Sinopsis: «Un muchacho y su perro» (A Boy and His Dog) es un crudo relato de Harlan Ellison, publicado en abril de 1969 en la revista New Worlds. Narra la vida de Vic, un adolescente que deambula por un mundo posapocalíptico en compañía de un perro con habilidades psíquicas, con quien mantiene un estrecho vínculo. En una ciudad devastada, Vic procura alimento para ambos, mientras el perro rastrea mujeres para que el muchacho satisfaga otros apetitos. Un día, dentro de un cine ruinoso, el animal percibe el olor de una joven que no debería estar allí. Seguir esa pista llevará a Vic a internarse en un territorio desconocido, donde lo aguarda el peligro y una misión inesperada.

Un muchacho y su perro
Harlan Ellison
(Cuento completo)
1
Había salido con Sangre, mi perro. Esa semana había decidido fastidiarme: se empeñaba en llamarme Albert. Le parecía muy gracioso: Payson Terhune. Ja, ja.
Le cacé un par de ratas de agua, de las grandes, verdes y ocres, y el manicurado perro de aguas de vaya a saber quién, con la correa puesta, perdido fuera de uno de los túneles.
Había comido muy bien, pero estaba quisquilloso.
—Vamos, hijo de puta —le exigí—, encuéntrame un buen culito.
Sangre contuvo una risilla, grave y cascada, en su gaznate perruno.
—Cuando te pones cachondo eres terrible…
Tal vez lo bastante para endiñarle una patada, en el agujero del culo, a ese desertor de una manada de perros salvajes.
—¡Venga, busca! No estoy de ánimo pa’esperar.
—¡Qué vergüenza, Albert! ¡Después de todo lo que te he enseñado! No se dice «pa’esperar», sino «para esperar».
Se dio cuenta de que había llegado al límite de mi paciencia. De pronto, comenzó a rastrear. Se sentó sobre los restos desmoronados del bordillo, parpadeó y cerró los ojos, y su cuerpo lanudo se tensó. Al cabo de un rato, se apoyó sobre las patas delanteras, las refregó hacia delante hasta quedar tendido con la panza contra el suelo y la cabeza desgreñada sobre las patas estiradas. La tensión desapareció y comenzó a estremecerse, casi como suele hacer cuando se dispone a rascarse una pulga. Así siguió durante casi un cuarto de hora. Finalmente, rodó a un lado y se tendió de espaldas, con la panza mirando al cielo nocturno, las patas delanteras encogidas como las de una mantis, las traseras extendidas y abiertas.
—Lo siento —se disculpó—. No hay nada.
Podría haberme enfurecido y emprenderla a patadas contra él. Pero sabía que lo había intentado. No me alegraba, tenía muchas ganas de echar un polvo, pero ¿cómo?
—Muy bien —le dije, resignado—. Olvídalo.
Se rascó el costillar y se incorporó rápidamente.
—¿Qué quieres hacer? —preguntó.
—No hay mucho que podamos hacer, ¿verdad? —Intentaba ser más bien sarcástico. Se sentó otra vez, a mis pies, con insolente humildad.
Me recliné contra el extremo fundido de un farol callejero, y volví a pensar en chicas. Qué dolor.
—Podríamos ir a un espectáculo —propuse. Sangre observó la calle, hacia los estanques de sombras que acechaban en los cráteres poblados de malezas, y no respondió. El cachorro esperaba que lo dijera para responder vale, vámonos. Le gustaba el cine tanto como a mí.
—Muy bien. Vayamos.
Se irguió sobre las patas y me siguió, con la lengua fuera, jadeando de dicha. Venga, ríete, tocapelotas. ¡No habrá palomitas para ti!
Nuestra Banda era un grupo de vagabundos que nunca había podido ganarse la vida con el mero saqueo, de modo que sus integrantes optaron por la comodidad y encontraron una forma astuta de conseguirla. Eran tipos aficionados al cine; así pues, se instalaron en el terreno donde estaba el Teatro Metropole. Nadie intentó arrebatarles el territorio, porque todos querían ir al cine, y mientras Nuestra Banda tuviera acceso a las películas y se ocupara de pasarlas, estarían brindando un servicio, incluso a solos como Sangre y como yo. Especialmente a solos como nosotros.
Me hicieron dejar la Cuarenta y cinco y la Browning del veintidós largo en la puerta. Junto a la taquilla había un recoveco. Primero compré las entradas; la mía me costó una lata de picadillo de carne Oscar Mayer y la de Sangre una de sardinas. Luego, los guardias de Nuestra Banda, armas en mano, me hicieron señas de que fuera hasta el recoveco y que dejara las mías. Vi que una tubería del techo tenía un escape. El encargado era un tipo con grandes verrugas por toda la cara y los labios. Le dije que pusiera mis armas donde no se mojaran, pero no me hizo caso.
—Escúchame, hijo de puta: pon mis cosas en otro sitio… Se oxidan enseguida… Si se me oxida alguna, te juro que te moleré los huesos.
Comenzó a mirarme con ínfulas. Lanzó una mirada a los guardias armados. Sabía que si me echaban a patadas perdería el precio de la entrada, aunque no hubiese pasado. Pero los tipos no querían problemas; tal vez anduviesen desganados. Le indicaron con la cabeza que pasara y que hiciera lo que yo decía. El cabrón puso la Browning en el otro extremo del armario y yo guardé la 45 por debajo de ella.
Sangre y yo entramos en el teatro.
—Quiero palomitas.
—Ni hablar.
—Vamos, Albert. Cómprame palomitas.
—No tengo un céntimo. Puedes arreglártelas sin palomitas.
—Eres un mierda.
Me encogí de hombros: al diablo con él.
Entramos. Estaba atestado. Me alegré de que los guardias sólo se hubiesen interesado por las armas de fuego. Me sentía seguro con la navaja y el cuchillo, bien enfundados detrás de la nuca. Sangre encontró dos asientos juntos y nos metimos en la fila de butacas, pisando pies. Alguien soltó un taco, pero no hice caso. Un doberman gruñó. A Sangre se le erizaron los pelos, pero tampoco hizo caso. Siempre hay alguno con ganas de tocar los huevos, incluso en territorio neutral como el Metropole.
(Una vez me contaron un jaleo que se armó en el viejo Granada de Loew, en la zona sur. Al final, quedaron unos doce vagabundos muertos, con perro y todo, el teatro se incendió, y en el juego se perdieron un par de buenas películas de Cagney. Después de eso, los vagos pactaron el acuerdo de que los cines serían respetados como santuarios. Ahora las cosas andaban mejor, pero siempre había un descolgado con ganas de joder la marrana).
Ponían tres películas. La más antigua era Trato infame (Raw Deal), con Dennis O’Keefe, Claire Trevor, Raymond Burr y Marsha Hunt. Era de 1948, o sea que tenía como ochenta y seis años; sólo Dios sabe cómo mierda se conservaba entera la cinta. A cada momento se salía de las espigas y tenían que detener la película para rebobinarla. Pero era buena, trataba de un tipo, un solitario, cuya banda lo traiciona, y que busca venganza. Había bandas, matones, luchas y puñetazos por todas partes. Buena de verdad.
La segunda película había sido filmada en la época de la Tercera Guerra, en el 92, veintisiete años antes de que yo naciera. Se llamaba Olor a chino (Smill of a Chink). Salía mucha sangre y algún que otro puñetazo. En una escena maravillosa, una banda de galgos guerrilleros, equipados con lanzadores de napalm, achicharraban una aldea china. Sangre estaba como unas Pascuas, a pesar de que ya la habíamos visto. Se había inventado no sé qué historia de que los perros ésos eran sus antepasados, y él sabía que yo sabía que todo era un cuento.
—¿Quieres niño asado, héroe? —le susurré. Entendió la indirecta, pero se contentó con revolverse en la silla. No dijo esta boca es mía, y siguió mirando tan campante a los perros que se abrían paso por la aldea. Para mí, era un plomo.
Esperaba la película principal.
Por fin, llegó. Era una joya, una porno rodada a fines de 1970. Se llamaba Grandes rajas de cuero negro (Big Black Leather Splits). No tenía desperdicio, desde el principio. Había dos rubias con corsé de cuero negro y botas atadas hasta la entrepierna. Tenían látigos y máscaras. Agarraban a un tipo flacucho y lo echaban al suelo sin más vueltas. Una se le sentaba en la cara mientras la otra lo follaba por abajo. Después de eso, las cosas se ponían interesantes.
Estaba rodeado de solos que se la meneaban. Ya iba a toquetearme un poco cuando Sangre se inclinó hacia mí, muy sigiloso, como suele hacer cuando ha dado con algo insólitamente oloroso.
—Aquí dentro hay una chica.
—Estás loco.
—Te digo que la huelo. Está ahí, hombre.
Miré alrededor procurando no llamar la atención. Casi todos los asientos del teatro estaban ocupados por solos o por sus perros. Si una mujer se hubiera metido allí, se habría producido una catástrofe. La habrían hecho pedazos antes de que uno solo hubiese podido metérsela.
—¿Dónde? —pregunté en voz baja. A mi alrededor, todos jadeaban y gemían, mientras las rubias se quitaban la máscara y una de ellas le metía al flacucho un gran ariete de madera que llevaba atado a las caderas con unas correas.
—Espera un minuto —dijo Sangre.
Estaba concentrado de verdad. Tenía el cuerpo tenso como un alambre. Los ojos cerrados, el hocico tembloroso. Le dejé hacer su trabajo.
Era posible. Cabía la posibilidad. Sabía que en los poblados subterráneos las películas eran basura como la que filmaban en 1930 o 1940, todo decente y familiar, donde hasta las parejas casadas dormían en camas gemelas. Myrna Loy, George Brent, y todo eso. Sabía que, muy de vez en cuando, alguna niñata de clase media subía para ver cómo era una película porno. Había oído decir eso, pero nunca había aparecido en un cine en que estuviera yo.
Y las posibilidades de que ocurriera en el Metropol, concretamente, eran muy escasas. A ese cine acudían muchos tipos raros. Que quede claro: yo no tengo ningún prejuicio contra los tipos que follan entre ellos… Cojones, si hasta puedo comprenderlo: ya no se encuentran chicas por ningún sitio. Pero no me gusta engancharme con tíos. Se te agarran como una garrapata, o si no, les da el ataque de celos y hay que andar pidiéndoles un favor. Creen que bajándose los calzoncillos lo arreglan todo. Es tan malo como tener una chica arrastrándose detrás de ti todo el día. Además, en las bandas grandes se armaron muchos jaleos y corrió mucha sangre por asuntos así. Por eso nunca voy por ese camino. Bueno, no diré que nunca, pero, en fin, nunca durante mucho tiempo.
De modo que, con todos los pervertidos que había en el Metropol, no creía que una chica quisiera arriesgarse. Vaya a saber quién la reventaría primero: si un marica o un calentón.
Y si estaba realmente allí, ¿por qué no la olfateaba ninguno de los otros perros?
—Tercera fila delante de nosotros —anunció Sangre—. Asiento de pasillo. Vestida de hombre. Sola.
—¿Cómo es posible que tú la huelas y que los demás perros no se den cuenta?
—Olvidas quién soy, Albert.
—No lo olvido. Sólo que no lo creo.
