Mr. Thriplow adquirió su primer y último billete de lotería en Veracruz. Había ingerido dos vasos de tequila, a fin de darse ánimos para subir al horroroso barquito mejicano de cien toneladas, con motor auxiliar, único medio por el que trasladarse al pequeño estado tropical que intentaba visitar. Al tomar el billete, dividido en décimos, que le entregó la muchachita vendedora, sintióse arrebatado en brazos del destino. Por mi parte, no suelo creer en él, pero si alguna vez lo hago, me lo represento como al personaje más malicioso y cómico del mundo. El mismo personaje que Mr. Thriplow hubiera escogido como origen de sus absurdos, aunque elevados propósitos.

Luego, y por lo que respecta a una tía en Londres y una prima en Brisbane, con las que solía mantener una animada y extravagante correspondencia, el silencio más absoluto se cernía alrededor de la figura de Mr. Thriplow. Durante aquella oscura época, una o dos noticias se deslizaron en las columnas de la Sección Extranjera del Times. Por ejemplo, la de un asesinato, que la tía recortó, para decir luego a sus amistades, aunque sin convicción: «Henry debe estar disfrutando de lo lindo». Así era, en efecto, aunque resultara difícil asociar a Mr. Thriplow con entusiasmo alguno.

De unos cuarenta años y soltero, Thriplow era bastante tímido, aunque con una timidez en extremo curiosa, que le inducía a complicaciones arriesgadas, cada vez que salía de viaje. No podía soportar las relaciones sociales, y escogía siempre como escenario de sus andanzas, aquellas partes del globo desprovistas de viajeros como él. El año a que se refiere nuestra historia, habíase trasladado a Méjico; pero no a la capital, a Taxco, a Cuernavaca o incluso a Oaxaca — aunque su tía le había insistido mucho en que trajera un sarape decorado, y él estaba seguro de que su prima australiana consideraría en todo su valor unos pendientes de plata —, sino que en vez de ello, y dando como excusa cierto deseo de investigar los itinerarios de Hernán Cortés, escogió un pequeño y apático estado, en el que nada había que ver, aparte las marismas, mosquitos, plantaciones de bananas y una cárcel erigida, al parecer, en épocas pretéritas.

Se llegaba el país tras cuarenta horas de travesía, en un buque en el que se daban cita todas las incomodidades, y cuya única luz consistía en dos lámparas de petróleo, instaladas a proa y a popa — cuando el capitán escribía en su cuaderno de bitácora, un marinero sostenía junto a él una linterna eléctrica —. Al desembarcar, los pasajeros sentíanse derrengados y enfermos, a causa especialmente de la litera de tablones, denominada cama. Una vez remontado el río y llegados a puerto, era preciso esperar un día en un muelle asentado sobre restos de buques, entre nubes de mosquitos que producían un rumor semejante al de una maquinilla de coser. Veíanse unas breves cabañas de madera, en una plaza con una estatua de Obregón, algunos pajarracos revoloteaban por los aires, y a lo lejos, las aletas de los tiburones hendían el agua, brillando como periscopios de una flota de submarinos.

A diez horas de río, entre plantaciones de bananas, se encontraba la capital. Durante el camino, el buque de Thriplow tocó tierra dos veces. Las luciérnagas imitaban el parpadeo de innumerables luces, como de una ciudad contemplada a lo lejos, y las lámparas de petróleo conferían al ambiente cierta curiosa cualidad melodramática, a la que no eran ajenos los cocoteros y los plátanos. Luego, tras una curva, las auténticas luces de la capital aparecieron a proa, con un aire artificioso e importante, que no podía menos de sorprender en aquella salvaje región.

Sin embargo, la impresión era falsa. Thriplow no tenía por qué temer los tonos agresivos de las americanas que disputan sobre el precio de un sarape. No había en aquella ciudad nada que pudiese atraer a un viajero… exceptuando a Thriplow. El buque quedó amarrado a una orilla fangosa, y Thriplow bajó a tierra por medio de una pasarela tendida sobre cuatro o cinco metros de río verdoso y cansino. Un policía tomó su maleta, sacudiéndola a fin de percibir el sonido de unas posibles botellas de contrabando — el vino estaba prohibido en el país —, y un espectador amable encendió una linterna eléctrica, con el fin de evitar a nuestro hombre un resbalón.

