Subió a la carrera los tres primeros pisos del edificio que lo absorbía con un dejo de hostilidad, como un arrendatario indeseable y luego, a semejanza de esos ágiles pasajeros que finalmente se resignan a perder el tren, enumeró los últimos tramos de la escalera con un lento paso evasivo. Sólo eran las once y media de la mañana, buena hora para un día domingo, pero no para él, ese día único.

La puerta lo recibió fríamente infranqueable; un número de metal, el otro garabateado a mano. Todas sus dudas se agolparon contra ella. El timbre estaba seguramente malo. ¿Golpearía, o haría uso incorrecto de “su” llave?

La abrió por último como si fuera la suya una visita policial: allanamiento. Se sentía su propio detective privado en plena actividad vergonzante. Dos personas en una. Eficacia probada. Pero el total de su envilecimiento era mayor que la suma de sus partes.

—¿Usted?…

En sueños, la identidad de la segunda persona no prueba que no sea una tercera. Es menester interrogarla. También en la realidad cuando se despierta de una pesadilla…

—Yo… —y por un momento mintió al decirlo, para ganar tiempo.

Por un momento fue como si ambos se encontraran en la misma situación. Ni semejante, ni equivalente: idéntica. No había nadie en la pieza de recibo. Norma acababa de subir por otra escala, de abrir y cerrar, violenta y cautelosa, otra puerta de entrada. Una ciudad desdoblada, como frente a un espejo, era el escenario más vasto de esa escena simétrica.

—Lo estaba esperando.

Sus impresiones volvieron de golpe a su curso normal.

Se miraron a fondo, para no verse. Una mirada divisoria. De polo a polo.

En la habitación reinaba un orden conventual: el orden de Norma. Sobraba el orden en medio de toda esa pobreza orgullosamente impecable, casi cómica, como lo es una dignidad exagerada. En esa cama se habrían podido guardar tantos secretos como en una tumba; las manchas de humedad en las murallas formaban parte del decorado y todos los objetos, antes inútiles, perturbadores, “desaparecían” cada uno en su justo sitio, reducidos a su tamaño natural. Sólo sus libros continuaban en el desorden en que los dejara. Hacían grupo aparte en sedicioso, lamentable aislamiento.

En cuanto a su mujer, se restablecía con avidez del matrimonio, pálidamente aún pero ya rebosante de una salud futura. Era una planta de invernadero expuesta al sol que todo lo alumbra, al fin y al cabo. Una planta carnosa, compacta, resistente. ¿No había envenenado ella misma la atmósfera porque le resultaba irrespirable?

“Atención —se increpó, mientras se desembarazaba del abrigo minuciosamente, en cámara lenta—, no se trata de volver sobre una vieja historia podrida a rescatar al inocente y condenar al culpable. Somos personas adultas, no ya los protagonistas de ese folletín. Y esto debe ser lo natural. Que ya la releve de su turno, una vez a la semana y ella aproveche la ocasión para visitar largamente, no importa a quién. Su presencia aquí puede irritarme”. Ah, bien sabía ella, cómo hacerlo. Saltaba a la vista que era libre para elegir sus amistades.

—Pensé que preferiría estar solo con ella y cómo…

—Bien pensado. No pido explicaciones. Gracias.

La agredía de palabra, pero el tono de la voz neutralizaba sus expresiones. Una canción con la letra cambiada.

Norma volvió de la cocinilla con un escrito en la mano. Otro de sus famosos escritos.

—Son las instrucciones.

—Ya lo veo.

—¿Me entenderá la letra?

Se la había entendido demasiado bien. Cada vez que en la exasperación de la incomunicabilidad oral, se “aclaraban” mutuamente por escrito, con una lógica tanto más absurda cuanto más rigurosa. Ella era particularmente afecta a tal género de correspondencia:

“Lo sé, lo he visto todo claro anoche, donde esa amiga suya sin la cual usted no puede vivir…” O bien:

“Fui una tonta. Creí que por lo menos me respetaba usted como a una persona cualquiera. Lo esperé toda la tarde, para despedirme”.