Pero en realidad, muy en el fondo, supongo que lo creía. Cuando uno ha sido tan bestia como yo, y aprende tantas cosas de su perro, acaba por creer en todo lo que éste le dice. No se discute con el maestro.
Y menos cuando ha sido él quien te ha enseñado a leer, a escribir, a sumar, restar, y todo lo que antes se aprendía para ser alguien inteligente (ahora eso ya no significa gran cosa, pero es bueno saberlo, supongo).
(Saber leer es algo inútil. Resulta provechoso cuando, a veces, se encuentra comida enlatada, en algún supermercado bombardeado; es más fácil escoger cuando las fotos se han borrado de las etiquetas. Un par de veces, saber leer me salvó de elegir remolacha enlatada. Qué mierda, ¡odio la remolacha!).
Supongo que le creí cuando dijo que podía oler a una chica antes que cualquier otro perro. Me lo había contado un millón de veces. Era su rollo favorito. Historia, la llamaba. ¡Ja, tan idiota no soy! Sé muy bien qué era la historia. Era todo lo que pasó antes de ahora.
Pero me gustaba que Sangre me contara la historia, en lugar de leerme esos mamotretos que me traía a cada momento. Y como esa historia en particular se refería a él, me la repitió más de cien veces, hasta que terminé por sabérmela de corrido. No de «correr», eso es otra cosa. De corrido quiere decir de memoria. Significa que me la sabía palabra por palabra.
Y cuando todo lo que uno sabe se lo debe a su perro, que se lo enseñó, termina por creerle cualquier cosa, y más si la repite hasta el cansancio. Claro que nunca pienso decírselo al idiota ése.
2
Lo que me había contado es lo siguiente:
Hace sesenta y cinco años, en Los Ángeles, antes incluso de que terminara la Tercera Guerra, había un hombre llamado Buesing que vivía en la localidad de Cerritos. Criaba perros guardianes, vigilantes y de ataque. Doberman, daneses, schnauzer y akitas japoneses. Tenía una hembra de pastor alemán, de cuatro años, llamada Ginger. Trabajaba para la división de narcóticos de la policía de Los Ángeles. Podía localizar marihuana, por muy bien escondida que estuviera. Una vez la sometieron a una prueba: en un almacén de recambios para automóvil pusieron veinticinco mil cajas. En cinco de ellas habían escondido marihuana, envuelta en celofán, luego en papel de aluminio y luego en grueso papel de manila, y por último guardada en tres cajas de cartón bien cerradas. En siete minutos, Ginger encontró los cinco paquetes. Mientras Ginger trabajaba, a ciento cincuenta kilómetros de allí, en Santa Bárbara, un grupo de cetólogos había extraído y reforzado médula espinal de delfín para inyectarla en perros y babuinos chacma. Luego, aplicaron cirugía e injertos. El primer producto válido de este experimento con cetáceos fue un macho de dos años, de raza puli, llamado Ahbhu, quien comunicó telepáticamente impresiones sensoriales. Mediante cruces y experimentos constantes se obtuvo el primer grupo de perros guerrilleros, justo a tiempo para la Tercera Guerra. Telépatas de corta distancia, fáciles de entrenar, capaces de rastrear gasolina, tropas, gas venenoso o radiación cuando se conectaban con sus conductores humanos, se convirtieron en los comandos de choque de un nuevo estilo de guerra. Y los rasgos selectivos se afianzaron con la descendencia. Así, surgieron doberman, sabuesos, akitas, pulis y schnauzers cada vez más telépatas.
Ginger y Ahbhu fueron antepasados de Sangre.
Me lo dijo miles de veces. Así me lo contó, con las mismas palabras, hasta el aburrimiento, tal como se lo habían contado a él. Nunca le había creído hasta ese momento.
Tal vez aquel cabroncete fuese especial…
Vigilé al solo que había acurrucado, a tres filas de distancia, en el asiento del pasillo. No descubrí nada especial, qué mierda. El tipo se había embutido el gorro hasta las cejas y tenía el cuello de la chaqueta levantado.
—¿Estás seguro?
—Más seguro, imposible. Es una chica.
—Pues si lo es, se está haciendo una paja como si fuera un chico…
Sangre lanzó una risilla.
—Sorpresa… —comentó, sarcásticamente.
Él solo misterioso siguió sentado cuando volvieron a pasar Trato infame. Si era una chica, tenía sentido. Casi todos los solos y los miembros de las pandillas se iban después de la película porno. El teatro no se llenaba mucho más, y mientras, la calle se iba vaciando, de forma que quien fuera podría regresar al sitio de donde había venido. Seguí en mi asiento y volví a ver Trato infame. Sangre se durmió.
Cuando el tipo misterioso se levantó, le di tiempo para que recuperara sus armas, en caso de que las hubiera dejado antes de entrar, y me fui. Levanté la enorme orejota de Sangre y le dije:
—Manos a la obra.
Recogí las pistolas y salí a la calle. Vacía.
—Bueno, sabueso. ¿Hacia dónde se ha ido?
—Hacia la derecha.
Nos pusimos en marcha. Cargué la Browning que tenía en la bandolera. No vi a nadie que se moviera entre los escombros bombardeados de los edificios. Ese sector de la ciudad era una ruina; estaba fatal. Pero como Nuestra Banda administraba el Metropol, no tenía que hacer ninguna otra reparación para ganarse la vida. Qué irónico. Los Dragones tenían que mantener en funcionamiento toda una planta de energía para obtener tributo de otras bandas, los Pandilla de Ted debían ocuparse de la represa, los Bastinados trabajaban de peones en las plantaciones de marihuana, los Negros Barbados perdían unos veinte miembros al año limpiando las fosas de radiación de toda la ciudad. Y Nuestra Banda sólo tenía que encargarse de aquel cine.
No sé quién sería el cabecilla, ni cuántos años haría que comenzó a reclutar solos dedicados al pillaje, pero había que reconocerlo: era muy listo. Sabía a qué clase de servicios dedicarse.
—Ha girado por aquí —afirmó Sangre.
Lo seguí, mientras trotaba hacia el borde de la ciudad, en dirección a la radiación azul verdosa que aún parpadeaba sobre las colinas. Entonces me di cuenta de que tenía razón. Era una chica: lo único que había por allí era bandadas de gritones y entradas de acceso a los túneles subterráneos.
Sólo de pensarlo se me endurecieron las nalgas. Podría echar un polvo. Ya había pasado un mes desde que Sangre oliera a aquella chica-solo en el sótano del Market Basket. Qué cerda. Me pegó ladillas. Pero, en fin, era una mujer. Cuando la até, la tendí en el suelo, y le aticé un par de veces, no estuvo tan mal. Y a ella también le gustó, aunque me escupió y me dijo que me mataría en cuanto se soltase. La dejé atada, por si las moscas. Cuando volví a mirar, la otra semana, ya no estaba.
—Atento… —dijo Sangre, mientras sorteaba un cráter casi invisible contra las sombras que nos rodeaban. Algo se estremeció dentro del cráter.
Mientras atravesaba esa tierra de nadie, comprendí por qué tan pocos solos, o miembros de pandillas, eran machos de verdad. La Guerra había liquidado a la mayoría de las mujeres. Siempre ocurría así cuando había guerra… al menos eso decía Sangre. Las criaturas que nacían muy pocas veces eran machos o hembras y había que tirarlas contra una pared en cuanto salían de la madre.
Las pocas mujeres que no se habían refugiado en los pueblos subterráneos junto con los de la clase media eran perras duras y solitarias, como la de Market Basket, ásperas y bruscas; nunca se sabía si no te cortarían la polla con una hoja de afeitar una vez que te tenían dentro. Con los años, cada vez se me hacía más difícil encontrar un buen culito por ahí.
Pero, muy de tarde en tarde, alguna chica se cansaba de ser propiedad de alguna banda, o algún grupo emprendía un asalto y se apoderaban de alguna mujer de abajo desprevenida, o —como aquella vez, sí— a una niñata de clase media se le calentaban las bragas por saber cómo eran las películas del asunto y la vida arriba.
Podría echar un polvo. Ah, mierda, ¡qué ganas tenía!
3
Allí sólo habían quedado restos ruinosos de edificios bombardeados. Una calle entera se veía totalmente aplastada, como si una prensa de acero hubiera caído de los cielos para estamparse contra la tierra y dejar hecho polvo todo lo que hubiera debajo. Me di cuenta de que la chica estaba asustada y nerviosa. Avanzaba erráticamente y de vez en cuando miraba por encima del hombro y a los lados. Sabía que estaba en territorio peligroso. No sospechaba cuánto…
Al final de una calle desolada, había un único edificio en pie, como si por esas casualidades de la vida las bombas lo hubiesen pasado por alto. Se metió dentro y un minuto después distinguí una luz oscilante. ¿Sería una linterna? Tal vez.
Sangre y yo cruzamos la calzada y llegamos a la penumbra que rodeaba el edificio. Era lo que quedaba de un AJC.
Eso quería decir «Asociación de Jóvenes Cristianos». Sangre me había enseñado a leerlo.
¿Pero qué mierda era una asociación de jóvenes cristianos? A veces, saber leer ocasiona más preguntas que si fueses ignorante.
No quería que saliera: allí dentro me la podría tirar tan bien como en cualquier otro sitio. Dije a Sangre que montara guardia ante los escalones que conducían al esqueleto, y di la vuelta. Desde luego, todas las puertas, y ventanas habían quedado destruidas por las bombas. No sería muy difícil entrar. Me encaramé al alféizar de una ventana y me dejé caer por el otro lado. Estaba todo oscuro. No se oía ruidos: sólo ella, que se movía por el otro sector del viejo edificio. No sabía si iba armada, pero no pensaba correr riesgos. Preparé la Browning y desenfundé la 45 automática. No necesité revisar el mecanismo: siempre había un proyectil en la recámara.
Comencé a avanzar cuidadosamente por la sala. Era una especie de vestuario. El suelo estaba cubierto de escombros y cristales rotos, y había toda una fila de armarios metálicos desconchados. Años atrás, la onda expansiva de alguna explosión debía de haberlos alcanzado. Yo llevaba zapatillas de goma y no hacía el menor ruido al avanzar.
La puerta pendía de un gozne. La atravesé, por el triángulo invertido. Entré en el sector de natación. La gran piscina estaba vacía y en el fondo hueco se veían las baldosas que la cubrían. Olía a rayos. Con razón: contra una pared había varios tipos muertos, o lo que quedaba de ellos. Algún empleado de limpieza —qué desgraciado— se había tomado el trabajo de apilarlos, pero no de enterrarlos. Me puse la bufanda sobre la nariz y la boca, y seguí andando.
Salí del sector de la piscina por el lado opuesto, a través de un pequeño pasillo con bombillas rotas en el techo. No me resultaba difícil ver: la luz de la luna atravesaba las ventanas vacías y un gran agujero que había en el techo. Entonces la oí claramente: debía de estar al otro lado de la puerta en que terminaba el pasillo. Me apretujé contra la pared y me acerqué lentamente a la puerta. Estaba entreabierta, pero me impedía el paso un cúmulo de escombros que habían caído de la pared. Seguro que haría ruido al intentar abrirla. Debía esperar el momento adecuado.
