Una tía me legó un gato de Angora que es ciertamente el animal más estúpido que haya conocido. He aquí lo que mi gato me explicó, una tarde de invierno, frente a las brasas calientes.

1

A la sazón yo contaba dos años, y era con toda seguridad el gato más gordo y más ingenuo que haya existido. A esta tierna edad ostentaba aún la vanidad de un animal que desprecia el calor del hogar. ¡Pero cuán agradecido debía de estar a la Providencia por haberme depositado en casa de su tía! La pobre mujer me adoraba. Tenía en el fondo de un armario un verdadero dormitorio, colchón de pluma y colcha triple. La comida valía tanto como la cama; ni pan, ni sopa, sólo carne, buena carne fresca.

Pues bien, entre todas estas comodidades, sólo tenía un deseo, un sueño, deslizarme por la ventana entreabierta y escaparme por los tejados. Las caricias me parecían pueriles, la suavidad de mi cama me producía náuseas, y estaba tan gordo que sentía asco de mí mismo. Y me aburría durante todo el día a causa de mi felicidad.

Debo confesarle que, estirando el cuello, había visto desde la ventana el tejado de enfrente. Aquel día, cuatro gatos se peleaban allí, con el pelo erizado, la cola en alto, rodando sobre la pizarra azul, al sol del mediodía, con exclamaciones de alegría. Nunca había contemplado un espectáculo tan extraordinario. Desde entonces, mi convencimiento fue total. La verdadera felicidad se encontraba sobre aquel tejado, tras la ventana que cerraban tan cuidadosamente. Me lo confirmaba el hecho de que así es como cierran las puertas de los armarios tras las que esconden la carne.

Demoraba el proyecto de huir. En la vida tenía que existir algo más que la carne fresca. Aquello consistía, sin duda, en lo desconocido, el ideal. Un día se olvidaron de cerrar la ventana de la cocina. Salté sobre un pequeño tejado que había debajo.

2

¡Qué hermosos eran los tejados! Los bordeaban anchos canalones que exhalaban deliciosos aromas. Recorrí voluptuosamente estos canalones, donde mis patas se hundían en un barro ligero, de tibieza y suavidad infinitas. Me parecía andar sobre terciopelo. Y hacía mucho calor al sol, un calor que fundía mi grasa. No le ocultaré que todo mi cuerpo temblaba. Mi alegría estaba también teñida de miedo. Recuerdo sobre todo una terrible emoción que estuvo a punto de hacerme caer de cabeza sobre el asfalto. Tres gatos, que procedían de la techumbre de una casa, se dirigieron hacia mí, maullando espantosamente. Y como yo desfallecía, me trataron de gordinflón, me dijeron que maullaban para reírse. Empecé a maullar con ellos. Era agradable. Los tipos no tenían mi estúpida grasa. Se burlaban de mí cuando yo resbalaba como una bola sobre las placas de zinc, recalentadas por el sol de mediodía. Un viejo gato callejero de la banda me adoptó especialmente como amigo. Se ofreció a dirigir mi educación, cosa que acepté con agradecimiento.

¡Ah, qué lejos quedaban los menudos de su tía! Bebí de los canalones un líquido mucho más dulce de lo que nunca me había parecido la leche de su tía. Todo me pareció bueno y hermoso. Pasó una gata, una encantadora gata cuya visión me llenó de una emoción desconocida. Sólo mis sueños me habían hablado hasta entonces de esas exquisitas criaturas cuya espina dorsal muestra una flexibilidad adorable. Nos precipitamos al encuentro de la recién llegada. Me adelanté a los demás, iba a cortejar a la encantadora gata cuando uno de mis camaradas me mordió cruelmente en el cuello. Lancé un grito de dolor.

—Bah —me dijo mi amigo viejo, apartándome—, ya verá usted muchas otras.

3

Al cabo de una hora de paseo, sentí un apetito feroz.

—¿Qué se come en los tejados? —pregunté a mi amigo, el viejo vagabundo.

—Lo que se encuentra —me contestó doctamente.

Esta respuesta me azoró, ya que por mucho que buscaba no encontraba nada. Finalmente divisé en una buhardilla a una joven obrera que preparaba su comida. Sobre la mesa, bajo la ventana, reposaba una hermosa costilla, de un rojo apetitoso.

—Esto es lo que me conviene —pensé con toda ingenuidad.

