Sócrates, el hijo de la partera, que con sus diálogos ayudaba a sus amigos a parir con facilidad y entre bromas pensamientos bien formados, dotándoles así de hijos propios en lugar de adjudicarles bastardos como harían otros maestros, estaba considerado no sólo como el más inteligente de los griegos, sino también como uno de los más valientes. Su fama de hombre valeroso nos parece totalmente justificada cuando leemos, en Platón, con qué presencia de ánimo y decisión apuró el maestro la copa de cicuta que le fue ofrecida en nombre de las autoridades como reconocimiento por los servicios prestados a sus conciudadanos. Mas algunos de sus admiradores han considerado necesario hablar también de su valor en el campo de batalla. Efectivamente, Sócrates participó en la batalla de Delium y lo hizo como soldado de la infantería ligera, ya que ni por su calidad —era zapatero— ni por sus ingresos —era filósofo— podía permitirse el lujo de servir en las armas más nobles. Sin embargo, como es de suponer, su valor era de naturaleza muy especial.

La mañana de la batalla, y antes de que ésta comenzara, Sócrates se había preparado lo mejor posible masticando cebolla, lo que, en opinión de los soldados, infundía valor a un combatiente. Su escepticismo en muchos terrenos le predisponía a la credulidad en otros muchos; estaba en contra de la especulación y a favor de la experiencia práctica, de modo que no creía en los dioses, pero sí en la cebolla. Por desgracia, el tubérculo no le había hecho ningún efecto, al menos inmediato, y Sócrates trotaba ahora, con gesto sombrío, en medio de una sección de hoplitas que se dirigían, en fila de a uno, a tomar posición en algún rastrojo. Detrás y delante de él marchaban con paso vacilante jóvenes de los arrabales de Atenas, que le llamaron la atención sobre el hecho de que los escudos de las armerías atenienses eran demasiado pequeños para proteger a soldados tan gordos como él. A Sócrates ya se le había ocurrido aquello, pues se había fijado en soldados muy anchos de hombros a los que aquellos escudos tan ridículamente estrechos sólo cubrían a medias. El intercambio de puntos de vista entre sus compañeros de fila, el que le precedía y el que le seguía, sobre las ganancias que obtenían los grandes fabricantes de armas confeccionando aquellos escudos tan pequeños, fue interrumpido por la orden de «¡Alto, ocupad las posiciones! »

Los infantes se sentaron en el rastrojo, y un capitán sermoneó a Sócrates por pretender hacerlo sobre el escudo. Más que la reprimenda en sí, le intranquilizó el tono de voz, apagado, empleado por el oficial. Debía de suponerse al enemigo cerca.

La visibilidad era prácticamente nula debido a la lechosa niebla matinal. Sin embargo, el rumor de pasos y el ruido metálico de armas indicaban que la llanura estaba ocupada. Sócrates recordó desazonado una conversación que había mantenido la noche anterior con un noble joven, oficial de caballería, al que había conocido, algún tiempo atrás, entre los bastidores de un teatro.

—¡Un plan maestro! —le había explicado el mozalbete—. La infantería no debe moverse de su sitio, sino que habrá de resistir a pie firme el embate del enemigo. Mientras tanto, la caballería avanza por la hondonada y ataca a aquél por la retaguardia.

La hondonada debía de estar bastante lejos, hacia la derecha, perdida entre la niebla. Y allí la caballería se encontraría dispuesta ya para el ataque.

El plan le había parecido bueno, o, por lo menos, no del todo malo. Siempre se trazan planes, sobre todo cuando se es menos fuerte que el enemigo; pero cuando llega la hora de la verdad, uno se olvida de todo y comienza a dar golpes a diestro y siniestro. Una cosa es, en efecto, el plan y otra lo que te deja hacer el enemigo.

Ahora, en la claridad gris de la mañana, a Sócrates le parecía aquel plan sencillamente repugnante. ¿Qué significaba eso de que la infantería debía aguantar el embate del enemigo? Lo normal era alegrarse cuando se evitaba algún choque; ahora, sin embargo, el arte consistía precisamente en encajar el golpe. ¡Era una lástima que el general fuese de caballería! Seguramente no había en todo el mercado tantas cebollas como necesitaba un soldado de a pie en una ocasión como aquélla.