Apoyado contra la pared, me dispuse a ver qué hacía en ese sitio. Era un gimnasio muy grande; del techo pendían cuerdas para trepar. Sobre la grupa de un potro de madera había posado una linterna cuadrada. Había barras paralelas, y una barra horizontal de dos metros y medio de altura. El acero estaba todo oxidado. También había anillas, un trampolín y una gran barra de equilibrio. A un lado había espalderas y bancos de equilibrio, con escaleras horizontales y oblicuas y un par de cajas de salto apiladas. Me dije que debía recordar aquel lugar. Sería mucho mejor hacer ejercicio allí que en el miserable gimnasio que me había improvisado en el viejo cementerio de coches. Si un tipo quiere andar solo, tiene que mantenerse en forma.
Se había quitado el disfraz. Allí estaba, desnuda y temblando. Sí, hacía mucho frío. Vi que se le ponía la piel de gallina. Mediría un metro sesenta o setenta, tenía buenas tetas y las piernas delgadas. Se estaba cepillando el cabello, que le colgaba por la espalda. La luz de la linterna no dejaba ver bien si era pelirroja o castaña, pero no era rubia, lo cual me parecía perfecto, pues me gustan las pelirrojas. Sí, tenía unas bonitas tetas. No se le veía bien la cara: el cabello le caía sedoso y suave, y le recortaba el perfil.
Había tirado al suelo el pantalón, y sobre el potro de madera aguardaba la ropa que se pondría luego. Llevaba unos zapatitos de tacón muy gracioso.
No podía moverme. De pronto, me di cuenta de que no podía moverme. Era bonita, bonita de verdad. Hay que ver cómo me calentaba estar allí de pie, mirando cómo echaba la cintura hacia delante y la cadera hacia atrás, o cómo se le movían los pechos cuando levantaba los brazos para cepillarse la cabellera. Hay que ver la calentura que me daba de sólo ver a una chica así. Era una mujer de las buenas. Me gustaba muchísimo.
Jamás me había detenido a mirar a una chica como ésa. Todas las que había visto eran los sacos de basura que Sangre me olía, y había que tomarlas y terminar rápido. O las guarras de las películas porno. Pero ninguna había sido así, tan suave y tierna, a pesar de las piernas tan delgadas. Podía haberme quedado toda la noche mirándola.
Dejó el cepillo a un lado y cogió unas bragas de la pila de ropa. Se las puso contorneando el cuerpo. Luego, cogió el sostén y se lo abrochó. Nunca había sabido cómo hacían para ponérselo. Se lo sujetó alrededor de la cintura, con la parte de atrás para delante. Lo abrochó. Lo deslizó a su alrededor hasta que las copas quedaron delante. Entonces, lo fue subiendo hasta la altura del torso, e introdujo los pechos, primero uno y luego otro. Y, por fin, pasó los tirantes por los hombros. Buscó el vestido, mientras yo apartaba las tablas y escombros y aferraba el picaporte, dispuesto a dar un tirón.
Se había puesto el vestido por la cabeza y tenía las manos metidas dentro de la prenda. Por un instante, pareció quedar atrapada dentro de él. Tiré de la puerta y se oyó un estruendo. Las tablas y los escombros salieron volando. Me abrí paso, salté y me abalancé sobre ella antes de que tuviese tiempo de librarse del vestido.
Comenzó a chillar y le arranqué el vestido. La tela se desgarró con un ruido. Para ella, todo sucedió antes de que se diera cuenta de nada.
Estaba asustada. Muy asustada. Tenía ojos grandes; no supe bien de qué color, pues la luz era muy débil. Tenía los rasgos delicados y hermosos, boca ancha, bonita nariz, y pómulos como los míos: altos y prominentes. Y en la mejilla derecha, un hoyuelo. Me miró, aterrorizada.
Y entonces, qué cosa más extraña, me pareció que tenía que decirle algo. No sé qué. Algo. Me ponía incómodo verla asustada, pero qué coño podía hacer yo, si al fin y al cabo iba a violarla. No podía decirle que no se preocupara. Después de todo, ella había subido. Pero, a pesar de eso, quería decirle «mira, no te asustes, sólo quiero follarte». (Eso nunca me había pasado. Nunca había tenido ganas de decirle nada a ninguna chica; sólo tirármela y a otra cosa).
Pero el instante pasó. Le puse una pierna por detrás de las suyas para hacerle una zancadilla y se desplomó. Le apunté con la 45 y abrió la boca como si dijera una pequeña «o».
—Ahora voy a ir hasta allá a buscar una de esas colchonetas de ejercicio, para que sea mejor. Más cómodo, ¿sabes? Si te mueves de aquí, te arranco una pierna de un tiro. Y después te follo igualmente, sólo que tendrás una pierna menos.
Esperé a que me indicase que comprendía la situación. Por fin, asintió muy lentamente. Entonces seguí apuntándola con la automática y fui hasta la pila de colchonetas polvorientas. Cogí una.
La arrastré hacia ella y la volví para que el lado más limpio quedara arriba. Con el cañón de la pistola la fui empujando hacia allí. Se sentó sobre la colchoneta y me miró, con las manos atrás y las rodillas encogidas.
Me bajé la bragueta y empecé a quitarme los pantalones. Entonces, vi que me miraba de lo más divertida. Dejé los pantalones.
—¿Qué miras, eh?
Estaba furioso. No sabía por qué, pero lo estaba.
—¿Cómo te llamas? —preguntó. Tenía la voz muy suave y como de seda. Como si tuviera la garganta forrada de una tela muy suave.
Seguía mirándome, esperando que le respondiera.
—Vic —le dije. Se quedó esperando más.
—¿Vic, qué?
Al principio no supe bien a qué se refería. Después lo entendí.
—Vic. Sólo Vic. Nada más.
—Pero ¿cómo se llamaban tu padre y tu madre?
Entonces me eché a reír y seguí bajándome los pantalones.
—Chica, eres una puta estúpida… —dije, y me reí otro poco. Pareció herida. Eso me puso furioso otra vez.
—¡Y deja de mirarme así, o te rompo todos los dientes!
Juntó las manos sobre el regazo.
Los pantalones se quedaron alrededor de los tobillos. Con las zapatillas puestas, no salían. Tuve que hacer equilibrio sobre un pie para descalzarme el otro. Era difícil seguir apuntándole con la 45 y al mismo tiempo sacarme la zapatilla. Pero lo hice.
Yo estaba de pie, desnudo de cintura para abajo. Ella se había sentado algo más erguida, con las piernas cruzadas, y las manos sobre el regazo.
—Quítate esa cosa… —le ordené.
Por un instante no se movió y creí que iba a causarme problemas. Pero luego se llevó las manos a la espalda y se desabrochó el sostén. Después se inclinó a un lado y se bajó las bragas.
De pronto, pareció perder el miedo. Me miró muy fijamente y vi que tenía los ojos azules. Y ahora viene lo más raro de todo…
No pude hacerlo. O sea, no exactamente. En fin, yo quería tirármela, claro, pero era tan suave y tan bella, y no dejaba de mirarme, y aunque ningún solo me creerá, me encontré hablando con ella, todavía de pie, como un idiota, con una sola zapatilla y los pantalones arrugados en los tobillos.
—¿Y tú? ¿Cómo te llamas?
—Quilla June Holmes.
—Qué nombre tan raro…
—Mi madre dice que no es tan raro, allá en Oklahoma.
—¿Tu familia vino de allí?
Asintió.
—Antes de la Tercera Guerra vivían en ese lugar…
—Deben de ser dos vejestorios, ¿eh?
—Son viejos, pero están bien. Supongo.
Estábamos los dos allí, charlando. Me di cuenta de que tenía frío, porque temblaba.
—Bueno —le dije, preparándome para tenderme a su lado—, será mejor que terminemos con…
¡Hostia! ¡A la mierda con Sangre! En ese preciso momento, tuvo que aparecer como un loco, resbalando a través de los escombros y una nube de polvo, patinando sobre el culo hasta llegar junto a nosotros.
—¿Y ahora qué? —le pregunté irritado.
—¿Con quién estás hablando? —preguntó la chica.
—Con él. Con Sangre.
—¿Con el perro?
Sangre la miró un instante y luego la ignoró.
Comenzó a decir algo, pero ella lo detuvo.
—Entonces es cierto lo que dicen. Podéis hablar con los animales…
—¿Vas a estar escuchándola toda la noche, o quieres que te explique por qué he venido?
—Muy bien. ¿Por qué has venido?
—Estás en un buen lío, Albert.
—Venga, al grano. ¿Qué pasa?
Sangre volvió la cabeza hacia la puerta principal de la AJC.
—Una banda. Han rodeado el edificio. Serán unos quince o veinte. Tal vez más.
—¿Y cómo mierda han sabido que estábamos aquí?
Sangre pareció herido en su amor propio. Dejó caer la cabeza.
—¿Qué?
—Algún otro perro debió de olerla en el teatro.
—Lo que nos faltaba.
—¿Y ahora qué?
—Habrá que hacerles frente. Eso. ¿Se te ocurre alguna sugerencia?
—Sólo una.
Esperé. Me sonrió.
—Súbete los pantalones.
4
La chica, Quilla June, quedó a salvo. Le monté una especie de refugio con colchonetas de gimnasia. Unas doce, más o menos. Ninguna bala perdida la heriría y, si no se ponían a buscarla, tampoco la encontrarían. Trepé por una de las cuerdas que pendían de las vigas y me encaramé allí, con la Browning y unos cuantos peines. Hubiese dado cualquier cosa por tener una automática. O una Thompson. Revisé la 45, comprobé que estuviera cargada, con una bala en cámara, y dejé sobre la viga unos cuantos proyectiles más. Desde allí podía disparar fácilmente a cualquier punto del gimnasio.
Sangre se había tendido en la oscuridad, cerca de la puerta. Sugirió que, primero, tratara de liquidar un par de perros de los que traía la banda, si podía. Eso le permitiría actuar con más libertad.
Pero, la verdad, era lo que menos me preocupaba.
Me habría gustado esconderme en otra habitación: una que sólo tenía una puerta. Pero no tenía modo de saber si aquellos tipos ya estaban en el edificio, de modo que me dispuse a aprovechar al máximo lo que tenía.
Todo estaba en silencio. Ni siquiera se oía a Quilla June. Tuve que malgastar unos valiosos minutos en convencerla de que estaría mejor escondida y sin armar ruido y de que estaría mejor conmigo que con veinte de ellos.
—Si quieres volver a ver a tus papas… —Le advertí. Después de eso ya no me causó más problemas y pude envolverla entre las colchonetas.
Silencio.
Entonces oí dos cosas al mismo tiempo. Desde la piscina, escuché pasos sobre los escombros. Muy suaves. Y desde la puerta principal, a un lado, oí un tintineo de metal contra madera. Al parecer iban a intentar un ataque conjunto. Muy bien, estaba preparado.
Silencio, otra vez.
Apunté la Browning a la puerta de la piscina. La había dejado abierta al entrar. Imaginaba que el tipo estaría a unos cinco metros. Si bajaba la mira unos cuarenta y cinco centímetros, le daría en el pecho. Había aprendido hacía mucho tiempo que no se debe apuntar a la cabeza, sino a las partes más anchas del cuerpo: el pecho y el vientre. Al tronco.
De pronto, fuera, oí el ladrido de un perro. Cerca de la puerta principal algo se desprendió de las sombras y entró en el gimnasio. Directamente delante de Sangre. No moví la Browning.
