Sinopsis: «Los peregrinos» (The Pilgrims) es un cuento de Mary Shelley, publicado en 1837 en The Keepsake y recogido luego en la colección Tales and Stories (1891). Burkhardt de Unspunnen, un solitario y anciano caballero, vive atormentado por dolorosos recuerdos. Una noche, dos jóvenes peregrinos llegan a su castillo buscando refugio, y él los acoge con generosidad. Los desconocidos, conmovidos por la evidente aflicción de su anfitrión, le ruegan que comparta el motivo de sus penas. Burkhardt relata entonces la historia de una pérdida irreparable y un arrepentimiento devastador, que consume su existencia.

Los peregrinos
Mary Shelley
(Cuento completo)
El crepúsculo de uno de esos ardientes días de verano cuyo cielo sin nubes parece hablar al hombre de regiones más felices, ya había arrojado sus amplias sombras sobre el valle de Unspunnen, mientras los últimos rayos de un espléndido atardecer continuaban brillando en las cimas de las colinas circundantes. Poco a poco, sin embargo, los matices encendidos se hicieron más profundos; luego se tornaron cada vez más oscuros, hasta que finalmente cedieron ante los tonos aún más sobrios de la noche.
Bajo una avenida de tilos que, por su tamaño y frondosidad, parecían casi coetáneos del suelo en que crecían, Burkhardt de Unspunnen paseaba de un lado a otro con paso inquieto, como si alguna pena reciente ocupara su mente atribulada. A veces se detenía con los ojos fijos en la tierra, como si esperara ver brotar de su seno el objeto de su contemplación; otras, alzaba la mirada hacia las copas de los árboles, cuyas ramas, suavemente agitadas por la brisa nocturna, parecían exhalar suspiros de compasión en recuerdo de aquellas horas felices que en otro tiempo se habían pasado bajo su acogedora sombra. Pero cuando, al avanzar más allá de ellos, contemplaba los profundos cielos azules con su brillante hueste de estrellas, la esperanza brotaba en su interior al pensar en aquella gloria de la que esos cielos y esas estrellas, por hermosos y bellos que parezcan, no son sino tenues heraldos; y por un tiempo se disipaba la aflicción que tan largamente había pesado sobre su corazón.
De estas reflexiones, que por la intensidad de sus sentimientos lo aislaban, por así decirlo, del mundo ajetreado y de sus múltiples sendas, fue súbitamente arrancado por el tono de una voz varonil que se dirigía a él.
Burkhardt, al adelantar unos pasos, vio, de pie a la luz de la luna, a dos peregrinos, vestidos con el habitual atuendo tosco y sombrío, con los anchos sombreros calados sobre las cejas.
—¡Alabado sea Dios! —dijo el peregrino que acababa de atraer la atención de Burkhardt y que, por su estatura y su porte, parecía ser el mayor de los dos.
Sus palabras fueron repetidas por una voz cuyos acentos suaves y vacilantes revelaban que el hablante era aún de muy corta edad.
—¿Adónde se dirigen, amigos? ¿Qué buscan aquí a tan avanzada hora? —dijo Burkhardt—. Si desean descansar tras su viaje, entren; y, con la bendición de Dios y mi cordial bienvenida, repongan sus fuerzas.
—Noble señor, se ha adelantado con creces a nuestra súplica —respondió el peregrino mayor—. Nuestro deber nos ha conducido lejos de nuestra tierra natal, pues estamos obligados a una peregrinación para cumplir el voto de un progenitor muy querido. Durante el calor del día nos hemos visto forzados a escalar los empinados senderos de la montaña; y las fuerzas de mi hermano, cuya juventud poco se aviene con tales fatigas, comenzaron a flaquear, cuando la vista de las torres de su castillo, que los claros rayos de la luna nos permitieron descubrir, reavivó nuestras esperanzas. Resolvimos entonces rogarle alojamiento por una noche bajo su hospitalario techo, para poder, al alba de mañana, reanudar nuestro fatigoso camino.
—Síganme, amigos míos —dijo Burkhardt, mientras, con paso apresurado, se adelantaba para dar algunas órdenes relativas a su acogida.
Los peregrinos, gozosos ante tan amable recepción, siguieron al caballero en silencio hasta un amplio salón de altas bóvedas, sobre el cual los cirios, colocados en apliques de brazos contra las paredes, derramaban una luz solemne y, al mismo tiempo, agradable, muy acorde con los sentimientos del momento.
El caballero distinguió entonces dos semblantes de gran hermosura, cuya impresión favorable se veía considerablemente realzada por la actitud modesta, aunque natural y desenvuelta, con que la joven pareja recibía las atenciones de su anfitrión. Vivamente impresionado por su aspecto y su porte, Burkhardt se vio llevado, de manera involuntaria, de regreso al curso de pensamientos del que su llegada lo había apartado; y las escenas de otros tiempos desfilaron ante su mente al recordar que, en aquel mismo salón, su amada hija solía recibirlo con su sonrisa de bienvenida cuando regresaba de la batalla o de la caza: breves instantes de felicidad, seguidos después por acontecimientos que habían carcomido su corazón y hecho de la memoria un instrumento de amargura y castigo.
Poco después se sirvió la cena, y los peregrinos fueron atendidos con el mayor esmero; sin embargo, la conversación languideció por completo, pues las melancólicas reflexiones absorbían a Burkhardt, y el respeto —o quizá un sentimiento más afectuoso— hacia su anfitrión y benefactor parecía haber sellado los labios de sus jóvenes invitados. Tras la cena, no obstante, una jarra del viejo vino del barón animó su decaído espíritu y dio aliento al peregrino mayor para romper el hechizo que los había mantenido en silencio.
—Perdóneme, noble señor —dijo—, pues bien sé que debe de parecer intrusivo por mi parte atreverme a indagar la causa de esa pena que lo oprime tan severamente y lo convierte en un espectador tan triste de la generosidad y de la felicidad que usted prodiga con largueza a los demás. Créame: no es el impulso de una curiosidad ociosa lo que me mueve a expresar mi asombro de que pueda habitar así, solo, esta espaciosa y noble mansión, siendo presa de un dolor tan profundamente arraigado. ¡Ojalá estuviera en nuestras manos, siquiera en el menor grado, aliviar las preocupaciones de quien con tan generosa mano socorre las necesidades de sus hermanos más pobres!
—Les agradezco su compasión, buen peregrino —respondió el anciano noble—; pero ¿de qué podría servirles conocer la historia de unas aflicciones que han hecho de esta tierra un desierto y que, con paso acelerado, me conducen hacia el lugar donde únicamente puedo esperar hallar descanso? Ahórrenme, pues, el dolor de evocar escenas que con gusto sepultaría en el olvido. Aún se hallan ustedes en la primavera de la vida, cuando ningún recuerdo triste devuelve un eco discordante de antiguas locuras o de dichas irrecuperablemente perdidas. No pretendan oscurecer la luz del sol de su —confío— inmaculada juventud con el conocimiento de aquellos seres feroces y culpables que, al escuchar las sugestiones diabólicas de sus pasiones, se apartan de los senderos de la rectitud y desgarran vínculos que la naturaleza, mediante los lazos más sagrados, parecía haber unido a sus propias almas.