¡Y qué poco natural resultaba estar allí, a horas tan tempranas de la mañana sentado en pleno campo de batalla, con diez o más libras de hierro sobre el cuerpo y un cuchillo de carnicero en la mano, en lugar de reposar tranquilamente en la cama! Era justo que se defendiese a la ciudad en caso de ataque, pues uno se exponía, si no, a todo tipo de contrariedades, mas ¿por qué era atacada la ciudad? Porque los armadores, viñeros y comerciantes de esclavos establecidos en el Asia Menor habían hostigado a los armadores, viñeros y comerciantes de esclavos persas. ¡Vaya un motivo!

De pronto, todos los infantes se quedaron helados. Por la izquierda surgió de la niebla un sordo vocerío, acompañado de sonidos metálicos, que se propagó rápidamente. El ataque del enemigo había comenzado.

La sección se puso en pie. Todos escrutaban la niebla con ojos desorbitados. A diez pasos de Sócrates, un hombre se hincó de rodillas para invocar, balbuciente, a los dioses. «Demasiado tarde», pensó el filósofo.

De repente, como en respuesta, se oyó un terrible bramido más a la derecha. El grito de socorro parecía haberse convertido en grito agónico. Sócrates vio salir de la niebla una pequeña barra metálica. ¡Un dardo!

Por fin aparecieron, desdibujadas por la bruma, las poderosas siluetas de los atacantes.

Abrumado por la sensación de haber esperado tal vez demasiado, Sócrates se volvió torpemente y echó a correr. La coraza y las pesadas espinilleras dificultaban sus movimientos. Eran mucho más peligrosas que un escudo, pues no era fácil desprenderse de ellas.

El filósofo corría, jadeante, por el rastrojo. Todo dependía de que pudiera sacarles suficiente ventaja. Confiaba en que los bravos muchachos que había dejado atrás aguantasen al enemigo el tiempo necesario. De pronto, un dolor infernal le atravesó de parte a parte. La planta del pie izquierdo parecía arderle: tanto, que durante un instante creyó no poder resistirlo. Sócrates se dejó caer al suelo con un gemido, pero volvió a levantarse lanzando un nuevo grito de dolor. Con ojos extraviados miró a su alrededor y se dio cuenta de lo que ocurría: ¡se había metido en un zarzal! Estaba completamente rodeado de setos erizados de agudas espinas. Una de ellas debía de habérsele clavado en la planta del pie. Con los ojos empañados por las lágrimas buscó, cauteloso, un lugar donde poder sentarse. Dio un par de vueltas a la pata coja antes de dejarse caer por segunda vez. Tenía que arrancarse la espina inmediatamente.

Prestó atención al fragor del combate: parecía propagarse por ambos lados, pero debía de estar a unos cien pasos de él. Sin embargo, se acercaba lenta y perceptiblemente.

Sócrates no podía quitarse la sandalia. La espina había atravesado la fina suela de cuero y había penetrado profundamente en la carne. ¡Cómo era posible que un soldado defendiera a su patria con semejante calzado! Cada tirón que daba a la sandalia le producía un dolor agudísimo. Completamente agotado, Sócrates se hundió de hombros. ¿Qué hacer? Su afligida mirada cayó entonces sobre la espada que había junto a él. Una idea iluminó su mente, y nunca una ocurrencia surgida en un diálogo fuera por él tan bien acogida como aquélla. ¿Podría utilizarse la espada a guisa de cuchillo?

En el preciso instante en que Sócrates echaba mano del arma, oyó un ruido sordo de pisadas. De entre la maleza surgió un grupo de soldados. ¡Gracias a los dioses que eran de los suyos! Al verle, aquéllos detuvieron la marcha un instante.

—Es el zapatero —les oyó decir. Después continuaron su camino.

Pero ahora se oían también ruidos por la izquierda, y voces de mando en un idioma extraño. ¡Eran los persas! Sócrates intentó ponerse de pie. Se apoyó en la espada, que le resultaba un poco corta, sólo un poco. Entonces vio surgir por la izquierda, en un pequeño claro, a un grupo de soldados que luchaban entre sí. Oyó gemidos y ruido de metal romo contra metal o contra cuero. Desesperado, retrocedió saltando sobre el pie sano. Al tratar de apoyar el pie herido en tierra volvió a estremecerse de dolor y se desplomó, gimiendo. Los combatientes, que no eran muchos —se podían calcular unos veinte o treinta hombres—, llegaron por fin a pocos pasos del filósofo. Éste seguía sentado en el suelo, entre dos zarzas, contemplando indefenso al enemigo.

No podía moverse. Todo era preferible a volver a sentir en el pie aquel espantoso dolor. No sabía qué hacer, y de pronto empezó a bramar. Para ser más exactos, diremos que se oyó bramar a sí mismo. Oyó cómo de su poderosa caja torácica salía, como por una trompa, un profundo rugido:

—¡Aquí, mi tercera sección! ¡Muchachos, dadles su merecido!

