La situación general del negocio es tan mala, que yo, algunas veces, cuando tengo tiempo libre en el despacho, cojo la cartera de muestras y me dedico a visitar personalmente a los clientes. Hace tiempo que he decidido ir a visitar a K, con el que antaño tuve continuas relaciones comerciales, pero del que, por motivos desconocidos, no sé nada desde el año pasado. Para este tipo de problemas no hace falta que se den motivos; en la inestable situación de hoy puede decidir una nadería o un estado de ánimo, y del mismo modo una nadería o una sola palabra pueden arreglarlo todo. No obstante, me resultaba incómodo visitar a K, era un hombre ya mayor, en los últimos tiempos con mala salud, y aunque aún manejaba todos los hilos del negocio, apenas aparecía por allí; si se quería hablar con él, había que ir a su vivienda, un trámite así se va aplazando.

Ayer por la tarde, sin embargo, a las seis, me puse en camino; ya no era una hora de visita, pero el asunto no era una formalidad social, sino de mera trascendencia comercial. Tuve suerte, K estaba en casa; en ese momento, como me dijeron en la entrada, acababa de regresar de dar un paseo con su esposa y ahora estaba en la habitación de su hijo, que no se encontraba bien y estaba en cama. Me pidieron que fuera hasta allí; al principio dudé, pero venció el deseo de terminar lo más rápidamente posible la fastidiosa visita, así que me dejé guiar, tal como estaba, con el abrigo puesto y el sombrero y la cartera de muestras en la mano, por una habitación oscura hasta llegar a otra iluminada, en la que había una pequeña reunión.

Por instinto mi mirada recayó en primer lugar sobre un representante de negocios al que conocía muy bien y que, en parte, es un competidor. Así que él se había deslizado hasta allí antes que yo. Estaba sentado cómodamente al lado de la cama del enfermo, como si fuera el médico; con su elegante abrigo, abierto y abombado, daba una impresión de poderío; su frescura era insuperable; algo similar debía de pensar el enfermo, quien, con las mejillas ligeramente coloradas por la fiebre, yacía a su lado y lo miraba. Por lo demás, ya no era joven, más bien de mi edad, con una barba corta y algo descuidada por la enfermedad. El viejo K, un hombre alto y ancho de hombros, pero por su pernicioso padecimiento, para mi sorpresa, muy delgado y algo encogido, parecía haberse vuelto inseguro; estaba de pie, tal y como había llegado, con su abrigo de piel, y le murmuraba algo al hijo. Su esposa, pequeña y frágil, pero muy activa, aunque sólo respecto a él —a nosotros apenas nos miraba—, estaba ocupada en quitarle el abrigo, lo que provocaba dificultades dada la diferencia de estatura entre ambos; al final lo consiguió. Tal vez la dificultad real estaba en que K era muy impaciente e, intranquilo, no dejaba de pedir la butaca con las manos; la mujer se la acercó rápidamente en cuanto logró quitarle el abrigo. Ella misma tomó el abrigo de piel, que prácticamente la hizo desaparecer, y se lo llevó fuera.

Ahora parecía haber llegado mi turno o, tal vez, no había llegado, ni llegaría jamás. Si quería intentar algo, tenía que ser de inmediato, pues mi instinto me decía que las condiciones para una conversación de negocios irían empeorando. Quedarme allí pegado sin límite de tiempo, como pretendía el representante, no era mi estilo; por lo demás, tampoco quería tener la más mínima consideración hacia él. Así que comencé, sin más preámbulos, a comunicarle mi asunto, a pesar de que noté que K tenía ganas de conversar un poco con su hijo. Por desgracia, tengo la costumbre, cuando me excito un poco al hablar —y eso me ocurre muy pronto y en aquella habitación de enfermo más pronto de lo normal—, de levantarme e ir de un lado a otro. En mi propio despacho resulta cómodo, pero en la habitación de un extraño, molesto. Pero no pude contenerme, sobre todo porque me faltaba mi cigarrillo. Bueno, cada uno tiene sus malas costumbres, y las mías se podían alabar en comparación con las del representante. ¿Qué se puede decir, por ejemplo, de que mantuviera el sombrero en la rodilla, donde no paraba de moverlo lentamente, y de que se lo pusiera de un modo inesperado? Por supuesto que se lo volvió a quitar en seguida, como si hubiera sido un descuido, pero durante un instante lo había tenido sobre la cabeza. Y eso lo repitió una y otra vez, de rato en rato. Semejante conducta no se puede permitir. A mí no me molestó, yo iba de un lado a otro, sólo me ocupaba de mis asuntos, y no le miraba, pero puede haber personas a las que saquen de quicio esos juegos malabares con el sombrero. Por mi parte, cuando me empleo en algo con celo profesional, no sólo ignoro semejantes molestias, sino también a los presentes; por supuesto que me doy cuenta de lo que ocurre, pero, en cierta medida, no lo tomo en consideración hasta que he terminado de hablar o hasta que escucho alguna objeción. Así, por ejemplo, noté que K no estaba muy receptivo; no cesaba de mover las manos con incomodidad sobre los brazos de la butaca; además, no me miraba a mí, sino que dirigía su mirada errática al vacío y su rostro parecía tan ausente como si ni un sonido de mi discurso, sí, ni siquiera un sentimiento de mi presencia pudiese penetrar en él. Yo observaba todo este comportamiento enfermizo, tan poco esperanzador, pero seguía hablando con la intención de conseguir, al final, con la ayuda de mis palabras y de mis ofertas ventajosas —quedé horrorizado de las concesiones que estaba haciendo, y que nadie reclamaba— que la situación se equilibrase. Tuve cierta satisfacción al contemplar fugazmente que el representante había dejado quieto el sombrero y cruzaba los brazos sobre el pecho. Mi exposición, que en parte iba dirigida a él, parecía trastornar todos sus planes. Y tal vez hubiera seguido hablando un buen rato más, impulsado por el sentimiento placentero que me provocaba el efecto conseguido, si el hijo no se hubiera incorporado repentinamente en la cama y me hubiera callado con el puño alzado. Quería decir algo, señalar algo, pero no tuvo las fuerzas suficientes. Yo lo consideré en principio como un síntoma de delirio febril, pero cuando dirigí la mirada involuntariamente hacia el viejo K, lo comprendí mucho mejor.

