Sinopsis: «Un día típico» (A Typical Day ) es un relato de Doris Piserchia publicado en la revista Galaxy Science Fiction en marzo de 1974. La historia describe la rutina de una niña de ocho años que vive en una torre aislada con su padre, el doctor Dakis, un genio de la genética atormentado por el alcoholismo. Mientras ella realiza las tareas domésticas y asiste a su padre en sus experimentos, el mundo exterior acosa la torre buscando una fórmula revolucionaria que el científico se niega a revelar.

Un día típico
Doris Piserchia
(Cuento completo)
Todo comienza cuando yo retiro los muebles que papá amontonó contra la puerta la noche anterior. Lo hace todas las noches para no poder salir y revelar importantes secretos después de haber bebido mucho.
Papá es un borrachín. Y un genio. Y un alma torturada. Esta descripción sería suficiente para cualquiera de los chiflados que alguna vez han dado algo al mundo y han recibido pedradas en recompensa El mundo es rápido para este tipo de intercambio. Es ingrato. O tal vez simplemente está confundido, como mi padre.
Nosotros vivimos en una torre. No es de marfil y no está cubierta de hiedra. Es de rústicos bloques de hormigón, y mide treinta metros de alto y aproximadamente veintiún metros de ancho. Es nuestro hogar.
Papá odia al mundo.
O a sí mismo.
A mí me ama.
Después de volver a poner los muebles en su lugar, abrí la puerta y miré afuera. ¿Qué había para ver? Nada. Un pasillo y el ascensor que papá usaba cada muerte de obispo, cuando sacaba el jeep y atravesaba las colinas para ir a la ciudad a comprar comida o a reponer su provisión de bebidas. Era un pueblo rústico. Creo que papá y yo éramos rústicos.
La mañana de un día típico no era muy larga. Yo pasaba el plumero en el living, comía copos de maíz, encendía el gas en los mecheros del laboratorio… siempre lo mismo, cada mañana después de levantarme. Una existencia monótona, decía papá. Tal vez lo era. Para mí estaba bien.
¿El almuerzo? Pensaba en el almuerzo, miraba el reloj. No, no era hora de almorzar, y eso significaba que había algo que me había olvidado de hacer. Ay, los programas, los programas, ¿qué diablos era lo que había olvidado?
Ah, sí, me había olvidado de mirar las carreras. Averiguaba la hora. No. No era la hora de las carreras. Mmmmm… Ah, claro, no me había lavado ni la cara ni los dientes.
Ya lo hice. Todo terminado. Sonó el teléfono.
—Hola.
—Hola. ¡Hola!
—Hola.
—¿Es usted, doctor Dakis?
—No, no soy yo.
—¿Doctor…? Le hablan de la Universidad. ¿Puede hablar más fuerte, por favor? No…
—Todo los días de la semana llaman. Carajo, a la misma hora, al mismo lugar. Todos los días damos el mismo aviso. Yo estoy aquí, usted está allí, pero en realidad no hay comunicación entre nosotros. La conozco, Señorita Partetrasera Gorda. Mi padre me dijo su nombre. Señorita Partetrasera Gorda, por favor váyase a la…
—Hola. ¿Doctor Dakis?
Finalmente abandoné y corté.
—¡Deja ese teléfono, carajo! —rugió papá desde su dormitorio.
—Ya lo dejé.
Papá no salió, se volvió en la cama con tanta fuerza que hizo temblar el piso. Un minuto después roncaba nuevamente.
Empezó a llover. Me asomé por la ventana del lado norte de la torre y miré las agujas plateadas que caían desde el cielo. Por Dios, cómo me gustaba la lluvia. Escupí, y vi cómo la saliva se mezclaba con el agua limpia del cielo, la vi desaparecer, deseé que el mundo reanudara su relación con mi padre para que sus sufrimientos desaparecieran como mi saliva. Tengo ocho años de edad.
Sonó el teléfono.
—Hola.
—¿Doctor Dakis?
—Hola, Señorita Partetrasera Gorda. No, hoy no tenemos huevos para usted. No tenemos esperma, tampoco.
—¿Doctor Dakis?
Le grité en el oído y cortó.
—¡Deja ese teléfono, carajo! —rugió papá desde su dormitorio. Se dio vuelta y volvió a dormirse.