Y simultáneamente se sorprendió a sí mismo echando mano de la espada y blandiéndola en remolino para defenderse de un soldado persa que, armado con una jabalina, acababa de surgir de entre la maleza. El arma salió proyectada lateralmente y arrastrando al hombre tras de sí.

Sócrates se oyó a sí mismo rugir por segunda vez:

—No retrocedáis ni un ápice, hijos míos. ¡Ya los tenemos donde queríamos a esos hijos de perra! ¡Krapolos, adelante con el sexto! ¡Nullos, hacia la derecha! ¡Haré picadillo al primero que vea dar un paso atrás!

Con sorpresa, Sócrates vio junto a él a dos de los suyos, que le miraban aterrados.

—¡Rugid! —le dijo en voz baja—, ¡rugid, por amor de Dios!

A uno de los dos hombres, presa del espanto, se le desencajó la mandíbula, pero el otro comenzó efectivamente a soltar bramidos. El persa que tenían delante se levantó con movimientos torpes para perderse al punto entre la maleza.

Del calvero llegó trastabillando un pequeño grupo de soldados griegos que parecían completamente agotados. Los persas habían huido atemorizados por el vocerío, pues temían una celada.

—¿Qué ocurre aquí? —preguntó a Sócrates, que seguía sentado en el suelo, uno de sus compatriotas.

—Nada —respondió aquél—. No os quedéis ahí mirándome alelados. Corred de un lado para otro y fingid que dais órdenes, no vayan a averiguar qué pocos somos.

—Mejor sería que retrocediéramos —propuso otro hombre, vacilante.

—No cedáis un ápice —protestó Sócrates—. ¿Sois acaso gallinas?

Y como quiera que a un soldado no le basta con tener miedo, sino que también necesita suerte, de pronto se oyó, a bastante distancia, aunque con absoluta nitidez, un galope de caballos acompañado de gran griterío. ¡Esta vez los gritos sí eran proferidos en griego! Todo el mundo sabe que la derrota de aquel día que sufrieron los persas fue para ellos desastrosa. Con ella acabó la guerra.

Cuando Alcibíades llegó al zarzal a la cabeza de la caballería, pudo ver cómo un pelotón de soldados de infantería llevaban a hombros a uno de los suyos, un tipo muy gordo.

Detuvo el general su caballo y reconoció a Sócrates. Los soldados le contaron cómo aquel hombre había conseguido, con su inquebrantable resistencia, infundir ánimo a sus camaradas en el momento en que éstos comenzaban a flaquear.

Los soldados condujeron a Sócrates triunfalmente hasta donde estaba la cohorte. Luego, haciendo caso omiso de sus protestas, le sentaron encima de uno de los carros de forraje. Así regresó el filósofo a la ciudad, rodeado de soldados sudorosos y vociferantes.

Sus compañeros le llevaron a hombros hasta su modesta casa.

Allí, su esposa, Jantipa, le preparó una sopa de judías. Arrodillada frente al fogón, soplando la lumbre a dos carrillos, la mujer le lanzaba de cuando en cuando una ojeada. Sócrates no se había movido de la silla en que le habían sentado sus camaradas.

—¿Qué te ha ocurrido?

—¿A mí? —murmuró—. Nada.

—¿Qué es entonces eso que cuentan de tus hazañas? —inquirió Jantipa.

—Exageraciones —respondió Sócrates—. ¡Qué bien huele esa sopa!

—¿Cómo va a oler, si todavía no he encendido el fuego? Seguro que has vuelto a hacer de tus payasadas —dijo la mujer, encolerizada—. Mañana seré el hazmerreír de todo el mundo cuando vaya a por pan.

—No he hecho ninguna payasada. Me he peleado.

—¿Es que estabas borracho?

—No. Conseguí que resistieran cuando ya iban a retroceder.

—¿Cómo vas a hacer que nadie resista, si ya no eres capaz de resistir tú mismo? —exclamó Jantipa, mientras se levantaba, pues la leña había comenzado a arder—. Alcánzame el salero que está encima de la mesa.

—No sé —dijo Sócrates con voz pausada y como pensativo—, tal vez sea mejor que no tome nada. Tengo el estómago un poco revuelto.

—Ya lo decía yo. Estás borracho. Intenta ponerte de pie, y anda un poco por la habitación, que yo vea si es o no cierto lo que digo.

