cuidadosamente en un trozo de papel blanco. Cruza las manos sobre el regazo y se queda inmóvil, contemplando las pequeñas avecillas, con una bella sonrisa de bienestar.

Son las seis cinco.

De cuando en cuando pasa un micro por la calle Ponce, alguien vocea los diarios de la tarde; la gente va y viene por la calle.

Una duda negra ha atenazado a Leticia. Sus manos sacuden imaginarias pelusas de su vestido; no sabe qué hacer. Es como si tuviese el pecho lleno de palomas y de fieras, es como si estuviera aún todo por llegar y como si hubiese pasado todo. A cada momento cree ver venir a Oscar y su corazón late aceleradamente, pero cuando comprueba que se ha equivocado, la ansiedad le hace doler la garganta, como la proximidad de un llanto. El tiempo desfila imperturbable ante ella y se pierde en la nada. Crepúsculo en la plaza y en su corazón.

Reza. Vagamente entrevé la desgracia.

Sus ojos se van cubriendo de angustia.

Las seis diez.

La viejecita que daba de comer a las palomas, se ha levantado del banco y se aleja con pasitos menudos. Ya no queda ninguna avecilla picoteando el suelo.

Cuando venía hacia la plaza, un viento fresco que revolvió sus cabellos, la hizo estremecer, como si fuese un aliento de ángeles, la llenó de alegrías, de ganas de vivir, de reír, saltar, correr, correr.

Ahora la zarandea una pena llorosa. “Me tomó las manos y me dijo que vendría a las seis…”

Si el no viene no podrá convidarlo para la pascua… y su pobre madre que va a hacer panecillos de huevo y chocolate… ¡pasarán una navidad tan sola y triste que serán dos sombras y el recuerdo de Oscar será otra sombra empapando de melancolía la mesa llena de panecillos y la risa de la gente dichosa golpeando sobre sus corazones vacíos! ¡Qué triste será todo si Oscar no viene!

Mira el relojito y asiste estremecida al derrumbe de sus sueños.

Se levanta. Da unos pasos. “¿Qué pudo pasarle? ¿Qué le pasó a Oscar, Dios mío?”

Son las seis y media.

En la plaza sólo hay hombres silenciosos, leyendo, fumando o mirando al vacío. Todo está muy sereno, dulcemente callado. Es una hermosa quietud. Parece imposible que alguien sufra.

Se aprieta las manos. Se sienta, inclina la cabeza. Es sólo una niña… va a llorar.

¡Qué hermoso sería verlo aparecer por ese sendero de piedrecilla!

Quizás hubiese venido de azul, con camisa blanca; o de plomo. El plomo sentaría bien a su rostro moreno y a sus ojos verdes.

¡Qué hermoso hubiera sido verlo llegar por el sendero de piedrecillas, vestido de plomo, con una sonrisa en los labios y teniendo como fondo ese cielo color rosa encendido en el poniente!

© Juan Radrigán: Crepúsculo. Publicado en Los vencidos no creen en dios, 1962.