El tipo de la puerta principal se deslizó un paso a lo largo de la pared, en dirección contraria a la de Sangre. Luego llevó el brazo hacia atrás y arrojó algo —una piedra, un fragmento de metal, algo— a través del recinto para llamar la atención. No moví la Browning.
Cuando el objeto que arrojó golpeó contra el suelo, dos tipos entraron de un salto a través de la puerta de la piscina, uno desde cada lado, con los rifles listos para disparar. Antes de que pudieran comenzar, yo ya había descargado el primer tiro, vuelto a apuntar, y disparado el segundo. Los dos cayeron, bien muertos, con un agujero en el corazón. Se quedaron los dos tendidos, sin moverse.
El de la puerta giró para atacar, pero Sangre se le echó encima, desde la penumbra. ¡Zac!
Saltó sobre el cañón del rifle que sostenía el tipo, y le clavó los colmillos en la garganta. El tipo lanzó un grito y Sangre cayó con un pedazo de carne entre los dientes. El tipo hacía unos ruidos de lo más espantosos. Cayó sobre una rodilla. Le metí una bala en la cabeza y cayó de bruces.
Otra vez el silencio.
No había estado nada mal, pero que nada mal. Tres bajas, y ni siquiera sabían nuestras posiciones. Sangre había vuelto a su guarida, junto la entrada. No dijo palabra, pero sabía lo que debía de estar pensando: tal vez habíamos eliminado tres de diecisiete, o tres de veinte, o de veintidós. No había modo de saberlo: podríamos pasar una semana allí y seguiríamos sin saber si habíamos acabado con todos, con algunos, o con ninguno. Podían marcharse para volver con refuerzos, y a mí podían acabárseme las balas. Estábamos sin comida, y esa chica, Quilla June, podía echarse a llorar y desviar mi atención, y además, cuando se hiciera de día habría luz…, y ellos estarían esperando a que tuviéramos hambre e hiciésemos alguna tontería, o a que se nos terminasen las balas. Caerían sobre nosotros y nos destrozarían.
Por la puerta principal apareció un tipo a toda pastilla. Dio un salto, cayó sobre los hombros, rodó, se levantó y salió corriendo en una dirección distinta. Pasó por tres esquinas diferentes antes de que pudiera rastrearlo con la Browning. Por fin, quedó justo debajo de mí. Ni siquiera tuve que malgastar una bala del 22. Tomé la 45 sin hacer ruido y le volé la cabeza. La bala penetró limpiamente y salió llevándose casi todo el cuero cabelludo. El tipo cayó sin decir ni pío.
—¡Sangre! ¡El rifle!
Asomó de las sombras, aferró el arma entre los dientes y la arrastró hasta la pila de colchonetas, en el rincón opuesto. Vi que aparecía un brazo, tomaba el arma y la metía dentro. Bueno, al menos allí estaría a salvo hasta que lo necesitara. Qué valiente era el muy cabrón: volvió hasta el tipo y comenzó a arrancarle la bandolera. Tardó bastante; podían haberle disparado desde la puerta, o desde fuera, por alguna de las ventanas, pero lo consiguió. Qué valiente era el mamón: cuando todo acabase, debía acordarme de comprarle algo bueno de comer. Sonreí, allí en lo alto: si realmente conseguíamos escapar, no tendría que preocuparme por buscarle algo apetitoso. Lo tendría desperdigado por todo el suelo del gimnasio.
Mientras Sangre arrastraba la bandolera a las sombras, dos de ellos probaron suerte con sus perros. Entraron a través de una ventana que había a ras de suelo, uno después del otro. Se echaron al suelo, rodaron y marcharon en direcciones opuestas, mientras los perros —un akita más feo que la peste y grande como una casa, y un doberman color mierda— se abalanzaban por la puerta principal y se abrían en dos direcciones distintas. Tomé la 45 y me cargué al akita de un disparo. Cayó pataleando. El doberman saltó sobre Sangre.
Pero al disparar había delatado mi posición. Uno de los atacantes me apuntó desde la cadera y a mi alrededor, contra las vigas, rebotaron unos cuantos proyectiles 30-06 de punta blanda. Dejé la automática, y empezó a resbalar por la viga mientras yo buscaba la Browning. Me incliné para cogerla antes de que cayera, y eso me salvó la vida. Cuando quise agarrarla, se me resbaló y dio contra el suelo del gimnasio con un estruendo; el tipo disparó hacia el lugar donde había estado antes. Pero yo me encontraba acostado sobre la viga, con un brazo colgando, y el estruendo lo sorprendió. Volvió a disparar al ruido, y en ese instante escuché otro disparo, de Winchester. El otro atacante, el que había podido ocultarse en la oscuridad, cayó hacia delante con un agujero en el pecho. Esa tal Quilla June le había dado, desde su escondrijo de colchonetas.
Ni siquiera tuve tiempo de pensar qué mierda estaba pasando. Sangre rodaba junto con el doberman, y hacían un ruido espantoso. El tipo de la 30-06 lanzó otro disparo y alcanzó el cañón de la Browning, que se deslizó sobre la viga y cayó al suelo. Me quedé allí, totalmente desarmado, mientras el hijo de puta me esperaba en la oscuridad.
Se oyó otro disparo de Winchester y el atacante disparó contra las colchonetas. La chica se escondió y comprendí que ya no podía contar con ella para nada más. De todas formas no la necesité: en ese segundo, mientras el atacante tenía la atención puesta en ella, tomé la cuerda y me deslicé desde la viga, aullando como un poseso. Me descolgué mientras la soga me quemaba las palmas de las manos. Me mecí en la cuerda, y comencé a columpiarme en tres direcciones distintas, retorciéndome como una culebra mientras el cabrón seguía disparando, tratando de seguir mi trayectoria. Pero a fuerza de dar vueltas, pude apartarme de su línea de fuego. Cuando se quedó sin balas, me impulsé con todas las fuerzas que me quedaban hacia su refugio de sombras, y me solté. Caí de culo justo delante de él. Se apartó de la pared, pero me eché encima de él y le enterré los dedos en los ojos. El tipo chillaba, los perros chillaban, la chica chillaba. Comencé a golpearle al cabeza contra el suelo hasta que dejó de moverse, tomé la 30-06 vacía y le aticé en la cabeza hasta que me di cuenta de que ya no me traería más problemas.
Entonces encontré la 45 y disparé contra el doberman.
Sangre se incorporó y se sacudió la pelambre. Estaba bastante herido.
—Gracias —masculló, y se alejó para lamerse las heridas en la oscuridad.
Fui a buscar a esa tal Quilla June. Lloraba por todos los tipos que habíamos matado. Sobre todo, por el que había matado ella. Como no paraba de berrear, le arreé una buena bofetada y le dije que me había salvado la vida, si eso le servía de consuelo.
Sangre se acercó, arrastrando el culo.
—¿Cómo vamos a salir de ésta, Albert?
—Déjame pensar.
Pensé, y vi que no había esperanzas. Por muchos que liquidáramos, siempre habría más. Ahora era una cuestión de machos. Estaba en juego su honor.
—¿Qué te parece un incendio? —sugirió Sangre.
—¿Huir entre las llamas? —Meneé la cabeza—. Deben de tener todo este lugar rodeado. No sirve.
—¿Y si no huimos? ¿Y si esperamos a que se incendie todo?
Lo miré. Valiente… y listo como el demonio.
5
Juntamos toda la madera, las colchonetas, las escalerillas, los potros, los bancos y todo lo que pudiese arder y lo amontonamos contra una mampara de madera que había en un extremo del gimnasio. Quilla June encontró una lata de petróleo en un almacén, y prendimos fuego a aquel maldito montón. Luego, seguimos a Sangre hasta el lugar que había encontrado para nosotros: la sala de calderas, debajo del edificio. Nos metimos en la caldera vacía, cerramos la compuerta y dejamos una abertura de ventilación para el aire. Llevamos con nosotros una colchoneta, todas las balas que pudimos hallar y las armas cortas que habían sido de los atacantes.
—¿Ves algo? —pregunté a Sangre.
—Un poco. No mucho. Estoy leyendo la mente de un tipo: el edificio arde que es un encanto.
—¿Podrás decirnos cuándo han muerto?
—A lo mejor. Si mueren.
Me puse cómodo. Quilla June temblaba por todo lo que había sucedido.
—Tómatelo con calma —le dije—. Mañana, el lugar se habrá derrumbado. Revolverán los escombros y encontrarán un montón de cadáveres. Quizá no se molesten mucho en buscar el cuerpo de una chica. Todo se habrá resuelto… si no morimos asfixiados.
Sonrió un poco y trató de parecer valiente. Se portaba bien, la chica. Cerró los ojos, se tendió sobre la colchoneta y trató de dormir. Yo estaba hecho polvo. Los párpados se me cerraron a mí también.
—¿Podrás arreglártelas solo? —pregunté a Sangre.
—Creo que sí. Será mejor que duermas.
Asentí, con los ojos cerrados, y me tendí de costado. En dos segundos, caí como un tronco.
Cuando desperté, vi que la chica, esa Quilla June, se me había acurrucado bajo el sobaco. Dormía profundamente, y me había rodeado la cintura con uno de sus brazos. Apenas podía respirar: parecía un infierno. Coño, era un infierno. Extendí una mano y la pared de la caldera estaba tan caliente que no podía tocarla. Sangre se había subido a la colchoneta, con nosotros. La protección del colchón nos había salvado de morir asados. Dormía, con la cabeza entre las patas. La chica también. Desnuda.
Le toqué uno de los pechos. Estaba tibio. Se estremeció y se acurrucó más cerca de mí. Sentí que se me ponía dura.
Conseguí sacarme los pantalones y me acosté sobre ella. Cuando sintió que le abría las piernas, despertó sobresaltada, pero era demasiado tarde.
—No… basta… qué haces… no se te ocurra…
Pero estaba medio dormida, y débil. Además, no creo que tuviera muchas ganas de resistirse, de todos modos.
Cuando la penetré lanzó un grito, por supuesto, pero después se portó bien. La colchoneta quedó manchada de sangre. Mientras, Sangre siguió durmiendo.
Fue distinto, en serio. Por lo general, cuando Sangre me conseguía alguna hembra, todo era cuestión de agarrarla, golpearla, tirármela y salir zumbando antes de que pasara algo malo. Pero cuando acabé con esta chica, ella separó el cuerpo de la colchoneta y me abrazó con tanta fuerza, que creí que me rompería las costillas. Y después bajó despacito, despacito, como cuando hago flexión de brazos en el gimnasio que me monté, allá en la chatarrería. Tenía los ojos cerrados, y una expresión de lo más tranquila. Y feliz. Se notaba.
Lo hicimos muchas veces. Después de un rato, fue idea de ella, pero no me negué. Luego, nos echamos juntos y empezamos a charlar.
Me preguntó cómo nos llevábamos con Sangre. Le conté la historia de los perros telépatas, que habían perdido la capacidad de cazar su propia comida, y tuvieron que buscar la ayuda de pandilleros y solos. Y le conté que algunos perros como Sangre podían encontrar chicas para solos como yo. No dijo nada acerca de eso.
Le pregunté cómo era vivir allá abajo, en los pueblos subterráneos.
—Es agradable. Todo está muy tranquilo. Siempre. La gente es muy amable. Es un pueblecito…
—¿En cuál vivías tú?
—En Topeka. Está muy cerca de aquí.
