Sinopsis: «Deserción» (Desertion) es un cuento de Clifford D. Simak, publicado en noviembre de 1944 en la revista Astounding Science Fiction. En una base instalada en Júpiter, Kent Fowler dirige un proyecto destinado a descubrir cómo permitir que los terrícolas sobrevivan en un planeta cuyas condiciones hacen imposible la vida humana. Ha enviado cuatro expediciones y ninguna ha regresado, lo que alimenta el temor de un fracaso irreversible. Ahora debe emprender un quinto intento mientras enfrenta la mirada crítica de quienes lo rodean, convencidos de que su empeño solo conduce a los hombres a la muerte.

Deserción
Clifford D. Simak
(Cuento completo)
Cuatro hombres, dos parejas, se habían internado en el ululante torbellino que era Júpiter y no habían regresado. Habían avanzado hacia el lamento del vendaval o, mejor dicho, habían galopado con los vientres pegados al suelo, los costados mojados y relucientes bajo la lluvia.
Porque no habían partido con forma humana.
Ahora, el quinto hombre estaba de pie ante el escritorio de Kent Fowler, jefe de la Cúpula n.º 3 de la Comisión de Exploración Joviana.
Bajo el escritorio de Fowler, el viejo Towser se rascó una pulga y luego volvió a acomodarse para dormir.
Harold Allen —Fowler lo notó con un súbito pinchazo de angustia— era joven; demasiado joven. Tenía la fácil seguridad de la juventud, el rostro de alguien que nunca había conocido el miedo. Y eso era extraño, porque los hombres de las cúpulas de Júpiter sí conocían el miedo: miedo y humildad.
Era difícil para el ser humano reconciliar su yo diminuto con las fuerzas colosales del monstruoso planeta.
—Comprende usted —dijo Fowler— que no tiene necesidad de hacerlo. Comprende que no está obligado a ir.
Era, desde luego, una fórmula. A los otros cuatro les habían dicho lo mismo, y aun así habían ido. Este quinto, Fowler lo sabía, también iría. Pero de pronto algo —una esperanza tenue y gris— se agitó en él deseando que Allen no fuese.
—¿Cuándo parto? —preguntó Allen.
Hubo un tiempo en que Fowler habría sentido un discreto orgullo ante esa respuesta. Ahora ya no; solo frunció brevemente el ceño.
—Dentro de una hora —dijo.
Allen aguardó en silencio.
—Cuatro hombres han salido y no han regresado —recordó Fowler—. Lo sabe usted, por supuesto. Queremos que vuelva. No esperamos que emprenda una expedición heroica de rescate. Lo único que queremos, lo esencial, es que regrese. Que demuestre que un hombre puede vivir en forma de Loper. Llegue a la primera marca de reconocimiento —no más allá— y luego vuelva. No corra riesgos. No investigue nada. Solo regrese.
Allen asintió.
—Lo comprendo.
—La señorita Stanley operará el conversor —continuó Fowler—. Puede estar tranquilo en ese aspecto. Los otros hombres fueron convertidos sin contratiempos. Abandonaron la máquina en un estado aparentemente perfecto. Estará en manos totalmente competentes. La señorita Stanley es la operadora de conversión mejor cualificada del Sistema Solar. Ha trabajado en la mayoría de los demás planetas. Por eso está aquí.
Allen sonrió a la mujer, y Fowler vio un destello cruzar fugazmente el rostro de la señorita Stanley: algo que podía ser pena, o rabia, o simplemente miedo. Pero el gesto desapareció de inmediato, y ella volvió a sonreír al joven que estaba ante el escritorio. Sonreía con aquel aire suyo, un tanto de maestra de escuela, casi como si detestara tener que hacerlo.
—Aguardaré con impaciencia el momento de mi conversión —dijo Allen.
Y por su tono lo convirtió en una broma: una vasta broma irónica.
Pero no era una broma.
