La sensación de poder

Isaac Asimov

If, febrero de 1958

Traducción: Juan Pablo Guevara para Lecturia

19 min de lectura
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Sinopsis: «La sensación de poder» («The Feeling of Power») es un cuento del escritor estadounidense Isaac Asimov, publicado en febrero de 1958 en la revista If e incluido en 1959 en el libro Nine Tomorrows. En un futuro dominado por la tecnología, la humanidad depende de las computadoras y ha olvidado incluso las operaciones matemáticas más elementales. En medio de una larga guerra contra Deneb, el programador Jehan Shuman convoca a líderes militares y políticos para presentarles a Myron Aub, un humilde técnico con un talento insólito: ha desarrollado un método que le permite realizar cálculos aritméticos utilizando únicamente su mente, un lápiz y una hoja de papel. Intrigados y escépticos, los altos mandos presencian una demostración que podría cambiar el rumbo del conflicto.

Isaac Asimov - La sensación de poder

La sensación de poder

Isaac Asimov
(Cuento completo)

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Jehan Shuman estaba acostumbrado a tratar con las autoridades de una Tierra largamente enfrascada en la guerra. Era solo un civil, pero había creado patrones de programación que dieron origen a computadoras bélicas autodirigidas de la clase más avanzada. Por eso los generales lo escuchaban. También los jefes de comités del Congreso.

En el salón especial del Nuevo Pentágono había uno de cada tipo. El general Weider tenía la piel quemada por el espacio y una boca pequeña, fruncida casi como un cero. El congresista Brant era de mejillas tersas y ojos claros. Fumaba tabaco denebiano con el aire de alguien cuyo patriotismo era tan notorio que podía permitirse esa clase de libertades.

Shuman, alto, distinguido y programador de primera clase, los enfrentó sin temor.

—Caballeros —dijo—, este es Myron Aub.

—El hombre del don inusual que usted descubrió por pura casualidad —dijo plácidamente el congresista Brant—. Ah.

Y observó con amable curiosidad al hombrecillo de cabeza calva como un huevo.

El hombrecillo, por su parte, se retorcía los dedos con ansiedad. Nunca había estado cerca de hombres tan importantes. Era apenas un técnico de baja categoría, ya entrado en años, que mucho tiempo atrás había fracasado en todas las pruebas destinadas a descubrir a los individuos dotados entre los seres humanos y se había resignado a la rutina del trabajo no especializado. Solo estaba aquel pasatiempo suyo que el gran programador había descubierto y al que ahora daba una importancia tan inquietante.

—Encuentro infantil esta atmósfera de misterio —dijo el general Weider.

—No le parecerá así dentro de un momento —dijo Shuman—. Esto no es algo que podamos dejar filtrar al primero que pase. ¡Aub!

Había algo imperioso en la forma en que mordía aquel nombre monosilábico, pero, después de todo, era un gran programador hablándole a un simple técnico.

—¡Aub! ¿Cuánto es nueve por siete?

Aub vaciló un momento. Sus ojos pálidos brillaron con una débil ansiedad.

—Sesenta y tres —dijo.

El congresista Brant levantó las cejas.

—¿Eso está bien?

—Compruébelo usted mismo, congresista.

El congresista sacó su computadora de bolsillo, tocó dos veces los bordes estriados, miró la superficie mientras la sostenía en la palma de la mano y volvió a guardarla.

—¿Es este el don del que quería hacernos una demostración? ¿Un ilusionista?

—Más que eso, señor. Aub ha memorizado unas cuantas operaciones y con ellas calcula en papel.

—¿Una computadora de papel? —dijo el general. Parecía dolido.

—No, señor —dijo Shuman con paciencia—. No una computadora de papel. Simplemente una hoja de papel. General, ¿sería tan amable de sugerir un número?

—Diecisiete —dijo el general.

—¿Y usted, congresista?

—Veintitrés.

—¡Bien! Aub, multiplique esos números y, por favor, muestre a los caballeros su manera de hacerlo.

—Sí, programador —dijo Aub, agachando la cabeza.

Sacó una pequeña libreta de un bolsillo de la camisa y un fino punzón de artista del otro. Frunció la frente mientras hacía marcas laboriosas en el papel.

El general Weider lo interrumpió con brusquedad.

—Veamos eso.

Aub le pasó el papel, y Weider dijo:

—Bueno, parece la cifra diecisiete.

El congresista Brant asintió y dijo:

—Eso parece, pero supongo que cualquiera puede copiar cifras de una computadora. Creo que yo mismo podría hacer un diecisiete aceptable, incluso sin práctica.