K estaba sentado con los ojos abiertos, vidriosos, hinchados, parecía que sólo pudiera disponer de ellos ese instante, se inclinaba, tembloroso, hacia adelante, como si alguien le golpeara en la nuca; el labio inferior, más aún, la mandíbula inferior colgaba dejando ver las encías, su rostro aparecía desencajado. Aún respiraba, pero con dificultad, a continuación cayó contra el respaldo de la butaca, como liberado, cerró los ojos, la expresión de un gran esfuerzo se reflejó en su rostro y todo había acabado. Salté hacia él con rapidez, cogí su mano sin vida, floja, fría, estremecedora; no tenía pulso. Bueno, había llegado su fin. Ciertamente, ya era un hombre viejo. Que nuestra muerte no sea más difícil que la suya. ¡Pero cuántas cosas quedaban ahora por hacer! ¿Y qué podía ser lo primero? Miré a mi alrededor en busca de ayuda, pero el hijo se había tapado la cabeza con la manta, se podían oír sus sollozos infinitos; el representante, frío como una rana, estaba sentado rígidamente en el sillón, a dos pasos de K, y parecía decidido a no hacer nada que no fuese dejar pasar el tiempo; sólo quedaba yo, y tenía que hacer lo más difícil, comunicarle la noticia a la esposa de alguna manera soportable, es decir, de una manera que no existe en el mundo. Y ya oía los pasos que se acercaban con rapidez desde la habitación contigua.

Traía —ella aún llevaba puesto el traje de calle, no había tenido tiempo para cambiarse— una camisa que había calentado en la calefacción para que se la pusiera su marido. «Se ha dormido» —dijo sonriendo y sacudiendo la cabeza cuando nos encontró tan silenciosos—. Y con la infinita confianza del inocente tomó la misma mano que yo acababa de sostener con aversión y temor, la besó como si se tratase de un pequeño juego matrimonial y —¡cómo debimos de mirarla!— K se movió, bostezó, se dejó que le pusieran la camisa, toleró con una expresión entre enojada e irónica los reproches de su mujer por el esfuerzo al dar un paseo tan largo y, para aclarar el haberse quedado dormido, adujo de forma extraña algo referente a cierto aburrimiento. Luego se echó un momento en la cama del hijo, para no enfriarse en el camino hacia otra habitación; la mujer acomodó su cabeza sobre dos cojines, cerca de los pies del hijo. En vista de lo ocurrido con anterioridad, nada me parecía extraño. Ahora pidió el periódico vespertino, lo tomó sin mostrar consideración alguna ante los presentes, lo hojeó y, mientras tanto, nos dijo, con sorprendente perspicacia, algunas palabras bastante desagradables relativas a nuestras ofertas, agitó las manos con una actitud de rechazo y, finalmente, chasqueó la lengua para quitarse el mal sabor de boca que le habían causado nuestras proposiciones comerciales. El representante no se pudo contener y realizó alguna observación inadecuada; creía, en un sentido bastante grosero, que, después de lo ocurrido, había que obtener alguna compensación, pero como él lo pretendía no había posibilidad alguna. Yo me despedí rápidamente, casi le estaba agradecido al representante: sin su presencia no hubiera tenido la fuerza de decisión para irme en ese momento.

En el recibidor me encontré de nuevo a la señora K. Al contemplar su aspecto infeliz me recordó a mi madre. Y como permaneció silenciosa, añadí:

—Se puede decir lo que se quiera, podía hacer milagros. Lo que rompíamos, lo volvía a reparar. Yo la perdí en mi infancia.

Había hablado con lentitud y de forma algo exagerada, pues suponía que la mujer era dura de oído. Pero era completamente sorda, pues preguntó al instante:

—¿Y el aspecto de mi marido?

Después de unas palabras de despedida noté que me confundía con el representante; me hubiera gustado creer que sin esa confusión se habría mostrado más confiada.

A continuación bajé las escaleras. Bajarlas fue más pesado que subirlas, y ni siquiera esto había sido fácil. ¡Ay!, cuántos caminos comerciales hay que no llevan a ninguna parte, y tenemos que seguir llevando la carga.

© Franz Kafka: Das Ehepaar (El matrimonio). Manuscrito inédito, probablemente redactado en octubre de 1922. Traducción de José Rafael Hernández Arias.