Así procuró Burkhardt eludir la súplica del peregrino. Pero esta fue reiterada con una persuasión tan ferviente como delicada, y los ricos tonos de la voz del desconocido despertaron en él tantos recuerdos de días muy, muy lejanos, que el caballero se sintió casi irresistiblemente impulsado a descargar su corazón, largo tiempo cerrado, ante alguien que parecía comprender sus sentimientos con sincera cordialidad.
—Su sincera simpatía ha conquistado mi confianza, jóvenes amigos —dijo—, y conocerán la causa de esa pena que roe mi corazón.
Me ven ahora, en efecto, aquí, solo y abandonado, como un árbol sacudido por la violencia de la tempestad. Pero hubo un tiempo en que la fortuna me miró con sus sonrisas más benignas; y me sentía rico en la conciencia de mi prosperidad y en los dones que el generoso Cielo había derramado sobre mí. Mis poderosos vasallos me convertían en el terror de aquellos enemigos que la protección que siempre estaba dispuesto a brindar a los oprimidos y desvalidos atraía contra mí. Mis ricas y fértiles posesiones no solo abastecían con abundancia a mi familia, sino que me permitían, con mano liberal, aliviar las necesidades de los pobres y ejercer los deberes de hospitalidad de un modo digno de mi rango y de mi nombre. Pero, de todos los dones que el Cielo había prodigado sobre mí, el que más estimaba era una esposa, cuyas virtudes la habían convertido en el ídolo tanto de ricos como de pobres. Mas ella, que ya era un ángel y no estaba hecha para este mundo más grosero, fue reclamada demasiado pronto, ¡ay!, por sus espíritus afines. Un solo y breve año fue testigo de nuestra felicidad.
Mi dolor y mi angustia fueron profundísimos; y pronto me habrían llevado a la misma tumba que a ella, de no haberme dejado una hija, por cuyo amado bien luché con todas mis fuerzas contra mi aflicción. En ella se concentraron desde entonces todos mis cuidados, todas mis esperanzas, toda mi felicidad. A medida que crecía en años, aumentaba su semejanza con su santa madre; y cada mirada, cada gesto, me traía a la memoria a mi Agnes. Junto con la belleza de su madre, me atreví, con cariñosa presunción, a albergar la esperanza de que Ida heredaría también sus virtudes.
Sentí hondamente el triste vacío que mi pérdida irreparable había abierto en mí; pero el solo pensamiento de volver a casarme me habría parecido una profanación de la memoria de mi Agnes. Y si por un solo instante hubiera albergado tal propósito, una sola mirada a su hija lo habría desbaratado, y me habría hecho aferrarme a ella con una esperanza aún más tierna, en la firme confianza de que me recompensaría por cada sacrificio que pudiera hacer. ¡Ay, amigos míos, esa esperanza se edificó sobre un cimiento inseguro! y aun hoy se tortura mi corazón al pensar en aquellos sueños engañosos.
Ida, con las más afectuosas caricias, disipaba toda preocupación de mi frente; en la enfermedad y en la salud me velaba con la más tierna solicitud; todo su empeño parecía consistir en anticiparse a mis deseos. Pero, ¡ay!, como la serpiente que solo fascina para destruir, prodigaba esas caricias y atenciones para cegarme y envolverme en una seguridad fatal.
Muchas y profundas fueron las afrentas —vengadas, sí, pero no olvidadas— que desde hacía tiempo habían originado (con vergüenza lo confieso) un odio mortal entre Rupert, Lord de Wàdischwyl, y yo; un odio que la menor ocasión parecía exacerbar hasta la demencia. Como ya no se atrevía a arrojar el guante, pues en el combate singular siempre había salido yo vencedor, encontró medios, mucho más duros que el acero o el hierro, para saciar su venganza contra mí.
El duque Berchtold de Zàhringen, uno de esos tiranos ricos y poderosos que son la verdadera plaga de la sociedad cuyos derechos deberían ser sus más prontos guardianes, había llevado a cabo una repentina irrupción contra los pacíficos habitantes de las montañas, apoderándose de sus ganados y rebaños, e insultando a sus esposas e hijas. Aunque dotados de gran valor, poco habituados como estaban a la guerra, aquellos desdichados hombres se vieron incapaces de resistir al tirano, y se apresuraron a implorar mi auxilio inmediato. Sin un instante de demora, reuní a mis bravos vasallos y marché contra el saqueador. Tras una lucha larga y encarnizada, Dios bendijo nuestra causa, y la victoria fue completa.
En la mañana en que me disponía a partir de regreso a mi castillo, uno de mis hombres me anunció que el duque había llegado a mi campamento y deseaba una entrevista inmediata conmigo. Salí al instante a su encuentro; y Berchtold, avanzando hacia mí con una sonrisa, me ofreció su mano en señal de reconciliación. La acepté francamente, sin sospechar que la falsedad pudiera ocultarse bajo un aspecto tan abierto y cordial.
—Amigo mío —dijo—, pues así debo llamarlo; su valor en esta contienda se ha ganado mi estima, aunque podría demostrarle al instante que tengo causas justas de querella contra esos insolentes montañeses. Pero, pese a su victoria en esta lucha injusta, a la que sin duda fue inducido por las tergiversaciones de esos villanos, como mi naturaleza aborrece prolongar las disensiones, deseo dejar de considerarnos enemigos e iniciar una amistad que, por mi parte al menos, no será quebrantada. En señal, pues, de que no desconfía de un compañero de armas, regrese conmigo a mi castillo, para que allí ahoguemos todo recuerdo de nuestra pasada desunión.
Durante largo tiempo resistí a su insistencia, pues llevaba ya más de un año ausente de mi hogar y estaba doblemente impaciente por regresar, al imaginar que mi demora causaría gran ansiedad a mi hija. Pero el duque, con tan aparente bondad y de un modo tan cortés, renovó e insistió en sus ruegos, que al fin no pude resistirme.
Su Alteza me agasajó con la mayor hospitalidad y con atenciones incesantes. Pronto advertí, sin embargo, que un hombre honrado se halla más en su elemento entre las fatigas de la batalla que entre los halagos de una corte, donde el labio y el gesto ofrecen bienvenida, pero donde el corazón —del que la lengua nunca es heraldo— está corroído por las constantes luchas de la envidia y los celos. Pronto advertí también que mis modales rudos y sin disimulo eran motivo de burla para las perfumadas naderías que colmaban los salones del duque. No obstante, reprimí mi resentimiento al considerar que tales criaturas vivían solo de su favor, como esos enjambres de insectos que cobran vida en el estiércol al calor de los rayos del sol.