—Si permiten que Aub continúe, caballeros —dijo Shuman, sin acalorarse.

Aub continuó, con la mano temblándole un poco. Finalmente dijo en voz baja:

—La respuesta es trescientos noventa y uno.

El congresista Brant sacó su computadora por segunda vez y la activó.

—Por Dios, así es. ¿Cómo lo adivinó?

—No lo adivinó, congresista —dijo Shuman—. Calculó el resultado. Lo hizo en esta hoja de papel.

—Tonterías —dijo el general con impaciencia—. Una computadora es una cosa, y unas marcas en un papel son otra.

—Explícalo, Aub —dijo Shuman.

—Sí, programador. Bueno, caballeros, escribo diecisiete y justo debajo escribo veintitrés. Luego me digo: siete por tres…

El congresista lo interrumpió suavemente:

—Pero, Aub, el problema es diecisiete por veintitrés.

—Sí, lo sé —dijo el pequeño técnico con seriedad—, pero empiezo diciendo siete por tres porque así es como funciona. Ahora bien, siete por tres es veintiuno.

—¿Y cómo sabe eso? —preguntó el congresista.

—Lo recuerdo. En la computadora siempre da veintiuno. Lo he comprobado muchas veces.

—Eso no significa que siempre vaya a ser así, ¿verdad? —dijo el congresista.

—Tal vez no —tartamudeó Aub—. No soy matemático. Pero siempre obtengo las respuestas correctas, ¿sabe?

—Continúe.

—Siete por tres es veintiuno, así que escribo veintiuno. Luego uno por tres es tres, de modo que escribo un tres debajo del dos de veintiuno.

—¿Por qué debajo del dos? —preguntó de inmediato el congresista Brant.

—Porque… —Aub miró desamparado a su superior, en busca de apoyo—. Es difícil de explicar.

Shuman dijo:

—Si por el momento aceptan su procedimiento, podemos dejar los detalles para los matemáticos.

Brant cedió.

Aub dijo:

—Tres más dos son cinco, ¿ve?, así que el veintiuno se convierte en cincuenta y uno. Ahora se deja eso por un momento y se empieza de nuevo. Se multiplica siete por dos, que es catorce, y uno por dos, que es dos. Se escriben así y suma treinta y cuatro. Ahora, si se pone el treinta y cuatro debajo del cincuenta y uno de esta manera y se suman, se obtiene trescientos noventa y uno, y esa es la respuesta.

Hubo un instante de silencio, y entonces el general Weider dijo:

—No lo creo. Hace todo este enredo, inventa números, los multiplica y los suma de aquí para allá, pero no lo creo. Es demasiado complicado para no ser un embuste.

—Oh, no, señor —dijo Aub, sudando—. Solo parece complicado porque ustedes no están acostumbrados. En realidad, las reglas son muy simples y funcionan con cualquier número.

—¿Con cualquier número, eh? —dijo el general—. Entonces, veamos.

Sacó su propia computadora, un modelo militar de líneas severas, y la pulsó al azar.

—Escriba un cinco, siete, tres, ocho en el papel. Eso es cinco mil setecientos treinta y ocho.

—Sí, señor —dijo Aub, tomando una hoja nueva.

—Ahora —más pulsaciones en su computadora—, siete, dos, tres, nueve. Siete mil doscientos treinta y nueve.

—Sí, señor.

—Y ahora multiplique esos dos números.

—Me llevará algo de tiempo —dijo Aub con voz temblorosa.

—Tómese el tiempo que necesite —dijo el general.

—Adelante, Aub —dijo Shuman con sequedad.

Aub se puso a trabajar, inclinado sobre el papel. Tomó otra hoja, y luego otra. Finalmente, el general sacó su reloj y lo miró.

—¿Terminó ya con su magia, técnico?

—Casi, señor. Aquí está, señor. Cuarenta y un millones quinientos treinta y siete mil trescientos ochenta y dos.

Mostró las cifras garabateadas del resultado.

El general Weider sonrió con amargura. Pulsó el contacto de multiplicación en su computadora y dejó que los números giraran hasta detenerse. Entonces miró fijamente y dijo, con un chillido de sorpresa:

—Gran Galaxia, el tipo tiene razón.


El presidente de la Federación Terrestre se había demacrado en el ejercicio del cargo y, en privado, dejaba que una honda melancolía le cubriera el rostro. La guerra denebiana, después de un inicio marcado por grandes movilizaciones y enorme popularidad, había degenerado en un asunto sórdido de maniobras y contramaniobras, mientras el descontento aumentaba sin cesar en la Tierra. Posiblemente también aumentaba en Deneb.

