Peter Crocker, comisario del Condado de Barnstable, que era la totalidad del Cabo Cod, entró en el Salón de Suicidio Ético Federal de Hyannis una tarde de mayo… y les dijo a las dos Anfitrionas de seis pies de altura que allí estaban que no debían alarmarse, pero que se presumía que un notorio cabezahueca llamado Billy el Poeta se encaminaba hacia el Cabo.

Un cabezahueca era una persona que se rehusaba a tomar sus píldoras de control ético de la natalidad tres veces al día. La multa por eso eran 10.000 dólares y diez años en prisión.

Esto sucedía en una época en la que la población de la Tierra era de 17 mil millones de seres humanos. Eran demasiados mamíferos así de grandes para un planeta así de pequeño. La gente estaba virtualmente apretujada como drupas.

Las drupas son esas protuberancias pulposas que conforman la parte exterior de una frambuesa.

Así que el Gobierno Mundial estaba desplegando un ataque a dos puntas contra la superpoblación. Una punta era el incentivo del suicidio ético, que consistía en ir al Salón de Suicidio más cercano y pedirle a una Anfitriona que te matara sin dolor mientras tú yacías en un canapé. La otra punta era el control ético de la natalidad obligatorio.

El comisario les dijo a las Anfitrionas, que eran unas muchachas bonitas, de mentalidad ruda y altamente inteligentes, que se estaban instalando barricadas en las carreteras y que se estaban realizando búsquedas casa por casa para atrapar a Billy el Poeta. La dificultad principal era que la policía no sabía cómo era. Las pocas personas que lo habían visto y conocido eran mujeres… y éstas estaban fantásticamente en desacuerdo en cuanto a su altura, su color de pelo, su voz, su peso, el color de su piel.

—No es necesario que les recuerde, muchachas —continuó el comisario—, que un cabezahueca es muy sensible de la cintura para abajo. Si Billy el Poeta se las ingenia para introducirse aquí y comienza a causar problemas, un buen puntapié en el lugar adecuado obrará maravillas.

Se estaba refiriendo al hecho de que las píldoras de control ético de la natalidad, la única forma legal de control de la natalidad, dejaban a la gente insensible de la cintura para abajo.

La mayoría de los hombres decía que sentían sus mitades inferiores como de hierro frío o madera balsa. La mayoría de las mujeres decía que sentían sus mitades inferiores como de algodón mojado o cerveza rancia. Las píldoras eran tan efectivas que se podía vendar los ojos a un hombre que hubiera tomado una, ordenarle que recitara el Discurso de Gettysburg y patearle las bolas mientras lo hacía, sin que se equivocara en una sola sílaba.

Las píldoras eran éticas porque no interferían con la capacidad de reproducción de las personas, lo cual hubiese sido antinatural e inmoral. Lo único que hacían las píldoras era eliminar el placer del sexo hasta la última gota.

De este modo, la ciencia y la moral iban de la mano.

Las dos Anfitrionas de Hyannis eran Nancy McLuhan y Mary Kraft. Nancy era una rubia frutilla y Mary una morena satinada. Sus uniformes consistían en lápiz labial blanco, recargado maquillaje en los ojos, pantymedias corporales color púrpura sin nada debajo y botas de cuero negro. Manejaban un local pequeño, con sólo seis cabinas de suicidio. En una semana realmente buena, digamos la anterior a Navidad, podían mandar a dormir a sesenta personas. Esto se hacía con una jeringa hipodérmica.

—Mi mensaje principal para ustedes, muchachas —dijo el comisario Crocker—, es que todo está absolutamente bajo control. Pueden continuar con sus ocupaciones aquí.

—¿No le quedó pendiente una parte de su mensaje principal? —le preguntó Nancy.

—No comprendo.

—No le oí decir que él probablemente está viniendo derecho hacia nosotras.

El comisario se encogió de hombros con incómoda inocencia.

—No lo sabemos con seguridad.

—Pensé que eso era lo único que todo el mundo sí sabe sobre Billy el Poeta: que se especializa en desflorar Anfitrionas de los Salones de Suicidio Ético. —Nancy era virgen. Todas las Anfitrionas eran vírgenes. También debían poseer títulos avanzados en psicología y enfermería. También debían ser rollizas y rozagantes, y tener por lo menos seis pies de altura.

Estados Unidos había cambiado en muchos aspectos, pero todavía no había adoptado el sistema métrico decimal.

A Nancy McLuhan le quemaba la idea de que el comisario tratara de protegerlas, a ella y a Mary, de toda la verdad acerca de Billy el Poeta… como si fueran a entrar en pánico si la conocieran. Se lo dijo al comisario.

—¿Cuánto tiempo cree usted que duraría una chica en el S. S. E. —dijo ella, refiriéndose al Servicio de Suicidio Ético— si se asustara tan fácilmente?

El comisario dio un paso atrás, retrajo la barbilla.

—No mucho, supongo.

—Eso es muy cierto —dijo Nancy, acortando la distancia entre ellos y pasándole el costado de la mano en posición para un golpe de karate cerca de la nariz. Todas las Anfitrionas eran expertas en yudo y karate—. Si usted desea averiguar cuán indefensas somos, acérquese a mí, simulando ser Billy el Poeta.