La injusta incomprensión de Jantipa le exasperaba, mas de ningún modo quería ponerse de pie y mostrarle que no podía andar. Su mujer era tremendamente astuta cuando se trataba de descubrir en él algún punto desfavorable. Y no le favorecía ciertamente el que se descubriera el verdadero motivo de su firmeza durante la batalla.

Mientras se ocupaba del caldero que había puesto al fuego, Jantipa le comunicó sus sospechas:

—Estoy convencida de que tus distinguidos amigos te consiguieron un puesto seguro en la retaguardia, probablemente en la cocina. Debieron de recomendarte bien.

Sócrates miró afligido la calle a través del ventanuco y vio cómo la gente iba de un lado para otro con linternas blancas. Todo el mundo celebraba la victoria. Sus distinguidos amigos no le habían buscado un puesto en la retaguardia, y aunque lo hubieran hecho, él no habría aceptado, al menos en principio.

—¿O es que les pareció lógico y natural que el zapatero marchara a la guerra como un simple soldado? Ni un dedo han movido por ti. Es zapatero, se dirán unos a otros, y zapatero será toda la vida. Cómo, si no, podíamos ir a verle a su pocilga y pasarnos charlando horas y horas con él para después oír cómo todos dicen: mirad, aunque sea zapatero, va a verle mucha gente distinguida, que se sienta a su lado a hablar de «filersofía». ¡Chusma de mierda!

—Se dice filerfobia —apuntó Sócrates con indiferencia.

Jantipa le lanzó una mirada hostil.

—Siempre me estás corrigiendo. Ya sé que soy una ignorante. Mas ¿quién si no te iba a traer de vez en cuando un cubo de agua para que pudieras lavarte los pies?

Sócrates se estremeció al oír eso y confió en que Jantipa no se hubiera percatado de lo que pasaba. Había que evitar a toda costa el pedilunio. Gracias a los dioses, la mujer prosiguió su retahíla:

—¿Así que ni estabas borracho ni tus amigos te consiguieron un puesto seguro en la retaguardia? Eso significa que te has portado como un carnicero. Tienes las manos ensangrentadas, ¿eh? Y, sin embargo, cuando se me ocurre pisar una araña, tú te pones como loco. No pienses que me chupo el dedo y me voy a creer lo de tu hazaña. Sin embargo, alguna astucia tienes que haber hecho para que ahora vengan a darte palmaditas en la espalda. Pero ya te sacaré la verdad; de eso puedes estar seguro.

La sopa estaba ya lista. Su olor era realmente seductor. La mujer retiró el caldero del fuego, y utilizando, para no quemarse los dedos, la tela del vestido a guisa de paño, lo colocó sobre la mesa y empezó a servir la sopa. Sócrates pensó si no le convenía recuperar su apetito. La idea de tener que aproximarse a la mesa lo contuvo a tiempo.

Se encontraba a disgusto. Sentía claramente que la cosa no había acabado aún. Estaba seguro de que le aguardaban momentos muy desagradables. Imposible que dejaran en paz a alguien que había decidido una batalla contra los persas. Ahora, en los primeros momentos de júbilo tras la victoria, era natural que no se pensase en aquel a quien debían el triunfo. Todo el mundo estaba más que ocupado en pregonar sus propias hazañas. Pero mañana o pasado mañana, cada cual vería al colega adjudicarse todo el mérito, y sería entonces cuando todos distinguirían a Sócrates. Muchos proclamarían al zapatero como el auténtico héroe de la jornada para fastidiar a otros. A Alcibíades, por ejemplo, más de uno le guardaba rencor. Con malévolo placer se le echaría en cara el hecho de que hubiese sido un simple zapatero el verdadero artífice del triunfo.

Pero la espina le dolía más que nunca. Si no se quitaba pronto la sandalia, tal vez se le produjese un envenenamiento de sangre.

—No hagas tanto ruido al comer —dijo distraído.

La mujer se quedó con la cuchara en la boca, como paralizada.

—¿Qué pasa?

—Nada —se apresuró a asegurar el marido, atemorizado—. Estaba pensando.

Jantipa se levantó, fuera de sí de cólera, volvió a colocar el caldero en el fogón y salió precipitadamente de la habitación.