—Sí, ya lo sé. El túnel de acceso queda a menos de un kilómetro. Una vez fui hasta allí para echar un vistazo.
—¿Nunca has estado en un pueblo subterráneo?
—No. De todas formas, tampoco tengo ganas de ir.
—¿Por qué? Es muy bonito. Te gustaría.
—Vete a la mierda.
—Eso ha sido una grosería.
—Soy grosero.
—No siempre.
Estaba empezando a enfadarme.
—Mira, so idiota, ¿qué coño te pasa? Te cogí, te pegué, te he violado media docena de veces. ¿Qué ves de bueno en mí? ¿Qué mierda te pasa? ¿No sabes darte cuenta de cuándo uno es un…?
Me sonrió.
—No me importa. Me gustó hacerlo. ¿Quieres que lo hagamos otra vez?
No podía creerlo. Me aparté de ella.
—¿Qué coño te pasa? ¿No sabes que podría hacerte daño de verdad? ¿No sabes que en los pueblos subterráneos les dicen a las chicas: «No subas. Te podría atrapar un tipo de ésos, sucio, peludo, baboso»? ¿No lo sabes?
Me posó la mano sobre el muslo y comenzó a acariciarme con la punta de los dedos. Otra vez se me puso dura.
—Mis padres nunca me dijeron eso sobre los solos.
Me abrazó y me besó, y no pude evitar volver a hacerlo.
Vaya, estuvimos así durante horas. En eso, Sangre se volvió y me dijo:
—No pienso seguir fingiendo que duermo. Tengo hambre y estoy herido.
La aparté de mí —en esta ocasión, era ella quien estaba encima—, y lo examiné. El doberman le había arrancado un buen pedazo de la oreja derecha y tenía un corte que le llegaba al morro. En uno de los costados, se veía, además, un manchón de sangre seca. Estaba que daba pena.
—¡Santo Dios, hombre! ¡Estás hecho una porquería!
—Joder, Albert, tú tampoco eres un jardín de rosas, exactamente… —replicó. Aparté la mano.
—¿Podemos salir de aquí? —le pregunté.
Miró alrededor y meneó la cabeza.
—Desde aquí no puedo leer nada. Tal vez haya una pila de escombros sobre la caldera. Tendría que salir a explorar.
Lo discutimos un rato y por fin decidimos que si el edificio se había derrumbado y enfriado un poco, los tipos aquellos ya habrían buscado entre las cenizas. El hecho de que no hubiesen querido abrir la caldera podía indicar que quizás habían muerto. O que el edificio seguía ardiendo aún. En cuyo caso estarían allí, esperando para poder revolver los escombros.
—¿Crees que estás en condiciones para salir?
—Supongo que no me queda más remedio —comentó, con desdén—. Si de ti dependiera nuestra salvación, ¿qué sería de nosotros? Tú sólo piensas en follar.
Me di cuenta de que teníamos un problema. Quilla June no le caía bien. Pasé por encima de él y quise abrir la portezuela. Nada. Apoyé la espalda contra la puerta e hice palanca con las piernas. Empujé lentamente, pero con firmeza.
Lo que hubiese caído contra la puerta, resistió un minuto. Luego, comenzó a ceder hasta que, por fin, se abrió con un estruendo. Sostuve la portezuela y asomé la cabeza. Los pisos superiores habían caído sobre el sótano, pero para cuando se desplomaron, ya eran sólo cenizas y escombros de poco peso. Todo era humo. A través de él, percibí la luz del día.
Salí por la abertura y me quemé las manos cuando toqué el borde exterior de la portilla. Sangre me siguió. Comenzó a abrirse paso entre los restos. Vi que la caldera estaba casi totalmente cubierta por los escombros que habían caído desde lo alto. Había muchas posibilidades de que la pandilla hubiese echado una mirada por encima y que, tras suponernos asados, se hubiera ido. Pero, de todas formas, quería que Sangre hiciera un reconocimiento. Se alejó. Lo llamé, y vino.
—¿Qué pasa?
Lo miré desde arriba.
—Yo te diré qué sucede: te estás portando como un cretino.
—Vete a cagar.
—¡Maldito perro! ¿Qué coño te pasa?
—Es ella. Esa cerda que tienes ahí.
—¿Y a qué viene eso? No es la primera vez que me tiro a una…
—Sí. Pero ninguna se te colgó durante tanto tiempo. Te lo advierto, Albert: esta chica te traerá problemas.
—¡No seas imbécil!
No contestó. Me miró con rabia y se alejó cojeando. Volví a la caldera y cerré la compuerta. La chica quería volver a hacerlo, pero le dije que no tenía ganas: Sangre me había enfriado. Estaba de mal humor. No sabía a cuál de los dos mandar primero a la mierda.
Pero ¡qué guapa era!
Hizo una especie de puchero, y se recostó, envolviéndose con los brazos.
—Cuéntame más sobre los pueblos subterráneos —le pedí.
Al principio no quiso decirme gran cosa. Fingía estar ofendida. Pero luego se fue soltando y comenzó a hablar con más libertad. Me enteré de muchas cosas. Imaginaba que quizás algún día me serían útiles.
En lo que quedaba de Estados Unidos y Canadá había unos doscientos pueblos subterráneos. Los habían construido en antiguas minas, lechos de vertientes, o fosos muy profundos. Algunos, en el oeste, se hallaban en cuevas naturales. Estaban a unos cuatro u ocho kilómetros de profundidad. Eran como inmensos cajones. Y los que habían emprendido la tarea eran carcas de la peor clase: baptistas del sur, fundamentalistas, defensores de la ley y el orden; verdaderos ejemplares de la clase media, incapaces de gozar de los peligros de la vida. Regresaron a una clase de existencia que había pasado al olvido ciento cincuenta años atrás. Contrataron a los últimos científicos que quedaban para que hicieran el trabajo y descubrieran el cómo y el por qué; y luego los habían echado. No querían el menor progreso, la menor disensión, nada que produjera cambios; de eso estaban hartos. Para ellos la mejor época de la historia había transcurrido antes de la Primera Guerra: imaginaban que si lograban detener el tiempo allí, podrían vivir tranquilamente y subsistir. ¡Qué mierda! Yo me volvería loco en una de esas cuevas.
Quilla June sonrió y se acurrucó otra vez a mi lado, pero no la rechacé. Comenzó a tocarme de nuevo, ahí abajo, dale que te pego.
—¿Vic?
—¿Mmmm?
—¿Alguna vez has estado enamorado?
—¿Qué?
—Si te has enamorado. ¿Alguna vez has estado enamorado de una chica?
—Coño, te aseguro que no.
—¿Sabes qué es el amor?
—Claro. Imagino que sí.
—Pero si nunca te has enamorado…
—No seas imbécil. Nunca me han metido una bala en la cabeza, pero sé que no me gustaría.
—Apuesto a que no tienes ni idea de lo que es el amor.
—Bueno, si significa vivir en una cueva subterránea, no me interesa saberlo.
Después de eso, no hablamos mucho. Me echó al suelo y volvimos a hacerlo. Cuando terminamos, escuché que Sangre rascaba la caldera. Abrí la compuerta y se quedó mirándome.
—Todo despejado.
—¿Seguro?
—Sí, sí. Seguro. Ponte los pantalones —dijo con una nota de desdén en la voz—, y ven conmigo. Tenemos que hablar.
Lo miré y me di cuenta de que no bromeaba. Me puse los pantalones y las zapatillas y salí de la caldera.
Se apartó del lugar al trote, por encima de unas vigas renegridas, y asomó en el gimnasio. Había un foso profundo. Parecía la raíz podrida de una muela.
—¿Qué mosca te ha picado? —le pregunté.
Subió a una pila de escombros hasta quedar a la misma altura que yo.
—Me estás jodiendo, Vic.
Supe que hablaba en serio: no me había llamado Albert, sino Vic.
—¿Por qué?
—Ayer noche podríamos habernos largado de aquí y dejársela a ellos. Eso habría sido lo más inteligente de nuestra parte…
—Quería tirármela.
—Sí, ya lo sé. De eso estoy hablando. Hoy es hoy, no ayer por la noche. Ya te la has follado cincuenta veces. ¿Por qué no nos vamos?
—Quiero un poco más…
Entonces, se enfadó.
—¿Ah, sí? Pues escúchame, amigo… Yo también quiero un par de cosas. Quiero algo de comer, y quiero que se me vaya este dolor que tengo en el costado, y quiero irme de aquí. Tal vez no se den por vencidos tan fácilmente.
—Tranquilo. Podemos hacer todo eso. La chica puede venir con nosotros…
—Conque ésas tenemos. Donde viajan dos, viajan tres, ¿eh?
Ya me estaba hartando.
—Oye. Empiezas a parecer un perro faldero…
—Y tú pareces un puto de ésos que van en pareja.
Di un paso atrás para partirle el hocico de una patada. No se movió. Me contuve. Jamás había golpeado a Sangre. No pensaba comenzar en ese momento.
—Lo siento —dijo en voz baja.
—Está bien.
Pero no nos miramos.
—Oye, Vic. Tienes una responsabilidad para conmigo…
—No tienes que recordármelo.
—Bueno. Tal vez sí. Quizá deba refrescarte la memoria. Como la vez que aquel tipo apareció gritando en la calle, quemado por la radiación, y se aferró a ti.
Me estremecí. El hijo de puta estaba verde. Verde como un sapo. Tenía la piel llagada como un hongo. Se me revolvió el estómago sólo pensarlo.
—Y yo me lancé sobre él, ¿recuerdas?
Asentí. Sí, perro, claro que sí.
—Y podría haber muerto quemado, y despedirme del mundo para siempre, pero no me importó, ¿verdad? —Volví a asentir. Me estaba cagando: no me gustaba que me hicieran sentir culpable. Sangre y yo éramos uña y carne, él lo sabía—. Pero lo hice, ¿verdad? —Recordé los gritos que había lanzado la criatura verde. Dios mío, era un montón de pestañas y fangos que le chorreaban.
—Está bien. No me astigues.
—Se dice «no me fastidies».
—¡Lo que sea, coño! —grité—. Basta ya con esa mierda, o se termina el jodido acuerdo y a otra cosa.
Sangre resopló.
—¡Bueno, tal vez eso tendríamos que hacer, zopenco imbécil!
—¿Qué es «zopenco», cabrón? Ja, no ha de ser nada bueno. Sí, debe de ser algún insulto… ¡Cuida la boca, hijo de puta, o te romperé el culo de un puntapié!
Nos sentamos y estuvimos quince minutos sin hablarnos. Ninguno de los dos sabía qué hacer.
Por fin, decidí ceder un poco. Le hablé despacio, y lentamente. Estaba harto de él, pero le dije que seguiría a su lado, como siempre. Me amenazó, me dijo que más me valía, porque había un par de solos en la ciudad que se sentirían encantados de tener una nariz tan aguda como la suya. Le dije que no me gustaban las amenazas y que se fijara dónde ponía la pata, o se la rompería. Se enfadó y se alejó. Le dije que se fuera a la mierda, y volví a la caldera para desahogarme otra vez con esa tal Quilla June.
Pero cuando metí la cabeza, me estaba esperando con una de las pistolas de los asaltantes. Me golpeó con todas sus fuerzas sobre el ojo derecho; caí por la compuerta y después no supe nada más.