Sólo existía un hotel decoroso, y una vez Thriplow hubo dejado en él su maleta, dirigióse a la plaza, con el fin de echar un vistazo al lugar. Todo se concentraba allí. Estaban celebrando una especie de elecciones, aunque no hubiera podido definir de qué clase, y veíanse estrellas rojas y letreros del Frente Popular en las paredes. Por toda la extensión de la plaza, sumida en un calor caliginoso los jóvenes paseaban: a un lado los varones, al otro las muchachas. Un ciego que lucía su mejor traje blanco y sombrero de paja era conducido del brazo por un amigo. Semejaba una ceremonia religiosa, celebrada en silencio, frente al consultorio de un dentista, en cuyo escaparate se veía la horrible silla del oficio, ocupada por un maniquí de cera; la Prisión Federal con columnas blancas, estilo colonial, un centinela armado, y unos rostros oscuros tras de los barrotes; la Tesorería, la Presidencia, el Sindicato Obrero, y unas cuantas viviendas particulares, donde tras las ventanas a medio cerrar, percibíanse ancianas, oscilando en sus mecedoras, y niños sentados en rígidas sillas de estilo Victoriano.

Thriplow hablaba muy poco español, pero disponía de un librito en el que estaban anotadas las frases más corrientes. Por otra parte, era difícil esperar que en aquella incómoda ciudad, alguien conociese su idioma. Sentándose muy nervioso en su cama, mientras observaba como un escarabajo corría por el alto techo de la desnuda habitación, y las hormigas surgían de las baldosas, Thriplow comprendió que había alcanzado su objetivo. Podía pensar de nuevo en Kensington, en la casa de su tía y en la rutina que imperaba en aquella morada, con profunda nostalgia. Al revés del turista corriente, le era dable regresar, lleno de un profundo cariño, hacia la belleza de su propio hogar.

Al día siguiente, desayunó en el único restaurante de la población. Un paseo por el mercado, sobre el cual las aves de rapiña planeaban, extendiendo sus alas negras y alargando sus cabecitas idiotas. Comida en el mismo lugar, un sueño intranquilo, paseo por la plaza, la cena, un vaso de agua mineral con la que lavarse los dientes — Thriplow cuidaba mucho su salud —, y de nuevo a la cama. No había nada que ver durante el día, ni siquiera una iglesia pintoresca, con sus ritos católicos romanos. En cuanto al billete de lotería, lo había olvidado por completo.

Lo recordó de improviso al tercer día, cuando hallándose comiendo, un hombre acercóse a él con la intención de venderle algunos más. Pidió examinar la lista de los números premiados, y en ella enmarcado en el centro de las apretadas columnas, estaba su número, el 20.375. Su primer y último billete de lotería había resultado ganador de un premio de 50.000 pesos. Las moscas revoloteaban alrededor del feo bisté servido en su plato, y un mendigo indio con un leve rastrojo de barba y bigote permanecía en el umbral, observando a los comensales sin pronunciar una palabra. Probablemente no sabía español y su aspecto era el de esos pobres de las comedias morales, que sirven para recordar a los ricos la miseria ajena.

La primera sensación de Mr. Thriplow fue de vergüenza. Sentíase un forastero… un gringo. Había gastado cinco pesos en el billete. ¿Qué derecho tenía ahora a tan elevada cantidad? El vendedor informó a todo el mundo, y todos quisieron ver el número y la lista, y decirle lo que tenía que hacer. Comprendió perfectamente la palabra «Banco». Al dejar el restaurante trató de aligerar un poco su conciencia, depositando el contenido de su cartera en la mano del indio: cincuenta pesos. Aquel hombre no demostró sorpresa alguna, sino que limitóse a huir rápidamente, como temeroso de un cambio de actitud en el donante.