El comisario negó con la cabeza y le dedicó una sonrisa vidriosa.

—Preferiría no hacerlo.

—Es lo más astuto que ha dicho hoy —dijo Nancy, dándole la espalda mientras Mary reía—. No tenemos miedo… estamos furiosas. O ni siquiera eso. Él no lo vale. Estamos aburridas. Es aburrido que él viaje tanta distancia, que cause todo este ajetreo, con el fin de… —Dejó que la frase muriera allí—. Es simplemente demasiado absurdo.

—No estoy tan enojada con él como lo estoy con las mujeres que lo dejaron hacer sin resistirse —dijo Mary—, que lo dejaron hacer y después no pudieron describir su apariencia a la policía. ¡Vaya Anfitrionas de Suicidio!

—Hay chicas que no han estado practicando su karate —dijo Nancy.

No era sólo Billy el Poeta el que se sentía atraído por las Anfitrionas de los Salones de Suicidio Ético. Todos los cabezashuecas lo hacían. Sacados a la fuerza de sus cráneos por la locura sexual que sobrevenía al no tomar nada, pensaban que los labios blancos, los ojos grandes, la pantymedia corporal y las botas de una Anfitriona significaban sexo, sexo, sexo.

La verdad era, por supuesto, que el sexo era lo último que podía tener en mente una Anfitriona.

—Si Billy sigue su modus operandi acostumbrado —dijo el comisario— estudiará vuestros hábitos y el vecindario. Y luego elegirá a una u otra y le enviará un poema obsceno por correo.

—Encantador —dijo Nancy.

—También se sabe que usa el teléfono.

—Qué valiente —dijo Nancy. Por sobre el hombro del comisario vio llegar al cartero.

Sobre la puerta de la cabina que era responsabilidad de Nancy se encendió una luz azul. La persona que estaba allí dentro quería algo.

Era la única cabina que estaba en uso en ese momento.

El comisario le preguntó si había alguna posibilidad de que la persona de adentro fuera Billy el Poeta, y Nancy dijo:

—Bueno, si lo es, puedo romperle el cuello con el pulgar y el índice.

—Abuelito Zorro —dijo Mary, que lo había visto también. Un Abuelito Zorro era cualquier anciano, agradable y senil, que buscaba subterfugios, bromeaba o contaba su vida durante horas antes de permitir que la Anfitriona lo pusiera a dormir.

Nancy gruñó.

—Hemos pasado las dos últimas horas tratando de decidir cuál será su última cena.

Y entonces entró el cartero con una sola carta. El sobre estaba dirigido a Nancy, escrito con un lápiz grasoso. Mientras lo abría, ella se sentía espléndida de furia y disgusto, sabiendo que sería alguna inmundicia de Billy.

Estaba en lo cierto. Dentro del sobre había un poema. No era un poema original: era una canción de antaño que había adquirido nuevos significados desde que la insensibilidad del control ético de la natalidad se había vuelto universal. Decía lo siguiente, también en lápiz grasoso:

Estábamos caminando por el parque,
esquivando estatuas en la oscuridad.
Si el caballo de Sherman puede soportarlo
tú también puedes.

Cuando Nancy entró en la cabina de suicidio para ver lo que quería, el Abuelito Zorro estaba acostado en el canapé verde menta, donde habían muerto cientos pacíficamente durante años. Estaba estudiando el menú del «Howard Johnson’s» que había al lado y marcando el compás de la música de Muzak que salía por el parlante ubicado en la pared amarillo limón. La habitación estaba pintada de gris carbón. Había una ventana con rejas y una persiana veneciana.

Había un «Howard Johnson’s» al lado de todos los Salones de Suicidio Ético, y viceversa. El «Howard Johnson’s» tenía techo anaranjado y el Salón de Suicidio tenía techo púrpura, pero ambos eran del Gobierno. Prácticamente todo era del Gobierno.

Prácticamente todo estaba automatizado, también. Nancy, Mary y el comisario eran afortunados de tener trabajo. La mayor parte de la gente no tenía. El ciudadano medio se quedaba apáticamente en casa y miraba la televisión, que era del Gobierno. Cada quince minutos, la televisión lo urgía a votar con inteligencia o a consumir inteligentemente, o a orar en la iglesia de su preferencia, o a amar a sus semejantes, o a obedecer las leyes… o a realizar una visita al Salón de Suicidio Ético más cercano y averiguar cuán amigable y comprensiva podía ser una Anfitriona.

El Abuelito Zorro era algo así como una rareza, ya que tenía las marcas de la edad avanzada: era calvo, era tembloroso, tenía manchas en las manos. La mayoría de la gente se veía como de veintidós años, gracias a las inyecciones antivejez que se aplicaban dos veces al año. Que el viejo se viera viejo era la prueba de que las inyecciones se habían descubierto después de que su dulce pájaro de juventud había volado.