6
—Te dije que era una cabrona. —Me miró mientras humedecía la herida con el desinfectante de mi equipo de bolsillo y la empapaba en antiséptico. Cuando fruncí el rostro de dolor, se rió con sorna.
Lo guardé todo, y revisé la caldera para juntar todas las municiones posibles y abandonar la Browning a cambio de la 30-06, más pesada. Luego, encontré algo que se le había caído de las ropas.
Era una pequeña placa de metal, de ocho centímetros de longitud y cuatro de altura. Tenía una larga serie de números y unos agujeros que parecían hechos al azar.
—¿Qué es esto? —pregunté a Sangre.
La miró y la olisqueó.
—Debe de ser alguna tarjeta de identificación, o algo así. Quizás es lo que emplean para salir de los túneles…
Eso me decidió.
Me la guardé en un bolsillo y eché a andar. Hacia la boca de acceso.
—¿Dónde demonios vas? —me aulló Sangre—. ¡Regresa! ¡Te matarán!
»¡Tengo hambre, hostia! ¡Estoy herido! ¡Albert, eres un hijo de puta! ¡Vuelve aquí!
Seguí caminando. Encontraría a esa zorra y le partiría la cabeza. Aunque tuviera que descender a los pueblos subterráneos para dar con ella.
Me llevó una hora llegar hasta la boca de acceso que conducía a Topeka. Me pareció que Sangre me seguía, pero bastante rezagado. No le hice caso. Yo estaba como loco.
De pronto, apareció: era una columna alta y recta, de brillante metal negro. Tendría unos seis metros de diámetro, y terminaba en una superficie completamente lisa. Se hundía recta en el suelo. Era una tapa. Fui hacia ella, en línea recta, y hurgué en los bolsillos en busca de la tarjeta metálica. Sentí que algo me tiraba de la pierna izquierda.
—¡Escucha, idiota, no puedes bajar allí!
Lo aparté de una patada, pero volvió a la carga.
—¡Escúchame!
Me volví y lo miré.
Sangre se sentó. A su alrededor se levantó una nube de polvo.
—Albert…
—Me llamo Vic, so borde…
—Vale, vale. Ya basta de tonterías, Vic. —Atenuó el tono de voz—. Oye, Vic… —Trataba de hacerse oír. En realidad, yo estaba que ardía, pero vi que se empeñaba en hacerme razonar, de modo que me encogí de hombros y me acuclillé a su lado.
—Escucha, hombre, esa chica te ha sorbido el seso. Sabes muy bien que no puedes bajar hasta allí. Está todo ordenado y establecido. Todos se conocen, odian a los solos. Ya han sufrido ataques de suficientes pandilleros, que bajaron a robar sus casas, y a violar a sus mujeres. Han creado defensas. Te matarán, Vic.
—¿Y a ti qué mierda te importa? Siempre estás diciendo que estarías mucho mejor sin mí.
Eso le afectó.
—Vic, hace tres años que estamos juntos. Hemos pasado buenos ratos y momentos difíciles, pero éste puede ser el peor. Tengo miedo, hombre. Supón que no regresas. Tengo hambre, necesitaré encontrar a alguien que cuide de mí… y sabes que casi todos los solos andan en pandillas. Seré un perro de mala muerte. Ya no soy tan joven. Y estoy mal herido.
Tenía razón, lo que decía era sensato. Pero yo sólo podía pensar en aquella Quilla June, que me había jodido. De pronto se me apareció gimiendo cuando la penetraba, imaginé sus pechos pequeños y suaves… Sacudí la cabeza. Tenía que vengarme.
—Tengo que hacerlo, Sangre. Debo hacerlo.
Suspiró profundamente y meneó la cabeza. Sabía que sería inútil.
—Ni siquiera te das cuenta de lo que te está haciendo. Dejar allí esa tarjeta de metal… Es demasiado fácil… Casi como si hubiera querido que la siguieras.
Me levanté.
—Trataré de volver cuanto antes. ¿Me esperarás?
Durante un largo rato, no respondió. Aguardé. Por fin, dijo:
—Esperaré un poco, sí. Tal vez esté aquí, tal vez no.
Comprendí. Di la vuelta y eché a andar hacia la columna de metal negro. Por fin, encontré una ranura e introduje la placa. Se oyó un suave ronroneo, y luego una parte del pilar se abrió. Ni siquiera me había dado cuenta de que en el metal había fisuras. Se formó un círculo, y avancé un paso. Me volví y allí estaba Sangre, mirándome. Nos despedimos con la mirada, mientras la columna seguía vibrando.
—Hasta luego, Vic.
—Cuídate, Sangre.
—Vuelve pronto.
—Haré lo que pueda.
—Está bien. Adiós.
Giré y avancé hacia el interior. La puerta de acceso se cerró detrás de mí.
7
Tendría que haberlo supuesto. Tendría que haber sospechado. Es cierto: de vez en cuando subía alguna chica para ver cómo era la superficie, y qué ocurría en las ciudades. Sí. A veces pasaba. Y se lo creí cuando me lo dijo, acurrucada contra mi cuerpo en esa caldera. La creí cuando me dijo que quería saber cómo era eso de hacerlo con un hombre. Que todas las películas que pasaban en Topeka eran aburridas y sosas; que sus compañeras de colegio le habían hablado de las películas porno, y que una de ellas tenía un libro de historietas de ocho páginas que ella leyó con los ojos desorbitados… Claro.
La creí. Era lógico. Cuando dejó olvidada la placa de metal, tendría que haber sospechado. Era demasiado evidente. Sangre intentó decírmelo. ¿Fui un imbécil? ¡Sí!
En cuanto el portal de acceso se cerró detrás de mí, el murmullo se hizo más intenso, y de las paredes brotó una luz fría. En la pared, mejor dicho, pues era un compartimiento circular donde sólo había dos lados: dentro y fuera. La pared emitía la luz formando pulsos, y el murmullo se hizo más fuerte. El suelo sobre el que me encontraba comenzó a abrirse, como había hecho la puerta exterior. Yo parecía esos ratones de las historietas, que están lo más tranquilos mientras no miran para abajo.
De pronto, caí. La compuerta se cerró por sobre mi cabeza y me encontré descendiendo por un túnel, a velocidad lenta pero constante, sin detenerme. Por fin supe lo que era un túnel de descenso.
Bajé y bajé. Cada tanto veía algo así como NIV 10, o ANTICONT 55, o TUBO DE ALIMEN… o BOMBA SEG6 sobre la pared, pero sin poder determinar dónde terminaba cada sección. Todo esto, sin dejar de caer.
Por fin, llegué al fondo. Sobre la pared se leía CIUDAD DE TOPEKA. POBL., 22.860. Caí sin ofrecer resistencia, pese a que intenté atenuar el impacto flexionando las rodillas.
Volví a usar la placa de metal, y la abertura —esta vez mucho mayor— se abrió como un diafragma. Mis ojos captaron la primera visión de un pueblo subterráneo.
Se extendía por delante de mí, unos treinta kilómetros, hasta formar un horizonte metálico pálido y brillante, donde la pared que había a mis espaldas se curvaba, formaba una cúpula envolvente y retornaba hasta donde yo me encontraba. Estaba en el fondo de un inmenso tubo de metal que se estrechaba en un techo, a doscientos metros de altura, y de treinta kilómetros de diámetro. En el fondo de aquella lata, alguien había construido un pueblo que parecía una de esas fotos de los libros que solía leer en la superficie. Había visto un pueblo así en una ilustración. Todo igual: casitas limpias, callecitas que serpenteaban, el césped bien cuidado, un centro comercial, y todo lo que podía llegar a tener un lugar como Topeka.
Salvo sol, salvo pájaros, salvo nubes, lluvia, nieve, frío, viento. Salvo hormigas, tierras, montañas, océanos, vastos sembradíos, estrellas. Salvo luna, bosques, animales en libertad…
Libertad.
Vivían enlatados. Como pescados. Enlatados.
Sentí un nudo en la garganta. Quería salir. ¡Salir! Comencé a temblar. Tenía las manos frías y la frente perlada de sudor. Había sido una locura bajar. Debía alejarme de allí. ¡Salir!
Giré para volver al túnel, pero entonces me agarró.
¡Esa cabrona de Quilla June! ¡Debí haberlo sospechado!
Era una cosa baja y verde, como una caja, y en lugar de brazos tenía cables con guantes en los extremos. Avanzaba rodando.
Me aferró. Me alzó sobre su extremo superior, plano y cuadrado, y me sostuvo con los guantes esos para que no pudiera moverme.
Sólo atiné a patearle un gran ojo de cristal que tenía delante pero no sirvió de nada, porque no logré romperlo.
La cosa tendría apenas un metro veinte de altura, de modo que mis zapatillas casi llegaban al suelo, pero no lo bastante como para permitirme huir. Comenzó a internarse en Topeka, llevándome con ella.
Había gente por todas partes. Algunos estaban en los jardines delanteros, sentados en sus mecedoras, otros recortaban el césped, aguardaban en la gasolinera, introducían monedas en las máquinas de chicle, pintaban líneas blancas sobre la calzada, vendían periódicos en alguna esquina, escuchaban una orquesta típica en la glorieta de algún parque, jugaban a la rayuela o al escondite, limpiaban un coche de bomberos, leían sentados en un banco, lavaban ventanales, podaban arbustos, saludaban a las damas con el sombrero, recogían botellas de leche en cestas de alambre, cuidaban caballos, arrojaban una rama al perro para que la fuese a buscar, nadaban en la piscina comunal, escribían los precios de las verduras sobre una pizarra, paseaban de la mano con alguna chica, y me miraban pasar sobre aquella jodida máquina.
Recordé las palabras de Sangre, antes de que entrara en el túnel: «Está todo ordenado y establecido. Todos se conocen; odian a los solos. Ya han sufrido ataques de suficientes pandilleros, que bajaron a robar sus casas y a violar a sus mujeres. Han creado defensas. Te matarán, Vic».
Gracias, perro.
Y adiós.
8
La caja verde atravesó el sector comercial y dobló hacia un establecimiento que anunciaba: OFICINA PARA LA EFICIENCIA COMERCIAL. Entró rodando a través de la puerta principal, donde unos seis hombres que parecían momias me esperaban. También había un par de mujeres. La caja verde se detuvo.
Uno de ellos se acercó y me quitó la placa metálica. La miró, se volvió y se la entregó al más viejo de los viejos: un tipo arrugado, con pantalones anchos, visera verde y gomas que le sostenían las mangas de la camisa a rayas.
—De Quilla June, Lew —le dijo. Lew cogió la placa y la guardó en el cajón superior izquierdo de un escritorio con tapa corredera.
—Mejor quítale las armas, Aaron —dijo el fósil. Y el que se había llevado la placa me desarmó.
—Suéltalo, Aaron —dijo Lew.
Aaron rodeó la caja verde. Se oyó un ruido metálico. Los guantes y sus cables se escondieron en el cuerpo de la caja, y yo caí al suelo. Tenía los brazos adormecidos allí donde la cosa me había sujetado. Me los froté y los miré a todos con expresión ceñuda.
—Veamos, jovencito… —comenzó Lew.
—¡Tócame las pelotas, gilipollas!
Las mujeres palidecieron. Los hombres se pusieron muy serios.
—Te advertí que no daría resultado —dijo otro viejo a Lew.
—Mal asunto… —comentó uno de los más jóvenes.
