El hombre que nunca se hizo joven

Fritz Leiber

Night's Black Agents (1947)

Traducción: Juan Pablo Guevara para Lecturia

16 min de lectura
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Sinopsis: «El hombre que nunca se hizo joven» («The Man Who Never Grew Young») es un cuento del escritor estadounidense Fritz Leiber, publicado en 1947 en el libro Night’s Black Agents. En un remoto paisaje junto al Nilo, un hombre sin edad contempla cómo el mundo a su alrededor se desmantela lentamente: las pirámides son devueltas a las colinas, los grandes pensamientos son reabsorbidos por las mentes que los concibieron, y la humanidad retrocede hacia sus orígenes. Testigo inmutable de civilizaciones que desaparecen, el protagonista reflexiona con melancolía sobre su propia existencia en un tiempo que parece fluir en sentido inverso.

Fritz Leiber - El hombre que nunca se hizo joven

El hombre que nunca se hizo joven

Fritz Leiber
(Cuento completo)

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Maot se está inquietando. Muchas veces, al caer la tarde, camina pesadamente hasta donde la tierra negra se encuentra con la arena amarilla y se queda allí, mirando el desierto, hasta que el viento empieza a soplar.

Yo, en cambio, me siento de espaldas a la mampara de cañas y contemplo el Nilo.

No es solo que esté haciéndose joven. También empieza a cansarse de los campos. Deja a mi cuidado las tareas de labranza y prodiga su atención al rebaño. Cada día lleva las ovejas y las cabras más lejos a pastar.

Yo he visto venir esto desde hace mucho tiempo. A lo largo de generaciones, los campos han ido menguando y se riegan con menos esmero. Parece que llueve más. Las casas se han vuelto más simples, meras tiendas cercadas por muros. Y cada año alguna familia reúne sus rebaños y se marcha hacia el oeste.

¿Por qué aferrarme tan tenazmente a estas pobres reliquias de civilización, yo, que he visto a los hombres del rey Keops desmontar piedra por piedra la Gran Pirámide y devolverla a las colinas?

A menudo me pregunto por qué yo nunca me hago joven. Es todavía un misterio tan grande para mí como para los morenos campesinos que se arrodillan con reverencia cuando paso a su lado.

Envidio a los que se hacen jóvenes. Anhelo desprenderme del peso de la sensatez y la responsabilidad, sumergirme en un período de amor y emoción arrebatadora, los años despreocupados que preceden al fin.

Pero sigo siendo un hombre barbudo de unos treinta y tantos años, y visto la piel de cabra como alguna vez vestí el jubón o la toga, siempre al borde de esa zambullida, pero sin lanzarme nunca.

Tengo la impresión de haber sido siempre así. Ni siquiera puedo recordar mi propio desentierro, y eso es algo que todo el mundo recuerda.

Maot es sutil. No pide lo que quiere, pero cuando vuelve a casa por la tarde se sienta lejos del fuego, murmura inquietantes fragmentos de canciones y se frota los párpados con pigmento verde para hacerse deseable ante mis ojos, y trata por todos los medios de contagiarme su desasosiego. Me tienta a dejar el trabajo abrasador del mediodía y me señala lo robustas que se están poniendo nuestras ovejas y cabras.

Ya no quedan hombres jóvenes entre nosotros. Cuando se acerca la juventud, o incluso antes, todos parten hacia el desierto. Hasta patriarcas desdentados y macilentos se desenroscan de sus fosas, y sin detenerse casi a reponer fuerzas con la comida y la bebida que desenterraron con ellos, reúnen sus rebaños y sus esposas y se marchan cojeando hacia el poniente.


Recuerdo el primer desentierro que presencié. Fue en un país de humo y máquinas y noticias incesantes. Pero lo que voy a relatar ocurrió en un remanso donde todavía había granjas pequeñas y caminos estrechos y modos de vida sencillos.

Había dos ancianas llamadas Flora y Helen. No podían haber pasado más que unos pocos años desde sus propios desentierros, pero esos no los recuerdo. Creo que yo era algo así como un sobrino, pero no estoy seguro.

Empezaron a visitar una vieja tumba en el cementerio, a un kilómetro del pueblo. Recuerdo los pequeños ramos de flores que traían al volver. Sus rostros severos y plácidos se habían ensombrecido. Yo podía ver que el dolor iba entrando en sus vidas.

Pasaron los años. Sus visitas al cementerio se hicieron más frecuentes. Una vez las acompañé y advertí que la gastada inscripción de la lápida se iba volviendo más nítida y clara, igual que las facciones de sus propios rostros. «John, amado esposo de Flora…».

