Guy de Maupassant: La mano

Todos rodeaban al señor Bermutier, juez de Instrucción, que refería el suceso misterioso de Saint-Cloud. Aquel inexplicable crimen, que había aterrado a París, no era comprendido por nadie.

El señor Bermutier, en pie, apoyado en la chimenea, hablaba, comentando las varias opiniones, aduciendo pruebas, pero sin deducir afirmación alguna.

Varias señoras habíanse levantado para oírle mejor, de más cerca, y clavaban los ojos en los afeitados labios del juez, aplicando al mismo tiempo el oído a sus graves palabras. Estremecíanse, vibraban ansiosas, con la insaciable y ávida curiosidad que nos hace apetecer emociones terroríficas y angustiosas.

Una de las que le rodeaban, más emocionada que las otras, dijo, aprovechando un silencio:

—Es inverosímil y espantoso. Parece realizado por una fuerza sobrenatural. Nunca sabremos lo que hubo.

El juez, dirigiéndose a ella, prosiguió:

—Es probable que nunca lo descubramos, pero no porque haya en el suceso nada sobrenatural. Es un crimen vulgarísimo, aunque hábilmente preparado y dispuesto de modo que no dejara huellas. Hay crímenes de otra especie, señora, en que se duda si pudo intervenir un poder misterioso y fantástico. Yo sumarié hace tiempo uno, que nos vimos obligados a dejar por falta de informes que pudieran aclararlo.

Varias señoras exclamaron a la vez, y tan rápidamente, que sus voces se confundieron en una sola voz:

—¡Cuéntelo! ¡Cuéntelo!

El señor Bermutier sonrió gravemente, como debe sonreír un juez de Instrucción, y dijo:

—No imaginen ustedes que yo pude suponer un solo instante la existencia de algo sobrehumano en la singular aventura que voy a referirles. Creo nada más en las causas y leyes naturales. Por eso, en vez de la palabra «sobrenatural», para designar lo que se resiste a nuestra comprensión, emplearé la palabra «inexplicable». Las circunstancias que rodearon el suceso eran la causa principal del interés, del asombro que producían. Empezaré, y ustedes juzgarán:

Yo era entonces juez de Instrucción de Ajaccio, pequeña ciudad, limpia, blanca, recostada en la curva de un admirable golfo rodeado por altas montañas.

Lo que allí me daba mayor trabajo eran las vendettas, muchas de las cuales aparecían dramáticas, feroces o heroicas. Allí encontré los más extraños y hermosos motivos de venganza que se puedan imaginar; seculares odios, apaciguados un tiempo, jamás extinguidos: engaños terribles, asesinatos que tomaban el carácter de verdaderas degollinas o de acciones gloriosas. En dos años, apenas oí hablar de otra cosa que del valor de la sangre, de la terrible opinión que obligaba fieramente a vengar cualquier injuria sobre la persona que la infirió y sobre sus descendientes y allegados. Vi sacrificar a los abuelos, a los parientes lejanos, a los amigos de los ofensores; tenía la cabeza llena de tales historias.

Un día supe que un inglés acababa de instalarse, alquilándola por muchos años, en una elegante casita situada en lo más resguardado del golfo. Le acompañaba un criado francés, al cual, de paso en Marsella, tomó a su servicio.

Pronto fue una preocupación para la gente aquel extraño personaje que vivía solo y sin más ocupaciones que la caza y la pesca. No hablaba con nadie, no entraba siquiera en la ciudad, y cada mañana, ejercitábase tirando al blanco un par de horas, con pistola o carabina.

Comenzaron las habladurías y se hicieron muchos comentarios. Unos le suponían elevado personaje, huido por cuestiones políticas de su patria; otros afirmaban que se recogió allí después de cometer un crimen espantoso. Todos citaban detalles verdaderamente horribles.

Por mi carácter de juez instructor, me creí obligado a procurarme los antecedentes de aquel hombre; pero me fue imposible descubrir nada concreto.

Se hacía llamar John Rowell.

Yo le tenía muy vigilado; pero, en realidad, nunca supe que hiciera nada sospechoso.

Las murmuraciones continuaban, aumentando sin cesar, agigantándose; ya intervenía en ellas la ciudad entera. Me resolví a entablar amistades con el inglés; y para conseguirlo, salí de caza todos los días, frecuentando los alrededores de su propiedad.