—¿Ya hemos decidido la última cena? —le preguntó Nancy. Oyó malhumor en su propia voz; se oyó revelar su exasperación por Billy el Poeta, su tedio por el anciano. Estaba avergonzada, ya que esto era poco profesional de su parte—. La chuleta de ternera empanada está muy buena.

El anciano enderezó la cabeza. Con la ávida sagacidad de la segunda infancia, la había atrapado actuando sin profesionalismo, sin amabilidad, e iba a castigarla por eso.

—No parece usted muy amigable. Pensé que se suponía que debían ser amigables. Pensé que se suponía que éste era un lugar agradable.

—Le pido perdón —dijo ella—. Si parezco agresiva es por algo que no tiene nada que ver con usted.

—Pensé que tal vez yo la aburría.

—No, no —dijo ella, juguetona—, en absoluto. Por cierto, usted conoce una historia muy interesante.

Entre otras cosas, el Abuelito Zorro declaraba haber conocido a J. Edgar Nation, el farmacéutico de Grand Rapids que era el padre del control ético de la natalidad.

—Entonces, parezca interesada —le dijo él. Podía salirse con la suya en ese tipo de insolencias. El asunto era que podía marcharse en cualquier momento que quisiera, hasta el instante en que pidiera la inyección… y tenía que pedir la inyección. Esa era la ley.

El arte de Nancy, y el arte de todas las Anfitrionas, era preocuparse porque los voluntarios no se marcharan, engatusarlos, decirles zalamerías, adularlos pacientemente, paso a paso.

Así que Nancy tuvo que sentarse en la cabina, simulando estar maravillada por la novedad del cuento chino que relataba el hombre, un cuento que todo el mundo conocía, acerca de cómo a J. Edgar Nation se le había dado por experimentar con el control ético de la natalidad.

—Él no tenía la más leve idea de que sus píldoras algún día serían consumidas por los seres humanos —dijo el Abuelito Zorro—. Su sueño era introducir la moralidad en la jaula de los monos del zoológico de Grand Rapids. ¿Tomó en cuenta eso?

—No, no, no lo hice. Muy interesante.

—El y sus once hijos fueron a la iglesia un día de Pascua. Y el día era tan bello y el servicio de Pascua había sido tan hermoso y puro que decidieron hacer una caminata por el zoológico, y estaban como caminando en las nubes.

—Um. —La escena descrita era robada de una representación teatral que se realizaba por televisión todas las Pascuas.

El Abuelito Zorro se insertó a sí mismo en la escena, se ubicó charlando con los Nation justo antes de que llegaran a la jaula de los monos.

—«¡Buenos días, Sr. Nation», le dije. «Es verdaderamente una bella mañana». «Y buenos días a usted, Sr. Howard», me dijo él. «No hay nada como una mañana de Pascua para que un hombre se sienta limpio, renacido y unido a las intenciones de Dios».

—Um. —Nancy oía que el teléfono sonaba débilmente, machacante, a través de la puerta casi hermética.

—Así que fuimos juntos hasta la jaula de los monos, y ¿qué piensa usted que vimos?

—No puedo imaginármelo. —Alguien había contestado el teléfono.

—¡Vimos a un mono jugando con sus partes íntimas!

—¡No!

—¡Sí! Y J. Edgar Nation estaba tan contrariado que se fue derecho a su casa y comenzó a desarrollar una píldora que haría que los monos en primavera actuaran de una manera adecuada a los ojos de una familia cristiana.

Golpearon la puerta.

—¿Sí…? —dijo Nancy.

—Nancy —dijo Mary—. Teléfono para ti.

Cuando Nancy salió de la cabina se encontró al comisario atragantado con chillidos de deleite coercitivo. El teléfono estaba intervenido por agentes escondidos en el «Howard Johnson’s». Pensaban que Billy el Poeta estaba en la línea. Habían rastreado su llamada. La policía ya estaba en camino para atraparlo.

—Demóralo, demóralo —susurró el comisario a Nancy, y le dio el teléfono como si fuese de oro macizo.

—¿Sí…? —dijo Nancy.

—¿Nancy McLuhan? —dijo un hombre. Su voz estaba distorsionada. Debía de estar hablando a través de una chicharra—. Llamo de parte de un amigo mutuo.

—¿Ajá?

—Me pidió que le hiciera llegar un mensaje.

—Ya veo.

—Es un poema.

—Está bien.

—¿Lista?

—Lista. —Nancy oyó un aullido de sirenas como ruido de fondo de la comunicación.

Su interlocutor también debía haber oído las sirenas, pero recitó el poema sin ninguna emoción. Era así:

Empápate de Loción Jergen’s.
Aquí llega la explosión demográfica
de un solo hombre.

Lo atraparon. Nancy escuchó todo: los puñetazos, los pisotones, el alboroto y los gritos.

La depresión que sintió al colgar era glandular. Su valiente cuerpo se había preparado para una pelea que no iba a acontecer.

El comisario se lanzó fuera del Salón de Suicidio con tal premura por ver al famoso criminal que había ayudado a atrapar que un manojo de papeles se le cayó del bolsillo del impermeable.