La noticia había llegado al Banco, mucho antes de que Thriplow se aproximase allí. Relamido, esbelto y sonriente, el director mestizo acercóse a Thriplow, sudoroso. Sabía tan poco inglés como Thriplow español; pero éste comprendió por su amplio gesto de bienvenida, que ponía a su disposición los escasos recursos del banco. Parecía como si la noticia hubiese alcanzado también a los zopilotes, porque se aproximaron, planeando por sobre los tejados, y se fueron posando en la carretera, mientras sus cabecillas se movían de un lado a otro, en busca de presa.

Thriplow tomó asiento en una dura mecedora, escuchando al director. Sólo entendía una palabra ocasional, de vez en cuando, y mientras el calor del sol lo licuaba todo sobre ellos, le pareció como si le estuvieran indicando algunas prohibiciones. No podía sacar el dinero de México, etc. De improviso, y con un aire de petulancia, provocado sin duda alguna por el calor, manifestó:

—No quiero el dinero. No lo necesito. Les hará más falta a ustedes.

En los ojos castaños del director se pintó una comprensión casi inmediata.

—Es usted un filántropo — declaró, con el tono de quien sienta una conclusión definitiva.

—No necesito su dinero — repitió Thriplow, pasándose la mano por el pelo, con gesto algo nervioso, temiendo aparecer teatral —. Me gustaría hacer algún bien a este país — aquella suma era realmente inmensa para un Estado tan pobre, y suavemente complacido, consideróse una especie de Carnegie —. Acaso puedan fundar una biblioteca…

—Es usted nuestro bienhechor — manifestó el otro. Todas las palabras inglesas que conocía eran de raíz latina. Tomó su sombrero de paja y dijo —: Vámonos.

—¿Adonde?

Aquel hombre era algo vago en sus insinuaciones. No obstante, añadió algo acerca de la Presidencia. Thriplow se dejó conducir por el hado… ¿no lo he descrito ya, como travieso y divertido? Siguió al sombrero de paja, absurdo y lleno de agujeros, como una criba, hasta la plaza, y luego se encontró en una antesala de la Presidencia. Al parecer, su gesto iba a ser considerado por el propio gobernador de la comarca. Thriplow reflexionó acerca del posible destino de la cantidad. ¿Un hospital?, ¿un instituto científico?, ¿acaso un casino literario?, ¿tal vez un hospicio?… Hubo un largo intercambio telefónico de ideas. Un hombre ataviado al estilo de los bandoleros del país, con pantalón ceñido y enorme revólver pendiente del cinto, lo observaba con mirada irónica y malevolente realzada por el pañuelo rojo que ceñía su garganta.

—El gobernador está ausente — declaró el director del Banco —. Vámonos — y dirigióse haciala plaza, seguido del hombre armado. Frente a ellos aparecía una puerta con un letrero que proclamaba: DENTISTA, y algunas muestras de resplandecientes dentaduras —. Dolor — dijo con evidentes muestras de satisfacción —. Dolor.

Penetraron en el consultorio, con su sillón y su taladro. Un sol cegador se reflejaba en el breve aposento, tras dar de lleno contra una blanquísima pared enjalbegada. El gobernador estaba sentado, con la boca llena de algodón en rama. Un moscardón cruzó el patio.

El director del Banco procedió a extenderse en una serie de explicaciones en español, mientras el gobernador escuchaba, reclinado contra el sillón, con la boca llena. Era un hombre pequeño y rechoncho, con la barba azulada y una expresión irónica en sus infantiles ojos. El dentista cambió la aguja, y una nube de temor oscureció la cara del gobernador, que extendió una mano con gesto implorante hacia su subordinado, como si le rogase: «Continúe. Continúe. Por Dios, prosiga hablando».

El director del Banco pronunció dramáticamente unas cuantas palabras, que Thriplow no entendió. El gobernador se hallaba en posición horizontal, con los pies al nivel de la boca del otro. Trató de incorporarse y asintió con vehemencia, vertiendo un poco de algodón.

En aquel momento el dentista acercóle la perforadora, y la faz del paciente se puso convulsa, como la de un niño.

—Dolor — dijo el director del Banco —. Dolor. Vámonos.

