Historia de una madre

Hans Christian Andersen

A Christmas Greeting to my English Friends (1847)

Traducción: Juan Pablo Guevara para Lecturia

11 min de lectura
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Sinopsis: «Historia de una madre» («Historien om en moder») es un cuento del escritor danés Hans Christian Andersen, publicado en 1847 en el volumen A Christmas Greeting to my English Friends. Una madre vela angustiada junto a su hijo enfermo durante una noche de invierno. Cuando un anciano misterioso llama a la puerta para resguardarse del frío, ella lo atiende y se queda dormida apenas un instante. Al despertar descubre que el visitante ha desaparecido y que se ha llevado a su hijo. Desesperada, sale en su busca por la nieve y emprende un camino marcado por duras pruebas, guiada por la esperanza de recuperar al niño.

Hans Christian Andersen - Historia de una madre

Historia de una madre

Hans Christian Andersen
(Cuento completo)

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Había una madre sentada junto a su pequeño hijo. Estaba muy afligida, muy temerosa de que el niño muriera. Él estaba pálido; sus ojitos se habían cerrado, respiraba con mucha suavidad y, de vez en cuando, con una inspiración profunda, como si suspirara. Y la madre miraba con una tristeza aún mayor a aquella pequeña alma.

Entonces llamaron a la puerta, y entró un viejo pobre, envuelto como en una gran manta de caballo, porque aquello daba calor y él lo necesitaba: era pleno invierno; afuera todo estaba cubierto de hielo y nieve, y el viento soplaba con tanta fuerza que cortaba la cara.

Como el viejo temblaba de frío y el niño dormía por un momento, la madre fue a poner cerveza en una pequeña olla dentro de la estufa, para que se calentara para él. El viejo seguía sentado, meciéndose. La madre se sentó en una silla, muy cerca suyo, miró a su hijo enfermo, que respiraba tan hondo, y le levantó la manita.

—¿No crees que me lo quedaré? —dijo ella—. ¡Nuestro Señor no me lo quitará!

Y el viejo, que era la Muerte misma, asintió de una manera extraña, que podía significar tanto sí como no. La madre bajó la vista hacia su regazo, y las lágrimas le corrieron por las mejillas. La cabeza se le puso muy pesada; durante tres noches y tres días no había cerrado los ojos. Entonces se durmió, pero solo por un instante; enseguida se sobresaltó y se estremeció de frío.

—¿Qué es esto? —dijo, mirando hacia todos lados.

Pero el viejo había desaparecido, y su pequeño hijo también: se lo había llevado. En un rincón, el viejo reloj zumbaba y zumbaba; el gran peso de plomo descendió derecho hasta el suelo, ¡pum!, y entonces el reloj también se detuvo.

Pero la pobre madre salió corriendo de la casa y llamó a gritos a su hijo.

Afuera, en medio de la nieve, había una mujer sentada, vestida con largas ropas negras, y dijo:

—La Muerte estuvo dentro de tu casa. La vi marcharse de prisa con tu pequeño hijo. Anda más rápido que el viento, y nunca devuelve lo que se ha llevado.

—¡Dime solamente qué camino tomó! —dijo la madre—. ¡Dime el camino y lo encontraré!

—Lo conozco —dijo la mujer de las ropas negras—, pero antes de decírtelo debes cantarme todas las canciones que le cantabas a tu hijo. Me gustan; ya las he oído antes. Soy la Noche, y vi tus lágrimas mientras las cantabas.

—¡Te las cantaré todas, todas! —dijo la madre—. Pero no me detengas, para que pueda alcanzarlo, para que pueda encontrar a mi hijo.

Pero la Noche permaneció muda e inmóvil. Entonces la madre se retorció las manos, cantó y lloró; y fueron muchas las canciones, pero aún más las lágrimas. Entonces la Noche dijo:

—Ve hacia la derecha, entra en el oscuro bosque de abetos. Allí vi a la Muerte tomar el camino con tu pequeño hijo.

Muy adentro del bosque los caminos se cruzaban, y la madre ya no sabía por dónde seguir. Allí había un zarzal, sin hojas ni flores, pues era la fría estación del invierno, y de sus ramas colgaba hielo.

—¿No has visto pasar a la Muerte con mi pequeño hijo?

