Mary Shelley: La muchacha invisible

«La muchacha invisible», cuento de Mary Shelley, relata la aventura de un viajero que, desorientado durante una tormenta, halla refugio en una torre que parece abandonada y en ruinas. Dentro, se topa con un ambiente sorprendentemente acogedor y un enigmático retrato de una joven, denominado «La Muchacha Invisible». Fascinado con el lugar, el hombre inquiere de una lugareña más información sobre él. La mujer le devela una historia de amor, dolor y misterio, que conecta a una serie personajes y explican el porqué de tan peculiar construcción. «La muchacha invisible» es una obra en que la autora de Frankenstein mezcla lo gótico con lo romántico, para entregar una historia trágica y conmovedora.

Mary Shelley - La muchacha invisible 1024

La muchacha invisible

Mary Shelley
(Cuento completo)

Este breve relato no pretende contar una historia de manera convencional, ni desarrollar con hondura sentimientos y situaciones; no es más que un pequeño apunte esbozado casi al mismo tiempo que a mí me fue narrado por uno de los más humildes actores implicados en ella. Tampoco pretendo extenderme en exceso sobre una circunstancia cuyo principal interés reside en su singularidad y autenticidad, sino narrar, de manera tan concisa como pueda, cuán sorprendido quedé al visitar lo que parecía una torre en ruinas que coronaba un siniestro promontorio con vistas al mar que se extiende entre las costas de Gales e Irlanda, y al descubrir que, aunque su exterior conservaba toda la salvaje crudeza propia de un paisaje en lucha con los elementos, el interior era más parecido al de una casita de veraneo, pues era demasiado pequeño para merecer cualquier otro nombre. Consistía en una planta baja que hacía las veces de recibidor, más una habitación en el piso de arriba a la que se accedía por una escalinata excavada en los gruesos muros. Esta estancia había sido entarimada y enmoquetada y estaba decorada con elegantes muebles. No obstante, y por encima de todo, lo que más llamaba la atención, y, sin duda alguna, habría conseguido despertar la curiosidad de cualquier visitante, era algo que colgaba sobre la repisa de la chimenea —con el fin de combatir la humedad del lugar, se había construido un hogar en la habitación, a pesar de que resultaba evidente que aquella decoración no encajaba en absoluto con el fin original de aquella construcción—. Se trataba de un retrato pintado a la acuarela que, más que cualquier otro adorno de la estancia, parecía estar en lucha con la tosquedad del edificio, la soledad del lugar donde había sido erigido y la desolación del paisaje que lo circundaba. El dibujo representaba a una hermosa muchacha en la exuberante flor de su juventud. Llevaba un sencillo vestido, al estilo de los que abundaban a principios del siglo XVIII, y su rostro, embellecido por un aire de inocencia e inteligencia, evidenciaba además serenidad de espíritu y una natural jovialidad. Leía uno de esos folletines románticos que desde hace mucho tiempo hacen las delicias de los más jóvenes y apasionados. A sus pies había una mandolina, y su periquito estaba posado en el borde de un enorme espejo a su lado. La disposición de los muebles y los tapices revelaba el lujo del escenario que la rodeaba; y lo informal de su atuendo, al encontrarse ella en la privacidad del hogar, a pesar de que lo lucía con naturalidad y cierta coquetería, como si desease agradar. En el marco, bajo el retrato, podía leerse una inscripción: «La Muchacha Invisible».

Mientras deambulaba por la campiña casi desierta, extraviado y sorprendido por un fuerte aguacero, me había topado con tan lúgubre morada, que parecía balancearse bajo la lluvia después de haber sido allí plantada como símbolo de la más pura desolación. A pesar de que la tormenta había arreciado, detuve mis pasos y contemplé melancólicamente la torre mientras maldecía en silencio la suerte que me había llevado hasta aquella ruina en la que ni siquiera iba a poder cobijarme. Fue entonces cuando una anciana asomó la cabeza en una especie de aspillera, abierta en medio del muro, durante un instante, para volver a ocultarse tan rápido como había aparecido. Un minuto después, una voz femenina me llamó desde dentro y, tras recorrer un pequeño laberinto de arbustos que ocultaba una portilla en la que yo no había reparado hasta ese momento —tan habilidoso había sido el jardinero a la hora de ligar arte y naturaleza—, me encontré con la buena señora, que me aguardaba de pie en el umbral y me invitó a refugiarme en el interior. «Acababa de salir de nuestro nidito para ocuparme de las criaturas, como cada día —dijo ella—, cuando empezó a llover… ¿Querrá usted subir hasta que pare?». Yo estaba a punto de comentar que, con la que estaba cayendo, cualquier nido sería mejor que una torre en ruinas y de preguntarle a mi amable anfitriona si «las criaturas» de las que iba a ocuparse eran palomas o cuervos, cuando la estera que cubría el suelo y la alfombra de la escalera captaron mi atención. Más sorprendido aún me quedé al descubrir la habitación de arriba. Mas, por encima de todo, fue el retrato del que ya he hablado y su singular inscripción, que calificaba de invisible a quien el pintor había representado de forma tan agradable y colorista, lo que despertó de modo más vivo mi curiosidad. El resultado de todo esto, quizá propiciado por mi exagerada cordialidad hacia la anciana señora —amén de su natural verbosidad—, fue una especie de relato confuso y caótico, que mi imaginación completó y ulteriores pesquisas lograron rectificar hasta darle la siguiente forma:

Algunos años antes, una tarde de un día de septiembre que, a pesar de ser tolerablemente agradable, presagiaba una noche tempestuosa, un caballero llegó a un pequeño pueblo costero, a unos quince kilómetros de este lugar, y manifestó su deseo de alquilar una embarcación para llegar a la localidad de ***, situada a unas quince millas de la costa. Las amenazas que el cielo anunciaba hicieron que los pescadores rehusaran unirse a la aventura, hasta que al final fueron dos —uno de ellos, el padre de una familia numerosa, seducido por la sustanciosa recompensa prometida por el forastero; el otro, el hijo de mi anfitriona, animado por su natural atrevimiento juvenil— quienes acordaron ayudarle en su viaje. El viento era favorable, por lo que esperaban haber realizado la mayor parte de la travesía antes del anochecer para llegar a puerto previamente a que estallara la tormenta. Partieron con buen humor, al menos los pescadores. En cuanto al desconocido, el riguroso luto que vestía no era ni la mitad de negro que la melancolía que a todas luces aplastaba su ánimo. Parecía que no hubiera sonreído en la vida —como si algún indescriptible pensamiento, oscuro como la noche y amargo como la muerte, hubiera anidado en su pecho para empollar allí eternamente—. Él había evitado mencionar su nombre, pero uno de los aldeanos lo reconoció como Henry Vernon, el hijo del baronet que poseía una mansión a unos cinco kilómetros del pueblo al que se dirigían. La mansión había sido prácticamente abandonada por la familia, aunque Henry, en un arrebato romántico, la había visitado tres años antes, y el mismo sir Peter había residido en ella durante dos meses la pasada primavera.

El bote no consiguió avanzar tanto como habían esperado, pues la brisa cesó en cuanto se adentraron en alta mar, por lo que se vieron obligados a remar sin retirar el velamen para alcanzar un promontorio que se alzaba entre ellos y el lugar al que se dirigían. Aún estaban muy lejos cuando el voluble viento cobró fuerza y comenzó a soplar en violentas e imprevisibles ráfagas. La negra noche cayó sobre ellos, y las rugientes olas se elevaban y rompían con temible violencia, amenazando con volcar la pequeña embarcación que osaba desafiar su furia. Se vieron obligados entonces a bajar la vela y a empuñar de nuevo los remos. Uno de los hombres comenzó a achicar agua, y el mismo Vernon llegó a tomar uno de los remos y bogó con desesperada energía, que poco o nada tenía que envidiar a la fuerza de aquellos navegantes experimentados. Hasta que comenzó la tempestad los marineros habían hablado por los codos, mas ahora todos guardaban silencio, salvo para intercambiar brevemente alguna orden. Uno de ellos pensaba en su mujer e hijos y maldecía en silencio el capricho de aquel extraño que había puesto en peligro no solo su vida, sino también el bienestar de los suyos; el otro parecía menos temeroso, pues era un muchacho atrevido que remaba con vigor y no tenía tiempo para charlas. Entretanto, Vernon, amargamente arrepentido por la inconsciencia que le había empujado a poner en peligro a aquellos hombres —peligro que, en lo tocante a su persona, no le importaba lo más mínimo—, intentaba ahora alentarlos hablando en tono animado y valiente, mientras movía su remo cada vez más fuerte. El único que no parecía demasiado concentrado en su tarea era el hombre que achicaba agua. De cuando en cuando miraba atentamente a su alrededor, como si sus ojos cansados tratasen de distinguir algún objeto que aquel mar embravecido ocultara. Y, sin embargo, no había nada que ver allí salvo las crestas de las altas olas y, a lo lejos, en el horizonte, la silueta de los bancos de nubes que presagiaban el recrudecimiento de la tormenta. Finalmente, exclamó: «¡Sí, lo veo! ¡Por babor! ¡Ahora sí! ¡Si conseguimos llegar hasta aquella luz, estaremos salvados!». Ambos remeros giraron de forma instintiva la cabeza, mas lo único que encontraron en respuesta a sus miradas fue una inescrutable oscuridad.