—¿Qué dice aquí?

—Cucharadita. Una cucharadita y media de azúcar.

Por lo demás, escribía con letra de imprenta y espaciaba las líneas de una irreprochable rectitud y subrayaba los párrafos importantes una o dos veces, según el caso, y era enternecedor ese prurito de claridad obsesiva como el de un niño extraviado que explica su dirección a los mayores o el de un poseso en trance de revelaciones o el de un agonizante desconocido en una casa de huéspedes. Como el de… nadie escapa a ese momento —único para cada cual— en el que se es reintegrado vertiginosamente al seno de su propio abismo y se toca el fondo de la intransferible, innumerable soledad del ser. No hay ya modo de romper el tórrido silencio aplastante, ni palabras ni gestos lo bastante explícitos. Perdidos todos, unos al lado de otros, en una inmensidad de pequeños abismos.

El texto era de una oficiosidad tan exagerada que se lo habría podido leer entre líneas: un documento sicológico. Pero a él lo conmovía otra circunstancia: la tinta de un verde ingrato, ácido, recalcitrante, inagotable, que ella se obstinaba en usar.

—¿Está claro?

Lo sorprendió esa voz viva. Los recuerdos no hablan.

—Creo que sí —buscaba dónde fijar la vista—. Es un manual perfecto —se iba a permitir una ironía—, podrías publicarlo—. La fijó más allá de ella.

—Usted sabe lo delicada que es una guagua.

—Gracias. Pero no es la primera vez que…

—Fíjese bien, por favor. Hay algunos cambios. Ahora tiene seis meses.

—Sí, sí. Sé leer. Agua de arroz. Puedes irte tranquila.

Norma no se movía de su sitio, se desprendía de él con dificultad. Ambos actuaban como en el interior de un acuario, sin ninguna fluidez.

—Hay vino. Una botella en la cocina. Y un poco de pisco si usted quiere.

Por fin se decidía a ofenderlo con franqueza. Endureció el rostro para ocultarlo y la miró a la cara, vacía como la suya de cualquiera expresión.

Eran dos ciegos, el uno al acecho del otro, en un silencio vibrante.

“Encima de todo es un borracho”, agregaba ella cuando se quejaba de él entre sus conocidos más y más numerosos.

Había dicho vino y pisco alargando las “íes”, como en una clase de pronunciación.

Y luego, bebía raras veces, nunca sola. Se limitaba a tolerar los vicios ajenos y a compartirlos discretamente llegado el caso, reservándose el derecho a condenarlos después, como si en cierto modo no los hubiera fomentado. Al menos, era la conducta que había observado con él. Una trampa para el incauto oficiante que cree haber iniciado en su rito al asistente ideal, en el mejor de los medios posibles, cuando en realidad se presta a un experimento en la pieza de su futura esposa. A los hombres hay que conocerlos en la intimidad de sus debilidades. Para analizarlo, Norma lo había dejado diluirse en una solución de humores espirituosos.

En cualquier caso, la existencia de esas botellas allí delataba la asiduidad de un amigo de la casa. Su vacante, la habían colmado hasta los bordes. Y era exactamente lo que Norma le estaba diciendo, con el rostro en blanco.

—Hay vino, una botella en la cocina. Y un poco de pisco, si usted quiere.

Por el espacio de un momento se vio a sí mismo de pie —se había sentado al borde de la cama— con la mano alzada sobre ese eclipse de cara y se escuchó expresiones soeces como si alguien gritase a lo lejos, a destiempo. Oasis. Un juego de la imaginación, violento. Realmente, todo seguía en calma, con creciente naturalidad. El silencio runruneaba. Sí, también eso era lo natural. Que se lo reemplazara a fondo. Lo natural. La medida misma de la naturalidad. Su punto de concentración.

