Sinopsis: «El tesoro de los gibbelins» (The Hoard of the Gibbelins) es un cuento de Lord Dunsany, publicado el 25 de enero de 1911 en la revista The Sketch y luego recogido en la colección The Book of Wonder (1912). En el confín del mundo, más allá de un antiguo río, se alza la torre de los gibbelins, seres monstruosos que acumulan riquezas fabulosas para atraer a los hombres y devorarlos. Alderic, un caballero, estudia durante años la forma de despojar a los gibbelins de su tesoro, hasta que un día, montado en un dragón, se lanza a la arriesgada empresa.

El tesoro de los gibbelins
Lord Dunsany
(Cuento completo)
Es bien sabido que los gibbelins no comen nada que sea inferior al hombre. Su torre maligna se halla unida a la Terra Cognita, a las tierras que conocemos, por medio de un puente. Su tesoro rebasa toda razón; la avaricia no encuentra en él utilidad alguna: tienen un sótano aparte para las esmeraldas y otro para los zafiros; han llenado de oro un hoyo y lo desentierran cuando lo necesitan. Y el único uso conocido de su absurda riqueza es atraer a su despensa un suministro continuo de alimento. En tiempos de hambruna se ha sabido incluso que esparcieron rubíes por el mundo, formando un pequeño rastro hasta alguna ciudad de los hombres, y con toda seguridad sus despensas no tardaron en volverse a llenar.
Su torre se alza al otro lado de aquel río conocido por Homero —ho rhoos okeanoio, como él lo llamaba—, que rodea el mundo. Y allí donde el río es estrecho y vadeable, fue edificada la torre por los glotones antepasados de los gibbelins, pues les complacía ver llegar fácilmente en barca a los ladrones hasta sus peldaños. Algún nutrimento que el suelo común no posee era extraído allí por los árboles gigantescos, que con sus colosales raíces lo drenaban de ambas orillas del río.
Allí vivían los gibbelins y se alimentaban de forma deshonrosa.
Alderic, Caballero de la Orden de la Ciudad y el Asalto, Guardián hereditario de la Paz Mental del Rey, hombre no olvidado entre los forjadores de mitos, había meditado tanto sobre el tesoro de los gibbelins que ya lo consideraba suyo. ¡Ay de mí, tener que decir de una empresa tan peligrosa, emprendida en plena noche por un hombre valeroso, que su motivo era la pura avaricia! Y, sin embargo, sólo en la avaricia confiaban los gibbelins para mantener llenas sus despensas, y una vez cada cien años enviaban espías a las ciudades de los hombres para ver cómo andaba la avaricia, y siempre los espías regresaban a la torre diciendo que todo marchaba bien.
Podría pensarse que, con el paso de los años y viendo los hombres los terribles finales que hallaban en los muros de aquella torre, cada vez acudirían menos a la mesa de los gibbelins; pero los gibbelins comprobaban que no era así.
No fue en la necedad ni en la frivolidad de su juventud cuando Alderic se acercó a la torre, sino que durante varios años estudió cuidadosamente la manera en que los ladrones encontraban su perdición cuando iban en busca del tesoro que él consideraba suyo. En todos los casos habían entrado por la puerta.
Consultó a quienes daban consejos sobre esta empresa; anotó cada detalle y pagó de buen grado sus honorarios, y decidió no hacer nada de lo que le aconsejaban, pues ¿qué eran ahora sus clientes? No más que ejemplos del arte culinario, y meros recuerdos medio olvidados de una comida; y muchos, quizá, ya ni siquiera eso.
Éstos eran los requisitos que tales hombres solían aconsejar para la empresa: un caballo, una barca, una armadura de malla y al menos tres hombres de armas. Algunos decían: «Toca el cuerno en la puerta de la torre»; otros decían: «No lo toques».
Así decidió Alderic: no llevaría caballo hasta la orilla del río, no remaría por él en una barca, e iría solo, atravesando el Bosque Infranqueable.
¿Cómo atravesar —diréis— lo impenetrable? Éste era su plan: conocía a un dragón que, si se atendían las plegarias de los campesinos, merecía morir, no sólo por el número de doncellas que había matado cruelmente, sino porque era perjudicial para las cosechas; devastaba la tierra misma y era la ruina de un ducado.
Alderic decidió entonces enfrentarse a él. Tomó su caballo y su lanza, picó espuelas hasta encontrar al dragón, y el dragón salió a su encuentro exhalando un humo amargo. Y Alderic le gritó: «¿Has matado alguna vez, vil dragón, a un caballero verdadero?». Bien sabía el dragón que nunca había sido así, y bajó la cabeza y guardó silencio, pues estaba saciado de sangre. «Entonces —dijo el caballero—, si alguna vez deseas volver a probar sangre de doncella, serás mi fiel montura; y si no, por esta lanza te sobrevendrá todo aquello que los trovadores cuentan sobre los destinos de tu estirpe».
Y el dragón no abrió su boca devoradora ni se abalanzó sobre el caballero exhalando fuego, pues conocía bien el destino de quienes hacían tal cosa; aceptó los términos impuestos y juró al caballero convertirse en su fiel montura.