Mary los recogió, llamó al comisario. Él se detuvo por un momento, dijo que los papeles ya no importaban, le preguntó si tal vez le agradaría ir con él. Hubo una pequeña disputa entre las dos muchachas, con Nancy convenciendo a Mary de que fuera, declarando que ella no sentía curiosidad alguna por Billy. De modo que Mary se marchó, entregando los papeles a Nancy con irrelevancia.

Los papeles resultaron ser fotocopias de poemas que Billy les había enviado a Anfitrionas de otros lugares. Nancy leyó el primero. Exageraba un peculiar efecto colateral de las píldoras de control ético de la natalidad: no sólo dejaban a la gente insensibilizada, también la hacían orinar celeste. El poema se llamaba «Lo Que el Cabezallena le Dijo a la Anfitriona de Suicidio», y era como sigue:

No sembré, no hilé,
y gracias a las píldoras no pequé.
Adoré las multitudes, los hedores, el ruido,
y cuando meé, meé turquesa.

Comí bajo un techo anaranjado;
me balanceé con el progreso como una bisagra.
Hoy he venido bajo el techo púrpura
para mear hasta agotar mi vida azulada.

Anfitriona virgen, reclutadora de la muerte,
la vida es linda, pero tú lo eres más.
Llora por mi ariete, hija del púrpura…
lo único que pasó por él fue agua celeste.

—¿Nunca antes habías oído la historia de cómo fue que J. Edgar Nation llegó a inventar la píldora de control ético de la natalidad? —quiso saber el Abuelito Zorro. Su voz se quebraba.

—Nunca —mintió Nancy.

—Pensé que todo el mundo lo sabía.

—Para mí fue una novedad.

—Cuando acabó su trabajo en la jaula de los monos, ésta no se diferenciaba de la Suprema Corte de Michigan. Mientras tanto, se desarrollaba esa crisis en las Naciones Unidas. Los que entendían de ciencia decían que la gente tenía que dejar de reproducirse tanto, y los que entendían de moral sufrirían un colapso si las personas iban a usar el sexo nada más que por placer.

El Abuelito Zorro se levantó del canapé, fue hacia la ventana, separó dos tablillas de la persiana. No había mucho que ver ahí afuera. El paisaje estaba bloqueado por la parte trasera de un falso termómetro de veinte pies de alto que miraba a la calle. Estaba calibrado en miles de millones de personas sobre la Tierra, de cero a veinte. La columna de líquido fingida era una tira de plástico rojo transparente. Mostraba cuánta gente había en la Tierra. Muy cerca del extremo inferior había una flecha negra que mostraba lo que los científicos pensaban que debía ser el número de habitantes.

El Abuelito Zorro miraba el sol poniente a través de ese plástico rojo y a través de la persiana también, de modo que su rostro estaba rayado de sombra y rojo.

—Dígame… —dijo—, cuando yo muera, ¿cuánto bajará ese termómetro? ¿Un pie?

—No.

—¿Una pulgada?

—No en realidad.

—Usted sabe cuál es la respuesta ¿verdad? —dijo él, y la enfrentó. La senilidad se había esfumado de su voz y de sus ojos—. Una pulgada en esa cosa equivale a 83.333 personas. Usted lo sabía ¿no?

—Eso… puede ser cierto —dijo Nancy—, pero no es la forma adecuada de enfocarlo, en mi opinión.

Él no le preguntó cuál era la forma adecuada, en su opinión. En vez de eso, expresó una idea propia:

—Te diré otra cosa que también es cierta: yo soy Billy el Poeta, y tú eres una mujer muy atractiva.

Con una mano, sacó una pistola de caño corto del cinturón. Con la otra, se arrancó la calva y la frente arrugada, que resultaron ser de goma. Ahora parecía de veintidós años.

—La policía querrá saber exactamente cómo es mi aspecto cuando todo esto termine —le dijo a Nancy con una sonrisa maliciosa—. En caso de que no seas buena describiendo gente, y es sorprendente la cantidad de mujeres que no lo son:

«Mido cinco pies y dos pulgadas,
tengo ojos celestes
tengo pelo castaño hasta los hombros…
soy un elfo viril,
tan lleno de mí.
Las damas dicen que soy ardiente».

Billy era diez pulgadas más bajo que Nancy. Ella pesaba alrededor de cuarenta libras más que él. Le dijo que no tenía salida, pero estaba equivocada. La noche anterior, él había aflojado los barrotes de la ventana, y la obligó a salir por ella y luego a bajar por una alcantarilla escondida de la vista desde la calle por el gran termómetro.

La hizo descender a las cloacas de Hyannis. Sabía a dónde iba. Tenía una linterna y un mapa. Nancy tuvo que caminar delante de él por la angosta acera, con su propia sombra bailando burlonamente frente a sí. Trató de adivinar dónde estaban, con relación al mundo real de arriba. Dedujo correctamente que pasaban bajo el «Howard Johnson’s»; lo adivinó por los ruidos que oyó. La maquinaria que procesaba y servía la comida era silenciosa. Pero, para que los clientes no se sintieran tan solos cuando comían allí, los diseñadores habían provisto a la cocina con efectos de sonido. Fue eso lo que Nancy oyó: una grabación del chocar de los cubiertos y de las risas de negros y portorriqueños.