—¡No podéis verlo —gritó su compañero—, pero nos estamos acercando! Por favor, Dios, permite que sobrevivamos a esta noche.

Y, acto seguido, cogió rápidamente el remo de Vernon, que, visiblemente agotado, había bajado el ritmo. El joven se puso de pie y escrutó la oscuridad en busca del faro que prometía su salvación. Brillaba de forma tan tenue que exclamó de repente: «¡Lo veo!», y al instante siguiente: «Ya no está». No obstante, a medida que avanzaban, volvió a ver la luz, cada vez más nítida y regular mientras la embarcación se deslizaba sobre aquellas espeluznantes aguas que ahora parecían calmarse, como si la tranquilidad emergiera del fondo del océano gracias a la benigna influencia de aquel trémulo brillo.

—¿Qué faro es ese que nos ayuda en momentos de necesidad? —preguntó Vernon, mientras los hombres, que ahora eran capaces de manejar los remos con menor esfuerzo, trataban de recuperar el aliento para responder.

—Uno mágico, sin duda —respondió el marinero de más edad—, aunque no por ello menos real. Su luz arde en una vieja y ruinosa torre construida en lo alto de un promontorio de roca que mira al mar. Nunca lo habíamos visto hasta este verano y ahora, al parecer, se enciende cada noche; al menos cuando alguien lo necesita, pues no es posible verlo desde el pueblo. Este lugar está tan lejos de todo que, por lo general, nadie necesita acercarse, excepto en situaciones como la de esta noche. Algunos dicen que son unas brujas las que lo mantienen encendido, y otros, que contrabandistas. Pero de una cosa estoy seguro: en dos ocasiones han registrado el lugar y no encontraron nada allí, salvo los fríos muros de piedra de la torre. Por el día el lugar está desierto y durante la noche sumido en la más profunda oscuridad; pues ni una luz vimos mientras estuvimos allí, mas brillaba con viveza cuando de nuevo nos hicimos a la mar.

—He oído decir —comentó el marinero más joven— que quien lo enciende es el fantasma de una joven que perdió a su amado en estos pagos. Naufragó y su cuerpo fue encontrado al pie de la torre. Por aquí todos la conocemos como «la Muchacha Invisible».

Los viajeros encontraron un lugar donde fondear al pie de la torre. Cuando Vernon miró hacia arriba, la luz aún brillaba. Con cierta dificultad, haciendo frente a las olas que rompían en la orilla y cegados por la oscuridad de la noche, consiguieron arrastrar su pequeña embarcación hasta la playa, donde la amarraron. Después echaron a andar por el escarpado sendero, prácticamente devorado por la maleza, y, siguiendo los pasos del pescador más experimentado, encontraron el acceso hacia la torre. No había entrada ni puerta propiamente dichas, y el interior estaba oscuro como una tumba, silencioso y casi tan frío como un muerto.

—Esto no servirá de nada —dijo Vernon—. Seguramente nuestra anfitriona nos prestará su luz, aunque no tenga a bien dejarse ver, y guiará nuestros pasos en la oscuridad hasta que encontremos algún signo de vida y comodidad.

—Subiremos a la estancia superior —dijo el marinero—, si es que consigo encontrar los escalones. Mas no encontraréis ni rastro de la Muchacha Invisible ni tampoco de su luz. Os lo garantizo.

—Una aventura en verdad romántica y de lo más desagradable —murmuró Vernon, mientras trastabillaba sobre el terreno irregular—. La mujer que se ocupa del faro ha de ser vieja y fea; de lo contrario, no sería tan picajosa y poco hospitalaria.

Con considerable dificultad y tras varios golpes y tropiezos, los aventureros por fin lograron llegar a la parte superior de la torre. Pero allí no había nada, de modo que se conformaron con tumbarse en el duro suelo y, rendidos por el cansancio —tanto físico como mental—, se sumieron en un plácido sueño.

Los marineros durmieron profundamente. Vernon, sin embargo, no logró descansar más de una hora; de modo que, convencido de que no lograría conciliar el sueño en aquel incómodo e improvisado lecho, hizo lo posible por desperezarse, se levantó y se asomó al agujero del muro que hacía las veces de ventana —pues cristal no tenía—. Dado que no había ni siquiera un tosco banco, apoyó la espalda en la aspillera, como si fuera el único lugar de reposo que pudo encontrar. Se había olvidado del peligro, del misterioso faro y de su invisible guardián, y sus pensamientos zozobraban ahora en los horrores de su propio destino, en la indecible desgracia que, cual negra pesadilla, reposaba sobre su corazón.