Había permanecido como huésped involuntario del duque durante algunos días, cuando se anunció con gran ceremonia la llegada de un personaje de distinción; personaje que resultó ser mi enemigo más encarnizado, Rupert de Wàdischwyl. El duque lo recibió con la más marcada cortesía y atención; y en más de una ocasión me pareció advertir que, de forma estudiada, se otorgaba la precedencia a mi adversario por encima de mí. Mi naturaleza franca, aunque altiva, apenas podía tolerar este sistema de menosprecio; y, además, me parecía que no haría sino representar al hipócrita si compartía la misma copa con el hombre por quien sentía un odio mortal.
Resolví, por tanto, partir, y busqué a Su Alteza para despedirme. Pareció muy afligido por mi determinación y me instó con vehemencia a declarar la causa de mi abrupta partida. Confesé con franqueza que el favor indebido que, a mi juicio, concedía a mi rival era el motivo.
—Me duele, profundamente me duele —dijo el duque, afectando un aire de gran pesar— que mi amigo —y ese amigo, el valiente Unspunnen— piense de mí de manera tan injusta; ¿me atreveré a añadir?, tan mezquina. No; ni siquiera en pensamiento lo he agraviado; y para probar mi sinceridad y mi interés por su bienestar, sepa que no fue el azar lo que condujo a su adversario a mi corte. Viene a consecuencia de mi ardiente deseo de reconciliar a dos hombres a quienes tanto estimo, y cuyo valor y excelencia los sitúan entre los más brillantes ornamentos de nuestra favorecida tierra. Permítame, pues —añadió, tomando mi mano y la de Rupert, que había entrado durante nuestra conversación—, permítame tener la envidiable satisfacción de reconciliar a dos hombres como ustedes y de poner fin a su antigua discordia. No pueden rechazar una petición tan acorde con la santa fe que todos profesamos. Permítame, entonces, ser ministro de paz; y sugerir que, como señal y confirmación de un acto que atraerá la bendición del Cielo sobre todos nosotros, consienta en que nuestra santa Iglesia una en matrimonio a su célebre y encantadora hija con el único hijo de Lord Rupert; cuyas virtudes —si los informes dicen verdad— lo convierten en alguien no indigno de su amor.
Una ira que, en un instante, pareció convertir mi sangre en fuego y casi ahogó mi voz se apoderó de mí.
—¡¿Qué?! —exclamé—. ¡¿Qué?! ¿Cree usted que yo sacrificaría así, que arrojaría así mi preciosa joya? ¿Que rebajaría así a mi amada Ida? ¡No; por su santa madre, juro que antes de verla casada con el hijo de ese hombre, la consagraría al claustro! Más aún: ¡preferiría verla muerta a mis pies antes que permitir que su pureza fuese mancillada por tal contaminación!
—¡Si no fuera por la presencia de Su Alteza! —gritó Rupert con furia—. ¡Su vida respondería al instante por este insulto! Le tendré bien presente, mi lord; y si escapa a mi venganza, es usted más que un hombre.
—En verdad, en verdad, mi Lord de Unspunnen —dijo el duque—, es usted demasiado arrebatado. Su pasión ha nublado su razón; y, créame, vivirá para arrepentirse de haber rechazado tan desdeñosamente mi amistosa propuesta.
—Puede juzgarme arrebatado, mi Lord Duque, y tal vez considerarme algo demasiado audaz por atreverme a decir la verdad en las cortes de los príncipes. Pero, puesto que mi lengua no puede articular aquello que mi corazón no le dicta, y mi manera llana, aunque honesta, parece desagradarle, me retiraré, con el permiso de Su Alteza, a mis propios dominios, de los que he estado ya demasiado tiempo ausente.
—Indudablemente, mi lord, tiene mi permiso —respondió el duque con altivez, volviéndose al mismo tiempo de mí con frialdad.
Trajeron mi caballo; lo monté con tanta compostura como pude reunir, y respiré más libremente cuando dejé el castillo muy atrás.
Durante el segundo día de viaje llegué ya a una vista cercana de mis propias montañas natales, y me sentí doblemente vigoroso al recibir sus puras brisas. Con todo, la cariñosa ansiedad de un padre por su hija amada —y siendo esa hija su único tesoro— hacía que el camino pareciera doblemente largo. Pero, al acercarme a la vuelta del sendero que está justo frente a mi castillo, casi deseé entonces que el camino se alargara; pues mi alegría, mis esperanzas y mis temores se agolpaban en mí hasta casi ahogarme. «Unos pocos minutos más —pensé—, y entonces la verdad, mala o buena, me será revelada».
Cuando tuve mi morada por completo a la vista, todo parecía en paz; nada mostraba cambio alguno desde que la había dejado. Espoleé mi caballo hacia la puerta; pero, al avanzar, me sorprendió el absoluto silencio y la desolación de cuanto me rodeaba. No se veía ni un sirviente ni un campesino en los patios; parecía como si los habitantes del castillo siguieran durmiendo.
«¡Cielo misericordioso! —pensé—, ¿qué puede presagiar este silencio? ¿Ha muerto ella, mi hija amada?».
No pude reunir el valor para hacer sonar la campana. Tres veces lo intenté, y tres veces el pavor de conocer la terrible verdad me lo impidió. ¡Un instante, una palabra, incluso una señal, y podía convertirme para siempre en un hombre desolado, sin hijos, miserable! ¡Nadie sino un padre puede sentir —o comprender en toda su medida— la agonía de esos momentos! ¡Nadie sino un padre puede describirlos como corresponde! Mi existencia parecía depender del aliento del primer transeúnte; y mi mirada rehuía toda mirada ajena, temiendo tropezar con la de algún otro.
Me sacó de aquel estado de inacción mi fiel perro, que se lanzó hacia mí para darme la bienvenida con estruendosas caricias y profundas, sonoras manifestaciones de alegría. Entonces el viejo portero, atraído por el ruido, acudió a la puerta, que abrió al instante; pero, mientras se apresuraba a recibirme, advertí enseguida que algún recuerdo repentino y doloroso frenaba su entusiasmo. Salté de mi caballo con rapidez y entré en el vestíbulo. Todos los demás criados acudieron entonces, excepto mi fiel administrador, Wilfred, que siempre había sido el primero en saludar a su señor.
—¿Dónde está mi hija? ¿Dónde está su señora? —exclamé con ansiedad—. Díganme siquiera que vive. Pero no… esperen, esperen: un momento, un breve momento, ¡antes de decirme que estoy perdido para siempre!
El fiel Wilfred, que acababa de entrar en el vestíbulo, se arrojó a mis pies; y, con lágrimas rodándole por las mejillas surcadas, me estrechó la mano con fervor y, vacilante, me informó de que mi hija vivía; estaba bien, creía él, pero… había abandonado el castillo.
—Habla más deprisa, viejo —dije, interrumpiéndolo con premura y pasión—. ¿Qué quieres decir? Mi hija vive; mi Ida está bien, pero no está aquí. ¿Acaso tú y mis vasallos han sido unos cobardes y han permitido que, en mi ausencia, despojen a mi castillo de su mayor tesoro? ¡Habla! ¡Habla con claridad, te lo ordeno!
