Ella entró y me fijé en que chocaba con las paredes y tenía la vista como desenfocada. Era el día después de su taller de escritura y siempre parecía haber estado metiéndose algo. Igual se lo metía. Le zurró a la cría por derramarle el café y luego se puso al teléfono y tuvo una de sus interminables conversaciones «inteligentes» con alguien. Yo jugué con la niña que era mi hija. Ella colgó.

—¿Estás bien hoy? —pregunté.

—¿A qué te refieres?

—Bueno, se te ve un poco… distraída.

Tenía los ojos como los de los actores de cine que interpretan a un loco.

—Yo estoy bien. ¿Estás tú bien?

—Nunca. Siempre estoy confuso.

—¿Has comido algo hoy?

—No. ¿Te importa poner a cocer unas patatas en la cacerola? La cacerola está en el fregadero, a remojo.

Yo acababa de salir del hospital y seguía débil.

Entró en la cocina, se detuvo y miró la cacerola. Se quedó plantada, rígida, oscilando en el umbral como si la cacerola fuera una aparición. No pudo ser la cocina lo que la asustó, porque había sido la peor ama de casa de todas mis exmujeres.

—¿Qué pasa? —pregunté.

No contestó.

—A la cacerola no le pasa nada. Solo está metida en agua de fregar. Restriégala un poco y ponla al fuego.

Al final salió, deambuló un poco, tropezó con una silla y luego me tendió un par de revistas: PROGRAMA DEL PARTIDO COMUNISTA DE ESTADOS UNIDOS y DIÁLOGO AMERICANO. En la portada de DIÁLOGO había un bebé dormido en una hamaca hecha con un par de cintas de ametralladora con las balas asomando. La portada también indicaba el contenido: LA MORALIDAD DE NUESTRA ÉPOCA. SOBRE LA SUPERIORIDAD DEL NEGRO.

—Mira, chavala —dije—. A mí no me va mucho la política de ninguna clase. Eso no se me da muy bien, ya sabes. Pero procuraré leérmelo.

Me quedé allí sentado y lo hojeé, un poco, mientras ella hacía algo de carne en la cocina. Nos llamó a la cría y a mí y fuimos. Nos sentamos a comer.

—He leído lo de la superioridad del negro —dije—. El caso es que soy un experto en negros. En mi trabajo la mayoría son negros…

—Bueno, ¿por qué no eres un experto en blancos?

—Lo soy. El artículo hablaba del «sistema muscular magnífico, resistente. El hermoso e intenso color, los rasgos anchos y carnosos y el pelo elegantemente rizado del negro» y de que cuando la naturaleza llegó al hombre blanco ya estaba casi agotada, pero le apañó los rasgos e hizo lo que pudo.

—Una vez conocí a un niño de color. Tenía el pelo cortísimo y muy suave, un pelo precioso, precioso.

—Intentaré leerme el programa del Partido Comunista esta noche —le dije.

—¿Te has inscrito para votar? —preguntó.

—Nunca.

—Puedes inscribirte en el colegio más cercano el día 29. Dorothy Healey se presenta a asesora fiscal del condado.

—Marina está cada día más guapa. —Me refería a mi hija.

—Sí, es verdad. Oye, tenemos que irnos. Se acuesta a las siete. Y tengo que oír un programa en la KPFK. La otra noche leyeron una carta mía en antena.

KPKF era una emisora de radio FM.

—Vale —dije.

Las vi marcharse. Cruzó la calle con la niña en el cochecito. Tenía el mismo modo de andar de siempre, acartonado, en absoluto fluido. Las vi irse. Un mundo mejor. Dios santo. Todo el mundo tiene una manera distinta de hacer las cosas, todo el mundo tiene una idea distinta, y están todos convencidos a no poder más. Ella también está convencida, esa mujer acartonada con ojos de loca y el pelo gris, esa mujer que choca con las paredes, enloquecida de vida y miedo, y nunca acabaría de creerse que no la aborrecía a ella y a todos sus amigos que se reunían 2 o 3 veces a la semana y se elogiaban mutuamente sus poemas y estaban solos y se lo montaban unos con otros y llevaban carteles y eran muy entusiastas y, claro, nunca creerían que la soledad, la intimidad que exigía yo, era solo para salvarme a fin de dilucidar quiénes eran ellos y quién se suponía que era el enemigo.

Aun así, era agradable estar solo.

Entré y me puse a fregar tranquilamente los platos.

© Charles Bukowski: Save the world (Salva el mundo). Publicado en Kauri 15, julio-agosto, 1966. Traducción de Eduardo Iriarte.

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