Haría falta un grueso volumen para relatar aquí las causas que convirtieron al otrora feliz Vernon en el alma plañidera que ahora vestía la parafernalia del luto como símbolo visible de su desdicha interior. Henry era el único hijo de sir Peter Vernon, tan consentido por la idolatría de su padre como el violento y tiránico temperamento del viejo baronet pudo permitir. En su hogar, no obstante, también se había criado una joven huérfana a quien trataban con la misma benevolencia y generosidad; aunque viviera presa del profundo temor que en ella suscitaba la autoridad del viudo sir Peter. Estos dos niños eran todo lo que el viejo poseía, tanto a la hora de ejercer su poder como de expresar sus afectos. Rosina era una niña de carácter alegre, algo tímida, siempre alerta para no disgustar a su protector; mas tan dócil, amable y afectuosa que era incluso menos consciente que Henry del contradictorio carácter de su progenitor. Historias como la suya han sido contadas ya en numerosas ocasiones: fueron compañeros de juegos y aliados durante la infancia y amantes después. Rosina temblaba tan solo de imaginar que sir Peter pudiera censurar su amor secreto y los votos que habían intercambiado. No obstante, en ocasiones se consolaba pensando que quizá estaba destinada a ser la novia de Henry y que habían sido criados juntos bajo el designio de su futura unión. Aunque sabía que no era ese el caso, Henry había decidido esperar hasta alcanzar la edad en que pudiera declararse y llevar a cabo su deseo de casarse con la dulce Rosina. Entretanto, ponía buen cuidado en evitar que sus intenciones fueran descubiertas de forma prematura, con el fin de salvaguardar a su amada de cualquier insulto y persecución. El anciano caballero vivía convenientemente ciego a lo que sucedía a su alrededor; pues residía de forma permanente en el campo, de modo que los amantes pasaban la vida juntos sin que nadie los controlara ni los reprendiera en modo alguno. Bastaba con que Rosina tocara su mandolina y cantara para sir Peter cada día hasta que se quedaba dormido después de la cena. Era la única mujer de la casa por encima del rango de sirvienta, por lo que podía disponer de su tiempo como quisiera. Incluso cuando sir Peter encontraba motivos para fruncir el ceño, sus inocentes caricias y su dulce voz eran lo bastante poderosas para suavizar su hosco temperamento. Si alguna vez el alma humana ha gozado del paraíso terrenal, la de Rosina, sin duda, lo hizo en esos tiempos: la constante cercanía de Henry avivaba el puro amor que por él sentía, y la seguridad con que ambos miraban al futuro abría ante ellos un amplio camino de rosas bajo un cielo despejado. La presencia de sir Peter suponía tan solo un pequeño contratiempo que hacía aún más delicioso su tête-à-tête e intensificaba la solidaridad que entre ambos había. Pero, de repente, un ominoso personaje se presentó en Vernon Place, encarnado en la hermana viuda de sir Peter, quien, tras haber acabado con su marido y sus hijos por obra y gracia de su vil carácter, apareció en sus vidas cual harpía ansiosa de una nueva presa. Poco tardó en descubrir el afecto de la confiada pareja. Y enseguida compartió el hallazgo con su hermano, conteniendo y exacerbando su ira al mismo tiempo. Gracias a sus maquinaciones, Henry fue repentinamente enviado al extranjero para que ella pudiera acosar a Rosina sin ninguna restricción. Entonces, el más rico de los muchos admiradores de la hermosa muchacha (un hombre al que, bajo el reinado de sir Peter, ella había recibido permiso, incluso orden expresa, de rechazar; tan deseoso estaba el anciano de mantenerla bajo sus alas) resultó elegido entre todos los pretendientes, y la joven fue obligada a casarse con él. Las violentas escenas a las que ahora se veía expuesta, las encarnizadas burlas de la odiosa señora Bainbridge y la descontrolada furia de sir Peter le resultaban tanto más abrumadoras por su novedad. A todo ello tan solo podía responder con su silente y llorosa, aunque inmutable, determinación de perseverar en sus propósitos: ni las amenazas, ni los arrebatos de ira eran capaces de arrancarle más que una emotiva oración rogándoles que no la odiaran, pues no les iba a obedecer.

—Ha de haber algo en todo esto que no hemos conseguido ver —dijo la señora Bainbridge—. Hazme caso, hermano: ella se escribe en secreto con Henry. Trasladémonos con ella a tu residencia de Gales, donde no contará con el apoyo y la colaboración de los sirvientes, que, sin duda, aquí la ayudan, y veremos entonces si no cede su espíritu ante nuestros propósitos.