Salvado.

—Es un ofrecimiento. Lo tendré en cuenta. Gracias.

No se había traicionado y ya no tenía nada que traicionar.

—Bueno…

Era tan absurda que, a lo mejor, le tendía la mano.

—Bueno.

—… vuelvo a las ocho…

Casi, casi se la había tendido.

—Conforme.

Después de todo, no estaban de más unos vasos de vino.

Norma huyó hacia la puerta como si se hubiera declarado un incendio o temblara.

*

La niña no lo iba a reconocer con seguridad, pero acaso podía desconocerlo o simplemente extrañar a su madre y ver en él nada más que el vacío opaco, nebuloso, concentrándose en torno suyo, amenazante quizá, como todo lo indeterminado: el remedo usurpador de otra persona, la verdadera. Porque no tenía aún necesidad de hacer recuerdo alguno ni de sí misma, ni de nadie, ni de nada; o más bien, antes que innecesario era peligroso que lo hiciera, sí, una monstruosidad de su parte esperar de ella una señal de reconocimiento; sumamente peligroso que en esa cabecita —bastaba para contenerla el hueco de las manos— se abriera interiormente una fisura y madurara y se corrompiera en un punto, dando lugar a la piadosa, melancólica operación de la memoria, resumidero de ese otro mundo en el que éste termina por convertirse en último término.

Así y todo no se resignaba a ser un extraño, a parecerlo. Por lo menos, la niña —qué idea absurda— no advertiría al despertar que él estaba allí, de visita, aun cuando lo viera por primera vez. Nunca sabría —pero, ¿cómo iba a saber esto o lo otro?- que había sido ése un día domingo, como si las guaguas no vegetaran delicadamente en un perpetuo domingo innominado, inmemorial, irrecuperable.

De modo que procedió a caracterizarse de sí mismo, a encubrir y alterar su aspecto dominical, a semejanza de esos artistas de circo demasiado pobres, cuya elegancia, por desarrapados que sean, siempre será superior a la que lucen en público, bajo una luz parpadeante.

Él era, más bien, el tony del circo.

Y su hija, una de esas damas imponderables que asisten alguna vez irónicamente a un espectáculo grotesco.

A esos extremos de sentimentalismo barato podía llegar, también él. Y no sólo fantasiosamente. Pero eso no era lo peor. ¿De qué extraña mezcla de sentimientos obtenía el amor paternal, químicamente puro?

Buscaba las zapatillas en el closet, creando allí un caos a su imagen y semejanza.

Porque en esa escena inimaginable pero real, de una torpeza definitiva, no había actuado él con autenticidad. Cierto es que estaba algo bebido. Pero, ¿cuándo no estaba predispuesto a estarlo?

El caos se extendía ahora, al cuarto de baño. Tampoco allí estaban las zapatillas.

Se disputaban con Norma a la guagua. En un momento en que a él le parecía lógico llevársela consigo.

Y en un momento de ofuscación mayor se la habían disputado… físicamente. Oh, nada más que una ligerísima sacudida al pasar de unos brazos a otros, la transmisión de un golpe en una mano, no enteramente reprimido, esa especie de ruido que sé hace cuando se habla tácitamente a gritos, como si el cuerpo se cargara de energía centrífuga. Pero la guagua había soltado un llanto de segundos, más elocuente que cualquier sermón al respecto.

Las zapatillas.

Entonces, había renunciado a “su” derecho.

Hasta los doce años —recordó— los niños de una pareja separada pertenecen legalmente a la madre —expresiones sarcásticas— a menos que…

Y él no era sino el padre de la criatura. Sólo el padre. Pero todos los límites se rompen alguna vez y “ello” vuelve a estar allí, en lugar de uno, como en el séptimo día de la creación. La posibilidad del hombre antecediéndolo furiosamente. Ni siquiera un animal. Algo más bestial aún que una pequeña fiera lúcida, agazapada en el barro. El barro mismo incorporándose lúcidamente erizado de miedo y de crueldad. Sin edad, ni sexo, ni condición, ni nada.