Después de allí se perdió. Billy tenía muy poco que decirle excepto «A la derecha», o «A la izquierda», o «No intentes nada raro o te volaré la puta cabezota».

Sólo una vez tuvieron algo parecido a una conversación. Billy la inició, y también la terminó.

—¿Qué mierda hace una chica con caderas como las tuyas vendiendo muerte? —le preguntó desde atrás.

Ella se atrevió a detenerse.

—Puedo contestártelo —le dijo. Tenía confianza en poder darle una respuesta que lo haría marchitar como el napalm.

Pero él le dio un empujón y se ofreció nuevamente a volarle su puta cabeza.

—Ni siquiera quieres oír mi respuesta —se mofó ella—. Tienes miedo de escucharla.

—Nunca escucho a una mujer hasta que se acaba el efecto de las píldoras —dijo Billy con desprecio. Así que ése era su plan: tenerla prisionera por lo menos ocho horas. Era el tiempo que demoraban las píldoras en perder efecto.

—Es una regla tonta.

—Una mujer no es mujer hasta que se acaba el efecto de las píldoras.

—Verdaderamente, te las arreglas para hacer que una mujer se sienta un objeto antes que una persona.

—Dale gracias a las píldoras por ello —dijo Billy.

Había 80 millas de cloacas debajo de Hyannis, que tenía una población de 400.000 drupas, 400.000 almas. Nancy perdió la noción del tiempo en ellas. Cuando Billy anunció que por fin habían llegado a destino, Nancy imaginó que posiblemente había transcurrido un año.

Verificó esta fantasmal impresión pellizcándose el muslo, sintiendo lo que le decía su reloj corporal. El muslo aún estaba insensible.

Billy le ordenó que trepara por unos listones de hierro que se encontraban montados en la mampostería húmeda. Por encima, había un círculo de luz enfermiza. Resultó ser la luz de la luna, filtrada por los polígonos de plástico de un enorme domo geodésico. Nancy no tuvo que formular la pregunta tradicional de la víctima, «¿Dónde estoy?». Había un solo domo como éste en Cabo Cod. Estaba en el Puerto de Hyannis y cobijaba el antiguo Complejo Kennedy.

Era un museo de cómo se había vivido la vida en épocas más expansivas. El museo estaba cerrado. Abría sólo en verano.

La boca de alcantarilla por la que emergieron Nancy y Billy estaba ubicada en una extensión de cemento verde, que representaba el sitio donde había estado el césped de los Kennedy. Sobre el cemento verde, frente a las antiguas casas de madera, había estatuas que representaban a los catorce Kennedys que habían sido Presidentes de los Estados Unidos o del Mundo. Estaban jugando al fútbol.

La Presidente del Mundo en el momento del secuestro de Nancy, incidentalmente, era una ex-Anfitriona de Suicidio llamada «Ma» Kennedy. Su estatua jamás encajaría en este partido de fútbol en particular. Se llamaba Kennedy, claro, pero no era como ellos. La gente se quejaba de su falta de estilo, la encontraba vulgar. En la pared de su oficina había un cartel que decía NO HACE FALTA ESTAR LOCO PARA TRABAJAR AQUÍ, PERO AYUDA; y otro cartel que decía ¡PIENSA!; y otro que decía ALGUNA VEZ VAMOS A TENER QUE ORGANIZARNOS EN ESTE LUGAR.

Su oficina estaba en el Taj Mahal.

Hasta llegar al Museo Kennedy, Nancy McLuhan confiaba en que, tarde o temprano, tendría la oportunidad de romper todos los huesos del cuerpito de Billy, tal vez incluso dispararle con su propia pistola. No le habría molestado hacer eso. Pensaba que Billy era más repugnante que una garrapata henchida de sangre.

No fue la compasión lo que la hizo cambiar de parecer. Fue el descubrimiento de que Billy tenía una pandilla. Había por lo menos ocho personas alrededor de la alcantarilla, hombres y mujeres en igual cantidad, con el rostro cubierto con pantymedias. Fueron las mujeres quienes pusieron sus firmes manos sobre Nancy y le dijeron que mantuviera la calma. Eran altas como Nancy y la sujetaban en lugares del cuerpo donde podían lastimarla terriblemente si tenían que hacerlo.

Nancy cerró los ojos, pero eso no la protegió de la conclusión obvia: estas mujeres pervertidas eran hermanas del Servicio de Suicidio Ético. Se sintió tan contrariada que les preguntó, fuerte y amargamente:

—¿Cómo pueden violar los votos de esta manera?

Con prontitud, fue lastimada tan gravemente que se dobló en dos y rompió a llorar.

Cuando volvió a enderezarse, había mucho más que quería decir, pero mantuvo la boca cerrada. Especuló en silencio qué diablos era lo que podía obligar a una Anfitriona de Suicidio a volverse en contra de todo concepto humano de decencia. La condición de cabezahueca no podía ser la explicación. Además, debían de estar drogadas.