—Con una angustia casi tan grande como la suya, mi amado señor, le doy a conocer la triste verdad de que su hija ha abandonado el techo paterno para convertirse en la esposa de Conrad, el hijo del Lord de Wàdischwyl.
—¡La esposa del hijo de Lord Rupert! ¡Mi Ida, la esposa del hijo de aquel cuyo solo nombre mi alma aborrece!
Mi ira ya no conoció límites; los tormentos del infierno parecían haber trastornado el curso de mi sangre. ¡En la locura de mi pasión llegué incluso a maldecir a mi propia y querida hija! Sí, peregrino: maldije a aquella a quien había idolatrado; por cuya sola causa la vida tenía para mí algún encanto. ¡Oh, cuántas veces desde entonces he intentado retirar esa maldición! Y estas lágrimas amargas, que ni siquiera ahora puedo contener, dan testimonio de cuán terrible ha sido mi arrepentimiento por aquel acto espantoso y antinatural.
Terribles fueron las imprecaciones que descargué sobre mi enemigo; y profunda la venganza que juré. No sé a qué extremos temibles me habría arrastrado mi desenfrenada pasión, si no hubiera, por su propio exceso, caído sin sentido en brazos de mis criados. Cuando recobré el conocimiento, me encontré en mi alcoba y a Wilfred sentado cerca de mí. Transcurrió, sin embargo, algún tiempo antes de que recuperara una clara memoria de los sucesos; y cuando la tuve, me pareció como si una era de crimen y miseria me hubiese aplastado, dejándome la lengua encadenada. Mis ojos vagaron involuntariamente hacia la parte de la estancia donde colgaba el retrato de mi hija. Pero el fiel anciano —que no lo había retirado, sin duda pensando que hacerlo me habría ofendido— se las había ingeniado para ocultarlo colocando delante una pieza de armadura, como si hubiera caído allí por accidente.
Muchos días más transcurrieron antes de que pudiera escuchar los pormenores de la fuga de mi hija; pormenores que, para no retenerlos por más tiempo con mis penas, relataré ahora brevemente. Resultó que, impulsado por la fama de su belleza y por una curiosidad que —lo confieso— es muy natural en la juventud, Conrad de Wàdischwyl había intentado durante largo tiempo ver a mi Ida, pero en vano. Al fin, el azar lo favoreció. De camino a oír misa en nuestro monasterio vecino, la vio; y la vio solo para amarla. Su santa diligencia no le impidió dirigirle la palabra; y bien sabía el villano de lengua melosa cómo ganarse el oído de alguien tan inocente y confiada como mi Ida. Demasiado pronto, ¡ay!, sus malditas lisonjas se abrieron paso hasta su corazón sin mancha.
El afecto de mi hija por su padre era ilimitado, y gustosamente habría sacrificado su vida por la mía. Pero cuando el amor se apodera del corazón femenino, expulsa con demasiada rapidez a esos huéspedes más severos: la razón y el deber. Baste decir, pues, que fue conquistada e inducida a unirse a los Wàdischwyl antes de mi regreso, mediante el argumento astuto e insidioso de que yo sería más fácilmente persuadido de otorgarles mi perdón y mi bendición cuando viera que el paso dado era irrevocable. Con casi igual arte alegó también que su unión sanaría, sin duda, la brecha entre las familias de Wàdischwyl y Unspunnen y pondría así término a ese odio mortal que mi dulce Ida, siempre intercesora de la paz, había condenado. Por esta sofistería tan plausible, mi pobre y extraviada hija fue inducida a arrancarse del corazón de un padre amoroso para unirse a un engañador sin principios, el hijo del enemigo más encarnizado de ese padre.
El dolor de aquellos recuerdos venció tanto a Burkhardt que transcurrió algún tiempo antes de que pudiera dominar sus sentimientos; al fin prosiguió:
—Mi alma parecía tener entonces un solo sentimiento: la venganza. Todas las demás pasiones quedaron aniquiladas por esa pasión dominante; y al instante me preparé, junto con mis vasallos, para castigar a ese peor que ladrón. Pero tal satisfacción me fue negada (y ahora doy gracias a Dios); pues el duque de Zàhringen pronto me dio causa memorable para recordar sus palabras de despedida. Tras unirse, con sus numerosos seguidores, al partido de mi rival, esos poderosos jefes invadieron de improviso mis dominios. Se entabló una dura lucha contra fuerzas muy superiores. Pero al fin, aunque mis valientes servidores habrían querido prolongar la contienda desesperada, yo, resuelto a detener un derramamiento de sangre inútil, dejé el campo a mis enemigos y, con el resto de mis fieles soldados, me apresuré, en profunda mortificación, a sepultarme tras estos muros. Este humillante revés impidió toda posibilidad de reconciliación con mi hija, a quien ahora consideraba la causa de mi desgracia; y, en consecuencia, prohibí que su nombre siquiera se mencionara en mi presencia.
Los años transcurrieron, y no tuve noticia de ella hasta que supe, por puro azar, que ella y su marido habían abandonado su tierra natal. En total, han pasado ya más de veinte —para mí, largos, larguísimos— años desde su fuga; y aunque, cuando el tiempo trajo el arrepentimiento y mi ira y mi venganza cedieron a sentimientos mejores, hice todo lo posible por obtener noticias de mi pobre hija, todavía no he logrado descubrir el menor rastro de ella. La posibilidad de hacerlo se volvió, en efecto, más difícil por la muerte de mi fiel Wilfred, poco después de mi derrota, y por el carácter de su sucesor: un hombre de estricta integridad, pero de temperamento austero y modales ásperos y poco accesibles. Aquí, pues, he vivido como un viejo viudo, sin hijos, con el corazón roto. Pero al menos he aprendido a inclinarme ante las disposiciones de una Providencia sapientísima, que en su justicia me ha herido por haber albergado tan implacablemente esa pasión funesta que la Santa Ley prohíbe con tanta claridad. ¡Oh, cuánto he anhelado ver a mi amada hija! ¡Cuánto he deseado estrecharla contra este corazón marchito y agostado!
Con lágrimas abrasadoras del arrepentimiento más amargo he revocado aquellas maldiciones mortales que, en la plenitud de mi ira antinatural, me atreví a proferir día tras día. Incesantemente fatigo ahora al Cielo con mis oraciones, para que borre todo recuerdo de aquellas imprecaciones fatales, o para que las deje caer sobre mi propia cabeza y derrame solo sus más escogidas bendiciones sobre la de mi amada hija. Pero un temor, que me hiela las venas de horror, me persigue sin descanso: que las maldiciones que me atreví a pronunciar en momentos de demoníaca vindicta hayan sido, en castigo por mi impiedad, cumplidas.