Un espectáculo deprimente.

No había renunciado al derecho de hacer una escena absurda de ésas que es posible sorprender cuando se espían distraídamente las ventanas del edificio vecino. Pero cuyo sentido debe escapársenos. La vista resbala por ese cuadro y busca otro de un significado inequívoco: una mujer que se desnuda frente al espejo de tocador.

Cómo duermen, qué minuciosamente duermen los recién nacidos. Un sueño en blanco donde empieza a formarse un remedo de imagen, como la nata en el tazón de leche. Profundo, pero sensible al menor ruido, como si la luz misma lo hiciera. Un sueño visible casi, que se puede tocar a distancia. Plegándose y desplegándose.

Y qué soledad era la suya ahora. Más absoluta y pasiva y sensible. Le parecía irradiarla: una señal de santidad: el signo de una gran desgracia.

Se tendió en la cama, junto a la cuna, en su féretro. Vestía una vieja bata de baño que compartiera con su mujer, parte esencial del disfraz con que engañaba apenas al tiempo. Encendió algo así como su último cigarrillo, a pesar de sus reiteradas advertencias a Norma en el sentido de que no fumara junto a la niña. Pero ésos eran los recuerdos de otros días, un poco de humo en el interior de otros cuartos, la disipación de sus viejas obsesiones en una imperceptible corriente de sol y aire muertos.

¿Dónde estaría ella, que no lograba ponerlo en la situación aflictiva del celoso, a la espera?

En ninguna parte ya, para él. Con no importaba quién, en cualquier parte.

Y allí, de alguna manera, a su lado. Reducida a su expresión más tierna. Mínima. Para evitarle todo esfuerzo por recordarla que no fuera el simple refluir de ciertas imágenes indoloras, vacías y nítidas.

Sus encuentros, primeramente de azar. Luego, casuales. Por último, deliberados. Pero siempre un poco orgullosamente azarosos. Es que la desconfianza había sido el signo constante de su unión. Demasiado libre. Una lucha por romperla aquí y allá. Una guerra de nervios.

Se habían casado para prolongar esa lucha en un terreno más firme, donde los golpes dolieran más a fondo. Para asegurársela.

Y, naturalmente, sin tener él donde caerse muerto. De no mediar la ayuda de su familia que llegaba a tierras inhóspitas. Misión en una isla de salvajes.

Ella trasladaba su cama al otro lado de la pieza. Cada uno en su ángulo. Y era capaz de espaciar un silencio rencoroso durante una semana seguida.

Él volvía a llegar tarde a esas malditas piezas de casas de huéspedes para romper ese silencio, arrojando al suelo la lámpara de velador con una violencia en la que no se reconocía. Y también, por cualquier motivo.

Cambios de palabras al amanecer, en una atmósfera lívida, como de tiza húmeda. Insultos de los que sólo se escuchan al pasar, por una calle dudosa.

Había sido una broma ésa, en principio. Luchar cuerpo a cuerpo, a la hora del té de las tres de la mañana, mientras cantaba un gallo poseso, demasiado próximo, en alguna parte. Pero la broma había empezado a adquirir una absurda, ridícula seriedad, como en un sueño pesado del que se despierta a gritos.

Y tantas otras cosas.

Todas ellas reducidas a simples imágenes entrecortadamente precisas, fluyendo a pedazos en la descomposición de un rompecabezas que no se pretende resolver.

Bostezó simbólicamente, apagando a tientas su cigarrillo en el suelo. Tenía un sueño de meses incorpora do al cuerpo como una enfermedad.

¿Por qué no dormir ahora que se vivía en paz? Unas cuantas escaramuzas, bien que se libraran aún aquí y allá. Cualquier batalla seria estaba perdida entre enemigos diezmados que ya ni siquiera se reconocen.