Era un asunto serio, mortalmente serio. De aquellas pruebas —Fowler lo sabía— dependía el destino del hombre en Júpiter. Si tenían éxito, los recursos del gigantesco planeta quedarían al alcance de la humanidad. El hombre dominaría Júpiter como ya había dominado los planetas menores. Pero si fracasaban…
Si fracasaban, el hombre seguiría encadenado y obstaculizado por la presión descomunal, la gravedad aplastante, la extraña química del planeta. Continuaría encerrado en las cúpulas, incapaz de poner el pie directamente sobre el mundo; incapaz de verlo sin ayuda, obligado a depender de los torpes tractores y del televisor, obligado a manejar herramientas y mecanismos engorrosos, o a trabajar mediante robots que también eran torpes.
Porque el hombre, sin protección y en su forma natural, sería aniquilado por la colosal presión de Júpiter: unas quince mil libras por pulgada cuadrada; la presión de los fondos oceánicos terrestres parecería un vacío en comparación.
Ni siquiera el metal más resistente que los terrestres podían concebir sobrevivía bajo semejante presión y bajo las lluvias alcalinas que barrían eternamente el planeta. Se volvía quebradizo, se desmenuzaba como arcilla, o se derretía en arroyuelos que formaban charcos de sales de amoníaco. Solo incrementando la dureza y la resistencia de ese metal —aumentando su tensión electrónica— podía hacerse soportar el peso de miles de millas de gases arremolinados y sofocantes que formaban la atmósfera. Y aun entonces, era necesario recubrir todo con cuarzo para impedir que la lluvia —amoníaco líquido que caía en torrentes amargos— lo destruyera.
Fowler escuchó los motores situados bajo el suelo de la cúpula —motores que funcionaban sin descanso—, porque jamás podían detenerse. Si se detenían, la energía que atravesaba las paredes metálicas cesaría, la tensión electrónica desaparecería, y todo terminaría de inmediato.
Towser se agitó bajo el escritorio y se rascó otra pulga, la vieja pata golpeando el suelo con fuerza.
—¿Hay algo más? —preguntó Allen.
Fowler negó con la cabeza.
—Tal vez quiera usted hacer algo —dijo—. Quizá quiera…
Había estado a punto de decir “escribir una carta”, y se alegró de haberse contenido a tiempo.
Allen miró su reloj.
—Iré allí a la hora —dijo. Se volvió y salió.
Fowler sabía que la señorita Stanley lo observaba, y no quiso encontrarse con su mirada. Revolvió un montón de papeles sobre el escritorio.
—¿Cuánto tiempo piensa seguir con esto? —preguntó ella, mordiendo cada palabra con furia contenida.
Él se volvió en la silla para mirarla. Los labios de la mujer se habían tensado en una línea recta y delgada; el cabello, tirante hacia atrás, le acentuaba aquella expresión suya —casi inquietante— de máscara mortuoria.
Trató de responder con voz fría y controlada.
—Mientras sea necesario —dijo—. Mientras exista alguna esperanza.
—Es decir que seguirá sentenciándolos a muerte —respondió ella—. Seguirá enviándolos a enfrentarse con Júpiter. Y, entretanto, usted se quedará aquí, seguro y cómodo, mandándolos afuera a morir.
—No hay lugar para sentimentalismos, señorita Stanley —dijo Fowler, esforzándose por mantener la ira fuera de su voz—. Usted sabe tan bien como yo por qué hacemos esto. Sabe que, tal como es, el ser humano no puede enfrentarse a Júpiter. La única solución es convertir a los hombres en criaturas capaces de hacerlo. Lo hemos logrado ya en otros planetas. Si mueren unos pocos hombres, pero al final logramos el objetivo, el precio es pequeño. A lo largo de los siglos los hombres han desperdiciado la vida en necedades, por razones necias. ¿Por qué vacilar ahora ante unas cuantas muertes en algo tan grande?
