Sinopsis: «El niño que dibujaba gatos» (The Boy Who Drew Cats) es un cuento de Lafcadio Hearn, publicado en 1898 como el número 23 de la Japanese Fairy Tale Series de Hasegawa Takejirō. Narra la historia de un niño japonés, el menor de una familia campesina, que es enviado a un templo para formarse como sacerdote. A pesar de su inteligencia, posee una obsesión irresistible: dibujar gatos en todas partes. Su maestro lo expulsa del templo con una enigmática advertencia: «Evita los espacios grandes de noche; quédate en los pequeños». Sin comprender del todo estas palabras, el niño emprende un viaje hacia otro templo en busca de una nueva oportunidad.

El niño que dibujaba gatos
Lafcadio Hearn
(Cuento completo)
Hace mucho, mucho tiempo, en una pequeña aldea de Japón vivían un pobre campesino y su esposa, que eran muy buenas personas. Tenían muchos hijos, y les resultaba muy difícil alimentar a tantos. El mayor, cuando cumplió catorce años, ya era lo bastante fuerte para trabajar con su padre; y las niñas habían aprendido a ayudar a su madre casi desde que empezaron a caminar.
Pero el más pequeño de todos, que también era varón, no parecía apto para el trabajo duro. Era muy inteligente —más que todos sus hermanos—, pero pequeño y débil, y la gente decía que no crecería mucho más. Por eso sus padres pensaron que lo mejor sería que se hiciera sacerdote en lugar de campesino. Un día lo llevaron al templo de la aldea y pidieron al anciano y bondadoso sacerdote que allí vivía que aceptara al niño como su acólito y le enseñara todo lo que un sacerdote debía saber.
El anciano habló con amabilidad al muchacho y le hizo algunas preguntas difíciles. Tan inteligentes fueron sus respuestas, que el sacerdote consintió en acogerlo en el templo como acólito y educarlo para que, con el tiempo, se convirtiera en sacerdote.
El niño aprendía rápido lo que el anciano le enseñaba, y casi siempre era obediente. Pero tenía un defecto: le gustaba dibujar gatos durante las horas de estudio, y dibujarlos, además, en lugares donde no se debían dibujar gatos.
Cada vez que se quedaba solo, dibujaba gatos. Los hacía en los márgenes de los libros del sacerdote, en los biombos del templo, en las paredes y hasta en las columnas. Varias veces el sacerdote le dijo que aquello no estaba bien, pero el niño no dejaba de dibujar gatos. Lo cierto era que dibujaba porque no podía evitarlo: tenía lo que se llama “el genio de un artista”, y por esa razón no encajaba con la vida de un acólito. Un buen acólito debe estudiar libros.
Cierto día, después de que el muchacho pintara unos magníficos gatos en una pantalla de papel, el anciano sacerdote le dijo:
—Hijo mío, debes marcharte de este templo. Nunca serás un buen sacerdote, pero quizá llegues a ser un gran artista. Déjame darte un último consejo, y asegúrate de no olvidarlo nunca: Evita los espacios grandes de noche; quédate en los pequeños.
El niño no entendía qué quería decir el sacerdote con aquella advertencia. Pensó y pensó, mientras hacía un hatillo con su ropa para marcharse, pero no lograba comprender esas palabras; y le daba miedo volver a hablar con el sacerdote salvo para despedirse.
Partió del templo muy triste y empezó a preguntarse qué debía hacer. Si regresaba directamente a su casa, estaba seguro de que su padre lo castigaría por no haber obedecido al sacerdote; así que tuvo miedo de volver.
De repente recordó que en la siguiente aldea, a doce millas de distancia, había un templo muy grande. Había oído decir que allí vivían varios sacerdotes, así que decidió ir y pedirles que lo aceptaran como acólito.
El templo, sin embargo, estaba cerrado, aunque el niño no lo sabía. La razón era que un duende había ahuyentado a los sacerdotes y se había adueñado del lugar. Algunos bravos guerreros habían acudido allí de noche para matar al duende, pero jamás habían vuelto con vida. Nadie le había contado estas cosas al niño, así que emprendió el camino con la esperanza de ser bien recibido.
Cuando llegó, ya era de noche y la gente dormía, pero vio el gran templo en lo alto de una colina, al final de la calle principal, y distinguió en su interior una luz. La gente que narra esta historia asegura que el duende solía encender esa luz para atraer a los viajeros solitarios que buscaban cobijo. El niño se dirigió directamente al templo y llamó a la puerta. No se oía nada dentro. Llamó una y otra vez, pero no apareció nadie. Por fin empujó suavemente la puerta y descubrió con alegría que no estaba asegurada. Entró, vio la llama de una lámpara, aunque no vio sacerdotes.
Pensó que alguien acudiría pronto y se sentó a esperar. Notó que el templo entero estaba cubierto de polvo y lleno de telarañas, y pensó que, sin duda, los sacerdotes agradecerían tener un acólito que limpiara aquel lugar.
Se preguntó por qué habrían permitido que todo se ensuciara tanto. Lo que más le llamó la atención fueron unos grandes biombos blancos, perfectos para pintar gatos. A pesar del cansancio, buscó si había un estuche con útiles; encontró uno, preparó tinta y empezó a dibujar gatos.
Pintó gran cantidad de gatos en las pantallas, y entonces comenzó a sentir un sueño profundo. Estaba a punto de tumbarse a dormir junto a uno de los biombos cuando recordó las palabras: Evita los espacios grandes; quédate en los pequeños.
El templo era muy grande, él estaba completamente solo, y —aunque no entendía del todo el consejo— empezó a sentir miedo por primera vez. Decidió buscar un “espacio pequeño” para dormir. Encontró un armario de puertas correderas, se metió dentro y las cerró. Luego se tumbó y se quedó dormido.
A altas horas de la noche lo despertó el ruido más espantoso: un estrépito de lucha y chillidos. Era tan horrible que temía incluso mirar por alguna rendija del armario. Permaneció acostado, muy rígido, conteniendo la respiración por el miedo.
La luz del templo se apagó, pero los terribles ruidos continuaron y aumentaron, hasta que, de pronto, todo el edificio tembló. Después de un largo rato llegó el silencio, pero el niño seguía demasiado asustado para moverse. No salió hasta que la luz del sol de la mañana se filtró por los resquicios de la puerta.
Entonces salió con cautela y observó a su alrededor. Lo primero que vio fue que el suelo del templo estaba cubierto de sangre. Luego vio que, en el centro, yacía muerta una rata enorme y monstruosa —una rata-duende— ¡más grande que una vaca!
¿Pero qué, o quién, podía haberla matado? No había hombre ni criatura alguna. Entonces el niño se fijó en que las bocas de todos los gatos que había dibujado la noche anterior estaban rojas y húmedas de sangre. En ese instante comprendió que el duende había sido muerto por los gatos que él había pintado. Y también, por primera vez, entendió el sabio consejo del anciano sacerdote: Evita los espacios grandes de noche; quédate en los pequeños.
Después de aquello, el niño llegó a ser un artista muy famoso. Algunos de sus dibujos de gatos aún se muestran hoy a los viajeros en Japón.
FIN