A menudo Flora sollozaba durante la mitad de la noche, y Helen andaba por la casa con una expresión resuelta en el rostro. Llegaban los parientes a decirles palabras de consuelo, pero estas solo parecían intensificar su dolor.

Finalmente la lápida quedó como nueva y el pasto se convirtió en tiernos brotes verdes que desaparecieron en la tierra parda y húmeda. Como si estas fueran las señales que sus oscuros instintos habían estado esperando, Flora y Helen dominaron su pena y visitaron al pastor, al encargado de la funeraria y al médico, e hicieron ciertos arreglos.

En un frío día de otoño, cuando las rizadas hojas pardas remontaban hacia los árboles, el cortejo se puso en marcha: la carroza fúnebre vacía, los silenciosos automóviles oscuros. En el cementerio encontramos a un par de hombres con palas que se alejaban discretamente de la tumba recién abierta. Entonces, mientras Flora y Helen lloraban desconsoladamente y el pastor pronunciaba palabras solemnes, una caja larga y estrecha fue sacada de la tumba y llevada a la carroza.

En la casa destornillaron y deslizaron la tapa del ataúd, y vimos a John, un anciano ceroso, con una larga vida por delante.

Al día siguiente, en obediencia a lo que parecía un ritual antiquísimo, lo sacaron de la caja, y el hombre de la funeraria lo desvistió y le extrajo de las venas un líquido acre, y le inyectó la sangre roja. Luego lo llevaron y lo acostaron en la cama. Después de unas horas de espera con los ojos petrificados, la sangre empezó a hacer efecto. Se agitó y su primer aliento le resonó áspero en la garganta. Flora se sentó en la cama y lo estrechó contra su pecho en un abrazo temeroso.

Pero estaba muy enfermo y necesitaba reposo, así que el médico le hizo señas a Flora para que saliera de la habitación. Recuerdo la expresión de su rostro al cerrar la puerta.

Yo también debería haberme sentido feliz, pero me parece recordar que tuve la sensación de que había algo malsano en todo el episodio. Quizá nuestras primeras experiencias de las grandes crisis de la vida siempre nos afecten de esa manera.


Amo a Maot. Los centenares de mujeres que he amado antes que ella en mi largo errar por el mundo no restan sinceridad a mi afecto. No entré en su vida, ni en la de las otras, como suelen hacerlo los amantes: desde la tumba o en la pasión de alguna terrible pelea. Siempre soy el que va a la deriva.

Maot sabe que hay algo extraño en mí. Pero no deja que eso interfiera con sus esfuerzos por lograr que haga lo que ella quiere.

Amo a Maot y a la larga accederé a su deseo. Pero antes quiero demorarme un tiempo más junto al Nilo y el grandioso espectáculo que su paso conjura.


Mis primeros recuerdos son siempre los más difíciles, y lucho con todas mis fuerzas por interpretarlos. Tengo la sensación de que si pudiera retroceder un poco más allá de ellos, llegaría a una comprensión aterradora. Pero parece que nunca logro hacer el esfuerzo necesario.

Esos recuerdos comienzan sin nada que los preceda, en nubes y torbellinos, oscuridad y miedo. Soy ciudadano de un país grande y lejano, sin barba y con ropas feas y ajustadas, pero igual en edad y aspecto que ahora. El país es cien veces más grande que Egipto, y sin embargo es solo uno entre muchos. Todos los pueblos del mundo se conocen entre sí, y el mundo es redondo, no plano, y flota en una inmensidad sin fin sembrada de archipiélagos de soles, no encerrado bajo una bóveda tachonada de estrellas.

Hay máquinas en todas partes, y las noticias dan la vuelta al mundo como un grito, y los deseos son muchos. Existe una abundancia jamás soñada, oportunidades sin igual. Y sin embargo los hombres no son felices. Viven con miedo. Miedo, si no recuerdo mal, de una guerra que nos envolverá y acaso nos destruirá a todos. Se cierne sobre nosotros como la oscuridad.

Las armas que tienen preparadas para esa guerra son terribles. Grandes máquinas que navegan sin piloto, no a través del agua sino del aire, recorriendo medio mundo para destruir alguna ciudad enemiga. Otras que se lanzan como dardos más allá del aire mismo, para venir a atacar desde las estrellas. Nubes envenenadas. Partículas letales de polvo luminoso.

Pero las peores de todas son las armas de las que solo se oyen rumores.