Se levantó al mediodía y almorzamos juntos.
—Dámelo en la boca —me dijo. La cabeza le colgaba sobre el plato como si tuviera una conexión rota.
Tomé un poco de huevo en la cuchara y se lo di en la boca. Se apoderó de la taza de café y bebió un trago. Le metí tostadas entre los dientes. Otra vez tragó café. Tomé una feta de tocino entre los dedos y él la mordisqueó.
Le hice comer dos huevos, tres fetas de tocino y dos tostadas. Después de terminar se limpió la boca, eructó, se sintió mal, se levantó y fue hasta el baño, trastabillando.
—Vete de aquí, carajo —gruñó… y me cerró la puerta en la cara.
Sonó un timbre en alguna parte. Corrí a la ventana abierta y miré hacia abajo. Había un camión azul estacionado en el patio del frente y el conductor golpeaba a la puerta.
—¿Qué quiere? —pregunté.
Retrocedió, miró arriba, me vio y agitó un sobre que tenía en la mano.
—¿No sabe leer? —dije—. Póngalo en la canasta y yo la subiré.
Seguía agitando el sobre. Aferrada al alféizar de la ventana lo veía ponerse cada vez más nervioso. Finalmente vio la canasta, arrojó el sobre adentro, me miró seriamente, con furia, y se fue en el camión.
El cable venía de Alemania. Esa vez el zoológico ofrecía cincuenta mil por el afrodisíaco.
—¿Con quién has estado hablando? —le pregunté a mi padre cuando salió del baño—. Creía que no querías que nadie supiera lo del afrodisíaco.
Dio un puntapié a un canasto con ropa para poder pasar y buscó el peine sobre una cómoda. Peinó sus cabellos, lo más hermoso que tenía. Eran largos, blancos y ondulados. Su piel era casi tan blanca como sus cabellos, y por eso hacía que yo lo obligara a comer. Tenía mala salud. Creo que si no hubiera sido por mí habría muerto mucho tiempo atrás. Se peinó y chasqueó los labios, se los frotó con la mano temblorosa, y me miró con sus grandes ojos tristes. Lo que quería era un buen trago. Lo que esperaba que yo le llevara era una cerveza. Lo que le di, y que saqué de la cómoda, fue una caja de cerezas bañadas de chocolate. Se encogió de hombros, tomó dos y se las comió, luego tomó dos más y las puso en el bolsillo de la camisa. Las comió antes de pasar por la puerta. Yo tenía la caja preparada cuando volvió. Comió media docena.
Bien. Cuando comía golosinas no bebía cerveza, y cuando no bebía cerveza no bebía whisky después. Tal vez ese día trabajaría un poco. Maravillosa, la golosina. Y yo también.
Al principio, papá no tenía dinero y pensaba que terminaría en una granja, pero era demasiado inteligente, fue a la escuela nocturna y finalmente se interesó en la genética. O la genética lo atrapó a él. Todo lo que hacía estaba bien. Obtuvo su doctorado y fue profesor en la Universidad. Después de un tiempo dejó la cátedra y se dedicó a la investigación.
El sexo no era algo que la gente hacía. El sexo era un fenómeno, como la vida. El género no era sexo. Sexo era apareamiento, pero no el apareamiento de personas masculinas y femeninas. Era el apareamiento de organismos vivos que había dentro de las personas. Papá no encontraba una palabra mejor para las dos cosas que se unían para hacer un bebé, o no quería tomarse la molestia de explicármelo en términos técnicos.
Era suficiente con hablar de «bichitos». Un bichito niña y un bichito varón se apareaban y los porqué y los cómo eran un misterio para casi todos excepto para mi papá. Un bichito niña era un huevo y un bichito varón era esperma, o un pico. Los picos agujereaban a los huevos y el resto era muy sencillo.
Los bichitos eran demasiado selectivos para la mayoría de los genetistas. ¿Por qué sólo parecían querer aparearse con su propia especie? De todas maneras, una vez que un pico agujereaba un huevo, el huevo moría o alojaba al invasor. Era una unión azarosa a nivel microscópico. Papá nunca se elevaba más allá de ese nivel en su vida personal. Al menos, yo creo que no se apareaba con nadie. ¿Cómo fue que me metí en este tema?