Sócrates lanzó un profundo suspiro de alivio. Se levantó como pudo de la silla y se dirigió a la pata coja hasta su lecho, no sin volver más de una vez el rostro, por si aparecía su mujer. Jantipa entró otra vez para recoger el chal y miró con recelo al marido, que yacía inmóvil en su hamaca de cuero. Por un instante la mujer pensó que debía de pasarle algo, después de todo. Y estuvo a punto de preguntarle qué tenía, pues en el fondo le era muy adicta. Sin embargo, lo pensó dos veces y salió con gesto hosco de la habitación dispuesta a asistir a las celebraciones en compañía de una amiga.

Sócrates tuvo un sueño intranquilo y se despertó preocupado. Se había quitado por fin la sandalia, pero no lograba sacarse la espina. Tenía el pie muy hinchado.

Al día siguiente, la mujer amaneció menos hostil. Aquella noche había oído hablar a toda la ciudad de su marido. Realmente, tenía que haber pasado algo para que la gente estuviese tan impresionada. No le cabía en la cabeza, sin embargo, que su marido hubiese logrado detener a toda una sección del enemigo. Él era incapaz de algo semejante. Hacer frente con sus preguntas a toda una concurrencia, sí, eso sí. Pero a una sección de soldados, ¡imposible! ¿Qué había ocurrido, pues?

Estaba tan desconcertada, que le llevó la leche de cabra a la cama. Sócrates no hacía ademán de levantarse.

—¿Es que no quieres salir? —preguntó Jantipa.

—No tengo ganas —gruñó su marido.

Aquélla no era manera de responder a una esposa solícita, pero Jantipa pensó que tal vez su marido no quisiera exponerse a las miradas de la gente, por lo que dejó pasar la ofensiva respuesta.

Aquella misma mañana llegó la primera visita: un par de jóvenes, de familia acomodada, como los que formaban el círculo habitual del filósofo. Le trataban siempre como a su maestro, y algunos incluso anotaban lo que él decía como si fuera algo muy especial.

Los jóvenes visitantes se apresuraron a informarle de que en Atenas no se hablaba más que de su hazaña. Aquélla era, según ellos, una fecha histórica para la filosofía (luego Jantipa tenía razón; se decía en realidad «filersofía»). Sócrates había demostrado, en efecto, que un gran espíritu contemplativo podía ser al mismo tiempo un gran hombre de acción.

Sócrates les prestó oído atento; parecía haber renunciado a su habitual dicacidad. Mientras los jóvenes hablaban, parecíale escuchar a lo lejos, como se escucha el rumor de una tormenta, una especie de enorme carcajada, la carcajada de toda una ciudad, de todo un país. Y aquella carcajada, lejana aún, se iba, sin embargo, aproximando por momentos, sin pausa, y todo el mundo se sentía de pronto contagiado por la risa: los transeúntes que circulaban por la calle, los comerciantes y los políticos en el mercado, los artesanos en sus pequeños talleres.

—No estáis diciendo más que tonterías —exclamó el filósofo con súbita determinación—. Yo no he hecho nada.

Los jóvenes se miraron sonrientes. Luego, uno de ellos exclamó:

—¡Exactamente lo que dijimos! Sabíamos que te lo ibas a tomar así. ¿A qué viene de pronto todo este griterío?, preguntamos a Eusópulo frente al gimnasio. Hace diez años que Sócrates lleva a cabo las mayores hazañas intelectuales y, sin embargo, nadie se había vuelto a mirarle. Ahora gana una batalla, y toda Atenas habla de él. ¿Es que no comprendéis, preguntamos, cuán vergonzoso es todo eso?

Sócrates lanzó un gemido.

—Pero si yo no he ganado esa batalla. Me limité a defenderme cuando me atacaron. Esa batalla no me interesaba. Ni soy armero, ni poseo viñedos en la comarca. No tengo, pues, motivos para luchar. Mis compañeros de armas eran gente sensata de los arrabales de Atenas, gente que no tiene interés alguno en que haya guerra. Yo hice lo mismo que hicieron ellos; si es acaso, me anticipé a mis compañeros. Es todo.

Los dos jóvenes se quedaron como anonadados.

—¡Pero si eso es exactamente lo que dijimos! —exclamaron—. Él no ha hecho más que defenderse. Es su manera particular de ganar batallas. Permítenos que regresemos sin demora al gimnasio. Interrumpimos un debate sobre este tema sólo para venir a saludarte.

Y se alejaron, voluptuosamente enfrascados en una discusión.

Sócrates se quedó silencioso en su hamaca. Apoyado sobre ambos codos, miraba al techo ennegrecido de hollín. No se había equivocado en sus sombrías predicciones.

Su mujer le observaba desde un ángulo de la habitación, mientras zurcía con movimientos casi mecánicos su vieja falda.