Nancy repasó mentalmente todas las terribles drogas sobre las que había estudiado en la escuela, se autoconvenció de que las mujeres habían ingerido la peor de todas. La droga era tan poderosa, habían dicho los maestros a Nancy, que hasta una persona insensibilizada de la cintura para abajo copulaba entusiasta y repetidamente después de beber sólo un vaso. Esa tenía que ser la respuesta: las mujeres, y probablemente también los hombres, habían estado bebiendo gin.

A paso rápido, hicieron entrar a Nancy en la casa de madera del medio, que estaba a oscuras como todas las demás, y Nancy oyó que los hombres transmitían las novedades a Billy. Fue en esas novedades donde Nancy entrevió una pizca de esperanza. Tal vez el auxilio venía en camino.

El pandillero que había telefoneado obscenamente a Nancy había engañado a la policía, haciéndoles creer que habían capturado a Billy el Poeta, lo cual era una mala noticia para Nancy. La policía aún no sabía que Nancy estaba desaparecida, le dijeron a Billy dos hombres, y habían enviado un telegrama firmado por Nancy a Mary Kraft, declarando que Nancy había sido convocada a la ciudad de Nueva York por urgentes asuntos familiares.

Allí era donde Nancy veía la pizca de esperanza: Mary no creería en ese telegrama. Mary sabía que Nancy no tenía familia en Nueva York. Ninguna de las 63.000.000 de personas que vivían allí era pariente de Nancy.

La pandilla había desactivado el sistema de alarma antirrobo del museo. También habían cortado muchas cadenas y sogas que se usaban para evitar que los visitantes tocaran los objetos de valor. No había misterio en cuanto a quién y qué las habían cortado. Uno de los hombres estaba armado con unas brutales tijeras de podar.

La obligaron a marchar hasta una habitación de servicio en el piso de arriba. El hombre de las tijeras cortó las sogas que rodeaban la estrecha cama. Pusieron a Nancy en la cama y dos hombres la sujetaron mientras una mujer le aplicaba una potente inyección.

Billy el Poeta había desaparecido.

Mientras a Nancy le empezaba a hacer efecto la inyección, la mujer que se la había aplicado le preguntó qué edad tenía.

Nancy estaba decidida a no contestar, pero descubrió que la droga la había dejado sin energías para negarse.

—Sesenta y tres —murmuró.

—¿Cómo te sientes siendo virgen a los sesenta y tres?

Nancy oyó su propia respuesta como a través de una niebla aterciopelada. Quedó perpleja por la respuesta; quería protestar y decir que no podía ni remotamente ser suya. «Inútil», había dicho.

Momentos después, le preguntó con voz pastosa a la mujer:

—¿Qué había en esa jeringa?

—¿Qué había en la jeringa, amorcito? Bueno, amorcito, lo llaman «suero de la verdad».

Cuando Nancy despertó, la luna había bajado, pero allí afuera aún era de noche. Las cortinas estaban cerradas y había luz de velas. Nancy nunca antes había visto una vela encendida.

Lo que despertó a Nancy fue un sueño de mosquitos y abejas. Los mosquitos y las abejas se habían extinguido. También los pájaros. Pero Nancy había soñado que millones de insectos bullían a su alrededor de la cintura para abajo. No la picaban. La abanicaban. Nancy era una cabezahueca.

Volvió a dormirse. Cuando despertó nuevamente, tres mujeres, con el rostro todavía cubierto con pantymedias, la estaban llevando a un cuarto de baño. El baño ya estaba colmado del vapor producido por alguien al bañarse. Las huellas húmedas de ese alguien cruzaban el piso, y el aire estaba saturado de perfume de pino.

Su voluntad y su inteligencia volvieron mientras la bañaban, perfumaban y vestían con un camisón blanco. Cuando las mujeres dieron un paso atrás para admirarla, les dijo suavemente:

—Puede que ahora sea una cabezahueca. Pero eso no significa que tenga que pensar como tal o actuar como tal.

Nadie discutió con ella.

Llevaron a Nancy escaleras abajo y afuera de la casa. Ella esperaba absolutamente que la hicieran descender otra vez por la alcantarilla. Sería el escenario perfecto para su violación por parte de Billy, pensaba ella: abajo, en las cloacas.

Pero la llevaron por el cemento verde, donde solía estar el césped, y luego por el cemento amarillo, donde solía estar la playa, y luego hasta el cemento azul, donde solía estar el puerto. Había veintiséis yates que habían pertenecido a los diversos Kennedys, hundidos hasta la línea de flotación en cemento azul. Fue en el más antiguo de esos yates, el Marlin, alguna vez propiedad de Joseph P. Kennedy, donde la dejaron.

Amanecía. Debido a los elevados departamentos que rodeaban al Museo Kennedy, pasaría una hora antes de que la luz solar directa alcanzara el microcosmos bajo el domo geodésico.

Nancy fue escoltada hasta la escalerilla de la cabina delantera del Marlin. Las mujeres le indicaron por señas que ella debía descender sola los cinco peldaños.