Papá se hizo famoso cuando inventó la pista de carrera. En el cuarto de estar. Mucha gente la tenía ya.
Una de mis tareas diarias era limpiar la pista después del almuerzo. La desmantelaba, limpiaba las partes en una palangana con solución antiséptica y las dejaba para que papá volviera a armarla. La pista era un tubo transparente con una incubadora en el centro y dos pequeñas burbujas en los extremos. Todo el aparato medía aproximadamente treinta centímetros.
Mientras volvía a colocar las partes, papá hablaba.
—Piensa en un huevo… ¿crees que no tiene personalidad? Esa muchachita está completa en sí misma, come, elimina, respira, se mueve… y sin duda tiene cierta intención. Su intención es aparearse… es muy fácil para ella. Le encanta. Además, mata a su amante una vez que ha terminado.
Yo sabía todo eso. Papá me lo había contado muchas veces. Sabía que el esperma, o pico, era un suicida y básicamente un violador. Le gustaba el sexo, y no pensaba en otra cosa. Se apareaba o moría… en realidad, prefería matarse en el intento a abandonar. Papá decía que el pico gritaba justo antes de morir. Papá estaba desarrollando un amplificador en miniatura para registrar su sonido. De todos modos, el pico era estúpido, o bien no esperaba que se lo comieran, sólo deseaba lo que deseaba y al diablo con las consecuencias.
En cuanto al huevo, ella tenía un equipo sensorial pobre y sólo reconocía el esperma de su propia especie. Papá quería estudiar ese fenómeno y averiguar por qué ella no quería saber nada con cierto esperma. Pensaba que tal vez era por su olor, o por algún otro motivo tan simple como ése. A menudo ella rechazaba a uno de su propia especie y aceptaba a un absoluto desconocido… por supuesto, papá le había colocado al desconocido un chorro de su invento para que ella lo advirtiera. O lo oliera. O hiciera lo que hacen los huevos. Era mejor hablar de ellos como si fueran hombres y mujeres, porque en realidad, los bichitos eran los únicos verdaderos sexos del mundo. Eran macho y hembra y no había duda al respecto.
Las personas eran tontas. Pensaban que podían saltar a la cama y que no había nada más que eso, pero los bichitos que había en sus cuerpos salían a juntarse, y sólo podía detenerlos un desastre, el mal aliento, el olor corporal, o algo así. A los bichitos no les importaba el control de la población… en sus mundos había mucho espacio libre. Las personas no se daban cuenta de que habían formas de vida dentro de sus cuerpos que podían destruir el planeta.
—Soy un cerdo chauvinista masculino —decía papá—. Lo admito. Eso me dice la mitad de la gente de este mundo. Eso quiere decir que soy como los bichitos que tengo adentro. Deseo lo que deseo cuando lo deseo. No tengo consideración. A las mujeres les pasa lo mismo, son cerdos chauvinistas femeninos. Si no pueden obtener lo que desean les da un ataque. Son extensiones más grandes de los bichitos que llevan adentro. Si todos hemos salido del barro, seguramente no éramos muy grandes en aquellos días húmedos. Sin embargo, ¿quién ganó la carrera al subir por la escalera de la evolución? ¿Quiénes tienen el ambiente contaminado, quiénes se matan entre ellos, quiénes se odian entre ellos? —Papá tamborileó los dedos en la mesa—. Siempre me hago la misma maldita pregunta… ¿qué vino antes, el huevo o la gallina?
Dejó de hablar. Se quedó mirando el techo, perplejo, con el alma dolorida.
Yo miraba la pista. Tenía la forma de un sistema reproductor femenino. Se colocaba un espermatozoide en una de las burbujas en los extremos del tubo y en el otro extremo un óvulo. El fluido los llevaba hasta la incubadora donde debían unirse. A veces no se unían. Eso dependía de cómo se sintiera mi papá. Si se sentía malhumorado o melancólico, colocaba al espermatozoide una gota de su invento —el afrodisíaco— y la unión era frenética. Si se sentía triste o aprensivo, el espermatozoide no recibía tratamiento alguno y el óvulo se mantenía apartado e impenetrable.
Inyectar a un óvulo no producía reacción.