De pronto, Jantipa preguntó en voz queda:

—Bueno, ¿qué hay detrás de todo esto?

Sócrates se sobresaltó. Miró, vacilante, a su esposa.

Era ésta una mujer gastada por el trabajo, con el pecho que parecía una plancha y los ojos muy tristes. Sabía que podía confiar en ella. Jantipa le serviría de báculo cuando hasta sus mismos discípulos dijeran de él: «¿Sócrates? ¿No es ese remendón que niega a los dioses?» Le había tocado en suerte a la mujer un mal marido, mas ella a nadie se quejaba, si no era a él. Por otro lado, no había pasado un solo día sin que, al regresar hambriento por la noche de casa de alguno de sus ricos discípulos, Sócrates se hubiese encontrado sin su pedazo de pan y su trozo de tocino esperándole encima de la mesa.

Se preguntó si no sería mejor contárselo todo. Pero luego pensó que muy pronto iba a verse obligado a fingir y contar todo tipo de mentiras en su presencia cada vez que la gente viniera a verle para hablar con él de sus hazañas, igual que acababan de hacer los dos muchachos, y que todo eso le resultaría imposible, estando ella al tanto de la verdad, pues la estimaba.

Dejó, pues, las cosas como estaban y se limitó a decir:

—Esta habitación apesta a la sopa de judías de anoche.

La mujer le dirigió una mirada llena de recelo.

Naturalmente, su situación no les permitía tirar la comida. Él trataba solamente de distraer su atención. Jantipa estaba cada vez más convencida de que algo le pasaba a su marido. ¿Por qué no se levantaba de una vez? Es verdad que siempre se le pegaban las sábanas por la mañana, pero eso se debía a que también se acostaba tarde. Anoche lo había hecho muy temprano. Y hoy toda la ciudad estaba en pie festejando el triunfo. Las tiendas no habían abierto. Una parte de la caballería había regresado a las cinco de la madrugada después de perseguir al enemigo: todos habían podido oír el ruido de los cascos. Jantipa sabía que a su marido le apasionaban las concentraciones humanas. Cada vez que se producía alguna de esas concentraciones, Sócrates se pasaba todo el día en la calle, entablando conversación con todo el mundo. ¿Por qué hoy no se levantaba?

El vano de la puerta se oscureció de pronto, y cuatro magistrados entraron en la habitación. Se detuvieron en el centro de la misma, y uno de ellos dijo en un tono rutinario, si bien cordial, que tenía la misión de conducir a Sócrates al Areópago. El propio general Alcibíades había dispuesto que se le tributaran honores por su hazaña guerrera.

Un fuerte murmullo procedente de la calle indicaba que los vecinos se estaban concentrando frente a la casa.

Sócrates sintió que le bañaba un sudor frío. Sabía que no le quedaba más remedio que levantarse, y aunque rechazara la invitación que se le hacía, tendría por lo menos que decir algo amable y acompañar a aquella gente hasta la puerta. Entonces se fijarían en su pie e inmediatamente se enterarían de todo.

En lugar de levantarse, Sócrates se dejó caer otra vez sobre la dura almohada y dijo malhumorado:

—No necesito honores. Decid al Areópago que estoy citado con unos amigos a las once para debatir una cuestión filosófica que nos interesa muchísimo y que, lamentándolo mucho, no puedo acudir. Esos actos públicos me sacan de quicio, y además estoy muy fatigado.

Añadió esto último porque le fastidiaba haber mentado la filosofía, y dijo aquello de los honores al principio porque esperaba poder deshacerse con mayor facilidad de sus visitantes mostrándose grosero.

Los magistrados comprendieron perfectamente y, girando sobre sus talones, salieron de la casa, atropellando al pueblo reunido fuera.

—Ya te enseñarán a ser cortés con las autoridades —comentó enojada Jantipa, y se dirigió hacia la cocina.

Sócrates esperó a que saliera su mujer; luego, dándose la vuelta lo más de prisa que pudo, se sentó al borde de la cama sin apartar ni un momento los ojos de la puerta. Acto seguido trató, con toda precaución, de apoyar el pie enfermo en el suelo. No había nada que hacer. Empapado en sudor, volvió a tenderse en la hamaca. Transcurrió media hora. Sócrates tomó un libro y se puso a leer. Cuando no movía el pie, apenas sentía nada.

Entonces se presentó su amigo Antístenes.

Sin quitarse el manto, Antístenes se quedó al pie de la cama, tosiendo convulsivamente y rascándose la hirsuta barba por la parte del cuello mientras observaba a Sócrates.