A menudo, en mis sueños, contemplo a mi amada hija; pero su mirada está siempre teñida de tristeza, y ella parece reprocharme, con suavidad aunque con profundo dolor, haberla arrojado de mí tan inhumanamente. Sin embargo, me temo que debió de morir hace ya mucho tiempo; pues si viviera, no habría cesado —creo— de procurar recuperar el afecto de un padre que una vez la amó con tanta ternura. Es cierto que al principio hizo muchos intentos por obtener mi perdón. Más aún: he sabido después que incluso se arrodilló en el umbral de mi puerta y suplicó lastimosamente que se le permitiera verme. Pero mis órdenes habían sido tan terminantes y, como ya he dicho, el administrador que había reemplazado a Wilfred era de una disposición tan severa e inflexible que, justa y legítima como era aquella última petición suya, se le negó con insensibilidad. ¡Cielo eterno! Ella, a quien yo había amado quizá como ningún padre amó jamás; ella, a quien vigilaba con solicitud casi a cada hora, para que la ruda brisa del invierno no la helara o el calor del verano no la abrasara; ella, a quien cuidé enferma durante tantas noches interminables con la devoción de una madre y más que la solicitud de una madre; incluso ella, la única hija de mi amada Agnes, el ansioso objeto de los últimos momentos de su vida, ¡fue rechazada de mi puerta! ¡De esta puerta de la que ningún necesitado se marcha sin alivio, y donde hasta el mendigo encuentra descanso!
Y ahora, cuando bendeciría los labios que siquiera pudieran decirme: «ella vive», no logro reunir en ninguna parte la más mínima noticia de mi hija. ¡Ah! Si hubiese escuchado la voz de la razón, si no hubiera permitido que mis mejores sentimientos fueran dominados por las pasiones más salvajes y crueles, podría haberla visto a ella —y tal vez a sus hijos— felices a mi alrededor, alegrando el ocaso de mi vida. Y cuando llegara mi última hora, ellos habrían cerrado mis ojos en paz y, con dolor sincero, habrían elevado cada día al Cielo sus oraciones inocentes por el descanso eterno de mi alma; en lugar de los mercenarios que ahora ejecutarán la parodia del duelo y me llevarán, impacientes, a una tumba solitaria, no llorada, sin honores. A esos hijos también habría descendido la herencia que, a mi muerte, debe recaer en un completo extraño que ni siquiera lleva mi nombre.
Ya conocen, peregrinos, la causa de mi dolor; y veo, por las lágrimas que han derramado tan abundantemente, que de veras compadecen al ser desolado que tienen ante ustedes. Recuérdenlo, pues, a él y a sus penas en sus oraciones; y cuando se arrodillen ante el santuario al que se dirigen, no olviden esas penas.
El peregrino mayor intentó en vano responder: el exceso de sus sentimientos ahogaba su voz. Al fin, arrojándose a los pies de Burkhardt y despojándose de su hábito de peregrino, exclamó con dificultad:
¡Vea aquí al hijo de Ida, y contemple en mi joven compañera a la hija de Ida! Sí: ante usted se arrodillan los hijos de aquella a quien tanto lamenta. Vinimos a suplicar ese perdón, ese amor, que temíamos nos serían negados. Pero, gracias a Dios, que ha ablandado su corazón, solo nos resta implorar que nos permita emplear nuestros pobres esfuerzos en aliviar sus penas y hacer más luminosos y alegres sus años declinantes.
Con una sorpresa convulsa y agitada, Burkhardt los miró fijamente. Le parecía que tenía ante sí una hermosa visión, que temía que hasta un soplo pudiera disipar. Pero cuando se aseguró de que no estaba bajo el influjo de ninguna ilusión, el tumulto de sus sentimientos lo venció y cayó sin sentido sobre el cuello del peregrino mayor. Este, con la ayuda de su hermana, alzó rápidamente al anciano y, con sus esfuerzos combinados, lograron devolverlo al conocimiento en poco tiempo. Pero cuando Burkhardt vio a la peregrina más joven —la viva imagen de su Ida perdida— inclinada sobre él con la solicitud más ansiosa y tierna, creyó que la muerte había puesto fin a todos sus sufrimientos terrenales y que el Cielo se había abierto ya ante su vista.
—¡Gran Dios! —exclamó al fin—. ¡Soy indigno de estas tus misericordias! ¡Concédeme recibirlas como debo! No necesito pedir —añadió tras una pausa, estrechando a los peregrinos contra su pecho— confirmación de lo que dicen ni de la alegría que siento. Todo, todo me dice que son los hijos de mi amada Ida. Digan, pues: ¿ha muerto su madre? ¿O puedo aún esperar estrecharla una vez más contra mi corazón?
El peregrino mayor, cuyo nombre era Hermann, le manifestó entonces que habían pasado dos años desde que su madre había exhalado el último suspiro en sus brazos. Su postrera oración fue que el Cielo la perdonara por el dolor causado a su padre y se abstuviera de hacer caer el castigo de su propio error sobre la cabeza de sus hijos. Añadió después que su padre había muerto hacía muchos años.
—Mi madre —continuó Hermann, sacando de su pecho un pequeño paquete sellado— me ordenó, en su lecho de muerte, que le entregara esto en sus propias manos. «Hijo mío —dijo—, cuando yo muera, si mi padre aún vive, arrójate a sus pies y no cejes en tus súplicas hasta arrancarle la promesa de que leerá esta oración. Le hará conocer un arrepentimiento que quizá lo mueva a retirar su maldición; y así hará que la tierra pese levemente sobre todo lo que pronto quedará de su Ida, a quien una vez amó. Píntale las horas de angustia que incluso tus tiernos años han presenciado. Cánsalo, hijo mío, con tus ruegos; no los abandones hasta que le hayas arrancado su perdón».
»Como puede suponer, me comprometí solemnemente a cumplir el encargo de mi madre; y tan pronto como nuestro dolor por la pérdida de un ser tan querido y tan tierno nos lo permitió, mi hermana y yo resolvimos, con estos hábitos de peregrino, venir a su castillo y, por medios graduales, intentar ganar su afecto, si lo encontrábamos aún implacable y poco dispuesto a escuchar su súplica
—¡Alabado sea ese Dios, hijo mío —dijo Burkhardt—, a cuyo mandato brotan las aguas de la roca estéril, pues ha ordenado que vuelvan a manar corrientes de amor y arrepentimiento de mi corazón, antes árido y pedregoso! Pero no demoremos en abrir este triste memorial de las penas de su madre. Quiero que ustedes, hijos míos, lo escuchen, para que oigan tanto su exculpación como sus agravios.