Papá decía que las inyecciones reducían las cualidades indeseables del espermatozoide. Él no sabía cuáles eran. Sospechaba que el óvulo exudaba un fluido mortal que destruía al espermatozoide extraño. Al espermatozoide le convenía tener el aspecto, el olor, el sabor y el sonido adecuado, para que ella no lo matara antes de que cumpliera con su obligación.
El encuentro en la incubadora del laboratorio de papá siempre involucraba a un óvulo y a un espermatozoide de especies diferentes. Una vez, mucho tiempo antes, le pregunté por qué y respondió:
—¿A quién le interesa aparear a un dúo de bichos humanos? Conozco tipos que lo hacen todo el tiempo. A Nate Farrell le gusta. Está en la Universidad. Es profesora en un par de cursos y pasa su tiempo libre quejándose de las leyes de aborto liberalizadas. Sostiene que el feto está vivo en el momento de la concepción. En el subsuelo de su casa pasa el tiempo creando fetos humanos en una pista de carrera. Y una vez que lo ha logrado los arroja al inodoro.
Miré por la placa-visor colocada en la parte superior de nuestra pista de carrera. Los microscopios electrónicos automáticos seguían a un tigre y a un león que avanzaban a toda velocidad por la incubadora. Por supuesto en realidad sólo eran bichitos, pero yo sabía en realidad dónde se habían originado. Papá siempre marcaba a los depositarios con pintura. Uno amarillo era un espermatozoide de tigre, uno rosado era un óvulo de león, etcétera. Yo me los había aprendido a todos de memoria.
El apareamiento de los bichitos del tigre y el león no era nada difícil, de modo que yo sabía que papá se sentía triste ese día. Ese apareamiento podía haber tenido lugar en un zoológico entre dos animales reales. El apareamiento en la pista de carrera entre los bichitos del tigre y el león se daba noventa y nueve veces de cada cien. En un zoológico, esos animales rara vez se apareaban y obtener un hijo de ellos era aún más raro.
La pista estaba sobre una mesa blanca, aproximadamente a la altura de mi pecho. Me incliné sobre la placa-visor y miré la pista. El renacuajo y la bola un poco más grande cayeron en la incubadora, se observaron, lucharon un poco. El renacuajo golpeó con la nariz, la bola lo oprimió y lo entusiasmó, y luego se abrió y él cayó dentro de ella con un grito, después de lo cual ella se lo comió. Podría haber jurado que oí el grito.
Un momento después sonó el teléfono y papá salió a grandes pasos del laboratorio. Nunca atendía el teléfono, pero no quería anularlo y yo sabía por qué. Cuando sonaba el teléfono hablaba el mundo externo… y papá necesitaba oír ese sonido.
Atendí yo.
—Hola.
Lo mismo de siempre. No me oían a causa de mi impedimento para hablar y sólo querían arrancarle la fórmula a papá. La Universidad quería que volviera a su cátedra. A veces le ofrecían dinero por la fórmula, pero no muy a menudo, porque conocían las ofertas exorbitantes que había recibido desde el extranjero.
Yo pensaba que papá no sabía guardar un secreto, creía que había charlado con alguien en la ciudad, durante una de sus excursiones en estado de ebriedad. Su explicación era que ellos habían imaginado solos la respuesta.
—Son idiotas pero no oligofrénicos —dijo—. ¿Cómo puedo enviarles un feto gatiperro vivo en una caja si no sé cómo conseguir un espermatozoide aceptable? Les digo que fue un accidente. Seguro. Luego me piden más y les envío un feto de cruza de gorrión con hámster. Esto no tiene fin. Se enojan porque los híbridos no pueden reproducirse. Finalmente llegan a la conclusión de que estoy haciendo algo que ellos no pueden hacer. Carajo, siempre ha sido así.
Yo no sé si no me decía toda la verdad o simplemente se había olvidado. Esos ladrones podrían haber adivinado que él sabía cómo conseguir un espermatozoide extraño aceptable, pero no era casual que llamaran «afrodisíaco» a la fórmula. Papá le había dado ese nombre porque le divertía. La fórmula no exaltaba el deseo de los bichitos de aparearse. El deseo ya tenía un nivel febril. Papá debe de haber hablado, probablemente con el dueño del bar del pueblo, un soplón de la Universidad colocado allí para obtener información.