Sir Peter transigió y los tres se instalaron en la solitaria y lúgubre casa que antes dije que formaba parte del patrimonio de la familia. Allí el sufrimiento de la pobre Rosina se volvió insoportable. Anteriormente, rodeada de escenarios y rostros conocidos, no había perdido la esperanza de llegar a vencer, a base de paciencia, la crueldad de sus acosadores. Tampoco había escrito a Henry, porque sus parientes no habían mencionado su nombre, y no se había hecho alusión alguna al compromiso. Por otra parte, ella sentía el deseo instintivo de huir de los peligros que la rodeaban sin que él se preocupara y sin tener que desvelar el sagrado secreto de su amor, evitando así que fuera mancillado por los vulgares insultos de su tía y las enconadas maldiciones de su padre. Al llegar a Gales, sin embargo, convertida en una prisionera en su propio cuarto, por cuya ventana contemplaba las rocosas montañas que se alzaban alrededor, como si imitaran los insensibles corazones a los que se veía obligada a enfrentarse, empezó a faltarle coraje. El único sirviente que tenía permiso para acercarse a ella era la doncella de la señora Bainbridge; y, bajo la tutela de su demoniaca ama, esta mujer fue utilizada como señuelo para ganarse la confianza de la pobre prisionera antes de traicionarla. El sencillo y bondadoso corazón de Rosina fue presa fácil; y finalmente, movida por la desesperación, escribió a Henry y le entregó la carta a la mujer para que la enviara. La carta en sí misma podría haber resultado inofensiva, pues en ella no mencionaba su solemne compromiso, sino que tan solo le pedía que intercediera ante su padre para que todo volviera a la normalidad y ella pudiera ser de nuevo objeto de su afecto y atenciones, y para que por fin cesara aquella crueldad que tarde o temprano la iba a destruir. «Pues es posible que muera —había escrito la desdichada joven—, mas casarme con otro… ¡jamás!». Esas meras palabras, no obstante, habrían bastado para traicionar su secreto, si no lo hubieran descubierto ya. Sir Peter se puso furioso cuando su hermana se lo contó con aire triunfal; pues huelga decir que, estando la tinta todavía húmeda y el lacre aún caliente, la carta de Rosina ya estaba en poder de la dama. La culpable fue convocada a su presencia. Lo que después aconteció nadie lo sabe. Por el bien de sus intereses, los crueles hermanos trataron de obrar con contención. Hubo gritos, y el débil murmullo del tono de Rosina se perdió entre los aullidos de sir Peter y los rabiosos gruñidos de su hermana. «Tendrás que marcharte —rugió el anciano—, pues bajo mi techo no pasarás ni una noche más». Todo tipo de improperios, que la pobre chiquilla jamás había oído, fueron escuchados también por la servidumbre; y a cada furiosa retahíla del baronet le seguía un nuevo y envenenado dardo de la señora Bainbridge.

Más muerta que viva, Rosina por fin recibió permiso para retirarse. Si obró por pura desesperación o se tomó al pie de la letra las amenazas de sir Peter, nadie lo supo; pero Rosina abandonó la casa aquella misma noche. Uno de los criados la vio cruzar el parque llorando y retorciéndose las manos al andar. Nadie supo qué fue de ella. Sir Peter no se enteró de su desaparición hasta el día siguiente y solo entonces se mostró inquieto y ansioso por organizar su búsqueda para seguir sus pasos y afirmó que sus palabras no habían sido más que vanas amenazas. Lo cierto es que sir Peter había hecho todo lo posible para evitar que su heredero se casara con aquella huérfana sin dote, mero objeto de su caridad; sin embargo, en el fondo de su corazón amaba a Rosina, y la mitad de la violencia que contra ella había dirigido era fruto del odio que sentía hacia sí mismo por la mezquindad con que la trataba. Ahora el remordimiento comenzaba a hacer mella en él, mientras un mensajero tras otro regresaba sin traer noticias sobre el paradero de su víctima. El anciano se resistía a aceptar sus peores temores, y, cuando su cruel hermana, en un intento por endurecer aún más su conciencia con furiosas palabras, gritó: «La vil libertina, sin duda, se habrá quitado de en medio para vengarse de nosotros», un terrible juramento y una mirada que la hicieron temblar lograron que al fin se callara. Su conjetura, no obstante, parecía cierta: el arroyo de oscuro y caudaloso caudal que discurría en un extremo del parque, sin duda, había acogido en sus aguas la primorosa figura de la desdichada joven, poniendo fin a su vida. Cuando todos sus esfuerzos por encontrarla resultaron infructuosos, sir Peter regresó a la ciudad obsesionado por la imagen de su víctima y se vio obligado a reconocer que con gusto habría dado su vida por volver a verla, aunque solo fuera para convertirla en la esposa de su hijo —el hijo ante cuyo interrogatorio el anciano se mostró tan amedrentado como el mayor de los cobardes—. Pues, en cuanto supo que Rosina había muerto, Henry regresó inmediatamente del extranjero para averiguar qué había sucedido. Visitó su tumba y lloró su pérdida por todos los prados y valles que habían constituido el escenario de su felicidad. Hizo un millar de preguntas, pero solo obtuvo como respuesta un ominoso silencio. Cada vez más ansioso e indignado, finalmente interrogó a los sirvientes y subordinados y a su odiosa tía, y supo la terrible verdad. Desde aquel instante la desesperación se apoderó de su corazón y la más profunda aflicción llenó por completo sus días. Decidió alejarse de su padre y, cada vez que recordaba que la persona a la que debería reverenciar era culpable de tan horrible crimen, se sentía maldito, como los hombres cuyas almas atormentaban las antiguas Euménides. Su único deseo era viajar a Gales para averiguar si se había descubierto algo más o si sería posible recuperar los restos mortales de la desaparecida Rosina, para satisfacer así, al menos en parte, los mudos anhelos de su miserable corazón. Allí se dirigía cuando se presentó en el pueblo antes nombrado; y ahora, en la torre abandonada, sus pensamientos bullían plagados de imágenes de muerte y desesperación, mientras divagaba acerca del sufrimiento que su amada se había visto obligada a soportar hasta que su gentil naturaleza fue aplastada por el infortunio.