La niña lo estaba buscando con la vista.

Sintió un rápido peso en la boca del estómago, esa extrañeza de la propia respiración, una voz de alarma.

El canastillo crujió otra vez, lleno de vida y entre una miniatura de manos aferradas al borde, volvió a emerger, en un esfuerzo increíble el rostro casi entero de su hija, mirándolo despaciosamente, con inteligencia.

De pie, el gigante cubría ahora la cuna, inclinándose sobre ella, los brazos separados. La bata de baño semejaba las alas raídas de un viejo ángel de la guarda venido a menos. Trataba de sonreír con naturalidad, como si siempre hubiera estado allí, en su lugar. Era feliz de un modo torpe como si verdaderamente hubiese cometido errores imperdonables en el desempeño de su tarea y se lo llamara, sin embargo, a hacerse cargo de ella, inmerecidamente limpio de toda culpa.

La niña lo había reconocido, al -parecer. Ni el menor gesto de extrañeza o de rechazo. Emitía una especie de canto hablador, informativo. Luego, emprendió metafóricamente el vuelo, desplegando los brazos y las manos en un aleteo.

A esa edad, son como los pájaros —e habían dicho— felices. Siempre que lo tengan todo a su hora. El hambre las hace desdichadas, a distancia. Su propia humedad mordiente. Un sí es no es de frío o de calor. La insistencia con que cierta mosca de torcidos instintos, vuelve a posarse imprudentemente en un mismo punto, sobre la piel. El llanto de otra guagua en la pieza vecina. Tantos accidentes infinitesimales confabulados en contra de esa inmensa alegría más frágil y liviana que una plumilla de cardo.

Y los grandes accidentes, siempre imprevisibles, de alguna manera.

¿Con qué derecho era tan desvalida?

Se había puesto repentinamente seria.

Ambos estaban serios, absorbidos el uno en el otro de modo tan distinto, pero con el mismo asombro que acompaña a una reflexión inexpresable.

En el séptimo día de la creación.

En la prehistoria del pensamiento.

En vísperas de la invención del lenguaje.

Es que ahora él, contra toda lógica, le reprochaba algo. Quizás el que no supiera llamarlo aún por su nombre y lo hubiese recibido como a cualquier otro gigante de buena voluntad.

La niña, por su parte, se había apoderado de una de sus manos, desprendiéndosela del resto del cuerpo y parecía querer examinar por dentro el mecanismo de ese juguete comestible.

Establecer con ella una relación “única, necesaria, insubstituible”.

Dobló el índice que la guagua había logrado llevarse a la boca, para que lo mordiera en la articulación.

Higiene. Uno no terminaba nunca de lavarse las manos cuando se era padre de familia.

Guardaría esa mordedura de recuerdo. Nunca se sabe a qué grado de insensibilidad puede llegarse, cuando uno lleva un monstruo adentro.

La niña lo miraba de soslayo, con malicia. ¿De dónde le venía esa inteligencia? Norma y él habían sido un par de estúpidos mientras la esperaban. Y era ésa una pregunta: ¿te duele? Una respuesta: lo creo a medias. Una petición: ¿Puedo seguir haciéndolo? Una amenaza: lo haré de todos modos. Y una duda condescendiente, burlona: pero quizás, si es cierto que no puedes resistirlo…

Se estaba poniendo “chocho” al llegar a los treinta años. Él, que no había deseado nunca un hijo para sí mismo. La falta de nuevas amistades, a lo mejor. Ese vacío en su pieza cuando llegaba tarde a casa, peor que nada.

Con la niña en brazos recorría kilómetros en redondo. Y hasta cierto punto tenía la impresión de que no llegaban a ninguna parte, huyendo de quién sabe qué. O aventurándose en otro planeta, baldío. A su paso rodaban objetos familiares por el suelo, las cosas perdían algo de su utilidad y empezaban a vivir de una vida propia, inservible, como la suya. Su compañera de viaje, insistía en detenerse aquí y allá, para apoderarse de algún accidente del camino. Inservible todo. Nada para llevarse de veras a la boca. Frutos que no eran sino manchas en las paredes, fotografías que a ninguno de los dos le recordaban nada.