A última hora de la tarde papá durmió la siesta y yo leí un libro que ya había leído tres veces. Era sobre una Tierra de un futuro distante, en que la mayor parte de las formas de la vida estaban integradas. El héroe construía una máquina del tiempo y viajaba al pasado, al siglo XXI, cuando el hombre comenzaba a experimentar con las cruzas. Los sujetos experimentales habían sobrevivido principalmente por la ignorancia y los errores de los experimentadores. Al principio se los llamaba «raros». Vivían en comunas y sufrían persecuciones. El héroe del libro estaba tan horrorizado por el odio que recibía del homo sapiens, que escapó a algunos siglos más adelante en el futuro. Allí encontró una situación menos violenta pero de todas maneras muy penosa. Los raros seguían siendo una minoría, pero sus costumbres y hábitos eran amenazantes para la estructura de la sociedad en general. Por ejemplo un homoquino (hombre-caballo) se casó con un homecán (hombre-perro) y se peleaban por el menú. O un homoptil (hombre-serpiente) se casó con un homojaro (hombre-pájaro) y discutían por las horas de sueño y las horas de trabajo. Dentro de ciertas especies era costumbre que el macho se ocupara de los niños —cuando se casaban con desconocidos más convencionales las parejas enamoradas solían pelearse después de que llegaban los bebés—. Entretanto el homo sapiens —lo que quedaba de él— trataba desesperadamente de conservar sus propias tradiciones. Al final del libro el héroe se sentía asqueado ante la humanidad y sus múltiples formas y filosofías. Volvía a su hogar en el futuro, hacía pedazos la máquina del tiempo, hundía sus raíces hasta seis metros debajo de la tierra, velaba su rostro con sus cabellos lacios para que las mujeres no lo importunaran y pasaba sus siguientes cien años meditando.
Me gustaba volver a leer el libro. Me ayudaba a entender mejor a papá. Él no era como los hombres que hacían bombas o bacterias mortales, él conocía su dilema moral. ¿Debía dar al mundo el afrodisíaco o no? Bebía porque sentía una doble condena y odiaba al mundo porque siempre trataba de espiar por sobre su hombro.
Le hablé del libro mientras cenábamos.
—¡Habla! —dijo, mientras miraba su plato con rechazo—. ¿Te acuerdas cómo hablabas cuando eras pequeña? Trata de recrear esos sonidos.
Hablé, charlé, parloteé. Dije que siempre había un héroe en alguna parte, como en el libro. Si un solo ojo objetivo observaba un holocausto, ese holocausto no había ocurrido en vano. En otras palabras, papá debía ceder el afrodisíaco. Las consecuencias se convertirían en una historia mundana. No era lo mismo que arrojar toneladas de botulismo en East River. El fallout de una explosión nuclear era una fractura compuesta del femúr moral. Como una bomba, el afrodisíaco era un fracturador de huesos potencial, pero sólo porque la gente era tímida y poco imaginativa.
—¡Ésa no es forma de hablar! —dijo papá. Una hoja de lechuga desapareció entre sus dientes—. Sabes perfectamente bien que estás hablando en voz muy baja. Es imposible oírte. Tienes todo el derecho a hablar más alto. Usa la laringe y la mente y tu deseo…
Volqué la leche y dije:
—Lo haré cuando rompas todas tus botellas.
Comprendí. Él se preocupaba por cosas como los grupos antiabortos. Todos teníamos un planeta enorme y maravilloso para hacer un estropicio. Otra forma de llamar al mundo sería «ensayo y error».
—No llores —dije—. Eres como todo lo que odias. Te quiero mucho. Y a ti te importa.
—Ven aquí.
Hice un gesto negativo.
Comió una papa hervida.
—Ven aquí.
—No es hora todavía. Nuestra relación familiar la hacemos después de la cena, mientras miramos televisión, cuando la torre está cerrada como una tumba y todos los curiosos se olvidan de ti hasta el otro día.
Más tarde miramos televisión y me hizo sentar sobre su falda.
—Susúrrame algo al oído —dijo—. Lo más fuerte que puedas. Rómpeme el tímpano.
Miré a los cowboys que recorrían la ciudad. Y entretanto aspiré el olor de mi padre. El pelo de su pecho me hacía cosquillas en la nariz. Me acarició las piernas, la espalda, el cabello, me dio un pellizco en la mejilla, apretó su nariz contra la mía y nos miramos a los ojos hasta que me puse bizca.