Salieron otra vez a la breve y neblinosa plaza. Unas cuantas personas, sentadas bajo los árboles, bebían gaseosas de variados colores, químicamente llamativos. Un hombre descendió las escaleras de la Presidencia, haciendo sonar las guarniciones de su pistolera, seguido de unos cuantos soldados indios, de corta talla, con uniformes verde oliva, llevando los fusiles de cualquier modo. «Educación — pensó Thriplow —. Esto es lo que necesitan estas gentes». Y su alma pareció ensancharse, sumida en un éxtasis de benevolencia y de felicidad. Sus viejas tradiciones cobraron nuevos ánimos: a uno de sus antecesores le hablan erigido una estatua en un país extraño.

El director del Banco tomó esta vez una dirección contraria a aquél y al edificio de la Presidencia. Trotó a través de la plaza, caliente como un horno, enjugándose el sudor de la frente, y Mr. Thriplow lo siguió como impulsado por una fuerza extraña. No podía apartar sus ojos de aquella espalda sudorosa, que avanzaba rauda, en dirección al Sindicato de Obreros y Campesinos… De improviso, percibió la figura de una muchachita, que se alejó veloz al aproximarse ellos. No era su belleza lo que había llamado la atención de Thriplow —había muchas en la ciudad con facciones más correctas y, además, Thriplow no prestaba demasiada atención a las mujeres —, sino su aire ausente y agresivo. Vestía ropas que no parecían confeccionadas para ella.

—¿Quién es? — preguntó, mientras la muchacha lo miraba desde el centro de la plaza, con aire suspicaz.

—Religiosa — contestó el director del Banco, como si aquello explicara algo, al tiempo que se introducía por una puerta enjalbegada que conducía a un patio. En éste se veían buen número de cajas conteniendo botellas de agua mineral, un surtidor seco y algunas flores mustias en una lata de conservas.

—Haré de intérprete — dijo el director, empezando a charlar con alguien a quien Thriplow no podía ver, por hallarse al otro lado de una puerta. Al poco rato emergía de ella la extravagante figura de un hombre muy grueso, de pelo encrespado y rostro afable, que vestía de dril blanco, con unos pantalones ajustadísimos en los muslos, y llevaba en la mano un taco de billar. Del cinto, guarnecido con balas, colgaba un pesado revólver. Saludó a Thriplow con un ademán, enarbolando el taco, y luego dijo alegremente:

—Hablo el inglés muy bien. Soy Jefe de Policía de este… — sonrió irónicamente — corral.

Se oyó el ruido seco de unas bolas al chocar, y el Jefe de Policía atisbo ansiosamente hacia el interior.

—No puede uno fiarse — declaró — Son unos tramposos — volviéndose hacia Thriplow, prosiguió rápidamente —: Este señor quiere que le diga, de su parte, que el Gobernador está muy satisfecho con su donativo.

—¿Qué se propone hacer con él? — inquirió el aludido.

—Progreso — fue la escueta respuesta —. Estamos muy atrasados — y volvió de nuevo la cara hacia el lugar en el que el juego proseguía.

—Escuelas.

—No. No. Cada cosa a su tiempo. Primero, derrotar a la reacción.

—¿Reacción?

—Pero, ¿es que no ha oído hablar de las elecciones?

—No quiero que mi dinero se utilice en política — afirmó Thriplow.

—¡Oh, no! Nada de política. Están planeando un alzamiento. Reciben armas de Italia, Alemania, el Japón… Están vendiendo a México. — Con un breve gesto señaló la plazuela y los puestos en los que se expendían gaseosas —. Si ganan, volverá el Obispo — hizo una pausa de gran efecto —. La Inquisición.

—¡Oh, no! ¿Cómo va a volver la Inquisición? — protestó Mr. Thriplow.

—¡Sí, sí! La Inquisición.

—Bueno. De todos modos, no quisiera que ese dinero —balbuceó Thriplow —. Verá usted… Soy extranjero. No quiero tener arte ni parte en cuestiones internas del país.

—Será usted bendecido por todos repuso el Jefe de Policía —. Su dinero servirá para…, sentar los cimientos… del progreso. Entregue el billete a este caballero — miró hacia atrás y luego, como si una súbita idea hubiera acudido a su cerebro, añadió con elocuencia —: La gratitud del Estado… un monumento e incluso quizás una fuente…, un banco de mármol en la plaza, con su nombre grabado.., ¿Cómo se llama usted, señor?