Aguardé una ocasión favorable; y se presentó al cabo de algún tiempo en forma de perdiz, que tiré y maté en las propias barbas del misterioso personaje. Mi perro la cobró, y recogiéndola, me acerqué, rogando al dueño de la finca donde cayó la pieza que se dignase aceptarla y perdonar mi abuso.

John Rowell era un hombre alto y fornido, algo así como un hércules tranquilo y correcto, con las barbas y los cabellos rojos. No asomaba en sus modales la tirantez británica, y agradeció vivamente mi atención. Al cabo de un mes yo había conseguido hablar con Rowell cinco o seis veces.

Al fin, una tarde, al pasar frente a su puerta, lo vi a horcajadas en una silla de su jardín, fumando tranquilamente. Lo saludé y me invitó a entrar para que bebiéramos un vaso de cerveza. No me hice repetir la invitación.

Mostró en atenderme y servirme toda la cortesía inglesa; me habló con elogio de Francia, y me dijo que le agradaba mucho aquella tierra de Córcega y aquel golfo donde se había retirado.

Aproveché la ocasión para preguntarle con todas las precauciones convenientes, y como una fórmula discreta, noticias de su pasado y de sus proyectos.

Me contestó abiertamente, sin turbarse ni vacilar un momento, que había viajado mucho por África, por la India y por América, y añadió, riendo:

—He corrido muchas aventuras en todas partes.

Luego hablamos de asuntos de caza, y me dio curiosos detalles acerca de la del hipopótamo, de la del tigre, de la del elefante y hasta de la caza del gorila.

Yo dije:

—Son temibles todos esos animales.

Él sonriendo, contestó:

—El animal más terrible es el hombre.

Y soltó una risa franca y ruidosa, la risa inglesa, prosiguiendo:

—También he cazado al hombre.

Me habló de armas, invitándome a entrar para que viese las que allí tenía.

El salón estaba tapizado de negro, de seda negra bordada en oro. Grandes flores amarillas, diseminadas en el oscuro fondo, brillaban como si estuvieran encendidas.

Rowell me indicó:

—Son tejidos japoneses.

En el centro de una pared atrajo mi atención un objeto extraño; sobre un cuadro de terciopelo rojo destacábase una cosa negruzca. Me acerqué, y vi que aquello era una mano, una mano de hombre. No el esqueleto, sino toda la mano, con sus uñas amarillas, los músculos y los huesos partidos, la sangre seca. Parecía cortada con violencia, en redondo, con un hacha, más arriba del puño, el cual estaba sujeto con una enorme cadena, remachada, soldada, incrustada en el objeto que oprimía sujetándolo al muro con una fuerte argolla; todo ello pudiera esclavizar a un elefante.

Yo pregunté:

—¿Qué significa esto?

El inglés respondió tranquilamente:

—Fue mi enemigo mayor. La traje de América. La desprendí en seco, de un sablazo; le arranqué la piel con una piedra cortante y la tuve al sol ocho días. ¡Oh! Muy bien.

Toqué aquel despojo humano, que debió de pertenecer a un coloso. Las falanges de los dedos, desmesuradamente largos, estaban sostenidas por gruesos tendones. Era una mano espantosa, despellejada, y hacía suponer alguna venganza salvaje.

Dije:

—¿Sería muy forzudo su dueño?

El inglés pronunció suavemente:

—Sí; pero yo lo era más. Le sujeté con esa cadena.

Me pareció que bromeaba, y añadí:

—Ahora, la cadena ya es inútil; la mano sola no podría escaparse.

John Rowell dijo gravemente:

—Sí, ha querido escaparse. La cadena es necesaria.

Con una rápida mirada le observé, pensando: «¿Estará loco este hombre o será un bromista?»

Pero nada vi en su rostro impenetrable, tranquilo y bondadoso, que me sacara de mis dudas. Hablamos de otras cosas, examinando las escopetas.

Reparé en que, sobre distintos muebles, había tres revólveres cargados, lo cual indicaba claramente que vivía el inglés muy prevenido contra un ataque violento, que, sin duda, esperaba.

Varias veces lo visité. Luego, satisfecha mi curiosidad, suspendí mis visitas. Con el tiempo se habían acostumbrado todos a verlo, y nadie se preocupaba ya de hacerle objeto de conversaciones.