—¿Todavía estás entre sábanas? Creí que sólo encontraría a Jantipa. En realidad, si me levanté de la cama fue para interesarme por tu salud. Ayer estaba muy resfriado; por eso no me uní a vosotros.

—Siéntate —dijo Sócrates lacónico.

Antístenes cogió una silla del rincón y se sentó junto a su amigo.

—Esta misma noche reanudaré las lecciones. No veo motivo para prolongar este paréntesis.

—No.

—Claro que me pregunto si vendrán. Hoy se celebran grandes festines. En el camino hacia tu casa me topé con el joven Pheston, y cuando le dije que esta noche daba mi lección de álgebra, se mostró muy entusiasmado. Le expliqué que podía venir con Casio. Protágoras y compañía se pondrán furiosos cuando se enteren de que Antístenes dictó su lección de álgebra al día siguiente de la batalla.

—¿Te encontraste con alguien más?

—Sí, con mucha gente.

Sócrates miró al techo con un gesto de mal humor. ¿Debía confesarle a Antístenes toda la verdad? Tenía bastante confianza en su amigo. Él mismo nunca había aceptado dinero a cambio de sus lecciones, de modo que no representaba competencia alguna para Antístenes. Tal vez fuera conveniente exponerle aquel caso tan enrevesado. Lleno de curiosidad miró Antístenes a su amigo con sus relucientes ojos de grillo y le dijo:

—Gorgias anda contando por ahí que seguramente trataste de huir del enemigo y que en el apuro te equivocaste de dirección y en lugar de retroceder avanzaste. Un par de muchachos de buena familia han prometido darle su merecido por haber dicho eso.

Sócrates le miró desagradablemente sorprendido.

—¡Qué disparate! —comentó enojado.

De repente comprendió qué arma les daba a sus enemigos si se descubría ante ellos. Aquella noche, ya hacia la madrugada, se le había ocurrido la idea de fingir que todo había sido un experimento destinado a comprobar hasta dónde podía llegar la credulidad de la gente. «Llevo veinte años predicando el pacifismo por toda la ciudad, y un simple rumor ha bastado para que mis propios discípulos me consideren un furibundo guerrero», etc., etc. Pero para eso habría hecho falta que se perdiera la batalla. Evidentemente, no resultaba oportuno ponerse a hablar ahora de pacifismo. Después de una derrota, hasta los jefes se convertían —por algún tiempo— en pacifistas; después de un triunfo, incluso los últimos ciudadanos se declaraban partidarios incondicionales de la guerra, por lo menos hasta que se daban cuenta de que para ellos victoria o derrota eran casi una misma cosa. No, evidentemente no podía esgrimir como arma el pacifismo.

Desde la calle llegó un ruido de cascos. Un grupo de jinetes se detuvo ante la puerta, y el propio Alcibíades entró en la habitación con paso alado.

—Buenos días, Antístenes. ¿Cómo anda el negocio de la filosofía? —preguntó con voz radiante. Y, dirigiéndose al hombre tendido en el lecho—: En el Areópago están furiosos con tu respuesta, Sócrates. Para gastarles una broma, propuse que en lugar de concedérsete los laureles se te propinaran cincuenta azotes. Naturalmente, eso les molestó, pues era exactamente lo que ellos debían de estar pensando. Mas insisto en que debes venir. Iremos juntos los dos, a pie.

Sócrates suspiró. Se llevaba muy bien con el joven Alcibíades. Más de una vez habían bebido juntos. Era muy amable de su parte el haber venido personalmente a buscarlo. Le constaba que no lo había hecho con el solo objeto de provocar al Areópago. Y aunque sólo lo hubiera hecho por eso, su propósito era honorable y merecía ser apoyado.

Por fin habló con aire pensativo, sin dejar de mecerse en su hamaca:

—Prisas tiene el viento que derriba el andamio. Siéntate.

Alcibíades se echó a reír y acercó una silla: antes de sentarse hizo una cortés reverencia a Jantipa, que estaba en la puerta de la cocina, secándose las manos en la falda.

—A vosotros los filósofos no hay quien os entienda —dijo Alcibíades un punto impaciente—. Quizá ya estés arrepentido de haber contribuido a nuestro triunfo. ¿Acaso Antístenes te ha convencido de que no existían razones suficientes que lo abonasen?

—Hablábamos de álgebra —se apresuró a decir Antístenes, tosiendo de nuevo.

Alcibíades sonrió con ironía.