—Thriplow.

—Una inscripción: «Los amigos del progreso, a su bienhechor extranjero».

—Es usted muy amable.

—¡No, no! Nada de eso. ¿Dónde le gustaría el banco, señor Tipno? ¿Frente al Sindicato? ¿Junto a la Presidencia? ¿Bajo aquel árbol? Despejaremos ese lugar de vendedores.

—Es usted muy amable. Muy amable.

Por las noches no había nada que hacer. La dinamo instalada en el piso bajo del hotel runruneaba sin descanso, mientras en el principal las luces parpadeaban y los moscardones se daban de bruces contra la pared. Llegaban en bandadas, procedentes del río, y el suelo estaba materialmente cubierto de ellos. El propietario y Mr. Thriplow se balanceaban en sus mecedoras, en una atmósfera espesa y cálida. Transcurrido un rato, el primero logró recordar algunas palabras inglesas y otras cuantas francesas con las que intentó un intercambio de ideas con el forastero. En algún lugar lejano, muy cerca de la plaza, la multitud vociferaba.

—Elecciones — explicó el propietario, abanicándose con un periódico de la capital, muy atrasado. Una embarcación hizo sonar su sirena en el río.

El propietario del hotel empezó a quejarse de los malos tiempos y a evocar con nostalgia las buenas épocas pasadas. A lo que Thriplow pudo entender, durante el mandato de Porfirio Díaz, el gobernador de aquel Estado murió pobre; pero jamás volvió a ocurrir tal cosa. Con suma cautela, Mr. Thriplow dejó escapar, como al azar, las palabras «reacción» e «Inquisición».

De improviso, el propietario pudo formar una frase completa.

—Ahora —dijo— morimos… comme les chiens.

¿Por qué un hombre no había de tener un sacerdote que le ayudase en el trance supremo, si así lo deseaba? Se produjo un pesado silencio, interrumpido sólo por el rumor de los abejorros que espantaba con su periódico.

—La Iglesia tiene dinero — apuntó Thriplow, sin que su interlocutor lo comprendiera —. Iglesia… — insistió Thriplow —. L’argent… mucho dinero.

Una socarrona risa fue su respuesta. En la plaza, el rumor proseguía sonando, cada vez más fuerte.

—Después de todo — insinuó Thriplow, existe aquí la democracia. Tienen derecho al voto.

Si el país quiere reacción, puede votar por ella. — Y prosiguió durante un buen rato aleccionando al dueño del hotel sobre la democracia. De vez en cuando, una palabra parecía producir el efecto deseado, ballot, por ejemplo. De improviso, el viejo empezó a hablar con elocuencia. Thriplow pensó que tal vez no comprendiera de manera correcta. Sonó la palabra «lotería» y salió a relucir una expresión muy semejante a «imbécil». Thriplow llegó a la conclusión de que la policía y las tropas federales no bastaban para reforzar la posición del Gobernador, algo vacilante de por sí. Resultaba increíble, pero hubiese podido ocurrir que perdiera las elecciones, porque las pagas de los policías y soldados no habían sido satisfechas desde varios meses antes. Su adversario político había atiborrado las paredes de acusaciones contra el representante del Gobierno, sin que la policía las arrancara. Sin embargo, aquella noche todo el mundo había recibido su soldada, gracias al billete de la lotería.

Mr. Thriplow trató de sugerir, en inglés y francés, que la victoria del progreso no podía verse en peligro a causa de unas miserables cantidades.

De improviso, el propietario perdió los estribos. La baraúnda era tan grande que le era preciso gritar para que su interlocutor pudiera oírle.

— ¡Progreso! —gritó.

Apagóse la luz, y en seguida se volvió a encender, mostrando su rostro convulso.

—¡Pistoleros! ¡Asesinos! — añadió.

En la calle sonaron gritos y vivas.