La señorita Stanley estaba sentada rígida, muy erguida, con las manos cruzadas en el regazo. La luz resaltaba el brillo de sus canas. Fowler la contempló, tratando de imaginar qué sentiría, qué estaría pensando. No es que le tuviera exactamente miedo; pero no se sentía del todo cómodo en su presencia. Aquellos ojos azules y afilados veían demasiado; aquellas manos parecían excesivamente competentes.
Podría haber sido la tía de alguien, sentada en una mecedora con sus agujas de tejer. Pero no lo era. Era la mejor operadora de conversión del Sistema Solar, y no aprobaba lo que él hacía.
—Algo anda mal, señor Fowler —sentenció.
—Precisamente —admitió Fowler—. Por eso envío a Allen: para que descubra qué ocurre.
—¿Y si no lo descubre?
—Enviaré a otro.
Ella se levantó lentamente, avanzó hacia la puerta y se detuvo junto al escritorio.
—Algún día —dijo— usted será un gran hombre. Nunca deja pasar una oportunidad. Lo supo desde el momento en que esta cúpula fue elegida para las pruebas. Si tiene éxito, escalará un peldaño o dos. No importará cuántos hombres mueran: usted subirá un peldaño o dos.
—Señorita Stanley —dijo Fowler con brusquedad—, el joven Allen saldrá enseguida. Por favor, asegúrese de que su máquina…
—Mi máquina —respondió ella, fría— no es la culpable. Funciona conforme a las coordenadas fijadas por los biólogos.
Fowler se quedó inclinado sobre el escritorio, escuchando sus pasos alejarse por el corredor.
Lo que ella había dicho era cierto, naturalmente. Los biólogos habían fijado las coordenadas. Pero podían haberse equivocado. Un cabello de diferencia, un margen mínimo, y del conversor podía salir algo distinto de lo previsto: un mutante que quizá se desintegraría, que perdería estabilidad, que se vendría abajo bajo alguna condición o tensión insospechada.
Porque el hombre sabía muy poco de lo que ocurría afuera. Solo lo que sus instrumentos le decían.
Y aquellos datos no eran más que muestras —pequeñas muestras—, porque Júpiter era increíblemente grande y las cúpulas, muy pocas.
Incluso el trabajo de los biólogos para obtener los datos sobre los Lopers, aparentemente la forma de vida más evolucionada del planeta, había exigido más de tres años de estudio intensivo y dos años más de comprobación.
Un trabajo que, en la Tierra, habría llevado una o dos semanas; pero que no podía realizarse allí, porque no era posible llevar una criatura joviana al planeta natal. La presión de Júpiter no podía reproducirse fuera de Júpiter, y bajo la presión y temperatura terrestres los Lopers se desharían en una simple bocanada de gas.
Sin embargo, era un trabajo indispensable si el hombre esperaba algún día recorrer Júpiter en forma de Loper. Antes de que el conversor pudiera transformar a un hombre en otro tipo de ser, era preciso conocer hasta el último detalle de ese organismo, sin margen posible de error.
Allen no regresó.
Los tractores exploraron la región cercana y no encontraron rastro alguno, salvo quizá aquella criatura huidiza de la que habló uno de los conductores, que podría haber sido el terrícola transformado en Loper.
Los biólogos se limitaron a esbozar sus más logradas y académicas muecas de desprecio cuando Fowler sugirió que las coordenadas podían tener algún error. Las coordenadas —señalaron—, funcionaban. Cuando un hombre entraba en el conversor y el interruptor se accionaba, el hombre se convertía en Loper. Abandonaba la máquina y se alejaba, perdiéndose en la espesa atmósfera.
Alguna rareza, propuso Fowler: alguna pequeñísima desviación de lo que un Loper debía ser, algún defecto mínimo. Si así fuera —dijeron los biólogos—, tardarían años en detectarlo.
Y Fowler sabía que tenían razón.
Así que ya eran cinco hombres, en vez de cuatro, y Harold Allen había salido a Júpiter en vano. Su viaje no había añadido nada al conocimiento. Era como si nunca hubiera ido.