Durante meses que parecen eternidades esperamos al borde de esa guerra. Sabemos que los errores ya fueron cometidos, que se dieron los pasos irrevocables, que se perdieron las últimas oportunidades. Solo esperamos que suceda.

Parecería que debió existir alguna razón especial para el extremo de nuestra desesperanza y nuestro horror. Como si hubiera habido guerras mundiales anteriores y hubiésemos luchado por salir de cada una prometiéndonos desesperadamente que sería la última. Pero de tales guerras no recuerdo nada. Bien pudiera ser que el mundo y yo fuéramos creados a la sombra de esa catástrofe, en un desentierro universal.

Los meses pasan lentamente. Entonces, de manera milagrosa, increíble, la guerra empieza a retroceder. La tensión se afloja. Las nubes se disipan. Hay gran actividad, conferencias y planes. Las esperanzas de una paz duradera se multiplican.

Pero no dura. En un súbito holocausto surge un opresor llamado Hitler. Extraño que ese nombre me vuelva a la memoria después de tantos milenios. Sus ejércitos se despliegan por todo el globo.

Pero su éxito es efímero. Son rechazados, y Hitler se desvanece en el olvido. Al final es un oscuro agitador, casi desconocido.

Otra paz, entonces, que tampoco dura. Otra guerra, menos feroz que la anterior, que también se diluye en una era más tranquila.

Y así sucesivamente.

A veces pienso (debo aferrarme a esto) que alguna vez el tiempo fluyó en la dirección opuesta, y que, por repulsión ante la guerra definitiva, dio la vuelta y empezó a desandar su antiguo curso. Que nuestras vidas actuales son solo un retorno y un desenrollarse. Una gran retirada.

En ese caso, el tiempo podría volver a girar. Quizá tengamos otra oportunidad de escalar la barrera.

Pero no…

El pensamiento se ha desvanecido en las ondas del Nilo.


Otra familia se marcha del valle hoy. Toda la mañana han subido penosamente por la garganta de arena. Y ahora, volviendo quizá para echar un último vistazo desde el borde de los acantilados amarillos, se recortan contra el cielo de la mañana: motas verticales los hombres, motas planas los animales.

Junto a mí, Maot los observa. Pero no hace ningún comentario. Está segura de mí.

El acantilado queda desierto otra vez. Pronto habrán olvidado el Nilo y sus inquietantes fantasmas de recuerdos.

Toda nuestra vida es un olvidar y un cerrarse. Así como el hijo es absorbido por la madre, los grandes pensamientos son tragados por la mente del genio. Al principio están en todas partes. Nos envuelven como el aire. Luego hay un estrechamiento. Ya no todos los hombres los conocen. Entonces surge un gran hombre y los toma para sí, y se convierten en un secreto. Solo queda la inquietante convicción de que algo digno se ha desvanecido.

He visto a Shakespeare desescribir las grandes obras. He visto a Sócrates despensar los grandes pensamientos. He oído a Jesús desdecir las grandes palabras.

Hay una inscripción en la piedra, y parece eterna. Al volver siglos después la encuentro igual, apenas un poco menos gastada, y pienso que ella, al menos, puede perdurar. Pero un día llega un escriba y laboriosamente rellena los surcos hasta que solo queda la piedra lisa.

Entonces solo él sabe lo que allí estaba escrito. Y cuando se hace joven, ese conocimiento muere para siempre.

Lo mismo ocurre con todo cuanto hacemos. Nuestras casas se vuelven nuevas y las desmantelamos y guardamos los materiales discretamente en minas y canteras, bosques y campos. Nuestras ropas se vuelven nuevas y nos las quitamos. Y nosotros mismos nos volvemos nuevos y olvidamos y buscamos ciegamente una madre.


Ahora todos se han ido. Solo Maot y yo nos demoramos.

No me había dado cuenta de que llegaría tan pronto. Ahora que estamos cerca del fin, la naturaleza parece apurarse.

Supongo que aquí y allá, a lo largo del Nilo, habrá otros rezagados, pero me gusta pensar que somos los últimos en ver los campos desaparecer, los últimos en mirar el río sabiendo algo de lo que alguna vez simbolizó, antes de que el olvido se cierre sobre nosotros.


El nuestro es un mundo en el que triunfan las causas perdidas. Después de la segunda guerra de la que hablé, hubo un largo período de paz en mi país natal, del otro lado del mar. Había entre nosotros por entonces un pueblo primitivo llamado indios, un pueblo ignorado y sometido, obligado a vivir aparte en territorios que nadie quería. No les dábamos ninguna importancia. Nos habríamos reído de quien nos dijera que tenían poder para hacernos daño.