—Sí —dijo el zarzal—, pero no te diré qué camino tomó a menos que antes me calientes contra tu corazón. Me muero de frío; me estoy convirtiendo en puro hielo.

Y ella apretó el zarzal contra su pecho, con tanta fuerza, para que se calentara bien, que las espinas se le clavaron en la carne y la sangre le corrió en grandes gotas. Pero el zarzal echó hojas verdes y frescas, y brotaron flores en la fría noche de invierno: tan cálido era el corazón de una madre afligida. Y el zarzal le indicó el camino que debía seguir.

Entonces llegó a un gran lago, donde no había barco ni bote. El lago no estaba lo bastante congelado para sostenerla, ni tampoco estaba tan abierto y bajo como para que pudiera vadearlo; pero debía cruzarlo si quería encontrar a su hijo. Entonces se tendió para beberse el lago entero, algo imposible para un ser humano; pero la madre afligida pensó que tal vez podía suceder un milagro.

—No, eso nunca resultará —dijo el lago—. Será mejor que lleguemos a un acuerdo. Me gusta coleccionar perlas, y tus ojos son los dos más claros que he visto. Si lloras hasta entregármelos, te llevaré al gran invernadero donde vive la Muerte y cuida flores y árboles; cada uno de ellos es una vida humana.

—¡Oh, qué no daría yo por llegar hasta mi hijo! —dijo la madre, deshecha en llanto.

Y lloró todavía más, y sus ojos cayeron al fondo del lago y se convirtieron en dos perlas preciosas. Entonces el lago la levantó como si estuviera sentada en un columpio, y de un solo impulso la llevó volando hasta la otra orilla. Allí se alzaba una casa extraña, de una milla de ancho; no se sabía si era una montaña con bosques y cuevas, o si había sido construida, pero la pobre madre no podía verla, pues había llorado hasta perder los ojos.

—¿Dónde encontraré a la Muerte, que se fue con mi pequeño hijo? —dijo.

—Todavía no ha llegado aquí —dijo la vieja sepulturera, que debía cuidar el gran invernadero de la Muerte—. ¿Cómo has podido encontrar este lugar? ¿Quién te ha ayudado?

—Nuestro Señor me ha ayudado —dijo ella—. Él es misericordioso, y tú también lo serás. ¿Dónde encontraré a mi pequeño hijo?

—Yo no lo conozco —dijo la mujer—, y tú no puedes ver. Muchas flores y muchos árboles se han marchitado esta noche; pronto vendrá la Muerte a trasplantarlos. Ya sabes que cada ser humano tiene su árbol de la vida o su flor, según sea su naturaleza. Parecen plantas comunes, pero tienen latidos de corazón; también los corazones de los niños pueden latir. Guíate por eso: quizá reconozcas el de tu hijo. Pero ¿qué me darás si te digo qué más debes hacer?

—No tengo nada que darte —dijo la madre afligida—, pero iré por ti hasta el fin del mundo.

—Allí no tengo nada que hacer —dijo la mujer—, pero puedes darme tu largo cabello negro. Tú misma sabes que es hermoso, y me gusta. A cambio recibirás el mío, blanco; algo es algo.

—¿No pides nada más? —dijo ella—. Entonces te lo doy con alegría.

Y le dio su hermoso cabello, y recibió el de la vieja, blanco como la nieve.

Luego entraron en el gran invernadero de la Muerte, donde flores y árboles crecían mezclados de manera extraña. Había delicados jacintos bajo campanas de cristal, y grandes peonías; crecían plantas acuáticas, unas muy frescas, otras medio enfermas; las serpientes de agua se enroscaban sobre ellas, y negros cangrejos se aferraban a sus tallos. Había hermosas palmeras, robles y plátanos; había perejil y tomillo en flor. Cada árbol y cada flor tenía su nombre; cada uno era una vida humana, y esa vida aún latía: una en China, otra en Groenlandia, repartidas por todo el mundo. Había grandes árboles en macetas pequeñas, tan oprimidos que parecían a punto de romperlas; y en muchos lugares había también pequeñas flores insignificantes, plantadas en tierra fértil, rodeadas de musgo, cubiertas y cuidadas. La madre afligida se inclinó sobre todas las plantas más pequeñas y escuchó dentro de ellas el latido del corazón humano; y entre millones reconoció el de su hijo.