Fowler se inclinó sobre el escritorio y tomó el archivo del personal: un delgado juego de hojas cuidadosamente sujetas. Lo detestaba, pero era algo que debía hacer. De algún modo tenía que descubrirse la causa de aquellas desapariciones. Y no había otro modo que enviar más hombres afuera.
Durante un instante se quedó escuchando el aullido del viento sobre la cúpula, la interminable y atronadora tormenta que barría el planeta con una furia hirviente y retorcida.
¿Había algún peligro allá afuera? —se preguntó—. ¿Alguna amenaza desconocida? ¿Algo que acechaba y aguardaba a los Lopers, sin distinguir a los auténticos de los que eran hombres? Para lo que fuera, no habría seguramente diferencia.
¿No se habría cometido algún error fundamental al seleccionar esa especie como la más adaptada a las condiciones del planeta? La evidente inteligencia de los Lopers había decidido la elección. Pues si el ser en que el hombre iba a convertirse no era inteligente, éste no podría conservar su propia capacidad mental.
¿Habrían dado los biólogos demasiada importancia a este factor, olvidando algún otro? No lo parecía. A pesar de su tozudez, los biólogos conocían su trabajo.
¿O era esa conversión imposible y estaba condenada, desde un principio, al fracaso? La conversión a formas de vida diferentes había tenido éxito en otros planetas, pero eso no significaba que lo mismo debiera ocurrir en Júpiter. Quizá la inteligencia del hombre no podía funcionar correctamente con los sentidos proporcionados por esos seres. Quizá los Lopers eran una forma de vida totalmente extraña, sin nada en común con los humanos.
O el motivo de ese fracaso podía residir en el hombre mismo, ser algo inherente a la raza humana. Alguna aberración mental que, ante ciertos estímulos exteriores, impedía el regreso. Aunque quizá no fuera una aberración, no para los hombres. Quizá fuese tan solo una peculiaridad mental aceptada como cosa común en la Tierra, pero tan fuera de lugar en Júpiter que destruía toda cordura.
Unas uñas rascaban y golpeaban el piso del corredor. Fowler escuchó y sonrió débilmente. Era Towser, que volvía de la cocina. Había ido a ver a su amigo el cocinero.
Towser entró en el cuarto con un hueso en la boca. Movió la cola ante Fowler y se echó bajo el escritorio, con el hueso entre las patas. Por un largo momento sus viejos ojos reumáticos se fijaron en su amo, y Fowler se inclinó y le rascó una oreja arrugada.
—¿Todavía me quieres, Towser? —preguntó Fowler, y Towser sacudió alegremente la cola.
—Eres el único —dijo Fowler.
Se enderezó y miró el escritorio. Alargó la mano y tomó el registro de personal.
¿Bennet? A Bennet lo esperaba una muchacha en la Tierra.
¿Andrews? Andrews planeaba volver al Instituto Tecnológico de Marte tan pronto como hubiese ganado lo suficiente para pasar allí un año.
¿Olson? Olson estaba a punto de jubilarse. Se pasaba las horas hablando de su retiro y de que se dedicaría a cultivar rosas.
Cuidadosamente, Fowler puso otra vez el registro sobre la mesa.
Sentenciando hombres a muerte. Lo había dicho la señorita Stanley, y los labios apenas se habían movido en aquella cara de pergamino. Los enviaba a la muerte mientras él, Fowler, se quedaba aquí, cómodamente sentado.
Lo estaban diciendo seguramente en toda la cúpula, en especial desde que Allen no había vuelto. No se lo dirían en la cara: ni siquiera los hombres que él había llamado a la oficina y a quienes les había comunicado que serían los próximos en ir se lo dijeron.
Pero Fowler lo había leído en sus ojos.
Cogió otra vez el registro. Bennet, Andrews, Olson. Había otros, pero era inútil seguir mirando.
Kent Fowler sabía que no podía hacerlo, que no podía enfrentarse con ellos, que no podía enviar a otros hombres a la muerte.