Pero de algún lugar surgió entre ellos una chispa de rebelión. Formaron bandas, se armaron con arcos y armas de fuego inferiores, y salieron a la guerra contra nosotros.

Los enfrentamos en pequeñas guerras sin importancia que nunca eran del todo decisivas. Ellos persistían, volvían siempre a la lucha, tendían emboscadas a nuestros hombres y carretas, nos hostigaban sin cesar y terminaron por hacer avances considerables.

Sin embargo, los considerábamos tan insignificantes que hasta encontramos tiempo para librar una guerra civil entre nosotros.

El resultado de esa guerra fue triste. Una porción de nuestra población, de piel oscura, fue esclavizada y obligada a trabajar para nosotros en las casas y los campos.

Los indios se volvieron formidables. Paso a paso nos fueron empujando a través de los anchos ríos y llanuras del medio oeste, por las montañas boscosas hacia el este.

En la costa oriental resistimos un tiempo, sobre todo gracias a una alianza con una nación isleña del otro lado del océano, a la que cedimos nuestra independencia.

Hubo un hecho alentador. Los negros esclavizados fueron reunidos y apiñados en barcos y llevados a las costas del sur de este continente, y allí fueron liberados o entregados a tribus guerreras que finalmente les dieron la libertad.

Pero la presión de los indios, esporádicamente apoyados por aliados extranjeros, fue en aumento. Ciudad por ciudad, pueblo por pueblo, caserío por caserío, levantamos campamento y nos embarcamos también nosotros para cruzar el mar. Hacia el final los indios se volvieron extrañamente pacíficos, de modo que las últimas embarcaciones parecían huir no tanto por miedo físico sino por un terror sobrenatural ante los verdes bosques silenciosos que se habían tragado sus hogares.

En el sur los aztecas empuñaron sus cuchillos de vidrio y sus espadas con filo de pedernal y echaron a los… creo que se llamaban españoles.

Un siglo más y todo el continente occidental fue olvidado, salvo por vagos recuerdos obsesivos.

Tiranía e ignorancia crecientes, una contracción constante de las fronteras, rebeliones de los oprimidos que a su vez se convertían en opresores: eso fue lo que constituyó la siguiente época de la historia.

Una vez pensé que la marea había cambiado. Surgió un pueblo fuerte y ordenado, los romanos, que sometió a la mayor parte de lo que quedaba del mundo.

Pero esa estabilidad resultó pasajera. Una vez más los gobernados se alzaron contra los gobernantes. Los romanos fueron expulsados de Inglaterra, de Egipto, de la Galia, de Asia, de Grecia. De los campos yermos surgió Cartago a disputar con éxito la supremacía de Roma. Los romanos se refugiaron en Roma, perdieron importancia, menguaron, se extraviaron en un laberinto de migraciones.

Sus ideas vivificantes ardieron durante un siglo glorioso en Atenas, y luego perdieron todo peso.

Después de eso, la declinación continuó a un ritmo constante. Nunca más me dejé engañar pensando que la tendencia había cambiado.

Excepto esta última vez.

Porque era pétreo, bañado de sol y seco, lleno de templos y tumbas, dado a las costumbres y a la calma, pensé que Egipto perduraría. El paso de siglos casi inmutables me alentó en esa creencia. Pensé que si no habíamos llegado al punto de inflexión, al menos habíamos encontrado el reposo.

Pero las lluvias han llegado, los templos y las tumbas colman las cicatrices de los acantilados, y las costumbres y la calma han cedido ante los afanes incansables del nómada.

Si hay un punto de inflexión, no llegará hasta que el hombre sea uno con las bestias.

Y Egipto debe desaparecer como todo lo demás.


Mañana Maot y yo nos pondremos en marcha. Nuestro rebaño está reunido. Nuestra tienda está enrollada.

Maot arde de juventud. Está muy cariñosa.

Será extraño en el desierto. Demasiado pronto nos daremos nuestro último y más dulce beso, y ella me parloteará como una niña y yo cuidaré de ella hasta que encontremos a su madre.

O quizá algún día la abandone en el desierto, y su madre la encuentre.

Y yo seguiré.

FIN

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Fritz Leiber - El hombre que nunca se hizo joven
  • Autor: Fritz Leiber
  • Título: El hombre que nunca se hizo joven
  • Título Original: The Man Who Never Grew Young
  • Publicado en: Night's Black Agents (1947)
  • Traducción: Juan Pablo Guevara para Lecturia

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