Y ahora el congresista Brant, presidente del importante Comité de Asignaciones Militares, se pasaba alegremente su media hora de audiencia soltando disparates.

—Calcular sin computadora —dijo el presidente con impaciencia— es una contradicción en sus términos.

—Calcular —dijo el congresista— es solo un sistema para manejar datos. Puede hacerlo una máquina, o puede hacerlo el cerebro humano. Permítame darle un ejemplo.

Y, utilizando las nuevas habilidades que había aprendido, resolvió sumas y productos hasta que el presidente, muy a su pesar, empezó a interesarse.

—¿Esto funciona siempre?

—Siempre, señor presidente. Es infalible.

—¿Es difícil de aprender?

—Me tomó una semana dominarlo de verdad. Creo que usted lo haría mejor.

—Bueno —dijo el presidente, pensativo—, es un interesante juego de salón, pero ¿para qué sirve?

—¿Para qué sirve un recién nacido, señor presidente? Por el momento no sirve para nada, pero ¿no ve que esto señala el camino hacia la liberación de la máquina? Piense, señor presidente —el congresista se puso de pie, y su voz grave adoptó automáticamente algunas de las cadencias que usaba en los debates públicos—, que la guerra denebiana es una guerra de computadora contra computadora. Sus computadoras forjan un escudo impenetrable de contramisiles contra nuestros misiles, y las nuestras forjan uno contra los suyos. Si aumentamos la eficiencia de nuestras computadoras, ellos aumentan la de las suyas, y durante cinco años ha existido un equilibrio precario y estéril.

»Ahora tenemos en nuestras manos un método para ir más allá de la computadora, para saltarla, para atravesarla. Combinaremos la mecánica del cálculo con el pensamiento humano; tendremos el equivalente de computadoras inteligentes, miles de millones de ellas. No puedo predecir en detalle cuáles serán las consecuencias, pero serán incalculables. Y si Deneb se nos adelanta, pueden ser inimaginablemente catastróficas.

El presidente dijo, inquieto:

—¿Qué quiere que haga?

—Ponga el poder de la administración detrás de la creación de un proyecto secreto de cálculo humano. Llámelo Proyecto Número, si quiere. Puedo responder por mi comité, pero necesitaré que la administración me respalde.

—Pero ¿hasta dónde puede llegar el cálculo humano?

—No tiene límite. Según el programador Shuman, que fue quien me presentó por primera vez este descubrimiento…

—He oído hablar de Shuman, por supuesto.

—Sí. Bien, el doctor Shuman me dice que, en teoría, no hay nada que una computadora pueda hacer que la mente humana no pueda. La computadora se limita a tomar una cantidad finita de datos y a realizar sobre ellos un número finito de operaciones. La mente humana puede duplicar el proceso.

El presidente meditó sobre aquello.

—Si Shuman lo dice, me inclino a creerle… en teoría. Pero, en la práctica, ¿cómo puede alguien saber cómo funciona una computadora?

Brant rio con cordialidad.

—Bueno, señor presidente, yo hice la misma pregunta. Parece que en otra época las computadoras eran diseñadas directamente por seres humanos. Eran computadoras simples, por supuesto; eso fue antes de que se estableciera el uso racional de las computadoras para diseñar otras más avanzadas.

—Sí, sí. Continúe.

—Al parecer, el técnico Aub tenía como pasatiempo reconstruir algunos de esos antiguos aparatos y, al hacerlo, estudió los detalles de su funcionamiento y descubrió que podía imitarlos. La multiplicación que acabo de hacer para usted es una imitación del funcionamiento de una computadora.

—¡Asombroso!

El congresista tosió suavemente.

—Si puedo señalar otro punto, señor presidente: cuanto más desarrollemos esto, más podremos desviar nuestro esfuerzo federal de la producción y el mantenimiento de computadoras. A medida que el cerebro humano se haga cargo, más energía podremos dirigir a actividades de tiempos de paz, y la presión de la guerra sobre el hombre común será menor. Esto será muy ventajoso, por supuesto, para el partido en el poder.

—Ah —dijo el presidente—, entiendo su punto. Bueno, siéntese, congresista, siéntese. Quiero algo de tiempo para pensar en esto. Pero, mientras tanto, muéstreme de nuevo ese truco de la multiplicación. Veamos si logro entenderlo.


El programador Shuman no trató de apresurar las cosas. Loesser era conservador, muy conservador, y le gustaba trabajar con las computadoras como lo habían hecho su padre y su abuelo. Aun así, controlaba el consorcio de computadoras de Europa Occidental, y si se lo podía persuadir de sumarse al Proyecto Número con verdadero entusiasmo, se habría logrado mucho.