Se inclinó hacia adelante y conectó una tecla del intercomunicador.
—Sí, señor Fowler.
—La señorita Stanley, por favor.
Esperó a la señorita Stanley, escuchando cómo Towser mordisqueaba el hueso con desgana. Towser ya no tenía muy buenos dientes.
—La señorita Stanley —dijo la voz de la mujer.
—Quería pedirle, señorita Stanley, que se preparara para enviar a otros dos.
—¿No teme —preguntó ella— terminar con todos? Si envía uno por vez durarán más; tendrá usted una doble satisfacción.
—Uno de ellos —dijo Fowler— será un perro.
—¡Un perro!
—Sí: Towser.
Fowler sintió la furia helada que había en la voz de la mujer.
—¡Su propio perro! Ha estado con usted durante tantos años.
—Por eso mismo —dijo Fowler—. Se sentiría muy triste si yo lo dejara atrás.
No era el mismo Júpiter que había visto a través del televisor. Había esperado algo diferente, pero no esto. Había esperado un infierno de lluvias de amoníaco, sofocantes humaredas y el ruido ensordecedor del huracán. Había esperado torbellinos de vapores y el desafiante resplandor de unos rayos monstruosos.
No había esperado que los latigazos del aguacero quedasen reducidos a una leve niebla encarnada que flotaba como una sombra sobre una pradera rojiza y púrpura. No había siquiera sospechado que los rayos serpenteantes fuesen un estallido de puro éxtasis en un cielo de color.
Aguardando a Towser, Fowler flexionó los músculos, asombrado ante aquella sensación de fuerza y bienestar. El cuerpo era excelente, decidió, y se contrajo al recordar cómo había compadecido a los Lopers cuando los había visto por medio del televisor.
Había sido difícil imaginar un organismo adaptado al amoníaco y al hidrógeno, en lugar de al agua y al oxígeno. Había sido difícil creer que semejante forma de vida pudiese sentir una alegría de vivir comparable a la humana. Difícil concebir algo vivo en aquella tormenta oscura que era Júpiter; difícil concebir que, para unos ojos de Loper, no hubiese tal tormenta oscura.
El viento lo rozaba como dedos suaves, y Fowler recordó sorprendido que, de acuerdo con las normas de la Tierra, ese viento era un ciclón que corría a trescientos kilómetros por hora, cargado de gases mortíferos.
Unos suaves aromas le bañaban el cuerpo. Y apenas podían llamarse aromas, pues no eran percibidos por el olfato. Era como si su ser entero absorbiera una sensación de lavanda, y sin embargo no era lavanda. Era algo inexpresable, el primero de una serie de enigmas terminológicos. Las palabras que él, Fowler, conocía, los símbolos de pensamiento que habían servido en su vida terrestre, no le servirían como Loper.
Una puerta se abrió a un lado de la cúpula, y Towser salió tambaleándose. Por lo menos, Fowler pensó que debía de ser Towser.
Trató de llamar al perro, modelando mentalmente las palabras que quería decir. Pero no pudo decirlas. No sabía cómo. No tenía con qué decirlas.
Durante un instante un tenebroso terror le nubló la mente, un terror ciego que lo asaltaba en pequeñas oleadas de pánico.
¿Cómo hablan los Lopers? ¿Cómo…?
De pronto tuvo conciencia de Towser, intensa conciencia del cariño torpe y ansioso de aquel animal que lo había acompañado desde la Tierra a tantos planetas, como si el ser que era Towser hubiese salido de sí mismo y se le hubiera instalado en el cerebro.
Y, junto con aquella cálida bienvenida, llegaron las palabras:
— ¡Qué hay, colega!
No realmente palabras. Algo mejor: símbolos de pensamiento, símbolos con matices que nunca podrían tener las palabras.
—Hola, Towser —dijo Fowler.