Burkhardt ocultó el rostro entre las manos y permaneció unos instantes luchando con vehemencia contra sus sentimientos. Al fin rompió el sello y, con una voz que por momentos estuvo a punto de quebrarse, leyó en voz alta su contenido:
«Mi amado padre: si aún me es permitido dirigirme a usted con ese nombre cariñoso, sintiendo que mis tristes días están ya contados, hago este último esfuerzo —antes de que me fallen las fuerzas— para obtener al menos su piedad por aquella a quien una vez tanto amó, y para suplicarle que retire esa maldición que ha pesado demasiado sobre mi corazón. En verdad, padre mío, no soy del todo esa miserable culpable que usted cree. No imagine que, descuidando todo vínculo de deber y gratitud, yo habría podido abandonar al más tierno de los padres en su hogar, viudo y solitario, y unirme al hijo de su enemigo jurado, si no hubiera esperado —con ternura, con el mayor ardor; más aún, si no hubiera abrigado la idea casi como una certeza— que usted, al saber que yo era ya esposa, habría perdonado pronto una falta que solo el temor a su negativa a nuestra unión me tentó a cometer. Creía firmemente que mi esposo habría compartido entonces conmigo el amor de mi padre y habría tenido, junto con su hija, la grata tarea de velar por su felicidad y su bienestar. Pero ni por un instante imaginé que estaba hiriendo de manera irreparable el corazón de ese padre. Mi juventud y el ardor de las persuasiones de mi esposo deben alegar alguna atenuación de mi falta.
»El día en que supe que usted había pronunciado contra mí aquella maldición fatal y su firme determinación de no admitirme jamás de nuevo a su presencia, quedó grabado con caracteres indelebles en mi memoria. En ese momento pareció como si el Cielo me hubiera abandonado, como si me hubiera señalado para su reprobación, ¡como a una parricida! Mi mente y mi corazón parecían arder, mientras mi sangre se helaba en las venas. El frío de la muerte se arrastró por cada miembro, y mi lengua rehusó toda palabra. Habría llorado, pero la fuente de las lágrimas se secó dentro de mí.
»Cuánto tiempo permanecí en ese estado no lo sé, pues al fin caí inconsciente y así permanecí durante algunos días. Al recobrar la plena conciencia de mi desdicha, habría corrido al instante a su morada y me habría arrojado a sus pies para arrancarle —si era posible— el perdón de mi crimen; pero mis miembros eran incapaces de moverse. Pronto supe también que las cartas que dicté fueron devueltas sin abrir; y mi marido acabó informándome de que todos sus esfuerzos por verlo habían sido completamente infructuosos.
»Sin embargo, en cuanto recuperé fuerzas suficientes, fui al castillo; pero, por desgracia para mí, justo al entrar me encontré con un hombre severo, para quien mi persona no era desconocida, y al instante me dijo que sería inútil todo intento de ver a su señor. Recurrí a ruegos y súplicas; incluso me arrodillé ante él sobre la tierra desnuda. Pero, lejos de escucharme, me condujo hasta la puerta y, en mi presencia, despidió al viejo portero que me había admitido y que después siguió mi suerte hasta la hora de su muerte. Al ver que todos mis intentos eran desesperados, y que varios de los antiguos sirvientes habían sido despedidos por mi causa, con el corazón completamente roto, me rendí a mi destino y abandoné todo intento ulterior.
»Tras el nacimiento de mi hijo —a cuya fidelidad y amor confío este triste memorial— mi esposo, que con la más tierna solicitud empleó todos los medios a su alcance para distraer mi melancolía, habiendo heredado una valiosa propiedad en Italia, me persuadió de trasladarnos a ese país favorecido y hermoso. Pero ni las cariñosas atenciones de mi amado Conrad, ni el brillante sol y las brisas voluptuosas de aquella región de maravillas pudieron vencer un pesar tan hondamente arraigado como el mío; y pronto descubrí que el alegre jardín de Europa tenía para mí menos encantos que mi propia y querida tierra natal, con sus oscuras montañas cubiertas de pinos.
»Poco después de llegar a Roma, di a luz una hija; acontecimiento al que siguió demasiado pronto la muerte de mi afectuoso esposo. La necesidad de una atención constante hacia mi hija pequeña alivió, en cierta medida, la intensa angustia que sufrí por esa pérdida tan amarga. No obstante, en lo más hondo de este dolor que casi desbordaba mi corazón, ¡solo el Cielo sabe cuántas veces y con qué remordimiento, mientras me inclinaba sobre mis propios hijos enfermos, recordaba la ansiosa ternura con que el más tierno y mejor de los padres solía velar por mí!
»Luché largo tiempo y con dolor contra mis sentimientos, y a menudo rogué a Dios que me conservara la vida para poder instruir a mis hijos en su santo amor y temor, y enseñarles a expiar el error de su madre. Mi oración ha sido oída con misericordia; el don que supliqué me ha sido concedido. Confío, padre mío, en que si estos niños fueran admitidos a su afecto, encontrará en ellos a dos benditos intercesores de su perdón, cuando plazca al Cielo llamar a su hija a rendir cuentas ante aquel tribunal terrible donde la maldición de un padre alegará tan espantosamente contra ella. Retire entonces, ¡oh, amado padre!, retire su terrible maldición de su pobre Ida arrepentida, y envíe su bendición, como un ángel de misericordia, para abogar por mi descanso eterno. ¡Adiós, padre mío, para siempre! ¡Para siempre, adiós! Por la cruz cuyo emblema besan ahora mis labios febriles, por Aquel que en su infinita misericordia colgó de ella, su hija, su Ida —a quien una vez amó tanto— le implora, le suplica que no la deje rogar en vano».
—¡Hija mía, hija mía! —sollozó Burkhardt, mientras la carta caía de su mano—. ¡Que el Padre de Todos me perdone tan libremente como yo, desde lo más hondo de mi corazón desgarrado, te perdono! ¡Ojalá tu padre arrepentido hubiera podido estrecharte contra su pecho; asegurarte con sus propios labios su afecto; y enjuagar las lágrimas de dolor de tus ojos! Pero guardará estos amados recuerdos tuyos y los custodiará con más celo que su propia vida.
Burkhardt pasó todo el día siguiente en su alcoba, a la que solo tuvo acceso el buen padre Jerome, pues los acontecimientos del día anterior hacían absolutamente necesario un largo reposo. A la mañana siguiente, sin embargo, entró en el salón, donde Hermann e Ida lo esperaban con impaciencia. Su rostro pálido aún mostraba hondas huellas de la agitación padecida; pero, tras besar a sus hijos con el mayor cariño, colgó sonriendo del cuello de Ida una maciza cadena de oro, ricamente labrada, de la que pendía un manojo de llaves.
—Debemos instalar debidamente a nuestra Señora del Castillo —dijo— e investirla con las atribuciones que le corresponden. Pero… ¡escuchen! Por el sonido del cuerno del portero, parece que nuestra anfitriona tendrá temprano quienes apelen a su hospitalidad. ¿A quién tenemos aquí? —prosiguió, asomándose a la avenida—. Por San Huberto, se acerca un caballero gallardo y bien dispuesto, que será muy bienvenido… eso es, si mi señora lo aprueba. Bien, Willibald, ¿qué traes? ¿Una carta de nuestro buen amigo, el abad de St. Anselm? ¿Qué dice?
«Estoy seguro de que no negará su bienvenida a un joven caballero que, de regreso a su hogar desde las guerras del emperador, pasa por su castillo. Me es bien conocido, y puedo dar fe de que es un huésped digno de su hospitalidad, la cual no le será otorgada con menor liberalidad porque no goza de las doradas sonrisas de la fortuna».