Inmerso en tan lúgubres ensoñaciones, para las que el monótono rugido del mar constituía el perfecto acompañamiento, las horas pasaron deprisa, y Vernon se dio cuenta de que por fin las primeras luces del alba se aventuraban ya a salir de su refugio oriental alzándose sobre el salvaje océano que aún rompía con tumultuosa violencia a sus pies, en la rocosa playa. Sus compañeros se levantaron entonces, dispuestos a partir. La comida que llevaban se había echado a perder a causa del agua salada y, tras horas de ayuno y duro trabajo, todos se sentían famélicos. Era imposible hacerse a la mar con la embarcación tan seriamente dañada. No obstante, al dirigirse a la playa, divisaron la cabaña de un pescador a poco más de tres kilómetros, en una franja de la bahía que terminaba en el promontorio donde se alzaba la torre. Hacia allí se dirigieron con premura antes de reparar su bote. Ni por un instante volvieron a pensar en la luz que los había salvado, ni en su posible explicación, sino que abandonaron sin más las ruinas que les habían servido de refugio durante la noche en busca de un lugar más acogedor. Vernon miró a su alrededor mientras se alejaban del lugar, pero, como no encontró allí el menor vestigio de ningún habitante anterior a ellos, empezó a pensar que el faro no había sido más que un capricho de su imaginación. Al llegar a la casa en cuestión, en la que vivía un pescador con su familia, disfrutaron de un desayuno casero y enseguida se prepararon para regresar a la torre para trabajar en la embarcación y, si era posible, repararla. Vernon los acompañó, junto a su anfitrión y el hijo de este. Les hicieron numerosas preguntas acerca de la Muchacha Invisible y su luz, y ambos coincidieron en que el fenómeno era reciente y en que no tenían ninguna explicación acerca del extraño nombre con que había sido bautizada tan singular aparición. No obstante, los dos hombres afirmaron haber visto una figura femenina en el bosque cercano en un par de ocasiones y que, de cuando en cuando, una joven desconocida se dejaba ver por una cabaña situada a un kilómetro y medio de allí, al otro lado del promontorio, para comprar un poco de pan. Sospechaban que se trataría de la misma persona en ambos casos, aunque no podían asegurarlo. Los habitantes de esa cabaña parecían, en cualquier caso, demasiado obtusos como para sentir la más mínima curiosidad y nunca habían intentado averiguar quién era. Los marineros pasaron el resto del día reparando el bote, y el golpeteo de los mazos y las voces de los hombres trabajando resonaban a lo largo de la costa, amortiguados en todo momento por el rumor de las olas rompientes. No era el momento idóneo para buscar a alguien que, bien fuera humano o sobrenatural, no parecía tener el menor interés en relacionarse con ningún ser vivo. No obstante, Vernon regresó a la torre y buscó por todos los rincones; mas fue en vano. En las lúgubres y deslucidas paredes no había señal alguna de que aquel lugar hubiera sido utilizado como refugio en mucho tiempo; e incluso un minúsculo hueco en el muro de la escalera, en el que no había reparado hasta entonces, estaba igualmente vacío y desolado. Tras abandonar la torre, merodeó por el pinar que se extendía en sus inmediaciones y, renunciando finalmente a resolver el misterio, comenzaba a sentirse atribulado por pensamientos que lo afectaban más profundamente cuando, de repente, a sus pies, descubrió una zapatilla. Posiblemente desde Cenicienta no se había visto una zapatilla tan pequeña. De haber podido hablar, habría contado sin duda una historia de elegancia, belleza y juventud. Vernon la recogió del suelo. Siempre había admirado los pies singularmente pequeños de Rosina y no pudo evitar pensar en un primer momento si aquella diminuta zapatilla le habría servido. ¡Qué extraño era aquello! Debía de pertenecer a la Muchacha Invisible. Entonces, ¿existía algún ser de mágica naturaleza que se encargaba de encender aquella luz? ¿Una forma con la suficiente entidad material como para necesitar calzarse? ¿Y con qué? ¡Con algo tan delicado y exquisito que la misma Rosina podría haberlo llevado! Una vez más, la imagen recurrente de la amada fallecida volvió a presentársele, junto con un millar de íntimas asociaciones, infantiles a la par que tiernas, sentidas e insignificantes, que enardecieron el corazón de Vernon de tal modo que se dejó al caer al suelo, cuan largo era, y lloró más amargamente que nunca por el miserable destino de la dulce huérfana.