Hizo un alto para mudar a su jinete.

Operación muy delicada cuando se tienen cascos en lugar de manos y un miedo enfermizo a las corrientes de aire.

No se avergonzaba ya de hablar solo con ella, en voz alta: habían llegado juntos a otro planeta.

Pero, mientras le preparaba algo de comer —las instrucciones no le parecían ahora demasiado precisas, tan olvidadizo era— lo invadió súbitamente un cansancio horrible. Traspiés. Descendía a la realidad, como en un aterrizaje forzado, sin destino.

Cucharaditas. Dos cucharaditas y media de azúcar.

Limón. ¿Dónde lo había dejado en ese momento mismo?

Entretanto, su mujer…

Y era un día domingo, por la tarde. También para él que tampoco estaba dispuesto —menos que nadie— a…

Menudos objetos imprescindibles, escondiéndose entre platos sucios.

La leche lo salpicaba, como si alguien la pasara a llevar, una y otra vez.

Había dicho vino y pisco alargando las “íes”, insidiosamente.

Pues bien. Vino para él. A la salud de sus incontables errores. Para reanimar a los fantasmas.

Que ella no se pareciera a ninguno de los dos. Todavía era capaz de formular un verdadero deseo.

Que se le pareciera, a hurtadillas, en un solo sentido. Tal vez, el de su asombro irreductible frente a las cosas, por más que intentase entenderlas para controlarlo. Ese sombrío sentimiento de la impotencia exultante de todo conocimiento que no brotara del corazón, a merced de todas las contradicciones, sombrío y exultante.

Agua de arroz, doscientos gramos.

El terreno firme de la realidad. La continua proximidad del abismo, de nuestra única certidumbre, obtenida vertiginosamente como en los sueños. Ellos nos devuelven a la realidad original, esa especie de locura que se obtiene cuando la lógica es puesta a prueba, llevándosela hasta sus consecuencias extremas. El terreno firme.

Se tambaleaba a conciencia, ligeramente.

Moriría, no importa cuándo, antes de tiempo.

Los hijos deben enterrar a sus padres y emprender una vida de su exclusividad.

Sobre todo la niña, no ganaría nada con parecérseles.

Pero que algo suyo pasara a ella. Todavía era capaz de formular un verdadero deseo.

¿Cómo llamarlo?

Era apenas la murmuración de un impulso dudosamente generoso, en el que se abría ese silencio murmurador del día domingo, en cierto modo lesivo para él, que tampoco estaba allí en su verdadero lugar, convertido por obra y gracia de sus incontables errores en un pobre hombre que revela a su mujer, mientras ella… en una torpe niñera de sexo masculino.

Había roto un plato que pareció gritarle: “Estúpido”.

La guagua empezaba a llorar de hambre. Razonablemente.

Paternidad.

Buen tema para un pintor justamente olvidado. Posaba para él a un siglo de distancia, con la guagua en las rodillas, dándole la interminable mamadera. Los ojos de la niña eran de un azul inexpresivo, velados por un aliento lechoso. No lo veía ya. Se entregaba al placer de la succión. Sólo las aletillas del respingo de nariz exteriorizaban su ávida actividad secreta.

Qué soledad la suya. La de un juguete viejo, en el cuarto de guardar. Le parecía irradiarla. Una señal de inutilidad, el signo de su condición absurda.

Gracias a esa botella de vino eran las cinco y media de la tarde.

