Horacio Quiroga: Caza del tigre

Chiquitos míos:

Lo que más va a llamar la atención de ustedes, en esta primera carta, es el que esté manchada de sangre. La sangre de los bordes del papel es mía; pero en medio hay también dos gotas de sangre del tigre que cacé esta madrugada.

Por encima del tronco que me sirve de mesa, cuelga la enorme piel amarilla y negra de la fiera.

¡Qué tigre, hijitos míos! Ustedes recordarán que en las jaulas del zoo hay un letrero que dice: «Tigre cebado». Esto quiere decir que es un tigre que deja todos los carpinchos del río por un hombre. Alguna vez ese tigre ha comido a un hombre; y le ha gustado tanto su carne, que es capaz de pasar hambre acechando días enteros a un cazador, para saltar sobre él y devorarlo, roncando de satisfacción.

En todos los lugares donde se sabe que hay un tigre cebado, el terror se apodera de las gentes, porque la terrible fiera abandona entonces el bosque y sus guaridas para rondar cerca del hombre. En los pueblitos aislados dentro de la selva, durante el día mismo, los hombres no se atreven a internarse mucho en el monte. Y cuando comienza a oscurecer, se encierran todos, trancando bien las puertas.

Bien, chiquitos. El tigre que acabo de cazar era un tigre cebado. Y ahora que están enterados de lo que es una fiera así enloquecida por la carne humana, prosigo mi historia.

Hace dos días acababa de salir del monte con dos perros, cuando oigo una gran gritería. Miro en la dirección de los gritos, y veo tres hombres que vienen corriendo hacia mí. Me rodean en seguida, y uno tras otro tocan todo mi winchester, locos de contento. Uno me dice:

—¡Che, amigo! ¡Lindo que viniste por aquí! ¡Macanudo tu guinche, che amigo!

Este hombre es misionero, o correntino, o chaqueño, o formoseño, o paraguayo. En ninguna otra región del mundo se habla así.

Otro me grita:

—¡Ah, vocé está muito bom! ¡Con la espingarda de vocé vamos a matar o tigre damnado!

Este otro, chiquitos míos, es brasileño por los cuatro lados. Las gentes de las fronteras hablan así, mezclando los idiomas.

En cinco minutos me enteran de que han perdido ya cuatro compañeros en la boca de un tigre cebado: dos hombres, y una mujer con su hijito.

Pero su alegría al verme, dirán ustedes ¿de qué proviene?

Proviene, chiquitos míos, de que los cazadores de monte, aquí en el monte de Misiones, usan pistolas o escopetas a las que han cortado casi del todo los cañones, por lo cual yerran muchos tiros. Y usan esas cortas armas porque en la selva tropical estorban mucho las armas de cañones largos, cuando se tiene que correr a todo escape tras de los perros.

Mi winchester, pues, que es un arma de precisión y carga catorce balas, entusiasma a los pobres cazadores.

Me dan datos recientes del tigre. Anoche mismo se lo ha oído roncar alrededor de los ranchos: hasta que, cerca de la madrugada, ha arrebatado un chancho entre los dientes, exactamente como un perro que se lleva un pedazo de pan.

Ustedes deben saber, chiquitos, que el tigre que ha matado y ha comido ya parte de un animal corpulento, vuelve siempre a la noche siguiente a comer el resto de su caza. Durante el día se oculta a dormir; pero a la noche vuelve fatalmente a concluir de devorar su presa.

Los cazadores y yo, pues, hallamos el rastro del tigre, y poco después, en un espeso tacuaral, lo que quedaba del pobre chancho. Allí mismo sujetamos cuatro tacuaras con ocho o diez travesaños a tres metros de altura, y trepando arriba, nos instalamos a esperar a la fiera; el cazador correntino, el paraguayo, el brasileño y yo.

Las sombras comenzaban ya a invadir la selva cuando estuvimos instalados allá arriba. Y al cerrar del todo la oscuridad, al punto de que no nos veíamos las propias manos, apagamos todos los cigarros y dejamos de hablar.

¡Ah, chiquitos, ustedes no se figuran lo que es permanecer horas y horas sin moverse, a pesar de los calambres y de los mosquitos que lo devoran a uno vivo! Pero cuando se caza de noche al acecho, hay que proceder así. El que no es capaz de soportar esto, se queda tranquilo en su casita, ¿verdad?

Pues bien; mis compañeros, con sus escopetas recortadas y yo, con mi winchester, esperamos y esperamos en la más completa oscuridad…

¿Cuánto tiempo permanecimos así? A mí me parecieron tres años. Pero lo cierto es que de pronto, en la misma oscuridad y el mismo silencio, sin que una sola hoja se hubiera movido, oí una voz que me decía sumamente bajo al oído:

—Lá está o bicho…

¡Allí estaba, en efecto, el tigre! Estaba debajo de nosotros, un poco a la izquierda, ¡y ninguno lo había oído llegar!

¿Ustedes creerán que veía al tigre? Nada de eso. Veía dos luces verdes e inmóviles, como dos piedras fosforescentes, y que parecían estar lejísimo. ¡Y ninguno de los tres cazadores del monte lo había sentido llegar!

Sin movernos de nuestro sitio, cambiamos algunas palabras en bajísima voz.

—¡Apuntale bien, che amigo! —me susurró el paraguayo. Y el brasileño agregó:

—¡Apúrese vocé, que o bicho va a pular! (saltar).

Y para confirmar esto, el correntino gritó casi:

—¡Ligero, che patrón! ¡Y entre los dos ojos!

El tigre ya iba a saltar. Bajé rápidamente el fusil hasta los ojos del tigre, y cuando tuve la mira del winchester entre las dos luces verdes hice fuego.

¡Ah, hijitos míos! ¡Qué maullido! Exactamente como el de un gato que va a morir, pero cien veces más fuerte.

Mis compañeros lanzaron a su vez un alarido de gozo, porque sabían bien (creían saberlo, como se verá), sabían bien que un tigre sólo maúlla así cuando ha recibido un balazo mortal en los sesos o el corazón.

Desde arriba de las tacuaras saqué del cinturón la linterna eléctrica y dirigí el foco de luz sobre el tigre. Allí estaba tendido, sacudiendo todavía un poco las patas, y con los colmillos de fuera empapados en sangre.

Estaba muriendo, sin género de duda. De un salto nos lanzamos al suelo, y yo, todavía con la linterna en la mano, me agaché sobre la fiera.

¡Ah, chiquitos! ¡Ojalá no lo hubiera hecho! A pesar de su maullido de muerte y de las sacudidas agónicas de sus patas traseras, el tigre tuvo aún fuerzas para lanzarme un zarpazo con la velocidad de un rayo. Sentí el hombro y todo el brazo abierto como por cinco puñales, y caí arrastrado contra la cabeza del tigre.

Aquel zarpazo era el último resto de vida de la fiera.

Pero asimismo yo había tenido tiempo, mientras caía contra la fiera, de sacar velozmente el revólver cargado con balas explosivas, y descargarlo dentro de la boca del tigre.

Mis compañeros me retiraron desmayado todavía. Y ahora, mientras les escribo y la piel colgada del tigre gotea sobre el papel, siento que por bajo del vendaje escurre hasta los dedos la sangre de mis propias heridas…

Bien, chiquitos. Dentro de diez días estaré curado. Nada más por hoy, y hasta otra, en que les contaré algo más divertido.

Ficha bibliográfica

Autor: Horacio Quiroga
Título: Caza del tigre
Publicado en: Billiken, 28 de enero de 1924

[Relato completo]

Horacio Quiroga

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