—¡Ahí está! —gritó, y extendió la mano hacia un pequeño azafrán azul que se inclinaba mustio hacia un lado.

—¡No toques la flor! —dijo la vieja—. Quédate aquí, y cuando llegue la Muerte —la espero en cualquier momento—, no permitas que arranque la planta. Amenázala con hacer tú lo mismo con las otras flores, y entonces tendrá miedo. Debe responder por ellas ante Nuestro Señor; nadie puede ser arrancado sin su permiso.

De pronto un frío helado recorrió la sala, y la madre ciega sintió que era la Muerte la que llegaba.

—¿Cómo has podido encontrar el camino hasta aquí? —preguntó—. ¿Cómo pudiste llegar antes que yo?

—Soy madre —dijo ella.

Y la Muerte extendió su larga mano hacia la pequeña y delicada flor, pero ella mantuvo las suyas firmes a su alrededor, tan cerca y, al mismo tiempo, tan temerosa de rozar una de sus hojas. Entonces la Muerte sopló sobre sus manos, y ella sintió que aquel soplo era más frío que el viento helado; sus manos cayeron sin fuerzas.

—De todos modos, nada puedes hacer contra mí —dijo la Muerte.

—¡Pero Nuestro Señor sí puede! —dijo ella.

—Yo solo hago lo que Él quiere —dijo la Muerte—. Soy su jardinero. Tomo todas sus flores y árboles y los trasplanto al gran jardín del Paraíso, en la tierra desconocida. Pero no me atrevo a decirte cómo crecen allí ni cómo es ese lugar.

—¡Devuélveme a mi hijo! —dijo la madre, llorando y suplicando.

De pronto tomó en cada mano una hermosa flor cercana y gritó a la Muerte:

—¡Arrancaré todas tus flores, porque estoy desesperada!

—¡No las toques! —dijo la Muerte—. Dices que eres tan desdichada, ¿y ahora quieres hacer igual de desdichada a otra madre?

—¡Otra madre! —dijo la pobre mujer, y soltó al instante las dos flores.

—Ahí tienes tus ojos —dijo la Muerte—. Los saqué del lago; brillaban con tanta fuerza. No sabía que eran los tuyos. Tómalos otra vez; ahora son más claros que antes. Mira luego en el profundo pozo que está junto a ti. Te diré los nombres de las dos flores que querías arrancar, y verás todo su futuro, toda su vida humana; verás lo que estabas a punto de perturbar y destruir.

Y ella miró dentro del pozo. Y fue una dicha ver cómo una de esas vidas llegaba a ser una bendición para el mundo, ver cuánta felicidad y alegría se desplegaban a su alrededor. Luego vio la vida de la otra, y era pena y necesidad, espanto y miseria.

—Ambas cosas son voluntad de Dios —dijo la Muerte.

—¿Cuál de ellas es la flor de la desdicha y cuál la de la bendición? —preguntó ella.

—Eso no te lo diré —dijo la Muerte—, pero sí sabrás por mí que una de esas flores era la de tu propio hijo. Era el destino de tu hijo lo que viste, el futuro de tu propio hijo.

Entonces la madre gritó de horror:

—¿Cuál de ellas era mi hijo? ¡Dímelo! ¡Salva al inocente! ¡Salva a mi hijo de toda esa miseria! ¡Mejor llévatelo! ¡Llévalo al reino de Dios! ¡Olvida mis lágrimas, olvida mis ruegos y todo lo que he dicho y hecho!

—No te entiendo —dijo la Muerte—. ¿Quieres que te devuelva a tu hijo, o debo irme con él hacia ese lugar que no conoces?

Entonces la madre se retorció las manos, cayó de rodillas y rogó a Nuestro Señor:

—¡No me escuches cuando te pida algo contra Tu voluntad, que es la mejor! ¡No me escuches! ¡No me escuches!

E inclinó la cabeza hacia su regazo.

Y la Muerte se fue con su hijo hacia la tierra desconocida.

FIN

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Hans Christian Andersen - Historia de una madre
  • Autor: Hans Christian Andersen
  • Título: Historia de una madre
  • Título Original: Historien om en moder
  • Publicado en: A Christmas Greeting to my English Friends (1847)
  • Traducción: Juan Pablo Guevara para Lecturia

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