Nancy se quedó estática por un momento, y también las mujeres. Y había dos estatuas verdaderas en la escena de cubierta. De pie, en el timón, había una estatua de Frank Wirtanen, quien había sido una vez el navegante del Marlin. Y junto a él estaba su hijo y primer piloto, Carly. No prestaban atención alguna a Nancy. Miraban fijamente el cemento azul a través del parabrisas.

Nancy, descalza y vistiendo el delgado camisón blanco, descendió valientemente hasta la cabina, que era un estanque de luz de velas y perfume de pino. Cerraron y aseguraron la escotilla tras ella.

Las emociones de Nancy y el moblaje antiguo de la cabina eran tan complejos que al principio Nancy no pudo separar a Billy el Poeta de lo que lo rodeaba, de tanto ébano y vitreaux. Y luego lo vio en el extremo opuesto de la cabina, con la espalda apoyada contra la puerta que daba a la cabina de comando. Lucía un pijama de seda púrpura con cuello ruso. El pijama tenía vivos rojos, y en el pecho sedoso de Billy se contorsionaba un dragón dorado. Vomitaba fuego.

Anticlimáticamente, Billy llevaba anteojos. Sostenía un libro.

Nancy se posó en el anteúltimo escalón, se tomó firmemente de la barandilla de la escalera. Mostró los dientes, calculó que se necesitarían diez hombres de la talla de Bill para desalojarla.

Entre ambos había una mesa grande. Nancy había supuesto que la cabina estaría dominada por un lecho, posiblemente con forma de cisne, pero el Marlin era una embarcación diurna. La cabina era cualquier cosa menos un serrallo. Era tan voluptuosa como un comedor de clase media baja en Akron, Ohio, hacia 1910.

Sobre la mesa había una vela. También un balde con hielo, dos copas, y una botella de champaña. La champaña era tan ilegal como la heroína.

Billy se sacó los anteojos, le dedicó una sonrisa tímida y abochornada y dijo:

—Bienvenida.

—Hasta aquí llego.

Él lo aceptó.

—Estás muy hermosa allí.

—¿Y qué se supone que tengo que decir yo? ¿Que tú eres magníficamente bien parecido? ¿Que siento un apabullante deseo de arrojarme en tus viriles brazos?

—Si quisieras hacerme feliz, esa sería la forma de lograrlo, por cierto. —Lo dijo con humildad.

—¿Y qué hay de mi felicidad?

La pregunta pareció sorprenderlo. —Nancy, de eso se trata.

—¿Y si mi idea de felicidad no coincide con la tuya?

—¿Y cuál piensas que es mi idea de felicidad?

—No voy a arrojarme en tus brazos, y no voy a beber ese veneno, y no voy a moverme de aquí a menos que alguien me obligue —dijo Nancy—. Así que creo que tu idea de felicidad resultará ser ocho personas sujetándome sobre esa mesa, mientras tú, valientemente, aprietas una pistola de caño corto contra mi cabeza… y haces lo que quieras. Esa es la manera en que tendrá que ser, así que llama a tus amigos y termina con esto.

Que fue lo que él hizo.

No la lastimó. La desfloró con una habilidad clínica que a ella le pareció horrible. Cuando todo terminó, él no se mostró engreído ni orgulloso. Por el contrario, estaba terriblemente deprimido, y le dijo a Nancy:

—Créeme, si hubiera habido otro modo…

La respuesta de ella fue un semblante pétreo… y silenciosas lágrimas de humillación.

Los ayudantes bajaron una litera plegadiza de la pared. Era apenas más ancha que un estante de biblioteca y colgaba de unas cadenas. Nancy se permitió ser depositada en ella, y luego volvieron a dejarla a solas con Billy el Poeta. A pesar de su corpulencia, como un contrabajo embutido en ese estrecho estante, se sintió lastimosamente pequeñita. La habían arropado con una manta raída, excedente de guerra. Pero fue por idea propia que levantó una esquina de la manta para esconder su rostro.

Nancy percibía por sonidos lo que estaba haciendo Billy, que no era mucho. Estaba sentado a la mesa, suspirando ocasionalmente, volviendo las páginas del libro. Encendió un cigarro y el olor se filtró bajo la manta. Billy inhaló de él, y después tosió, tosió y tosió.

Cuando acabó la tos, Nancy, a través de la manta, dijo con repugnancia:

—Eres tan fuerte, tan experto, tan sano. Debe ser maravilloso ser tan viril.

A esto, Billy respondió únicamente con un suspiro.

—No soy una cabezahueca muy típica —dijo ella—. Lo odié. Odié todo lo que pasó.

Billy inspiró, dio vuelta una página.

—Supongo que a todas las otras mujeres sencillamente les encantó… quisieron más.

—Nones.

Ella se destapó la cara.

—¿Qué quieres decir con «Nones»?

—Todas fueron como tú.

Fue suficiente para que Nancy se sentara y se quedara mirándolo.

—Las mujeres que te ayudaron anoche…

—¿Qué hay con ellas?

—¿Les hiciste lo mismo que me hiciste a mí?

El no levantó la vista del libro.

—Así es.

—¿Entonces por qué no te matan en vez de ayudarte?

—Porque ellas entienden. —Y luego agregó mansamente—: Están agradecidas.