Al oscurecer, los hombres dejaron de trabajar, y Vernon decidió volver a la cabaña donde iban a pernoctar, con intención de retomar su viaje a la mañana siguiente si el tiempo lo permitía. Vernon no comentó nada acerca de la zapatilla y se limitó a reunirse con sus compañeros. Durante el camino de regreso, había mirado atrás en varias ocasiones, mas la torre se alzaba a oscuras sobre las mansas olas sin el menor indicio de luz. En la cabaña habían llevado a cabo algunos cambios para acomodar a los huéspedes, y la única cama disponible la habían reservado para Vernon. No obstante, él rehusó privar de ella a su anfitriona y, tras extender su capa sobre un lecho de hojas secas, hizo lo posible por descansar. Durmió algunas horas y cuando despertó reinaba una calma casi total, con la única excepción de la fuerte respiración de los durmientes con quienes compartía la estancia. Se levantó y, tras acercarse a la ventana, contempló, en dirección a la mística torre, el ahora plácido paisaje marino. La luz estaba encendida y los tenues rayos del faro caían sobre las olas. Alegrándose por tan inesperada circunstancia, Vernon salió de la casa con sigilo y, tras envolverse en la capa, caminó con paso rápido, bordeando la bahía, hacia la torre. Cuando llegó, la luz seguía brillando en lo alto. Entrar y devolverle a la doncella su zapatilla sería un gesto de cortesía, y Vernon tenía intención de hacerlo con la suficiente discreción como para pasar desapercibido con el fin de evitar que su dueña, haciendo uso de sus habituales artes, desapareciera súbitamente. Sin embargo, por desgracia, mientras avanzaba por el exiguo sendero, su pie tropezó con un fragmento de piedra suelto que rodó por el precipicio con notable estrépito. Aceleró entonces sus pasos, tratando de recuperar la ventaja perdida a causa de su pequeño accidente. Cuando por fin alcanzó la puerta y entró, todo estaba en silencio, pero también a oscuras. Se detuvo en la estancia inferior, seguro de haber escuchado un leve sonido. Comenzó a subir las escaleras y llegó a la habitación de arriba, donde reinaba la más completa oscuridad. Era una noche sin estrellas en la que ni el más tenue resplandor conseguía colarse por el único vano abierto en el muro. Con la esperanza de que su nervio visual pudiera captar algún estímulo, cerró los ojos y volvió a abrirlos de forma mecánica, mas no sirvió de nada, de modo que comenzó a avanzar a tientas por la habitación. Volvió a detenerse y contuvo el aliento. Entonces, tras escuchar con suma atención, tuvo la certeza de que allí había otra persona cuya respiración percibía. Se acordó entonces del hueco de la escalera, pero, antes de acercarse, decidió hablar. Dudó un instante, pues no sabía qué decir.

—Quiero creer —dijo— que únicamente la desgracia ha de ser la causa de su aislamiento. Y si acaso la ayuda de un hombre…, de un caballero…

Una exclamación interrumpió sus palabras y una voz de ultratumba pronunció su nombre, con el inconfundible acento de Rosina.

—¡Henry! ¿De veras es a Henry a quien oigo?

Él se precipitó hacia delante, hacia la voz, y estrechó entre sus brazos la forma viviente de su muchacha perdida —de «mi Muchacha Invisible», dijo—, pues ni siquiera entonces, mientras sentía el corazón de ella latiendo cerca del suyo y con un brazo rodeaba su cintura, sosteniéndola como si de un momento a otro pudiera caerse al suelo de pura turbación, había logrado verla. Puesto que a causa de sus sollozos la muchacha era incapaz de articular palabra, fue solo el instinto que llenaba su corazón de tumultuosa alegría, le dijo que la delicada y consumida silueta que con tanta ternura estrechaba entre sus brazos era la sombra viviente de la hermosa Hebe a la que había adorado.

