Horacio Quiroga: Cacería del hombre por las hormigas

Chiquitos:

Si yo no fuera su padre, les apostaría veinte centavos a que no adivinan de dónde les escribo. ¿Acostado de fiebre en la carpa? ¿Sobre la barriga de un tapir muerto? Nada de esto. Les escribo acurrucado sobre las cenizas de una gran fogata, muerto de frío… y desnudo como una criatura recién nacida.

¿Han visto cosa más tremenda, chiquitos? Tiritando también a mi lado y desnudo como yo, está un indio apuntándome con la linterna eléctrica como si fuera una escopeta, y a su círculo blanco yo les escribo en una hoja de mi libreta… esperando que las hormigas se hayan devorado toda la carpa.

¡Pero qué frío, chiquitos! Son las tres de la mañana. Hace varias horas que las hormigas están devorando todo lo que se mueve, pues esas hormigas, más terribles que una manada de elefantes dirigida por tigres, son hormigas carnívoras, constantemente hambrientas, que devoran hasta el hueso de cuanto ser vivo encuentran.

A un presidente de Estados Unidos llamado Roosevelt, esas hormigas le comieron, en el Brasil, las dos botas en una sola noche. Las botas no son seres vivos, claro está; pero están hechas de cuero, y el cuero es una sustancia animal.

Por igual motivo, las hormigas de esta noche se están comiendo la lona de la carpa en los sitios donde hay manchas de grasa. Y por querer comerme también a mí, me hallo ahora desnudo, muerto de frío, y con pinchazos en todo el cuerpo.

La mordedura de estas hormigas es tan irritante de los nervios que basta que una sola hormiga pique en el pie para sentir como alfilerazos en el cuello y entre el pelo. La picadura de muchísimas puede matar. Y si uno permanece quieto, lo devoran vivo.

Son pequeñas, de un negro brillante, y corren en columnas con gran velocidad. Viajan en ríos apretadísimos que ondulan como serpientes, y que tienen a veces un metro de anchura. Casi siempre de noche es cuando salen a cazar.

Al invadir una casa, se desparraman por todas partes, como enloquecidas de hambre, buscando a la carrera un ser vivo que devorar. No hay hueco, agujero ni rendija, por angosta que sea, donde las hormigas carnívoras no se precipiten. Si hallan algún animal, en un instante se prenden de él con los dientes, mordiéndolo con terrible furia.

Yo he visto una langosta, chiquitos, deshacerse en un instante bajo sus dientes. En breves momentos todo el cuerpo de la langosta, como un juguete mecánico, yacía desparramado: patas, alas, cabeza, antenas, todo yacía desarticulado, pieza por pieza. Y con igual velocidad se llevaban cada articulación, y no por encima y a lo largo del lomo, como las hormigas comunes, sino por bajo el cuerpo, sujetando los pedazos con sus patas contra el abdomen. Y no por esto su carrera es menos veloz.

No hay animal que pueda enfrentar a las hormigas carnívoras. Los tapires y los tigres mismos, huyen de sus guaridas apenas las sienten. Las serpientes, por inmensas que sean, huyen a escape de sus guaridas. Para saber lo que son estas hormigas es preciso haberlas visto invadir un lugar en negros ríos de destrucción.

Ayer de mañana, chiquitos, llovió con fuerte viento sur, y el cielo, límpido y sereno al atardecer, nos anunció una noche de helada. Al caer el sol me paseaba yo por el campamento con grueso suéter y fumando, cuando una víbora se deslizó a prisa entre la carpa y yo.

«¡Víboras en invierno, y con este frío! —me pregunté sorprendido—. Debe de pasar algo raro para que esto suceda.»

Miraba aún el blanco pastizal quemado por la escarcha en que se había hundido la víbora, cuando un ratón de campo pasó a escape entre mis pies. Y en seguida otro, y luego otro, y después otro más.

Hacia la carpa avanzaba a ras de las patas, brincando y volando de brizna a brizna, una nube de langostitas, cascarudos, vinchucas de monte, arañas; todos los insectos, chiquitos míos, que habían resistido al invierno, huían como presa de pánico.

¿Qué podía ser esto? Yo lo ignoraba entonces. No amenazaba tormenta alguna. El bosque se iba ocultando en la sombra en serena paz.

Me acosté, sin acordarme más del incidente, cuando me despertó un chillido de hurón que llegaba del monte. Un instante después sentí el ladrido agudo y corto del aguará-guazú. Y un rato después el bramido de un tigre. El indio, hecho un ovillo, de espaldas al fuego, roncaba con grande y tranquila fuerza.

—Con seguridad no pasa nada en el monte —dije al fin—. Si no, el indio se hubiera despertado. E iba a dormirme de nuevo, cuando oí, fuera de la carpa, el repiqueteo de una serpiente de cascabel.

¿Se acuerdan ustedes, chiquitos míos, de la aventura que tuve con una de ellas? El que ha oído una sola vez en el monte el ruido del cascabel, no lo olvida por el resto de sus días.

¿Pero qué les pasaba a los animales esa noche, que se agitaban hasta el punto de exponerse algunos, como las víboras, a morir de frío bajo la helada?

Me eché fuera de las mantas, y cogí la linterna eléctrica. En ese mismo instante sentí como cien mil alfilerazos que se hundían en mi cuerpo. Lancé un grito que despertó al indio, y llevándome la mano a la cara, barrí de ella una nube de hormigas adheridas que me picaban con furor.

Todo: cuerpo, mantas, ropa, todo estaba invadido por las hormigas carnívoras. Saltando sin cesar, me arranqué las ropas, mientras el indio me decía:

—¡Corrección, corrección! (Es el nombre que dan por allá a esas hormigas.) ¡Las hormigas que matan! Indio no sale de fuego, porque hormigas lo comen enterito.

—¡Ojalá te coman siquiera la nariz! —grité yo enojado y corriendo afuera, donde fui a caer de un brinco sobre un palo encendido, que saltó por el aire con un reguero de chispas. Entretanto, todo el piso alrededor de la hoguera estaba lleno de hormigas que corrían de un lado para otro buscando qué devorar. La carpa estaba también toda invadida de hormigas, y el país entero, quién sabe hasta dónde.

Desde la mañana, seguramente, el ejército de hormigas había iniciado el avance hacia nosotros, devorando y poniendo en fuga ante ellas a las víboras, los insectos, y las fieras mismas que se desbandaban ante las hordas hambrientas.

Hasta la madrugada posiblemente estaríamos sitiados, y luego las hormigas llevarían a otra parte su devastación. Pero entretanto son apenas las tres de la mañana y el fuego acaba de consumirse. Imposible sacar un pie fuera del círculo de cenizas calientes: nos devoran.

Acurrucado en el centro de lo que fue hoguera, desnudo como un niño, y tiritando de frío, espero el día escribiéndoles, chiquitos, a la luz de la linterna eléctrica, mientras dentro de la carpa las hormigas carnívoras están devorando mis últimas provisiones.

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Ficha bibliográfica

Autor: Horacio Quiroga
Título: Cacería del hombre por las hormigas
Publicado en: Billiken, 10 de marzo de 1924

[Relato completo]

Horacio Quiroga

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