Sinopsis: «¿Cantará el polvo tus alabanzas?» (Shall the Dust Praise Thee?) es un cuento de Damon Knight, publicado en 1967 en la antología Dangerous Visions. El Día de la Cólera finalmente ha llegado: los cielos se abren, las trompetas resuenan y el trono de Dios aparece envuelto en fuego para presidir el Juicio Final. Siete ángeles descienden sobre la Tierra para cumplir sus misiones en el Último Día; sin embargo, algo les impide llevarlas a cabo. El mundo no es el que esperaban encontrar.

¿Cantará el polvo tus alabanzas?
Damon Knight
(Cuento completo)
Y llegó el Día de la Cólera. El cielo repicó con trompetas, agónicas, convocantes. Por todas partes las rocas secas se alzaron, gimiendo, y volvieron a desplomarse hechas escombros. Luego el cielo se partió, y en el deslumbramiento apareció un trono de fuego blanco, dentro de un arcoíris que ardía de color verde.
Los relámpagos parpadearon hacia los horizontes. Alrededor del trono flotaban siete figuras majestuosas vestidas de blanco, con cinturones dorados ceñidos a sus pechos; y cada una llevaba en su gigantesca mano una redoma que humeaba y exhalaba vapores en el cielo.
Desde el fulgor del trono surgió una voz:
—Id por vuestros caminos, y derramad las redomas de la cólera de Dios sobre la tierra.
Y el primer ángel se precipitó hacia abajo y vació su redoma en un torrente de oscuridad que se extendió humeante por la desnuda superficie de la tierra. Y hubo silencio.
Luego el segundo ángel descendió volando a la tierra y se desplazó de un lado a otro, con la redoma aún intacta; y al final regresó al trono, clamando:
—Señor, la mía debe ser derramada sobre el mar. Pero ¿dónde está el mar?
Y otra vez hubo silencio. Pues las rocas secas y polvorientas de la tierra se extendían sin límites bajo el cielo; y allí donde habían estado los océanos no había más que cavernas surcadas en la piedra, tan secas y vacías como todo lo demás.
El tercer ángel clamó:
—Señor, la mía es para los ríos y las fuentes de las aguas.
Entonces el cuarto ángel clamó:
—Señor, permíteme vaciar la mía.
Y derramó su redoma sobre el sol; y en un instante este se encendió con una radiación terrible; y el ángel voló de un lado a otro dejando caer su luz sobre la tierra. Al cabo de algún tiempo vaciló y regresó al trono. Y de nuevo hubo silencio.
Entonces, desde el trono, una voz dijo:
—Sea así.
Bajo la vasta bóveda del cielo no volaba ave alguna. Ninguna criatura se arrastraba ni reptaba sobre la faz de la tierra; no había árbol alguno, ni una sola brizna de hierba.
La voz dijo:
—Este es el día señalado. Descendamos.
Entonces Dios caminó sobre la tierra, como en los tiempos antiguos. Su forma era como una columna de humo en movimiento. Y tras Él marchaban en tropel los siete ángeles blancos con sus redomas, murmurando. Estaban solos bajo el cielo amarillo grisáceo.
—Los que están muertos han escapado a nuestra cólera —dijo el Señor Dios Jehová—. Sin embargo, no escaparán al juicio.
El valle reseco en el que se encontraban era el Jardín del Edén, donde al primer hombre y a la primera mujer se les había dado un fruto que no debían comer. Hacia el este estaba el paso por el cual la mísera pareja había sido expulsada al desierto. A poca distancia hacia el oeste se divisaba el peñasco erosionado del monte Ararat, donde el Arca había venido a reposar tras el Diluvio purificador.
Y Dios dijo con gran voz:
—Que se abra el libro de la vida; y que los muertos se alcen de sus sepulturas, y de las profundidades del mar.
Su voz resonó bajo el cielo hosco. Y una vez más las rocas secas se estremecieron y se derrumbaron; pero los muertos no aparecieron. Sólo el polvo se arremolinó, como si fuera lo único que quedara de los miles de millones de la tierra, vivos y muertos.
El primer ángel sostenía un enorme libro abierto entre sus brazos. Cuando el silencio se prolongó durante algún tiempo, cerró el libro, y el miedo apareció en su rostro; y el libro se desvaneció de sus manos.
Los otros ángeles murmuraban y suspiraban juntos. Uno dijo:
—Señor, terrible es el sonido del silencio, cuando nuestros oídos deberían estar llenos de lamentaciones.
Y Dios dijo:
—Este es el tiempo señalado. Sin embargo, un día en el cielo son mil años en la tierra. Gabriel, dime: según el cómputo de los hombres, ¿cuántos días han pasado desde el Día?
El primer ángel abrió un libro y dijo:
—Señor, según el cómputo de los hombres, ha pasado un día desde el Día.
Un murmullo de conmoción recorrió a los ángeles.
Y volviéndose de ellos, Dios dijo:
—Sólo un día: un instante. Y sin embargo, no se alzan.
El quinto ángel se humedeció los labios y dijo:
—Señor, ¿no eres Tú Dios? ¿Puede ocultarse algún secreto al Hacedor de todas las cosas?
—¡Paz! —dijo Jehová, y los truenos rodaron hacia el horizonte sombrío—. A su debido tiempo haré que estas piedras den testimonio. Venid, caminemos un poco más.
Vagaron por las montañas secas y a través de los cañones vacíos del mar. Y Dios dijo:
—Miguel, a ti te fue encomendado velar por esta gente. ¿Cuál fue la condición de sus últimos días?
Se detuvieron cerca del cono agrietado del Vesubio, que en un eón de distracción celestial había entrado en erupción dos veces, sepultando vivas a miles de personas.
El segundo ángel respondió:
—Señor, la última vez que los vi, se estaban preparando para una gran guerra.
—Sus iniquidades eran increíbles —dijo Jehová—. ¿Cuáles eran las naciones de quienes preparaban la guerra?
El segundo ángel respondió:
—Señor, se llamaban Inglaterra, Rusia, China y América.
—Vayamos entonces a Inglaterra.
Al otro lado del valle seco que había sido el Canal, la isla era una meseta de piedra, desmoronada y desolada. Por todas partes las rocas eran frágiles y carecían de fuerza. Y Dios se enfureció, y clamó:
—¡Que hablen las piedras!
Entonces las rocas grises brotaron en polvo, dejando al descubierto cavernas y túneles, como las cámaras de un hormiguero vacío. Y en algunos lugares brilló el metal reluciente, dispuesto en madejas gráciles pero sin diseño alguno, como si el metal se hubiera fundido y corrido como agua.
Los ángeles murmuraron; pero Dios dijo:
—Esperad. Esto no es todo.
Ordenó de nuevo:
—¡Hablad!
Y las rocas se alzaron una vez más, para dejar al descubierto una cámara aún más profunda. Y en silencio, Dios y los ángeles permanecieron de pie en círculo alrededor del pozo, inclinándose para ver qué formas brillaban allí abajo.
En la pared de aquella cámara más baja, alguien había cincelado una hilera de letras. Y cuando la máquina de esa cámara fue destruida, el metal incandescente se había rociado y había llenado las letras de la pared, de modo que ahora brillaban como plata en la oscuridad.
Y Dios leyó las palabras:
«ESTUVIMOS AQUÍ. ¿DÓNDE ESTABAS TÚ?»
FIN