Al amanecer, la pareja, que de manera tan insólita se había reencontrado, navegaba con viento favorable hacia L…, desde donde continuaría hacia la residencia de sir Peter, que tres meses antes Rosina había abandonado, presa de un agónico terror. La luz de la mañana había disipado por fin las sombras que hasta entonces la envolvían, dejando a la vista el hermoso ser de la Muchacha Invisible. Era innegable que el sufrimiento y la aflicción habían hecho mella en la joven, mas la misma dulce sonrisa seguía iluminando su rostro, y la delicada luz de sus tiernos ojos azules era la que él siempre había conocido. Vernon le mostró la zapatilla y le explicó la razón por la que había decidido descubrir al guardián del misterioso faro, aunque ni siquiera entonces se atrevió a preguntarle cómo había logrado sobrevivir en aquel desolado lugar o por qué se había escondido en vez de empezar a buscarle de inmediato a él, bajo cuyos cuidados y amorosa protección no habría tenido nada que temer. No obstante, mientras así hablaba, Rosina se fue desligando lentamente de su abrazo, y una mortal palidez se apoderó de sus mejillas al susurrar con debilidad: «Las maldiciones de tu padre…, ¡las terribles amenazas de tu padre!». Y, en efecto, parecía que la violencia de sir Peter y la crueldad de la señora Bainbridge habían conseguido impresionar a Rosina, embargándola de un incontrolable terror visceral. Había huido de su casa sin pararse a pensar y sin plan alguno. Arrastrada por un frenético horror y un miedo abrumador, se había marchado sin apenas dinero y, desde su punto de vista, sin la menor esperanza de regresar y sin motivos para seguir adelante. No tenía ningún amigo en el mundo excepto Henry. ¿Adónde podía ir? Decidirse a buscar a Henry habría sellado para ambos el destino más desgraciado; pues, con un juramento, sir Peter había declarado que, antes que casados, prefería verlos a ambos en sus respectivos ataúdes. Tras vagabundear sin rumbo, escondiéndose durante el día y aventurándose a salir únicamente al caer la noche, había encontrado la torre abandonada, que había considerado un buen refugio. No era fácil explicar cómo había vivido desde entonces: durante el día merodeaba por el bosque o dormía en la cámara de la torre —un improvisado asilo que parecía que nadie frecuentaba ni había descubierto— y por la noche quemaba piñas que recogía en el bosque. La noche era su momento predilecto, pues con la oscuridad tenía la sensación de estar a salvo. No sabía que sir Peter había abandonado aquella región del país, y la aterraba pensar que él pudiera llegar a descubrir su paradero. Su única esperanza era que Henry regresara, que Henry no descansara jamás hasta encontrarla. Le confesó que, con el paso de los días y según se acercaba el invierno, había ido perdiendo la esperanza, pues temía que, a medida que declinaban sus fuerzas y su cuerpo se consumía asemejándose cada vez más a un esqueleto, le llegara la muerte y no volviera a ver a Henry nunca más.

Y, en efecto, tras el regreso a la seguridad y las comodidades de la vida civilizada, la joven enfermó; y muchos meses hubieron de pasar hasta que el color regresó a sus mejillas, sus miembros recuperaron su redondez y volvió a parecerse a la joven de aquel retrato pintado en los días felices, antes de que la desgracia la golpeara. Era una copia de aquel el que actualmente decoraba la torre —escenario de su sufrimiento— donde yo había encontrado refugio. Sir Peter, infinitamente feliz por poder liberarse al fin de las terribles punzadas del remordimiento, se alegró mucho de volver a ver a su protegida huérfana, a la que de veras amaba. Y tan ansioso se mostraba ahora por desposarla con su hijo como antes lo había estado por impedir su matrimonio. A la señora Bainbridge nadie volvió a verla. Sin embargo, la familia todos los años pasaba varios meses en la mansión de Gales, escenario de sus exultantes primeros tiempos de casados y el lugar donde la pobre Rosina había conseguido por fin volver a la vida y recobrar la felicidad tras el cruel hostigamiento que había sufrido. Había sido Henry quien había decidido reformar la torre y la había decorado tal como yo la conocí. Y a menudo la visitaba junto a su Muchacha Invisible para revivir, en el mismo escenario donde había tenido lugar, el recuerdo de todos los incidentes que habían desembocado en su reencuentro, entre las sombras de la noche, en aquellas ruinas abandonadas.

Mary Shelley - La muchacha invisible 1024
  • Autor: Mary Shelley
  • Título: La muchacha invisible
  • Título Original: The Invisible Girl
  • Publicado en: The Keepsake, 1833
  • Traducción: Pablo González-Nuevo
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