—No me esperaba otra cosa. ¡Nada de dar importancia a un hecho semejante! ¿No es eso? Pues bien, en mi opinión Sócrates tuvo un gesto valiente. Nada extraordinario, si queréis, mas ¿qué tiene de extraordinario, después de todo, un puñado de hojas de laurel? Aprieta los dientes y aguanta. Pasa pronto y además no duele. En cuanto acabemos, iremos a echar un trago.

El general observaba con curiosidad la ancha y robusta figura que seguía columpiándose en la hamaca, ahora con más brío que antes.

La mente de Sócrates comenzó a trabajar velozmente. Se le acababa de ocurrir un pretexto. Podía decirles que la noche anterior o esa misma mañana se había torcido un pie. En el momento en que le apearon los soldados que le habían llevado a hombros después de la batalla. Incluso se le podía sacar punta a aquella historia argumentando que demostraba bien claramente con qué facilidad los homenajes de los conciudadanos pueden acarrearle a uno la desgracia.

Sin interrumpir su balanceo, Sócrates se incorporó hasta quedar sentado; luego frotó con la mano derecha el brazo izquierdo y dijo con voz pausada:

—Ocurre que tengo el pie…

Al pronunciar el filósofo esta palabra, su mirada, vacilante, por cuanto se trataba ahora de pronunciar la primera mentira —hasta aquel momento se había limitado a guardar silencio—, cayó sobre Jantipa, que permanecía en el umbral de la puerta.

A Sócrates pareció faltarle la voz. De repente había perdido las ganas de contarles la historia que se acababa de inventar. No era cierto que se hubiese dislocado el pie.

La hamaca se detuvo.

—Escucha, Alcibíades —dijo enérgicamente y en un tono muy fresco de voz—, no se puede hablar en este caso de valentía. Tan pronto como empezó la batalla, es decir, en cuanto vi aparecer a los primeros persas puse pies en polvorosa. No es verdad, sin embargo, que me equivocase de dirección; hui hacia la retaguardia, sencillamente. Pero me metí en un zarzal. Allí me clavé una espina en el pie y no pude continuar. Fue entonces cuando empecé a repartir golpes a diestro y siniestro, y si hubiese pasado junto a mí uno de los nuestros, seguro que también le habría atizado. En mi desesperación me puse a gritar a propósito de otras secciones para que los persas creyeran que éramos muchos: idea absurda, pues, naturalmente nuestros enemigos no entendían el griego. Parece ser, sin embargo, que ellos estaban a su vez bastante nerviosos. No podían aguantar aquel griterío después de todo lo que habían tenido que soportar durante el avance. Se quedaron, pues, como paralizados unos instantes, y entonces llegó nuestra caballería. Eso es todo.

Durante unos segundos reinó en la habitación el más completo silencio. Alcibíades se quedó mirando fijamente al filósofo. Antístenes se llevó la mano a la boca para amortiguar un golpe de tos, que esta vez sí era natural. Desde la puerta de la cocina, que ocupaba Jantipa, llegó una sonora carcajada.

Antístenes dijo en tono seco:

—Está claro que no podíais ir al Areópago y subir cojeando la escalinata para recoger tus laureles. Ahora te entiendo.

Alcibíades se recostó contra el respaldo de la silla y, entornando los ojos, observó al filósofo, que yacía en la hamaca. Ni Sócrates ni Antístenes miraban al general.

Éste volvió a incorporarse y ciñó con ambas manos una de sus rodillas. Su fino rostro de mozalbete se contrajo un segundo, pero no dejó traslucir sus pensamientos o sentimientos.

—¿Por qué no dijiste que tenías cualquier otra herida? —preguntó.

—Porque tengo una espina en el pie —respondió Sócrates con tono brusco.

—¡Ah! ¿Por eso? —dijo Alcibíades—. Comprendo.

Y poniéndose en pie, se aproximó al lecho.

—¡Qué lástima no haber traído mi propia corona! Se la di a mi asistente para que la guardara. De tenerla aquí te la hubiera entregado. Créeme si te digo que te considero un hombre valiente. No conozco a nadie que en circunstancias semejantes hubiese tenido el coraje de sincerarse como tú lo has hecho.

Y sin decir más, abandonó con paso rápido la habitación.

Cuando hubo lavado el pie enfermo y extraído la espina, Jantipa comentó malhumorada:

—Podía habérsete producido un envenenamiento de sangre.

—Como mínimo —respondió el filósofo.

© Bertolt Brecht: La herida de Sócrates. Kalendergeschichten, 1948. Traducción de Joaquín Rábago.