Sus invenciones fracasaban, unas tras otras. Se distraía de ellas y la niña buscaba cómo entretenerse por su cuenta, de modo efectivo. La aburría con trucos gastados: haciendo sonar un cascabel, dibujando en el aire cualquier cosa, alzándola por encima de su cabeza. Ella quería arrojar al suelo objetos quebradizos o succionar objetos metálicos o destruir papeles que se conservan. Parecía molestarse con él, cuando se lo impedía a medias y si lograba ponerle las manos en la cara lo tironeaba de la nariz, de los labios, seriamente, como para desquitarse. No se dejaba acariciar. Prefería relacionarse con el mundo propinándole golpes finitos, llenos de vivacidad. Estaba irritada. Acaso tenía sueño. Él le era indiferente.

La acostó con prolijidad. El sueño que la rondaba, volvió a respirarse a su alrededor, casi visible, alejándolo de ella amablemente, como se hace salir a un visitante inoportuno con el pretexto de acompañarlo a su casa. ¿Por qué no le proporcionaba una diversión inolvidable, aguzando todo el ingenio de que era capaz?

Absurdo, absurdo.

Bebía ahora del fuerte, sin moderación, desesperado.

Empezó a atardecer copiosamente. La obscuridad entraba a sacos, como para hacerlo desaparecer, antes de que alcanzara a encender la luz. Y él no atinaba a moverse, paralizado por la tentación de incorporarse a la obscuridad, ayudándola a barrer con él.

¿Qué idea era ésa a la que pretendía darle forma, sólo por hacer algo? Releyó su escrito hasta el cansancio y cada vez le resultaba más inmotivado, menos inteligible. Uno de esos poemas suyos que nacían muertos, en los que todas las palabras, trabajosamente ensartadas en un hilo de araña, se desprendían por fin, unas de otras, para mostrarse en su miserable abundancia. Ni un asomo de vida, nada más que el propósito de aprovechar el tiempo, ciertas lecturas, alguna ocurrencia, y alimentar su vanidad y ahuyentar sus obsesiones.

¿Pero cómo podía dar rienda suelta a todo eso, mientras se acercaba la hora de irse? No volvería a verla en varios días, y esos días sumarían años.

Todo por culpa de Norma.

Sí, sí. Había inocencia y culpabilidad en toda esa vieja historia podrida, como en un folletín. Y él era inocente, debía serlo. Estaba en desventaja.

Sus celos abstrusos, sus exigencias, su pretensión de estar siempre en lo justo. Esa nobleza de sentimientos de la que hacía alarde, en un silencio rencoroso, para abrumarlo. Su “feminismo”, como si el hombre y la mujer fueran ocasionalmente lo uno o lo otro, y luchasen con las mismas armas, disputándose el mismo pedazo de terreno, palmo a palmo. Su cara. Sí, todo entra en el juego, cuando se pasan a llevar sus reglas. Hasta los objetos toman un partido y participan en la lucha.

Se paseaba por la pieza como un animal enjaulado. Era injusto. Tenía que serlo. Se le iban las manos en todas direcciones.

Fue como si hubiera echado a correr, en la obscuridad. Porque tropezó de pronto violentamente con la cama y se desplomó sobre ella, acezante. La deshizo, apelotonándolo todo, como para dar cuerpo al enemigo. Y lo desbarató a golpes, lanzando sus restos al aire. Lo pisoteaba en el suelo, sin ruido. Pero la niña había despertado en la pieza vecina y daba señales de inquietud. La proximidad de un monstruo suelto, flotando en el aire. No podía acercarse a ella ahora. Se arrodilló blandamente en el suelo, conteniendo la respiración. Hasta que escuchó de nuevo sólo voces en su conciencia, risas de extraños que lograban entrar allí, para burlarse de él, por una puerta falsa. Y muy a lo lejos, esa especie de llamado consolador que uno cree oír, cuando no se desea otra cosa que un poco de paz, a cualquier precio.

Lloraba.

¿Para qué negarlo?

Era un caso perdido.

© Enrique Lihn: Agua de arroz. En Cuentos de la generación del 50, 1959