Fue sobre una silla colocada en el lomo del dragón como Alderic cruzo después el Bosque Infranqueable, por encima de las copas de aquellos árboles inmensos, hijos del prodigio. Pero antes reflexionó sobre aquel plan sutil suyo, que era más profundo que el mero hecho de evitar todo lo que se había hecho antes; y dio orden a un herrero, y el herrero le fabricó un pico.
Hubo entonces gran regocijo al difundirse el rumor de la empresa de Alderic, pues todos sabían que era un hombre prudente y creían que tendría éxito y enriquecería al mundo; y en las ciudades se frotaban las manos ante la idea de su generosidad; y hubo alegría entre todos los hombres del país de Alderic, excepto quizá entre los prestamistas, que temían que pronto se les pagara. Y también hubo regocijo porque los hombres esperaban que, cuando los gibbelins fueran despojados de su tesoro, harían añicos su elevado puente y romperían las cadenas de oro que los ataban al mundo, y derivarían de regreso, ellos y su torre, hacia la luna, de donde habían venido y a la que con justicia pertenecían. Poco amor se les tenía a los gibbelins, aunque todos envidiaban su tesoro.
Así pues, todos vitorearon aquel día en que Alderic montó su dragón, como si ya fuese un conquistador; y lo que más les complacía, más aún que el bien que esperaban que hiciera al mundo, era que fuese esparciendo oro a su paso; pues no lo necesitaría —decía— si encontraba el tesoro de los gibbelins, y menos aún lo necesitaría si acababa humeando en su mesa.
Cuando se supo que había rechazado los consejos que le dieron, algunos dijeron que el caballero estaba loco, y otros decían que era superior a quienes se los daban; pero ninguno comprendió el valor de su plan.
Razonaba así: durante siglos los hombres habían sido bien aconsejados y habían seguido el camino más ingenioso, mientras que los gibbelins se limitaban a esperar su llegada en barca y a buscarlos en la puerta cada vez que su despensa estaba vacía, como un hombre acecha una agachadiza en un pantano; pero —decía Alderic— ¿y si una agachadiza se posara en lo alto de un árbol?, ¿la encontrarían allí los hombres? ¡Seguramente nunca! Así decidió Alderic nadar el río y no entrar por la puerta, sino abrirse camino en la torre a través de la piedra. Además, tenía el propósito de trabajar por debajo del nivel de Océano, el río —como Homero lo conocía— que ciñe el mundo, de modo que tan pronto como abriera un boquete en el muro el agua se precipitaría dentro, confundiendo a los gibbelins e inundando los sótanos, de los que se decía que tenían veinte pies de profundidad, y allí se zambulliría en busca de esmeraldas como un buceador se zambulle en busca de perlas.
Y el día aquel partió al galope de su hogar, esparciendo, como he dicho, oro con largueza, y atravesó muchos reinos, mientras el dragón daba dentelladas a las doncellas a su paso, sin poder comérselas a causa del bocado, y sin obtener recompensa más amable que el pinchazo de una espuela en sus partes más tiernas. Así llegaron al sombrío precipicio arbóreo del Bosque Infranqueable. El dragón se alzó con estrépito de alas. Muchos campesinos, cerca del borde del mundo, lo vieron allá arriba, donde aún persistía el crepúsculo, como una línea tenue, negra y ondulante; y, confundiéndolo con una fila de gansos que se internaban desde el océano hacia tierra adentro, regresaron a sus casas frotándose alegremente las manos y diciendo que el invierno se acercaba y que pronto tendríamos nieve. Incluso allí no tardó en extinguirse el crepúsculo, y cuando descendieron en el borde del mundo era de noche y brillaba la luna. Océano, el antiguo río, angosto y poco profundo en ese trecho, fluía sin hacer ruido. Los gibbelins, sea que estuvieran en un banquete o velasen junto a la puerta, tampoco hacían ruido. Alderic desmontó, se quitó la armadura y, tras decir una oración a su dama, nadó con su pico. No se separó de su espada, por temor a encontrarse con un gibbelin. Llegado a la otra orilla, se puso a trabajar de inmediato, y todo marchó bien. Nadie asomó la cabeza por ventana alguna, y todo estaba iluminado de modo que desde dentro no podían verlo en la oscuridad. Los golpes de su pico quedaban amortiguados por los gruesos muros. Trabajó toda la noche; ningún sonido vino a perturbarlo; al alba la última roca giró sobre sí misma y cayó hacia dentro, y el río se precipitó tras ella. Entonces Alderic tomó una piedra, fue hasta el último peldaño y la lanzó contra la puerta; oyó cómo los ecos rodaban por la torre, luego volvió atrás y se zambulló por el agujero del muro.
Estaba en el sótano de las esmeraldas. No había luz alguna en la elevada bóveda sobre su cabeza, pero, tras bucear veinte pies de agua, sintió el suelo todo áspero de esmeraldas y cofres abiertos llenos de ellas. A la débil luz de la luna vio que el agua estaba verde por su causa y, llenando con facilidad una alforja, volvió a subir a la superficie; ¡y allí estaban los gibbelins, con el agua hasta la cintura, sosteniendo antorchas en las manos! Y, sin decir palabra alguna, ni siquiera sonreír, lo colgaron con toda pulcritud en el muro exterior… y el relato es uno de aquellos que no tienen un final feliz.
FIN