Nancy se levantó de la cama, se acercó a la mesa, se aferró del borde de ésta, se inclinó hacia él. Y le dijo, tensa:

—Yo no estoy agradecida.

—Lo estarás.

—¿Y qué podría ser lo que produjera ese milagro?

—El tiempo —dijo Billy.

Billy cerró el libro, se puso de pie. Nancy estaba confundida con su magnetismo. De algún modo, él tenía otra vez el control.

—Lo que te ha sucedido, Nancy —dijo— es la típica noche de bodas de la muchacha mojigata de hace cien años, cuando todo el mundo era cabezahueca. El novio lo hacía sin ayudantes, porque habitualmente la novia no tenía intenciones de asesinarlo. Aparte de eso, el espíritu de la ocasión era muy parecido. Este pijama es el que usó mi tatarabuelo en su noche de bodas en las Cataratas del Niagara.

»Según su diario, la novia lloró toda la noche y vomitó dos veces. Pero, con el correr del tiempo, se convirtió en una entusiasta del sexo.

Fue el turno de Nancy de responder con silencio. Entendía la fábula. La atemorizaba entender tan fácilmente que, a partir de un comienzo tan espantoso, el entusiasmo sexual podía crecer cada vez más.

—Eres una cabezahueca muy típica —dijo Billy—. Si te atreves a pensarlo ahora, te darás cuenta de que en realidad estás enojada porque soy un malísimo amante, y además soy un enano de apariencia extraña. Y que desde ahora en adelante no podrás evitar soñar con un compañero adecuado para una Juno como tú.

»Lo encontrarás, también: alto, fuerte y tierno. El movimiento cabezahueca está creciendo a pasos agigantados.

—Pero… —dijo Nancy, y se detuvo allí. Miró el sol naciente por el ojo de buey.

—¿Pero qué?

—El mundo de hoy es un desastre por culpa de los cabezashuecas de antaño. ¿No te das cuenta? —alegó ella débilmente—. El mundo ya no puede afrontar el sexo.

—Por supuesto que puede afrontar el sexo —dijo Billy—. Lo único que no puede afrontar más es la reproducción.

—¿Entonces por qué las leyes?

—Son leyes malas —dijo Billy—. Si retrocedes en la historia, hallarás que la gente que siempre estuvo más ansiosa por reglamentar, por crear leyes, por obligar a cumplir las leyes y por decirle a todos cómo exactamente quiere Dios Todopoderoso que sean las cosas aquí en la Tierra, son aquellas personas que han permitido cualquier exceso en sí mismos y en sus amigos. Pero que se han sentido absolutamente asqueadas y aterradas ante la sexualidad natural de los hombres y mujeres comunes.

»No sé por qué esto es así. Esa es una de las muchas preguntas que yo desearía que alguien le hiciera a las máquinas. Sí sé esto: el triunfo de esa clase de asco y de terror ahora es completo. Casi todos los hombres y las mujeres se sienten como algo dragado del río por una grúa. La única belleza sexual que un ser humano del montón puede apreciar ahora está en la mujer que va a matarlo. Sexo es muerte. Hay una ecuación breve y desagradable para ti: “Sexo es muerte. Que es lo que queríamos demostrar”.

—Así que ya lo ves, Nancy —dijo Billy—, he pasado la noche y muchas otras noches como esta intentando devolver una cierta cantidad de inocente placer al mundo, que está más escaso de placeres de lo que necesita estar.

Nancy se sentó silenciosamente y bajó la cabeza.

—Te diré lo que hizo mi tatarabuelo al amanecer de su noche de bodas —dijo Billy.

—No creo que quiera escucharlo.

—No es algo violento. Se… se supone que es algo tierno.

—Tal vez es por eso que no quiero escucharlo.

—Le leyó un poema a su esposa. —Billy tomó el libro de la mesa, lo abrió—. Su diario dice qué poema era. Ya que no somos esposos, y ya que quizás no nos volvamos a ver en muchos años, me gustaría leerte el poema, para hacerte saber que te he amado.

—Por favor… no. No podría soportarlo.

—Está bien, dejaré el libro aquí, con la página marcada, por si quieres leerlo más tarde. Es el poema que comienza:

¿De qué manera os amo? Déjame contar los modos.
Os amo hasta lo más profundo,
lo más ancho y lo más alto
que mi alma puede alcanzar,
cuando me siento lejos de las miradas,
en pos del propósito
de la Existencia y la Gracia ideal.

Billy puso un pequeño frasco encima del libro.

—También te dejo estas píldoras. Si tomas una por mes no tendrás hijos. Pero seguirás siendo una cabezahueca.

Y se marchó. Y todos se marcharon, excepto Nancy.

Cuando Nancy por fin levantó la vista para mirar el libro y el frasco, vio que en el frasco había una etiqueta. Lo que decía la etiqueta era esto: BIENVENIDA A LA JAULA DE LOS MONOS.

© Kurt Vonnegut: Welcome to the Monkey House (Bienvenido a la jaula de los monos). Publicado en Welcome to the Monkey House, 1968. Traducción de José María Aroca