Pero Loesser se resistía.

—No estoy seguro de que me guste la idea de relajar nuestro dominio sobre las computadoras. La mente humana es caprichosa. La computadora dará la misma respuesta al mismo problema cada vez. ¿Qué garantía tenemos de que la mente humana hará lo mismo?

—La mente humana, Computador Loesser, solo manipula datos. No importa si lo hace una mente humana o una máquina. Son solo herramientas.

—Sí, sí. He revisado su ingeniosa demostración de que la mente puede reproducir el trabajo de una computadora, pero me parece algo demasiado abstracto. Aceptaré la teoría, pero ¿qué razones tenemos para pensar que la teoría pueda convertirse en práctica?

—Creo que tenemos razones, señor. Después de todo, las computadoras no siempre han existido. Los cavernícolas, con sus trirremes, sus hachas de piedra y sus ferrocarriles, no tenían computadoras.

—Y posiblemente no calculaban.

—Usted sabe de sobra que sí. Incluso la construcción de un ferrocarril o de un zigurat exigía ciertos cálculos, y esos cálculos debieron hacerse sin computadoras como las conocemos.

—¿Sugiere que calculaban de la manera que usted demuestra?

—Probablemente no. Después de todo, este método —lo llamamos «grafítica», por cierto, de la antigua palabra europea grapho, que significa «escribir»— se desarrolló a partir de las propias computadoras, así que no puede haberlas precedido. Aun así, los cavernícolas debieron de tener algún método, ¿no?

—¡Artes perdidas! Si va a hablar de artes perdidas…

—No, no. No soy un entusiasta de las artes perdidas, aunque no digo que no pueda haber algunas. Después de todo, el hombre comía grano antes de la hidroponía, y si los primitivos comían grano, debían cultivarlo en la tierra. ¿Qué otra cosa podían hacer?

—No lo sé, pero creeré en el cultivo en tierra cuando vea a alguien cultivar grano en el suelo. Y también creeré en eso de hacer fuego frotando dos trozos de pedernal cuando lo vea.

Shuman adoptó un tono conciliador.

—Bueno, limitémonos a la grafítica. Es parte del proceso de etereización. El transporte mediante artefactos voluminosos está cediendo lugar a la transferencia directa de masa. Los dispositivos de comunicación son cada vez menos voluminosos y más eficientes. A propósito de eso, compare su computadora de bolsillo con las máquinas enormes de hace mil años. Entonces, ¿por qué no dar el último paso y prescindir por completo de las computadoras? Vamos, señor, el Proyecto Número ya está en marcha; el progreso es vertiginoso. Pero queremos su ayuda. Si no lo mueve el patriotismo, considere la aventura intelectual que implica.

Loesser dijo, escéptico:

—¿Qué progreso? ¿Qué puede hacer más allá de multiplicar? ¿Puede integrar una función trascendental?

—Con el tiempo, señor. Con el tiempo. En el último mes he aprendido a dividir. Puedo determinar, correctamente, cocientes enteros y cocientes decimales.

—¿Cocientes decimales? ¿Hasta cuántas cifras?

El programador Shuman procuró mantener un tono casual.

—Hasta tantas como quiera.

A Loesser se le cayó la mandíbula.

—¿Sin computadora?

—Propóngame un problema.

—Divida veintisiete por trece. Llévelo a seis decimales.

Cinco minutos después, Shuman dijo:

—Dos coma cero siete seis nueve dos tres.

Loesser lo comprobó.

—Bueno, esto sí es asombroso. La multiplicación no me impresionó demasiado porque, después de todo, involucraba enteros, y pensé que algún truco de manipulación podía explicarla. Pero decimales…

—Y eso no es todo. Hay un nuevo avance que por ahora es estrictamente secreto y que, en rigor, no debería mencionar. Aun así… puede que hayamos abierto una brecha en el frente de las raíces cuadradas.

—¿Raíces cuadradas?

—Implica algunos puntos delicados, y aún no hemos terminado de resolver los fallos, pero el técnico Aub, el hombre que inventó esta ciencia y que posee una intuición asombrosa en relación con ella, sostiene que tiene el problema casi solucionado. Y él es solo un técnico. Un hombre como usted, un matemático formado y talentoso, no debería tener dificultad.

—Raíces cuadradas —murmuró Loesser, atraído.

—Raíces cúbicas también. ¿Está con nosotros?

La mano de Loesser se extendió de pronto.

—Cuente conmigo.