Lew se inclinó hacia delante desde su silla de respaldo alto, y me apuntó con un dedo sarmentoso.
—Será mejor que te portes bien, jovencito.
—Espero que todos tus hijos nazcan retrasados mentales.
—Acabemos con esto, Lew —propuso otro.
—Descarado… —espetó una de las mujeres.
Lew me miró. Su boca era una desagradable línea negra. Sabía que el muy hijo de puta no tendría un solo diente que no estuviese podrido y carcomido. Me escrutó con sus ojillos perversos. Dios, qué feo era. Parecía un sapo dispuesto a lamer una mosca de la pared con la lengua. Se disponía a decirme algo que no me gustaría.
—Aaron, tal vez sería mejor que volvieses a ponerlo en manos del centinela. —El viejo se acercó al artefacto.
—Eh, un momento. Dejémoslo así —dije, levantando la mano.
Aaron se detuvo, miró a Lew, y éste asintió. Otra vez, Lew volvió a inclinarse hacia delante y a apuntarme con sus garras de pájaro.
—¿Te portarás bien, hijo?
—Digamos que sí.
—Será mejor que estés seguro, caramba.
—Estoy seguro, caramba. Y también estoy seguro, joder.
—Oye, cuida tu vocabulario.
No respondí. Viejo asqueroso.
—Hijo, para nosotros eres como una especie de experimento. Intentamos que uno de vosotros bajara por otros medios. Enviamos a algunos de los nuestros para capturarlo, pero nunca regresaron. Supusimos que lo mejor sería atraerte con un cebo.
Me reí con sorna. Aquella Quilla June. ¡Ya me encargaría de ella!
Una de las mujeres, algo más joven que la del pico de loro, se acercó y me miró a los ojos.
—Lew, nunca lograrás domesticar a este sujeto. Es un sucio asesino. Mira esos ojos.
—¿Te gustaría que te metiera el cañón de un rifle por el culo, zorra? —La mujer dio un respingo. Lew se enfadó de nuevo—. Lo siento —me apresuré a decir—. No me gusta que me insulten. Soy un macho, ¿comprende?
Se calmó y riñó a la mujer:
—Mez, déjalo en paz. Estoy tratando de imponer un poco de cordura. Sólo estropearás las cosas.
Mez regresó a sentarse con los demás. ¡Qué repugnantes eran los tipos ésos!
—Como decía, jovencito, eres un experimento. Llevamos casi treinta años aquí en Topeka. Es un sitio agradable. Tranquilo, ordenado, con buena gente. Nos ayudamos, respetamos a nuestros mayores, no hay crímenes. En fin, un buen lugar para vivir. Estamos creciendo y prosperando.
Esperé.
—Pero, bueno, nos encontramos con que algunos de nuestros pobladores no pueden tener más hijos, y las mujeres que logran concebir dan a luz niñas. Necesitamos algunos hombres. Un tipo especial de hombres.
Me eché a reír. Era demasiado bueno para ser verdad: me querían como semental. ¡Ay, qué risa me daba!
—¡Grosero! —me riñó una de las mujeres.
—Esto ya nos resulta bastante difícil, hijo, no nos lo pongas peor. —Lew parecía incómodo.
Sangre y yo nos pasábamos la vida tratando de encontrar un culo, y aquí abajo me querían para preñar al mujerío del lugar. Me senté en el suelo y reí hasta que se me saltaron las lágrimas.
Por fin me levanté y dije:
—Muy bien, de acuerdo. Pero, si acepto, será con un par de condiciones.
Lew me miró de cerca.
—Quiero a esa Quilla June. Primero me la follaré a no poder más, y luego le pegaré un buen golpe en la cabeza, como ella me hizo a mí.
Parlamentaron un rato. Por fin, se separaron, y Lew respondió:
—Aquí no toleraremos ningún tipo de violencia. Pero supongo que Quilla June puede ser la primera. Por alguna tendrás que comenzar. La chica es capaz, ¿verdad, Ira?
Un hombre flaco y de piel amarillenta asintió. No parecía muy contento. Supuse que sería el viejo de Quilla.
—Bueno, venga, manos a la obra. Ponedlas en fila. —Comencé a bajarme la bragueta.
Las mujeres chillaron, los hombres me sujetaron. Me trasladaron a una residencia donde me dieron una habitación. Dijeron que primero tenía que familiarizarme un poco con el lugar antes de ponerme a trabajar, pues el asunto era, en fin, un poco delicadillo. Tenían que convencer a los demás pobladores de su plan. Supongo que si yo daba resultado, pensaban traer un par de sementales más de la superficie y soltarlos por Topeka.
Así que pasé algún tiempo allí, conociendo a la gente, viendo cómo vivían.
Era bonito. En serio.
Se sentaban en las mecedoras en los porches, segaban el césped, charlaban en las gasolineras, metían monedas en las máquinas de chicle, trazaban líneas blancas sobre la calzada, vendían periódicos en las esquinas, escuchaban alguna orquesta típica en la glorieta del parque, jugaban a la rayuela y al escondite, limpiaban los coches de bomberos, se sentaban a leer en los bancos, lavaban los ventanales y podaban los arbustos, saludaban a las damas con el sombrero, recogían botellas de leche en cestas de alambre, cuidaban a los caballos y arrojaban ramas a los perros para que las fuesen a buscar, nadaban en la piscina comunal, escribían el precio de las verduras sobre una pizarra, paseaban de la mano con las chicas más feas que había visto en mi vida… y me hinchaban las pelotas.
Al cabo de una semana, estaba hasta las narices.
Sentía que la lata se cerraba sobre mí.
Sentía el peso de la tierra sobre mi cuerpo.
Comían basura artificial: judías artificiales, carne de mentira, pollos de goma, maíz falso, pan de cartón. Todo sabía a polvo.
¿Si eran educados? Por Dios, me daban ganas de vomitar al ver los modos hipócritas y falsos que llamaban «educación». Hola, señor Fulano; hola, señora Mengano. ¿Cómo está usted? ¿Cómo se encuentra la pequeña Janie? ¿Y los negocios? ¿Vendrá a la reunión de la sociedad de fomento este jueves? Empecé a volverme loco en mi habitación.
La manera dulce, limpia, inmaculada y encantadora en que vivían bastaba para acabar con un hombre. Con razón no se les ponía tiesa, y en lugar de tener huevos los hijos les salían con raja.
Al principio me miraban como si estuviera a punto de explotar y fuera a mancharles de mierda las cercas blanquísimas. Al cabo de un tiempo se acostumbraron a verme. Lew me llevó a la zona comercial y me compró un pantalón de jardinero, y una camisa que cualquier solo como yo habría detectado a dos kilómetros de distancia. Esa tal Mez, la vieja zorra que me había llamado asesino, comenzó a perseguirme. Por fin, dijo que quería cortarme el cabello, para darme un aspecto más civilizado. Pero yo me daba perfecta cuenta de lo que quería. Qué puta.
—¿Qué te pasa, tía? —La pinché—. ¿Es que tu maromo ya no te hace caso?
Se llevó el puño a la boca; me reí como un descosido.
—Córtale a él los huevos, tía. Mi pelo se queda como está. —Se volvió y salió corriendo. Ni que le hubiesen puesto un motor en el culo.
Y así fueron las cosas durante un tiempo. Yo iba por ahí; ellos venían y me daban de comer, y mantenían a todas las chicas jóvenes lejos de mi alcance hasta que el pueblo estuviera al corriente de lo que pensaban hacer.
Me costaba pensar. Me sentía acorralado, con claustrofobia; iba y me sentaba bajo el porche a oscuras, en la sala de estar. Luego aquello pasó. Estaba mosqueado; después, de mala leche; más callado; y, por fin, indiferente. Mudo.
Entonces, comencé a pensar en el modo de escapar de allí. Un día recordé el perro de aguas que había cazado para Sangre, en una ocasión. Tenía que haber venido de un pueblo subterráneo. Pero no podía haber salido por el túnel. De modo que habría otras formas de salir.
Me dejaban andar a mi aire por todo el pueblo, mientras conservara los buenos modos y no intentara nada raro. Y la famosa caja verde siempre andaba cerca de mí.
Así pues, un día encontré la salida. No fue nada espectacular: como tenía que estar en algún sitio, al final di con ella.
Después, averigüé dónde habían escondido mis armas. Cuando lo supe, decidí que estaba preparado. O casi.
9
Una semana después de que descubriese la salida, Aaron y Lew vinieron a buscarme. Me sentía bastante animado para entonces. Estaba sentado en el porche trasero de la pensión, fumando una pipa de mazorca, sin camisa, tomando sol. Sólo que no había sol. Qué ridículo.
Dieron vuelta alrededor de la casa.
—Buenos días, Vic —me saludó Lew. Se apoyaba en un bastón, el muy mamón. Aaron me sonrió con todos los dientes. Como haría uno con el inmenso semental que se la metería a sus mejores terneras. La expresión de Ira hubiese servido para encender la chimenea: echaba chispas.
—Bueno, qué tal, Lew. Buenos días, Ira. Hola, Aaron.
Lew pareció satisfecho con mi acogida.
¡Ah, jodidos hijos de puta! ¡Esperad y veréis!
—¿Estás listo para conocer a tu primera dama?
—Mejor, imposible —respondí, y me levanté.
—¿Se te ha apagado la pipa? —observó Aaron.
Me quité la mazorca de la boca. Ni siquiera la había encendido.
—Ah, es una auténtica maravilla —sonreí.
Me acompañaron hasta la calle Marigold. Nos detuvimos ante una casita con contraventanas amarillas y una cerca blanca.
—Es la casa de Ira. Quilla June es su hija —dijo Lew.
—Vaya, vaya, mira tú qué cosas…
A Ira se le tensó la mandíbula.
Entramos.
Quilla June estaba sentada en la sala, con su madre, una versión algo más envejecida, flaca como una sardina.
—Señora Holmes… —saludé, y me incliné con una ligera reverencia. La mujer sonrió, sin abandonar la tensión.
Quilla June estaba sentada con los pies juntos y las manos sobre el regazo. Llevaba una cinta en el pelo. Una cinta azul.
A juego con sus ojos.
Algo se me estrujó en la garganta.
—Quilla June… —le dije.
Alzó la vista.
—Buenos días, Vic.
Entonces todos parecieron mirarse muy nerviosos. Por fin, Ira comenzó a farfullar que fuésemos al dormitorio y que acabásemos de una vez con toda aquella porquería, para que pudieran ir a la iglesia y rezar, y para que el Buen Señor no descargara su ira sobre todos ellos, lanzándoles un rayo en el culo, o alguna mierda por el estilo.
De modo que extendí la mano y Quilla June la cogió sin mirarme. Fuimos hacia la parte trasera de la sala y entramos en una pequeña habitación. Bajó la cabeza.
—No se lo dijiste, ¿eh?
Meneó la cabeza.
De pronto, ya no quise matarla, sino abrazarla con todas mis fuerzas. Y eso hice. Se puso a llorar contra mi pecho y a golpearme la espalda con sus puñitos. Me miró a los ojos y soltó de golpe:
—Oh, Vic, lo siento. Lo siento mucho… No quería hacerlo, pero no tenía más remedio. Me enviaron para eso. Tenía mucho miedo. Te quiero. Ahora que estás aquí, ya no me parece algo tan sucio. No es como dice mi padre, ¿verdad?