—No, no; eso no ocurrirá, mi buen amigo; y si la fortuna le frunce el ceño, será doblemente bienvenido. Tráelo aquí al instante, buen Willibald.
El administrador se apresuró a introducir al desconocido, que avanzó hacia el salón con un aire modesto, aunque varonil. Debía de tener unos veinticinco años; su persona era tal que bien podría ocupar un lugar nada desdeñable en los sueños de una joven doncella.
—Señor caballero —dijo Burkhardt, tomándolo cordialmente de la mano—, sea usted bienvenido a mi castillo y al humilde agasajo que pueda ofrecerle. Hemos de hacerle olvidar sus heridas y el trato rudo de la vida del soldado. Pero… un momento: ya descuido mi deber al no presentar primero a nuestra anfitriona —añadió el anciano caballero, presentando a Ida—. A decir verdad —continuó—, a juzgar por la sonrisa ruborizada de mi señora, no parece que se encuentren por primera vez. ¿Acierto en mi conjetura?
—Nos hemos visto, señor —respondió Ida, con tal confusión que sugería, de forma agradable, que aquel encuentro no era recordado con indiferencia—, en el locutorio de la abadesa de las Ursulinas, en Munich, adonde a veces he ido a visitar a una amiga muy querida.
—La abadesa —dijo el joven caballero— era mi prima; y mi buena fortuna, más de una vez, me concedió la dicha de ver a esta dama en su convento. Pero poco esperaba que, entre estas montañas, la diosa voluble favoreciera de nuevo a un vagabundo sin hogar.
—Bien, señor caballero —respondió Burkhardt—, confiamos en que la fortuna haya sido igualmente favorable con nosotros. Y ahora nos tomaremos la libertad de preguntarle su nombre; y luego, sin ceremonia inútil y tediosa, por parte nuestra y de nuestra anfitriona, le daremos nuevamente una cordial bienvenida.
—Mi nombre —dijo el desconocido— es Walter de Blumfeldt; aunque humilde, jamás ha sido deshonrado; y, con la bendición del Cielo, espero legarlo tan honrado como lo he recibido.
Semanas, meses, transcurrieron, y Walter de Blumfeldt seguía siendo huésped del Lord de Unspunnen; hasta que, por sus virtudes y por las muchas excelentes cualidades que día tras día se manifestaban con mayor claridad, se fue enredando en el corazón de Burkhardt, cuya vida ya aleccionada lo había vuelto particularmente sensible a los sentimientos más benignos. Con frecuencia declaraba entonces, con lágrimas en los ojos, que deseaba poder convencer a todos y cada uno de aquellos con quienes sus antiguas costumbres lo habían enemistado de cuánto los perdonaba de veras y de cuánto anhelaba su perdón.
—¡Ojalá —dijo un día, aludiendo a esto— hubiera podido encontrarme con mi antiguo enemigo, el duque de Zâhringen, y con un gozo y una alegría verdaderamente sinceros abrazarlo y contarlo entre mis amigos! Pero él se ha reunido con sus padres, y no sé si ha dejado a alguien para llevar sus honores.
Cada vez que Walter se ofrecía a partir, Burkhardt hallaba algún pretexto para retenerlo; pues le parecía que, al separarse de su joven huésped, perdería un eslabón de la cadena que la buena fortuna le había tejido tan recientemente. Hermann, también, amaba a Walter como a un hermano; e Ida habría querido convencerse de que lo amaba como lo amaría una hermana… pero su corazón le decía con mayor claridad lo que su razonamiento más frío procuraba ocultar. Unspunnen, que desde hacía tiempo percibía el naciente afecto entre Walter e Ida, no se disgustó al descubrirlo, pues había dejado hacía ya mucho de codiciar riquezas y había aprendido a valorar el mérito sólido del joven caballero, que respondía plenamente a los altos términos en que el prior de St. Anselm hablaba siempre de él.
Cierta tarde, mientras caminaba bajo la sombra de aquella misma avenida donde por primera vez había encontrado a Hermann e Ida, vio a esta última, a poca distancia, conversando con Walter. Era evidente para Burkhardt que el joven caballero no hablaba a un oído muy reacio, pues Ida se mostraba por completo indiferente a la fuerte tos de la que Burkhardt decidió, en ese instante, verse acometido; y no reparó en él hasta que exclamó, o más bien vociferó:
—¿Sabes, Walter, que bajo esta misma avenida dos peregrinos, de camino a algún santo santuario, me abordaron cierta vez? Pero, por compasión a mis pecados y a mi condición desolada, trocaron su viaje penitencial por un acto de mayor caridad, y desde entonces han permanecido aquí para prodigar sus cuidados a un pariente anciano e indefenso, demasiado poco digno de su amor. Uno de ellos, sin embargo, está ahora por abandonar mi casa para recorrer lo que resta de la peregrinación de esta vida junto a una compañera: la hermosa hija del barón de Leichtfeldt; dejando así a la pobre peregrina restante para lidiar sola con las tormentas del mundo, con la única y tediosa compañía de un viejo. Dime, señor caballero: ¿permitirá tu valor que se cometa tal agravio, o te encargarás de conducir a esta peregrina abandonada y guiarla por los variados senderos de esta vida mudable? Veo, por la humildad con que te inclinas y el color que te sube a las mejillas, que no hablo con alguien insensible al ruego de un anciano. Pero calma, calma, señor caballero: mi Ida aún no ha sido canonizada y no puede permitirse perder una mano, cosa que inevitablemente ocurrirá si sigues apretándosela con tan ardiente devoción. ¿Y qué dice nuestra peregrina? ¿Acepta tu guía y tu servicio, señor caballero?
Ida, apenas capaz de sostenerse en pie, se arrojó al cuello de Burkhardt. No levantaremos el velo que cubre el momento solemne que hace a un hombre —según cree— feliz o miserable para siempre. Baste decir que el día que hizo a Hermann esposo de la hija del barón de Leichtfeldt vio también a Ida convertirse en esposa de Walter de Blumfeldt.
Seis meses habían pasado con rapidez para los dichosos habitantes de Unspunnen; y Burkhardt parecía casi haber rejuvenecido: tales maravillas obraba en él la tranquilidad que ahora reinaba en su espíritu. Fue, por tanto, de los más activos y adelantados en los preparativos necesarios, cuando Walter sugirió que celebraran el cumpleaños de Ida en un retiro predilecto de ambos. El lugar elegido era un hermoso prado, frente al cual serpenteaba un pequeño río cristalino —o, más propiamente, un arroyo—; y detrás se alzaba un magnífico anfiteatro de árboles, cuyas ramas extendidas proyectaban una sombra refrescante sobre la hierba ricamente esmaltada.