Y salté sobre la mesa, tomando la costilla. Pero la obrera, al verme, me asestó un terrible escobazo en la espina dorsal. Solté la carne, y escapé lanzando una blasfemia espantosa.

—¿Eres de pueblo o qué? —me dijo el gato—. La carne que está sobre las mesas está hecha para ser deseada de lejos. Hay que buscar en los canalones.

Nunca pude entender que la carne de las cocinas no perteneciese a los gatos. Mi barriga empezaba a hacerme serios reproches. Mi amigo acabó de desesperarme al decir que teníamos que esperar hasta la noche. Entonces bajaríamos a la calle y buscaríamos en los cubos de basura. ¡Esperar hasta la noche! Lo decía tranquilamente, con aire de filósofo curtido. Por mi parte, me sentía desfallecer sólo con pensar en un ayuno tan prolongado.

4

La noche llegó lentamente, una noche de niebla que me heló. Pronto empezó a llover, una lluvia fina, penetrante, azotada por bruscas ráfagas de viento. Descendimos por el ventanal de una escalera. ¡Qué fea me pareció la calle! Había desaparecido aquel calor tan agradable; el ancho sol, los tejados blancos de luz donde te podías repantingar deliciosamente. La grasa del asfalto hacía que mis patas resbalasen. Recordé con amargura mi colcha triple y mi colchón de pluma.

Apenas habíamos llegado a la calle cuando mi amigo, el viejo vagabundo, se puso a temblar. Se redujo tanto como pudo, y corrió con audacia a lo largo de las casas, diciéndome que lo siguiera con rapidez. Cuando encontró una puerta cochera, se refugió a toda prisa, dejando escapar un suspiro de alivio. Al interrogarlo acerca de aquella fuga:

—¿Ha visto aquel hombre que llevaba un canasto y un gancho? —me preguntó.

—Sí.

—Pues bien, si nos hubiera visto nos habría matado y comido asados.

—¡Asados! —exclamé—. ¿Pero entonces la calle no es nuestra? ¡En vez de comer, nos comen!

5

Entre tanto habían sacado la basura delante de las puertas. Hurgué los montones con desesperación. Encontré dos o tres huesos escuálidos, que habían sido arrojados a las cenizas. Entonces comprendí cuán suculentos eran los menudos de su tía. Mi amigo, el viejo gato, rascaba artísticamente la basura. Me hizo correr hasta la mañana, explorando cada adoquín, sin apresurarse en absoluto. Durante casi diez horas estuve sometido a la lluvia, todos mis miembros tiritaban. ¡Maldita calle, maldita libertad, cómo añoraba mi cárcel! Al llegar el día, el viejo gato, al ver que yo vacilaba:

—¿Ya tiene usted bastante? —me preguntó con aire extraño.

—¿Quiere volver a casa?

—Ciertamente, pero ¿cómo encontrarla?

—Venga. Esta mañana, al verlo salir, me di cuenta de que un gato gordo como usted no estaba hecho para las ásperas alegrías de la libertad. Conozco su domicilio, voy a acompañarlo hasta la puerta.

Aquel digno gato decía esto con sencillez. Cuando hubimos llegado:

—Adiós —me dijo, sin exteriorizar la menor emoción.

—No —grité yo—, no nos separaremos así. Vendrá usted conmigo. Compartiremos la cama y la carne. Mi dueña es una buena mujer…

Él no me dejó acabar.

—Cállese —dijo bruscamente—, usted es tonto. Me moriría en su cálido hogar. Su vida holgada es buena para los gatos bastardos. Los gatos libres nunca comprarían su colchón de pluma y sus menudos al precio de una cárcel… Adiós.

Y volvió a subir a los tejados. Vi su gran silueta delgada estremecerse de placer con las caricias del sol naciente.

Cuando volví, su tía tomó el sacudidor y me administró un castigo que recibí con profunda alegría. Saboreé intensamente la voluptuosidad de tener calor y de ser castigado. Mientras ella me pegaba, yo imaginaba con delicia la carne que me iba a dar después.

—Ya lo ve usted —concluyó mi gato, estirándose frente al hogar— la verdadera felicidad, el paraíso, mi querido dueño, consiste en ser encerrado y castigado en una habitación donde haya carne. Me refiero a los gatos.

© Émile Zola: Le paradis des chats (El paraíso de los gatos). Publicado en Nouveaux contes à Ninon, 1874. Traducción de Mónica Maragall.

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