Era inteligente, pero me transmitía su mentalidad mientras me criaba, me daba demasiado de su sentido común. Me acariciaba para que me acercara a él, deseaba que nuestras almas se encontraran.
—No diré que no puedo —dije—, diré que no puedo. ¿Tiene sentido?
—No dejes que te dañen. Tú puedes ser lo que quieras.
—No quiero ser nada. Sólo quiero ser.
Tomó mi mentón entre sus grandes manos.
—Di «a».
—«A».
—No sólo con la boca. Que el mundo lo oiga.
—A.
—¿Ves mis lágrimas? ¿Te gusta destrozarle el corazón a tu viejo padre?
—Estás borracho.
—Dime algo en voz alta. Grítame.
—Deberías lavarte las orejas con agua y jabón. Son como cuevas de oro sucio.
Me apretó en un abrazo hasta hacerme crujir las costillas. Aullé. Pero sin dejar escapar sonidos.
—Algún día saldremos de esta maldita torre —dijo—. Piensa en eso. Andaremos por la calle principal de la ciudad de Nueva York. De la mano. Cuando todos salgan y digan:
«Doctor Dakis, bienvenidos usted y su hija a este mundo»… Ese día les entregaré el afrodisíaco.
Él creía que yo sufría. Y así era. Dije:
—El día que rompas tus botellas… ese día saldré de aquí contigo. Iré a la televisión, si quieres. Gritaré por un micrófono. Todo el mundo, desde Guam hasta las Islas Vírgenes me oirá. Sólo que tendremos que volver aquí a la torre todas la noches. No es por mí que no hablo. Lo hago por ti. Ellos no me dañan mucho. Pero tú me dañas, todos los días de mi vida. No hablaré porque tú bebes. Bebes porque estás celoso.
Apoyé la cabeza en su hombro.
—No hagas eso —dijo.
Imposible evitarlo. Sentí sueño. Chuparse el dedo. Chupar, chupar, me ayudaba a fantasear. Chupar, Chupar.
Papá trató de apartarme.
—Te arroparé durante la noche, te mantendré calentita, te consolaré.
—Quédate conmigo. —Chupar, chupar. Soñaba… a medias estaba allí, a medias en otro mundo. Uno era tan malo o tan bueno como el otro ya que los dos estaban a prudente distancia. Me sentía cada vez más cómoda. Desde la distancia papá me llamaba. Yo sabía por qué. Era una persona casi perfecta. Su único defecto era ser intolerante.
Alguien llamó, y esa vez fue otro. La voz era mi imaginación, o al menos yo pensaba que lo era. En realidad nunca pregunté.
Papá me abrazaba fuerte. Me desprendí de él. Lo dejé con sus botellas que lo esperaban por todas partes en la torre. Papá, no puedo arreglar esto. Tal vez los dos tendremos que cruzar un puente. Tal vez un día me quedaré contigo por la noche, romperás tus botellas, saldrás afuera otra vez, hablaré hasta marearte, creceremos juntos. Te quiero mucho.
Abrí la puerta en el extremo del corredor, y la cerré detrás de mí. La gran habitación estaba oscura y silenciosa, pero no es un silencio total. Las serpientes me observaban desde sus jaulas, me advertían que no tocara sus puertas. Los cerdos de Guinea pensaban que era de mañana y silbaban pidiendo su desayuno, los perros gemían con la amenaza de la pesadilla, el baboon me echó una maldición por pasar mi mano por sus barrotes.
Me detuve junto a la última jaula, me quité la ropa, abrí la puerta, entré silenciosamente y me acerqué a la casilla del rincón. Levantó los brazos y caí en ellos como una pecadora entra en el Paraíso: agotada y feliz. Me acurruqué en su pecho peludo. Nos besamos una y otra vez. Ella me lamía la cara. Recorrió mi cuerpo sin pelos buscando pulgas inexistentes. Me oprimía con cuidado, para no destruirme. Yo estaba tendida con la mejilla contra el pecho de mi madre, sentía sus poderosos brazos a mi alrededor y dejaba que el mundo se fuera al diablo mientras yo dormía.
FIN