—Me siento muy bien —dijo Towser—. Como cuando era cachorro. Últimamente me sentía hecho polvo. Se me doblaban las piernas y se me estropeaban los dientes. Apenas podía roer un hueso. Además, las pulgas me hacían la vida imposible. En otro tiempo no les prestaba atención; un par de pulgas más o menos no significaban gran cosa.
—Pero… pero… —los pensamientos de Fowler se atropellaban—. ¡Me estás hablando!
—Claro —dijo Towser—. Siempre he hablado. Pero tú no me oías. Trataba de decirte cosas, pero no lo lograba.
—Te entendía a veces —dijo Fowler.
—No mucho —replicó Towser—. Sabías cuándo quería comer, o beber, o salir. Pero nada más.
—Lo siento —dijo Fowler.
—Olvídalo —le dijo Towser—. Te desafío a una carrera hasta el acantilado.
Fowler vio por primera vez el acantilado. A muchos kilómetros de distancia, aparentemente, pero con una rara y cristalina belleza que resplandecía a la sombra de las nubes coloreadas.
Fowler titubeó.
—Está muy lejos.
—Oh, vamos —dijo Towser; y aún estaba diciéndolo cuando echó a correr hacia allá.
Fowler lo siguió, probando sus piernas, probando la fuerza de este cuerpo nuevo, un poco desconfiado al principio, asombrado enseguida, corriendo luego con una alegría vivaz que se fundía con el terreno púrpura y rojo, con la niebla flotante de la lluvia sobre la llanura.
Mientras corría, adquirió conciencia de una música que venía hacia él: una música que vibraba en su cuerpo, que se alzaba en su interior, que le daba alas de plateada rapidez. Una música como la que podrían hacer unas campanas desde el campanario de una colina en una soleada primavera.
A medida que se acercaba al acantilado, la música crecía y crecía, y llenaba el universo con un rocío de sonidos mágicos. Y Fowler supo que la música venía de la cascada que se desplomaba a lo largo del rostro brillante del acantilado.
Solo que no era agua lo que caía, sino amoníaco; y el acantilado era blanco porque estaba formado por oxígeno sólido.
Se detuvo junto a Towser, allí donde la cascada estallaba en un reluciente arco iris de cientos de colores. Literalmente cientos, porque aquí, así lo veía, no se trataba solamente de los colores primarios y sus matices como los discernían los seres humanos, sino de una precisa selectividad que dividía el prisma hasta su última posibilidad de clasificación.
—La música —dijo Towser.
—Sí, ¿qué ocurre?
—La música —dijo Towser—. Son vibraciones. Vibraciones producidas por el agua al caer.
—Pero, Towser, tú no sabes nada de vibraciones.
—Sí sé —replicó Towser—. Lo sé ahora.
Fowler abrió mentalmente la boca.
—¡Lo sabes ahora!
Y de pronto, en el interior de su propia cabeza, encontró una fórmula. La fórmula para un proceso que permitiría que el metal resistiera la presión de Júpiter.
Miró asombrado la cascada; y su mente, con rapidez, clasificó los distintos colores y los colocó en su exacta secuencia espectral. Así, simplemente. De la nada, puesto que no sabía nada de metales ni de colores.
—¡Towser! —gritó—. ¡Towser, algo nos está pasando!
—Sí, ya sé —dijo Towser.
—Son nuestros cerebros —dijo Fowler—. Los estamos usando por completo, hasta el último rincón. Descubriendo cosas que deberíamos saber desde siempre. Quizá los cerebros terrestres son lentos, nebulosos. Quizá somos los retrasados del universo. Quizá estamos hechos de tal forma que tenemos que hacerlo todo del modo más difícil.
Y, en la nueva claridad mental que parecía apoderarse de él, Fowler supo que esto iba más allá de una cascada de colores o de metales capaces de soportar la presión de Júpiter. Percibía otras cosas, cosas aún poco definidas. Un vago murmullo que aludía a algo mayor: misterios que superaban el pensamiento humano e incluso la imaginación humana. Misterios, hechos, lógica basada en el razonamiento. Cosas que cualquier mente debería conocer si empleara todo su poder de raciocinio.