*

Pasó un año. A fines de noviembre, una mañana me dijeron, al despertarme, que habían asesinado a John Rowell durante la noche.

A la media hora entré, acompañado por el capitán de gendarmes y el comisario, en la casa donde residía el inglés. El criado, sumido en el mayor desconsuelo, lloraba junto a la puerta. Sospeché al pronto de aquel hombre; pero me convencí de su inocencia.

No fue posible hallar las huellas del culpable.

Al entrar en la sala vi a Rowell tendido en el suelo. Tenía el traje en desorden y una manga desgarrada, lo cual era prueba evidente de que hubo lucha.

El inglés había muerto estrangulado. Su rostro estaba denegrecido y abotagado, y su expresión era la de un espanto irresistible. Apretaba entre sus dientes un cuerpo extraño; su cuello, en el cual se marcaban cinco heridas, que parecían hechas con cinco clavos de hierro, estaba cubierto de sangre. Al llegar el médico, examinó detenidamente las huellas de la mano criminal y pronunció estas palabras misteriosas:

—Diríase que le ha estrangulado un esqueleto.

Sintiendo, al oírlas, que todo mi cuerpo sufría una conmoción, fijé los ojos en el sitio donde me sorprendió en otro tiempo ver una mano despellejada y seca.

No estaba ya; y la cadena, rota, colgaba de su argolla.

Inclinándome sobre el cadáver, observé que tenía en la boca un dedo de aquella mano desaparecida, cortado por la presión de los dientes en la segunda falange.

Abrimos el sumario. No se descubrió nada. Ninguna cerradura forzada, ninguna puerta, ninguna ventana que indicase un camino. Todo estaba en su estado normal.

En resumen, el criado no dijo más que lo siguiente:

—Hacía un mes que mi amo se mostraba intranquilo. Había recibido muchas cartas, que alpunto quemaba en la chimenea.

Frecuentemente, cogiendo un látigo, en un acceso de cólera, semejante a una furiosa locura, golpeaba la mano clavada en la pared, y desprendida, no se sabe cómo, a la hora del crimen.

Se acostaba muy tarde y cerraba la puerta con muchas precauciones. Tenía siempre un revólver al alcance de su mano. Con frecuencia, de noche, hablaba en voz alta, como si disputase con alguno.

En la noche del crimen, precisamente, no había hecho ningún ruido, pareciendo muy sosegado.

*

Al abrir las ventanas, por la mañana, fue cuando el criado vio a Rowell muerto.

No sospechaba de nadie.

Pusimos en movimiento la gendarmería, la policía y los tribunales de toda la isla; se hizo una información minuciosa. Nada se averiguó.

Pero una noche, a los tres meses de realizado el crimen, tuve una horrible pesadilla. Me pareció ver la mano, la espantosa mano, corriendo como un escorpión o como una araña a lo largo de los cortinajes y las paredes. Me desperté, me tranquilicé, y al dormirme de nuevo, el repugnante despojo me obsesionaba, corriendo por mi cuarto sirviéndose de sus dedos como de unas patas.

Al día siguiente me la llevaron, habiéndola encontrado en el cementerio sobre la tumba de John Rowell, de cuya familia y antecedentes nada se averiguó tampoco.

Las mujeres, pálidas y descompuestas, vibraban estremecidas. Una dijo, al enterarse de que la historia estaba terminada:

—Pero ¿no hay un desenlace, una explicación?

Y el juez, sonriendo con severidad, repuso:

—No quisiera yo, señoras mías, destruir con suposiciones el efecto que produce a ustedes la fantasía misteriosa del suceso. Yo, sencillamente, imagino que el hombre a quien pertenecía la mano clavada, no estando muerto, fue a recogerla, vengándose. ¿Cómo lo hizo? Eso ya no lo sé.

Una de las que le oían, murmuró:

—No es posible; alguien le hubiera visto.

Y el juez, sonriendo siempre, dijo:

—Ya sospechaba yo que no convencería mi solución.

Ficha bibliográfica

Autor: Guy de Maupassant
Título: La mano
Título original: La main
Publicado en: Le Gaulois, 23 de diciembre de 1883
Traducción: Luis Ruiz Contreras

[Relato completo]

Guy de Maupassant

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