Thriplow salió al balcón. Un pelotón de soldados desfilaban en desorden. Sus componentes habían bebido. Podía deducirse perfectamente con sólo observar lo inseguro de su paso; pero no eran ellos quienes producían aquel ruido. Cuatro mujeres, algunos niños y unos ocho hombres maduros gritaban hasta enronquecer, detrás de los soldados:

— ¡Viva! ¡Viva! ¡Viva!.

La gente los observaba desde los umbrales de sus viviendas, con aire indiferente. Los soldados proseguían su vacilante marcha, entre el oscuro río y los silenciosos espectadores, con sus rostros de indio, sus fusiles colgando de cualquier modo, en fila, unos junto a otros como intocables.

—¿Qué están haciendo? — preguntó Thriplow.

El propietario le contestó que probablemente iban en busca del otro candidato, para detenerle. Esta vez Thriplow estuvo seguro de haber comprendido, si no por otra cosa, por su intuición de la respuesta.

—¿Detenerlo?

El propietario informó a Thriplow, y éste descendió a toda prisa la escalera, pisoteando cucarachas. Al llegar a la planta baja miró hacia atrás y en aquel momento la luz se apagó de nuevo. El viejo, columpiándose en su mecedora, desapareció de su vista con expresión de indiferencia.

Si los soldados se dirigían realmente a la casa de aquel hombre, y no a su cuartel, tardarían algo en llegar. Thriplow encontró el domicilio con suma rapidez. Llamó a la puerta y ésta se abrió en seguida, como si alguien hubiera estado esperando ansiosamente semejante mensaje. Thriplow pasó a un patio. Una mujer le preguntó en inglés:

—¿Qué desea usted?

La casa era muy pobre. La lámpara colocada encima de la mesa alumbraba un interior de celda.

Thriplow preguntó:

—¿Dónde está el candidato?

—Mi padre se ha marchado — contestó la aludida.

Thriplow la miró por vez primera. Era la muchacha que había visto en la plaza. Luego de contemplarle con aire acusador, preguntó a su vez:

—¿No estaba usted con el Jefe de Policía?

—Vienen a detenerle — repuso él. Y empezó a explicarle que aborrecía aquellos enredos, pero que se sentía un poco responsable a causa de su entrega del billete premiado.

—No importa — dijo la joven.

Aquella calma lo alivió. Quizás había hecho una montaña de un grano de arena. Al ver un bordado encima de la mesa, comentó:

—A mí también me gustan.

—Hay que vivir.

—Habla usted el inglés perfectamente — en su voz vibraba cierto anhelo de establecer contacto con su interlocutora.

—Claro. Fui educada allí.

—¿Cree que no sería mejor advertir a su padre?

—Ya lo sabe — repuso la muchacha —. Todo esto era de esperar — y lo contempló con inmensa reserva.

Thriplow experimentó cierto sentimiento de apacibilidad en aquel patio pequeño y pobre.

—Si inconscientemente les he causado alguna molestia, les ruego que perdonen.

—Fue usted quien entregó el dinero, ¿verdad?

—Sí. Pero… compréndame… no intenté perjudicar a nadie. Soy liberal. No puedo menos de simpatizar con el… progreso.

—Lo creo.

—Detesto la fuerza. No comprendo cómo un patriota… Y su padre lo es, sin duda alguna; puede aceptar armas de Italia, de Alemania…

—¿De veras? — preguntó ella, con cierta nota irónica en la voz.

Thriplow volvió a observar el patio. En las habitaciones no se veía más que lo imprescindible para una vida en extremo modesta: una mesa, una silla, una cama dura y poco acogedora… Desprendíase de todo ello un cierto fanatismo. Con aire de disgusto declaró:

—Viven muy frugalmente.

—Somos muy pobres — contestó la muchacha. Un crucifijo colgaba de la pared, sobre un camastro indio, consistente en una breve elevación del suelo, sobre la que había sido extendida una colchoneta de paja.

—Me dijeron que era usted religiosa — añadió él, tras vacilar un poco.

—Estaba en un convento, pero lo destruyeron. Se encontraba donde ahora está el campo de juego, junto al río — hizo un leve movimiento en dirección del crucifijo—. El tenerlo representa una traición a las autoridades. Probablemente vendrán a registrar. Necesitarán toda clase de pretextos.