—Todavía somos, en parte, criaturas terrestres —dijo—. Apenas empezamos a aprender algunas de las cosas que tenemos que saber. Cosas que no sabíamos como seres humanos, quizá porque lo éramos. Nuestros cuerpos humanos eran cuerpos pobres. Mal equipados para pensar, mal equipados en ciertos sentidos indispensables para conocer. Tal vez incluso nos faltaban ciertos sentidos necesarios para el verdadero entendimiento.
Se volvió y miró hacia la cúpula, una manchita negra empequeñecida por la distancia.
Allá quedaban hombres que no podían ver la belleza de Júpiter. Hombres que creían que los torbellinos de nubes y las lluvias penetrantes ocultaban la superficie del planeta. Ojos humanos que no podían ver. Ojos pobres. Ojos incapaces de admirar la belleza de las nubes, incapaces de ver a través de la tormenta. Cuerpos que no podían sentir el estremecimiento de aquella música creada por el agua al quebrarse.
Hombres que caminaban solos, en terrible soledad, y hablaban con sus lenguas como niños exploradores transmitiendo mensajes con banderines: incapaces de alcanzar un contacto real como el que él y Towser podían compartir, una unión de mentes. Separados para siempre de todo contacto íntimo y personal con otros seres vivos.
Él, Fowler, había esperado sentir terror ante cosas extrañas en la superficie; había esperado retroceder ante la amenaza de lo desconocido, se había endurecido para enfrentar una situación completamente distinta a cualquier otra en la Tierra.
Pero, en vez de eso, había encontrado algo cuya grandeza jamás había sospechado. Un cuerpo más fuerte y más seguro. Una sensación más honda de vida. Una mente más aguda. Un mundo de belleza que ni siquiera los soñadores terrestres habían logrado imaginar.
—Sigamos —pidió Towser.
—¿A dónde quieres ir?
—A cualquier parte —dijo Towser—. Sigamos a ver qué descubrimos. Tengo una sensación de… bueno, una sensación…
—Sí, ya sé —dijo Fowler.
Porque él también la sentía: la sensación de un destino superior. Una cierta grandeza. La conciencia de que, en alguna parte, más allá del horizonte, esperaban la aventura y algo más importante que la aventura.
Aquellos otros cinco habían sentido lo mismo. La urgencia de ir y ver, la imperiosa sensación de que allí había una vida plena, llena de sabiduría y conocimiento.
Por eso no habían vuelto.
—No volveré —dijo Towser.
—No podemos abandonarlos —dijo Fowler.
Dio uno o dos pasos hacia la cúpula, y se detuvo.
Regresar a la cúpula. Regresar al cuerpo que había dejado atrás: un cuerpo dolorido y envenenado. No le había parecido dolorido antes, pero ahora lo sabía.
Regresar al cerebro nublado. A aquellos razonamientos enmarañados. A las bocas que emitían señales que otros podían entender. A aquellos ojos que, ahora, serían peor que la ceguera. A la inmundicia, a arrastrarse de nuevo, a la ignorancia.
—Quizá algún día —murmuró Fowler para sí.
—Tenemos muchas cosas que hacer y mucho que ver —dijo Towser—. Tenemos mucho que aprender. Descubriremos cosas…
Sí, descubrirían cosas. Civilizaciones, quizá. Civilizaciones que harían que la civilización humana pareciera ridícula en comparación. Belleza y, más importante aún, la comprensión de esa belleza. Y una camaradería que nadie había conocido antes, que ningún hombre ni ningún perro había conocido jamás.
Y vida. Una vida intensa después de lo que había sido una existencia adormecida.
—No puedo volver —dijo Towser.
—Ni yo —dijo Fowler.
—Me convertirían otra vez en un perro —dijo Towser.
—Y a mí —dijo Fowler— otra vez en un hombre.
FIN