La abracé, la besé, y le dije que no se preocupara. Luego le pregunté si querría escapar conmigo, y me dijo que sí, que sí, sí, que le gustaría muchísimo, en serio. Entonces opiné que, para poder huir, tal vez tuviésemos que hacer daño a su padre, y cuando busqué sus ojos encontré en ellos una expresión que conocía muy bien.
A pesar de toda su piedad filial, Quilla June Holmes no sentía ningún afecto por su devoto y penitente papaíto.
Le pregunté si tenía algo pesado: un candelabro, o un tronco, y dijo que no. Me puse a buscar por la habitación, y encontré un par de calcetines del viejo en un cajón. Desenrosqué las enormes pelotas de bronce de la cabecera del lecho y las metí en un calcetín. Sopesé el resultado. Vaya. Estupendo.
Me miró con unos ojos como platos.
—¿Qué vas a hacer?
—¿Quieres salir de aquí?
Asintió.
—Entonces, quédate a un lado de la puerta. No, espera un momento. Tengo una idea mejor. Acuéstate en la cama.
Se echó.
—Muy bien —asentí—. Ahora súbete la falda, quítate las bragas y ábrete de piernas. —Me miró con su más pura expresión de horror—. Si quieres venir conmigo, tienes que hacerlo —advertí.
Lo hizo. Le doblé las rodillas y le abrí bien los muslos. Me escondí junto a la puerta y murmuré:
—Llama a tu padre. Sólo a él.
Vaciló un largo instante, y luego gritó, con una voz que no necesitó fingir:
—¡Papá! ¡Papá! ¡Ven aquí, por favor! —Y luego cerró los ojos con todas sus fuerzas.
Ira Holmes entró por la puerta, clavó la mirada sobre su secreto objeto de deseo y abrió la boca. Cerré la puerta de una patada y lo golpeé con todas mis fuerzas. Su cabeza estalló, salpicó las sábanas, y cayó muy despacio.
La chica abrió los ojos cuando oyó el golpe. La sangre le manchó las piernas. Se inclinó sobre la cama y vomitó en el suelo. Sabía que no podría contar con ella para conseguir que Aaron entrase en la habitación, de modo que abrí la puerta, asomé la cabeza con aire preocupado, y pregunté:
—Aaron, ¿podría venir un momento, por favor?
Miró a Lew, quien discurría con la señora Holmes sobre lo que podía estar sucediendo en el dormitorio, y al ver que el hombre asentía, vino hacia la habitación. Miró el felpudo de Quilla June, la sangre en la pared y en las sábanas, miró a Ira sobre el suelo, y abrió la boca para gritar, en el preciso instante en que yo me disponía a derribarlo. Para acabar con él, tuve que darle dos golpes más. Lo aparté de una patada en el pecho. Quilla June seguía vomitando.
La cogí por el brazo y la hice bajar de la cama. Al menos no gritaba, pero olía que daba asco.
Trató de resistirse, pero no la solté y abrí la puerta del dormitorio. Cuando asomó, Lew se levantó, apoyado en el bastón. De una patada lo lancé por los aires y el viejo se derrumbó como un saco de patatas. La señora Holmes nos miraba, preguntándose dónde estaría su marido.
—Está allí —le dije, mientras me dirigía hacia la puerta principal—. El Buen Señor le tocó la cabeza.
Salimos a la calle. Quilla June me seguía, apestando y sollozando y lamentándose. Probablemente también se estaba preguntando dónde habría dejado las bragas.
Habían guardado mis armas en un armario de la Oficina para la Eficiencia Comercial. Nos desviamos hasta la pensión, donde tenía una barra de hierro que había cogido de la gasolinera escondida bajo el porche trasero. Tomamos un atajo por el granero, atravesamos el sector comercial, y salimos a la Oficina. Un empleado intentó detenerme, pero le partí la cabeza con la herramienta. Hice saltar la cerradura del armario, en el despacho de Lew, y tomé la 30-06, la 45, las municiones, mi cuchillo y el equipo. Cargué las armas. Quilla June ya había recuperado la serenidad.
—¿Adónde vamos? ¿Adónde vamos? Ay, papá, papá, papá…
—Oye, Quilla June. No me vengas ahora con papá esto ni con papá lo otro. Dijiste que querías venir conmigo. Muy bien. Me largo. Arriba, nena. Si quieres acompañarme, será mejor que me sigas.
Tenía tanto miedo que no opuso resistencia.
Salí por la puerta principal y vi que la caja verde venía como una flecha. Había sacado los cables, pero en lugar de acabar en guantes terminaban en ganchos.
Me dejé caer sobre una rodilla, apoyé la culata de la 30-06 en el hombro, apunté, y disparé al ojo que tenía en la frente. Un solo disparo: ¡bang!
Hice blanco en el ojo y el artefacto explotó lanzando una lluvia de chispas. La caja verde se estrelló contra el escaparate de la tienda de enfrente, chillando, rechinando y soltando llamas y chisporroteos. Qué bonito.
Me volví para aferrar a Quilla June, pero ya no estaba. Miré hacia la calle y vi que se acercaba una turba de vigilantes. Lew caminaba apoyado en el bastón como un extraño saltamontes.
En ese momento comenzaron los tiros. ¡Qué estruendo! Eran de la 45 que había dado a Quilla June. Levanté la vista y la vi sobre el porche, en el segundo piso, con la automática apoyada en una baranda, como si fuera una profesional, apuntando a la multitud y descerrajando disparos como Wild Bill Elliot en una película republicana de los años 40.
¡Pero qué imbécil! Perdiendo tiempo en eso, cuando teníamos que huir…
Encontré la escalera que iba hasta arriba, subí los peldaños de tres en tres. Se reía, la muy tonta. Cuando alcanzaba a uno de los tipos, asomaba la punta de la lengua por la comisura de la boca y los ojos le brillaban. Y después, caía el tipo.
Le gustaba. De verdad.
Cuando llegué hasta ella, estaba disparándole a su madre. Le di un golpe en la nuca y erró el tiro. La vieja dio un saltito que pareció un paso de baile, y siguió corriendo hacia nosotros. Quilla June volvió la cabeza hacia mí, como un látigo. En sus ojos había una mirada asesina.
—Me has hecho fallar. —La voz me puso la piel de gallina.
Le quité la 45. Qué imbécil. Desperdiciar municiones de esta manera.
La arrastré por detrás, rodeé el edificio, encontré un cobertizo, me agaché y la atraje hacia mí. Al principio pareció asustada, pero le dije:
—Una chica que puede dispararle a su madre ancianita como tú no debe preocuparse por una revolcada tan insignificante… —Pasó al otro lado de la cerca y se agachó—. No te preocupes, no te mojarás las bragas: no las llevas puestas…
Rió como un pájaro y saltó. La aferré. Cerramos la puerta del cobertizo y miramos si la multitud nos seguía de cerca. Pero no había nadie.
Cogí a Quilla June por el brazo y partimos hacia el extremo sur de Topeka. Era la salida más cercana que había descubierto después de tanto dar vueltas. Llegamos en quince minutos, jadeando, débiles como un par de gatitos.
Allí estaba.
Un inmenso conducto de ventilación.
Abrí la compuerta con la barra y nos metimos dentro. Había una escalera. Tenía que haberla: era evidente. Para mantenerlo limpio, para hacer reparaciones. Tenía que haber una escalera. Iniciamos el ascenso.
Tardamos mucho rato.
Quilla June no dejaba de preguntarme, desde abajo, cada vez que el cansancio le impedía seguir subiendo:
—Vic, ¿me quieres?
Y yo le decía que sí. En parte porque lo sentía, en parte porque la ayudaba a seguir subiendo.
10
Aparecimos a un kilómetro y medio del túnel de acceso. De un disparo volé las tapas de los filtros y las compuertas, y salimos. Allí abajo tendrían que haber sido más listos: no se juega con James Cagney.
Nunca tuvieron la menor oportunidad.
Quilla June estaba agotada. No se lo reprochaba. Pero no pensaba pasar la noche a la intemperie: había cosas con las que no deseaba encontrarme, ni siquiera a la luz del día. Pronto oscurecería.
Caminamos hasta el túnel de acceso.
Sangre me estaba esperando.
Parecía débil, pero me había esperado.
Me arrodillé y le levanté la cabeza. Abrió los ojos, y en voz muy baja me dijo:
—Hola.
Le sonreí. Dios mío, cómo me alegraba de verlo.
—He vuelto, amigo.
Trató de incorporarse, pero no pudo. Las heridas tenían muy mal aspecto.
—¿Has comido? —le pregunté.
—No. Ayer atrapé una lagartija. O quizás anteayer. Tengo hambre, Vic.
Entonces apareció Quilla June, y Sangre la vio. Cerró los ojos.
—Será mejor que nos demos prisa, Vic —dijo—. Por favor. Podrían aparecer por la boca de acceso en cualquier momento…
Traté de levantar a Sangre, pero era un peso muerto.
—Oye, Sangre. Iré a la ciudad y conseguiré algo de comida. Volveré pronto. Espérame aquí.
—No vayas, Vic —me detuvo—. Cuando te marchaste hice una visita de reconocimiento a la ciudad. Descubrieron que no nos asamos en el gimnasio. No sé cómo. Tal vez los perros olieron el rastro que dejamos. He estado vigilando y sé que no han intentado perseguirnos. No los culpo. No sabes lo que es pasar aquí las noches, hombre. No sabes…
Se estremeció.
—Tranquilo, Sangre…
—Pero en la ciudad nos tienen marcados, Vic. No podemos volver allí. Tendremos que arreglárnosla en algún otro sitio.
Eso cambiaba las cosas. No podíamos volver, y con Sangre en este estado, tampoco podíamos seguir adelante. Y sabía que no podría hacer nada sin él, como buen solo que era. No teníamos qué comer. Debía alimentarlo y curarle las heridas enseguida. Tenía que hacer algo. Algo positivo, y rápido.
—Vic… —rezongaba Quilla June con voz chillona—, ¡vamos! Se las arreglará. Démonos prisa.
La miré. El sol se ponía. Sangre temblaba entre mis brazos.
Quilla June hizo un puchero.
—Si me quieres tienes que darte prisa.
Sin él, no podría sobrevivir allí solo. Lo sabía muy bien. Si la quería… En la caldera me había preguntado si sabía lo que era el amor…
Era una pequeña hoguera. Tan pequeña que ninguna pandilla la descubriría desde las afueras de la ciudad. Sin humo. Cuando Sangre terminó de comer, lo llevé hasta el conducto de ventilación, a un kilómetro y medio de allí, y pasamos la noche dentro, sobre una estrecha cornisa. Lo tuve abrazado toda la noche. Durmió bien. Por la mañana, le curé las heridas. Sanaría: era fuerte.
Volvió a comer. Había quedado mucho de la noche anterior. Yo no comí. No tenía hambre.
Esa mañana empezamos a cruzar la tierra devastada por los bombardeos. Encontraríamos otra ciudad, y comenzaríamos de nuevo.
Teníamos que ir despacio porque Sangre aún cojeaba. Pasaría mucho tiempo hasta que dejara de oír la voz de ella en mi mente, llamándome. Preguntándome, una y otra vez: «¿Sabes lo que es el amor?».
Claro que lo sé.
Un muchacho ama a su perro.
FIN