El general Weider caminaba pesadamente de un lado a otro al frente de la sala y se dirigía a sus oyentes a la manera de un maestro severo que enfrenta a un grupo de alumnos díscolos. Al general le daba igual que fueran los científicos civiles al frente del Proyecto Número. Él era el jefe supremo, y así se consideraba a sí mismo a cada instante.

—Ahora bien, las raíces cuadradas están muy bien. Yo mismo no sé hacerlas y no entiendo los métodos, pero están muy bien. Aun así, el proyecto no se desviará hacia lo que algunos de ustedes llaman los fundamentos. Podrán jugar con la grafítica como quieran cuando termine la guerra, pero ahora tenemos problemas específicos y muy prácticos que resolver.

En un rincón apartado, el técnico Aub escuchaba con dolorosa atención. Ya no era técnico, por supuesto, pues había sido relevado de sus tareas y asignado al proyecto, con un título rimbombante y buen sueldo. Pero la diferencia de rango seguía existiendo, claro, y los científicos más encumbrados no llegaban a aceptarlo como uno de los suyos. Y, para ser justos con Aub, tampoco él lo deseaba. Se sentía tan incómodo con ellos como ellos con él.

El general decía:

—Nuestro objetivo es simple, caballeros: reemplazar la computadora. Una nave que pueda navegar por el espacio sin una computadora a bordo puede construirse en una quinta parte del tiempo y a una décima parte del costo de una nave cargada de computadoras. Podríamos construir flotas cinco o diez veces mayores que las de Deneb, si tan solo pudiéramos prescindir de la computadora.

»Y vislumbro algo que va aún más lejos. Podrá parecer fantástico hoy, un simple sueño, pero yo veo en el futuro el misil tripulado.

Hubo un murmullo instantáneo entre los presentes.

El general prosiguió:

—En la actualidad, nuestro principal cuello de botella es el hecho de que los misiles tienen una inteligencia limitada. La computadora que los controla solo puede tener cierto tamaño, y por esa razón responden de manera insatisfactoria a la naturaleza cambiante de las defensas antimisiles. Pocos misiles, si acaso alguno, alcanzan su objetivo, y la guerra de misiles está llegando a un callejón sin salida; afortunadamente para el enemigo tanto como para nosotros.

»Por otra parte, un misil con uno o dos hombres dentro, controlando el vuelo mediante grafítica, sería más ligero, más móvil, más inteligente. Nos daría una ventaja que bien podría significar el margen de la victoria. Además, caballeros, las exigencias de la guerra nos obligan a recordar una cosa: un hombre es mucho más prescindible que una computadora. Los misiles tripulados podrían lanzarse en grandes cantidades y en circunstancias que ningún buen general se atrevería a aceptar en el caso de misiles dirigidos por computadora…

Dijo mucho más, pero el técnico Aub no esperó.


El técnico Aub, en la intimidad de su alojamiento, trabajó largo rato en la nota que dejaría atrás. Finalmente decía lo siguiente:

«Cuando empecé a estudiar lo que ahora se llama grafítica, no era más que un pasatiempo. No veía en ello más que una diversión interesante, un ejercicio de la mente.

»Cuando comenzó el Proyecto Número, pensé que otros eran más sabios que yo; que la grafítica podía tener un uso práctico en beneficio de la humanidad, tal vez para ayudar en la producción de dispositivos de transferencia de masa realmente útiles. Pero ahora veo que se usará solo para la muerte y la destrucción.

»No puedo enfrentar la responsabilidad de haber inventado la grafítica».

Luego, deliberadamente, volvió hacia sí mismo el haz de un despolarizador de proteínas y cayó muerto al instante y sin dolor.


Permanecían de pie ante la tumba del pequeño técnico mientras se rendía homenaje a la grandeza de su descubrimiento.

El programador Shuman inclinó la cabeza junto con los demás, pero permaneció impasible. Después de todo, el técnico había cumplido su parte y ya no era necesario. Él quizá había iniciado la grafítica, pero ahora que había comenzado, seguiría adelante por sí misma, de manera arrolladora y triunfal, hasta que los misiles tripulados fueran posibles y quién sabía qué más.

Nueve por siete, pensó Shuman con profunda satisfacción, es sesenta y tres, y no necesito una computadora para que me lo diga. La computadora está en mi propia cabeza.

Y era asombrosa la sensación de poder que eso le producía.

FIN

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Isaac Asimov - La sensación de poder
  • Autor: Isaac Asimov
  • Título: La sensación de poder
  • Título Original: The Feeling of Power
  • Publicado en: If, febrero de 1958
  • Aparece en: Nine Tomorrows (1959)
  • Traducción: Juan Pablo Guevara para Lecturia

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