En aquel bello retiro estaban Burkhardt, Walter y su Ida pasando las bochornosas horas del mediodía con esa efusión de alegría que solo conocen los corazones despreocupados, cuando Walter, que venía relatando algunas aventuras de la corte del Emperador y la magnificencia de los torneos, volviéndose hacia su esposa, dijo:
—¿Pero de qué sirve toda esa pompa, mi Ida? ¡Qué felices somos en este valle apacible! No envidiamos a príncipes ni a duques sus palacios ni sus estados. Estos bosques, estos claros, valen más que todos los jardines rígidamente recortados del Emperador y del gran monarca de Francia. ¿Qué dices, mi Ida? ¿Soportarías la ceremonia de una corte y el orgullo de la realeza? Me parece que hasta la corona de una duquesa sustituiría mal la guirnalda de rosas sonrosadas sobre tu cabeza.
—Con calma, mi buen esposo —respondió Ida riendo—; dicen, ya sabes, que una mujer ama demasiado estas vanidades en su corazón como para despreciarlas de veras. ¿Cómo puedes esperar entonces que una mortal tan frágil como tu pobre esposa las tenga en poco? En verdad, creo —añadió, asumiendo un aire de dignidad burlesca— que yo sería una duquesa muy altiva y llevaría mi corona con la gracia más apropiada. Y ahora que lo pienso, Walter, recuerdo que hoy has prometido, como fiel y gallardo caballero, concederme cualquier favor que yo pida. De rodillas, pues, suplico humildemente que, si conoces algún hechizo o ardid mágico para hacer de mí una princesa o una duquesa por un solo día, pongas al instante tu arte en práctica; solo para que yo pueda averiguar con cuánta —o con cuán poca— dignidad sabría sostener tales honores. No es cosa difícil, señor caballero: no tienes más que llamar en tu ayuda a algún duendecillo, o a algún otro diestro artesano de los bosques. Responde, esposo caballerísimo, pues tu desolada esposa no se levantará hasta que su ruego sea concedido.
—Vaya, Ida; en verdad has pedido un favor raro —respondió Walter—, y hallar cómo concederlo bien podría quebrarme la cabeza hasta enloquecer con el intento. Pero… veamos, veamos —prosiguió, pensativo—: ¡ya lo tengo! Ven aquí, amor: aquí está tu trono —dijo, colocándola sobre una suave elevación ricamente cubierta de fragante tomillo silvestre y delicadas campanillas—; los reyes podrían envidiarte ahora el incienso que se te ofrece. Y usted, noble señor —añadió, dirigiéndose a Burkhardt—, debe permanecer a su lado como principal consejero. Ahí tiene a sus servidores: mire ese alto roble; él será el heraldo de Su Alteza; y aquellos esbeltos serbales de montaña, sus fieles pajes.
—Este es un pobre cumplimiento de la tarea que has emprendido, Señor farsante —dijo Ida con juguetona y pícara afectación de decepción.
—Tenga paciencia un breve momento, bella dama —respondió Walter riendo—; pues ahora debo despertar a los hombres de armas de Su Alteza.
Y, tomando de su costado un cuerno de plata, hizo sonar con fuerza la melodiosa diana. Apenas retiró el instrumento de sus labios, una trompeta respondió con un llamado estremecedor; y, antes de que se extinguieran sus últimas notas, surgió de entre los bosques —como si los mismos árboles estuvieran dotados de vida— una tropa de jinetes, seguida de un cuerpo de arqueros a pie. Apenas habían salido por completo cuando aparecieron numerosos campesinos, hombres y mujeres, con sus mejores galas; y, junto con los jinetes y los arqueros, se alinearon rápida y pintorescamente ante la asombrada Ida, que ya había abandonado su trono y se aferraba al brazo de Walter. De pronto se abrieron en dos, y avanzaron doce pajes con ropas ricamente blasonadas. Tras ellos venían seis muchachas cuyas formas y rasgos habrían envidiado las Gracias, llevando dos coronas sobre cojines bordados. Cerrando la comitiva, apoyándose en el báculo abacial, caminaba el venerable abad de St. Anselm, con la barba blanca cayéndole casi hasta el cíngulo y una mirada tan benigna —reveladora del alma pura que daba vida a unos ojos cuyo brillo setenta años apenas habían apagado— que a Ida le pareció un ser de otro mundo.
Las jóvenes se adelantaron entonces y, arrodillándose ante Walter y su esposa, ofrecieron las coronas. Ida, que había permanecido casi sin aliento de asombro, apenas pudo articular:
—Querido, querido Walter… ¿qué es toda esta pompa? ¿Qué… qué puede significar?
—¿Significar? —respondió su esposo—. ¿No me pediste que te hiciera duquesa? No he hecho más que obedecer tus elevados mandatos, y ahora te saludo: ¡duquesa de Zâhringen!
Toda la multitud hizo resonar los bosques con la aclamación:
—¡Viva el duque y la duquesa de Zâhringen!
Walter, tras gozar por unos instantes del asombro indecible de Ida, ahora sin aliento, y de la sorpresa menos visible —pero quizá igualmente intensa— de Burkhardt, se volvió hacia este último y dijo:
—Padre mío, más que padre: ve en mí al hijo de tu otrora implacable enemigo, el duque de Zähringen. Hace muchos años que él se reunió con sus mayores, y yo, como su único hijo, he heredado su título y sus vastas posesiones. Mi corazón y mi libertad se perdieron por completo en el locutorio de la abadesa de las Ursulinas. Pero cuando supe de quién era hija mi Ida y conocí tu triste historia, resolví, antes de hacerla mía, ganarme no solo su amor, sino también tu favor y tu estima. De cuán bien lo he logrado es testigo este pequeño círculo mágico en el dedo de mi Ida. Y no será poca cosa para tu dicha saber que mi padre pasó muchos años arrepentido de los agravios que te hizo y, para expiarlos en lo posible, confió la educación de su hijo al cuidado de mi mejor amigo, el abad de St. Anselm, a fin de que yo aprendiera a evitar los errores en que mi padre, por desgracia, cayó. Y ahora —prosiguió, avanzando y conduciendo a Ida hacia el abad— solo me resta rogar tu bendición, y que esta dama, a quien por la bondad del Cielo me glorío de llamar mi esposa, sea investida con las insignias del rango que tan dignamente sabrá honrar.
Walter —o, como debemos llamarlo ahora, el duque de Zâhringen— se arrodilló entonces con Ida ante el venerable abad, mientras el santo varón, con lágrimas en los ojos, invocaba sobre ellos las bendiciones del Cielo. Su Alteza se incorporó después, tomó una de las coronas y, colocándola sobre la cabeza de Ida, dijo:
—Que seas tan feliz bajo esta corona resplandeciente como lo fuiste bajo la capucha rojiza con la que te vi por primera vez.
—¡Dios y Nuestra Señora me asistan! —respondió Ida, conmovida—, y que Él me conceda llevarla con igual humildad. No obstante, dicen que bajo una corona brotan espinas.
—Cierto, amada mía —dijo el duque—, y también brotan bajo la humilde gorra del campesino. Pero la rica alquimia de las virtudes de mi Ida convertirá siempre todas las espinas en las joyas más brillantes de su diadema.
FIN