—Pero… no puedo comprender… que su padre corra un peligro inminente, y usted…

—No corre peligro alguno. Pero ellos sí… y usted.

Thriplow se sorprendió.

—¿Se refiere a que los reaccionarios pueden provocar una revuelta?

Por segunda vez aquella noche, alguien se indignó por su culpa.

— ¡Qué nombres tan estúpidos da usted a ciertas cosas! — profirió la joven con los ojos llameantes. Luego, bajando algo la voz, añadió más calmada—: Lo lamento. Usted es inglés, claro. ¡Pobre hombre! ¡En qué lío lo han metido! Thriplow sintióse estremecer de cólera. Luego se dijo que lo mejor era desembarazar de todo aquel absurdo enredo.

—Bueno. Me alegro de que su padre se encuentre en lugar seguro.

—No me he portado bien con usted — manifestó ella—. Es preciso que lo sepa. Lo detuvieron hace media hora. Debe haber visto como los soldados regresaban al cuartel. Antes, tuvieron que atiborrarlos de licor.

—Entonces, ¿por qué dijo?… — se interrumpió, comprendiendo. Podía leer la entera historia en aquellos ojos secos y doloridos.

—Ya habrá oído hablar de la ley de fugas. En realidad, nunca es preciso que echen a correr…

Míster Thriplow se quedó mudo. No obstante, algo en su interior empezaba a agitarse… odio hacia la vendedora de lotería, odio hacia el director del Banco, el Gobernador, el Jefe de Policía, incluso hacia la víctima de su imprudencia; odio hacia todo aquello que, de modo automático, había enturbiado su vida; odio hacia las ideas y las palabras. El odio penetraba poco a poco en su alma, como un ejército invasor.

Si quiere darme algún dinero — suplicó la muchacha débilmente—. No tengo un céntimo en la casa. Quizás no sienta usted tanto lo que ha hecho. Se irá a su casa, más tranquilo. Es usted bueno poseía aquella fuerza psicológica que se observa, con frecuencia, en las monjas. Sacando su cartera, le dio cuanto tenía. Aquel gesto, dictado por el odio, se convirtió casi en un gesto de amor. La joven dijo—: Es mucho más de lo que necesito; pero quizás pueda lograr que alguien me traiga a un sacerdote para enterrarlo… un sacerdote de otro Estado. Aquí morimos como los perros. Muchas gracias.

Parecía decidida a aliviar a Thriplow de sus preocupaciones. Quedaba completamente sola en la cumbre de su resignación religiosa, observando a los pobres humanos, arrastrarse como escarabajos, cometiendo torpezas…

—Es usted muy amable — añadió—. Sólo que ignorante… ignorante de la vida.

En su voz vibraba el sano orgullo y la simplicidad de los conventos.

Míster Thriplow salió a la calle. Se acordó de su prima de Brisbane y de su tía de Kensington.

Un olor ofensivo le llegaba del río, y un moscardón tropezó contra su cuello, yendo a estrellarse luego contra una pared, tras haber surcado un haz de luz eléctrica. Alguien cantaba a lo lejos una canción melancólica, acerca de cierta rosa de los campos. El odio desbordaba del corazón liberal de míster Thriplow, ignorando fronteras. Oyó al director del Banco pronunciar: «Dolor. Dolor». Seres de todas clases se debatían y se agitaban en las interioridades de su propio conflicto. No conocía siquiera el nombre de la víctima. Prosiguiendo su camino de exilado a lo largo de la orilla, míster Thriplow empezó a comprender que era la condición interna de la vida misma lo que había empezado a odiar. Una frase de su niñez acudióle al cerebro. Una frase relativa a cierta persona que había amado profundamente al mundo. Reclinándose contra una pared, Mr. Thriplow lloró. Un transeúnte, confundiéndole con algún conocido, le dirigió unas palabras en su idioma propio.

1938.

* * *

© Graham Greene: The Lottery Ticket (El billete de lotería). Publicado en Nineteen Stories, 1947. Traducción de Julio Fernández-Yáñez.

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